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MENSAJE POR ERROR. El trato

Él sabe que ella lo desea, pero ella sabe que él no tiene derecho. La cocina se convierte en un campo de batalla donde las bragas húmedas son la moneda de cambio y la única salida es la humillación mutua.

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El trato

Marta se había dado una ducha tras el desafortunado masaje y se encontraba en su cuarto enfundada en la toalla cuando tocaron a la puerta.

—¿Se puede? —dijo Cristian asomando la cabeza.

—¿Otra vez tú? ¿Es que no te cansas?

—Vengo en son de paz, en serio. Te traigo esto que te has dejado en la terraza.

Había entrado unos pasos en el dormitorio. Marta lo observó desde el otro lado de la cama de matrimonio que los separaba. Cristian arrojó la prenda superior del bikini con cuidado sobre la colcha, en la parte más cercana a ella. Esperó a que dijera algo pero ella se limitó a observarlo.

—No pienses que me la he meneado con eso. Te lo traigo intacto.

Marta se estiró, recogió la prenda y la miró con detenimiento. Después pasó sus dedos por el interior de las copas. Efectivamente no había restos de nada en ellas.

Tampoco percibió olores extraños. Lo sostuvo durante unos segundos en los que escrutó al hijo de su pareja.

—Te lo agradezco. Es un detalle que denota que me respetas.

—Y ahora con tu permiso voy a… solucionar mi problema —en clara referencia a su erección.

Ella se puso colorada y apartó la vista.

—A menos que quieras echarme una mano.

—No, no voy a echarte ninguna mano —bufó.

—Vale, vale, era broma. Solo una cosa —dijo antes de salir— ¿Te importaría… enseñarme otra vez el pezón? Es para ayudarme a…

—¡Cristian, joder!

—Porfa, he sido un buen chico.

—Ni lo sueñes.

—Pues enséñame el culo, solo un poco.

—Ese ya me lo has visto —protestó furiosa—. Y me lo has sobado a base de bien.

Lo miró reprobatoriamente.

—Venga, va. Solo un poco ¿Qué te cuesta? —insistió.

—Joderrrrr, Cristian. ¿Vas a seguir así todo el santo día?

Él no dijo nada, solamente la miró con cara de gatito. Pasaron los segundos hasta que ella bufó, se dio la vuelta y levantó la toalla sobre su cintura lo justo para que su culo apareciera por la parte baja de la toalla. A Cristian se le abrieron los ojos como platos. Una cosa era verla en “bikini tanguero”, pero ahora estaba completamente desnuda de cintura para abajo. Aunque no se veía nada, las connotaciones eran tremendas. Se recreó en sus redondeces. La paja iba a ser antológica.

—Y ahora vete de una vez, que estás muy pesado —dijo volviendo a taparse bajo la toalla.

Cristian no se movió —Y sí… —comenzó a decir.

Un bote de crema pasó sobre su cabeza. A ese lo seguirían otros que lanzaba Marta con desatino. Cristian echó a correr semiagachado hacia la salida entre carcajadas mientras todo el repertorio de la mesita volaba a su alrededor.

— · —

Cerró la puerta del cuarto de Marta para cubrirse del ataque de proyectiles y se dirigió al suyo. Se tumbó en la cama a descansar. El día estaba saliendo estupendamente bien. Le había pegado una sobada de culo del copón y se había hecho una paja con su bikini. Se había dado tanta crema en la polla, que Marta no había percibido el olor a nabo. Para más INRI, había accedido a enseñarle el culo.

«Y menudo culazo. Mmmmmf».

Pensó en Cristina, su amor celeste, la mujer que le cambió la vida. Era diferente a las otras. Aunque más reticente a sus fantasías, era más madura y abierta en el plano sexual. Con ella el sexo era de otro nivel, no era solo follar, sino hacer el amor, esa chorrada que había oído tantas veces y que no supo lo que era hasta el momento de conocerla.

Ella le había hecho sentir en la plenitud. Quedaban cada día y el tiempo que pasaban juntos le parecía poco.

Pensó que realmente no la estaba engañando con su actitud hacia Marta porque, en todo lo que intentaba con ella, no había amor, solo deseo. Él seguía queriendo a su novia igual o más que siempre.

Decidió quedar con ella para verse por la tarde. Le tocaba a él ponerle un castigo sexual y se relamió pensando en la de posibilidades que se le presentaban. Así que, una vez acabadas sus tareas, salió en su busca. Se duchó, se cambió y, al llegar al recibidor, observó a su padre. Estaba en el salón, junto a Marta viendo la tele en silencio.

Más bien era ella la que miraba la tele mientras su padre hojeaba un periódico. Entró a despedirse.

—He quedado con Cristina. Me voy.

—Vete con cuidado, hijo —respondió su padre levantando los ojos del papel—. Y si te ofrecen droga unos extraños cuando vayas por la calle, no la cojas. Si es gratis no puede ser buena.

—Y tú no leas los periódicos que te encuentras en el tren, papá.

—Tranquilo, solo miro los dibujos. Luego pintarrajeo gafas y bigotes en la cara de la gente.

Marta los miró a ambos con esa expresión entre el amor y la preocupación. Después lo despidió con un leve asentimiento de cabeza. Cristian salió de casa y bajó las escaleras hacia el portal. Cuando no había bajado un par de pisos se topó con Herminia. Esa tarde la mujer lucía algo diferente.

—Caramba, Herminia, está usted guapísima con ese chándal —bromeó—. Nunca hubiera imaginado que sucumbiera a esas moderneces. Menudo tipazo que escondía debajo de esos arreos de vieja que suele llevar. Fui fuiuu.

Los ojos de la mujer se entrecerraron hasta formar una línea recta. Su mirada en forma de rayo láser lo hubiera podido matar.

—Si la muerte vuelve a acosarme, prefiero estar preparada.

—¡Je! Esa es la actitud —Cristian se puso a su lado—. Ande coja mi brazo. La acompaño hasta el portal, hija del viento.

—Gracias mozo, pero hoy voy con prisa.

—No se ilusione. Un chándal no hace su efecto mágico si no lleva cronógrafo.

—¡Los de Amazon! —Se lamentó chasqueando la lengua—. No se les puede encargar nada.

—¡Ja! Cabrones. Tampoco ellos pueden seguirla.

— · —

Ya en casa de Cristina, ambos subieron al camarote, como era costumbre, y se tumbaron en el colchón.

—Cómo estás de buena. Cada vez que te veo se me ocurren mil maldades. Todavía no he pensado qué prueba voy a ponerte.

—Ah, sí —contestó Cristina que acababa de recordar—, tus pruebas. Miedo me da haber dejado que me metas en tus juegos.

—La última vez hiciste que me pajeara en el baño de la uni y te enviara la grabación por wasap. Estoy intentando encontrar algo acorde. Fue una jugada muy sucia —bromeó.

—Lo hice por ti —reconoció con un pícaro arqueo de cejas—. Supuse que te daría morbo meneártela con todo el mundo pasando por delante de tu puerta del baño. —Sonrió ladina—. Como un enfermo pervertido.

—Pero qué perra eres —contestó simuladamente ofendido.

—¿Intentó entrar mucha gente mientras te dabas placer? —atacó, aguantando la risa.

—Nah, solo una profesora con problemas de vejiga y dentadura postiza. Por cierto, estoy aprobado en física hasta final de carrera.

—¿Por lo físicamente grande que la tenías?

—No, porque acababa de sacar un 10 en el examen.

Ambos se partieron a reír. Después, se abrazaron, se acariciaron y, casi media hora después, se desplomaron desnudos sobre el colchón, extasiados de tanto follar.

—¿Y bien? —preguntó Cristina entre jadeos— ¿Has pensado ya qué prueba me vas a poner?

—Dios, todavía tengo toda la sangre en la polla y no me llega a la cabeza. Deja que descanse primero. No quiero que te libres con la primera mierda que se me ocurra.

— · —

Pasaron varios días en casa de Cristian en los que no perdió ocasión de acercarse a Marta. A veces, la mayoría, eran leves roces, como cuando la acariciaba con el dorso de la mano al cruzarse con ella. Otras, en cambio, eran magreos más descarados llegando incluso a restregar el paquete contra su trasero.

La situación estalló cuando se pasó la mayor parte de la comida intentando colar la mano por debajo de la falda cada vez que se acercaba a servir o cuando se sentaba a su lado.

En una de estas ocasiones, la mano de Cristian subió peligrosamente por encima de sus muslos. Ésta se levantó como un resorte y se colocó frente a la encimera simulando hacer algo. No volvió a su sitio en lo que restó de comida.

—¿Qué te pasa, Marta? —preguntó su marido— ¿No te sientas?

—Ah, no. Ya he acabado.

Mario miró el plato de su novia, extrañado. Todavía quedaba bastante para terminar. Cristian por su parte tenía la vista fija en el suyo propio y solo la levantaba para mirarla de una manera que pocos podrían diferenciar entre cómplice o culpable.

Acabada la comida, se fue a su cuarto mientras Marta recogía la cocina. Un buen rato después, Mario salió de casa. Había quedado con sus amigos. Cuando Cristian, que se encontraba chateando con Cristina, le oyó salir por la puerta, no dudó en hacer una visita a la cocina, saltando como un resorte de su cama sobre la que descansaba.

Al entrar, la vio terminando de recoger el fregado. Guapísima, como siempre, con la falda de verano hasta medio muslo. Se apoyó en el marco disfrutando de su silueta. Ella sintió su presencia y lo miró por el rabillo del ojo.

—¿Te has vuelto imbécil o qué te pasa? —dijo sin girarse.

—¿Lo dices porque he intentado acariciarte un poco? Era para agradecerte lo bien que cocinas…

—¡Me estabas metiendo mano!

Cristian sonrió socarrón, como el que oye llover.

—Es que hoy estoy muy cachondo. Esta noche os he oído follar y… no sabes cómo me pone.

Marta se giró apoyando la espalda y las manos contra el mármol.

—No sé cuántas veces más te lo tengo que repetir. Déjalo ya. Soy la futura mujer de tu padre.

—Venga. Si te gusta tanto como a mí.

—No, no me gusta, y empiezas a darme miedo.

—Lo que te da miedo es perder el control. Temes ceder a tus deseos y acabar follando conmigo. Porque eso es lo que más deseas. Lo hubieras hecho el día del masaje en la terraza, confiésalo.

—Pareces muy seguro de ti mismo.

Se acercó a ella y se apoyó en la encimera con los brazos alrededor de su cintura, pegados a su cuerpo como si la abrazara. Las manos de ella, que agarraban el borde el mármol, quedaban junto a las suyas pero por el exterior. Sus ojos quedaban a la misma altura.

—Estoy seguro de ti —dijo Cristian.

—Pues olvídalo. No voy a follar contigo.

—¿Aunque lo desees?

—Tú no sabes lo que deseo.

—Sí que lo sé. Deseas chupármela. Lo deseas desde el mismo día que viste el vídeo. Sueñas con ella en tu boca y con mi semen por toda tu cara. Por eso me pediste el vídeo de Cristina, porque fantaseabas conmigo, imaginando que la del vídeo eres tú.

Marta lo miró retadora, dejando que acercara más y más a su cara hasta colocar sus labios a escasos centímetros de los suyos. Cristian se había pegado a su cuerpo, con las piernas entre las de ella. Empujó su paquete contra la entrepierna.

—Me estás acosando otra vez.

—Y te encanta —susurró—. Que te acaricie, que me pegue a ti de esta manera…

—Te equivocas —interrumpió—. Me pone tensa, como lo de esta mañana. Tu padre podría haberse dado cuenta.

Cristian sonrió a su vez. Acercó su boca unos milímetros más.

—A mí no me engañas. Te has puesto bien cachonda, igual que ahora con mi polla empujando contra ti.

—Te equivocas otra vez. No lo estoy.

—Seguro que tus bragas no dicen lo mismo.

Jadeó en la boca de Marta de manera sensualmente fingida y comenzó a mover lentamente su cadera adelante y atrás, restregándose. Marta lo dejó hacer sin mover ni un músculo. Permitiendo que acercara su boca hasta casi llegar a besarla pero, en el último momento, la desvió, colocando sus labios junto a su oído y dejándolo con la boca abierta esperando un beso que pasó de largo.

—Déjalo de una vez —dijo junto a su oreja—. Soy la novia de tu padre.

—Hazte un favor y deja de resistirte —respondió en su oído también—. Agáchate, sácamela y hazme una mamada. Disfrútala y hazme disfrutar como tú sabes. Estás húmeda de deseo, y lo sabes.

Ella puso las manos en su pecho y lo empujó con suavidad, separándolo. Al hacerlo lo miró como si la estuviera robando.

—Ni hablar.

—Pues hazme una paja. Me la debes.

Bufó ante su pretensión. Después, cerró los ojos durante unos momentos intentando no perder la compostura. Mientras se calmaba, hizo una honda respiración y, cuando abrió los ojos, posó las manos en las mejillas de Cristian, sosteniendo su cabeza entre sus palmas.

—Eres un niñato consentido que se cree el centro del universo, demasiado guapo para todas las chicas que le rodean. Engreído, faltón y un poco estúpido —dijo con calma—, pero eres el hijo del hombre al que quiero con locura. Y esto llega hasta aquí. —Ya no lo dijo en tono neutro—. Confieso que aquel vídeo me hizo perder la cabeza. Fantaseé —reconoció—, ambos lo hicimos, de hecho, llegando a decirnos cosas que nunca diríamos en público, pero este juego ya no me gusta, no me excita y me exaspera —hizo una respiración—. Aunque tú no lo quieras reconocer.

Cristian mostró una sonrisa ladina.

—Entonces enséñame las bragas para que vea que no estás tan cachonda como yo y demuéstrame que miento.

Marta bufó, ofendida.

—No voy a bajarme las bragas delante de ti, so listo.

—¿Lo ves? Te encanta esto. El tonteo; jugar al gato y el ratón… hacerte la dura.

Volvió a acercarse a su oído.

—Me deseas. De otra manera las enseñarías. Con lo fácil que es parar esto con un simple gesto.

Marta soltó la cara de Cristian y volvió a apoyar las manos en su torso, empujándolo de nuevo y apartándolo de ella. Adoptó un rictus serio. Él todavía seguía manteniendo su cadera pegada y meciéndola en suaves contoneos. Había puesto sus manos alrededor de la cintura cerrando algo más el abrazo.

—Tú lo que quieres es bajarme las bragas para meterte entre mis piernas —inspiró aire y lo soltó con fuerza—. No me vas a tocar, no te voy a hacer ninguna paja y, mucho menos, voy a follar contigo.

Cristian sonrió como si ya esperara la respuesta. No se movió y volvió a acercar sus labios a los de ella.

—Solo te pido una muestra de que no mientes. Ya no para ver que estás cachonda, que lo estás, sino para demostrarme que de verdad quieres que deje de rondarte. Enséñamelas y esto se acaba aquí y ahora. Para siempre.

Se quedaron mirando. Cristian sonreía, Marta no. Su respiración empezaba a ser acelerada.

—¿Y dejarás de acosarme? ¿De seguirme por toda la casa? ¿De meterme mano delante de tu padre?

Se separó de ella un paso atrás y se llevó la mano al pecho. También él borró la sonrisa de su cara.

—Enséñame tus bragas en señal de que no quieres que siga… y renunciaré a conseguir nada contigo.

Se quedó en silencio con los ojos entrecerrados clavados en él. Su mentón se movía a un lado y a otro, sopesando, evaluándolo.

Sin decir palabra, se dobló ligeramente por la cintura, metió sus manos por los laterales de las piernas, bajo la falda, e introdujo los pulgares en cada lado de sus bragas. Cristian las vio aparecer justo cuando levantó una rodilla para facilitar que la prenda se deslizara hasta el tobillo para terminar saliendo por su pie. Luego elevó la otra rodilla repitiendo la misma acción.

Se irguió mostrando una pose digna. Alargó un brazo y ofreció la prenda. Cristian la recibió con un mal disimulado agrado. Luego la desplegó y las observó con atención.

Eran blancas, de encaje en su parte frontal, la que cubría el pubis. Lo adornaban unas flores del mismo color bordadas de diferentes tamaños, de entre ocho y nueve pétalos cada una, lo que reducía la transparencia en esa zona hasta el punto sexy que se quería conseguir. Sin duda el coño negro de Marta produciría la más sexual y lasciva de las sombras que el diseñador de aquella prenda había ideado para ella.

Por abajo, la tela que cubría los labios, era lisa al igual que el resto, rematando los bordes con una fina puntilla que ajustaba a las piernas y cintura de la madura.

Palpó esa zona con la yema del dedo pulgar. Lo hizo despacio, tomándose su tiempo antes de levantar una ceja y mirarla, desconcertado.

—Esto quiere decir…

—Que se acaba aquí y ahora. —Levantó la barbilla, chulesca—. No quiero nada sexual contigo.

La sensación era agridulce. Por un lado no se podía creer su logro. Le había ofrecido sus bragas ¡Sus bragas! y se las había bajado delante de él en un acto tan sexual como exhibicionista. Las sostenía en la mano, incrédulo, con una extraña sensación de felicidad.

Pero por otro, había estado seguro de que, de una manera u otra, hubiera continuado el juego. Haberse negado a mostrarlas era lo más fácil y a la vez la excusa perfecta para que él pudiera seguir insistiendo. Ella podía haber seguido haciendo de “Reina en su castillo” mientras él ocupaba el papel de “Caballero negro”.

—Huelen muy bien y parecen sin estrenar, como si te las acabaras de poner. ¿No será que llevas dos pares ahí debajo?

Fue un disparo al aire. Solo para provocar una reacción de ella que no llegó. Al contrario, su semblante se mantuvo impertérrito.

—Te las puedes quedar. Sé que te mueres por masturbarte con ellas. Disfrútalas como un regalo de despedida. Es lo único que vas a obtener de mí.

Lo miraba cruzada de brazos y el mentón en alto mientras él sostenía la prenda intentando asimilar la nueva realidad.

—Entiendo. —No sabía cómo reaccionar. Necesitaba pensar. Los dos se miraban sin nada qué decir—. Te dejo tranquila, entonces. A partir de ahora, para mí solo existe Cristina y tú volverás a ser… la que apartó a mi madre de nuestro lado.

Se dio la vuelta y salió en dirección a la puerta principal. Cogió sus llaves de donde siempre las dejaba y la abrió. Marta lo siguió hasta el pasillo.

—Quiero a tu padre —exclamó mientras salía—. Lo entiendes, ¿no?

Cerró tras de sí como si no la hubiera oído, o como si no existiera.

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Fin capítulo VI

Sobra decir que todo comentario será bien recibido. Vuestras impresiones del relato es lo que me aníma a seguir publicando aquí.