Historia de una mujer fácil - Completa (29)
La pastilla rosa cambia todo. En el taxi, el calor la invade y la lucidez se desvanece. Al llegar a casa, la droga se intensifica y Clara se entrega a un deseo descontrolado con su compañero de trabajo, Rafa, mientras su prometido duerme al lado.
CLARA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS
Ya en el taxi, cada uno de los amigos tomaron posición en extremos opuestos del asiento trasero. Rafa miraba hacia la calle a través de la ventanilla, observando pasar las luces de la madrugada barcelonesa.
Clara miraba al frente y los ojos se le cerraban de cuando en cuando. De pronto, una sensación de calor comenzó a invadirla. El calor había surgido en sus pies, pero ya le había llegado al vientre, creando una fuerte tensión en su entrepierna. Cuando la calidez le llegó los pechos, sintió un deseo involuntario de acariciárselos.
En pocos instantes sentía una necesidad imperiosa de tocarse por todo el cuerpo, quien le pedía darse auto placer o conseguirlo de donde fuera. Muy sonrojada, y con la poca lucidez que le quedaba, giró la vista hacia Rafa y comprobó que no la miraba. Y, justo antes de perder la lucidez, recordó la pastilla rosa que había tomado sin agua y que parecía empezar a adueñarse de ella en ese momento.
Cerró los ojos y respiró profundo. Cuando los abrió, el mundo había cambiado. El aire denso del interior del taxi parecía flotar a su alrededor. Más que respirarlo, deseaba tocarlo y beberlo a tragos. Incluso masticarlo.
Los colores tampoco eran los mismos. Mates unos segundos antes, ahora eran brillantes y cálidos. Parpadeó y recibió un aroma que la subyugó. El taxista, en el asiento delante de ella, era un hombre de color. Clara no se había dado cuenta de ello hasta ahora, pero en ese momento el olor a sudor de aquel hombre empezó a trastornar sus sentidos.
Se lamentó porque existiera una mampara de seguridad entre el taxista y el asiento de atrás. De no haberla habido, seguramente se habría acercado a él y habría respirado su aroma. Le habría acariciado la cabeza rapada con las manos y le habría mordisqueado el cuello para saborearlo.
El hombre, un tipo grandullón entre los cuarenta y los cincuenta, detectó por el retrovisor que algo pasaba en aquella mujer, tan dormida unos instantes antes, y ahora tan despierta y mirándole fijamente. Le guiñó un ojo por el espejo y le dedicó una sonrisa. Ella vio la señal, pero mantuvo su expresión concentrada.
Y su concentración se había dirigido a la entrepierna del buen hombre. Imaginó una verga descomunal, digna de un varón de su raza. Deseó acariciársela, desde la base de los huevos hasta la punta del glande. Y deseó besarla, olerla. Se daba cuenta que nunca había olido una polla de color. Y se imaginó que olería a orines negros, sabría a sudor negro y esparciría semen negro. Por todos los diablos, ¡como deseaba comerse aquella polla negra!
Y entonces la imaginó entrando en su boca. Con toda seguridad no le cabría entera. No obstante, ella haría esfuerzos para que tocara sus amígdalas. Quería sentir el glande de aquella gran polla rompiéndole las cuerdas vocales, primero, y ahogándola al final cuando escupiera su lefa negra y espesa. Odió la maldita mampara de seguridad.
Con las bragas empapadas, miró de soslayo a su acompañante y enseguida recayó en que Rafa, aunque blanco, era un hombre. Y que entre las piernas tenía una polla larga y dura. Aunque su polla no era negra, era la única que tenía a mano, y eso la envalentonó.
Se acercó a él y le puso una mano en el muslo. Antes de que el becario girara la cabeza, Clara ya le lamía el cuello con una lascivia que al chico le asustó.
—Clara, ¿qué haces?
Pero Clara no le respondió. La mano del muslo subió a su entrepierna y la apretó con fiereza. Estaba dura y Clara se sintió feliz, porque entre los vapores que nublaban su mente imaginaba que esa erección del chico la había provocado ella. Y que le pertenecía.
Rafa protestó porque le hacía daño, pero ella no se apartaba. Muy al contrario, le tomó una mano y se la llevó a las tetas. Y con un lengüetazo en sus labios le invitaba a amasarlas.
Rafa la miró a los ojos y observó que en ellos ya no había color. Sus bonitos iris se habían convertido en una mancha negra; las pupilas se habían dilatado hasta el extremo de tragárselos por entero.
—Clara, por dios, ¿qué te han hecho? —dijo en susurros intentando que el taxista no le oyera—. ¿Te han drogado?
La joven no reaccionó, simplemente se tiró de la larga falda hacia arriba y liberó una pierna para pasársela por encima de las suyas. La mano que le apretaba la entrepierna cada vez lo hacía con más fuerza. Con la lengua le lamía la boca, la nariz, los carrillos, los ojos. Parecía una fiera enloquecida a la búsqueda del placer.
Rafa intentó apartarla de su lado y la empujó con suavidad. El problema que encontró es que no podía agarrarla de ningún sitio que no fuera de las tetas.
—Ay, bruto… —se quejó ella—. No me aprietes tanto, cabroncete, que me haces daño. Hazlo suave, necesito que las mimes, ¿lo harás? —y seguía restregándose contra él y lamiéndole la boca.
El taxista no paraba de mirar por el espejo retrovisor. Los ojos se le habían cubierto con una película de lascivia. No era la primera vez que veía una escena como aquella en su taxi, pero siempre le alegraba observar una más. Y no pudiendo resistirse, se metió en ella.
—Pero joven, ¿cómo rechaza usted a la señorita? —le dijo a Rafa sin volver la cabeza,
Su acento era caribeño y Rafa se molestó porque metiera baza donde nadie le llamaba.
—¿Le importaría conducir y callar, buen hombre? —le espetó con malas pulgas. Y siguió con sus intentos de defenderse contra la fogosidad de su jefa y amiga.
Clara volvió a fijar la atención en el negro y entonces su furor uterino se multiplicó. Se lanzó hacia la mampara de seguridad y se pegó a ella como intentando tocar al hombre a su través.
—Ven, negrazo…
Rafa le puso la mano en la boca. Sabía que no era ella quien actuaba así, sino la droga que Ramiro la hubiera dado. Clara se defendía para liberarse de su tenaza.
—Ven, negrazo… —repitió.
El joven volvió a bufar y ya no soltó la boca de Clara en el resto del trayecto, quien aún pataleaba por liberarse.
Tras un largo forcejeo, la joven pareció adormilarse y se quedó relajada y abrazada a él. Cinco minutos más tarde llegaron a la calle de Clara y abandonaron el taxi. Rafa le pagó con tarjeta y no le dio propina.
El negrazo aún tuvo tiempo de levantarle un dedo por la ventanilla antes de que se lo tragara la noche.
*
Se habían quedado de pie en la acera, junto al portal de la casa del prometido de Clara. Ésta se había apoyado en él, la cara en su hombro, y le había enlazado con ambas manos por detrás de la espalda. Ronroneaba como un gatito.
Rafa le habló al oído.
—¿Qué te ha dado ese hijo de puta…?
Clara había recobrado parte de su lucidez y entendió la pregunta.
—Lo siento, Rafa, soy una perra…
—No digas eso…
—Sí… —replicó—. Y peor que eso. Soy una drogadicta.
—¿Qué quieres decir?
—Ramiro no me ha dado nada… —dijo y le explicó de donde había sacado las pastillas de colores, aunque sin entrar en detalles escabrosos.
Clara lloraba bajito. Rafa maldijo para sí y luego se quedó a la espera de que su jefa se calmara. Al cabo, elevó la cabeza y le miró a los ojos.
—¿Te importa acompañarme arriba? No sé si podré yo sola.
Los iris de la joven habían retomado su color. Las pupilas se habían contraído y Rafa se sintió feliz.
—Claro, jefa… digo, Clara…
Tras pasar al recibidor del gran apartamento, Clara se descalzó de sus taconazos y retomó su altura normal. Rafa la sujetaba para que no cayera y la sintió más cercana. Ahora estaba a su altura normal, como el la conocía. Cuando se ponía los tacones crecía diez centímetros y entonces le daba miedo mirarla de frente. Tenía que reconocer que cuando su jefa estaba a su altura, le imponía infinitamente más.
Mantenía a Clara enlazada por los brazos cuando, sin esperarlo, ésta le empujó contra una de las paredes del hall. Antes de darse cuenta, la joven le estaba besando los labios con suavidad, recorriéndoselos con la lengua.
Aceptó el beso y lo devolvió con los ojos cerrados. Pero al abrirlos recibió un nuevo impacto. Las pupilas de Clara se habían vuelto a dilatar y el beso se hizo más crudo y húmedo, casi obsceno.
Antes de poder reaccionar, su jefa le mordía los labios y el cuello. Y le chuperreteaba toda la cara como unos momentos antes en el taxi. Jadeaba como una fiera en celo mientras le atacaba sin piedad.
—Joder, Clara, por dios… —le dijo asustado—. Vuelve en ti, por favor… Tienes que volver a ser tú…
Pero Clara no atendía a razones. Le sobaba por entero mientras le besaba y mordía por toda la cara. Su mano izquierda se había apoderado de nuevo de su entrepierna y la estrujaba con desesperación.
—Eres mío, eres mío… —repetía con los ojos vacíos.
Sin fuerza de voluntad para defenderse, Rafa le agarró por ambas nalgas y le devolvió el besuqueo por todo el cuerpo.
—Aplástame las tetas… —le pidió ella con lascivia, y él las agarró y las amasó como se amasa el pan. Tan fuerte que Clara rugió de dolor.
Una pierna de la joven se había enroscado en su cadera para acercarse más a Rafa y sus entrepiernas intercambiaban calor y humedad a través de la ropa. Los dos amigos jadeaban como locomotoras de vapor.
Tras unos segundos de magreo mutuo, Clara tiró de él por un brazo y lo llevó al salón, lo lanzó sobre el sofá donde habían follado en presencia de Paula y después saltó sobre él.
*
En una fracción de segundo, Clara le había desabrochado el pantalón y, tirando de él, se lo había sacado por los pies, arrojándolo al azar sobre el suelo. Al pantalón le siguieron los bóxer. En ese momento, Rafa se encontraba a merced de su jefa y desnudo de medio cuerpo para abajo.
Clara llevaba buen rato deseando tocar un falo y en su delirio reconocía que el de Rafa era un buen ejemplar. Lo tomó del tronco con una mano y con la otra le presionó los huevos.
—Augggg —se quejó el becario—. Para, Clara, para…
Pero Clara no atendía a razones, tan solo le habló para reconvenirle.
—No me llames Clara, llámame jefa… que eso me pone mucho…
Y la joven no soportó más el deseo. Se echó hacia adelante y se llevó la polla de Rafa a la boca.
Lo primero que notó fue el olor de aquella verga dura y firme. A diferencia de la de Ramón o la de Ramiro, la polla de Rafa olía a orines jóvenes y a semen fresco. En su alucinación, comparó la diferencia con la de la leche embotellada y la recién ordeñada. La segunda era la que correspondía a la verga de Rafa. Aquella polla sabía a gloria, haciéndola salivar sin remedio.
La lamió con ansia, partiendo de los huevos y llegando hasta la punta del glande, donde jugueteó con la lengua antes de succionarlo.
—Ufffff… —soltó Rafa arqueando el cuello hacia adelante—. Por dios, Clara, no tienes por qué hacer esto…
—Te he dicho que me llames «jefa»… —insistió la joven.
—Vale, Clara… jefa… ¿pero por qué no te calmas? Tomamos unas copas y charlamos y…
—Sssshh —replicó ella.
Y tras buen rato deseando sentir una polla entrando en su boca, su deseo se cumplió.
Lo primero que sintió fue la suavidad del glande escurriéndose por su paladar. La lengua por debajo servía como guía para que el pedazo de carne dura se le escurriera hacia adentro, al tiempo que lo empujaba hacia arriba.
A continuación lo saboreó como se saborea el buen vino. Lo succionó hasta que las gotas de preseminal la hicieron salivar de nuevo y, tras paladearlo, lo tragó como una delicatesen.
El recorrido de la verga de Rafa continuó por toda su boca. Primero las encías, luego ambos carrillos, después la campanilla. Clara succionaba y aprisionaba la carne para sentir su latido. Y los latidos de las venas de Rafa iban a mucha velocidad y parecían resonar en su cabeza.
Cuando la verga llegó a su garganta, notó como sus orificios respiratorios se taponaban. La dejó allí un instante y luego la liberó. Palpó con una mano y notó que no le había entrado toda ella y repitió la operación. Lo hizo una segunda y una tercera vez. Al final, pudo tocar el vello de los huevos con la lengua y se sintió satisfecha.
Pero su juego no había terminado. Quería sentirse asfixiada de veras y a la cuarta entrada la dejó dentro gozando de la falta de aire. Contó los segundos, diez, veinte, treinta. Su cara se había amoratado y Rafa tuvo que tirarla del pelo para que la sacara del fondo. Clara hubiera muerto feliz con aquel monstruo de carne en su interior.
—Pero, Clara, ¿qué coño haces…?
—Sssshh —repitió ella.
Lamió todas las babas que la operación le había generado y se dedicó a ejecutar una felación normal. Rafa le agarraba del pelo, pero no para guiar su mamada, sino para intentar que la abandonara. Por fin, se decidió a gritarle:
—¡Para, para…! —dijo angustiado—. Estoy a punto de correrme…
Clara levantó la vista y le espetó con dulzura:
—Pues córrete, chaval. Estoy deseando comerme tu leche… Seguro que sabe deliciosa.
Rafa sabía que de nuevo era el éxtasis el que hablaba por sus labios y por eso la perdonaba las barbaridades que decía. Sus ojos aún se hallaban oscuros, tenía que refrenarla hasta que el efecto de la droga se le pasara.
—No, Clara… jefa… —se negó y buscó una disculpa—. No quiero correrme así, lo siento… Es que… el traje lo he alquilado y puede pringarse… ya sabes… Me pueden clavar un suplemento.
Clara, con una sonrisa lobuna, abandonó la mamada y entonces cambió de estrategia.
*
Primero se fue hacia él. Le quitó la chaqueta y el chaleco de pingüino y, tras arrojarlo sobre una silla, lo empujó de nuevo hacia atrás. Después echó las manos a su espalda y bajó la cremallera del precioso vestido de dama de honor. Una vez liberados de su sujeción, los tirantes del vestido cayeron hacia los laterales, dejando franco el camino para que el sujetador fuera extraído sin apenas dificultad.
Los pechos de su jefa aparecieron ante Rafa en todo su esplendor. Aún no se los había visto, recordó. A pesar de haberla follado en aquel mismo sofá, lo había hecho con la parte superior de su cuerpo cubierta y era por eso que los miraba alucinado, sobre todo a los erectos pezones que apuntaban orgullosos hacia el frente, tersos y a la búsqueda de una boca.
Clara gateó hacia él y se los plantó en la cara.
—Chúpalos, cielo —dijo con el deseo pintado en sus dilatadas pupilas.
Y el becario los lamió y succionó durante incontables instantes. Clara gemía y suspiraba, antes de decidirse a atacar por la parte inferior.
Se incorporó y se sentó sobre el sofá. Soltó una nueva cremallera y luego con dificultad tiró del vestido hacia abajo hasta que se desprendió de él. Rafa recordó cuando su amiga le había dicho a Ramiro que no le apetecía «quitarse el vestido porque le había costado un triunfo meterse en su interior». Ahora entendía a qué se refería.
Lentamente, ante la atenta mirada del becario, la joven se desprendió de un femenino fajín que acentuaba sus formas de mujer, los pantis y, finalmente las bragas. No había dicho una sola palabra mientras lo hacía y, sin tampoco decir nada, se subió al sillón y gateó sobre él hasta que sus sexos estuvieron enfrentados.
De nuevo le ofreció las tetas y, mientras el chaval las lamía con pasión, Clara comenzó a rozarse la entrepierna con la verga que volvía a erigirse tras el descanso.
Por la parte superior, los amantes se comían la boca o se lamían los pezones con furor. Por la parte de abajo, Rafa notaba la suavidad y la humedad de la hendidura de su jefa, por donde manaba una sustancia fluida y espesa que olía a hembra en celo.
Cuando Clara se cansó de jugar, bajó una de sus manos y se apropió de la polla del chico. Luego, la apuntó entre sus labios y se la enterró en su interior con un gesto de placer que la hizo poner los ojos en blanco.
—Ooohh… mmm… —suspiró encantada.
Luego, empezó a moverse rítmicamente.
—Dame un azote…
Rafa se mosqueó, pero no replicó. Simplemente cumplió la orden de su jefa. El sonido retumbó en el silencio de la casa.
—Más fuerte… —le indicó.
Y Rafa volvió a sacudir un azote que Clara sintió como una punzada, pero que la excitó aún más.
*
Andaban perdidos en su faena cuando sonaron ruidos metálicos en la puerta de la calle. Clara detuvo su movimiento.
—Sssshh —le dijo poniéndole un dedo en los labios—. Tiene que ser Carlos. Estaba bastante borracho, seguro que se va a dormir directamente.
Las luces del salón estaban apagadas, solo la claridad de la calle iluminaba la estancia. Y Carlos, borracho como una cuba, no notó su presencia. Con pasos beodos desapareció por el pasillo.
Clara le siguió totalmente desnuda y volvió al minuto.
—Ha caído sobre la cama como muerto. No hay problemas.
Rafa observó que las pupilas de su jefa ya eran normales. Era momento de huir, y así se lo dijo.
—Me voy, Clara… —susurró.
Ella puso expresión de sorpresa.
—¿Cómo que te vas?
—¿Es que aún no te das cuenta de que esto es una locura?
—Una locura es que te vayas dejándome a medias. Necesito correrme o me va a dar algo… y ya estaba a punto. Venga, vamos a terminar y luego te vas.
Tiró de él y se tumbó en el sofá boca arriba. Luego se lo puso encima y le cogió la verga para introducirla en su vagina.
—Así… ooohh —suspiró al sentirla entrar—. Me gusta estar debajo cuando voy a correrme, ¿te importa?
—No, claro… —respondió él.
—Pues venga, muévete despacio y yo te voy guiando…
El chico la acariciaba mientras la follaba. La piel de sus tetas, la de sus piernas, la de su torso, la de su vientre… Toda su piel, en suma, era la más suave del mundo. En aquella piel no existían las arrugas, los lunares o cualquier otro tipo de impureza. Era una piel de seda creada a su medida, solo para ella. La piel de una diosa.
Tras unos segundos de morrearla inmóvil, Rafa volvió a embestirla suave y ella le iba dando órdenes:
—Así… genial… Ufffff…. Muy bien…. Más fuerte… no, no tan fuerte… suave… más adentro… ahora… sí… cómeme la boca…. Asihmmmm… chúpame los pezones… uauuu… genial… muévete en redondo… sácala del todo y vuelve a meterla entera… así… vuelve a hacerlo…. Hummmm… ¡Folla… folla… joder… folla…!
—¿Qué te pasa…? —se asustó él.
—Joder, Rafa, ¿Tú que te crees que me pasa…? ¡Que me estoy corriendo, joder…! Hostia… coño… ohhh… mmm…. ahhh… ohhh….
El orgasmo había empezado a anunciarse a Clara unos segundos antes. Nació en un punto indeterminado de su vientre y luego se agarró a su sexo y a sus pechos. Cuando por fin estalló, Clara vio la imagen de un hongo atómico reventar en sus entrañas.
Más lúcida como estaba ahora, aunque no del todo, comprendió que la droga había multiplicado por diez, por cien, por mil su capacidad sensorial. Y el orgasmo que la estaba matando era un auténtico cataclismo, en lugar de un vulgar clímax.
Perdió el control de su cuerpo, primero. El cuello se le arqueaba hacia adelante o hacia atrás sin que ella lo moviera. La espalda otro tanto, al tiempo que las piernas se le abrían y cerraban apretando los muslos contra las caderas del chico.
Perdió la voluntad, después. La sala le daba vueltas, sentía su cuerpo volar, quería que aquello no terminase nunca. Y era cierto que no acababa, porque algo en su sangre hacía que cuando un orgasmo terminaba, otro diera comienzo hasta llegar al cuarto en el plazo de cinco minutos.
El control de su vagina lo había perdido desde el mismo momento en que había sentido el miembro de Rafa traspasarla. Pero la locura se desató cuando el chico comenzó a correrse dentro de ella como un rio.
Imaginaba que era la droga la que ejercía aquel efecto, porque jamás lo había experimentado antes. Se trataba del calor del esperma que manaba de la polla de Rafa. Había recibido eyaculaciones en su vida y, que recordara, nunca las había sentido. Solo sabía que se hallaba repleta de semen porque el amante así se lo había comentado, pero no por sensación propia.
La lefa del becario, sin embargo, la quemaba como si de lava se tratara. Y, mientras hacía arder su útero, ella deseaba que siguiera manando por los siglos de los siglos. Que la reventara por dentro. Que engendrara vida. Que la matara de gusto como lo estaba haciendo. Porque quería morirse sintiendo aquel calor en sus entrañas.
Y, sin poder evitarlo, perdió el conocimiento.
*
No podía saber cuánto tiempo había estado inconsciente. Solo que alguien la golpeaba en la cara con la palma de una mano.
Lo primero que sintió al despertarse fue una gran vergüenza al encontrarse desnuda ante Rafa, quien ya se había colocado la ropa que ella le quitara. Aunque a decir verdad, desnuda del todo no se encontraba. Rafa se había preocupado de traerle un albornoz del baño y se lo había colocado por encima a modo de manta.
—Despierta, Clara…
La joven se incorporó hasta sentarse en el sillón. Se tapaba como podía con el albornoz, y Rafa la notó abochornada. Estaba claro que el efecto del éxtasis se le había pasado del todo.
—Me voy, no quiero molestarte más… —dijo y se puso en pie.
—Espera, Rafa… —le detuvo—. ¿Te importa llevarme a la habitación de invitados? Me siento un poco mareada.
—Por supuesto… —replicó—. Venga, dame la mano que te pongo en pie…
Clara tragó saliva y le pidió algo que le pilló por sorpresa.
—¿Te importa… darte la vuelta…?
Rafa a punto estuvo de reír. Acababa casi de violarlo y ahora se mostraba pudorosa. Pero era por la droga, claro, no se hacía ilusiones.
Esperó a que se colocara el albornoz y luego, atendiendo a su ruego, recogió toda la ropa de ella que se hallaba esparcida por el suelo y el sillón.
Cinco minutos más tarde la dejaba acostada en una cama de la habitación contigua a la de matrimonio. Desde el pasillo se escuchaban los ronquidos de su prometido.
Rafa se dirigía hacia la puerta, cuando ella volvió a retenerle.
—Rafa, oye… —le dijo y él se volvió—. De lo que ha ocurrido en esta casa… a Paula… ni una palabra… ¿vale?
El joven notó que lloraba bajito.
—Por supuesto… —repuso el chico—. Pero de lo que ha pasado hoy tenemos que hablar muy despacio.
Por el tono supo Clara que habría un antes y un después de aquella boda. No sabía cómo, pero estaba segura de que Rafa lo sabía todo sobre su secreto. No tenía claro, sin embargo, si sabría también que Paula estaba también embarrada hasta el cuello. Aunque imaginaba que sí.
—Claro, Rafa… —le dijo la joven con voz trémula—. Hablaremos de todo… Pero por dios no le digas nada a nadie…
Ahora ya no lloraba suave, sino que las lágrimas se le derramaban en cascada. Se sentó en la cama junto a ella y la veló hasta que se quedó dormida. Luego se levantó despacio, cerró la puerta de la habitación y abandonó el apartamento.
Continuará...
Este relato será publicado completamente en todorelatos.com, a razón de 1 o 2 capítulos por semana. También podréis leerlo de un tirón en Amazon los que queráis (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
...
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