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Creí que no, pero sí (1)

Sebastián busca un refugio en La Plata y encuentra a Valeria, una mujer que parece tenerlo todo bajo control. Pero lo que empieza como un simple alquiler se convierte en el escenario de una dinámica de poder donde la línea entre la protección y el control se desdibuja, y donde el pasado de Valeria pesa más que su presente.

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Sebastián

Llegué a La Plata desde mi Magdalena natal, como tantos chicos y chicas, a estudiar en la Universidad, siempre quise estudiar para ser profesor de educación física.

Hasta terminar la escuela secundaria, viví en aquella ciudad y cuando les dije a mis viejos de mi intención de estudiar en La Plata, pensé que quizás no tendría la posibilidad, pero un par de días después, durante la cena, me dijeron que harían el esfuerzo, pero con la condición que me dedicara realmente a estudiar.

Se los agradecí y les prometí que me comprometería con los estudios y me recibiría luego de los cinco años que duraba la carrera.

Así fue que al año siguiente, en un pequeño departamentito que mis padres pagaban por mes, yo, Sebastián Paredes, hijo único de Aníbal Paredes, empleado en una empresa láctea de la zona y de Mabel García, cajera de un supermercado del barrio, me fui a vivir a La Plata y comencé la universidad.

El cambio fue enorme para mí, acostumbrado a vivir siempre con mis padres y a conocer a la gente del barrio y a los amigos de toda la vida, de repente me encontré solo.

Me costó unos meses adaptarme, conociendo a los compañeros de la facultad y a los vecinos, que al igual que yo, estaban en la ciudad estudiando en la universidad.

El departamento en el que vivía, a unas cuantas cuadras de la facultad, era el del medio de tres departamentos, el primero de dos dormitorios que daba al frente, en el que vivían dos hermanos, Alan y Paula, y Ángel, un primo de ambos, los tres, nacidos en Tres Arroyos. Luego estaba el mío, y en el otro, también de dos dormitorios, que daba al fondo y en el que vivían dos amigos de Coronel Dorrego, Pablo y Miguel.

Poco a poco nos fuimos conociendo, yo era el más chico de todos, pero nos llevábamos muy bien, tanto que luego de unos meses, ya compartíamos asados en el departamento de Pablo y Miguel, que en el fondo tenía una parrilla.

Me movía por la ciudad en bicicleta, incluso cuando salía los fines de semana a alguna fiesta.

Cada fin de semana que podía, me iba para Magdalena a ver a los viejos, poniéndolos al tanto de mi vida universitaria.

En el segundo año de facultad, acomodé los horarios de cursada en las mañanas, dejándome la tarde libre para conseguir algún trabajo y poder aliviar la carga económica de mis viejos.

Pasé por un par de trabajos temporarios, como lava copas en un bar, como ayudante en un depósito de alimentos para mascotas, y como repartidor en una pizzería.

Unos meses después, se me ocurrió instalar una de las aplicaciones de delivery y comencé a hacer entregas a domicilio.

Trabajaba desde las seis de la tarde hasta las diez u once de la noche.

No era un gran trabajo, no ganaba fortuna, pero me permitía manejar los horarios de trabajo y tener unos pesos extra.

En la facultad iba al día, no faltaba a ninguna clase ni dejaba de rendir ningún examen, valoraba el esfuerzo de mis viejos.

Pero no todo era trabajo y estudio, también estaban las fiestas, los amigos, los asados, las salidas y las chicas.

Punto aparte para las chicas, no soy un tipo que sobresalga por lo atractivo, aunque tengo lo mío, cuerpo delgado, espalda ancha y siempre ando arreglado, me gusta vestir bien, aunque nunca con ropa de marca.

Fue tal la confianza que llegamos a tener con mis vecinos, tanto con los del frente como los del fondo, que varias veces les dejé mi departamento cuando tenían alguna conquista, quedándome en el departamento del afortunado que había ligado esa noche.

Bueno, muchas noches también lo he utilizado yo, con algunas conquistas pasajeras y con algunas compañeras de la facultad.

Rocío, una de ellas, era la que más visitaba mi departamento, y no solo los fines de semana, los días de semana también, quedándose incluso un par de días en casa.

Rocío no tenía una belleza deslumbrante, pero tenía lo suyo, que al menos a mí me gustaba mucho, más bien petisa, culona y con unas tetas en la media, pero muy gauchita en la cama.

En cada encuentro sexual que teníamos, la pasábamos muy bien, eran encuentros muy intensos donde no faltaba nada, la peti era un volcán en la cama, bueno… no solo en la cama, creo que no hubo lugar de la casa donde no hubiéramos cogido.

Y el repertorio era bien amplio, por la conchita, por el culito, de perrito, con los pies en los hombros, en cuatro, parados, en la bañera, en la cocina, sobre la mesa del comedor.

Le encantaba que le comiera la conchita, y acababa como una loca, tenía una fábrica de orgasmos la peti.

No le hacía asco a nada, se tragaba a gusto mi semen cada vez que le acababa en la boca, me pedía que le chupara el culo antes de cogérselo, que le diera unos chirlos en el culo, que le devorara las tetas, que le comiera los pezones, una locura esa petisa.

Pero lo bueno no me duró mucho, seis o siete meses después de que comenzáramos a coger en casa, una tarde de domingo, que creí que venía para pasarnos la tarde cogiendo, me dijo que había empezado a verse con un chico de ingeniería y que dejaríamos de coger.

Lo entendí y le dije que de todas formas me gustaría seguir como amigos, me dijo que sí, y a partir de ese momento, fuimos solo amigos y compañeros de estudio.

Cursando el cuarto año de la carrera, en el mes de octubre me tocaba renovar el contrato de alquiler, pero el dueño me pedía demasiado dinero para seguir allí, por lo que me puse a buscar otro departamento, lo que me pedía no alcanzaba ni juntando lo que me mandaban mis viejos y lo que ganaba trabajando.

Se lo comenté a mis amigos, y se apenaron, ellos compartían los gastos, y a mí me tocaba afrontarlos solo.

Empecé a buscar departamentos por la zona, quería quedarme cerca de los amigos, busqué durante semanas en el diario y en páginas de internet, hasta que anoté varios departamentos.

Tres me cerraban, por el tamaño, la zona y el costo mensual y esa semana los fui a ver.

El primero ya se había alquilado, el segundo era una pocilga y el tercero recién lo podía ir a ver el viernes, seguí buscando pero no encontré más nada.

Había quedado de acuerdo con los dueños en pasar ese viernes entre las cuatro y las seis de la tarde.

El departamento en cuestión, era de un dormitorio, una cocina comedor, un baño y un patio, y en las fotos publicadas, parecía un buen lugar.

Se accedía por un pasillo, ya que estaba en el fondo, y delante, dando a la calle, estaba la casa de los dueños.

Toqué el timbre a las cuatro y media de la tarde, de la casa salió una mujer tan solo unos años más que yo, le calculé de unos treinta años, con el pelo castaño ondulado, un poco más baja que yo, con ropa deportiva amplia y una sonrisa. A primera vista, me resultó agradable.

La saludé y me presenté:

-Buenas tardes! Soy Sebastián! Hablamos por teléfono por el departamento!

-Ah, sí! Buenas tardes! Mucho gusto Sebastián! Mi nombre es Valeria! Esperame un momento que busco las llaves!

Volvió a entrar a la casa y un momento después, salió con las llaves, abrió la puerta del pasillo, y entró, caminando hacia el fondo por el pasillo, y yo detrás de ella.

No pude evitar fijarme en ella, si bien la ropa holgada no dejaba tener una idea de su cuerpo, su andar tenía gracia., llegamos al fondo, abrió la puerta y me dijo:

-Pasá por favor!

-Gracias!

-Este es la cocina comedor, esa ventana da al fondo, un patio de casi diez metros, tiene estufa acá y en el dormitorio, calefón y cocina a gas, lugar para lavarropas…

La verdad es que estaba lindo, mientras yo miraba la cocina, levantó la persiana que daba al patio y el lugar se iluminó, tenía muy buena luz. Luego por el pequeño pasillo, pasamos por el baño.

-Baño con bañera, todo funcionando correctamente, y este es el dormitorio!

Entramos al dormitorio y a diferencia del departamento actual, era más amplio, con ventana al fondo, estufa y un placard enorme. Me gustó mucho en verdad!

El espacio libre entre la casa de los dueños y el departamento estaba dividido, quedando además del patio del fondo, un patio delantero, más pequeño, pero que también le daba mucha luz al interior.

-Me gusta mucho en verdad!

-Tratamos de tenerlo en condiciones!

-Está muy bien! Me interesa! Y la verdad me gustaría alquilarlo!

-¿Vivirías solo?

-Sí! Estoy estudiando en la universidad!

-Qué bueno! ¿Y de donde sos?

-De Magdalena! Ah! Ya que estoy le pregunto, ¿servirá como garantía la casa de mis padres de allí?

-Supongo que sí… pero eso lo tendrías que hablar con mi esposo, él se ocupa de todo esto! Es más… te lo iba a mostrar él, pero se retrasó en el trabajo!

-Claro! También trabajo, pero en forma independiente, no tengo un recibo de sueldo como tal, pero el alquiler lo pagan mis viejos!

-Supongo que no habrá problema!

-¿En qué inmobiliaria está? Para saber los gastos de contrato…

-No está por inmobiliaria, mi esposo es abogado y él se encarga del contrato!

-Ah! Buenísimo!

-En un rato viene otro matrimonio a verlo…

-Si es posible me gustaría alquilarlo! De hecho traje dinero para dejar una seña! No quisiera perderlo!

-Qué lástima que no está mi esposo! Él se ocupa de todo eso!

-Tengo miedo que la gente que viene a verlo después, lo termine alquilando si está su esposo!

-Hagamos una cosa… yo le aviso a esa gente que ya se alquiló así no vienen!

-Buenísimo! Le dejo la seña, para que su esposo sepa que en verdad lo voy a alquilar!

-No es necesario!

-Por favor! Así me quedo tranquilo!

-Bueno! Está bien! Yo le aviso cuando llegue! Dejame tu teléfono y te digo cuando podés venir a hablar con él por el tema del contrato.

-Muchas gracias Valeria! Es usted muy amable!

-Por favor no me trates de usted! No soy tan mayor!

-Perdón! Es por respeto!

-No pasa nada! Pero si vamos a ser vecinos podés tutearme!

-Muchas gracias Valeria! Te agradezco! Me gusta mucho el departamento y la zona!

Caminamos por el pasillo hasta la calle, cerró la puerta y en la vereda nos despedimos.

-Hablo con mi esposo y te aviso por el tema del contrato!

-Perfecto! Muchas gracias!

Me fui contento, el departamento estaba muy bien y a un costo accesible para mi economía y la de mis viejos, y la dueña me había resultado muy amable.

***

Valeria

Desde adolescente quise ser profesora, y creo que ese deseo nació por la relación que tuve en primero y segundo año de la secundaria con Graciela Mercado, la profesora de historia que tuve esos dos años.

Siempre me gustó la historia y con Graciela y su forma de dar las clases, creo que me enamoré de la docencia.

Soy Valeria Velardi Etchegoyen, hija de Roberto Velardi Ponce, abogado y socio de un importante estudio jurídico de la ciudad y de Ana María Etchegoyen, farmacéutica y hasta sus últimos días, responsable de una farmacia tradicional de la ciudad de La Plata, donde nací y viví toda mi vida.

Tuve una infancia y una adolescencia normal, y a pesar de nuestra situación holgada, sin demasiadas estridencias, una vida sin sobresaltos, pero siempre bajo las estrictas reglas de mi padre.

Fue recién en el último año de la escuela secundaria, cuando les dije a mis padres que quería ser profesora de historia, que las cosas se complicaron con mi padre, él quería que estudiara abogacía para que llegado el momento, siguiera sus pasos en el estudio jurídico.

A partir de ese momento, la cosa se tensó entre mi padre y yo, trató, primero de convencerme y luego de presionarme y amenazarme, diciéndome que si no estudiaba abogacía, no me bancaría los estudios.

Fue una época dura, mamá me entendía y me apoyaba en mi decisión, diciéndome que estudiara lo que me gustaba, que era mi futuro y yo tenía que decidirlo, totalmente opuesto a lo que pretendía mi padre.

Me inscribí en la universidad, en la facultad de humanidades para comenzar al año siguiente el profesorado de historia, y cuando mi padre se enteró, puso el grito en el cielo.

Comenzaba el año en la facultad, cuando una tarde al llegar a casa a eso de las siete de la tarde, me encontré a mamá llorando y creí que era por mi culpa, que habría discutido con mi padre por mi decisión de no estudiar abogacía, pero lo que me enteré me dejó helada, mamá había descubierto que papá le metía los cuernos con su socia, una abogada también casada y con dos hijos.

Fueron días complicados, mamá decidió dejar la casa y alquilar otro lugar para vivir, cuando vi a mi padre le dije de todo, pero le importó una mierda.

Unos días después, mamá alquiló un departamento hasta que se resolviera el divorcio, donde por la división de bienes, tendría alguna de las propiedades que mi padre había comprado.

Por supuesto me fui a vivir con mamá, estaba muy enojada con mi padre por su infidelidad y por ver a mamá sufrir de esa manera.

Cuando se terminaron los trámites del divorcio, en la división de bienes, a mamá no le correspondió ninguna de las propiedades que mi padre había comprado porque no estaban a nombre de él, pero no le importó, con su sueldo podía seguir pagando un alquiler y vivir tranquilamente.

La relación con mi padre no volvió a ser la misma, a pesar de que mamá siempre me decía que a pesar de lo que había pasado entre ellos, siempre sería mi padre, y pasaron varios meses hasta que volví a hablar con él.

Promediaba el segundo años de la carrera, cuando conocí a Manuel, un chico amigo de Natalia, una compañera con la que me llevaba muy bien, íbamos muchas veces a su casa a estudiar y allí lo conocí.

Manuel era amigo de su hermano mayor, ambos estaban en la ciudad estudiando en la universidad, a la que habían llegado de su Saladillo natal.

Mariano, hermano de Natalia, estudiaba medicina y Manuel era su compañero.

Poco a poco nos fuimos conociendo, en encuentros en casa de Natalia y unas semanas después, en salidas de los dos, por las tardes o por las noches a bailar o a alguna fiesta.

Casi dos meses después, comenzamos una relación, Manuel era un chico amable y me trataba muy bien, aunque no era un chico muy atractivo, lo compensaba con su simpatía y trato respetuoso.

Vivía con Pablo, un amigo suyo en un departamento, donde nos encontrábamos cada vez que su amigo no estaba, aunque dormían en dormitorios diferentes, me daba vergüenza que nos escuchara cuando hacíamos el amor.

Aprovechábamos sobre todo los fines de semana, cuando su amigo se instalaba en casa de Malena, su novia, dejándonos el departamento para nosotros.

Cuando empezamos nuestra relación, yo no tenía mucha experiencia sexual, tan solo había estado con un par de chicos, mi primer noviecito a los diecisiete, con el que perdí mi virginidad, pero que tan solo estuvimos juntos unos meses y luego otro chico que me gustaba, pero que no llegamos a una relación, fueron tan solo algunos encuentros sexuales, pero no pasamos de ahí.

Con Manuel comencé a disfrutar de mi sexualidad, sobre todo porque en esos encuentros, nadie nos podía interrumpir, teníamos todo el tiempo para darnos placer.

Si bien tenía una pija más bien pequeña, para mí estaba muy bien, disfrutaba cada encuentro, dándole lindos orgasmos.

Los fines de semana eran nuestros momentos más intensos de pasión, comenzaban los viernes por la noche y solían terminar los domingo por la tarde noche, cuando su amigo regresaba.

Hubo fines de semana en que apenas salíamos para comprar comida o bebida, nos pasábamos todo el fin de semana dándonos placer, y a mí me encantaba. Hubo fines de semana que hacíamos el amor hasta cuatro veces.

Manuel sabía darme mucho placer, con sus manos, sus dedos, su boca y su lengua, pero sobre todo con su pija.

Nos gustaba andar desnudos por el departamento, y cualquier momento y lugar era bueno para coger deliciosamente, el único lugar que no conoció nuestro placer, fue el dormitorio de su amigo, en el resto de su casa, dejé desparramados mis orgasmos.

Pero lo bueno me duró poco, no podía decir en ese momento que estaba perdidamente enamorada de él, pero iba en esa dirección.

Un jueves por la tarde, salí temprano de la facultad y me fui a su departamento, al llegar a la entrada del edificio, justo salía una vecina, aproveché para entrar y subir a su piso.

Antes de tocar el timbre, escuché gemidos, típicos de una pareja teniendo sexo y pensé que Pablo y Malena estaban cogiendo.

Me quedé un momento escuchando, sin dudas estaban en el estar, lo que significaba que Manuel no estaba, aunque por mensajes al mediodía, me dijo que estaría estudiando toda la tarde.

Antes de irme decidí enviarle un mensaje, preguntándole donde estaba, y al enviarlo, escuché el sonido de su teléfono al llegarle el mensaje, lo que me dio a entender que él estaba allí dentro, o al menos su teléfono.

No tuve respuesta y empecé a pensar lo que podría estar pasando.

Me quedé tras la puerta y lo que escuché un momento después, me dejó helada.

La voz de Pablo diciéndola a Manuel:

-Dale Manuel, ahora vos dale por el culo!

Y un instante después, escuchar la voz de Manuel respondiéndole:

-Esperá que me encanta como me la chupa!

Luego nuevamente la voz de Pablo:

-¿Ya lo hablaste con Valeria? ¿Para cuándo el trío con ella?

A lo que Manuel contestó:

-Ya casi! en cualquier momento te la presto!

-¿Ya le cogiste el culo?

-Todavía no!

-¿Y se traga la lechita?

-Tampoco! Pero en cualquier momento!

No podía entender lo que estaban diciendo, pero un momento después, escuché la voz de Malena.

-Ya quiero que cojamos los cuatro, le tengo muchas ganas a esa putita!

Eso significaba que Manuel y Pablo se estaban cogiendo a Malena.

Me sentí la más pelotuda de todas, creyendo que teníamos una relación seria, me encuentro con que Manuel se cogía a otra, y vaya a saber si era la única.

Me calenté y golpeé la puerta, se hizo un silencio dentro y luego la voz de Pablo preguntando:

-¿Quién es?

-Valeria!

Escuche leves ruidos, pero ya no más voces, hasta que un momento después, fue Manuel quien abrió la puerta, vestido con un short y una remera.

-Hola mi amor!

-Mi amor las pelotas Manuel!

-¿Qué pasa corazón? ¿Por qué ese tono?

-¿Están Pablo y Malena verdad?

-Sí! ¿Por?

-Por que por lo que veo interrumpí la que se estaban montando!

Y a los gritos llamé a los otros dos.

-Pablo! Malena! Vengan!

Aparecieron los dos también vestidos.

-Malena! Nos soy ninguna putita! Una pelotuda puede ser! Pero putita no! Y menos de alguno de ustedes tres!

Me quería ir a la mierda, pero antes les diría un par de cosas.

-Manuel! Sos un hijo de puta! ¿En verdad pensabas que yo iba a entrar en esa? ¿Qué me iba a encamar con este boludo y esta trola?

-Calmate Vale!

-No me calmo una mierda!

Y en ese momento, no se lo esperaba, pero la palma de mi mano se estrelló en su cara.

-Y esta es la última vez que me ves la cara! Forro! Pelotudo de mierda! Son tres pelotudos del orto! Váyanse a la mierda los tres!

Me di media vuelta, con Manuel caminando detrás de mí, diciendo mi nombre, pero no le di pelota ni siquiera lo volví a mirar, ni a esperar el ascensor, bajé casi corriendo por la escalera hasta la planta baja y salí del edificio.

Esa fue la última vez que lo vi, en ese mismo momento, lo bloqueé en el teléfono y en redes sociales.

Cuando llegué a casa le conté todo a mamá que no podía creer lo que le estaba diciendo, ella conocía a Manuel y al igual que a mí, le parecía un buen chico.

Pronto me olvidé de él, confirmándome que no me había enamorado.

Comenzaba el cuarto año de la carrera, cuando una noche al llegar a casa, antes de cenar, mamá me dijo que en un control médico le habían encontrado una mancha en el intestino y que le tendrían que hacer más estudios.

La acompañé esos meses hasta que tuvo el resultado, confirmándole que tenía un cáncer de colon.

Esa noticia nos entristeció a las dos, pero mamá me dijo que lo superaría.

Comenzó a mediados de ese año el tratamiento, para luego según como respondiera el tumor, decidirían si terminaría en cirugía o no.

A principios del año siguiente, luego de que el tumor siguiera su curso, el médico le dijo que en el mes de marzo la operarían.

Mamá estaba muy animada, de hecho había vuelto a trabajar, aunque solo medio día y parecía que todo iría bien.

Cuando comenzaron las clases y ya no podía estar todo el tiempo en casa, mi tía Eugenia, hermana de mamá, venía por las tardes y se quedaba un rato con ella.

Era la fiesta de ingresante de la facultad, yo no quería ir, pero Natalia me insistió tanto, que al final le dije que iría aunque sea un rato.

Esa noche, luego de tomarnos una cerveza con Natalia, un amigo de ella se acercó y se pusieron a conversar, yo quedé un poco descolocada, pero en ese momento se acercó un chico me dio conversación, me pareció agradable y respetuoso y me quedé conversando con él, estaba en el último año de abogacía y había ido con unos amigos esa noche.

Al final conversamos más de dos horas, y por qué no decirlo, Guillermo me resultó simpático y atractivo, tanto que al final, cuando le dije que ya me iba, me preguntó amablemente si le podía dar mi teléfono.

No me pareció mal y se lo terminé dando, ya vería luego si alguna vez me llamaba.

Pasaron tan solo dos días y me llamó para invitarme a tomar un café cuando yo pudiera, le conté del tema de salud de mamá y me dijo que no había apuro, que ya tenía su teléfono, que cuando pudiera y quisiera lo llamara.

Pasaron unos días, la pelota estaba de mi lado y quizás podría conocerlo, por lo que una tarde que mi tía estaba en casa, les dije a las dos que iría a tomar un café con un chico, pero que antes de la hora de cenar estaría de regreso.

Nos encontramos en un bar del centro y en esas tres horas que duró el encuentro, me gustó mucho.

Esos encuentros se repitieron por un par de meses, me sentía cada vez más a gusto con Guillermo, Guillermo Velázquez, así su apellido y casi un mes después, ya éramos novios.

Nos veíamos cada vez que podíamos, incluso fue a casa y conoció a mamá y a mi tía, que luego de que se fuera, me dijeran que era un lindo chico, muy educado y que les había caído muy bien.

A finales de ese año terminé las cursadas y en el mes de diciembre rendí todos los exámenes finales, llegando a ser profesora, mi ansiado sueño.

Había vuelto a ver a mi padre, pero estando al tanto de la situación de mamá, creí que se preocuparía algo más por ella, pero no, tenía una nueva pareja, que en un principio creí que era su socia, pero resultó ser otra mujer. ¿Le metería los cuernos también a ella?

En el mes de febrero, la situación de salud de mamá se complicó, el médico decidió la operación y luego tratamiento de quimioterapia.

Fueron unas semanas muy tristes para mí, veía que mamá estaba cada vez más deteriorada y cada vez con menos ánimos, sin dudas sentía que el maldito cáncer le estaba ganando la batalla.

Entre todo eso, conseguí trabajo como profesora en una escuela secundaria, de momento eran tan solo dos cursos, pero la directora me dijo que pronto tendría varios cursos más, los de un profesor que se jubilaba en unos meses.

Guillermo fue en esos meses un gran apoyo para mí, al igual que mi tía, que se instaló en casa para cuidar a mamá y yo pudiera ir a trabajar.

Los encuentros íntimos con Guillermo, se redujeron, casi no había momento en el día en que pudiéramos encontrarnos y estar solos, le faltaban tan solo dos finales por rendir y se recibiría de abogado, y muchas tardes, para poder estar un rato juntos, se venía a estudiar a casa.

Mamá estaba cada día más desmejorada, lejos estaba de ser la mujer activa y alegre de un tiempo atrás, por suerte tenía a Guillermo a mi lado.

Mamá no pudo contra el maldito cáncer y un mes y medio después, falleció luego de estar tres días internada en terapia intensiva, los órganos le habían comenzado a fallar y ya no hubo vuelta atrás.

Mi padre apareció el día del velatorio, pero en ese momento fue Guillermo quien se ocupó de todo.

Mi tía se quedó unos días más haciéndome compañía, hasta que volví al trabajo, a dar clases, que era lo único que me despejaba un poco la cabeza.

La relación con mi padre, se puede decir que fue un poco más cercana luego de la muerte de mamá, pero no quise irme a vivir con él, me quedaría en el departamento que alquilábamos con mamá.

Guillermo terminó su carrera y unos meses después, consiguió trabajo en un estudio jurídico, estaba más que contento.

Un par de meses después, conseguí esos otros cursos, con lo que mis ingresos mensuales mejoraron sustancialmente, aunque tenía que trabajar todos los días de la semana y en ambos turnos.

La relación con Guillermo siguió muy bien, en esos momentos era la persona más cercana que tenía y ya habíamos empezado a hablar de vivir juntos.

En el estudio jurídico le iba muy bien y cada vez le asignaban tareas más importantes y sus ingresos iban siendo mejores.

Faltaban dos meses para la renovación del contrato de alquiler del departamento y una noche mientras cenábamos, Guillermo me propuso que no lo renovara y que me fuera a vivir con él.

Estábamos tan bien que le dije que sí, dos meses después vivíamos juntos y casi seis meses después, a mis veinticinco años, nos casamos en una ceremonia sencilla, tan solo pasamos por el registro civil.

Mi padre conoció a Guillermo un tiempo antes de casarnos y le cayó tan bien, que parecía más hijo de él que yo, incluso hablaba más seguido que conmigo, sin dudas porque eso hubiera querido mi padre que yo fuera.

Nuestra vida juntos iba muy bien, me sentía bien dedicándome al trabajo, a la casa y a atenderlo, a Guillermo no se le daba bien ni la limpieza, ni la cocina, de lo que yo me ocupaba, él era quien hacía las compras y algunos arreglos que hicieran falta en la casa.

Nuestra sexualidad también mejoró un poco, al menos una vez por semana, casi siempre los sábados, aprovechábamos para hacernos el amor, ya que los domingos podíamos dormir un poco más.

No éramos especialmente sexuales, sé que hay otras personas o parejas que tiene relaciones mucho más seguido, pero creo que ninguno de los dos, lo buscábamos, por ejemplo en días de semana.

A pesar de eso, nuestros encuentros eran buenos, nada salidos de la normalidad del misionero, con algo de sexo oral previo, pero ambos quedábamos satisfechos y a pesar de que Guillermo no la tiene muy grande, normal digamos, el placer que nos dábamos era suficiente para ambos, a pesar de que en algunas ocasiones yo no llegaba al orgasmo, pero de todas formas no me preocupaba, disfrutaba el momento de todas formas.

Llegando el fin de año, a mediados de diciembre, Guillermo me dijo que con unos ahorros y la venta de su departamento, tenía pensado comprar una propiedad en un lindo barrio, una casa al frente con un departamento detrás, que ya tenía en vista.

Un cliente del estudio la tenía en venta a buen precio y era una buena oportunidad, ya que la casa era más grande que el departamento donde vivíamos y además se podía alquilar el departamento del fondo.

Casi que ya tenía la decisión tomada y los primeros días de enero, la terminó comprando.

Nos terminamos de mudar en el mes de marzo, la casa estaba en muy buenas condiciones, tan solo hizo falta una mano de pintura, no así el departamento de atrás, al que hubo que hacerle algunos arreglos y también pintarlo, dejándolo lista pata alquilar.

Casi dos meses después, Guillermo me contó mientras cenábamos que le habían asignado su primer juicio como abogado defensor principal, que sería el mes siguiente y estaba más que contento.

El día del juicio llegó y le deseé toda la suerte del mundo.

Cuando volvió esa tarde, me contó lo bien que le fue en el juicio, y que luego de haber obtenido un fallo favorable a su cliente, al salir del juzgado, el abogado de la contraparte, le dio su tarjeta para que vaya a verlo a su estudio.

Guillermo lo llamó un par de días después, tuvo una entrevista con ese abogado y un mes después, estaba trabajando en el estudio jurídico de Eduardo Marchioni Peña, con un mejor puesto y lógicamente con un muy buen salario.

A partir de ese momento, Guillermo estaba más horas fuera de casa, me dejaba en la escuela cada mañana y solía llegar por las tardes, algunos días a eso de las cuatro y media o cinco de la tarde, y algunos días, por reuniones, llegaba a la hora de cenar o a veces, luego de cenar con algún cliente.

Un par de meses después, alquiló por primera vez el departamento del fondo, a un matrimonio de gente bastante mayor, muy agradables ambos.

Con los dos sueldos, más el alquiler del departamento, nuestros ingresos eran muy buenos y un tiempo después, Guillermo me dijo que podía dejar de trabajar en la escuela, que con su sueldo podíamos vivir perfectamente, pero le dije que me gustaba mi trabajo, que no quería dejarlo.

Finalmente, dejé algunos cursos, quedándome con solo tres, yendo a la escuela tan solo tres veces por semana, pero unas pocas horas, por lo que estaba más tiempo en casa, pasando a ocuparme de las tareas hogareñas, las compras, y de tener siempre lista la ropa de Guillermo, sus camisas y trajes, que a diario se cambiaba, rara vez era el día que usaba el mismo traje del día anterior.

Fue en esa época que cada vez nos veíamos menos, Guillermo tenía mucho trabajo, y cuando le decía algo sobre eso, siempre me decía que era su oportunidad de progresar en el estudio.

Casi un año después, y entendiendo que quizás su trabajo no solo le demandaba tiempo, sino que también lo tenía muy ocupado y alterado cuando algo no salía como él quería, fue que su manera de ser comenzó a cambiar conmigo, por momentos se ponía más exigente, más seco y compartiendo menos tiempo conmigo.

También nuestra sexualidad se vio retraída, en varias oportunidades, ni siquiera teníamos ese sexo de los sábados en la noche, por su cansancio o por algún compromiso.

Poco a poco nuestra relación fue cambiando, yo me fui acostumbrando a su trato más serio, más seco, y por momentos más áspero, también más controlador y exigente, al punto de querer estar al tanto de mis horarios de llegada a casa, de las personas con que me veía o hablaba o en que había gastado el dinero que me daba, aunque no era siempre así, tenía también sus días más tranquilos.

Al año siguiente, el contrato de alquiler del departamento del fondo se terminaba, y el matrimonio mayor le avisó a Guillermo que seguirían viviendo solo hasta que se terminara el contrato, ya que luego irían a vivir a la casa del hijo de la señora.

Cuando volvió a quedar desocupado, Guillermo lo fue a ver, y estaba en perfectas condiciones, ni falta hacía volver a pintarlo, por lo que ese mismo día lo publicó en internet, en una web de ofertas inmobiliarias.

Llamaron varias personas y lo vinieron a ver, aunque ninguna quedó conforme, hasta que una tarde venían a verlo un chico y luego un matrimonio.

Cuando ese chico llegó, Guillermo aún no había regresado y fui yo quien le mostró el departamento.

Sebastián se presentó educadamente, sin siquiera tutearme, le mostré el departamento y le encantó, tanto que ese mismo día me dijo que lo alquilaba, e insistió en dejarme una seña para que nadie más lo alquilara.

Quería que arreglara con Guillermo, pero luego de mostrarle el departamento aun no había llegado.

Le tomé la seña, y le dije que luego mi esposo se comunicaría con él.

El chico me resultó muy respetuoso y agradable y me parecía que sería un buen vecino, viviría solo, era estudiante y además trabajaba.

Cuando llegó Guillermo, no me esperaba su reacción, cuando le conté del chico y de que había dejado la seña para alquilarlo, puso el grito en el cielo y de mala manera me dijo que de esos temas se ocupaba él.

Continuará…