Xtories

Cambio de postura

En la sala más insonorizada del Palacio de Gobierno, la tensión política se disuelve en gemidos. Él es el máximo mandatario; ella, su peor enemiga pública. Pero cuando las puertas se cierran, la verdadera batalla no es por el poder, sino por el placer, y cada posturita es una maniobra de guerra.

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CAMBIO DE POSTURA

La reportera miró sus notas por enésima vez antes de que le dieran paso desde los estudios centrales:

—Buenas tardes. Nos encontramos ante la entrada principal del Palacio de Gobierno, residencia oficial del Presidente Montes-García. Hace unos momentos el jefe del ejecutivo ha recibido a la señora De la Riva, jefa de la oposición, en reunión concertada la semana pasada. Como saben, las tensiones entre el gobierno y el principal partido de la oposición son máximas y con este encuentro se pretende rebajar el clima de crispación generado en la sociedad de nuestro país. Pese a todo, las expectativas no son halagüeñas, a tenor de los gestos de ambos dirigentes captados por nuestras cámaras…

En pantalla aparecieron las imágenes grabadas minutos antes. El presidente, en lo alto de la escalinata de entrada, recibía a su oponente con gesto hierático. El frío estrechar de manos a modo de saludo y unas sonrisas forzadas para las fotos no podían ocultar la aversión que se mostraban públicamente. Tras el saludo protocolario se encaminaron al interior del edificio y las puertas se cerraron tras ellos.

—Y esto es todo por el momento. Seguiremos informando…

***

Fuera del foco de los periodistas, Montes-García y la señora De la Riva se dirigieron en tenso silencio al salón principal de la mansión, usado habitualmente para las recepciones oficiales. Era un espacio que combinaba perfectamente la solemnidad de sus paredes revestidas de madera y su techo alto con lo hogareño de su mobiliario: un tresillo de corte moderno y respaldos bajos, una mesa de centro mínimamente decorada con un jarrón y, en frente, una elegante chimenea. Enmarcados en ese escenario les sacaron unas últimas imágenes para los medios (él sentado en un sillón, ella en el sofá, cercanos pero distantes a un tiempo) antes de que sus respectivos asesores les dejaran a solas, ya que el encuentro sería un cara a cara privado; esas habían sido las condiciones pactadas. Hablar de tú a tú sin ambages, en la intimidad de aquella sala insonorizada, a resguardo de cualquier escucha.

—Bien, no tenemos mucho tiempo —comenzó a decir el presidente—. ¿Qué tal si vamos directamente al asunto?

—Espera; no tan deprisa. Aclaremos primero lo de las acusaciones de tu partido respecto a los “negocios” de mi marido. Os habéis pasado de la raya con esas mentiras.

—No entiendo… Ya hablamos de eso en nuestro anterior encuentro. ¿No es lo que querías?

—Quedamos en crear tensión, pero no con algo que me pudiera salpicar directamente. Ya sabes lo que supondría que pidieran mi cabeza.

—Lo sé, lo sé… Pero esos bulos no han partido de nosotros. Son los medios, como siempre, que lo tergiversan todo.

—¡Oh, venga ya!, no me trates de tonta… Como si no supiera cómo funcionan las cosas. No estamos en público; aquí no tienes por qué mentir.

—Está bien, tienes razón… —asintió el presidente—. Lo cierto es que ha sido idea de nuestro portavoz. Le dije que os diera caña, pero hasta cierto punto. Lo que pasa es que me ha querido impresionar y como es un pelota…

—Un pelota y un capullo. Y también un trepa. Ese va a por tu puesto.

—Sí; no creas que no me he dado cuenta. La verdad es que estoy pensando qué hacer con él.

—Un buen cese no estaría mal.

—Bueno, eso es mucho pedir. Lo que te aseguro es una rectificación. Yo me encargo de eso.

La jefa de la oposición suspiró, más relajada:

—Me encanta cuando te muestras así de enérgico. Ese gesto que pones…

—¿Éste? —El presidente alzó una ceja y su rostro adquirió un rictus entre la seriedad y la firmeza—. Me ha costado años de práctica.

—Sí, ese. Me he fijado que lo usas sobre todo en el Parlamento, cada vez que me das la réplica —puntualizó De la Riva mientras empezaba a desabotonarse la blusa que vestía—. Y con esa voz tuya, tan profunda… Me parece tan sexy…

—Lo sé. Lo hago por ti —replicó el presidente enfatizando el tono a la vez que se aflojaba la corbata—. Pero a mí lo que me resulta sexy son tus puyas. Esa forma tan irónica de meterte conmigo me parece tan inteligente, tan erótica…

De la Riva se levantó para despojarse de la falda mientras Montes-García hacía lo propio con su chaqueta.

—Yo también lo disfruto —dijo ella—. Sobre todo porque nadie pilla nuestros dobles sentidos.

—Será por eso que nosotros mandamos y ellos obedecen.

—Ja, ja… Sabía que el poder te la pone dura.

—No. Dura me la pones tú.

El presidente se lanzó a abrazarla y comenzaron a besarse apasionadamente.

—«Señora De la Riva»… Mmm… Qué ganas te tenía…

—Y yo a ti. No me aguantaba más…

La mujer palpó el paquete del mandatario, notando la revolución que se fraguaba bajo los pantalones. Éstos no tardaron en caer al suelo junto al resto de su ropa, a excepción de los calcetines. Él amagó con quitárselos también, pero ella le detuvo:

—No, no pierdas tiempo, déjatelos; estás gracioso con ellos pero me pones igual. —le dijo, magreando su fibroso torso—: Mmm… Qué macizo estás, no como el flojo de mi marido. Estoy deseando perderlo de vista…

—Y yo a mi mujer… Si estuviera la mitad de buena que tú… Pero no hablemos de nuestras parejas. —dijo él, sobándole sus generosos pechos por encima de la carísima ropa interior que aún llevaba puesta.

La jefa de la oposición había elegido para la ocasión una fina lencería de encaje del color del partido del presidente. Todo un gesto de acercamiento que Montes-García no valoró en su justa medida, decidido a llegar cuanto antes al fondo del asunto. Arremetió con su boca las turgentes tetas hasta que los oscuros pezones que las coronaban aparecieron por encima del sostén. Los lamió ansiosamente:

—Mmm… ¡Cómo deseaba comértelas, joder!... Mmm… Cada vez que te veo subida a la tribuna de oradores, con esos escotes que te pones… ¡Buff…!

—¿Por qué crees que lo hago?... Aahh… Quiero ponértela dura, cabrón… ¡Oohh…!

El presidente le despojó del sujetador para amasar directamente sus pechos con ambas manos mientras replicaba:

—Tú se la pones dura a todo el mundo… Mmm… ¿Lo quieres ver?... ¡Mira! —Se agarró la polla, meneándola orgullosamente frente a ella—: ¡Chúpamela, vamos!… ¡Ponte de rodillas y cómemela, joder…!

De la Riva renegó, muy digna:

—Yo no me arrodillo ante nadie.

—Pues no lo hagas, pero al menos chúpala, venga… Aunque sea solo un poquito… —negoció él.

—Suplícamelo.

—Por favor…

—Solo si mientras lo hago me comes el coño —convino ella.

—Será un auténtico placer hacerlo.

—Ven acá…

Sellaron el pacto echándose sobre el sofá en posturas opuestas, aunque con un mismo fin. Ella tumbada bocarriba, él situándose encima como pudo. Su miembro erecto basculó sobre la boca de su rival y sin embargo amante, que intentaba con afán y poco tino asirla entre sus labios.

Al tercer intento fallido, De la Riva clamó:

—¡Este sofá es incomodísimo!

—Lo sé. Lo eligió mi mujer.

—Es una arpía.

—Eso también lo sé. Pero no me descentres… —replicó él sin saber dónde apoyarse.

—Será mejor si te pones debajo —propuso ella.

El presidente aceptó la enmienda, y tuvo que reconocer que fue un cambio a mejor. La jefa de la oposición era menuda y podía manejarse con habilidad, situándose a cuatro patas sobre él. Montes-García le agarró su rotundo trasero y hundió la cara entre los carnosos muslos, alcanzando por fin con su lengua la ansiada raja de su oponente. Ella, a su vez, aferraba ya el grueso pene que por tanto tiempo había deseado. No tardó en llevárselo a la boca para mamarlo sin tregua.

Durante unos minutos la sala fue un diálogo de gemidos entrecortados y ávidos lametones, acompañados del apasionado toqueteo de manos inquietas en busca de más carne: él, de los provocadores pechos que rozaban su vientre; ella de las bolas que bailaban entre sus dedos juguetones. Cada uno gozaba en esas posturas extremas gracias, paradójicamente, a las mañas de su rival.

Con la excitación en su punto álgido, la jefa de la oposición hizo una nueva propuesta:

—Fóllame ya, que estoy chorreando…

La proposición de placer fue inmediatamente aprobada por el jefe del ejecutivo, que se recolocó para sentarse y servir de montura a su querida adversaria. Ésta, abriéndose bien de piernas, se situó sobre el erecto y máximo órgano sexual del mandatario, clavándoselo hasta lo más hondo:

—Ooohhh… Joder… Sí…

Empalada por la verga, mientras el presidente la agarraba de la cintura empezó a botar, arriba y abajo, deshaciéndose de gusto por momentos. El profundo goce fue secundado de nuevo por las manos de ambas partes, sobando tanto tetas y culo como frotando hasta el paroxismo el inflamado clítoris de la mujer. Un apoyo mayoritario que llevó a ésta a una sucesión de orgasmos encadenados:

—Oohh… Oohh… ¡Oohh!... ¡¡Oohh!!...

La cascada de gemidos y las convulsiones espasmódicas de su coño no dejaron indiferente al máximo dirigente del gobierno:

—Mmm… No aguanto más… Buff… Voy a correrme…

Aprovechando la situación de debilidad de su oponente, el presidente se irguió haciéndola a un lado sobre el sofá. Luego, polla en ristre, se acercó a la sorprendida cara de la señora De la Riva:

—¡Eh! ¡¿Dónde vas?!... —le censuró ella, viendo lo que iba a recibir en plena jeta por decisión unilateral—. ¡Ni se te ocurra!

—Pero… Oohh… que me voy a… ¡que me voy!...

De la Riva cogió rápidamente el jarrón que decoraba la mesa y lo sujetó ante su amante igual que si le hiciera una ofrenda:

—¡Hazlo aquí! ¡Rápido!

—Ooohhh… Síiii… Aahh…

Los chorros de semen fueron cayendo con tanto goce como estrépito dentro del jarrón, uno tras otro, como votos en una urna.

Cuando, feliz y satisfecho, terminó de correrse, Montes-García fue consciente del receptáculo elegido para sus efluvios amorosos:

—Este jarrón lo eligió mi esposa. Es carísimo.

—Pues nos ha venido muy bien, aunque no le alabo el gusto. Al menos no en cuanto a jarrones.

El presidente sonrió por el cumplido. Las alabanzas a su figura eran su punto débil. La besó tiernamente:

—Bueno… Tendremos que salir ya.

—Sí. Se ha hecho tardísimo.

Tras volverse a vestir se encaminaron a la puerta.

—Espera… —dijo él—. Métete bien la blusa… Así…

—¡Eh, esa mano!… —rió ella—. ¿Estás aprovechando para tocarme el culo?...

—No sé cuándo podré volver a hacerlo.

—Me dijiste lo mismo cuando nos conocimos. Fue también al despedirnos, ¿te acuerdas?

—Claro que sí. No tendríamos ni veinte años. Último día de vacaciones y te encuentro en aquel chiringuito, sola en la barra. Un rollo de una noche y después…

—Nada. Ni nombres, ni direcciones, ni teléfonos… ¿Quién nos iba a decir que coincidiríamos otra vez, tantos años después, por dedicarnos a lo mismo? Para que luego digan que la política no une.

—Sí. Lástima que sea en bandos opuestos.

Una sombra de tristeza cruzó por sus caras durante un instante, hasta que ella recuperó su fotogénica sonrisa:

—Respecto a lo que hemos hablado al principio, se me ocurre que sería muy sucio si cierto portavoz pelota difundiera bulos sobre las infidelidades de mi marido.

El rostro de Montes-García también se iluminó:

—…Pero no te implicaría negativamente como el tema de sus negocios. Incluso la opinión pública estaría de tu lado. Y además —sonrió— sería un buen motivo para divorciarse.

—Y para hacer dimitir a quien lo filtre. Hurgar en la vida privada del rival es demasiado rastrero, incluso para un trepa como él, ¿no crees?

—Ya veo… Nos libramos de ellos y reforzamos nuestra imagen de firmeza e integridad. Bien pensado… Eres tan inteligente como bella. —Le acarició el rostro, resplandeciente después del sexo—. Adoro tu cara.

—Casi me la pintas de semen hace un rato.

—Sí, lo siento. Me he dejado llevar. Me provocas tantísimo… Ya te lo he dicho: cada vez que subes al atril me pones a mil. Me imagino poniéndome detrás de ti para subirte la falda y follarte allí mismo, delante de todo el hemiciclo…, de todas las cámaras…, de toda la nación… Te desnudaría para que vieran lo buenísima que estás y cómo disfrutas con mi polla en tu coño… ¡Que vieran cómo te corres! Sí… Y me correría después en tu estupendísimo culo… Y en tu cara… Y…

—Uff… Calla, calla, que me estás volviendo a poner cachonda y ya no tenemos tiempo para más. Aunque si te sirve de algo, quizás la próxima vez que suba a la tribuna lo haga sin bragas, solo por ti. Pero no pienses en eso ahora y cálmate, no vayas a salir ahí fuera todo empalmado. Recuerda que la gente nos mira con lupa. Si alguien llegase a sospechar sería un desastre; un auténtico escándalo.

—Míralo por el lado bueno: pasaríamos a la Historia del país.

—Muy gracioso. Lo digo en serio, ya lo sabes.

El presidente la volvió a besar por última vez, preguntándose cuándo y cómo podrían volver a verse. El hombre más poderoso del estado y no tenía una solución para ese problema:

—Hasta que salgan esos bulos que has dicho, ¿no crees que tendríamos que idear algo para forzar otra reunión?

—Umm… Algo se nos ocurrirá. Somos políticos, ¿no?

—Ja, ja… Es cierto. Y sabemos aprovechar el momento.

—Sí, creo que sé por dónde vas…

***

A la salida les aguardaba una nube de periodistas a la espera de sus declaraciones:

—¿Cómo ha ido todo, señora De la Riva?

—Bueno… Puedo decir que hemos acercado posiciones, hasta cierto punto. En un principio nos resultó difícil mantenerlas, pero insistiendo todo se consigue. Sin embargo, la postura del presidente se ha ido endureciendo según avanzaba nuestro encuentro y, finalmente, pretendía que tragara con todo, cosa que desde luego no he hecho.

—Señor Presidente… ¿Opina usted lo mismo? ¿La reunión no ha sido productiva?

—Podríamos decir que ha dado frutos, pero en el último momento no hemos alcanzado un acuerdo consensuado para decidir dónde dirigirlos.

—¿Achaca eso a la actitud de la señora De la Riva?...

—Bien; les diré que la señora De la Riva me ha sorprendido gratamente. Ha estado abierta desde un principio a mis intentos por profundizar en la situación. Es verdad, como bien dice, que en ciertas posturas no hemos estado cómodos, pero era de esperar. No por eso hemos dejado de intentarlo y quiero que este mensaje cale hondo en la ciudadanía: lo hemos dado todo por el bien común.

—En cualquier caso —añadió la jefa de la oposición— aún estamos lejos de un acuerdo. Tendremos que tener más encuentros como este para llegar al fondo del asunto y alcanzar unos buenos… objetivos comunes que nos satisfagan a ambos por completo. Será complicado pero vale la pena. Yo estoy dispuesta.

—Y desde el gobierno también lo estamos, desde luego. Acercaremos posturas, no lo duden…

Ambos políticos intercambiaron una mirada cómplice y sonrieron al público…

Eran tan fáciles de engañar…

FIN