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Historia de una mujer fácil - Completa (31)

EL NEGOCIO AVANZA La tarde del servicio que Judit y Clara realizaron juntas salió a la perfección. La sesión se mantuvo un viernes por la tarde, en el que supuestamente Clara había salido de compras con Paula. Una tapadera no muy…

Abel Santos3K vistas8.6· 10 votos
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EL NEGOCIO AVANZA

La tarde del servicio que Judit y Clara realizaron juntas salió a la perfección. La sesión se mantuvo un viernes por la tarde, en el que supuestamente Clara había salido de compras con Paula. Una tapadera no muy elaborada, pero sencilla y bien controlada de cara a despistar la vigilancia de Carlos, que se estaba volviendo asfixiante.

Fueron tres horas de sexo continuo y, a veces, grosero. Los insultos, los cachetes en las nalgas y los tirones de pelo no habían parado desde el inicio del encuentro. Nada que no fuera esperable, le había susurrado Judit a Clara en un aparte.

No obstante, los compañeros de Clara se mostraron como tres caballeros fuera de la «acción» y les proporcionaron todo lo que pidieron, como toallas, copas con y sin alcohol, y el agua que necesitaban beber casi todo el rato, especialmente tras las mamadas a pelo y con tragos de leche incluidos en el precio.

En descansos puntuales les permitieron usar el baño y ambas se ducharon un par de veces cada una. Y, cuando los hombres se cansaron del sexo —eran tipos normales, no obsesos—, bailaron y jugaron a varios juegos de mesa de esos bobos que salen en las series americanas.

Esperando algo más… fuerte, Clara se había tomado una de las pastillas rosas confiscadas a su prometido. Con la ayuda de ella el tiempo se le había hecho más corto y había llegado a gozar del sexo, consiguiendo un orgasmo —y casi un segundo— que había levantado el calor del momento.

—Mirad, mirad… observad como se corre la puta… —había gritado el tipo que en ese momento se la estaba clavando— ¿Soy o no soy un macho alfa?

Judit, por su parte, no consiguió ni uno solo de ellos, pero lo prefería así.

—¿De verdad no te has corrido ni una sola vez? —le preguntaba Clara en la cafetería donde se habían reunido para repartir el beneficio.

—Ni de coña, Clara… Una puta no debe correrse… Eso va contra las reglas.

—Bueno, no estamos hablando de putas… Sino de escorts… ¿no?

Las chicas rieron desenfadadas.

—Pues no… ni siquiera una escort se debe correr.

—¿Ni un solo cosquilleo? Mira que el más alto lo hacía de maravilla ¿Ni con ése?

—Bueno, un cosquilleo… sí… te lo reconozco —terminó por confesar Judit—. Pero no con el alto, sino con el bajito y regordete. Ese besaba como los ángeles, y olía de maravilla.

Las dos compañeras de profesión rieron de nuevo y pidieron bebidas con algo de picar. Tras la cena, Clara entregó a Judit su parte y ésta silbó admirada.

—¡Esta cantidad me cuesta una semana ganarla! —comentó la más profesional de las dos—. Y eso en las semanas buenas. Con esto de la crisis, los tíos se conforman con meneársela mirando porno en Internet.

Clara la escrutó. La veía feliz y se moría por decirle lo que tenía previsto. No se decidía, sin embargo, nerviosa como un novio a punto de pedir la mano de la chica.

—Entonces, ¿qué? —se atrevió a decirle por fin—. ¿Te unes a mí?

—¿Te ha convencido mi prueba de ingreso?

A Clara se le llenaron los ojos de ternura.

—Ha sido perfecta, y lo sabes —Viéndola dudar, se atrevió a insistir—. ¿Te lo pensarás, al menos?

—Vale… te prometo que me lo pienso… aunque…

—¿Sí?

—Yo tengo clientes habituales y, además, tú estás solo empezando. Tienes poca clientela…

—Pero pagan mejor… —la cortó con un guiño.

—Sí, eso sí… —le dio la razón—. Pero si al final acepto, los ingresos por mis clientes actuales u otros que me busque personalmente no tendría que compartirlos contigo. ¿Estás de acuerdo?

—Por supuesto, creo que es lo justo… Aunque tendríamos que manejar un calendario común.

—Vale, no creo que eso fuera problema, al menos por mi parte —concluyó Judit—. Te prometo que lo pensaré y te diré algo lo antes posible.

*

El lunes a media mañana, Clara y Paula se encerraron en el despacho de la primera de ellas y charlaron sobre Judit y otros asuntos de su floreciente negocio. Rafa las vio encerrarse y se sintió celoso. No le gustaba que le apartaran, a pesar de que tenía que reconocer que él era solo un recién llegado y ellas amigas de años atrás.

—Entonces, ¿Judit se une a nosotras? —preguntó Paula, curiosa.

—Todavía no lo ha confirmado. Me dijo que lo pensaría.

—¿Y tú que crees que hará?

—La verdad es que no lo sé —replicó Clara, reflexiva—. Pensándolo bien, ella no nos necesita para nada. Es a nosotras a las que nos interesa que alguien nos ayude a servir a los clientes de la empresa a los que no puedo atender yo sola. De momento no tenemos muchos clientes externos, y para esos tú te bastas y te sobras.

—Pero le dejaste claro que tú cobras más que ella a tus clientes, ¿no?

—Sí, he usado esa zanahoria… Pero si te digo la verdad, no tengo tan claro poder mantener el precio. Una cosa es hacérselo con la prima del presidente y otra muy diferente follarse a una desconocida.

—Eso tiene fácil arreglo…

—¿Arreglo? ¿A qué te refieres? —Clara se esperaba un chiste.

—Podrías presentarla como tu hermana…

Clara se echó a reír… Pero enseguida comprendió que la idea no era para desecharla a la primera.

—Judit, mi hermana del alma… ¿Podríamos presentarnos como gemelas?

Y ahora rieron las dos.

*

Era el momento de entrar a comentar los avances de Paula.

—¿Qué tal con el tipo de la rockola?

—Pobre, no le llames así… Se llama Kike y es un tío muy tierno. Si busca amor fuera de casa es porque su mujer no le hace ni caso, a pesar de que se pasa la vida haciéndole regalos…

—Sí, entre ellos perfumes de Chanel —la interrumpió—. Si lo sabré yo…

—No te rías. Él está seguro de que le pone los cuernos.

—¿No se habrá metido a escort? —le hizo burla con la lengua a su amiga—. Digo yo, es solo una idea…

Paula se dejó llevar por una risa tonta.

—Oye, ¿no lo dirás por mí? —protestó—. Que yo a pesar de lo mío, sigo atendiendo de maravilla a mi novio…

—Bueno… no seré yo quien se lo pregunte a él.

Paula le dio un cachete en un brazo.

—Oye, guarra…

—Bueno, al grano —dijo Clara–. Muy buen chico el tal Kike, ¿pero de follar qué?

—De follar, regular, sobre todo la primera vez.

—¿La primera? ¿Es que hubo más?

—Sí, dos. La primera se corrió tan rápido que le di tiempo a recuperarse y a echarme un segundo polvo.

—Joder, Paula, que no eres una ONG. Si quiere follar más veces, que pague un suplemento.

—Ay, hija, que seca eres… —se quejó Paula—. ¿Y qué más daba, si ya estaba abierta de piernas? Y al final no tardamos más de una hora, lo que estaba previsto.

—¿Y de pagar?

—De pagar bien, aquí está el sobre que me pasó. Lo conté y está todo.

—Vale, ¿algo más? ¿Los «gemelos» de la despedida?

—Uy, esos sí que son unos golfos.

—¿Y eso?

—Me follaron más de una hora cada uno. Pero, como no se corrían los tíos, pues no sabía cómo contar los polvos. Yo creo que los jodíos se pajearon antes de llegar yo al hotel, para aguantar más y eso…

Clara reflexionó con una mano en la barbilla.

—Al final va a tener razón Judit.

—¿Judit? ¿Qué pasa con ella?

—Pues que me dijo que cobra por tiempo, de modo que pone el cronómetro y si se corren o no ese es su problema.

—Pues no es mala idea, lo tendré en cuenta si llega el caso. Al fin y al cabo el móvil lleva reloj. Por eso no será. Toma, aquí está el dinero de los «gemelos», como tú les llamas.

—Ah, vale… ¿está todo?

—Sí, todo… —Paula sacó unos billetes sin sobre y también se los tendió—. Y esto es un extra.

—¿Un extra? —se extrañó Clara—. ¿Qué es eso de un extra?

—Pues uno al que me tiré el sábado por la tarde en la disco a la que fui con mis amigas del instituto. Nos lo hicimos en un reservado y te aseguro que al tío no se le daba nada mal, a pesar de que hace tiempo que peina canas.

—¿Me quieres decir que te buscaste un cliente por tu cuenta?

—Bueno, en realidad me buscó el a mí. Fue como caído del cielo. Tenía una pinta de motero pasado de moda, todo cuero, ya sabes… Se acercó a tontear conmigo al verme empapada en alcohol y una cosa llevó a la otra y al final…

—Joder, pues sí que te has vuelto puta, querida.

—Una que sabe… —se mordía una uña orgullosa de su talento.

—De todas formas —Clara le devolvió los billetes—. Ese cliente es solo tuyo y a mí no me debes nada.

—¿Cómo que no…?

—Pues que no… Yo solo me quedo con la parte que me corresponde de los clientes que te paso. Los tuyos propios son ingresos para ti en exclusiva. Así trabajan las chicas que funcionan con una madame y así me lo ha exigido Judit, por ejemplo.

Paula se puso en jarras a pesar de estar sentada.

—Oye, oye… de eso nada —la regañó—. Si eres la madame, eres la madame… No puedes escaquearte, ni para lo malo, ni para lo bueno. Anda, coge tu parte y no se hable más.

—Pero, Paula, ¿no ves que si cojo una parte de algo que no me he currado sería como robarte? Aquí no hay nada mío.

—Pues por eso mismo…

—No te sigo —Clara se rascaba la melena—. ¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que si eres la madame y cobras como madame, ya te las apañarás para trabajar más y conseguirme citas como una madame de verdad. En este caso el tío me cayó del cielo, pero yo no me quiero preocupar de andar a la caza de clientes. Es la parte del negocio que no me atrae, así que es cosa tuya. Si tengo que buscarlos yo misma, pues vaya una madame que estás tu hecha.

—Ostras… —se quedó pensativa Clara—. Pues no lo había visto yo así…

—Venga, no se hable más, coge la pasta y mueve el culito, guapa, que esta semana tengo que sacar dinero para un abrigo de piel que va a ser la envidia de mis amigas en el día de reencuentro de antiguos alumnos.

Clara hizo las cuentas y entregó a su amiga la parte que le correspondía de la recaudación, retirando para ella misma la que le tocaba como madame.

Iban a dar por terminada la reunión, cuando el móvil de Clara se iluminó con una llamada entrante. El nombre de Judit aparecía en primera línea sobre una imagen de foto vacía.

*

—Quédate —susurró Clara mientras respondía a la llamada y activaba el altavoz del móvil.

—¿Clara? —se oyó decir a la voz metálica que salía del iPhone.

—Hola, Judit —replicó—. ¿Qué tal el finde?

—Genial, gracias, aunque poco trabajo si te digo la verdad…

Mientras se hacían las presentaciones, Clara se estaba temiendo que la respuesta de Judit a su propuesta sería negativa. La llamada se había producido en muy poco tiempo como para habérselo pensado bien. Cruzó los dedos y se preparó para la desilusión.

—¿Has tomado una decisión?

—Todavía no…

Paula observó el suspiro de su amiga, que pareció salirle del alma.

—La verdad es que me apetece mucho trabajar contigo. La parte que más me gusta es la de poder cobrar más, así podré permitirme el lujo de trabajar menos.

Esta parte le hizo poca gracia a Clara. Luego se sintió mal. Apenas comenzaba a ser una empresaria y ya le molestaba la baja productividad de sus empleados.

—¿Cuento contigo entonces? Tengo un par de servicios atrasados que te podrían venir bien…

—Bueno, de momento no puedo, y te tengo que decir una cosa más —la interrumpió la joven profesional—. Es que hay una última condición que quiero pedirte.

—Una… última… —Clara se desinfló con la misma rapidez con la que se había venido arriba unos segundos antes.

—Sí, bueno… Es un asunto que seguro que si no lo tienes cubierto ya es porque no conoces bien el oficio, pero es muy importante.

—¿Y es…?

—Un sistema de seguridad.

—¿Qué? —Clara no comprendía—. ¿Te refieres a alarmas y todo eso?

Judit rió al otro lado de la línea.

—Podría ser… Sí, quizá la tecnología podría ayudar en algunos casos —dijo e hizo una pausa—. Pero me refiero a un chico… Alguien fuerte y con agallas. La idea es que actúe como chófer de las chicas de tu grupo y, además, que actúe como «guarda espaldas» si surgen problemas.

Clara tragó saliva.

—¿Te refieres a… un chulo? —Clara se preguntaba si su duda mostraría una imagen suya muy inocente como para querer ser una madame.

—No, Clara, no es eso exactamente —medio rió Judit—. La palabra «chulo» está muy desfasada. El chulo solía ser el dueño del negocio con un par o tres de chicas y solía obligarlas a prostituirse. Hoy en día, con Internet, esa figura ha sido superada. En realidad, hoy son las madames las «chulas», o sea tú sin ir más lejos. Quitando la palabra «obligar», por supuesto. Y si existe la figura de la madame es porque alguien tiene que conseguir clientes, organizar las citas, y dar una imagen de seriedad de cara al público. No te imaginas la cantidad de falsas escorts que andan por ahí timando a pobres bobos.

Esta vez fue Paula la que no aguantó la risa. Judit la oyó y tuvo que preguntar.

—¿Hay alguien más contigo?

—Sí… bueno… —confirmó—. Ella es Paula, una amiga que está también en mi… «equipo». Algún día tenemos que juntarnos las tres y que os conozcáis.

—Vale, encantada, Paula.

—Lo mismo digo, Judit.

—Y nada más… —Judit inició la despedida—. Dale una vuelta y dime cuando lo hayas pensado. En cuanto tengas a un chico en tu equipo, cuenta conmigo.

—Vale, Judit, te lo agradezco. Ya hablaremos.

Cuando Clara cortó la conversación, Paula se preguntó en voz alta.

—¿Y de dónde nos sacamos un chulo?

—Guarda espaldas, Paula, ha dicho «guarda espaldas».

—Lo que tu digas, que para eso eres la madame —replicó Paula y, recogiendo su parte del dinero, salió del despacho sin mirar atrás.

Clara se había quedado pasmada, casi sin sangre en las venas. Vaya negocio difícil, se dijo, y ella que se pensaba que era tan fácil como coger la pasta y ya.

*

Rafa había visto salir con un sobre repleto de billetes a Paula, así que se imaginó que la reunión debía haber versado sobre su negocio de escorts, como ellas lo llamaban. Aunque para él no cabía duda de que eran, básicamente, putas.

Le dolía haberse enterado de que sus nuevas amigas eran profesionales del sexo. No de que lo fueran, allá cada uno con sus historias, sino de haberlo descubierto. Habría vivido más feliz en la inopia.

Saberlo no le aportaba nada, más bien le restaba. Por ejemplo, haberse acostado con las dos para él había sido en su momento algo maravilloso. La relación entre los tres se le había subido a la cabeza y burbujeaba en ella como el champán. A pesar de que ambas tenían un novio oficial, asunto que respetaba de veras y en el que no quería entrometerse, las veía un poco «suyas». Y él de ellas.

Pero, al saber que ejercían como escorts, le daba por pensar que él, en realidad, no significaba nada para ellas. Debían de verlo como a un cliente más. Uno al que le hacían precio de amigo, igual que un camarero colega te invita a dos cervezas sin cobrártelas.

Así que se sintió vacío. Con Ramiro fuera del juego —o, más bien, dentro del juego, pero sin que sus amigas le permitieran a él participar—, Rafa ya no se sentía útil. No es que las chicas le rehuyeran, pero él se dejaba caer cada vez menos por su zona a la hora del café o del almuerzo.

Con Clara mantenía un entente cordiale en lo que tenía que ver con los asuntos del trabajo, pero nada más. Y, por supuesto, su amiga se lo notó.

—¿Qué te pasa, Rafa? —le dijo en una ocasión que entró en su despacho para entregarle unos informes—. Hace tiempo que no comes con nosotras. ¿Estás enfadado?

—Oh, no… —respondió él, intimidado—. Son los exámenes, ya sabes. Queda poco para las vacaciones de Navidad y nos están crujiendo.

—¿De verdad? —le habló con ternura—. ¿Seguro que me lo contarás si pasa algo más? Sabes que podemos hablar de todo. Hemos sido… amantes… ¿recuerdas? —dijo con un deje simpático para arrancarle una sonrisa.

Rafa sonrió y le respondió algo cordial antes de salir del despacho.

*

Aquella noche Rafa apenas durmió. Le dio por pensar que tal vez no eran sus amigas la causa de su alejamiento. Ese día Clara le había tratado como siempre, incluso había hecho una broma acerca de su relación más allá de la amistad.

Lo tuvo claro de repente. Era él, y no ellas, el culpable de estar perdiéndolas. Tenía que dar un golpe de timón, se decía, hacer algo que le permitiera de nuevo entrar de forma activa en el grupo.

Y en esas estaba a la mañana siguiente, dándole vueltas a la cabeza sobre qué hacer para volver a ganarse a sus amigas, cuando Luna vino a verle. Le necesitaba para un asunto trascendental, y más de lo que lo había necesitado nunca antes.

Tras una conversación de máquina de café que duró casi una hora, Rafa le prometió que intentaría ayudarla.

Aquella misma tarde el becario se presentó con decisión en el despacho de Clara. Esta vez no quería hablarle de asuntos de trabajo. Al menos de su trabajo oficial.

Clara le vio entrar como un ciclón y cerrar el seguro de la puerta. Cuando ya estaba frente a su escritorio, el becario la miró concentrado y soltó lo que le había llevado hasta allí.

—Necesito hablar contigo de un tema personal.

Clara apartó el teclado y el ratón y le prestó atención.

—Tú dirás…

Rafa vio que Clara le observaba como amiga, no como jefa, y eso le dio fuerzas para seguir.

—Se trata de Luna…

—¿De tu amiga? —se extrañó Clara—. ¿No me dirás que Ramiro la acosa de nuevo?

—No, no va de eso. Ramiro últimamente parece no querer meterse en líos. Le sentó bien la lección del video.

El tono era presuntuoso y Clara le hizo un gesto que venía a decir algo así como: «no te vengas tan arriba, que con Ramiro nunca se sabe». Él lo detectó y cambió a un tono más humilde.

—Pues verás —comenzó—. Luna vino a verme porque está metida en un aprieto.

—¿Y…?

—Es un aprieto muy grave…

No se decidía a lanzarse.

—Rafa, cuéntalo ya, que no tengo todo el día.

—Pues que necesita dinero… bastante… No cien pavos o algo así, sino mucho más.

—¿Cuánto?

—Unos… tres mil.

Clara silbó, era una cantidad respetable.

—¿Y qué quieres que haga yo? ¿Me vas a pedir un aumento de sueldo para tu amiguita?

Clara no terminaba de entender por qué le estaba contando eso a ella. Luna tenía con la empresa un contrato de salario miserable y predefinido con la universidad, y ella no podía cambiarlo. No intuyó ni por un momento lo que Rafa estaba a punto de soltar.

—No… lo que… quiero pedirte… es que la dejes trabajar con vosotras… —dijo y, al ver la cara de asombro de su jefa, levantó la mano para que no le interrumpiera y continuó—. No, no es que quiera trabajar de puta para siempre…

—Escorts, Rafa, somos escorts…

—Sí, eso… Lo que Luna necesita es trabajar solo algún tiempo, hacer algunos… «servicios»… de esos que hacéis, y dejarlo cuando ya tenga lo que necesita.

Clara se había quedado muda y reflexiva. Por un lado, pensaba que Luna era una chica mona y con estilo. Vestía muy actual y peinaba su melena rubia natural con gracia. Sus ojos enormes y su aspecto infantil, por otro lado, la podrían convertir en una generadora de ingresos de altos vuelos.

Pero, por el otro, la chica era una bebé. Acababa de cumplir los dieciocho y, aunque Rafa la había tildado de «sueltecita» con los chicos del instituto, entrar en aquel círculo vicioso de venderse por dinero no le parecía un juego de niños. Ella se merecía algo más. Y, en cuestiones de dinero, tenía muy claro como funcionaban los mecanismos mentales por propia experiencia. En cuanto una chica empezaba a ingresar dinero en cantidades respetables, lo de dejarlo después para ganar un sueldo normal en un trabajo decente se hacía muy cuesta arriba. Sobre todo si te habías acostumbrado a vicios caros: coches, ropa de marca, fiestas, incluso drogas.

Ufff, no lo veía. Jugarle una pasada así a aquella cría no le hacía ninguna gracia. Tenía que decirle que ni hablar, ya se lo agradecería años después, a pesar de que ahora una negativa la dejara jodida.

—Mira, Rafa, Luna es una cría… Se cree que puede con todo, pero no me parece decente joderle la vida.

Rafa se dejó caer sobre una silla.

—Al contrario, Clara… —dijo casi sin fuerza—. Le joderás la vida si no la aceptas.

—No entiendo, ¿qué quieres decir…? —le reconvino—. Espera, ¿no le habrás dicho que nos dedicamos a…? Rafa… no me jodas que vas por ahí contando nuestras intimidades… Mira que te dije…

—Que no, Clara, que no va la cosa por ahí…

—Pues explícate porque me estoy poniendo muy nerviosa.

—Verás… —decidió contarle la historia desde el principio—. Luna me vino a ver ayer. Estaba destrozada. Me contó que necesitaba el dinero para pagar la indemnización por un accidente con el coche de un amigo. Lo conducía ella sin carnet y si no paga estará jodida de veras. Fue después de cumplir los dieciocho, podría pasar algunos meses en prisión.

Se interrumpió un instante.

—Sigue —le animó Clara.

—Me pidió el dinero y le dije que no tenía ni para pagar el autobús. Le mencioné si sus padres no podían ayudarla y me dijo que no. Su familia es muy humilde y no disponen de esa cantidad. No sé cómo fue, se había quedado callada, y le pregunté qué pensaba. Y entonces me explicó que tenía un plan que no la agradaba, pero que no le quedaba otra.

—¿Meterse a puta?

—Algo así. Pero no con vosotras, yo no le he contado nada, ¿por quién me tomas? Ha pensado en buscar clientes en las redes sociales, Tinder y sitios así. Si he venido a hablar contigo es porque temo por ella. Al menos, si trabaja contigo, estará más segura… No se la comerán los lobos…

Clara se mordió el labio. Bueno, pensó, los lobos se nos comen a todas, incluso aunque te creas super woman.

Tras unos instantes de reflexión, Clara enunció su veredicto.

—A ver qué te parece lo que vamos a hacer… —dijo—. Tengo entre manos algo en lo que, si sale bien, Luna podría sernos de ayuda. Lo que pasa es que necesito unos días para ver si funciona o no. De momento dile que venga a verme, le prestaré el dinero. Y, si mi plan funciona, le ofreceré un trabajo para que me lo devuelva.

—¿Le vas a dar trabajo de puta?

—No lo sé… Ya veremos… —replicó Clara mirando al ventanal.

Rafa salió del despacho de su jefa con una mirada sombría, aunque más calmado de lo que entró.

LA SORPRESA DE CLARA

Carlos miraba a su novia sentada al otro lado de la mesa. Charlaba con la chica de su derecha sobre moda y trivialidades similares. «Qué bonita es —se decía—, me recuerda a Lizzy Caplan en la serie Masters of sex. Pero, ¿es verdad que me quiere a mí? ¿Soy tan afortunado de que sea mía?». Seguía sintiéndose acomplejado por sus celos, pero se reconocía que no era fácil vivir con un bellezón así y no sufrir por ello.

—Oye, ¿dónde andas? —le dijo el colega sentado a su derecha—. Llevas un buen rato en las nubes, tío…

Tomaban unas cervezas en el bar habitual de después del trabajo. Ni Clara ni él tenían muchas ganas de unirse al grupo de compañeros que habían quedado ese día como hacían varias tardes a la semana, pero se habían visto obligados a aceptar. En los últimos tiempos siempre denegaban su presencia y eso levantaba resquemores.

Entró en la conversación sobre Formula 1 de sus colegas más cercanos en la mesa, sin dejar de admirar a su prometida. En eso, un mensaje silbó en el iPhone de Clara y ésta lo leyó al instante, como si lo estuviera esperando.

Como un resorte, su prometida levantó la cabeza y echó un vistazo a su alrededor. Carlos comprendió que estaba buscando a alguien con la mirada. Clara identificó a la persona que la había enviado el mensaje y detuvo el giro de su cuello. Carlos siguió su mirada y descubrió a Ramiro, quien se hallaba de pie junto a la puerta, como si acabara de entrar.

Un temblor interior se le inició cuando Clara se levantó de un salto y se disculpó para alejarse del grupo. Carlos la retuvo tomándola de la mano.

—¿Dónde vas, cariño?

—Oh, no es nada… voy un minuto a ver a Ramiro que me espera en la puerta. Me tiene que dar algo y no quiere pasar para que no le líen porque lleva mucha prisa. Mira, allí me espera el pobre.

El nudo en el estómago de Carlos no hacía sino crecer.

—Espera, te acompaño y le saludo… —dijo como impulsado por un muelle.

Pero Clara le paró los pies con sumo tacto.

—Oh, no, tranquilo… Sigue hablando con tus amigos… solo tardo un minuto.

Carlos no supo llevarle la contraria sin que se notara que le estaban consumiendo los celos, para variar. Siguió con la mirada el camino de su novia y observó a Ramiro abrirle la puerta con caballerosidad para perderse tras ella después.

Los siguientes minutos los fue contando en el reloj uno tras otro. Clara le había dicho que tardaría uno solo, pero ya habían transcurrido quince y aún no había vuelto. Cada vez que la puerta se abría, Carlos levantaba la mirada de forma automática y, al comprobar que tampoco era su novia quien entraba por ella, una arcada crecía un poco más en su estómago.

Cuando el reloj le indicaba que habían pasado veinte minutos, sus nervios no lo soportaron y se disculpó para ir al baño. Sus colegas le hicieron sitio para que pudiera salir y se lanzó a paso ligero hacia la puerta.

Una vez en la calle, miró hacia todas partes sin encontrarla. Vio a los fumadores de los exteriores del bar y recordó que unos días antes había estado en la misma situación y en el mismo sitio. Maldijo su mala suerte y decidió entrar de nuevo al interior.

Llamar a Clara era una opción que barajaba mientras cruzaba la puerta, pero temía la reacción de su prometida, recordándole lo celoso que podía llegar a ser, y maldiciéndole por querer tenerla enjaulada las veinticuatro horas del día.

Así que desistió de hacer la llamada.

Una vez dentro de nuevo, recorrió con la mirada todo el perímetro de la sala con la esperanza de encontrar a Clara quien, quizá, había vuelto en algún momento sin que él se percatara. Nada. Ni rastro de su novia.

A punto estaba de estallar cuando notó la presión en su vejiga. Se volvió en dirección a los baños y hacia allí se dirigió.

Pasaba junto al baño de señoras, cuando la puerta se abrió por alguien que salía y divisó a su novia en un corrillo con otras tres chicas. Sus miradas conectaron y ella le sonrió. Una punzada de alivio le recorrió por entero, mucho más cuando Clara se despidió de sus amigas y, yéndose hacia él con cara de niña buena, le echó las manos al cuello. Sus cuerpos quedaron muy pegados.

—¿Dónde… estabas?

—¿Pues dónde iba a estar? Aquí con estas amigas, charlando, después de ver a Ramiro.

—Dijiste que tardarías un minuto… estaba preocupado.

—Oh, cariño, lo siento… Es que son unas chicas a las que no veía hacía tiempo… ¿Me puedes perdonar, cielito…?

El parpadeo de Clara con sus enormes pestañas, y que Clara manejaba como una actriz, le invitaban a disfrutar de su sonrisa y a olvidarse de todo lo demás. Pero la curiosidad de Carlos aún no se había disipado.

—¿Y qué era eso tan importante que te tenía que dar Ramiro? —la pregunta era directa. Carlos escrutó los ojos de su prometida a la espera de alguna duda en su respuesta.

—Oh, tampoco es tan importante… —le respondió—. Verás… al hijo pequeño de Ramiro lo tienen que operar de una bobada… fimosis… ya sabes lo que es…

—Sí, claro…

—Pero resulta que su doctor de confianza acaba de jubilarse, y están buscando a algún otro que lo sustituya.

Carlos no entendía dónde quería llegar su chica.

—¿Y tú que tienes que ver con eso?

—Yo no, cielito, pero mi hermano Julián sí… —le hizo una carantoña en la nariz—. Recuerda que es enfermero… y justamente trabaja con un cirujano urólogo fantástico. Así que Ramiro me ha dado los papeles de su hijo para que mi hermano se los pase a su jefe y que le dé una cita urgente… ya sabes, con enchufe…

Acompañó sus últimas palabras con un guiño.

—Mira, aquí están los papeles… —Clara deshizo el abrazo y en su mano aparecieron los documentos de los que hablaba—. Toma, te importa guardarlos en el bolsillo de tu chaqueta, no importa si se doblan un poco. Es que yo hoy llevo el bolso pequeño y no me caben.

Mientras los guardaba, Carlos les dio un vistazo disimulado y comprobó que en efecto se trataba de un historial médico. Se dijo que ya los miraría con más detenimiento y se relajó por completo. Después de todo, la aventura había terminado mejor de lo que se había temido.

—¿Vamos a la mesa? —le preguntó Clara.

—Sí, vamos…

Clara le agarró del brazo y sorteando a los clientes del bar se unieron a sus compañeros que ya habían pedido una nueva ronda para todos.

Antes de sentarse, Clara guardó en el bolso un sobre con seis billetes verdes que Ramiro acababa de entregarle. Era la tarifa normal por Paula, a la que iba a follarse en unos minutos. El bizum de Ramiro había sobrepasado el máximo del mes y estaba en dique seco. Y Clara, por supuesto, se había negado a fiarle.

*

Aquella noche, tras acostarse, Carlos mostró deseos de hablar. No era muy común en él, que utilizaba la cama para dos cosas, a saber: practicar sexo —cuando se lo permitían— y dormir a pierna suelta.

Habían bebido mucho en el pub y Clara se moría por cerrar los ojos y dejarse llevar, pero entendía que tras el mal rato que le había hecho pasar a su novio por la tarde, le convenía seguirle la corriente con la esperanza de que se aburriera pronto.

Pero Clara detectaba que, tras la conversación insulsa que mantenía su prometido sobre asuntos del trabajo, se escondía una de mayor enjundia y que tarde o temprano llegaría. Carlos daba vueltas como un buitre a una presa y al final se lanzaría a por ella. No podía hacer nada que no fuera esperar, así que se hacía la despistada a la espera de que se decidiera a entrar en materia.

Y por fin, como imaginaba, llegó el momento.

—Ahora me gustaría hablar contigo… de un tema que me quema dentro —le dijo en un susurro nervioso que contrastaba con el tono de voz sereno con el que la hablaba un minuto antes.

—¿Es para tanto? —replicó ella con ánimo de quitarle hierro.

—Sí… mucho… y es algo complicado… —confesó—. No sé por dónde empezar.

Clara se encomendó a todos sus ancestros y cerró los ojos como si haciendo aquello pudiera desaparecer de allí. Oyó a su prometido tomar aire y luego comenzar su exposición.

—¿Recuerdas el día que iba a ir con Laura y Elena a Niza y que al final se canceló el viaje?

O sea, ¿qué iba de esto? Las piernas de Clara empezaron a temblarle. ¿Qué si recordaba aquel día?, le preguntaba. Cómo para olvidarlo, pensó. De alguna manera se esperaba que esto pudiera llegar algún día, pero no tan de repente. No se había preparado para ello, y no sabía si podría afrontarlo con entereza.

—Sí, lo recuerdo… —dijo con voz débil.

—Pues ese día, tras dejar a las dos chicas en sus casas, al final fui a ver a tío Ramón.

Clara se había quedado inmóvil, como de piedra, apenas si respiraba.

—Ah, ¿sí? —respondió con un gran nudo en la garganta—. ¿Es que alguien te pidió que fueras?

Necesitaba saber quién le había ido con el soplo de que ella se encontraría con Ramón. Se temía que todos en la casa sabían lo que había pasado en la buhardilla aquel día. Y se sintió humillada hasta hacerla desear que se la tragara la tierra.

—No, nadie me lo pidió… —respondió él—. Quise ir yo, pero porque tío Ramón me envió un mensaje de que quería hablar conmigo.

¿Ramón? No me jodas, pensó la joven, ¿el viejo incestuoso había pedido a su sobrino que apareciera por allí? ¿Qué pretendía el muy cerdo? ¿Aclararle su jerarquía demostrándole que se follaba a quien quería y que todos debían, encima, aplaudirle?

—Tu tío está pirado… ya te lo dije… —farfulló a punto de pánico.

Carlos no entendió a qué venía aquel comentario en ese momento, pero quiso romper una lanza por quien se había comportado como un padre para él.

—Lo sé… No está muy bien de la cabeza… y menos ahora que lo ha perdido todo. Pero en este caso fue diferente, ese día se mostró muy comprensivo conmigo y con… mi problema.

¿Su «problema»? ¿Eso era cómo la veía Ramón a ella? ¿Como un puñetero problema de Carlos? Puto viejo, tendría que haberle golpeado más fuerte.

Clara calló. No sabía cómo continuaría su prometido, pero no se atrevía a hablar. Sabía que Carlos conocía lo que había hecho su tío con ella. Que la había seducido y follado sin pudor. Los había oído hablar del tema aquella tarde, o al menos el final de la conversación. Pero ahora necesitaba saber el punto de vista del hombre que supuestamente iba a ser su marido.

—El caso es que subí a la buhardilla —continuó Carlos—. Y estuvimos hablando un buen rato. No como tío y sobrino, lo que me sorprendió agradablemente, sino como amigos.

«Como amigos», menuda gilipollez. Ramón era incapaz de decir dos palabras sin que al menos una de ellas demostrase que estaba por encima de su interlocutor. A ver si se mostraba tan humillante ahora que todos sabían que estaba arruinado…

—Me lo imagino… —dijo por decir algo—. Hablar con tu tío debió de ser un mal trago… Demasiado duro para ti…

—¿Te imaginas que iba a ser duro…? —Carlos la miró sorprendido—. ¿Tú… lo… sabías…?

Ahora fue Clara quien se sorprendió. No supo qué responder, por lo que soltó lo primero que se le pasó por la cabeza.

—¿Cómo no saberlo…?

Carlos se echó las manos a la cara y comenzó a sollozar. A Clara se le partía el corazón. Se ponía en su lugar y comprendía que tenía que sentirse terriblemente humillado y roto. Dejar que su novia, futura madre de sus hijos, fuera mancillada por su propio tío no era un plato de gusto para un hombre y podría llegar a destruirlo.

—Joder… —se lamentó—. Todo el mundo debe saberlo a estas alturas…

—Tranquilízate, por favor…

—¿Cómo voy a tranquilizarme…? —protestó Carlos, aunque sus sollozos habían bajado de nivel—. En aquellos momentos me sentí mejor con sus palabras, pero ahora…

—¿Qué… te… dijo…? —Clara necesitaba conocer las palabras que no había escuchado, la primera parte de la conversación que ella había espiado cuando ya estaba terminando.

—Oh… bueno… No lo recuerdo exactamente… —replicó él—. Yo estaba muy afectado. Pero si recuerdo que se mostró muy comprensivo conmigo. Y me tranquilizó, me dijo que lo que pasaba no era tan malo.

¡Hijo de puta! ¿Qué no era tan malo?

—Y que juntos podríamos sobrellevarlo… Que el estaría conmigo en todo momento.

Todos vaguedades. Clara no conseguía llegar al fondo de la cuestión. Le importaba una mierda el punto de vista del viejo, que le quedó bien claro cuando la follaba haciendo saltar chispas entre ellos. Lo que ella se moría por averiguar era lo que él sentía, lo que su prometido pensaba al respecto.

Así que se decidió a hacer la pregunta sin más retórica.

—¿Y qué piensas de mí?

Carlos la miró. En la penumbra de la habitación Clara pudo ver su expresión de asombro.

—¿De ti…? —dijo extrañado—. Será al contrario… «Qué es lo que piensas tú de mí», ¿no?

Clara no entendió a que se refería. Y se temió que se había pasado de frenada.

—¿De qué estás hablando…? —preguntó de forma como casual para tratar de averiguar si debía soltar alguna frase más o si debía callar y esperar.

—Pues de lo mío con Laura, por supuesto… ¿No has dicho que lo sabes…?

El suspiro de Clara debió de oírse en todo el bloque de pisos. Joder, se dijo, ¿la conversación entre Ramón y su sobrino no iba sobre ella? ¿Había versado en realidad sobre la relación incestuosa entre los dos primos? Su cuerpo se relajó tanto que a punto estuvo de ponerse a reír y a bailar sobre la cama.

—Ah… por supuesto… —carraspeó. No sabía cómo salir del embrollo en que se había metido por adelantarse a su explicación—. Me refiero a que… a que lo he callado aunque lo sabía hace tiempo y no sé si eso te hace enfadar conmigo.

—Pero, ¿cómo lo sabías? —se interesó Carlos—. ¿Quién te lo ha dicho de la familia? ¿Lo sabéis todos y lo comentáis a mis espaldas?

—No… no…

—¿Y Andrés? ¿Lo sabe también Andrés? —preguntó con un puchero.

Se apiadó de él y prefirió contarle la verdad. No podía, sin embargo, confirmarle que Andrés lo sabía de sobra y que gracias a ella no lo había estrangulado.

—Tranquilo, cariño, que yo lo sé, pero no es porque nadie me lo haya contado…

Y entonces le refirió el encuentro entre los primos que presenció en su propia casa. Carlos volvió a echarse las manos a la cara y bramó un nuevo sollozo.

—¡Qué vergüenza, por dios…!

Clara fue calmando a su prometido con frases amables, mientras se regodeaba por dentro. Le debió de perdonar al menos diez veces en la siguiente media hora y Carlos recibía su indulgencia con el alma abierta y se lo agradecía continuamente.

Y Clara se sentía feliz. Ahora que conocía el sentimiento de culpabilidad de Carlos por haberle puesto los cuernos con su prima, se imaginaba que dejaría de atosigarla, dejándola espacio donde poder volar libremente.

No sabía cuán equivocada estaba.

*

Habían hecho un paréntesis tras la confesión de Carlos. Al cabo, él lo rompió y disparó un tema que le golpeó a Clara en la línea de flotación.

—Clara, creo que he sido honesto al confesarte mi infidelidad —dijo—. Me gustaría que ahora habláramos de ti y de los rumores que sabes que corren por la oficina.

La joven, que unos segundos antes sonreía satisfecha, ahora estuvo a punto de atragantarse con su propia saliva.

—Pero… cariño… ¿otra vez empezamos con esa cantinela? —consiguió decir a duras penas.

—Ya, cielo… —dijo él con un ruego—. Pero es que hay muchos cerdos en la oficina que están todo el día mofándose a mis espaldas. Y los rumores me están matando.

—Joder, Carlos, estoy aburrida de ese tema —Pensó que la mejor defensa sería un buen ataque—. ¿No te das cuenta de que nos envidian los muy asquerosos? A ti por ser un tipo importante… y a mí por ser una mujer de una pieza. Esto ya lo hemos hablado y de verdad que no quiero continuar con este rollo.

El silencio de Carlos le hizo creer que su novio podría estar dando el tema por concluido, pero enseguida vio que se engañaba.

—Clara, cielo… —carraspeó—. Es que no es solo lo que me cuentan, es lo que yo veo… Y me hace muy infeliz…

—¿Lo que tú ves? ¿Y qué es lo que ves? —lo dijo con precaución, no quería volver a meter la pata como con el asunto de Laura.

—Pues eso… —se lamentaba más que mostrar enfado—. Veo que estamos juntos en algún sitio, una fiesta, una boda, lo que sea… y de pronto ya no estás. Te busco y siempre tienes alguna excusa para desaparecer. Y te veo hablar con hombres… No me niegues que siempre estás rodeada de tíos…

—Pues eso es lo que te digo… —improvisó de nuevo con tono seguro, antes de cambiar a uno mimoso—. Tu novia es una mujer muy… mujer… Y muchos hombres desearían tener lo que tú tienes. Pero, cariño, tú sabes que soy solo tuya… Deberías estar orgulloso de que te envidien… Déjales que rabien a todos esos cerdos.

Carlos suspiró y Clara supo que se le echaba encima una buena cuestión:

—Mírame a los ojos y júrame que jamás te has acostado con ninguno de esos hombres…

La pregunta no le hizo ni puñetera gracia, pero a punto estuvo de echarse a reír. Porque técnicamente no se había «acostado» con ellos. Solía hacerlo de muchas maneras, pero casi nunca en una cama.

Clara se lo pensó un instante y su respuesta fue categórica.

—Te juro por lo que más quiero que jamás me he acostado con ningún hombre que no seas tú. Bueno, aparte de mis ex, que ya te conté.

Y a continuación sentenció:

—Y si alguien dice lo contrario, ¡que lo pruebe si puede el muy cerdo!

Carlos sonrió satisfecho. Sentir la seguridad con la que hablaba su novia le llenó de calma y tranquilidad. Sabía que pronto volverían sus celos, pero en ese momento se sentía pleno de confianza y su deseo por ella reaccionó bajo su pantalón de pijama.

Sabiendo que tenía que aprovechar el momento, Clara captó el brillo de sus pupilas, y su actuación posterior —una mamada y un polvo salvaje con azotes en las nalgas— la ayudaron a terminar de convencerlo.

LA LISTA DE ESPERA DE CLARA

Se acercaba la época navideña y con ella la paga extra. Y, con la paga extra, las ganas y la capacidad de gastar. Y gastar en sexo, por qué no, era una de las opciones posibles.

Por un lado, Clara agradecía el aumento de la demanda. Pero al no poder atender a tantos clientes, se le iba formando una lista de espera solo comparable a la de la sanidad pública.

En el caso de Paula, la cosa iba un poco al revés. El sector «exterior» del negocio iba de capa caída por la desatención de Clara. En vista de no poder estar a todas, decidió publicar un anuncio en una página de contactos de Internet. Debido al precio de los servicios ofertados, sin embargo, solo la llamaban muy de vez en cuando. Y solo conseguía una cita de cada cinco llamadas. Paula estaba encantada, porque un par de polvos a la semana eran para ella más que suficientes. Estos le proporcionaban unos ingresos extras y le dejaban tiempo libre para dedicárselo a su chico.

Lo peor de las citas de Paula era que a veces el cliente quería que la chica fuera a su casa. Y a veces, dependiendo de la zona donde viviera el tipo, Paula se asustaba y Clara tenía que llevarla y quedarse esperándola hasta que terminaba. Ufff, demasiado trajín. Judit tenía razón, necesitaban un chulo, guarda espaldas o lo que fuera.

Se sumaba todo ello a la casi persecución que ejercía Carlos sobre ella, y Clara se iba sintiendo cada vez más estresada. Tenía que hacer de todo: coger el teléfono, cerrar las citas —con propios de la empresa o con extraños—, atender los servicios que le tocaban personalmente y, a veces, acompañar a su amiga a que la follaran por los rincones de Barcelona.

Se empezaba a sentir fatal, a punto del infarto o… de abandonar.

*

En cuanto a sus «servicios» personales, los que tocaban a clientes-compañeros, a veces los encajaba sobre la marcha, sin dar citas a futuro. En palabras sencillas: un aquí te pillo, aquí te mato.

Un ejemplo de ello fue la tarde en que, cuando se iba para casa, le pidió a Mariano, uno de los tres conserjes fijos de la empresa, que la ayudara a mover unas cajas a su coche. Mariano era el mayor de los tres ordenanzas y, por su aspecto, casi padre del segundo más viejo.

Algunos de los proveedores de la empresa habían regalado a Clara cajas de vino y se había juntado con cuatro. Aquel día, Carlos se encontraba de viaje y ella había ido al trabajo con el todo terreno de su prometido.

Mariano tomó un carrito de los que usaban para trasladar mobiliario y acompañó a la joven hasta el coche. Colocó las cajas en el maletero del todoterreno y luego pulsó el botón de cierre automático del portón trasero.

Clara se entretuvo con el bolso y, cuando se volvió para darle una propina a Mariano, éste la arrinconó contra el vehículo.

—Perdone que le diga esto, señorita… —mascullaba el hombre—. Pero es que es usted muy bonita… y yo hace tiempo que le tengo muchas ganas.

Se había pegado tanto a ella que notaba el bulto de su entrepierna en la cadera. Molesta por el asalto, trató de apartarle y vio que en una mano llevaba varios billetes.

—Por dios, Mariano, que podría ser usted mi abuelo.

El vejete se pegó aún más a ella y parecía lloriquear.

—No se ofenda, señorita, si yo solo quiero sentirla a usted… le prometo que no me llevará ni diez minutos… Se lo juro por lo más sagrado…

Le había puesto los billetes en la mano, pero Clara intentaba rechazarlos.

—Mariano, que pueden vernos… piense en las cámaras de seguridad.

—Ay, no se preocupe, señorita —contestaba el hombre con la baba colgándole por una comisura de la boca—. Las cámaras las he apagado antes de bajar al garaje. Y a esta hora tan tarde ya no queda casi nadie en la empresa. Si lo hacemos en su coche, nadie se dará cuenta.

Clara se sentía fatal. Conocía a aquel hombre desde que entrara en la empresa. Y tenía que ser muy mayor. No podía llegar a la edad de tío Ramón, ya que Mariano aún estaba en activo, pero no le andaría muy lejos. Y de aspecto parecía el padre de su tío político. Tenía que reconocer que Ramón se había cuidado muy bien, justo lo contrario que el bueno del conserje.

Al final, medio se enfadó y quiso librarse de él.

—Mire, Mariano, le prometo que otro día —le empujaba por el pecho, mientras el pobre viejo bufaba de lo caliente que se había puesto—. Hoy no puede ser. He tenido un día muy largo y no tengo ganas de follar.

El hombrecillo levantó la cabeza y la miró a los ojos a menos de diez centímetros.

—¿Follar? —dijo sorprendido—. ¿Quién ha hablado de follar?

—Usted… digo yo… —ahora la sorprendida era Clara—. ¿De qué coño habla, si no?

El hombre se disculpó a toda prisa.

—Oh, no, señorita, yo no… Ya me gustaría, pero a mi edad… Yo lo que me muero es por comerle el coño a usted, con perdón…

Clara a punto estuvo de morirse de la risa. Pobre Mariano, seguro que ya no se le levantaba al hombre. Le entró tanta ternura que pensó en pedirle un dineral para que se rindiera él solito. De esa manera se ahorraba tener que darle calabazas con malas pulgas.

—Pero, Mariano, ¿está usted seguro? —le dijo en un susurro como si le hablara a su padre—. Mire que por comerme el coño le voy a cobrar a usted trescientos euros…

—¡Aquí están! —dijo el hombre estirando la mano con los billetes y mostrando una sonrisa mellada.

Clara ya no supo cómo rebatirle y al final transigió. Se subieron los dos en el asiento trasero del gran coche y el hombre le pidió bajarle las bragas él mismo, cosa que Clara le concedió sin discutir. Total, ya qué más daba.

Durante los siguientes doce minutos —Clara miraba constantemente el reloj— el vejete la estuvo encharcando el coño de babas, lamiéndolo a conciencia con su húmeda lengua, y succionando de los labios y el clítoris con el morro arrugado.

—Joder, señorita Clara, que rico está su chocho… —decía de tanto en tanto—. Tan limpio y perfumado. Es el mejor coño que me he comido en mi vida, se lo aseguro.

—Venga, Mariano… —replicaba la joven—. Calle y chupe que no tengo todo el día.

De vez en cuando, se colocaba sus bragas en la nariz y aspiraba de ellas, dando parabienes al maravilloso olor de las humedades de la joven.

—Aahhh… qué bien huelen… Son las bragas de una diosa…

Cuando se cumplieron los quince minutos, Clara decidió que ya le había dado un margen extra a los diez minutos que le había pedido Mariano y se dispuso a simular un orgasmo para dar por terminada la sesión. No obstante, cuando se disponía a patalear y a gemir de mentira, Mariano comenzó a mover la lengua como un torbellino y un calor le subió por el vientre. No necesitó hacer el teatrillo. La corrida no fue para morirse, pero no pudo evitar moverse descontrolada y golpear la cabeza del hombrecillo con los muslos que se abrían y cerraban con sacudidas reflejas.

Un «ufff» suspirado de Clara marcó el fin de la faena. El orgasmo la había dejado traspuesta y casi no vio venir hacia su boca la lengua del viejo intentando colarse dentro. Solo tuvo tiempo de girar la cabeza y el vejete tuvo que conformarse con lamerle el cuello.

Tras recolocarse el paquete y con una verborrea agradecida por los instantes maravillosos que le había concedido la mujer, Mariano desapareció por fin. Clara se arregló la ropa y se adecentó la entrepierna con sus ya indispensables toallitas húmedas con aroma a limón y lavanda.

Instantes después abandonaba el garaje de la empresa con trescientos euros más en la cartera. Pensó en el bolso que había visto en El Corte Inglés el sábado anterior y se dijo que se daría un capricho a la salud de Mariano.

*

Peor situación se le creó el siguiente domingo sin llegar a salir de casa. Se había levantado tarde y se encontraba desayunando en la cocina. Carlos acababa de meterse en la bañera para tomar su baño semanal de burbujas.

Sorbía de su café relajada cuando sonó el timbre de la puerta. Un domingo a aquellas horas no esperaba a nadie, quizá se trataría de un vecino que necesitara algo. Deseó que no fuera el de debajo de ellos, la bañera a veces filtraba agua y el muy energúmeno subía con malos humos a quejarse de que le estaban encharcando el techo.

Se ajustó la bata de estar en casa y se anudó el cordón. Después abrió la puerta y se quedó petrificada. El visitante era Jose, un compañero que había celebrado su despedida de la empresa el día anterior. Se iba a trabajar a algún sitio lejano —¿había dicho Dubái o Arabia Saudita?—, aunque no había prestado mucha atención.

—¿Tú?

En una mano portaba un sobre blanco con una inscripción en bolígrafo rojo en el dorso: «Para Clara». La joven se olio la tostada y le entró un temblor de piernas. Miró hacia el descansillo de la escalera y temió que algún vecino estuviera espiando por la mirilla. Luego puso la oreja en alto y oyó la música clásica con la que su prometido acompañaba sus baños de burbujas.

Decidió que el espacio de menor riesgo era su propia casa y tiró del tal Jose hacia dentro, cerrando después la puerta con sigilo.

—¿Qué haces aquí? —le dijo en susurros—. Mi novio está en la ducha.

—¿En la ducha? —susurró a su vez el tal Jose—. Pero si ayer dijo que asistiría al campeonato de pádel de la empresa.

—O sea, ¿qué vigilas los movimientos de mi novio?

—Oh, no… no… lo siento… —se disculpó con la voz más baja que consiguió—. Es que necesitaba estar contigo porque, mira… la verdad… es que… estoy enamorado de ti.

Clara no salía de su asombro.

—¿Enamorado? —los ojos se le salían de las órbitas—. ¿Tú estás tonto o qué?

—Escúchame al menos, mujer…

Clara resopló, pero decidió dejarle hablar. No veía otra forma de que el embrollo llegara a su fin

—Es que… como me voy… y no sé si volveré… No quería irme sin hacerte el amor. Tienes que entenderlo, mujer, es solo un polvo de despedida. Nunca más volveré a molestarte…. Ni a verte, seguramente…

Clara se lo pensó. El tío estaba loco, pero tenía que salir del paso como fuera.

—¿Qué llevas ahí? —le dijo señalando el sobre.

—Pues… —titubeó—. Lo que me han dicho que es tu tarifa… quinientos por follar y cien por la mamada.

Clara a punto estaba de echarse a llorar. Se maldijo por no haber captado a Judit todavía. Había decidido que la presentaría como su hermana, como había sugerido Paula y, si ella ya estuviera en el grupo, este tipo de compromisos se los traspasaría sin dudar.

El cuerpo le pedía echar a aquel memo a patadas. El sobre, sin embargo, la atraía demasiado. Necesitaba hacerse una depilación láser del pubis, y el dinero le venía genial. Decidió jugársela, aunque corriendo el menor riesgo posible.

—Mira —le dijo—. Mi novio va a irse de casa en una media hora. Ven, entra en el salón y escóndete tras ese mueble. No se te ocurra ni respirar. Cuando se vaya, follamos y te largas, ¿Ok?

—Claro, claro, Ok… —replicó el hombre.

Antes de que el tal Jose se diera la vuelta para dirigirse a su escondite, Clara le tiró del sobre y se quedó con él. Si había que pasarlo mal, pues se pasaba, pero el dinero por delante, se dijo.

Contó los billetes mientras terminaba de desayunar y suspiró. Era lo único que la hacía sentirse feliz. Hasta le estaba subiendo el calor interno por instantes solo con oler el dinero. Se tocó por debajo de las bragas y no se creyó lo húmeda que se había puesto.

Por fin apareció Carlos ya vestido con su chándal de Gucci. Dudó Clara que llegara a quitarse la chaqueta y el pantalón para sudar la ropa de deporte de quinientos euros por pieza. «Ni loco la suda con lo que le cuesta —se dijo para sí con una sonrisa disimulada.»

Una vez que Carlos se hubo ido tras un café bebido y dos galletas integrales, Clara pasó al salón.

La imagen de Jose totalmente en pelotas fue impactante. Tan delgado era el tipo que solo se le veían huesos. Lo único que destacaba de aquel delgaducho era… ¡la polla! Porque era una polla realmente ancha. Más que la de Ramón, pensó, aunque de larga tampoco era para tirar cohetes.

«Esto debe de doler al entrar», se dijo. Pero no podía hacerse la remilgada, tenía que echar a aquel tipo lo antes posible. Así que se arrodilló ante él y se la metió en la boca.

—Chupa, puta… —dijo el tal Jose apretando los ojos y arqueando el cuello.

Clara pasó por alto el apelativo y se dedicó a mamar aquel manjar durante diez minutos. El hombre, mientras, se había sentado en una silla porque no parecía poder aguantar el tembleque de las piernas mientras Clara le golpeaba el glande con su lengua rosada, que le mostraba de vez en cuando por ver si con la visión se corría. Pero al tipo le quedaba cuerda para rato.

El tal Jose se atrevió a agarrarla del pelo y el combate cambió de bando. Ahora era él el que la follaba la boca sin piedad. Era el momento en que mayor calentura le entraba a Clara, cuando el macho de turno se ponía bravo. Y la humedad en su entrepierna creció aún más entre los pliegues de sus labios.

—¡Qué coño tan hermoso tienes! —exclamó el tal Jose cuando, terminada la mamada, había puesto a cuatro patas a Clara sobre el sofá y se disponía a follarla—. Y estos labios rojos e hinchados, parecen una rosa abierta. Te la voy a meter hasta el útero, pedazo de zorra.

—Sí, métemela, hombretón —le animaba Clara para ver si con su voz se calentaba del todo y se corría de una maldita vez—. Clávamela hasta el fondo.

En realidad Clara dudaba de que pudiera entrarle muy adentro, dada la escasa longitud del instrumento a pesar de la anchura. Pero la había infravalorado y no tardaría en arrepentirse.

Porque la polla de aquel tipo le dolió al entrar. Y le siguió doliendo cuando Jose, cachondo como un perro, empezó a embestirla bestialmente. Clara, que había disfrutado del dolor con tío Ramón, en este momento el feeling no le parecía como para gritar de placer y se quejaba todo el rato.

—Hostia, tío, ¿no sabes follar sin joder…? —le increpó—. Me estás… haciendo… polvo…

—Sí, me lo dicen mucho —se disculpó el hombre—. Es por la forma de mi rabo. Qué se le va a hacer, nadie es perfecto… ¿Quieres que pare?

—No, joder… lo que quiero es que termines…

—Vale, pues toma… toma… sufre, zorra…

—Ay… Uy… Ohhh…

Tan altos eran los quejidos de Clara que alguien debió oírlos a través de las paredes. Porque a medio polvo llamaron a la puerta.

*

La joven se puso la bata lo más rápido que pudo y se cubrió como si llevara algo debajo. El tal Jose tuvo que meterse en su escondite de antes.

Clara abrió la puerta y se encontró con doña Adela, la cotilla del bloque y vecina del rellano inferior.

—¿Estáis bien, chiquilla? —preguntó la mujerona nada más ver aparecer a la joven. Intentaba estirar el cuello por encima de Clara, pero ésta defendía el fortín con quiebros de cadera para que la cotilla no se le metiera en casa.

—Perfectamente, señora Adela —respondió Clara con voz casi firme—. ¿Ocurre algo? ¿Necesita usted aceite o sal, como la última vez?

—Oh, no, guapina… —replicó la mujer—. Tengo de todo. Es que he oído unos gritos muy raros y me he dicho: Adela, igual les pasa algo… Y aquí estoy.

—Pues no, Adela, no nos pasa nada. Por aquí todo bien, gracias…

—¿Y esos gritos tan raros que se oían?

Clara caviló a toda prisa.

—Ah, debe ser la película que estaba viendo… Es que tenía unas escenas subidas de tono… Ya sabe usted, los de Netflix, que son de lo peor…

—Sí, eso dice mi madre: esos de Netflix son unos guarros… La perdición del mundo…

¿La señora Adela tenía madre todavía? Pues debía de pasar de los cien años, pensó.

Cuando consiguió quitársela de encima, el espectáculo en el salón era desolador. La polla de Jose se había quedado totalmente encogida y no había forma de que se le levantara.

Clara no tuvo más remedio que ponerse otra vez de rodillas hasta conseguir que reviviera. Por dentro se quejaba de su mala suerte: volver a empezar equivalía casi a dos sesiones de sexo por el precio de una.

Por suerte, Jose se aceleró y en poco rato ya la follaba con la misma bravura que unos minutos antes. En silencio esta vez, eso sí.

Le decía palabras obscenas al oído y de vez en cuando la cacheteaba el culo.

—Así… así… putita… Con lo que yo he soñado con follarte… Ay, que gusto… toma… ¿te duele? Pues lo siento, pero te aguantas… toma… toma… toma…

Y Clara se mordía los labios porque la anchura de la polla de Jose seguía haciéndole daño. Menos mal que sería una y no más, se consolaba.

La cambió de postura varias veces. Ella encima mirándole. De nuevo encima, pero dándole la espalda. El hombre tumbado y entrándole desde detrás. Y venga, venga, venga… Sin dar muestras de correrse a corto plazo.

—¿Te falta mucho…? —le decía de vez en cuando.

—Lo que el rabo diga… —solía responder—. Pero ya queda poco…

Aunque de poco ni hablar.

Por fin la puso boca arriba y la folló colocado entre sus muslos. Un calorcillo conocido comenzó a subirle por las piernas y le musitó al oído:

—Creo que me voy a correr, putita…

—Ay, sí, dámelo todo, corazón… —le respondió ella.

Clara no quería confesarlo, pero se temía no poder controlar su propio orgasmo, a pesar de que lo intentaba hacía rato. Lo había dicho Judit: que las putas se corran va contra el protocolo.

Pero en aquella posición tan cómoda y con la polla que ya no la molestaba como antes, no pudo retenerlo. Cuando el hombre empezó a eyacular, ella se vino arriba y se murió del gusto durante casi un minuto. La corrida fue más que mediana y, sobre todo, larga. Los dos rieron cuando se terminaron los espasmos de ella, que fueron los más duraderos.

—¿Qué tal ha sido?

Clara le dio un piquito y le agradeció el detalle.

—Muy bueno… ¿y tú qué tal?

—Espectacular… Por cierto, ¿qué hago con el condón?

—Dámelo a mí, ya me ocupo yo.

Por fin se despidió del tal Jose, al que esperaba no volver a ver en la vida, y mucho menos en aquella casa. Antes de salir, él quiso besarla y Clara se lo permitió. La comió la boca unos segundos y luego le dio un azote en el culo.

—No bajes por las escaleras, te puede ver la vieja de las narices —le aconsejó Clara—. Coge el ascensor y corre como el viento.

Jose sonrió y se perdió en el descansillo del ascensor sin dar la luz.

Clara se dirigió hacia el baño con el condón usado en una mano. Sobaba el líquido pastoso, ya frío, con los dedos mientras silbaba una cancioncilla de moda.

Continuará...

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