El odioso cuñado ( capítulo segundo )
La ausencia de su marido ha abierto una grieta en su matrimonio, pero es la mirada fija de su cuñado la que realmente la quema. Él no pide permiso, solo exige; y ella, cansada de fingir indiferencia, decide ver hasta dónde puede llegar la provocación.
A media tarde bajó al parque con su hijo. Siempre que iba, se sentaba en el mismo banco porque desde allí podía ver perfectamente a su hijo mientras jugaba. Esos momentos en el parque, los aprovechaba para poner en orden sus atareados días y planificaba que cosas haría al día siguiente.
Ese día había sido bastante intenso.
Pensó en su bajón anímico en la oficina y en como Antonio, su jefe, había logrado animarla. Sonrió al acordarse de él, era un pilar muy importante en su vida. Desde el accidente de sus padres, siempre había estado pendiente de ella. Mas que un jefe, era un amigo, una especie de segundo padre con el que se sentía segura y protegida. Cuando tenia que recriminarle algo, lo hacía y siempre sabía que todo lo que le decía era por su bien. Se reprochó no haber tenido la delicadeza de preguntarle que tal estaba María, su mujer. Pero sabía que estaba muy enferma y le dolía preguntarle por ella.
De inmediato le vino a la cabeza su cuñado y lo ocurrido en casa. Se ruborizó al pensar lo mucho que se había excitado con la forma que la miraba a los pechos. Le daba rabia que ese chico fuera así, tan chulito y creído y que su manera de ser rozara la grosería. No podía negar que era un joven muy guapo y su cuerpo llamaba la atención, pero eso no era excusa para su comportamiento. Recordó la cara que tenía de fascinación cuando la miraba y le hizo sonreír recordarla.
“Tan chulito y en ciertos momentos tan crio “, pensó divertida.
Al organizar el día siguiente, se dio cuenta que volvería a estar con él. No tenia nada claro que le generaba su presencia. Atracción simplemente física? Rechazo por como se comportaba con ella? Agrado por su manera de mirarla y hacerla sentir deseada? Se sintió confusa.
“Acaso la ausencia de mi esposo me está afectando tanto que hasta sentirme deseada por un crio me hace excitar?”, pensó.
A las ocho subieron a casa y bañó al pequeño. Después de cenar lo metió en cama y como cada noche, le leyó un cuento hasta que se quedó dormido.
A las diez y media se metió en cama. Se sentía relajada después de la ducha que se acababa de dar, en la que volvió a cuidar de su cuerpo volviendo a masturbarse pensando en su cuñado y en el bulto que había visto bajo su pantalón. Una vez en cama, llamó a su marido para contarle el día, aunque por supuesto no le contó todo. Le contó de su conversación con Antonio sobre los horarios y hablaron de otras cosas sin importancia. Al colgar se volvió a sentir triste, o mucho cambiaban las cosas o su matrimonio no tenía futuro.
Durante la mañana siguiente, todo transcurría con normalidad. En una de las veces que entró al despacho, escuchó a su jefe discutir acaloradamente con alguien por teléfono. Se movía de un lado a otro del despacho braceando con su mano libre. Aquel hombre asustaba cuando estaba así, la vio en la puerta y con un gesto de enfado la mandó irse.
Cuando desde su mesa vio que Antonio había terminado de hablar se acercó de nuevo.
- Antonio…
- Que quieres!? - le contestó gritando.
Se quedó paralizada, asustada.
- Nada, no se preocupe. Ya lo soluciono yo - se giró y cerró la puerta.
Por qué le había gritado si ella estaba haciendo su trabajo bien? Estaba furiosa, dolida. Tuvo que esforzarse por reprimir sus lágrimas que pugnaban por derramarse por sus mejillas.
El despacho del señor Antonio estaba en el fondo de la oficina y al ser todo acristalado, desde su sitio, lo veía sentado con los codos apoyados en la mesa y las manos sujetando su cabeza. Debía ir de nuevo a ver que había pasado? Descartó esa idea, estaba molesta por como le había contestado.
Estaba preparando un nuevo contrato, cuando vio que Noelia, una de sus compañeras, llamaba a la puerta del despacho del señor Antonio. La vio pasar y no pudo evitar mirar disimuladamente hacia allí. Lo que vio le generó una sensación extraña.
Su compañera, desde la puerta, hablaba con su jefe. Se quedó sorprendida cuando la vio acercarse hacia donde él estaba. De pie a su lado, observó como pasaba su mano por el hombro de él como animándolo o como muestra de consuelo y él al sentir esa muestra de afecto le sonrió. Estaba sintiendo celos por lo que estaba viendo?
El resto de la mañana se sintió mal. Varias veces tuvo que ir hasta el despacho de su jefe y la frialdad entre ambos era evidente. En una de las ocasiones que tuvo que ir a dejarle un nuevo contrato, se disponía a salir cuando su jefe la llamó.
- Patricia! - su tono de voz era de enfado - Cierra la puerta y siéntate!
Aquel tono de voz siempre le impactaba mucho. Su jefe era la única persona que conseguía intimidarla de esa manera. Cerró la puerta y se sentó.
- Que es lo que te pasa? Llevas un par de horas sin ni siquiera mirarme a la cara.
- Que me pasa!? – preguntó alterada - Antes me gritó sin motivo y me pregunta que me pasa?
- Hoy no tengo un buen día. Pero no me gustan las niñerías - levantándose de la silla, se acercó a ella. Al estar sentada y él de pie se sentía muy pequeña.
- Niñerías?
- Si, tu actitud es de niña pequeña con un berrinche. No crees que las cosas se arreglan hablando?
- Lo siento. - vio como Antonio se alejaba hacia la cristalera y cerraba los estores y se volvía a acercar a ella - Yo tampoco tengo un buen día. No volverá a pasar.
- No pasa nada, Patricia - se agachó delante de ella y le acarició la cara con dulzura - Quizás lo he pagado contigo. Discúlpame tu a mi. Que ha pasado? Quieres contarme? - la mano de su jefe se apoyó sobre su rodilla.
- Lo de siempre - el contacto de aquella mano sobre su pierna la hacia temblar. Estaba demasiado necesitada de contacto físico por la ausencia de su marido.
- Es por Alfredo? – preguntó con suavidad.
- Si. Es que no entiendo que me pasa. Siempre estamos discutiendo, pero en cambio, lo echo de menos.
- Es evidente que no estáis bien, es algo que noto desde hace meses. Y echarlo de menos es natural porque te sientes falta de afecto aunque sea físico.
- Supongo que es eso - el calor de aquella mano sobre su piel era muy agradable, demasiado quizás para ser quien era, se sentía confundida.
- Para mi eres como una hija, Patricia, y en todo lo que pueda ayudarte sabes que aquí me tienes.
- Lo sé, Antonio.
Aquella sensación era tan agradable, que ni siquiera se dio cuenta que había separado un poco las piernas y, tal como estaba él agachado, podía desde su posición, dado que la falda era corta, llegar a verle las bragas. Ambos se avergonzaron, uno por sentirse descubierto mirándole los muslos, y ella por haberse relajado tanto y haber separado un poco las piernas.
- Disculpa - se levantó totalmente abochornado.
- Discúlpeme, usted - cerró las piernas y se colocó bien la falda pues esta se había subido un poco - Ha sido culpa mía. Voy a continuar con las llamadas.
- Si. Yo también tengo cosas que hacer.
El resto de la mañana, ninguno de los dos pudo concentrarse. Antonio no conseguía sacar de su mente la imagen de aquellos muslos ligeramente separados y en cuyo final se veía el color rosa de unas braguitas que juraría mostraban en su centro una oscura mancha de humedad. Por su parte, Patricia no lograba olvidar el calor de aquella mano sobre su piel. Una mano grande que agarraba su rodilla con firmeza. Solo se preguntaba si aquel hombre se habría dado cuenta que se había excitado con aquel contacto.
- Antonio, yo ya he terminado - su voz delataba su vergüenza de volver a hablar con él después de lo ocurrido - Mañana llegaré mas tarde. Vale?
- Vale, no te preocupes. Sabes que no hay problema con el horario - él también estaba avergonzado.
- Hasta mañana.
- Hasta mañana - la vio alejarse y por primera vez se fijó en ella, en sus piernas, en su culo. Y se reprochó a si mismo estar deseando a esa joven que era como una hija para él.
Cuando aparcó el coche, se acordó del día anterior y la actitud de su cuñado con ella. Le daba mucha rabia que ese niñato se mostrara tan arrogante y chulo. Estaba dispuesta a no dejarse intimidar por él y decidió darle una lección.
Al entrar en casa, estaban en el cuarto de Marcos jugando. Vio que la mesa de la cocina ya estaba preparada.
- Hola cuñada, te estábamos esperando.
- Hola. Voy a cambiarme y comemos.
Ya en la habitación, se desnudó por completo y se puso una camiseta larga que llegaba hasta los muslos y una braguita. Ese día era ella la que había decidido no ponerse sujetador. Se vio en el espejo y le gustó su imagen.
Cuando llegó a la cocina, sintió la mirada de su cuñado sobre sus pechos y éstos enseguida reaccionaron. Jaime estaba desconcertado, ni siquiera había tenido que pedirle que se quitara el sujetador y ahora podía ver perfectamente como aquellos pezones se marcaban en la camiseta. Y ella, no solo no intentaba disimularlo, sino que lo miraba sonriente. Acaso su cuñada estaba insinuándose? Estaría loca por él como el resto de chicas del barrio?
A Patricia le gustaba la cara de sorpresa de su cuñado, la miraba embobado y eso la hacía reaccionar su cuerpo. Cuando el niño se fue a jugar al cuarto al terminar de comer, ella recogió la mesa. Le gustaba sentir nervioso a ese joven que tan creído se lo tenía. Varias veces se agachó delante de él dejándole ver sus muslos desnudos
- Patricia estás buenísima.
- Ah si? Mas que esas chicas que te follas los fines de semana? – le dijo sonriendo.
- Bastante mas - no daba crédito que su cuñada le estuviera hablando de esa manera - tienes un cuerpo increíble. Follar contigo tiene que ser la hostia.
- Eso dice tu hermano. Te recuerdo que soy su mujer y te vas a quedar con las ganas.
- Pero mi hermano no sabría nada – la miraba casi suplicando.
- Lo siento, no me gustan los chicos jóvenes.
- Ayer me miraste el culo cuando me iba. Se que te gusta mi cuerpo. Eres capaz de negarlo?
- Que tengas un cuerpo bonito no significa que vaya a follar contigo. Tenlo claro.
- Eres una cabrona - se levantó de la silla y el bulto del pantalón era enorme - Mira como me has puesto.
- Quieres darte una ducha? - se fijó en su pantalón totalmente abultado - Si quieres puedes ducharte, estaré con Marcos.
- Te duchas conmigo?
- No, gracias. Está el pequeño en casa y te vuelvo a recordar que soy tu cuñada.
- En que baño me ducho?
- Usa el mío - sonrió cuando lo vio alejarse. Pensar que su cuñado iba a hacerse una paja en su baño le hizo sentir nerviosa.
Al terminar de ducharse y masturbarse salió del baño. Se fijó que sobre la cama de su cuñada estaba la ropa que esta traía al llegar antes de cambiarse. Vio su falda y su blusa. Un gesto de satisfacción se dibujó en su cara al ver aquellas bragas rosas. Las cogió y no pudo evitar olerlas al observar que estaban húmedas. Se volvió a excitar al percibir el aroma intimo de aquella mujer.
“Volveré a masturbarme a tu salud en casa, cuñadita “, pensó metiendo aquella prenda en su bolsillo.
Patricia estaba con el niño jugando cuando lo vio aparecer. Su cara era de estar molesto con ella.
“Había sido demasiado cruel al provocarlo tanto? Se lo tiene merecido “, pensó ella mientras lo veía y sonrió.
Por la noche, cuando acostó al pequeño, se sirvió una copa de vino y pensó en lo sucedido. Una extraña sensación se apoderó de su cuerpo al recordar como la miraba su cuñado y el efecto que había provocado en él. Estaba claro que debía tener un miembro bastante grande a tenor del bulto que pudo ver bajo su pantalón. Se acordó de la proposición de ducharse juntos y decidió irse al baño.
Durante la ducha, cerraba los ojos y podía imaginar a su cuñado frente a ella, desnudos los dos. Se imaginó enjabonando su cuerpo y pasando las manos por su sexo joven. Un orgasmo le llegó de repente, sin avisar, cuando pensó que ese niñato se había hecho una paja esa tarde allí, seguramente imaginando lo mismo que ella.
Se metió en cama y se sintió confusa al pensar en su jefe.
“Definitivamente, estoy muy necesitada de contacto físico”, pensó al recordar con vergüenza como se había excitado delante de él. No podría volver a pasarle aquello. Era como un padre para ella.
No entendía esos nervios que se apoderaban de su cuerpo cada vez que iba a llegar a casa. En realidad, si lo entendía, pero se negaba a aceptarlo.
Como siempre, estaban en el cuarto del niño. Le sorprendió lo callados que estaban, pues normalmente, nada más entrar por la puerta, se escuchan las risas y gritos de Marcos cuando jugaban a las peleas. Extrañada se acercó y los vio tumbados en la cama boca abajo. Estaban leyendo. No podía creerse que su hijo se hubiera animado a leer y también desconocía esa faceta en el díscolo de su cuñado.
- Pero bueno… - dijo sonriendo y ellos giraron la cabeza a la vez para mirarla – Que bien que estés leyendo, mi amor – le dijo al pequeño.
- Me dijo el tío que era muy bueno leer y que se aprendían muchas cosas divertidas – saltó de la cama y corrió hacia ella para abrazarla – El tío me compró un libro para niños de los mejores inventos.
- Que guay! Luego lo leemos juntos? – le dio un beso.
Al agacharse, Jaime no perdió oportunidad para volver a mirarle las piernas.
- Me puedes leer un poco por la noche antes de dormirme. Vale?
- Vale, cariño. Ahora vete a lavar las manos que me cambio y vamos a comer.
Jaime se sentó en la cama y ella lo miró agradecida.
- Ya me dirás cómo hiciste para convencerlo de que leyera – le dijo con una sonrisa – Mira que llevo intentándolo y nada.
- Me minusvaloras, cuñada – al levantarse se acercó a ella – Siempre consigo lo que quiero.
- Serás creído! – resopló antes de salir de la habitación.
Aquellas comidas se habían convertido en una especie de batalla por demostrar quién podía más. Jaime, con sus indirectas disfrazadas de comentarios inocentes, lograba sacarla de quicio. Ella, lo picaba con su inmadurez. Le hablaba de su hermano y lo diferentes que eran por suerte.
Se quedaron tomando el café mientras el niño se fue al salón a ver dibujos animados.
- Pues a tus tetas no parecen importarle mucho mi edad – le dijo mirándola descaradamente hacia ellas.
- Te fijas demasiado tu en ellas me parece a mí – bajando la mirada se dio cuenta que se notaban mucho los pezones.
- Ya sabes que me parecen preciosas – le contestó – Nunca te lo he ocultado.
- Deberías ser más respetuoso con tu hermano.
- Yo no tengo la culpa de que se haya casado con una mujer que esté tan cachonda.
- Mira que eres grosero – contestó alterada – Deberías aprender de tu hermano y saber cómo se trata a una mujer – al decirlo recordó su infidelidad.
- Yo las se tratar en la cama, que es donde más os gusta que os traten bien.
- Dime de que presumes y te diré de lo que careces.
- Menudo refrán de mierda – se rio con arrogancia – También presumo de polla y mira… - señaló hacia su pantalón – Crees que es pequeña?
- Habla bajo que está el niño en el salón – contestó mirando hacia la puerta.
- Crees que presumo de polla sin motivos? – le preguntó bajando el tono de voz.
- Anda vete a la ducha que te hace falta – aquella conversación se les estaba yendo de las manos.
- Dime… - se levantó y se acercó a ella – Te parece pequeña?
De pie y ella sentada, tenía aquel exagerado bulto a la altura de su cara. No pudo evitar mirar hacia el pantalón intentando disimular.
- No dije que fuera pequeña.
- Te asusta mirarla? Vas de digna y estoy seguro que tienes las bragas empapadas.
- Asustarme mirarla? Te crees que soy una cría como esas con las que vas? – dijo despectivamente.
- Serán crías, pero ellas no son unas reprimidas como tú. Y si quieren polla me lo piden y la tienen. Si es cierto que no te asusta mirarla, hazlo. Mírala y no disimules.
- La miro – sus ojos se posaron sobre el bulto – Anda, vete a ducharte.
- Dúchate conmigo – la retó – Si eres tan valiente y estás tan segura de ti misma, te atreves a ducharte conmigo?
- Estás loco – intentó levantarse pero él se lo impidió – Si no vas tú, me ducharé yo.
- Eres una cobarde – le dijo – Vas de mujer madura, valiente y no te atreves.
- No soy una cobarde – odiaba que le llamaran eso – Porque está el niño sino verías que no lo soy.
- Marcos está viendo la tele – dijo – Una ducha rápida y te creeré que eres valiente.
Se quedó pensativa. La idea de ver a su cuñado desnudo hacía que su cuerpo reaccionara. Nunca había visto un hombre con un cuerpo como el de Jaime y aunque era una locura se planteaba si aceptar.
- No – se levantó asustada por lo que estaba sintiendo – No puede ser. Está el niño y estaría loca si acepto ducharme contigo.
- Serán cinco minutos. Nos duchamos rápido y el niño ni se enterará – le pidió.
- Cinco minutos?
- Si.
- Como intentes algo más que no sea una ducha, te juro que no entras más en esta casa y olvídate de Marcos, de mi y de tu hermano.
- No intentaré nada, prometo no tocarte.
Nerviosa, le dijo al niño que esperara por ella un momento. Le temblaban las piernas durante el camino hacia el baño de la habitación.
Al llegar al baño, vio que Jaime estaba de espaldas a ella y se había quitado la camiseta. Miró su espalda. Era enorme con cada músculo marcado.
Sintiendo su presencia, Jaime se dio la vuelta y le sonrió.
- Te vas a duchar vestida?
Jaime comenzó a desabrochar el cinturón del pantalón y ella, avergonzada, se quitó la camiseta quedándose en bragas delante de él.
- Joder que tetas tienes, cuñada - se bajó el pantalón – Mejor de lo que imaginaba. Me encanta su forma.
Jaime llevaba un slip del que sobresalía por la goma de la cintura la mitad del pene. Boquiabierta, miró aquel miembro de un tamaño fuera de lo normal. Enseguida se bajó lo que le quedaba de ropa y se giró para abrir el grifo de la ducha.
Patricia, hipnotizada por la visión de aquel cuerpo, se bajó las bragas y las apartó a un lado.
- Ven – le ofreció su mano – El agua está perfecta.
Desnuda frente a su cuñado, lo vio enjabonarse. Él la miraba a ella de arriba abajo y su polla apuntaba al techo.
- Te gusta mi polla? – preguntó mientras la enjabonaba y por veces la agarraba moviéndola.
- La verdad es que nunca vi algo igual – contestó.
- Ven – se apartó a un lado – Enjabónate tú.
Patricia enjabonó su cuerpo ante la atenta mirada de Jaime. Este miraba excitado como lo hacía.
- Ves como me pones de cachondo?
- Ya veo, ya.
- Te importa si me hago una paja?
- Háztela, si quieres. Lo necesitas.
No podía creerse que estuviera compartiendo ducha con su cuñado y viendo cómo se masturbaba. Se detuvo más de lo normal enjabonando su coño, estaba cachonda.
- Mastúrbate tú también, cuñada – la miraba a las tetas y al coño mientras ella se lo enjabonaba.
- Te crees que me voy a masturbar aquí delante de ti?
- Y por qué no? Somos adultos y todos tenemos nuestras necesidades – suspiró – Por tu cara se nota que estás cachonda y además tienes los pezones tiesos.
No podía apartar la mirada de esa polla siendo masturbada cada vez a más velocidad.
- Venga, acaba que está el niño solo en el salón – le pidió.
- Tócate conmigo – su voz excitada sonaba muy sexy – Así me correré enseguida.
- Solo me tocaré un poco para que termines – le dijo sorprendida.
Patricia pasó los dedos despacio por el coño. Lo sentía muy caliente y sensible. Se mordía las labios para no gemir al estarse tocando mirando al niñato de su cuñado masturbarse. Con una mano separó los labios para tocarse el clítoris.
- Joder, cuñada – cada vez se masturbaba más rápido – Por fin puedo verte el coño. Lo tienes precioso.
- Acaba – movió los dedos masajeando la cabeza del clítoris.
- La de pajas que me llevo hecho imaginando tu coño. Por fin lo estoy viendo y tú por fin estás viendo mi polla. Te gusta mi polla?
- Cállate y termina – cada vez movía los dedos más rápido. Se estaba masturbando delante de él.
- Dímelo y me corro – gimió excitado.
- Que quieres que te diga?
- Si te gusta mi polla.
- La tienes grande y bonita – gimió al frotarse el coño. Estaba muy cachonda.
- Te masturbaste pensando en mi polla? – los gemidos de ambos eran amortiguados por el ruido del agua – Yo si pensando en ti.
- Dios!
- Te masturbaste pensando en mi polla?
- Joder! Si… si, lo hice. Contento?
- Cuando lo hiciste? – el ritmo de su mano era frenético.
- Anoche, lo hice anoche… - gimió al reconocerlo -…aquí en la ducha.
Jaime comenzó a temblar y Patricia vio que de aquella polla comenzaban a salir chorros de semen disparados por el aire. Varios de esos chorros cayeron sobre su pierna y ella también comenzó a correrse al sentir el esperma de su cuñado en su piel.
Al darse cuenta de lo que había pasado, salió de la ducha avergonzada. Se secó rápido y poniéndose la camiseta fue corriendo al salón a buscar al pequeño.
Cuando Jaime apareció en el salón al cabo de un rato, evitó mirarlo.
- Bueno, yo me voy – se acercó al niño – Chao, campeón. Por la noche lee un poco con mami – acercándose a su cuñada la miró – Mañana recogeré a Marcos. Así no tengo que comer solo.
- Vale, gracias.
Esa noche, mientras leía con el niño, recordó a su cuñado desnudo y sintió unas ganas intensas de masturbarse pensando en él. En cuanto Marcos se quedó dormido, se metió en la ducha y se frotó el coño. Se corrió enseguida.
- Joder! – exclamó – Jaime, te voy a matar! Puto niñato!
Antes de salir de la ducha, tuvo que volver a masturbarse. Lo que había pasado era una locura que no podía repetirse.
(Continuará)
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