Historia de una mujer fácil - Completa (30)
Clara no recuerda nada de la noche anterior, solo el dolor y la vergüenza de haber forzado a su becario. Pero cuando Ramiro, el subdirector, le revela que todo fue una trampa para exponer su secreto, comprende que ya no es la víctima. Ahora, para sobrevivir, tendrá que convertir al chico que la deseaba en su herramienta más peligrosa.
LA RESACA DEL DÍA SIGUIENTE
El domingo por la mañana nadie madrugó en casa. Clara abrió los ojos y lo primero que hizo fue mirar la hora en su iPhone. Las once y cuarto. Se sentía fatal, con aquella especie de resaca parecida a la de una borrachera pero elevada al cuadrado.
No recordaba nada de la noche anterior. Al menos, no lo recordó hasta notar la humedad y el picor en su entrepierna. Entonces una ráfaga de memoria le trajo los extraños acontecimientos vividos.
Como entre tinieblas le llegaban imágenes de una noche de sexo con Rafa. Joder, ahora que lo pensaba, el chico había intentado detenerla varias veces, pero ella había insistido y no le había permitido resistirse. ¿Lo había violado? Por dios, cómo podía llegar a ser tan mezquina. Le había hecho a su amigo lo que Ramón y Juan le hicieron a ella. No podría volver a verle, se moriría de la vergüenza si lo hiciera.
Se retiró las sábanas y comprobó que solo iba vestida con las bragas, y no recordaba habérselas puesto. Seguramente se las colocara el mismo Rafa antes de irse. Por cierto, ¿había llorado? Retazos de sus sollozos latían en su memoria, junto con el dolor de cabeza que le crecía por momentos.
Sin ponerse nada encima, se dirigió a la cocina y se tragó dos pastillas de analgésicos acompañados de un gran vaso de agua. Después se dirigió a la habitación de matrimonio y se acostó al lado de Carlos.
Apenas le abrazó, él se removió y carraspeó. Era el carraspeo típico de su novio antes de una fuerte discusión. Se avecinaba tormenta. Suspiró y esperó a que llegara.
Pero no llegó de inmediato, aún le costó a Carlos unos minutos comenzar con su interrogatorio.
—¿Dónde te metiste anoche?
Se lo pensó un instante, preparó un tono de ofendida y entonces respondió con otra pregunta.
—¿Cómo que dónde me metí? Será dónde te metiste tú…
—Te estuve buscando y me dijeron que te habías ido.
Apoyó su cabeza en el pecho de él.
—Pues claro que me fui, pero después de buscarte por todas partes —improvisó—. Me dijeron que te habías ido a una fiesta privada que se celebraba en alguna de las habitaciones del hotel.
—¿Eso te dijeron?
—Pues claro… Y no me lo niegues, que me da igual —puso voz mimosa—. Me empeñé en que me dieran el número de la habitación, pero nadie quiso hablar. Menudo corporativismo masculino, los tíos dais asco a veces… A saber con qué pelanduscas estarías en esa fiesta…
Carlos calló unos segundos y Clara aprovechó para apostillar.
—Al no encontrarte, pensé en volverme para casa y te esperé aquí. Cuando llegaste yo me debía de haber quedado dormida en el sofá del salón porque al rato vi que ya estabas en la cama y no te había oído entrar.
—¿Y por qué has dormido en la habitación de invitados?
—Jo, Carlos… —dijo simulando ironía—. Tenías que haberte oído roncar… Me acosté contigo un rato, pero me tuve que cambiar si quería pegar ojo al menos un par de horas.
El silencio los envolvió por unos minutos. Clara se moría por saber si podría sonsacarle su aventura con Ramiro.
—Y, bueno, ¿de verdad no me vas a contar nada sobre la fiesta en la habitación?
—En realidad no fue una fiesta… —respondió Carlos desganado.
—¿Y entonces que era?
—Bah, solo una broma.
Clara se incorporó y le miró a los ojos.
—Ya, una broma… Si no me quieres decir con qué chicas estuviste, pues no me lo digas, pero menuda excusa estúpida.
Carlos pareció pensárselo. Luego le explicó su versión de lo ocurrido.
—Mientras tomaba una copa en la barra, me llegó un mensaje anunciando esa fiesta que te han contado. Subí a ver, más por curiosidad que por otra cosa…
—Sí, por curiosidad… —le interrumpió.
—…Pero al llegar resultó que era una habitación reservada por un amigo para verse con una amante.
—¿Un… «amigo»? —Clara simuló interés lo mejor que pudo—. ¿No vas a decirme quien era el misterioso amigo?
—No, lo siento… —una sonrisa se le escapó ahora a su prometido—. Se dice el pecado, pero…
—Ah, vale, ya veo… —replicó ella levantándose de la cama—. Tú también te aferras al corporativismo patriarcal. Muy bonito…
—¿Te vas? —preguntó Carlos intentando retenerla.
—Sí, voy a darme una ducha. Recuerda que hemos quedado a las dos en casa de tus primos.
—Ya, vale… —respondió él con un ruego—. Pero aún es temprano, podríamos echar uno rapidito…
Clara notó su vagina sucia por la leche de Rafa y se imaginó que olería a perros por allí abajo. No quiso ni pensar en lo que ocurriría si su novio se empeñaba en bajar a lamer. Eso, sin contar con las molestias que la follada de Rafa le había dejado. ¿Pero qué coño de monstruo tenía el crío entre las piernas? Si en realidad, a simple vista, no se veía tan grande.
—Casi mejor lo dejamos para la noche —repuso—. Ahora mismo lo que me pide el cuerpo es cualquier cosa menos sexo. Lo siento, cariño, pero ya te lo compensaré.
Y desapareció tras la puerta del baño.
Mientras se duchaba, no podía apartar la imagen de Rafa de su mente. Entre la bruma que le había dejado la droga aún recordaba algunas de sus palabras antes de marcharse: «de lo que ha pasado hoy tenemos que hablar muy despacio».
Un escalofrío le recorrió la espalda.
EXPLICACIONES EN LA OFICINA
Llegó el siguiente lunes como no podía esperarse otra cosa. Y con el lunes las malas ganas, el sueño pendiente, los restos de la resaca del fin de semana… y los atascos matutinos para llegar a la oficina.
Clara y su prometido llegaron sobre las diez —hora y media de retraso— y, con un ligero beso de despedida, cada uno se dirigió hacia su despacho. Cuando la joven se encontró a solas, se recostó en su butaca y reflexionó sobre lo que la esperaba ese día.
De entrada, tendría que huir de Rafa. No podría encararse a él y responder a sus preguntas, que las imaginaba duras y directas. Por otro lado, se lamentó, tendría que pasarse por el despacho de Ramiro. No se sentía con ánimos para enfrentarse al muy cerdo, pero no tenía más remedio.
El resto del tiempo hasta que Rafa la interrumpiera un rato después, se dedicó a despachar el correo de la mañana y a planificar la semana laboral.
Fue sobre las doce cuando el becario la asaltó y, con la excusa de mostrarle unos diagramas que le había pedido el viernes anterior, se coló en su despacho sin muchas contemplaciones.
Clara se levantó de un salto, desconectó el PC del monitor y salió de su coto privado alegando con medias palabras que ahora no tenía tiempo para él, que la esperaban en una reunión muy urgente. En otro momento hablarían de los dichosos diagramas.
*
Sin nada que hacer en realidad, primero se pasó por la mesa de Paula. Al no encontrarla allí, preguntó por ella y nadie le supo decir donde se encontraba.
Le quedaban pocas alternativas, entre ellas morirse y así sus problemas desaparecerían todos a la vez. Las otras dos pasaban por discutir con Ramiro o dejarse avasallar por Rafa.
Se decidió por la primera. Al menos en este caso, ella llevaba la razón y podría despacharse a gusto.
Cuando se anunció con dos golpes de nudillos en la puerta, Ramiro estaba dictando algo a su secretaria. Éste, al verla entrar, la despidió con rapidez y le dijo que no le pasara llamadas. La cara de mosqueo de la secretaria, al ver que Clara era capaz de que su jefe lo aplazara todo por ella, era para haberla enmarcado.
Cuando la asistente salió con el bolígrafo en la mano y con un rictus de desprecio en los labios, Clara cerró la puerta y corrió el pasador de seguridad. Tras ello, se acercó al escritorio del subdirector y, dejando el PC sobre la mesa, dio una palmada sobre la madera que se tuvo que oír desde el exterior.
—¿¡Se puede saber a qué coños estabas jugando el sábado!? —le espetó de malos modos.
Ramiro se levantó, pero no se encaró a ella. Muy al contrario, dio un paso atrás para evitar que la saliva que escupía la joven le salpicara.
—Serás hija de tu madre… —susurró Ramiro para que ella copiara su tono y dejara de gritar. Si seguían por ese camino iban a dar un espectáculo—. ¿Cómo tienes tanta cara? ¡La culpa es tuya…!
—¿Qué dices…? —se quedó cortada la joven—. ¡Serás cabrón! ¿Cómo que mía?
El subdirector se tranquilizó al observar que ella había cambiado el tono y, aunque gritaba, al menos lo hacía en susurros.
—¡Me grabaste, hija de…! —le soltó enseñándole los dientes—. Y luego me mandaste al puto crío a amenazarme… ¿Cómo se te ocurre? ¿Con quién crees que estás tratando?
Clara se dejó caer sobre la silla frente al escritorio. Se había quedado de piedra.
—A ver… —le dijo—. No tengo ni idea de lo que hablas. Explícate…
Ramiro le detalló lo acontecido la semana anterior, cuando Rafa le había mostrado el video de su acoso a Luna, y como éste le había dicho que tuviera cuidado con lo que hacía si no quería que el video le llegara a todos los empleados de la empresa.
—Jo-der… —soltó Clara con un suspiro.
Y «joder» era lo que pensaba. «Joder» con Rafa, vaya par de huevos le había echado el chaval. Aunque al mismo tiempo se cabreaba con él por haber actuado de nuevo por su cuenta. «Te juro que lo mato», se dijo.
—A ver… espera… —habló Clara intentando que no cundiera la violencia que habían mantenido hasta ese instante—. ¿Tú montaste el rollo del polvo en el hotel como venganza porque Rafa te había grabado?
—Pues claro… Si no, porque iba a hacer una gilipollez semejante… Las cosas entre los tres estaban bastante claras y tranquilas. Yo pago, vosotras os abrís de piernas, y todos tan contentos…
—¿Y te importaba una mierda que por tu trampa el video lo hubiera visto todo dios?
—No… no es eso… claro que me preocupaba… —afirmó Ramiro—. Pero pensaba avisarte a tiempo para que Carlos no nos pillara. Y luego pensaba follarte a fondo y con calma. Estaba seguro de poder convencerte de que metieras en cintura a ese estúpido mocoso y que el vídeo no fuera enviado.
—Pedazo de cabrón…
El subdirector no replicó al insulto. Simplemente, se estiró la chaqueta y se sentó de nuevo en su sillón.
—A ver, varias cosas… —prosiguió Clara y se dispuso a soltar algunas mentiras—. En primer lugar ese crío, como lo llamas tú, no ha grabado nada porque yo se lo haya pedido. Si lo ha hecho ha sido por su cuenta, e imagino que alguna faena le habrás jugado para defenderse con un ataque. En segundo lugar, aunque yo conociera la existencia de ese video, no tendría ninguna intención de amenazarte con él. ¿Para qué? Como bien has dicho las cosas entre Paula, tú y yo están bastante tranquilas. Y, además…
—¡Demuéstralo! —le cortó el hombre.
—¿Qué demuestre qué?
—Demuestra tus buenas intenciones conmigo haciendo desaparecer ese video…
Si hasta ese momento Clara creía que tenía controlado a Ramiro y que ya no le daba miedo, ahora comprendió que sí debiera temerle. Le había menospreciado y descubrirlo le hizo sentirse tan inferior como él deseaba que se sintiera.
Cuando volvió a hablar, la barbilla le temblaba.
—¿De verdad crees que tengo alguna autoridad a ese nivel con el becario?
—Estoy seguro de que sí… El puto crío está hasta las trancas por ti.
Clara se atragantó. ¿Lo decía en serio?
—¿Qué coños dices…?
—Joder, Clara, ¿estás ciega? —le soltó con malas pulgas—. Ese chaval bebe los vientos por tu persona… Si tú le dices que lo elimine, ten por seguro que lo hará.
La joven pensó en ello. ¿Sería Rafa capaz de hacer aquello como una muestra de amor? Una culebrilla le recorrió el estómago. Hasta la fecha ella había sido siempre la sumisa en su relación con los hombres. Sentirse ahora la «ama» y someter a un hombre, aunque fuera poco más que un niño, empezaba a seducirla. A pesar del pavor que sentía frente a Ramiro, se sintió fuerte.
—No sé si lo conseguiré —sus palabras abrían una puerta que Ramiro, como buen hombre de negocios, supo detectar y no dudó en aprovecharla.
—¡Inténtalo! —exclamó en un susurro—. Si quieres que las aguas entre nosotros vuelvan a su cauce, lo harás… Si no, prepárate para entrar en guerra.
Clara sintió que el temblor de la barbilla se le extendía por las manos y el resto del cuerpo.
—¿Vuelves a amenazarme con denunciar a Carlos?
—¿Qué…? —Ramiro se sorprendió—. No, joder, ese tema ya se solucionó. No hubo desfalco, fue solo un error informático. Pensé que lo sabías…
—Primera noticia… —replicó Clara—. Entonces, ¿a qué te refieres con «entrar en guerra»?
Ramiro la miró serio.
—Tengo muchas más armas que las que puedes contar. Puedo hundirte tan dentro de la tierra que no podrás volver a respirar en tu puta vida.
La sensación de pánico que recorrió la espalda de Clara la obligó a sentarse. Se había levantado unos segundos antes, pero si seguía de pie podría caer al suelo por la flacidez que sintió en las piernas.
—¿Has olvidado mi relación con Andrés? —intentó jugar el farol de la última vez que discutieron.
Ramiro rió con ironía.
—Olvidas cariño que conozco a tu primo desde hace mucho más tiempo que tú —se regodeó—. Hablé con él y me comentó que solo se la has chupado alguna vez, pero que no estáis juntos. «¡Qué más quisiera esa zorrita!», fueron sus palabras exactas.
Clara sintió que el estómago se le estrujaba. Con aquello no había contado al entrar en el despacho del subdirector. Era la última puñalada. Salió de allí con la mirada gacha, había jugado con un grande y había perdido.
El resto del lunes Clara se lo pasó rumiando. El recuerdo de las palabras de Ramiro la alteraban de tal manera que, cuando su novio le pidió sexo, ella se desnudó y se abrió de piernas, y solo le hizo caso cuando se corrió dentro de ella sin preguntarle si lo deseaba.
Aun así, apenas lo amonestó, cosa que extrañó a Carlos, y siguió con sus reflexiones mucho tiempo después de que él se quedara dormido con un roncar suave.
*
El martes por la mañana, Clara no rehuyó a Rafa. Muy al contrario, al llegar a la oficina le retó con la mirada y él no tardó ni un minuto en entrar por la puerta de su despacho mientras ella se quitaba la chaqueta.
El joven entró como un ciclón y se fue hacia su jefa y amiga sin mediar saludo alguno.
—¿Se puede saber qué es lo que pasó el sábado con Ramiro…? Porque…
—Eh, un momento… —le cortó Clara sin contemplaciones, aún de pie y apunto de colgar la chaqueta en una percha—. Para empezar, ese tonito me lo vas bajando… Y, para seguir, aquí quien hace las preguntas soy yo…
Si a Rafa le hubiera caído un rayo encima no se habría sentido tan abrasado como con las palabras cortantes de Clara que no se esperaba.
—¿Cómo…?
—Pues eso, Rafa —le respondió sentándose en su sillón tras el escritorio—. Que yo sepa no eres tan niño como para no saber distinguir entre la vida personal y los asuntos de trabajo. Así que, recuérdalo, entre estas paredes guárdame el respeto que me debes.
A Rafa se le había secado la boca. Apenas podría dar una respuesta a tan duras palabras. Ni siquiera Ramiro, con ser un hijo de su madre, le había dedicado tantas frases ofensivas de una sola vez.
—Entonces… —se forzó a decir titubeante—. Lo de la otra noche… entre nosotros… ¿no significó nada para ti?
A Clara se le vinieron encima las imágenes de la madrugada del sábado al domingo en su casa y la tierra se abrió bajo sus pies. Se echó las manos a la cara, se inclinó hacia atrás en su sillón y soltó un hipido.
—Ay, Rafa, por dios… Es que tú también me vas a martirizar…
Rafa vio derrumbarse a su jefa y dio un salto para ir a consolarla.
—Eh… ¡quieto ahí! —se repuso a tiempo Clara y le señaló con un dedo—. Ni te me acerques…
Y luego aclaró:
—Fuera de aquí podemos follar o lo que sea… pero aquí dentro no quiero que nos vean juntos… ¿te enteras? Que hay por ahí muchos caimanes a la espera de darme un bocado con sus habladurías…
—Claro, jefa… —respondió Rafa, sumiso.
Clara guardó un silencio que aprovechó para tomar el oxígeno que le faltaba antes de proseguir.
—Para empezar, quiero que hablemos sobre…
—Sola una cosa… —la interrumpió él—. ¿Lo que oí el sábado en el baño con Ramiro es cierto? ¿Aceptaste dejarte follar por dinero?
Clara se olvidó de su discurso y le entró al trapo al becario.
—¡No me jodas que también me estuviste espiando dentro del baño…!
—Sí, lo siento, de verdad… —le confirmó medroso—. ¡Pero lo hice para protegerte! Yo había oído que Ramiro te iba a tender una trampa y…
—Espera, espera… —le cortó Clara—. No me estoy enterando de nada. Cálmate y cuéntame todo desde el principio.
Y Rafa le detalló la historia de la traición de Ramiro empezando desde la conversación sorprendida por teléfono al subdirector.
Clara resoplaba alucinada con el relato del chico. De vez en cuando se echaba las manos a la cabeza demostrando sorpresa o indignación. Cuando terminó tenía la mandíbula descolgada y aún le duraría varios minutos más.
—Jo-der…
Ambos cayeron en un silencio tenso. Rafa fue quien lo rompió.
—¿Y qué pasa con Paula?
—A Paula déjala fuera de esto… —replicó Clara sin fuerzas.
—No puedo dejarla fuera… porque ya está metida. Si lo que escuché es cierto, está tan implicada como tú misma.
El silencio de Clara fue una afirmación a todas luces y Rafa se mordió el labio.
Se disponía Clara a confesarse con el chico, cuando Paula entró en el despacho y cerró la puerta tras ella.
—Así que aquí estáis… y de secretitos… vaya, vaya… —les dijo—. Así me podía pasar la mañana buscándoos, mamoncetes...
Pero al ver las caras de funeral de sus amigos, se quedó parada.
—Si estorbo me voy… —murmuró y apuntó hacia la puerta del despacho.
—No, espera… —replicó Clara—. Vamos a adelantar la hora del café y nos vamos por ahí fuera. Tenemos que hablar muy en serio.
*
Una vez sus comandas estuvieron sobre la mesa, Clara tomó la palabra. En un par de minutos le puso a Paula al corriente de la sucia trampa de Ramiro durante la boda y la forma en que Rafa la había rescatado.
Sin embargo, a la segunda parte del relato le costaba más entrar.
—El problema de todo esto… —prosiguió con un carraspeo—, sin ser un problemón de los gordos, eso sí…
La voz se le estranguló.
—Habla, Clara, por dios… —la instigó su amiga con medio donut en la boca—. Que me tienes en ascuas… ¿Hay más problemas además del cabrón de Ramiro?
Clara comenzó la frase:
—Pues sí, hay más… Resulta que Rafa se enteró por boca del cerdo de Ramiro que tú y yo… quiero decir… que somos…
Pero Paula la terminó por ella:
—¿Que somos putas…? —soltó sin cortarse ni un pelo.
Rafa se atragantó y a punto estuvo de morir ahogado. Clara quería estrangular a su amiga, y ésta se excusó.
—Joder, Clara, que solo está Rafa delante, que no creo que pase nada porque él se entere. Además, ya te aseguro que no se lo dice a nadie, porque si lo hace ya no volvemos a follar con él… y él se lo pierde…
La cara de Rafa competía en color rojo con el semáforo que se divisaba tras el ventanal del bar. Durante los siguientes minutos ninguno dijo nada. Por fin, de nuevo Rafa fue el primero en hablar.
—¿Me lo vais a contar o no?
—Ni de coña… —amenazó Clara a Paula levantando un dedo…
Pero Paula no se arredró y le hizo un resumen a Rafa de la situación.
—Así que ahora cada una lleva un sector… —concluía su relato—. Ella se dedica a atender a los clientes de la empresa y yo a los de fuera.
—¿Y lo dices así, tan natural? —preguntó Rafa sin poder creer que no le estuvieran vacilando.
Clara no sabía dónde meterse. Pero Paula seguía sin cortarse.
—¿Y cómo quieres que te lo diga?
—Pues no sé… con un mínimo de vergüenza, o lo que sea…
—De vergüenza nada —le replicó—. Además, que sepas que putas, lo que se dice putas, tampoco somos… En realidad somos escorts. Y a veces vamos con caballeros que solo necesitan compañía… sin follar ni nada.
Aquella definición la había aprendido de Clara que, a su vez, la había tomado prestada de Judit. Y como excusa no sonaba mal. Pero más allá de eso no valía mucho porque hasta el momento todos los «caballeros» que las pretendían, las querían para follar, mamar o ambas cosas.
Rafa echaba ojeadas a Clara de vez en cuando. Ésta simulaba sorber su café y se escondía tras la taza. Con la mirada, el becario le decía a su jefa que esta conversación no podía quedarse ahí. Que ella y él tendrían que retomarla sin estar Paula presente. Pero Clara se hacía la despistada y miraba hacia la calle mientras masticaba su tostada con mantequilla y mermelada.
*
Cuando la conversación decayó, Clara se decidió a entrar en el asunto del que tenía previsto hablar con Rafa en primer lugar aquella mañana.
—A ver… —comenzó—. Tenemos que hablar sobre otro tema.
—¿Más líos? —bromeó Rafa pero con la cara muy seria.
—Sí, más líos —le miró con malas pulgas su jefa—. Pero esta vez tienen que ver contigo.
—¿Conmigo? Pues tú dirás…
Clara tomó aire y empezó por la conversación mantenida con el subdirector el día anterior.
—Ayer hablé con Ramiro. Estaba profundamente cabreado. Sobre todo contigo.
Rafa se apuntó a sí mismo.
—Sí, contigo, cabeza de chorlito —le clavó la mirada—. Que sepas que la trampa que me preparó en la boda la organizó en venganza por el video que le grabaste con Luna.
—¿Y por qué sabe Ramiro que existe ese video? —intervino Paula, inocente.
Rafa bajó la mirada. Para sostener los rayos que le lanzaba su jefa con los ojos había que ser muy fuerte. Y él ya vio por donde le llegaban las bofetadas antes de que empezaran a sobrevolarle.
—Sabe que existe el video… —se interrumpió un segundo para tomar fuerzas— porque este energúmeno se lo mostró.
—¿Qué…? —Paula abrió desmesuradamente los ojos.
—Pues eso. Que este mentecato se lo mostró para amenazarle con publicarlo a los cuatro vientos.
—Pero, Rafa, ¿por qué hiciste eso…?
Rafa volvió a tragar saliva. Sabía que, aunque se defendiera, estaba condenado de antemano.
—Lo hice porque me despidió…
—¿Cómo…? —dijo Clara sorprendida.
—Sí, eso… me despidió… —repitió Rafa—. ¿Te lo ha dicho también como todo lo demás o se lo ha callado el muy…?
Ninguna de las dos replicó.
—Me dijo que me fuera a Recursos Humanos y que me darían el finiquito. Al principio me acojoné, pero luego no pude soportarlo y le enseñé el vídeo y se lo envié por correo. Yo imaginaba que se habría acojonado y que pararía con sus jugadas sucias.
Clara se preparó para darle la siguiente noticia. Sabía que no iba a agradarle.
—Pues vas a tener que borrarlo…
—¿¡Qué…!? —esta vez Paula y Rafa saltaron al unísono.
—Lo que has oído… tienes que borrarlo… —insistió—. Ramiro nos ha propuesto hacer las paces, empezando por eliminar el video como prueba de buena voluntad.
—¿Estás loca…? —se quejó Paula—. No te das cuenta de que es lo único que tenemos para defendernos de él. Si lo eliminamos estaremos a su merced. Hará con nosotros lo que quiera.
—No, no lo hará —replicó Clara, segura—. Él sabe que aún puedo usar a Andrés…
Les estaba mintiendo descaradamente, pero necesitaba que confiaran en algo. Si no, las cosas solo irían a peor.
—¿El presidente de la empresa? —se extrañó Rafa.
—Sí… el mismo —repuso su jefa—. Creo que sabes que es primo de Carlos, mi prometido.
—Sí, lo sé, ¿y…?
—Pues le he amenazado con hablar con él para que tome las medidas que crea oportunas.
—¿Y supones que Andrés te hará caso? —preguntó Paula, escéptica.
—No lo creo, lo sé —afirmó rotunda—. Aunque tenga que tirármelo dos veces por semana, vaya si me ayudará.
Los tres colegas se miraron asustados.
Antes de dejar el bar, Clara le lanzó un mensaje a Rafa:
—Si se te ocurre irte de la lengua y comentar nuestro… secreto, te juro por lo más sagrado que te cortaré los huevos con unas tenazas. ¿Lo pillas?
Rafa tragó saliva.
—Tranquila, Clara… lo he pillado… —respondió él.
*
Aquella misma tarde, Clara se pasó con Rafa por el despacho de Ramiro. Le pasaron el móvil del becario y el mismo subdirector borró el video de la memoria del teléfono y vació la papelera de reciclaje. No obstante, Ramiro no estaba todavía conforme.
—¿Dónde lo tienes en la nube?
—Está en Google drive. Hay una app con la que puedes entrar.
Ramiro siguió sus instrucciones y en pocos segundos el video era historia.
Clara y el joven salieron del despacho y se perdieron por la planta, cada uno a sus quehaceres. Las expresiones de los dos amigos eran de profundo pesar.
Antes de dirigirse a su despacho, Clara le hizo una caricia en la mejilla y le sonrió levemente.
Continuará...
Este relato será publicado completamente en todorelatos.com, a razón de 1 o 2 capítulos por semana. También podréis leerlo de un tirón en Amazon los que queráis (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
...
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