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Historia de una mujer fácil - Completa (32)

Clara cree tener el control absoluto de su doble vida: jefa impecable de día, madame de noche. Pero cuando su novio se acerca al peligro y su amante descubre la verdad sobre sus nuevas reclutas, el equilibrio se rompe. Esta Navidad, el precio del silencio será más alto que nunca.

Abel Santos3.7K vistas8.6· 10 votos

UNA SEMANA MÁS EN LA OFICINA

La nueva semana comenzó aburrida como tantas otras. El fin de semana, sin embargo, había sido movidito y Clara agradeció la tranquilidad. Además, quedaba poco para las vacaciones de Navidad y eso la motivaba.

Carlos y ella no habían planeado viajar durante las cortas vacaciones y se sentía bien. Serían días de descanso, sin más, en compañía de la familia. De la suya, especialmente. Verle la cara a los primos de Carlos, especialmente a Juan, no la apetecía lo más mínimo.

La mañana del lunes no tuvo mucho tiempo para dedicarlo a sus cosas, pero había decidido que por la tarde arreglaría un asunto personal que la estaba desquiciando.

Se cruzó con Rafa por un pasillo y le citó a las siete. Era una buena hora para que no hubiera mucho personal por la oficina.

A esa hora, como un clavo, Rafa golpeó dos veces en la puerta del despacho de su jefa. Iba acompañado de Luna.

—Pasad y cerrad la puerta, por favor.

Lo primero que hizo Luna al sentarse en la silla frente a su escritorio fue deshacerse en agradecimientos.

—Gracias, Clara, te juro que me has salvado la vida. Y te prometo que te voy a devolver hasta el último céntimo…

—Vale, tranquila… —cortó la retahíla de la chiquilla—. Justo es para eso para lo que os he llamado.

Rafa la miró sin entender.

—¿Nos has llamado para pedir a Luna que te devuelva el dinero?

Clara sonrió y miró al techo.

—Joder, Rafa, pero qué burro eres a veces… —le reprochó—. No, claro que no es eso…

—¿Entonces?

La jovencita no se atrevía a hablar. Se restregaba las manos nerviosa mientras escuchaba atentamente a la «gran» jefa y a su amigo.

—Lo que me gustaría es que Luna se uniera a nuestro grupo… Es decir, a Paula y a mí… de momento… Es la mejor forma de que devuelva el dinero y que gane algo más en cuanto salde su deuda.

—¿La estás… ofreciendo trabajo? —dijo Rafa algo mosqueado.

—Sí, eso es… ¿te apetece trabajar fuera de horas, Luna?

—Mujer… yo por mí sí, claro… —Luna miraba a Rafa y no entendía por qué ponía aquella cara de desaprobación.

—Pero… —tartamudeó el chico—. ¿No eras tú la que decías que te parecía inmoral y todo eso…? Recuerda que habíamos quedado en que no… —se detuvo para que Clara le entendiera sin tener que dar más detalles.

Clara se estaba divirtiendo viendo sufrir a Rafa, quien al parecer no entendía sus intenciones. Se levantó del sillón, lo rodeó, y se sentó en el filo de la mesa frente a Luna.

—Pues si quieres trabajar… yo tengo un trabajo perfecto para ti.

Rafa se levantó de la silla y se puso en jarras.

—Eso es una gran putada… —musitó.

—Pero, ¿por qué? —replicó Luna—. ¿A ti que más te da que trabaje fuera de horas para ganar algo…? Con la beca no me da ni para el metro.

A Clara le resultaba difícil aguantarse la risa.

—Lo que dice Luna es verdad, Rafa —le increpó—. Es mejor que te sientes mientras hablamos las dos chicas, de mujer a mujer.

—Vale, jefa… —sonrió la jovencita. A Rafa le faltaba echar humo por la nariz.

—Pero, antes… —aclaró Clara—. Tengo que saber si tienes aptitudes para el puesto.

A Rafa se le subieron los colores.

—¿En serio? —volvió con sus interrupciones—. ¿La vas a hacer un casting aquí mismo? ¿Y si entra alguien?

—¿No has cerrado la puerta con el seguro? —le preguntó Clara al chico con tono tranquilo—. Creo que te lo pedí.

—Yo sí, jefa —dijo Luna—. La cerré nada más entrar.

—Buena chica… —repuso Clara y le dio un pellizco cariñoso en un moflete.

Rafa se echaba las manos a la cara y no sabía qué más hacer.

—Muy bien… —prosiguió Clara—. Pues vamos al grano. A ver, Luna… muéstrame…

—¡Basta! —gimió más que gritó Rafa. Pero Clara le hizo caso omiso.

—… tus cualidades —hizo una pausa teatral—. ¿Qué tal se te da hablar por teléfono?

—¡Genial! —dijo ella con entusiasmo—. El palique me encanta…

—¿Y el Excel, el correo, las redes sociales?

Clara miraba a Rafa de soslayo con sonrisa irónica. Rafa le devolvía la mirada anonadado. «¿Me estás vacilando?», decía su expresión.

—Uy, de maravilla… En eso soy especialista… Pregúntale a Rafa, ¿a qué sí, Rafa?

—¡Pues entonces estás contratada! —dijo antes de cerrar la reunión—. Empiezas tras las vacaciones de Navidad. Del sueldo ya hablaremos, pero te prometo que te gustará.

Cuando los chicos se despedían para salir del despacho, Clara retuvo a Rafa.

—Espere usted, señor becario, necesito que charlemos un rato.

*

En cuánto se quedaron solos, Rafa se la quedó mirando.

—Me has estado vacilando desde que entramos. Serás…

No pudo aguantar la sonrisa, aunque Clara le miró seria.

—Con el espectáculo que has dado solo demuestras que eres muy joven, Rafa, tienes que aprender a escuchar y a no hacer juicios de valor antes de saberlo todo.

—Vale, jefa… —aceptó la reprimenda y se sentó de nuevo en la silla—. Lo siento…

Clara sonrió por fin, y Rafa se sintió de nuevo como en casa.

—¿Y se puede saber para qué quieres a Luna?

—Oh, es muy sencillo… —repuso ella—. Necesito una secretaria que responda al teléfono, cierre citas con los clientes y controle la agenda, tanto la mía como la de Paula. Y, si las cosas salen bien, de alguna chica más.

Rafa retornó a su expresión de asombro.

—¿Vas a emplearla de secretaria en tu… negocio particular?

—Exacto… Veo que eres muy perspicaz.

—Y, dime… ¿de dónde llegarán las llamadas? ¿Cómo sabrán los posibles clientes dónde llamar?

—He puesto anuncios en varias páginas de contactos.

Rafa asintió admirado.

—Ya veo que lo tienes todo pensado…

—Sí, ya me conoces cómo soy para el trabajo —presumió Clara—. Aunque estoy pensando en una idea mejor. Ya te contaré.

—Genial, seré todo oídos.

Rafa se levantó con la intención de irse a casa. Tenía un plan de estudio que necesitaba completar aquella noche. Antes de llegar a la puerta, se giró y preguntó, inocente:

—Pero… ¿sabe Luna de qué va su trabajo? ¿Le has contado lo de tu empresa? Al menos, aquí no te he oído mencionarlo.

—Claro que no…

El chico frunció el ceño.

—¿Entonces?

—Ah, es que se me olvidó decirte… —la sonrisa de Clara se amplió y amenazó con tragarse sus orejas—. Necesito que me hagas un favor: que le cuentes a Luna todos los detalles del negocio… y de su papel dentro de él, por supuesto…

—¿Yo…?

—Pues claro… invítale a tomar algo y se lo cuentas. Si ves que se asusta, lo vamos hablando. Las copas apúntalas que corren de mi cuenta.

—Pero, jefa… digo, Clara…

—No hay peros, jovencito… —le cortó con otra gran sonrisa—. Sé que no me defraudarás… Ahora, si no te importa, cierra la puerta por fuera, tengo que hacer una llamada personal.

Rafa salió del despacho con un ligero temblor de piernas y con la sensación de que le habían dado gato por liebre. No le importó demasiado, sin embargo, de nuevo se sentía a bordo del grupo de Clara.

LA PÁGINA DE INTERNET

Rafa las pasó canutas hasta que se decidió a explicar a Luna el «sector» del negocio de Clara y cuáles serían sus obligaciones en su nuevo trabajo: responder a las llamadas de los potenciales clientes y organizar las citas de las dos componentes del equipo de «servicios». Clara también atendería las citas con clientes externos a la empresa, pero solo en el caso de que tuviera tiempo extra en su atención a los internos, que no parecía muy probable por el momento.

Las caras de sorpresa y alucinación de Luna podrían haberse enmarcado para una exposición pictórica. No obstante, una vez sobrepuesta del asombro —y superado un ataque de risa floja—, concluyó que con tal de que la pagaran por ello, por su parte no iba a poner pegas a lo que fuera que se dedicaran las chicas más marchosas de la oficina.

—Por cierto, no tengo que explicarte lo calladita que tienes que estar con el asunto…

—¿Yo? —replicó con expresión bobalicona—. Ya sabes que soy una tumba…

En fin, pensó Rafa, Luna no tenía fama de ser precisamente una tumba, pero tampoco era ese su problema, así que con la advertencia quedó conforme. Él había cumplido con su parte.

A partir de ese día, el becario observaba a Luna pasarse por el despacho de Clara una o dos veces al día. Charlaban durante unos minutos —despachando sus asuntos particulares, imaginaba— y luego se volvía a su mesa junto al despacho de Ramiro.

Una tarde, cuando se disponía a cerrar el ordenador y a marcharse a casa, Clara le llamó desde la puerta de su despacho. Acudió presto —a Clara no le gustaba que la hicieran esperar— y se sentó en una silla junto a su jefa. Ésta le señaló la pantalla de su PC y le pidió que la mirara.

—¿Qué ves? —preguntó Clara.

Rafa tragó saliva.

—Pues… Creo que eso es una página de anuncio de escorts.

—¡Exacto! —replicó ella—. Se denomina «Amigas de Camile». Es la página de una amiga. Aquí se anuncian las chicas de su «equipo», sus características, sus servicios, sus tarifas.

—Ya veo… Sí, creo que sé de lo que hablas.

—¿Nunca has buscado chicas en alguna de estas páginas?

—¿Quién, yo? Pues no… —Rafa fue sincero—. No soy de los que pagan por echar un polvo.

—Eso es porque eres muy joven. Cuando tengas más años y tu vida de pareja sea un muermo, ya me lo contarás.

Rafa no salía del pasmo. ¿Por qué le mostraba su jefa aquella página de Internet? ¿Adónde quería llegar? Porque estaba seguro de que no lo hacía por pasar el rato. Así que, viendo que ella solo iba de una pantalla a otra sin decir ni palabra, se decidió a preguntar.

—¿Y para qué miras este tipo de páginas? ¿No me dirás que ahora te gustan las chicas?

—Ni hablar, cariño —respondió ella—. Lo que hago es aprender de las mejores.

—¿Aprender?

—Eso es… —confirmó con mirada ladina—. He tenido una idea y quiero que me ayudes a ponerla en marcha.

—¿Yo…?

—Sí, tú… —le hizo una carantoña en la nariz. Rafa sabía que Clara le hacía ese tipo de caricias solo para desarmarlo y conseguir de él lo que quisiera, pero aun así se sintió bien—. Porque estoy segura de que tú serías capaz de replicar una página como ésta para mí, ¿me equivoco?

Rafa lo pensó un instante. Había algo que no le encajaba.

—Por supuesto que puedo… —dijo sin aparentar presunción—. Pero, Clara, sois dos chicas. ¿Para que necesitas una página tan aparente?

—Tú por eso no te preocupes… —respondió su jefa—. Tú móntala de forma modular, de modo que las fichas de las chicas sean fáciles de añadir o quitar. Del resto ya me ocupo yo.

Rafa se acarició el mentón. ¿Estaría Clara pensando en aumentar lo que ella llamaba su «equipo»? Creyó recordar que algo así le había mencionado de pasada, sin que él le hubiera hecho mucho caso. Pero el asunto debía de ir muy en serio. Aunque, si era así, ¿de dónde pensaba sacar las chicas? ¿Intentaría convencer a alguna otra compañera de la empresa para que se uniera a ellas? ¿Tal vez a Lines? Veía a Clara capaz de cualquier cosa, pero aquello sería demasiado.

De pronto, volvió a la realidad y se interesó por la página, como si no hubiera nada más importante en el mundo. No sabía si aquello sonaría a peloteo, pero le agradaba que Clara lo tuviera en cuenta, y haría lo que fuera para que pensara en él como uno más de su grupo.

—Una duda, ¿cómo quieres que la titule? ¿«Amigas de Claire»? —pretendía ser gracioso, pero a Clara no le pareció mal la idea.

—Vale… Pon ese nombre de momento, para cambiarlo tendremos tiempo.

—Y, una más, estas páginas cuestan dinero…

Clara cogió el móvil y empezó a teclear en él.

—Te paso un bizum por mil euros… —le explicó mientras tecleaba—. Ya me irás contando si necesitas más. Pero ponte ya mismo. Por el trabajo de la oficina no te preocupes, yo te cubro.

—Vale —replicó Rafa y salió del despacho de Clara.

Antes de dirigirse a los ascensores, metió el ordenador en la mochila. Se pondría al trabajo esa misma noche. No era la primera página de Internet que creaba, era probable que por la mañana ya dispusiera de un borrador bastante aceptable.

*

Clara se sentía satisfecha. Poder contar con Rafa era un auténtico lujo. Era joven, guapo, servicial… Y no podía olvidarse de lo bien que follaba.

En algunos momentos pensaba que tendría que incorporarle a su negocio particular, aunque no sabía en calidad de qué. Como Gigoló no lo veía, demasiado tímido. Quizá como «chulo-guarda espaldas». Aunque… tampoco. No se le veía muy cachas al chico y tampoco era hombre peleón, sino más bien un pacificador. Era una pena, pero como contable no lo necesitaba, al menos de momento, y como técnico de apoyo ya lo tenía sin tener que pagarle, le bastaba rebajarle de trabajo en la oficina.

En fin, se dijo, es hora de irse para casa. Faltaban quince minutos para la hora en que ella y Carlos se solían encontrar en la puerta del garaje del edificio, así que comenzó a recoger sus cosas.

Justo en ese momento el timbre de su iPhone la sobresaltó. Miró la pantalla. Era Andrés, su primo político. ¿Qué querría a aquella hora?

—Clara —le dijo nada más descolgar—. ¿Te importaría pasarte por mi despacho? Será solo un minuto.

Miró la hora en el móvil. Doce minutos para su encuentro con Carlos. No le apetecía lo más mínimo hacer esperar a su prometido y estuvo a punto de excusarse. Podría haberle dicho a Andrés que ya no se encontraba en el edificio, no sería tan raro a aquella hora.

Sin embargo, decidió acudir a la cita. Si en verdad era solo un minuto, aún le sobraría tiempo para encontrarse con Carlos justo a tiempo.

Al pasar junto al puesto de la secretaria de Andrés, ésta la miró fijamente. En sus ojos, Clara leyó un mensaje entre pena y guasa. Y lo que había leído no le había gustado, precisamente. Se dijo que aquella mujer sabía mejor que ella lo que iba a ocurrir tras las puertas del despacho de su jefe.

Tragó saliva y, encomendándose a todos los santos, cruzó la puerta y la cerró tras ella.

—Hola, querida —dijo Andrés al verla entrar—. Pasa, pasa… Necesito que me hagas un favor.

Aquel «me hagas un favor» había sonado a, exactamente, eso: «hacerle un favor». Andrés se hallaba sentado en su sillón y miraba fijamente a la pantalla de su ordenador. De fondo se oían gemidos muy bajos pero perceptibles. Alguien se lo estaba pasando muy bien en algún video porno que su primo miraba de reojo.

—Tu dirás… —expresó Clara sin mucha convicción.

Andrés fue al grano.

—Verás, querida… He pensado que sería buena idea que volviéramos a vengarnos de tu novio y de mi mujer. Hoy me ha entrado un ataque de cuernos que me está matando. ¿Te importaría?

Clara volvió a atragantarse. Era obvio lo que Andrés pretendía. Y, por si no fuera así, hizo girar su sillón y mostró sus genitales fuera del pantalón, con un intento vano de que su polla se endureciera pajeándola con la mano que hasta ahora había permanecido oculta para Clara.

La joven tenía ganas de cualquier cosa en ese momento menos de arrodillarse ante el presidente, así que formuló la primera excusa que se le pasó por su cabeza.

—Verás, Andrés… —le dijo dubitativa—. Es que Carlos está a punto de aparecer con su coche por la puerta del garaje. Si no estoy se extrañará.

—Oh, por eso no te preocupes…

La sonrisa lobuna de Andrés le hizo reflexionar a Clara. ¿Habrían llegado a sus oídos los «favores» que practicaba a los compañeros de trabajo con deseos de pagar por pasar un buen rato? Seguramente. Aquella sonrisa lo decía todo y no le rogaba para que se humillara ante él: se lo estaba exigiendo.

Mientras la joven pensaba en esto, Andrés marcaba en su móvil y hablaba con alguien al otro lado de la línea. Una nausea se apoderó de Clara cuando descubrió que el interpelado no era otro que su prometido.

—¿Carlos? —dijo Andrés con el iPhone en la oreja mientras se pajeaba con la mano libre sin conseguir una erección decente—. ¿Estás por la oficina? Ah, vale… ¿Te importaría pasarte por mi despacho? Tengo algo que comentarte, serán solo cinco minutos. Ah, no, por Clara no te preocupes. Acabo de saludarla en una máquina de café, estaba con una amiga. Me ha dicho que bajaba en diez minutos para encontrarse contigo.

Si hubiera reunido el valor suficiente, Clara habría matado a su primo político. En lugar de ello, se acercó hasta él y, echándose el pelo tras la oreja, se arrodilló a sus pies.

—Métete bajo la mesa… Ahí la mamas de maravilla y Carlos no te podrá ver.

Clara acató la orden de Andrés maldiciéndole para sus adentros y en pocos segundos le echaba la piel hacia abajo y le succionaba del capullo para conseguir que el blando instrumento se endureciera. Después se lanzó a chupar fingiendo entusiasmo.

En su faena, la joven tenía que bregar con una situación llena de complejidades.

En primer lugar, necesitaba que Andrés acabara pronto, pero no demasiado. Si se corría mientras Carlos se encontrara en el despacho, éste podría descubrirlo y a saber si no se asomaría bajo la mesa para averiguar quién era la «fulana» de turno y hacer unas risas con su primo.

Por otro lado, si no se corría a tiempo, podía ocurrir que Carlos no la encontrara en la puerta del garaje y la llamara. Y esa interrupción podría enfriar a Andrés y la retrasaría aún más.

Finalmente, lo peor estaba entre sus manos: no se imaginaba ninguna forma de librarse de tragar la leche del presidente, de un especial mal sabor según había comprobado la anterior vez.

Entre tanta incertidumbre, la joven se decidió a mamar y a controlar los tiempos, acelerando o frenando según interesara en cada momento.

Lo que no olvidó, al igual que la primera vez, fue sacar su iPhone del bolso y comenzar a grabar la sesión, con cuidado de no aparecer como estrella principal.

Mientras entretenía a Carlos con fruslerías estúpidas, Andrés tiraba del pelo de Clara para evitar que se echara hacia atrás. Al parecer, al presidente no le hacía gracia que le lamieran el tronco de su picha, ni que le comieran los huevos. Al tipo lo que le ponía de verás era tenerla dentro de la boca de Clara, notando el calor de su saliva y dando saltitos por cada gesto de succión del capullo. Acompañado por un rizo de la lengua, por supuesto.

Cuarto de hora más tarde, Clara bajaba por el ascensor hacia la puerta del garaje del edificio. Su novio había salido del despacho del presidente un par de minutos antes.

—Joder, Clara, como mamas, tía… —le había dicho su primo político mientras ella escupía la lefa no tragada en unos pañuelitos y los arrojaba a una papelera—. Contigo no tengo problema de erección, me la pones como una piedra.

Clara se metió dos chicles de menta en la boca y se despidió de Andrés con un movimiento de manos. No podía hablar. Aguantó la arcada hasta salir del despacho y corrió a un baño para lanzar en un retrete lo que le subía desde su estómago. Después se aclaró la boca, se perfumó hasta la saciedad, se introdujo dos nuevos chicles y se alejó camino de los ascensores.

*

Un par de días después, Clara y Rafa se encontraban desnudos y tumbados sobre el sofá del salón de Paula. La joven estaba acostada boca arriba con Rafa entre sus piernas en la posición del misionero. La polla de Rafa se encontraba enterrada dentro de su amiga y él se movía con disimulo, aunque muy despacio por no ofender.

Paula se movía alrededor de ellos y les hacía fotos con su iPhone.

Todo había comenzado unas horas antes en la oficina. Habían decidido mostrar un fondo de la página Web compuesto por fotografías con posturas sexuales difuminadas que la enriquecieran. Primero pensaron en utilizar imágenes de Internet, pero luego tuvieron dudas de si podrían tener problemas con los derechos de autor.

Entonces pensaron en comprarlas. Pero eran carísimas, y además no hallaban lo que requerían en los sitios de pago. Solo encontraban fotografías demasiado remilgadas para lo que necesitaban.

Tras darle varias vueltas, decidieron confeccionarlas ellos mismos. Primero sacarían las fotos, luego eliminarían con Photoshop las partes del cuerpo o del fondo que quisieran disimular —como sus caras— y después jugarían con ellas, difuminándolas y enriqueciendo el fondo, los contrastes, los colores, etcétera.

Tras desnudarse, comenzaron en la postura del misionero porque era la más cómoda. Ninguno de ellos imaginaba que Rafa se empalmaría a tanta velocidad. Y, sin querer, su polla se fue escurriendo entre los labios de Clara —que también se había humedecido con el contacto— y finalmente se introdujo en la vagina de la joven hasta casi rozarle el útero de lo erecta que se hallaba.

Rafa se había disculpado y quiso salirse de su interior, pero Clara y Paula se negaron. Paula, porque notaba que la escena había alcanzado una potente energía sin haberlo preparado. Clara, porque no quería perderse el regustillo que estaba sintiendo.

—Si te sales de dentro te estrangulo —le había susurrado al oído.

Finalmente se quedó dentro de Clara, aunque en total inmovilidad. Hasta que Paula pidió algo más.

—A ver, un poco de movimiento —dijo Paula y Rafa se vio empujado a embestir a Clara delante de la fotógrafa. Primero, suave, luego, creciendo en intensidad.

Clara le había animado a satisfacer las exigencias de Paula, y a partir de ese momento disimulaba como podía. Porque la verga de aquel chico la estaba volviendo loca y empezaba a subir el monte Everest, temiendo y deseando al mismo tiempo llegar a la cima.

Al final no pudo evitar correrse, momento que aprovechó Paula para tomar muestras de su rostro jadeante. La joven follada resoplaba y cuando podía se mordía los labios para no darle la satisfacción a sus amigos de gritar por el orgasmo que la estaba matando, mientras Rafa la culeaba con mayor ímpetu para que lo disfrutara.

Los espasmos de Clara se disiparon en un minuto y quedó relajada y adormecida. Rafa, por su parte, seguía entero y con la erección invariable.

Una vez terminaron con la sesión de fotos en esa postura, se cubrieron con toallas y acordaron unos minutos de descanso. Clara se excusó y se fue al baño, dejando a sus amigos en el salón.

Cuando volvió, Rafa y Paula estaban muy juntos y la miraron con expresión de ruego.

—¿Qué…? —preguntó Clara al notar sus miradas suplicantes.

—Verás… —empezó Paula, pero se cortó enseguida. No quería fastidiar a su amiga, haciéndola enfadar y rompiendo la armonía que existía entre los tres.

Pero Rafa, más joven y osado, le tomó la palabra.

—Es… que… si no te importa, claro… —titubeó, pero no dio un solo paso atrás—. ¿Te importaría si Paula y yo follamos un rato? No mucho… ¿eh? Te prometemos que solo son diez minutos y luego seguimos con las fotos. Es que nos hemos calentado y a los dos nos vendría bien un desahogo como el tuyo.

Clara sonrió para sus adentros sin evitar ruborizarse. Quería mucho a aquellos pimpollos, aunque Paula tenía ya edad para no mostrarse tan infantil. Si querían echar un polvo, que por ella no fuera. ¿Por qué Paula se mostraba tan mojigata?

—Anda, venga… follad lo que queráis… Pero iros a la habitación, delante de mí no quiero que hagáis porquerías…

Paula le dio un abrazo a su amiga y la parejita salió por la puerta hacia el dormitorio de la chica. Rafa la abrazaba por el hombro y Paula le pajeaba con una mano mientras con la otra le apretaba una nalga.

Clara se sentó en el sillón y se dedicó a curiosear las fotos que unos minutos antes había obtenido Paula. Sus amigos tardaban y la joven no pudo evitar pensar: «¿Así que diez minutos, eh?». Ya llevaban media hora y no tenían pinta de volver todavía.

Pasados cuarenta minutos, Paula y Rafa volvieron con rostros sonrientes y relajados y la sesión de fotos continuó hasta bien entrada la madrugada. Clara aún habría de correrse una vez más antes de terminar la sesión fotográfica.

«Este chico es una bomba sexual —se decía Clara con los ojos en blanco—. Nos ha dejado satisfechas a las dos y no muestra signos de agotamiento.»

EL ENFADO DE RAFA

Durante la comida del día siguiente, Clara empalideció de repente. Un minuto antes reía por una bobada de sus amigos y de pronto se quedó callada y con expresión de pánico. Tanto Rafa como Paula lo notaron y le preguntaron por la razón de su cambio.

—¿Es por Ramiro? —preguntó Paula observando como su amiga miraba fijamente a la mesa donde el subdirector comía en compañía de un desconocido—. ¿Te ha vuelto a jugar alguna de las suyas?

—No, no es por él… —respondió Clara bajando la mirada—. Es por el tipejo que le acompaña.

El tipo del que hablaba la joven la miraba fijamente en ese momento y la saludaba con una mano mientras sonreía mostrando sus dientes de lobo.

—¿Le conoces?

—Sí… le conozco… demasiado para mi gusto.

—¿Y quién es? —se interesó Paula.

Clara carraspeó.

—Es un primo de mi novio… Se llama Juan.

Los dos amigos de Clara la seguían interrogando con la mirada. Necesitaban saber más. Y la joven no tuvo más remedio que contarles lo que había pasado con él para temerle tanto.

No le contó los detalles más escabrosos, como el chantaje de su tío político y lo bien follada que la habían dejado aquella pareja de obscenos que la manejaron como a una muñeca de trapo. Los dos hombres que la habían cambiado para siempre, convirtiéndola en una mujer sedienta de sexo.

Tan solo se refirió a Juan como un posible violador intrafamiliar.

—Yo que tú le denunciaba —alegó Paula—. Un asqueroso así donde debe estar es entre rejas.

—No es tan fácil —negó Clara—. En la familia de mi novio hay unos principios que son muy difíciles de derrumbar. Y no me siento con fuerzas para luchar. Que les den…

La joven se las apañó para no mirar a la cara al cerdo de Juan y para terminar cuanto antes la comida, temerosa de que se le ocurriera pasar por su mesa a saludarla. No sabía si podría soportarlo o si se pondría a gritar.

*

A última hora de la tarde, Luna se pasó por el despacho de Clara. Rafa la vio entrar y no le sorprendió. Aquel día aún no había pasado por allí y eso sí que era raro.

En esta ocasión, no obstante, las dos chicas no se sentaron a charlar frente al ordenador de Clara, sino que en pocos segundos ambas salían por la puerta del despacho y se dirigieron hacia el área de influencia de Ramiro.

Este comportamiento le pareció extraño al becario. Lo habitual era que intercambiaran información durante unos diez minutos y luego Luna se fuera hacia su escritorio con su eterna libreta en la mano. Sin pensarlo dos veces, se lanzó tras ellas y las observó desde detrás de una columna. Y el misterio siguió creciendo ante sus ojos: las chicas entraron en el despacho de Ramiro y cerraron la puerta.

Un hormigueo empezó a recorrer el estómago de Rafa. ¿Qué estaba ocurriendo allí? ¿Volvía Clara a actuar a sus espaldas en cuanto a lo que se refería a Ramiro? Habían acordado que tanto Paula como ella le tendrían al corriente si ocurría algo nuevo con el subdirector, pero sus ojos no le engañaban. Fuera lo que fuera que ocurría allí dentro, lo hacía sin que se hubiese contado con él.

No habían pasado ni cinco minutos cuando los tres ocupantes del despacho salieron de él y se dirigieron hacia los ascensores. Apenas quedaban compañeros por la planta, de modo que nadie sorprendió al grupo que caminaba al unísono. Tampoco al espía que los seguía a prudente distancia.

Una vez se cerraron las puertas, Rafa vigiló el display del ascensor y observó que la planta de destino era la quinta.

¿¡La quinta planta!? El becario no quería creerse lo que estaba pasando, aunque era evidente. Sin poder evitarlo echó a correr escaleras arriba y llegó a la quinta justo a tiempo de ver entrar al grupo en el almacenillo. Lo que iba a pasar allí dentro no le sorprendía demasiado. E, incluso, no se hubiera extrañado de que Clara entrara con Ramiro. Sabía por sus amigas que seguían teniendo citas sexuales con él a cambio de dinero.

¿Pero su amiga Luna? ¡Joder, aquello no podía estar pasando! ¿Las habría convencido Ramiro para practicar un trío con las dos? ¿O era simplemente que les hacía chantaje? Clara le había asegurado que no veía a Luna como una pupila de su oscuro negocio, aunque solo fuera de manera temporal. Que era demasiado joven como para arriesgarse a convertirla en una prostituta para siempre. ¿Le había engañado?

Un furor le invadía por dentro. Se debatía entre asaltar el almacén o desaparecer de allí, cuando la puerta se abrió de nuevo y Clara salió por ella. El joven se escondió tras una pila de cajas y esperó a que su jefa bajara las escaleras hacia las plantas inferiores. Una vez Clara desapareció, se arrimó a la puerta y aplicó el viejo truco del espía: apoyar la oreja sobre la puerta. Los jadeos, gemidos y grititos que escuchó no le dejaron lugar a dudas. Ramiro se follaba a Luna sin oposición de nadie.

Soltó para sí una retahíla de improperios y reflexionó sobre lo que debía hacer. Por fin tomó una decisión y salió a la carrera hacia la planta tres.

*

Rafa entró como una exhalación en el despacho de Clara. Dio un portazo y cerró el pestillo de seguridad con un clic metálico tan rabioso que se escuchó en toda la planta.

—Puedes pasar… —le dijo Clara con sorna—. No te cortes…

Pero Rafa no se hallaba con ganas de bromas y, tras plantarse ante ella, le espetó con malas pulgas:

—¡Me dijiste que no venderías a Luna como una puta…!

—Oye, oye… —respingó su jefa—. No me gusta ese tono… Y mucho menos la palabra «puta», sobre todo con el desprecio con que la acabas de pronunciar.

—¡Y una mierda lo que te guste o no…! —resopló Rafa—. ¿Cómo has podido hacerle eso a Luna? ¿Por qué…?

Clara entendió en pocos segundos que el chico había sido testigo del camino que había recorrido con Luna y Ramiro hacia la planta quinta. Se sintió algo culpable, pero pudo más el enfado por saberse espiada.

—¿¡Me estás siguiendo!? —le cortó—. ¡Sabes que no me gusta que me espíes! Te he dicho que me guardes respeto y veo que no lo has debido de pillar todavía.

Rafa daba vueltas alrededor del despacho, nervioso. Hacía aspavientos con las manos y se alejaba y acercaba a Clara de forma pendular.

—¿Y eso que importa? —le escupió las palabras—. Lo que importa es que has prostituido a Luna… ¿Cómo has podido?

—¡Rafa! —Clara no sabía cómo parar a su amigo—. ¡Calla, por favor! ¡Estás histérico! ¡No sabes lo que dices!

—Me dijiste que no lo harías… Y eso es lo que más me duele… Me has engañado, Clara… Yo creí en ti y me has mentido…

Clara se puso en pie y trató de sujetarle por los brazos.

—No te he engañado, Rafa… —le dijo conciliadora—. Si dejas que me explique lo entenderás.

—¡No hay nada que entender! ¡Lo he visto con mis propios ojos!

—Joder, Rafa, ¿recuerdas cómo empezó el asunto de Luna? —Clara mantenía un tono asertivo, a pesar de que Rafa estaba fuera de sí—. Tú fuiste quien vino a pedirme que le diera trabajo a Luna… como escort… ¿Y qué te dije yo…?

—Me dijiste una mentira… —protestó con un sollozo—. Me prometiste que nunca le harías eso a una chiquilla… Pero era falso… Simplemente esperaste a poder venderla al mejor postor… A ese cerdo de Ramiro…

—No, joder, Rafa… piensa lo que pasó: me viniste a pedir ayuda para que Luna no se echara a la calle como una vulgar buscona, y eso…

Clara le había cogido por las mejillas con ambas manos e intentaba calmarle sin mucho éxito. El joven se zafó y cortó el discurso de su jefa.

—¡Zorra mentirosa…! —le escupió a la cara señalándola con un dedo.

Clara se quedó helada con aquel insulto. Y sintió miedo. Miedo y pena. Rafa estaba fuera de sí y lo mejor era cerrar aquella discusión cuanto antes. Al menos hasta que se le pasara el berrinche. Si no, corría el riesgo de que los gritos llegaran a oídos indiscretos.

No se lo pensó dos veces. Se dirigió a la puerta y la abrió. Luego le enseñó el camino hacia afuera.

—Es mejor que te vayas, Rafa… —le dijo sin mirarle a la cara para que no se sintiera como si lo estuviera retando.

El becario salió, recogió sus cosas de la mesa y se perdió hacia los ascensores. Su expresión de furia no se le había suavizado ni un ápice en todo ese tiempo.

Se volvió Clara hacia su butaca y se dejó caer en ella desfallecida. Sentía un dolor en el pecho por la escena que acababa de tener lugar con el que creía un buen amigo. Si su unión se rompía por algo que ella misma lamentaba más que nadie, lo iba a pasar muy mal.

Una lágrima le recorrió la mejilla mientras apagaba el ordenador para abandonar la oficina por ese día.

*

Un rato después, ya en casa, Clara recibió la única buena noticia del día. Acababan de cenar, cuando su móvil comenzó a vibrar. La pantalla indicaba que el origen de la llamada era Judit. Se disculpó ante Carlos, que se afanaba con el mando a distancia para elegir una película en Netflix, y se dirigió a la cocina para hablar con su nueva amiga.

—Hola, Judit… —saludó alegremente mientras cruzaba los dedos para que el motivo de la llamada fuera aceptar la propuesta de unirse a su equipo. Hacía días que no hablaban y se temía lo peor—. ¿Cómo te va?

—Muy bien… —respondió Judit—. ¿Puedes hablar?

—Por supuesto, para ti siempre tengo un hueco.

Durante cinco minutos hablaron de cosas intrascendentes. Clara se debatía entre preguntarle de forma directa o esperar a que la chica entrara en el objeto real de su llamada.

No tuvo que esperar demasiado, aunque a ella le había parecido un momento eterno.

—Verás, Clara… —le dijo, cambiando el tema del que estaban hablando un segundo antes—. Te llamaba porque tengo que pedirte algo…

—Tú dirás… —el cruce de dedos de Clara ya dolía de tan apretados que los tenía.

—Se trata de dos buenas amigas…

Clara se extrañó, pero prefirió esperar sin decir nada.

—Son dos chicas que han estado trabajando con una madame un tanto… «usurera» —prosiguió Judit—. Las tres fuimos compañeras trabajando para Camile. Cuando nuestra jefa murió prefirieron cambiar de madame, en lugar de trabajar por libre como decidí yo, pero ahora están pensando en abandonarla.

—¿Ha pasado algo…? —se aventuró a preguntar Clara, adivinando por dónde venían los tiros. Y un hormigueo le trepó por el ombligo.

—Oh, no, nada especial. Solo lo que te comento: que es una auténtica usurera. Hasta ahora se quedaba con un treinta por ciento de sus ingresos, pero ahora ha decidido quedarse con un cuarenta.

Clara silbó fingiendo asombro, aunque en el fondo imaginaba lo que vendría a continuación.

—Total… —concluyó Judit—, que les he dicho que estás formando un nuevo grupo y que eres buena madame y, sobre todo, bastante generosa. Así que me han pedido que hable contigo para ver si las aceptarías.

Se sintió algo decepcionada, Judit no había hablado de sí misma. Aun así, estaba hinchada de gozo. Podía haber gritado que sí, que las aceptaba sin reservas, que la noticia le estaba alegrando un día bastante sombrío, pero prefirió aguantar el tipo. Tenía que dar una imagen de seriedad, y dejando salir lo que en esos momentos sentía se pondría en evidencia, mostrándose como una simple aficionada.

—Estupendo, podrían encajarme… —respondió en tono formal—. De hecho, estoy buscando chicas. Si quieres, pásame sus móviles y las entrevistaré para darles el visto bueno. Aunque —decidió dar una de cal—, si vienen recomendadas por ti, estoy segura de que serán unas candidatas perfectas.

—¡Genial! Te paso sus números por wasap —replicó Judit encantada.

—De hecho —añadió Clara recordando algo que la reconcomía por dentro—. Espero que me encajen porque tengo un servicio especial, y bien pagado, para una de ellas en la mañana de Nochevieja.

—Oh, lo siento… —negó Judit contrariada—. Me temo que no estarán disponibles para esa fecha. Acaban de salir de viaje las muy pendonas y no volverán hasta después de Reyes. Es su viaje de fin de carrera.

—Ah, vaya… —replicó Clara—. Es una lástima…

Realmente era una lástima. Sobre todo para ella. Porque si no tenía a nadie que ocupara su lugar, el servicio lo iba a tener que proporcionar ella misma. Y le apetecía lo mismo que una extracción de muelas. En fin, todo fuera por el dineral que iba a sacarles a los dos mastuerzos que la habían contratado para el peor día del año y encima por la mañana, durante la fiesta de la oficina.

—¿No te interesaría a ti? —decidió tirarse a la piscina—. Es un trabajo de un par de horas, pero pagado como si se tratara de una noche entera.

Judit guardó un par de segundos de silencio, pero enseguida lo rechazó.

—Me encantaría, te lo prometo. Pero las fiestas las pasaré con mis padres en el pueblo y aprovecharé para descansar. Un paréntesis sexual no me vendrá mal, te lo aseguro.

La excusa de Judit tenía todo el sentido del mundo y Clara la aceptó sin reserva. De todas formas, lo que más ocupaba la mente de la nueva madame aún no había sido tratado, y se moría por hacerlo. No quiso esperar a que Judit colgara sin entrar en el tema, así que se arriesgó.

—¿Has decidido ya si te vienes conmigo? —le lanzó cerrando los ojos.

Judit respondió con otra pregunta.

—¿Has conseguido ya al chico del que hablamos?

Clara decidió mentir, aunque solo fuera por saber si había alguna barrera más o si era el último impedimento que le quedaba a su amiga.

—Aún no, pero estoy a punto de conseguirlo. Estoy haciendo una selección entre tres candidatos.

—¡Pero eso es… genial…! —replicó alegre Judit.

—¿Eso significa…? —Clara se sujetaba por no saltar de la silla.

—Sí, eso es… En cuanto tengas al chico y un coche puedes contar conmigo.

—¡Maravilloso! —gritó Clara.

Unos segundos después, tras colgar la llamada, Clara se desinflaba con la misma rapidez con la que se había venido arriba un momento antes. Como coche podía utilizarse el suyo propio, a pesar de no ser de gran lujo. Pero, ¿de dónde iba a sacar a un «chulo-guarda espaldas» en los próximos días? ¿Tendría que darse vuelta por las discotecas de la ciudad y ofrecer trabajo a algún gorila de la puerta?

No tuvo tiempo de darle más vueltas. Carlos, alarmado por los gritos de euforia de su prometida, entró en la cocina.

—¿Con quién hablabas que gritabas tanto? —le preguntó.

—Oh, no, nada… —disimuló—. Era una compañera del instituto. Me ha invitado a una quedada de antiguas alumnas. Es genial, ¿no te parece?

La expresión aburrida de Carlos le demostró que no era muy fan de aquel tipo de quedadas.

—¿Vienes a ver la película? —le dijo como respuesta mientras tiraba de su mano y la empujaba hacia el salón—. He elegido una comedia romántica que seguro que te gustará.

—Ah, vale… —replicó ella—. ¿Tiene escenas de sexo?

—No tengo ni idea…

—Pues espero que no, ya sabes que a mí las películas con sexo me desagradan totalmente.

Continuará...

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