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Te reto - Capítulo 10 - El vecino del quinto

Las tres de la madrugada, un vecino aburrido con el pijama y una erección que no puede ocultar. Ella estaba borracha, caliente y dispuesta a hacerle un 'favor'. Pero cuando las puertas del ascensor se abrieron frente a la puerta de su casa, el juego cambió para siempre.

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La semana pasada Alberto me pidió que escribiese yo el siguiente capítulo de “¡Te reto!”. He de reconocer que de entrada le dije que ni hablar, que yo pasaba de escribir algo para que una panda de sociópatas se mataran a pajas (con perdón). Además no sabía qué podría explicar. Él se pasa horas delante del ordenador escribiendo cada una de las historias aunque es muy posible que muchas de esas horas se las pase masturbándose mientras recuerda lo que pasó.

Pero es que es un puto capullo. Toda esta movida es culpa suya, aunque reconozco que yo le hice seguidismo. Nuestra vida sexual era muy satisfactoria pero añadirle un poco de picante me pareció una buena idea. En algún punto se nos fue de las manos. Y digo “se nos fue” porque a los dos se nos ha ido. Él, provocando situaciones picantes y provocándome con sus innecesarios “te reto”... no ha hecho sino despertar el punto de lascivia que yo ya me conocía. Si él supiera… bueno, qué coño, ¿no quiere saberlo? Pues ahí va.

Él puede pensar lo que quiera, pero yo ya me había tirado a muchos tíos antes de conocerle y algunos después también. Lo de Tyler se lo dije para intentar acojonarle. Para que se diera cuenta de que sus jueguecitos podían ser peligrosos. No voy a decir que el polvo con Tyler no fuera la ostia. Lo fue. El tío me cogía, me alzaba, me volteaba y me penetraba como si yo fuese una muñeca. Se esforzaba y aguantaba como un campeón pero no era ningún maestro del follar. Y si me corrí tres veces fue más por la sensación de potencia que me transmitía su cuerpo que por sus habilidades amatorias.

Y es que un buen polvo es difícil de identificar a simple vista. Y si no me creeis deberíais conocer a Antonio. Antonio es el vecino del quinto primera, un hombre a primera vista del montón, de esos que parecen invisibles, con poco pelo, gafas y un estúpido bigote. Tiene toda la pinta de trabajar en una oficina igual de aburrida que él, con una estricta guía de vestimenta y un horario milimétrico. Siempre viste pantalones de lana y camisa de cuadros y lleva una cartera de cuero que, siendo condescendiente, vamos a decir que debe tener un fuerte valor sentimental, de otro modo hubiera acabado en la basura hace muchos años. Antonio y Lucía, su igualmente aburrida esposa, tuvieron un niño hace quizá un poco más de medio año. El niño no para de berrear y a ambos se les nota en la cara que duermen más bien poco.

Pues bien, yendo al grano, Antonio es un vecino de los más educados de la escalera, pero es un tío como todos los otros. Y como todos los otros aprovechaba los segundos de ascensor para echarle ojeadas a mi escote o a mi culo. Eso hasta que nació el bebé y yo creo que no tenía energías ni para alegrarse la vista en los cortos trayectos de ascensor.

Lo que os voy a contar ahora pasó hace quizá un par de meses. No mucho después de que Alberto me confesara que la historia con Tyler le había puesto muy caliente. Yo volvía de una cita “sin”, esto es: sin novios. Habíamos quedado un grupo de amigas para tomar unas copas y divertirnos un rato. Como acostumbraba a pasar en esas quedadas abusábamos un poco de la bebida y nos pasábamos cuatro pueblos con los tíos de la discoteca que buscaban cacho. Pero como también acostumbraba a pasar: al final nada de nada. Y como yo por entonces ya iba revolucionada la vuelta a casa se me hizo muy larga, dispuesta a saltar sobre Alberto y follarlo se pusiera como se pusiera.

Debían ser las tres de la mañana cuando llegué a la portería por lo que me sorprendió ver a Antonio acercarse con el cochecito del bebé. Cuando estuvo a un par de metros se llevó el dedo índice de la mano derecha a los labios para indicarme que estuviera en silencio. Entonces comprendí que había salido a dormir al bebé en el cochecito y volvía a casa con la misión cumplida. Abrí la puerta del edificio intentando hacer el mínimo ruido posible y la aguanté abierta para que Antonio pasara con el cochecito. Fue entonces cuando me fijé que el pobre hombre había salido a la calle con el pijama puesto, seguramente demasiado mareado por los berridos del bebé como para darse cuenta de ese detalle. No pude evitar que se me escapase una sonrisa.

Mientras esperábamos el ascensor me concentré en el bebé durmiendo dentro del capazo para evitar dar demasiada cuenta de lo borracha que iba. Llegó el ascensor y de nuevo aguanté la puerta abierta para que Antonio entrase el cochecito, después entré yo y me puse delante de él, con el culo contra la pared. Los botones de los pisos estaban junto a su cabeza y di un paso hacia él para pulsar el de mi piso. Fue al bajar la vista mientras volvía a mi posición que me dí cuenta de la tienda de campaña de su entrepierna.

Me quedé de piedra. No podía ser. No es que no fuera lo más normal del mundo para un hombre ponerse caliente conmigo pero lo que se adivinaba bajo la tela del pantalón del pijama de Alberto era simplemente demasiado bueno para ser cierto. Alcé la vista y vi que él parecía avergonzado por la situación, cabizbajo e inmóvil. Me dió tanta lástima… Y vaya, yo estaba tan caliente y tan borracha que me dieron ganas de hacerle un favor. Así que me arrodillé delante de él y le bajé los pantalones para admirar ese portento de la naturaleza. Joder, debía medir 24 centímetros, pero era más delgado que el de Alberto. Parecía un Calippo de fresa, con el capullo rojizo y el orificio boqueando como un pez.

Le cogí los huevos con una mano y la base de la polla con la otra. Antonio se estremeció y su polla palpitó con el contacto. Casi inmediatamente empezó a salir un líquido claro por la punta. Era evidente que no aguantaría demasiado. Debía llevar meses sin follar. Así que directamente me la metí en la boca hasta donde pude, que debió ser más o menos la mitad. Con su polla ensartada en la entrada de mi garganta le oí jadear. El ascensor se paró en mi piso y las puertas correderas se abrieron. Nos quedamos todos quietos. El niño en el capazo, Antonio tieso contra la pared del ascensor y yo de rodillas con su polla en la boca.

Las puertas se volvieron a cerrar sin que nadie entrara y el ascensor continuó subiendo hacia el piso de Antonio. Volví a succionar con ganas, trabajándome el glande con la lengua mientras apretaba con fuerza mis labios contra su tronco, que a duras penas conseguía maniobrar dentro y fuera de mi boca. Con la mano seguía apretando sus testículos hasta que noté como éstos se encogían y subían justo en el momento que el ascensor se paraba en su piso.

Si en ese momento Lucía hubiera abierto la puerta de casa habría visto la cara de terror de Antonio a través de la ventanita de la cabina justo antes de que las puertas se abrieran y él empezara a bombear semen al fondo de mi garganta. Mantuve la presa bien firme entre mis labios mientras Antonio se vaciaba directamente en mi estómago. Tuve que hacer un esfuerzo doble para intentar respirar sincronizadamente con sus ráfagas y evitar marearme o vomitar debido al alcohol y la falta de oxígeno. La corrida duró una eternidad durante la cual el ascensor permaneció con las puertas abiertas ante la puerta del piso de Antonio y Lucía.

Cuando por fin acabó de correrse dejé caer su polla de mi boca, notando como resbalaba húmeda por mi barbilla mientras le miraba con la boca aún abierta para que pudiera ver los restos de su semen mezclándose con mi saliva. He de reconocer que me salió la vena lujuriosa porque yo estaba caliente y excitadísima esperando que el precioso instrumento de Antonio aguantara lo suficiente para darme un poco de placer.

Pero ese día no pudo ser. La situación debió ser demasiado estresante para él y en su cara se reflejaba tensión y miedo. Me apartó intentando no ser demasiado brusco pero era evidente que deseaba salir corriendo de allí. Consiguió salir del ascensor con el cochecito donde dormía plácidamente su hijo y me echó un último y rápido vistazo antes de abrir con sumo cuidado la puerta del piso, echar una ojeada para cercionarse que no había moros en la costa y desaparecer en su interior.

En los días siguientes al episodio empecé a sentir remordimientos. Por momentos tenía la sensación de que le había violado, atacado sexualmente sin su consentimiento y contra su voluntad. Llegué a sentirme realmente mal y decidí intentar hablar con él para pedirle perdón. Pero eso ya es otra historia, que me quedo sin espacio. Tan solo diré que Antonio no solo me perdonó sino que también llegamos a un acuerdo que le compensara por mi atropello de aquella noche. Un acuerdo con el que los dos estamos muy satisfechos...

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