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Final olímpica

La disciplina de hierro de Natalia ha llegado a su límite. Con la final olímpica a la vuelta de la esquina y su cuerpo gritando por liberación, un vídeo viral enciende una lujuria que no puede ignorar. En la soledad de su apartamento, con su entrenador a solo unos metros, decide que la abstinencia ha terminado, sin importar el método.

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FINAL OLÍMPICA

El grito de Natalia tras conseguir el punto decisivo que sentenciaba el partido a su favor se oyó en todo el pabellón. Incluso en todo París. Luego saltó sobre los brazos de su entrenador que la elevó para celebrar el pase a su primera final olímpica. A sus 29 años, y siendo la número 1 mundial, nunca había disputado la máxima final a la que aspira cualquier deportista.

En su cabeza hizo un repaso mental de su andadura olímpica. En Río cayó en unas semifinales muy disputadas que mermaron su físico de cara a la lucha por el bronce que también se le escapó. Tenía 21 años y le quedaba mucho por “aprender”.

En los siguientes tres años consagró su ascenso hacia el número 1 mundial ganando consecutivamente dos mundiales y un europeo. La pandemia no paró su ascensión y mantuvo su posición en la clasificación. Pero una fatalidad la apeó de Tokio´21. Un mes antes de la cita olímpica del Sol Naciente una grave fractura de maléolo mientras entrenaba la eliminaba de la cita olímpica y su ansiada final.

Sufrió mucho, incluso se planteó dejarlo todo y dar por buena una más que aceptable carrera deportiva. Se dejó ir y comenzó a anteponer su disfrute personal a su pasión deportiva. Rompió con su pareja, se dejó ver en la prensa rosa, compartió alguna portada veraniega en la borda del yate de lujo, en Ibiza, con algún “famosillo” del mundo de la noche.

Fue a principio de 2022 cuando conoció a Pedro Fuertes, un entrenador que le cambió la vida. El tipo se propuso reconducir a una deportista de 27 años entonces para alcanzar el único objetivo que no había logrado conseguir. El oro olímpico en París´24.

Llevaba más de dos años con una disciplina casi militar. Desde la dieta hasta las horas de descanso. Se había acabado el ocio nocturno y las portadas de prensa rosa. A todo eso había ayudado la relación sentimental que había comenzado con un chico de su ciudad. Un tipo discreto y perfil bajo totalmente alejado de la disciplina deportiva. Todo había ayudado a que Natalia volviese a reencontrarse con su mejor momento y retomase su sueño olímpico.

Pero la vida monacal, sobre todo de los últimos 10 meses, con jornadas de entrenamiento extremo y reposo absoluto, estaba acabando con su vida social, personal e íntima. De ahí, que el punto decisivo en las semifinales provocase un grito que fuera una liberación al verse a un solo paso del objetivo y por tanto también del fin de la “tortura”.

De vuelta al hotel, su móvil estaba colapsado de mensajes de whatsapps. Aunque lo agradecía le daba pereza tener que contestar con un agradecimiento a todos esos mensajes. Por eso cribó dedicándose a los más cercanos. Padres, hermanos, familiares más directos y alguna amiga especial.

Entre ellas se encontraba Silvia. Su íntima amiga, la que había estado a su lado en los malos (eliminación y lesión) y los buenos momentos (saraos y fiestas nocturnas). Con una breve frase y un vídeo le arrancó una sonrisa:

“Enhorabuena campeona. Este vídeo es para disfrutarlo…”

El vídeo en cuestión se había hecho viral al parecer. Era un salto erróneo de un pertiguista. Lo curioso había sido el error. Y es que el saltador francés había derribado el listón al golpearlo con el abultado paquete que se marcaba bajo su maillot. Natalia tuvo que verlo un par de veces. Se recreó en como el miembro del atleta golpeaba fatalmente el listón y luego, en la caída, se definía a la perfección una enorme silueta.

Esas imágenes provocaron una excitación inmediata en Natalia. El trayecto hasta el hotel lo hizo mirando el vídeo casi en bucle. No comprendía lo que le estaba sucediendo. Lo explicó por la falta de vida sexual durante los últimos meses y la tensión acumulada durante toda la competición olímpica.

Sobre las 6 de la tarde llegó a su apartamento de la villa olímpica. Este se componía de una sala con un sofá y una televisión. En un lateral se accedía a un pequeño corredor con dos dormitorios en cada extremo, uno para ella y otro para su entrenador, ambos tipo suite, con baño en el interior.

Natalia paso directa a la ducha. Pese a haber usado el vestuario del pabellón, necesitaba una ducha de agua fría. La imagen del pertiguista golpeando el listón con su enorme polla no se iba de su mente.

Desnuda bajo el potente chorro dejó que el agua recorriese todo su cuerpo. Su melena cayó por su espalda desaguando sobre esta. La curvatura de sus redondas nalgas de mármol hizo de tobogán para que el agua saltase al vacío de la ducha. Unos sensuales hoyuelos de venus coronaban, en la zona lumbar, su culo.

Con la cabeza hacia atrás, el chorro golpeaba su pecho haciendo que sus pezones de fresa reaccionasen retorciéndose sobre sí mismos provocándole una extraña sensación de placer excitante. Tenía unas tetas muy bien puestas de tamaño medio y dureza casi virginal. Llevó sus manos hacia ellas y se las cogió, las apretó y acabó tirándo de los pezones provocándose un placentero dolor. En su mente se repetía la imagen del miembro del pertiguista francés bamboleante debajo del maillot justo después de golpear fatalmente la barra de aluminio.

En ese momento sintió como su coño se humedecía con flujo caliente. Instintivamente llevó su mano izquierda hasta él y acarició la estrecha franja de vello castaño y suave que cubría su rajita. Sus dedos notaron la diferencia de fluidos. El agua que resbalaba por su cuerpo hasta empapar su Monte de Venus era menos denso que el flujo caliente que manaba de su interior y que aprovechó para que sus dedos patinasen por su clítoris en un baile circular que la estaban llevando al éxtasis.

Se mantuvo de pie, con su brazo derecho extendido y la mano apoyada en la pared. Con la izquierda, la más hábil, se masturbaba de manera frenética al tiempo que el chorro de agua caía sobre su nuca. Gritó de placer al tiempo que un calambre orgásmico recorría su sistema nervioso desde su cerebro hasta un lugar indeterminado de su coño. Sus piernas temblaron y no pudieron sostenerla por más tiempo. Natalia cayó de rodillas presa del éxtasis del orgasmo.

Eran las 9 de la noche en la villa olímpica y Natalia, tumbada en su cama, intentaba descansar de cara a la final de la mañana siguiente.

Pedro Fuertes, su entrenador, había salido a comer algo. Ella estaba sola en el apartamento. Necesitaba relajase pero el nerviosismo de afrontar el reto del oro olímpico lo hacia imposible. Este estado de ansiedad provocaba que su libido se disparase. Hay a quien le da por comer, a Natalia, la ansiedad, la pone muy caliente.

Llevaba demasiado tiempo sin echar un polvo y lo necesitaba. Pero lo tenía prohibido por su entrenador. Su pareja se encontraba en algún hotel del centro de París para acudir a la final.

Volvió a mirar el vídeo que le había enviado Silvia. Cada vez que repetía la secuencia se excitaba más. Casi se aprendió el vídeo de memoria. Un tipo atlético derribando un listón por el excesivo tamaño de su polla.

En esos momentos se lo podría haber follado en la soledad de su apartamento. Salir a buscarlo, tirarlo en la cama, arrancarle el maillot y empalarse ella misma en ese mástil de carne dura y caliente hasta que acabase con su excitación. Podría estar toda la noche follandose el pollón de aquel francés más famoso por su polla que por los resultados de la pértiga.

A las 10 de la noche, Natalia se vistió solamente con el chándal, sin ropa interior y salió del apartamento. Se movió por la villa olímpica. Se dirigió en busca de su objetivo. Un cuarto de hora después volvía a estar en su dormitorio. Pedro aún no había vuelto.

De manera desordenada se despojó de la parte superior del chándal dejando al aire sus dos preciosas tetas. La situación hacia que sus pezones permanecieran erectos. Después se quitó el pantalón exhibiendo su espectacular desnudo. Lentamente, y algo nerviosa, se acercó a la cama. Se sentó mirando fijamente el increíble tamaño de aquella cosa.

Mordió el envoltorio de un preservativo XXL por uno de los extremos con cuidado de no dañarlo.

Posteriormente y con cierto trabajo lo colocó sobre la punta y tras varios intentos logró que se deslizara hacia abajo. Se colocó de rodillas en la cama. Inspiró fuerte y se lo acomodó en la entrada de su coño. Cerró los ojos y se mordió el labio inferior. A medida que aquello entraba en su interior iba soltando un gemido cada vez más sonoro.

Tuvo que detenerse. Aquello no le cabía entero. Sentía como sus labios vaginales estaban al limite de su flexibilidad para abarcar semejante grosor. Volvió a intentarlo a horcajadas. Abriendo bien las piernas, facilitando el acceso de aquel enorme falo. Consiguió que entrase la parte más gruesa. Dío un grito entre el dolor y el placer. Entendió que en esa postura no le cabría.

Se tumbó boca arriba sin dejar salir el mástil de su interior. Así sería mejor. Con las piernas bien abiertas y con los pies apoyados en el colchón, empujó con sus manos el enorme calabacín envuelto en el condón contra su coño.

Colocó el móvil en una posición en que lo pudiera ver y reprodujo en bucle el vídeo del saltador de pértiga francés. Se recreaba en el golpeó de la polla contra el listón para follarse con la hortaliza que había comprado en el supermercado de la villa olímpica.

Durante más de 20 minutos, Natalia se estuvo masturbando de manera frenética con una verdura gigantesca fantaseando que era empalada por el gran miembro del francés. Sus jadeos, gemidos y gritos se hicieron audibles en todo el apartamento. Pero a ella no le importó que su entrenador la pusiera oír. Ella necesitaba follar.

Con un tremendo grito de placer, Natalia, cayó abatida por el orgasmo. Consiguió desencajar el calabacín de su coño. Rodó por el colchón hasta caer al suelo. Ella, ql quedar liberada, sintió como sus labios vaginales trataban si éxito de volver a su estado natural. Era como si no consiguieran retomar la elasticidad normal después de haber dado de sí más de la cuenta. Un alor terrible se colocó en su zona vaginal y su clítoris latía todavía. A Natalia le venció el sueño y pasó la noche durmiendo boca abajo, totalmente desnuda sobre la cama sin deshacer.

Al día siguiente, mientras desayunaban, la situación fue algo embarazosa. Pedro no sé atrevió a decirle nada de lo que había oído. Natalia supuso que él se había enterado y prefirió no tocar el tema. A las 10 de la mañana estaba a punto de comenzar la conquista del oro olímpico.