Historia de una mujer fácil - Completa (28)
Rafa sabe que Ramiro ha preparado una trampa mortal para Clara en la habitación 420. Con solo una hora para actuar y sin pruebas concretas, debe decidir si arriesgar su carrera para salvarla o dejar que el plan se ejecute. El tiempo se agota y la puerta del ascensor se abre.
LA BODA DE ELENA
Mientras inspeccionaba su imagen en el espejo del armario, Rafa le daba vueltas a la conversación escuchada desde la puerta del despacho de Ramiro. Asustado, pero decidido, un día después se había puesto en acción.
El canalla había hecho mención a Clara y a una boda, así que lo primero que se le ocurrió fue averiguar si su amiga tenía previsto asistir a alguna ceremonia a corto plazo.
Indagó a través de Paula y no le costó sonsacarle lo que necesitaba saber. Paula era una buena chica, pero muy charlatana, y resultaba temerario contarle un secreto y esperar que lo guardara.
Al parecer, Clara tenía programada una boda en pocos días y actuaría como una de las damas de honor de la novia. Acto seguido, sonsacó a Paula la fecha de la celebración, la hora de la ceremonia, la iglesia donde se oficiaría y el hotel donde se llevaría a cabo la recepción de invitados para el banquete nupcial.
A pesar de que sonreía observando en el espejo su ridículo atuendo, Rafa seguía en shock. Al tiempo que daba la aprobación al disfraz que se había preparado —chaqué, gafas de culo de vaso y gomina en el pelo—, le rondaban sin descanso las palabras de Ramiro al teléfono mientras él vigilaba para rescatar su móvil:
—Sí… —decía Ramiro a su interlocutor—. Lo que dices tiene sentido. Voy a hacerlo durante la boda.
—… —oír el otro extremo de la línea era, obviamente imposible, tendría que intuir lo que se decían a través de las palabras del subdirector.
—Eso es… esa zorra me las va a pagar…
—…
—Tienes razón… no tiene que saberse que he sido yo el chivato. Usaré un SIM de prepago para enviar el mensaje.
—…
—Sí, ya lo hablaremos. Y tú fóllatela después si quieres, pero yo a Clara no la quiero ver nunca más ni en pintura —dijo y colgó.
Rafa se había quedado paralizado. La conversación que acababa de escuchar tenía que ver con su jefa. Aquel hijo de su madre la había mencionado expresamente. Y no solo mencionado: la había llamado «zorra», la había ofrecido a su interlocutor para que se la «follara», y parecía hablar de un plan de venganza.
El joven volvió a la realidad y pensó en el largo día que iba a pasar entre desconocidos, una vez más convertido en salvaguarda de su jefa y amiga.
Y rememoró el resto de detalles sobre la boda sonsacados a Paula. El hotel de la recepción era de los de muchas estrellas, así que se imaginó que la boda sería de postín.
Para no desentonar, alquiló un chaqué y rió frente al espejo al verse disfrazado de pingüino. Para completar su disfraz, se quitó las lentillas y se colocó sus viejas gafas de culo de vaso. Finalmente, se engominó la cabellera y se sintió más cercano a la jet set a la que pertenecían los novios y los más de trescientos invitados entre los que iba a entremezclarse.
Se sintió seguro cuando Paula le explicó que la boda no era de ningún compañero de la empresa, sino de parientes de la alta dirección, y que por tanto no asistirían caras conocidas. A excepción de Andrés —el gran jefe—, el canalla de Ramiro, el tontaina de Carlos y la propia Clara. Sumergirse entre tal número de desconocidos iba a resultarle la mar de sencillo.
Aunque lo que le ponía nervioso de veras, a punto de pánico, era no conocer con exactitud el plan de Ramiro para vengarse de su jefa. Lo único que podía hacer era pegarse al subdirector general durante todo el día y vigilar sus movimientos. Y, si tuviera que intervenir, no le quedaría otra que improvisar sobre la marcha.
Al menos, se decía, contaba con un as en la manga: Ramiro no sospecharía en su vida que un becario como él pudiera jugársela.
*
La ceremonia duró poco más de una hora. Rafa se había situado de pie tras la última fila de asientos de la iglesia, junto al personal de grabación y varios curiosos ajenos a la celebración.
Se veía a Clara realmente hermosa con su vestido de dama de honor. Se encontraba en el altar, junto a otras tres chicas vestidas de forma idéntica, y muy cerca de la novia.
Ramiro, por su parte, se había sentado junto a una mujer de su edad y con sobrepeso —supuso que su esposa— en un banco a mitad de camino entre el altar y la salida. Dos chavales parloteaban cerca del matrimonio y supuso que serían sus hijos.
Clara, mientras tanto, recorría la zona de bancos para descubrir caras conocidas. Y cuando observó a Ramiro saludar a su primo político Juan con un abrazo, el gesto se le torció. Le quedaba claro que ambos no solo se conocían, sino que parecían ser muy amigos.
El becario, quien seguía las miradas de su jefa segundo a segundo, comprendió que el desconocido que abrazaba al cerdo de Ramiro la había removido por dentro.
El momento de zozobra pasó en cuanto el sacerdote anunció el comienzo de la ceremonia. Clara se giró hacia los novios y no volvió a mirar a Ramiro.
La hora que duró la misa se le pasó volando a Rafa. Al finalizar, salió al exterior de la iglesia y esperó. Cuando vio que Ramiro desaparecía en un coche con chófer acompañado de su mujer y de los adolescentes, se decidió a buscar un taxi. Por el momento el tipejo no había dado impresión de tener en mente un maquiavélico plan.
Cuarenta minutos más tarde, los asistentes se hallaban situados en sus respectivas mesas y se comenzaba a servir el banquete. El becario vigilaba desde una esquina sin perder de vista a Ramiro ni un instante. Estuvo tentado de sentarse en una de las mesas del extremo más cercano a la salida. Estaba seguro de que nadie repararía en su presencia. Aun así, prefirió no correr el riesgo y quedarse con hambre mientras seguía con su labor de vigilancia.
Terminada la comida, comenzó el baile y la barra libre, y entre el tumulto se sintió transparente. Seguía con la mirada a Ramiro cada vez que se acercaba a Clara o cuando salía de la sala para ir a cualquier sitio.
En una de sus idas y venidas, Ramiro se acercó a Clara más de lo que lo había hecho hasta entonces. La joven sostenía una copa de champán y el subdirector le entregó algo en la mano libre. Le pareció que se trataba de un pequeño papel. Lo confirmó cuando su amiga se separó del grupo con el que charlaba y leyó lo que debía de ser una misiva.
Clara levantó la vista y miró hacia el hall. Ramiro la observaba y solo se movió cuando la vio dirigirse hacia él. La joven volvió la cabeza para observar a su novio. Éste se había acodado a la barra junto a otros hombres y bebía como un cosaco sin acordarse de ella.
Rafa corrió hacia el hall y observó el ascensor donde acababa de perderse Clara. Ramiro, sin embargo, se decidió a subir por las escaleras. Obviamente no quería que los descubrieran juntos.
Siguió al tipejo. Al llegar a la planta tres, éste embocó el pasillo de habitaciones y no se detuvo hasta entrar en el lavabo de señoras. Imaginó que Clara ya se encontraría en el interior.
Rafa comprendió que el plan que Ramiro tuviera en mente iba a desarrollarse en aquellos lavabos. O al menos comenzaría allí. Así que tenía que entrar dentro, esperar a ver lo que sucedía y actuar en consecuencia. Clara estaba en aquella situación por su culpa y tenía que defenderla como fuera.
Esperó unos segundos y luego empujó la puerta de los lavabos.
*
Instantes después, el becario había conseguido introducirse en uno de los cubículos sin hacer el menor ruido. Tuvo que ser muy cuidadoso porque el lugar se hallaba vacío y el mínimo chirriar de una puerta lo habría puesto en evidencia.
Seguía con expectación la charla que se producía a un par de cubículos de distancia del suyo.
—A ver, Ramiro… —le increpaba Clara—. Te dije que era la última vez que nos enrollábamos y tú estuviste de acuerdo. ¿A qué coño viene esto ahora?
El tono de Ramiro sonaba a corderito sumiso. Solo Rafa sabía que se trataba de un lobo disfrazado. Lo que no entendía era por qué Clara, una mujer más que inteligente y de la que se sentía orgulloso al tenerla como jefa, no se daba cuenta de que la estaban tendiendo una trampa. Siempre que aquello fuera la trampa y no una simple forma de ligar del muy canalla. Si así fuera, él iba a quedar en ridículo.
—Mira, nena…
Clara se cabreó con el apodo.
—Ni se te ocurra llamarme «nena», ¿entendido?
—Vale, lo siento… Clara… —se disculpó Ramiro—. Verás, te dije que era la última vez y no te mentía. Pero en medio de una boda, ya sabes lo que pasa… se desatan los sentidos y en fin, uno no es de piedra…
Clara calló un instante. Luego replicó.
—No me jodas, Ramiro… ¿En mitad de una celebración de casi cuatrocientas personas…? ¿Por qué no te buscas a otra? Seguro que consigues a alguna cría preciosa que te lo haga gratis.
—Gratis, tal vez… Pero mejor que tú, en la puñetera vida… —respondió el acosador.
¿Gratis? Rafa alucinó con esta palabra. ¿Qué querían decir con «hacérselo gratis»? ¿Es que ella lo hacía cobrando? Tuvo que retener las ganas de carraspear al notar un nudo en la garganta.
—Además —continuó Ramiro—. Hoy te juro que sí será la última vez. Y te pagaré el doble de lo que te pagué la anterior…
—Ramiro, yo…
—¡El triple!
A esas alturas Rafa ya no tenía ninguna duda: la estaba ofreciendo dinero por sexo. ¿Se había vuelto loco el cerdo de Ramiro? ¿O debía de decir se «habían», en plural? ¿Por qué Clara no le había mandado a la mierda al oír aquella sucia propuesta? No conseguía entenderlo y el estómago se le revolvía por momentos.
—Mira, Ramiro… Hoy no estoy para esto… Hasta estoy dispuesta a chupártela sin cobrarte un euro… Pero no me pidas que me desnude para que me folles. No tienes ni puta idea de lo que me ha costado meterme en este vestido…
La risita de Ramiro sonó socarrona. Rafa no podía verle la cara, pero se la imaginó con la baba colgándole de los labios.
—Incluso puedo llamar a Paula y que te lo haga ella —insistió Clara—. Yo cubro los gastos…
Los ojos de Rafa, que ya no podían estar más abiertos, amenazaron con salirse de sus cuencas. ¿Paula estaba metida en el asunto? ¿También cobraba por follar? Aquello sobrepasaba todas las líneas rojas, se sentía a punto del desmayo.
—No, querida, tienes que ser tú… me muero por follarte a lo bestia.
—Joder, Ramiro, ¡te he dicho que hoy no me desnudo! Y menos en este sitio de mierda.
A Ramiro le faltó tiempo para responder.
—¿Este sitio? —negó—. ¿Quién ha hablado de este sitio? Ni de coña, amorcito, tengo reservada una habitación en la cuarta. Y una botella de champán para dos. La 420. ¿La recordarás?
Clara no respondió.
—Cinco mil euros, Clara, cinco mil… Y te echo el polvo más rápido de mi vida sin pringarte la cara ni la ropa.
Clara empujó a Ramiro hacia la pared.
—¡Serás hijo de…! —dijo mosqueada—. Definitivamente te has vuelto loco. Por cinco mil euros puedes follarte a la mitad de las chicas de la boda. ¿De qué coño vas…?
—Clara, por dios, quince minutos… ni uno más…
Rafa no podía verlo, pero el canalla de Ramiro acababa de sacar un fajo de billetes y los había introducido en el bolso de la joven.
Lo que sí pudo oír fue el suspiro de su amiga. Aunque llevaba poco tiempo trabajando con ella, conocía bien sus gestos y expresiones. Sabía que estaba a punto de rendirse. Aunque solo fuera por quitarse a aquel obseso de encima. Había claudicado de igual manera cuando se dejó follar por él mismo para dejar de oír la tabarra de su amiga Paula.
—Serás cabrón… —dijo con voz débil—. Está bien, vale, pedazo de cerdo… Pero todavía no. Tenemos que esperar a que Carlos esté más bebido. Últimamente anda muy mosqueado y no me extrañaría que me siguiese y montara un follón de mil demonios.
—Vale, si no me dices nada, en una hora nos vemos en la 420.
Ramiro salió del lavabo de señoras y Clara se quedó a solas. Aunque no sabía que en realidad no se hallaba a solas. A escasos metros de ella Rafa le daba vueltas a lo que debería hacer.
Podía simplemente salir de su cubículo y tocar en la puerta de Clara. Le contaría lo que sabía acerca de la venganza de Ramiro contra ella por su culpa y su amiga quedaría libre.
Por otro lado, si hacía aquello sin mostrarle ninguna prueba, solo la conversación que había oído a Ramiro, Clara iba a montar en cólera. Mucho más al sentirse espiada por Rafa, ahora que había descubierto aquel terrible secreto que guardaba. Y no solo lo guardaba su jefa, Paula estaba tan implicada o más que ella.
No podía jugársela sin conocer todos los detalles del sucio plan del subdirector general. Tenía que mantenerse frío. Disponía de una hora para reunir pruebas. Después podría abordar a su jefa y contarle toda la verdad antes de que el plan se desencadenase.
Con esa idea en mente, aguardó a que Clara saliera del lavabo. Después esperó cinco minutos más y se escabulló a la búsqueda de Ramiro.
*
Unos minutos más tarde, la escena que se producía en el gran salón del hotel parecía sacada de una película de espías.
Ramiro se hallaba en un extremo de la barra y fingía beber una copa tras otra. Su esposa y sus hijos se habían despedido de él un poco antes y se habían marchado, no sin antes producirse una agria discusión entre el matrimonio.
Carlos, el novio de Clara, se encontraba charlando con otros tres hombres en el extremo de la barra opuesto al de Ramiro. En este caso, la ingesta de copa tras copa no era fingida. Hablaba sin parar y sin darse cuenta de que Ramiro no le quitaba ojo de encima.
Por su parte, Clara se había sentado con varias invitadas en una de las mesas del convite y charlaban apaciblemente mientras en la pista los más jóvenes bailaban y se divertían.
Por su parte, Rafa se había sentado en una silla cercana a la barra y oteaba la sala al completo esperando a que algo ocurriera. Se sentía confiado, sobre todo tras observar que Ramiro le había mirado un par de segundos sin reconocerle. El gran ego del jefazo le impedía ver más allá de sus narices. Tal vez habría pensado que conocía a alguien parecido al bobo de las gafas de culo de vaso. Pero jamás se hubiera reconocido que aquel «bobo» pudiera estar vigilando su conspiración.
No obstante, el temblor en las piernas de Rafa era más que evidente. Si las cosas se torcían, se iba a ver envuelto en un buen lío.
*
Cumplida la hora que se habían dado de plazo, Clara se separó de sus acompañantes con la excusa de ir al baño.
Justo en ese momento, Ramiro extrajo algo de su móvil e introdujo un pequeño chip en su interior. Rafa supo lo que era el chip al instante. Solo tuvo que relacionar la frase de Ramiro —«Usaré un SIM de prepago para enviar el mensaje.»— para entenderlo: se preparaba para enviar un SMS desde un número anónimo. Y entonces supo que era el momento de descubrir si su as en la manga realizaba su función.
Porque el ególatra de Ramiro no podía imaginar tampoco que un ser tan insignificante como el becario Rafa hubiera instalado en su móvil una pequeña app. Ésta estaba diseñada para interceptar el SMS que su móvil enviaría a un destinatario anónimo de momento. Para instalarla, se había colado en los programas de la empresa que gestionaban el software de los móviles.
Pero Rafa no podía esperar hasta que Ramiro enviara el mensaje. Tenía que adelantarse a los acontecimientos. Se levantó con disimulo y se lanzó en persecución de Clara, aunque controlando el paso para no correr entre los invitados.
El chico observó a su jefa perdiéndose en el ascensor mientras la app pirata le hacía llegar el mensaje de Ramiro. ¡Había funcionado! Lo leyó y un frío glacial congeló la sangre de sus venas. «Si quieres ver cómo me follo a tu querida novia, nos vemos en cinco minutos en la habitación 420», decía el SMS. No necesitó más datos para saber quién era el destinatario del soez mensaje.
De reojo miró hacia el rincón donde bebía el prometido de Clara y vio a éste leer en la pantalla de su teléfono con ojos de loco. Luego comenzó a andar a trompicones camino de los ascensores, aunque a duras penas se sostenía y tenía que detenerse a cada dos pasos que daba.
Y Rafa no esperó al siguiente ascensor. En su lugar, se lanzó a la carrera por las escaleras sin pensarlo ni un segundo.
*
Clara abrió su bolso mientras subía en el ascensor. Comprobó que llevaba todo lo que necesitaba: condones, toallitas húmedas, salva-slips para la humedad en las braguitas, y… ¿qué coño era aquella bolsita con pastillas rosas y azules?
Un fogonazo trajo a la memoria la noche en que había tenido que recoger los despojos de su novio tras la partida de póker. El filipino le había dicho que se trataba de pastillas de éxtasis y ella las había guardado para abroncar a Carlos, olvidándose después del asunto.
Las miró con curiosidad. Jamás había probado ningún tipo de droga. Sin embargo, en unos minutos iba a tener que abstraerse lo más posible para aguantar a Ramiro follándola como a una perra. «Un polvo salvaje» le había dicho él, y Clara no se hacía ilusiones: si había pagado cinco mil euros por el polvo, más que salvaje podía llegar a ser violento. Se dijo que por qué no, y se metió una de las pastillas en la boca. Tal vez la ayudara a sentirse muy lejos de allí bajo el peso del asqueroso tipejo.
Sabía por las películas que el éxtasis había que tomarlo con abundante agua, pero ya la bebería cuando estuviera en la habitación.
Al llegar a la planta cuarta, anduvo hasta la 420, sacó la tarjeta que Ramiro le había entregado y entró en la estancia. Se quitó la chaqueta que cubría sus hombros y la colocó con esmero en el respaldo de una silla. A continuación se dirigió hacia el baño para asearse mientras llegaba el subdirector general.
No había tenido tiempo de descalzarse, cuando varios golpes en la puerta la alarmaron.
«¿Qué coños? —pensó—. ¿No puede darme al menos cinco minutos? Este cerdo tiene prisa de verdad. Debe estar jodidamente cachondo. ¿Por qué no ha pedido en recepción una copia de la llave para él?»
Llegó hasta la puerta y tiró de ella con fuerza. Pesaba lo suyo la…
El pensamiento se le cortó cuando vio que quien estaba en la puerta no era Ramiro, sino Rafa. El corazón se le saltó un sístole y la costó hablar.
—¿¡Pero… qué haces tú aquí!?
Muchas preguntas pasaron por la mente de Clara en la fracción de segundo que Rafa tardó en responder. Si Rafa estaba en la puerta de la habitación en la que Ramiro iba a tirársela, ¿sabría lo que iba a ocurrir allí? ¿Qué más sabría sobre el secreto que mantenía a medias con Paula? ¿Sabría también que Paula…? «Joder, Rafa —se dijo para sí—. ¿Qué coño voy a hacer contigo? ¿Me vas a obligar a despedirte?».
Y el becario respondió con una ráfaga de palabras nerviosas:
—¡Sal de aquí, Clara! ¡Ramiro te ha tendido una trampa!
El joven la agarró de una mano y tiró de ella. Clara, enfadada, le dio un empujón y se liberó.
—¿Se puede saber que está pasando? ¿Me estás espiando de nuevo como en el restaurante?
—Por favor, Clara, no tengo tiempo de contártelo… —le dijo juntando las palmas de las manos—. Tienes que confiar en mí.
—¡Y una mierda! —le espetó con un nuevo empujón—. Rafa, vete de aquí o te prometo que vas a arrepentirte.
El chico se hallaba desesperado. Mientras intentaba sacar a su amiga de la habitación, no paraba de mirar hacia la entrada al pasillo desde las escaleras y el hall de los ascensores. En cualquier momento aparecería por allí Ramiro seguido de Carlos y Clara iba a pasarlo mal. Y todo por su puñetera culpa.
—Clara, por dios…
—¡Fuera! —le gritó ella levantando su dedo índice.
Rafa a punto estaba de rendirse cuando decidió jugar su última carta. Extrajo el móvil del bolsillo de su chaqueta, lo encendió y le mostró a Clara el SMS que acababa de enviar Ramiro a su novio.
—¡No… jodas…!
—Vamos, Clara… No hay tiempo… —le repitió y tiró de su brazo.
Esta vez la joven se dejó llevar y ambos salieron de la habitación. Se alejaban ya dos pasos de ella cuando la puerta empezó a cerrarse empujada por el muelle de cierre automático. Justo en ese instante Clara se dio cuenta de que su chaqueta descansaba en el respaldo de una silla. Y que la tarjeta de apertura de la puerta la había insertado en la ranura del sistema de encendido de luces.
—No, la puerta no… —alcanzó a decir, antes de quedarse paralizada.
Rafa no entendió a qué se refería su amiga, pero sí comprendió que si la puerta se cerraba alguna calamidad iba a ocurrir, de modo que no se lo pensó. De un salto se plantó ante la maldita puerta y llegó justo a tiempo de interponer su pie entre ella y el marco.
Clara no se dio un segundo de respiro y entró en la habitación. Tomó la chaqueta y volvió hacia la salida.
—Vamos, Clara, date prisa, por favor…
Un segundo más tarde ambos giraban en el ángulo en «L» del pasillo, que continuaba hacia el resto de habitaciones.
Por el rabillo del ojo, Rafa había visto una sombra salir del ascensor. Detuvo a Clara y asomó la cabeza para observar la escena que estaba a punto de acontecer.
—Déjame… —oyó decir a Clara tras él.
El becario se apartó lo suficiente para que ambos pudieran mirar sin ser vistos. Los siguientes actos del vodevil que se celebraba en la cuarta planta esa noche los observaron a fogonazos.
Primero, llegó Ramiro y abrió con su llave la puerta de la habitación. Entró en ella para salir unos segundos después y mirar a ambos lados del pasillo. Su cara mostraba sorpresa… y decepción. A Clara no le cabía duda de que a Ramiro no se le habría pasado por alto que las luces estaban encendidas y su tarjeta en la ranura. Tenía por fuerza que comprender que ella había estado allí… y que se había marchado a toda prisa.
A continuación, el que apareció fue Carlos, quien con pasos beodos llegó hasta la habitación y golpeó en la puerta. Ramiro abrió y él se lanzó a su interior con los brazos extendidos. El resto de lo que allí pasó no lo vieron. Solo pudieron oír las voces que se lanzaban el uno al otro cuando se escabullían hacia los ascensores.
No podían quedarse ni un segundo más. Si Carlos los sorprendía, por muy beodo que se encontrara, las preguntas iban a multiplicarse.
Una vez en la recepción del hotel, Clara le pidió a su amigo:
—Llévame a casa, Rafa, por favor.
Y Rafa la ayudó a subir al primer coche detenido en la parada de taxis del hotel.
Continuará...
Este relato será publicado completamente en todorelatos.com, a razón de 1 o 2 capítulos por semana. También podréis leerlo de un tirón en Amazon los que queráis (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
...
Continúa en
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