Xtories

Júlia Epílogo

La postal llegó sin remitente: '¿Quieres conocer la verdad?'. Sara cruzó el océano esperando encontrar un cadáver, pero encontró a su esposo vivo, lujoso y pidiendo perdón. Ahora, en el paraíso, la pregunta no es si perdonarlo, sino si ella puede resistirse a la vida que él ha construido para ella.

Sandra12827.8K vistas9.7· 40 votos

EPÍLOGO

Tourist Resort, al sur de las Islas Seychelles.

Dia de Hoy (Present day); Sara

Por si el tiempo me arrastra a playas desiertas

Hoy cierro yo el libro de las horas muertas

Hago pájaros de barro

Hago pájaros de barro y los echo a volar

Por si el tiempo me arrastra a playas desiertas

Hoy rechazo la bajeza del abandono y la pena

Ni una página en blanco más

Siento el asombro de un transeúnte solitario

Manolo, García, Pájaros de barro

Tras algo más de medía hora, llegamos a nuestro destino y amarramos en un embarcadero donde descansaban tres lanchas más con el logo del resort y un barco más grande. Geoffrey, que así se llamaba mi guía saltó de inmediato agarrando mi bolsa e invitándome a que le siguiera.

― Follow me, Mrs Ramís! Let`s go to the looby for the check in.

Lo seguí hacia el edificio principal de tres plantas que se levantaba al fondo. Cruzamos por una zona de piscinas y bares lounge, con decenas de turistas tostándose en las hamacas. Lo cierto era que el lugar era impresionante, un lugar paradisíaco, con todo lo que puedes necesitar para disfrutar en unas vacaciones.

Entramos en la planta principal del resort. Al fondo la recepción, donde una pareja de empleados uniformados atendía a un par de clientes. A su izquierda se situaba una zona de tiendas, sobre todo de ropa y productos de belleza y en la parte de la derecha divisé un enorme comedor que a aquella hora permanecía cerrado, pero que sin riesgo a equivocarme podría atender a más de 200 comensales..

Me dirigí a una empleada de mi edad que estaba libre.

― Buenos días, creo que tengo una habitación reservada.

― Buenos días ¿me permite su reserva o su pasaporte, por favor?

Busqué en el bolso y al sacar el pasaporte se cayó la postal que había recibido la semana pasada y que era la razón por la que había cambiado de hemisferio. El martes pasado al sacar la correspondencia, entre publicidad y facturas del banco, encontré un sobre que contenía una postal enviada desde las Islas Seychelles. Me extrañó, pues no conocía a nadie que viviese en esta parte del mundo y no era consciente de que algún conocido hubiera viajado por estas fechas, pero lo más sorprendente de todo era el escueto texto que se podía leer en el reverso: Do you want to know the truth?” Me iba a desprender de ella, pensando en que alguien me había querido gastar una broma, cuando noté que había algo más dentro del sobre. En efecto, un billete de primera clase para este rincón del mundo para la próxima semana y la vuelta abierta. Lo primero que pensé es que nadie se gastaba un pastón así para gastar una broma, pero seguía sin encontrarle sentido. ¿Quieres conocer la verdad? ¿qué verdad? ¿a qué se estaba refiriendo exactamente? En mi vida solo había ocurrido un misterio que había tenido lugar hacia seis meses y que de manera irracional había segado la vida de las dos personas que más me importaban, pero el único que podía aportar cualquier información nueva, yacía esparcido en un pequeño pueblo de la comarca del Garraf en un campo que perteneció a sus padres.

Me fijé en la letra intentando descubrir alguna pista. Caligrafía pulcra, casi infantil se podría decir; nada que ver con la letra de Marc que estaba acostumbrada a descifrar y que era prácticamente ininteligible. Tenía una semana para decidir si quería resolver ese misterio o lo ignoraba y simplemente lo arrojaba a la papelera para seguir con mi vida.

―… el número 2 ― escuche decir a la recepcionista; pero evidentemente mientras pensaba en la postal, me había perdido todo lo anterior.

― Lo siento, estaba distraída, ¿podría repetirlo, por favor?

― Por supuesto – sonrió comprensiva aquella mujer― ha tenido un viaje muy largo y es normal que esté cansada; pero no se preocupe le aseguramos que está en el mejor lugar del mundo para descansar. Le decía que tiene reservado el bungalow número 2 que está en la playa de coral, en primera línea de mar. Ahora, Geoffrey llevará su equipaje y la acompañará hasta su alojamiento.

Mientras hablaba iba tecleando en el ordenador y al instante me pasó una tarjeta de color dorado con el logo del hotel, junto con mi nombre y el bungalow que me habían asignado.

― ¿ Puedo hacerle una pregunta? ¿Cuándo termina mi estancia aquí?

― Un segundo ahora mismo lo consulto.

Me di cuenta que al mirar a la pantalla del monitor la recepcionista había puesto una cara de extrañeza.

― No nos consta una fecha de salida, sólo aparece la entrada a día de hoy.

― Me está diciendo que podría quedarme a vivir aquí toda la vida. Sería tan amable de decirme quién realizó la reserva.

― No aparece ningún responsable de la reserva, supongo que se realizó en el mismo hotel o por vía telefónica. De todas formas, hay una nota anexa que especifica que la dirección se hará cargo de todos los gastos mientras duré su estancia con nosotros. Con la tarjeta puede acceder a todos nuestros servicios, tiendas y actividades tan solo tiene que presentarla.

― ¿Quiere decir que si enseñó la tarjeta puedo llevarme sin gasto alguno ese precioso bolso de Louis Vuitton que he visto nada más entrar?

― Pues sí; no veo ningún inconveniente, así es y no solo eso, puede contratar nuestro servicio de spa, el salón de belleza o apuntarse a cualquiera de las actividades que le propondremos y por supuesto utilizar los cuatro restaurantes del recinto, así como los bares, la discoteca, el casino y la bolera. En su habitación encontrará un dossier donde le informamos de todas las posibilidades de las que puede gozar mientras permanezca con nosotros.

― ¿Y no tengo ninguna limitación, ni estoy obligada a nada?

― En absoluto, lo único que le rogaríamos es que nos avisara 24 horas antes del momento de su partida, por razones logísticas simplemente.

― ¿Sería posible hablar con el director?

― Por supuesto, el único problema es que Mr Andrews no se encuentra esta mañana en el resort; pero si está interesada puedo dejarle una nota y la llamará

― No es necesario, gracias.En fin, muchas gracias por su ayuda.

― A usted. Permítame hacerle unas recomendaciones que son prioritarias y que encontrará en el dossier, pero que entendemos es bueno que conozca de primera mano. Por un lado, tenga cuidado con el sol. Aunque crea que su piel lo soporta bien, lo cierto es que este sol es tropical y no tiene nada que ver con el que están acostumbrados en sus países. No olvide ponerse crema protectora que encontrará en su aseo. El primer día que utilicé el spa, le harán un análisis y le aconsejaran cuales son los productos más adecuados para tratar su piel.

― ¿Y la segunda?

― No abra las ventanas por la noche, asegúrese que permanecen cerradas. Tiene un equipo de aire acondicionado que le permite regular la temperatura ambiente que desee…

― ¿Serpientes? ―lancé como opción debido a mi pánico por esos ofidios.

― Mucho peor, mosquitos. Tenemos una colección de especies de lo más virulento, no los infravaloré o se pasará una semana con un picor insaciable. Por último, le aconsejamos que no beba agua que no sea embotellada. Por supuesto, tratamos el agua e higiénicamente es más que correcta; pero hemos tenido algunos problemas con clientes que se han saltado el aviso. Cuenta usted con un servicio de minibar en el bungalow donde encontrará toda el agua que necesite, así como otras bebidas y por supuesto puede usar cualquiera de nuestros establecimientos para pedir agua mineral.

Para cualquier cosa que necesite puede usar el teléfono o aquí en recepción estaremos encantados de ayudarla. ¡Ah, una última cosa! Encontrará una tarjeta sanitaria que le rogamos completé y nos la haga llegar lo antes posible. Le deseamos que tenga una feliz estancia con nosotros.

Volvimos a salir y esta vez cogimos un camino hacia la izquierda del complejo que desembocaba en una pequeña cala de arenas blancas, donde se divisaban unas chozas entre las palmeras. Al irnos acercando me di cuenta que mi apreciación, se había quedado muy corta. Ni eran “chozas”, ni por supuesto pequeñas; aunque en mi defensa diré que intentaban imitar el estilo tradicional. Geoffrey esperó a que usara mi tarjeta magnética para abrir la puerta.

Para empezar el interior era bastante más grande que mi apartamento y estaba dividido en dos partes. La primera sala, era un enorme salón con un sofá rinconera de cuero blanco que apuntaba a una televisión enorme de plasma de un montón de pulgadas. En esa misma pared, había un pequeño cuadro de mandos que como sabría más tarde, permitía controlar la temperatura y la iluminación de la casa y que servía igualmente para las comunicaciones con el complejo principal y de aparato de música; aunque como averiguaría al día siguiente, también lo podía controlar todo con la voz. En el otro lado de la habitación, pude ver una mesa redonda con un jarrón repleto de todo tipo de frutas tropicales: aguacates, mango, papaya, chirimoyas y algunas más que no había visto en mi vida; y al lado una cubitera con una botella de Moet& Chandon flotando entre el hielo y apoyada en ella una tarjeta que me apresuré a leer. El Resort me ofrecía un pequeño obsequio de bienvenida y me deseaba sus mejores deseos para que mi estancia entre ellos fuera lo más placentera posible.

Al entrar en la segunda estancia, todavía quedé más sorprendida. Se trataba de un dormitorio con una cama enorme justo delante de una pared de cristal ahumado con vistas al mar. Al lado izquierdo un inmenso armario ocupaba toda la pared y delante una puerta daba paso a un aseo con jacuzzi incluido. En aquel armario, podría haber guardado todas mis pertenencias y todavía me hubiera sobrado sitio. De tal manera que cuando más tarde, colgué el escaso vestuario que había traído, no pude evitar una ligera sonrisa.

― La ventana permite ver el exterior, pero no permite que puedan observarla desde fuera. De todas maneras, si le molesta la luz, con este botón puede bajar una estora con la que podrá dormir a oscuras si así lo prefiere. El único inconveniente es que aquí no llega la señal de wifi; aunque nuestros residentes suelen verlo más como una ventaja que como un inconveniente. En su mesita, podrá encontrar la documentación con toda la información del Resort, así como un ebook reader con más de 300 libros en diferentes idiomas. Espero que pueda encontrar alguno que le guste si le agrada la lectura; pero si no es así, no dude en pedir un libro en recepción y se lo cargarán.

El desayuno se sirve entre las 7 y las 10 en el complejo principal, pero si prefiere hacerlo aquí puede utilizar la extensión 112 y encargar cualquier cosa que desee y se la traerán al momento.

Geoffrey estuvo unos minutos más, enseñándome como se utilizaba el teléfono y el menú de la Tablet que adherida a la pared, suministraba cualquier información que pudiera desear.

Decidí despedir a Geoffrey con una generosa propina, a fin de cuentas no me había secuestrado, violado ni había descuartizado mi cuerpo para vender mis órganos; sino que había resultado de lo más simpático y servicial.

Permanecí un rato más investigando mi alojamiento, abriendo cajones y armarios, vamos lo que suele ser la práctica habitual del turista cuando le dejan solo en su habitación. En uno de ellos se encontraba una pequeña caja fuerte empotrada con un sistema de apertura de pin; aunque como sabría más adelante, el resort animaba a sus clientes a utilizar la consigna de recepción para guardar los objetos valiosos.

Lo siguiente que hice fue probar la cama que era como unas tres veces más grande que en la que solía dormir en Barcelona. La sensación era maravillosa, un colchón duro, pero que parecía adaptarse como una segunda piel a mi cuerpo y poco a poco, sin buscarlo, me fue invadiendo un ligero sopor, producto de las muchas horas que llevaba viajando por el mundo y me quedé profundamente dormida.

Desperté al cabo de unas horas. Fui consciente de ello, porque al mirar por el cristal me di cuenta que el sol que al llegar estaba en su punto más álgido, había empezado su cursa vespertina. Tenía hambre, pero decidí salir a correr un poco para deshumedecer mis músculos antes de contentar a mi estómago.

Me puse un pantalón corto y una camiseta de tirantes y me calcé mis zapatillas de running que siempre me acompañaban fuera a donde fuera y me dispuse a abandonar el bungalow. Por lo que deduje al salir, me encontraba en uno de los extremos; así que para hacerme una idea de la extensión de aquella propiedad, decidí correr paralela a la playa.

Tardé unos diez minutos en llegar al embarcadero que había visitado esta mañana, pero mi intención era seguir para ver la parte contraria a donde me alojaba. Había algo en aquel paisaje que me resultaba extrañamente familiar. Ante mis ojos se extendía una playa de unos 3 kilómetros con un mar de aguas cristalinas de color azul turquesa. También había palmeras y un par de establecimientos, que deduje eran bares con gente sentada alrededor de mesas en su exterior. A mi derecha, apareció un parque infantil con columpios, toboganes y un enorme castillo por donde subían, corrían y bajaban los niños que allí jugaban.

Fui hasta allí para separarme de la playa y ganar algo de perspectiva y desde esa nueva visión, entendí porqué aquel paisaje me resultaba tan familiar. Lo había estado viendo prácticamente cada día sin fijarme demasiado en él. Era la foto que colgaba en el despacho de Marc y antiguamente en su piso de estudiante.

― ¿Tía Sara?

Me quedé helada al reconocer aquella voz infantil que me llamaba. Por un instante pensé que habíamos sufrido un accidente en el avión y que me encontraba en el paraíso. Sin embargo, al sentir como una mano menuda cogía la mía, descarté de inmediato los espíritus y los fantasmas.

― ¿Tía Sara, ya has descansado? ― me preguntó aquella niña de seis años que tan bien conocía, pero que no podía estar allí ―Papá ha dicho que habías hecho un largo viaje y que necesitarías descansar.

Me agaché para palparle la cara, para tocar sus bucles dorados y convencerme que no estaba soñando.

― ¿Tu papa está aquí, contigo, Maria?

― Claro,¿ dónde iba a estar? ¿Quieres venir a verle?

Entonces me fijé que tras suyo, había aparecido una joven mulata que me observaba con curiosidad.

― Es Lucinda, mi cuidadora. Habla español, pero tiene que enseñarme inglés. Papá quiere que lo aprenda lo antes posible y que me acostumbre a hablarlo.

María se colgó de nuestras manos y sin parar de hablar nos guio hasta el edificio en el que me había registrado esa mañana. Esta vez subimos escaleras y en el segundo piso nos adentramos por un pasillo que acababa en una puerta corredera de cristal con una señal que avisaba que el paso solo era franco para empleados. La niña puso su dedo sobre un lector dactilar que había junto a la puerta y éstas se abrieron. En el fondo había otra puerta que según me informó María era la entrada a su nueva casa. Sobre la puerta, una placa indicaba que era la residencia del director, James Andrews

María volvió a repetir la operación y entramos en un lujoso salón que hacía las veces de recibidor distribuidor. Delante de una cristalera que comunicaba con una enorme terraza, que más parecía una selva amazónica, apareció sonriente Marc, como si nada hubiera pasado, como si nos hubiéramos despedido hacia un par de días.

― Lucinda, por favor puede llevarse a la niña, darle de cenar y acostarla. En unos momentos pasaré a verla, pero ahora es mejor que atienda a mi invitada. ― pidió Marc en un más que correcto inglés.

Cuando marcharon; Marc me pidió que la acompañara hasta una estancia lateral que hacía las veces de comedor. Sobre la mesa habían dispuesto dos bandejas de sushi y sashimi, junto con unos cuencos que contenían diferentes salsas.

― Me he permitido pedirte algo para cenar, supongo que debes estar hambrienta y he recordado que te gustaba la comida japonesa; pero si quieres algo diferente, lo podemos pedir.

Yo seguía paralizada, creo que me encontraba en estado de shock y mi cerebro se veía incapaz de formar la más mínima frase con significado. Marc se situó delante de mí.

― ¿Bueno, no tienes nada que decirme?

Entonces reaccioné, la adrenalina recorrió mi cuerpo y recobré mi voluntad y lo primero que hice fue darle un bofetón que debió oírse por todo el recinto.

Marc se llevó la mano a la mejilla y visiblemente asombrado volvió a hablarme..

― Pues no esperaba esto la verdad. Te recordaba más dulce y amable.

―¿Y que esperabas, cabrón? ¿Qué esperabas después de haber estado meses llorando tu ausencia? Después de sentirme culpable por no saber entrever lo que se supone que hiciste. ¿No esperarías que me lanzase a tus brazos, supongo? Lo que has hecho no tiene nombre y no voy a perdonarte jamás.

Me di la vuelta, sin querer saber nada más, dispuesta a salir para siempre de su vida. Ya había sufrido bastante por culpa suya.

― Activaré mi pasaje y mañana si puedo, regresaré a España y no volverás a verme.

― Espera un poco. Dame una oportunidad, déjame que te lo explique todo y si después sigues queriéndote ir, respetaré tu decisión y yo mismo te acompañaré al aeropuerto. Por favor, acompáñame en la cena y escúchame quiero que sepas porqué lo hice todo y quiero que sepas que tu fuiste una parte muy importante que me llevó a tomar esa decisión.

En fin era una pena desperdiciar esa cena y la verdad es que estaba hambrienta; aunque me encontraba sucia y sudada.

― Tengo que darme una ducha antes, pero no te hagas demasiadas ilusiones: mi estómago me dice que me quedé, pero mi cerebro me grita que salga pitando de aquí.

Marc me acompañó al aseo y me proporcionó un albornoz, toallas y ropa deportiva.

― Mientras te duchas voy a contarle un cuento a Maria y darle su beso de buenas noches.

Al salir, tras una ducha relajante con hidromasaje que me ayudó a liberar mi tensión, me encontré a Marc sentado a la mesa. No hacía muy buena cara, su alegría se había esfumado y en sus ojos volvía a aparecer aquella tristeza que tanto había conocido. El hecho de estar mi mano marcada en un lado de su cara tampoco ayudaba a potenciar su imagen.

Empecé a comer, mientras Marc comenzaba su relato.

― Hacia tiempo que vivíamos en una ecuación imposible, era imposible resolverla y amenazaba con hacernos infelices a todos. Por otro lado, habíamos sufrido un par de ataques cibernéticos muy precisos y un intento de robo que seguramente recordarás, lo que me hacía pensar que mi actividad con Nicolai había levantado sospechas y alguna agencia de investigación estaba detrás de mí. Era cuestión de tiempo, a pesar de la cautela con que operábamos los últimos días, que nos descubrieran y saltara todo por los aires.

El caso es que el ruso al volver de nuestro viaje a Hong Kong pronunció una frase que me hizo pensar y que a la larga se convertiría en un plan para resolver la ecuación. “Estamos en deuda contigo, ya sabes que si necesitas que matemos a alguien por ti…” con esas palabras se despidió riendo Nicolai, recreándose en ese humor tan particular que cree tener. Pero ahí me di cuenta que la única forma de resolver la ecuación, era eliminando alguna de sus incógnitas. Mi primer pensamiento fue para Julia, pero no podría vivir con esa carga a mis espaldas; a pesar de que aparecía como la opción más fácil. Pasaron un par de días y le iba dando vueltas, hasta que de repente apareció ante mí la solución perfecta. Una solución de extrema simpleza, pero de logística complicada. Solo había una persona que pudiera ayudarme: Nicolai.

¿Te acuerdas aquel fin de semana que hicimos el amor? Allí fue donde planeé todos los detalles de la operación. Necesitaba estar solo para recabar información y darle forma.

Necesitaba una muerte que no se pudiera verificar con el ADN, pero que fuera lo suficientemente convincente para no levantar sospechas y ahí empezamos a reunir las piezas del puzzle.

― ¿O sea preferiste confiar en ese loco ruso que en mí? Pregunté mientras mezclaba algo de wasabi con salsa de soja y mojaba un sashimi de salmón.

― No era cuestión de confianza. A él, lo necesitaba y me cobró caro. Tuve que pagarle dos millones de dólares por su ayuda; aunque en honor a la verdad ha sido la mejor inversión que he hecho en mucho tiempo.

― El dinero que movíamos en la agencia era todo tuyo, ¿verdad?

― Sí, pero no era dinero ilegal, provenía de la herencia que me dejaron mis padres; aunque luego como ya viste se multiplicó exponencialmente. En tres o cuatro años más podría haberme convertido en el hombre más rico del mundo. Con parte de ese dinero compré este resort.

― La policía dictaminó tu muerte, compararon las placas dentales y no había lugar a dudas.

― Lo primero que necesitábamos era un par de cadáveres que coincidieran con nuestra apariencia física. Esa fue la parte más complicada, porque no podíamos hacer nada más hasta conseguir los dos cuerpos. De todas maneras, la organización de Nicolai se puso a trabajar por toda la Europa del Este y en algo más de dos meses surgió la oportunidad que estábamos buscando. Ese mismo día en un hospital rumano se les hicieron unas radiografías dentales que me enviaron por correo y al hombre una pequeña incisión para colocarle la placa en el peroné en el mismo lugar que me la habían colocado hacia unos meses.

― ¿ No me digas que te sacaron la placa para ponérsela al cadáver?

― Ya hacía unos meses que tenía hackeado el ordenador de mi dentista. Fue un juego de niños sustituir las placas dentales por las nuestras y después eliminar cualquier rastro que pudiera involucrarme. Tantas horas de trabajo con Guillermo dieron sus frutos. En cuanto a la placa fue mucho más sencillo todavía. Sobornamos a un enfermero con problemas económicos y le pagamos cien mil euros por traernos una placa como la que tengo injertada y cambiar el número de serie en el ordenador del hospital. Es curiosa la fe ciega que tenemos en los ordenadores, cuando en realidad fueron la parte más accesible de todo el plan.

Lo último fue escoger el lugar, necesitábamos un sitio donde no pudieran llegar los bomberos con rapidez, porque el fuego era nuestro último aliado, él acabaría con todas las posibles pistas que pudieran habernos descubierto. Un depósito lleno con un acelerante ocultaría cualquier rastro. La verdad es que la gente de Nicolai realizó su trabajo con gran eficiencia y profesionalidad, se ganaron hasta el último euro que les pagué. Aquel mismo dia Mr Andrews y su encantadora hija volaban en un jet privado hasta el aeropuerto de Orly. Los papeles corresponden a una segunda identidad que me he ido construyendo en Canada y que está fuera de toda duda. Son papeles falsos, pero legales

― ¿Y por qué no me dijiste nada? ¿Por qué no confiaste en mí?

― Porque sabía que intentarías disuadirme, porque lo verías demasiado peligroso. Además te hubiera sometido a una gran tensión durante los meses que estuvimos planeándolo y esperando reunir los elementos y las condiciones adecuadas

― Está bien, me has contado el cómo; quiero saber el porqué

― ¿De verdad, precisamente tú me preguntas eso? Sara, tú sabes por todo lo que he tenido que pasar, sabes que fui prisionero en un infierno y seguía aguantando. Lo hacia por Maria; pero aquel día, en su cumpleaños, comprendí que no había ninguna posibilidad de arreglo. Mi idea de que María creciera en el seno de una familia como la que tuve, saltó por los aires Lo hice por ti y por mí, para que pudiéramos ser felices, lo hice por Maria para que no tenga que crecer en ese ambiente tan tóxico e incluso por Julia, ahora tendrá la libertad que siempre quiso y podrá volver a la vida que tanto echa de menos.

― Te equivocas con ella. He tenido relación con ella estos últimos meses. Está destrozada, se siente culpable de todo lo que sucedió, está yendo a un psicólogo y aunque te parezca mentira, al final creo que empezó a sentir algo por ti.

― Tuvo muchas oportunidades, pudo renunciar tantas veces; pero no lo hizo y ¿sabes por qué? Porque es su naturaleza, está en su sangre. De alguna manera es como el escorpión que mata a la rana mientras cruzaban el río. Era cuestión de tiempo que hubiera vuelto a esa vida de la que tanto depende y al final hubiéramos acabado todos en el fondo del río.

― ¿ Al menos podías haberme ido a buscar al aeropuerto?

― Allí estaba, claro que lo hice, disfrazado. Os seguí hasta la capital y mientras Geoffrey daba un par de vueltas por la ciudad, yo me dirigí al puerto. Tenía que estar seguro de que nadie te había seguido. Por eso escogimos hacer el último trayecto en barca. Cuando me aseguré de que no tenías nadie detrás, cogí mi coche y volví hasta aquí.

Estaba todo explicado, para bien o para mal todas las cartas permanecían al descubierto sobre la mesa.

―¿Qué vas a hacer? ― preguntó esperando mi veredicto con esos ojitos de perrito apaleado.

― Me has mentido, Marc. No has confiado en mí. Volveré a España lo antes posible, mañana mismo si puede ser. Adiós, Marc; despídeme de Maria por favor, yo no podría hacerlo.

Y con esas palabras, abandoné el hotel, dispuesta a enfrentarme a una noche muy larga, una noche donde debería asimilar todo lo que había escuchado esa última hora.

― Buenos, días Mrs Ramis.Me he permitido traerle un zumo de frutas tropical y una botella de agua. Es muy importante que se hidrate bien.

Geoffrey colocó una pequeña mesita junto a mi hamaca y depositó en ella las bebidas.

― Estoy en aquella cabaña del fondo, sirviendo bebidas. Cualquier cosa que necesite me tiene a su servicio.

― Muchas gracias,Geoffrey.

No había podido dormir en toda la noche, repasando todas las palabras que nos habíamos dicho y realmente sólo había llegado a dos conclusiones. La primera era que no podía tomar una decisión que afectase a mi vida futura en caliente y la segunda es que me merecía unas vacaciones y qué mejor lugar que donde me encontraba.

Di un largo sorbito, recreándome en la sensación de aquel zumo de frutas frio que recorría mi cuerpo. Por suerte la protección que me brindaba la palmera me protegía de un sol radiante Volví a ponerme las gafas de sol y cerré mis ojos Me llegaba una suave brisa desde el océano. El silencio era apenas interrumpido por el sonido de las olas muriendo a la orilla de un mar en calma.

― ¡Joder, definitivamente creo que podría acostumbrarme a esta vida! ― Murmuré para mi misma.

Creo que al final sí que voy a comprarme aquel bolso, y necesitaré al menos un par de bikinis más y tal vez me pruebe algún vestido de noche. Ya sabía lo que haría esta tarde tras la sesión de spa y masaje que había reservado a primera hora.

Volvía a quedarme somnolienta cuando entre mis ojos ya semicerrados, noté una sombra que me advertía de la presencia de alguien a mi costado. Me subí las gafas para mirar a Marc directamente a los ojos.

― Me han informado que no te has ido, al revés, has reservado algún servicio para esta tarde. ¿Quiere eso decir que me perdonas?

― Lo único que quiere decir es que he llegado a la conclusión que me he ganado unas vacaciones y que cuando descansé ya veré lo que hago.

Marc evidentemente desilusionado me deseó una feliz estancia y se alejó cabizbajo.

Si he de ser sincera, la verdad es que en ese momento sentí algo de pena por él que estuvo a punto de hacerme cambiar de planes; pero resistí. Creo que lo castigaría un par o tres de días más. Se lo había merecido.

FIN (o más bien un principio, pero eso ya es otra historia)