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Dominaciónjul 2024

Un Cuento de 24/7: Encuentros (1/3)

Claudia nunca imaginó que su noche de cumpleaños terminaría a cuatro patas en un descampado, mientras su amo la usaba como juguete antes de llegar a la fiesta. Por otro lado, Montse debe demostrar su lealtad aceptando el semen de un desconocido en su boca, bajo la mirada fría de su señor. Dos sumisiones, una sola noche prohibida.

Ariadna Apodidomi4.3K vistas9.1· 7 votos

Nota de la Autora

No suelo escribir sobre hechos de la realidad. La verdad es que prefiero la libertad que me da la ficción, esa capacidad de crear mundos y personajes sin las restricciones que impone lo real. Sentirme atada a los hechos termina cansándome, ya que me limita en la forma de transmitir las emociones y las historias que realmente quiero contar. La realidad, con sus detalles y exactitudes, a menudo se interpone en el camino de la narrativa más fluida y evocadora que busco.

Sin embargo, mi Amo me ha pedido que haga un cuento para celebrar el 24 de julio, el día de nuestra comunidad. Pensé que podría ser una buena oportunidad para homenajear a las personas y las historias que forman parte de nuestro entorno. Así, he decidido escribir cuentos basados en historias que me han contado o que he vivido en la comunidad, como un tributo a la gente y a las experiencias que nos unen.

Este relato va por Antonio y Bea, grandes anfitriones y mejores amigos. Espero que os guste este cuento, aunque no sea mi estilo habitual. He intentado capturar la esencia de nuestras experiencias compartidas y espero haberlo logrado. El próximo año a lo mejor me animo y os hablo de mí y mis experiencias.

Debido a que se ha hecho un poco largo, lo he dividido en dos partes, aunque intentaré publicar al menos la primera parte el 24 de julio para que todos puedan disfrutarlo en esa fecha tan especial.

Quiero agradecer a todos los que me leen y a quienes dejan buenos consejos y comentarios de aliento. Son ustedes quienes hacen que esta pobre escritora, que solo escribe buscando el placer, siga adelante.

¡Disfruten la lectura!

RECUERDO que Claudia y yo estábamos sentadas en una terraza. Era una tarde tranquila de verano. Yo la había conocido porque era la sumisa de un conocido de mi Amo. Nosotras habíamos compartido sesión hacía un par de años y la verdad que nos caímos muy bien. Con el permiso de nuestros Amos, Quedamos solas, en algunas ocasiones para compartir consejos y quejas sobre nuestros respectivos dueños entre otras charlas más banales.

Aquella tarde Claudia encendió un cigarrillo, sus ojos se perdieron en el humo por unos segundos. Y comenzó su relato con una pregunta: “"¿Alguna vez has estado en una fiesta donde tuvieras que compartir sesión con tu madre?".

Esa pregunta además de sorprenderme se quedó grabada en mi mente. No podría imaginar esa situación nunca.

Claudia tenía 22 años cuando sucedió, y le pasó un 24 de julio por sorpresa y causó en ella un cambio de actitud hacía todo. Para entender completamente lo que ocurrió aquella noche, hay que conocer a las dos protagonistas: Montse y Claudia.

Montse cerró la puerta de su oficina con un suspiro de alivio. El día había sido interminable, cargado de reuniones y decisiones que no parecían llevar a ninguna parte. A sus 48 años, su vida se había convertido en una rutina de responsabilidades profesionales y personales, un ciclo monótono que solo se rompía en esos momentos furtivos que ella se permitía ser ella misma. Nadie en su entorno laboral, ni familiar sospechaba de su secreto, y así le gustaba mantenerlo.

En el ascensor, Montse se miró en el espejo, ajustando un mechón de su cabello oscuro que se había desviado de su peinado cuidadosamente elaborado. Sus ojos, normalmente serenos, brillaban con una chispa de emoción que solo se encendía en las vísperas de sesiones especiales. Al llegar a casa, se sumergió en su ritual: un baño relajante, poniéndose cuidadosamente lo que su amo le mandó vestir, traje negro de noche muy escotado y con una falda amplia que permitiera fácil acceso a sus dominios. Aplicó un maquillaje que evocaba el deseo de seducir como sumisa florero que era.

Montse desde hacía un par de años era la sumisa de un hombre casado y con una reputación en el país, un secreto que guardaba celosamente incluso de su propia familia. Para ella, su entrega era un escape de su condición de madre divorciada y ansiosa por vivir aventuras después de criar a una hija y haber estado sometida a la rutina de una vida marcada por “lo que debe ser”. También le permitía conectar con esa parte de sí misma que había quedado sepultada bajo el tiempo y las expectativas de los demás.

Esa noche, sin embargo, algo diferente estaba en el aire. Era 24 de julio, la celebración de la comunidad, iba a ser su segunda fiesta como sumisa de su amo, pero la estaba viviendo como la primera. Mientras ajustaba el collar que le había regalado su dueño alrededor de su largo y blanco cuello, su teléfono vibró con un mensaje. Era de él, dándole la dirección de la fiesta exclusiva en un club clandestino de la ciudad donde debería dirigirse sin ropa interior y dispuesta a entregarse y someterse a los deseos de su amante. Sólo eso produjo en su coño una inundación que empapó sus muslos ansiosos de abrirse y de ofrecer el tesoro que ahora vibraba entre ellos. Montse sintió un escalofrío de emoción y nerviosismo recorrer su espalda.

Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Claudia se encontraba en una situación similar. Con 22 años, había crecido rápida y decididamente desde el divorcio de sus padres, alejándose emocionalmente de su madre en el proceso. Claudia había construido un muro de independencia y autoconfianza, buscando su propia identidad lejos de la sombra de los problemas de sus padres. Vivía en un piso compartido y mientras trabajaba en un restaurante como camarera estaba terminando cuarto de psicología.

Claudia posee una melena rizada y unos ojos verdes llenos de curiosidad y determinación. Tiene unas tetas maravillosas, (lo sé, las he probado) con unos pezones duros y sabrosos, un culo que sabe utilizar redondo y abierto. Su coño es dulce como una papaya. Cuando yo la conocí sus caderas se habían ensanchado y sus piernas tenían un exceso de peso, pero seguía siendo una mujer atractiva. Sin embargo, mientras me contaba la historia la imaginé con 22 años y no pude más que sentir mi propio coño pidiendo más de los recuerdos que me contaba.

Desde que empezó a salir con su nueva pareja, había descubierto un mundo nuevo de intereses y pasatiempos, entre ellos, la dominación y la sumisión. Y si bien, no podía decir que pertenecían a ese mundo aún, les gustaba jugar y alguna que otra sesión habían tenido. El chico con el que estaba era switch y había practicado ambos roles, pero ella se sentía más cómoda entregándose que dominando. Me dijo con una risotada muy suya – “Siempre he sido bastante vaga con el tema de la follada.”

Esa noche, su pareja había insistido en llevarla a una fiesta especial en un club clandestino y pidió que guardara el secreto. Claudia, tuvo que cambiar su turno en la cafetería e inventarse una historia para no dormir para sus compañeras de piso y así evitar preguntas.

Claudia se miró en el espejo una vez más, ajustando el collar a su cuello, esa noche iría de sumisa y Toni tomaría el papel de amo. Iba con un conjunto de sujetador, con sorpresa, y falda de cuero negro que se pegaba a cada línea de su cuerpo. Los zapatos de tacón alto, unas muñequeras y tobilleras de cuero rojo le dieron el toque de mujer con dueño que, sin duda, capturaría todas las miradas. Mientras se aplicaba el último toque de perfume en el cuello, una mezcla de nervios y emoción se apoderó de ella. Podía sentir cómo la anticipación vibraba en el aire, cada minuto que pasaba aumentaba la intensidad de sus expectativas.

Había dedicado horas a prepararse, buscando la perfección en cada detalle, queriendo sentirse no solo bella, sino también segura y seductora. Una confianza que irradiaba cuando sabía que estaba en su mejor versión.

La puntualidad nunca había sido el fuerte Toni, y Claudia se desesperaba con la angustia de la antelación, a él le gustaba jugar con eso para excitarla. Cuando el telefonillo sonó, su corazón dio un vuelco, como siempre ocurría cuando anticipaba la llegada de quién sería su dueño. Se dio una última mirada en el espejo, sonrió con satisfacción y se dirigió a la puerta.

La voz de Toni sonó – “Baja, que no hay forma de aparcar, tu calle es un desastre y estoy en doble fila.” No era bueno hacerle esperar, no fuera que se le ocurriera castigarla y no tuviera orgasmo aquella noche. Así que se hecho una capa negra en los hombros y bajó por la escalera con los tacones y casi se mata en el intento. Ella sabía cómo le gustaba a su hombre verla salir y sentirse en posesión de aquel cuerpo y mente que tanto vicio poseía. Así que en el portal se abrió la capa y bajó las copas del sujetador que eran extraíbles (de ahí la sorpresa) para que viera sus piercing en sus pezones.

Toni estaba allí, con una expresión de impaciencia mezclada con el deseo de verla. No importaba cuántas la hubiera admirado, siempre tenía el mismo efecto en él. Su mirada la recorrió de arriba abajo, una lenta inspección que no intentó disimular. Había algo en la forma en como la observaba, una mezcla de orgullo y deseo, que hacía que Claudia se sintiera aún más hermosa.

—Estoy deseando inspeccionarte en profundidad —dijo Toni finalmente, con una sonrisa que iluminaba su rostro.

Claudia respondió con una sonrisa, notando cómo su nerviosismo se desvanecía, reemplazado por una cálida humedad en su coño y un escalofrío que recorrió su espina dorsal. Subieron al coche, la noche apenas comenzaba y el aire estaba lleno de promesas. Mientras se acomodaba en el asiento, sospechó que Toni seguía mirándola, sus ojos reflejaban la chispa de lo que estaba por venir para ambos aquella velada.

La conexión entre ellos era palpable, una tensión sutil que hacía que cada gesto, cada palabra, tuviera un significado añadido. Toni arrancó el coche y se incorporaron al tráfico.

—Voy a parar en el parking de la universidad antes ir a la fiesta. No puedo esperar para hincarte el diente. — le sugirió Toni mientras la miraba de reojo.

—… Pero llegaremos tarde — respondió Claudia con una sonrisa maliciosa.

—Da lo mismo, sabes que lo que verdad interesa no empieza hasta tarde, así nos saltamos las tonterías de los saludos y los vamos a ponernos al día, que siempre me han reventado. Además, hoy el collar lo llevas tú y debes obedecerme en todo — le dejó claro Toni con determinación.

—Si señor, como desees— Aceptó Claudia con un suspiro.

Pararon en un descampado solitario, donde Claudia había tenido varias veces sexo con excompañeros y amigos. Era un lugar apartado de todo y se podía ver gracias a una farola solitaria que señalaba con su luz la entrada al parking. Toni le ofreció sus nudillos para que los besara. Ella posó sus labios suaves y calientes sobre el puño de su amo en señal de sumisión y cerró los ojos para besarlos.

Toni enganchó una correa a la argolla del collar y tiró de ella para sacarla del coche a cuatro patas por encima del cambio de marchas y el asiento del conductor. Ella dejó la capa sobre su asiento y se dejó llevar. En cuanto la tuvo fuera le ordenó que se pusiera de rodillas y sacara sus tetas. Ella obedeció. Él, extrajo su polla de su pantalón, Toni tenía un rabo interesante, no era monstruoso, pero era bastante grande para que cualquier chica quisiera metérselo entre los labios. Y con voz segura ordenó:

—Lamela y haz que me olvide del día —

Claudia cogió la polla con una mano que se endurecía lentamente bajo el calor de sus labios que comenzaron a jugar con el capullo a soplar y rozar. Cada lamida era un placer sensorial, la textura suave y un poco esponjosa se deshacía en su boca, dejando un rastro de calor y de sabor agrio en su boca. Había elegido tomárselo con calma para alargar el placer de su señor y hacerle desearla hasta que no pudiera más.

Claudia, cerró los ojos un instante, permitiéndose saborear plenamente la polla en su lengua. Sentía una excitación profunda, una conexión por el simple acto de dar placer sin esperar nada a cambio. La tranca, cada vez más dura y temblorosa, contrastaba con la quietud de la noche y las sirenas lejanas que rayaban la noche, acunándola con sensación placentera que recorría todo su ser.

Mientras se comía la pija de su señor, sus pensamientos volaron hasta la fiesta que esperaba su presencia y anticipó cada uno de sus movimientos al entrar en el local guiada por la correa de su señor. Esa ansiedad, ese mismo deseo, le hizo acelerar sus movimientos e imprimir a su objeto de deseo un mete saca vigoroso y vibrante.

El cielo, era un lienzo negro y misterioso que la hacía prever una explosión de semen en su boca. La luz tenue de la farola proyectaba sombras suaves, y el silencio de la noche se vio interrumpido por los gemidos de Toni mientras se derramaba en la boca de Claudia.

Terminado su trabajo, lamió los restos semen de sus dedos y sonrió. Miró a los ojos de Toni en la oscuridad y vio un deseo animal en él, un deseo que le hizo llevar la mano a su coño. Claudia se detuvo un poco antes de acariciarse porque Toni negó con la cabeza y los dedos de Claudia se quedaron a medio camino de mojarse entre sus labios deseosos de ser saciados. En ese instante, comprendió que le pertenecía y que aquella noche él llevaría el control y ella ólo debía dejarse llevar.

Toni ordenó que se pusiera a cuatro patas en el asiento trasero y sacó una linterna de su bolsillo, le bajó las bragas y abrió su coño donde introdujo dos dedos.

—Llevas el plug como te dije, te estará dilatando bien y en algún momento de la noche te lo quitaré y meteré mi polla en su lugar — Le comunicó Toni orgulloso.

Claudia podía oír los ruidos de sus fluidos mientras Toni paseaba sus dedos por su raja. Su culo se movía adelante y atrás sin que pudiera hacer nada. Todo su ser quería soltar el orgasmo que tenía mordido en su clítoris. Pero Toni muy hábilmente, no se lo permitía. Le dio un fuerte azote en las nalgas y le dijo que ya estaba lista para ir a la fiesta. – Estoy satisfecho con mi perra – concluyó antes de volver al coche.

Montse, esperaba en la calle al taxi, envuelta en una especie de chal negro que para la fecha del verano en la que se encontraban parecía fuera de contexto. Cuando se detuvo un coche negro ante su puerta. Bajó del sedan un chofer uniformado y de raza negra.

—¿Montse xxxxxx?, este será su coche esta noche. Se lo manda el señor Rubio. – Montse se sorprendió y se acercó al vehículo. El chofer abrió la puerta y dejó que se acomodara en el interior. Le hizo gracia el nombre elegido por su amo, el color de su pelo era rubio, pero no le hacía ninguna justicia aquel apodo.

En cuanto estuvo dentro del vehículo el chofer le dio un sobre. Ella lo abrió apresuradamente. Contenía unas instrucciones escritas de puño y letra del señor Rubio:

“Esta noche serás mi orgullo y te comportarás como la mejor de las hembras. Habrá un concurso y te presentarás conmigo como domador. Quiero que lo ganes o tendrás que responder ante mí. Espero que tu obediencia y sumisión sean exquisitas toda la noche y que estés dispuesta a testar tus límites. Para empezar, me gustaría que te ofrecieras a mi chofer y que le excites. Si consigues que se interese por ti, no creo que quieras defraudarme, quiero que mantengas su semen en tu boca hasta que nos encontremos y me lo muestres. Tu primera labor como sumisa hoy será de tupperware de lefa.”

Ese tipo de lenguaje retador y despectivo era lo que a Montse le excitaba de su amo y le hacía entrar directamente en el rol. Miró hacía el asiento del conductor y valoró al hombre que debía seducir. Se dio cuenta que hasta entonces no le había prestado atención. Era un hombre corpulento, de piel oscura, con ojos rasgados y manos duras y grandes. Muy concentrado en su labor de conducirle y sin prestar atención a nada más. Necesitaba encontrar una forma de excitarlo antes de que llegaran a su destino.

Montse subió el tacón negro de nueve centímetros al asiento y clavó el tacón en él para que le sujetara la pierna. La postura expuso su sexo con el clítoris erguido y los labios empapados por su lubricidad desmedida. La situación le había puesto muy caliente. Llevó dos dedos a su lengua y luego los metió en el coño intentando hacer todo el ruido posible. Con la otra mano extrajo sus dos pechos grandes y pesados de aureolas generosas, pero bien proporcionadas con el tamaño de sus tetas y empezó a pinzarlos. El conductor miraba por el retrovisor y de vez en cuando y lo ajustaba para tener una mejor visión de lo que pasaba en el asiento trasero. Montse estaba segura de que no perdía detalle gracias a las luces de la calle que alumbraba el interior del sedán.

Pronto se dio cuenta que su estrategia no surtía efecto, empezó a gemir y a contornearse en el asiento de cuero que se pegaba a sus nalgas desnudas. De vez en cuando inclinaba el cuerpo para observar lo abierto que estaban sus labios y lo bien que se veían sus dos agujeros. Su cadera subía y bajaba llamando al hombre que se suponía que la tenía que atravesarla con su gran cipote. Ese movimiento producía pequeñas contracciones en su vagina que le estaba llevando al orgasmo. Pero ella sabía que no debía correrse sin el permiso de su amo. Volvió a ver los ojos del chofer en el retrovisor mirándola, pero no detenía la marcha del coche y seguía con su cometido.

Así que recordó entre jadeos una frase de su amo, el señor Rubio, referida a su sumisión: “Para llegar a lo más alto, a veces, hay que bajar a lo más bajo”. Necesitaba humillarse hasta el final si quería conseguir su cometido. Y ya no le quedaba mucho tiempo y su masturbación estaba a punto de llevarla al orgasmo.

—El señor Rubio decía en su nota que debía azotarme veinte veces antes de dejarme en la fiesta – dijo Montse con su voz entrecortada por los jadeos que salían de sus pechos locos por ser lamidos.

De golpe el vehículo cambio de dirección y se introdujo en el la boca de un parking subterráneo. El chofer abrió la ventanilla, pasó una tarjeta y la barrera se abrió. El coche condujo a toda velocidad por los pisos del Parking hasta que llegó al cuarto sótano. Montse tuvo que cogerse para no salir despedida por el asiento trasero. Se estacionó en una plaza vacía. Toda la planta estaba vacía.

El chofer se bajó del automóvil, abrió la puerta trasera y metiendo dos dedos en la anilla del collar que llevaba en su cuello tiró de Montse para sacarla del asiento trasero. La agarró por la espalada con sus grandes manos y la puso encima de la parte delantera del Sedán. Levantó el vestido de la mujer y dejó su trasero al descubierto. Apoyó la pelvis contra el hermoso culo de Montse y presionó su espalda hasta que sus pezones tocaron el metal caliente. Montse notó un bulto considerable dentro del pantalón del chofer y sonrió pensando que su estrategia estaba funcionando. Él se dirigió al maletero y sacó lo que Montse pudo ver de reojo un bate de cricket de madera. Se colocó detrás de ella y tras medir un par de veces la distancia con un ligero balanceo de la herramienta dejó caer el bate sobre las nalgas desnudas de Montse que gritó con un jadeo contenido. “¡Maldita sea! Si sabe hacerlo el cabrón éste” – Pensó Montse mientras recibía el siguiente golpe.

Montse en cada golpe trataba de abrir más la piernas y exponer más su raja. Buscaba dar la mejor visión de su coño al hombre para que parara de azotarla y se la follara. El chofer cumplió con su cometido propinó veinte azotes sobre el culo desnudo de Montse que ahora estaba totalmente rojo, casi podía encenderse una cerilla con el simple acto de tocarlo por el calor que desprendía. Su coño estaba también al rojo y no dejaba de expulsar líquido por sus muslos. En el último azote, el chofer pasó la mano por las nalgas de Montse y metió un dedo enorme en su raja. Montse aprovechó para agarrar su paquete y caer de rodillas ante él.

Abrió rápidamente el pantalón y extrajo el rabo que debía vaciar. Se decepcionó un poco con el tamaño, esperaba que fuera enorme. Ingenuamente se había creído el dicho popular que los negros eran los mejor dotados. Este hombre la tenía normal y nada desproporcionada como ella esperaba. En su mente de mujer occidental esperaba el negro de What´s app.

La luz fluorescente y el silencio parecían amplificar su deseo de comerse ese falo que ya tenía entre sus manos mientras lo meneaba con insistencia. Enseguida empezó a oír los gemidos del dueño del cipote que daba duros golpes de cadera con la intención de acelerar el ritmo.

El parking era fresco y tenía un olor a cemento y aceite de motor. Se encontraban en rincón donde la penumbra proporcionaba una extraña sensación de refugio. El aroma que dejaba escapar el sexo totalmente duro de aquel hombre le hizo cerrar los ojos un momento y suspirar con anticipación.

Se lo metió en la boca y percibió un estallido de sabores que nunca antes había probado. La piel de fuera era suave y el capullo era una punta de flecha con una textura que no supo describir, la encontró jugosa por la cantidad de líquido preseminal que estaba soltando, y los testículos que eran enormes, caían con la gravedad sobre los dedos de la mujer y se movían arriba y abajo con cada embestida. Todo el conjunto de sensaciones que estaba percibiendo se le antojo como una sinfonía de texturas y gustos que la estaba volviendo loca y la hacía desear que se la introdujera en su agujero más lubricado. Montse sabía perfectamente que eso era imposible, que le habían ordenado que recibiera en su boca lo que aquel hombre estaba ansioso por expulsar. Era como si toda la tensión del día se disolviera con cada succión y era reemplazada por una simple y pura alegría.

El silencio del parking subterráneo, solo interrumpido por los jadeos del hombre, creaba una atmósfera de intimidad. Montse saboreaba no solo la polla de su chofer, sino lamía sus huevos y metía un dedo entre las nalgas buscando una pronta eyaculación. Se sentía poderosa e introducía el miembro del hombre hasta su garganta hasta tener una arcada para reproducir las contracciones de una vagina a punto de correrse.

A medida que la polla del chofer estaba más cerca de reventar, Montse disminuyó el ritmo y empezó a jugar con su lengua acariciando el glande y el frenillo. Un chorro caliente llenó su boca que no dejó de salir semen mientras el hombre sufría espasmos de placer y jadeaba sin sacar su sexo del interior de Montse que no cesaba de extraer toda su semilla. Aquella comida, tan bien realizada y tan controlada, había dado su resultado. Montse consiguió su premio y mantuvo el semen en el interior de su boca como le habían ordenado. Se volvió a subir al automóvil y notó como sus líquidos vaginales manchaban la tapicería de cuero, proporcionándole un placer extra.

El resto del viaje fue en silencio. Su boca mantuvo todo el líquido que el chofer había derramado en su interior. Al llegar al local el conductor le abrió la puerta y la acompañó a la entrada. Le dio las buenas noches y las gracias. A lo que ella no respondió. Al entrar en el local el señor Rubio la estaba esperando. Enganchó la correa a la anilla del collar y le hizo una señal para que se arrodillara y besara sus zapatos. Luego tiró de ella llevándola a cuatro patas hasta un reservado privado.

—¿Has hecho lo que te he ordenado? – Preguntó el señor Rubio con su voz grave y rota.

Ella asintió mientras bajaba la mirada.

—Muéstramelo – Ordenó.

Ella abrió la boca y mostró el líquido blanco que inundaba su lengua.

—Eres una buena zorra – le dijo mientras acariciaba sus tetas – Escúpelo. No querrás tragarte el semen de otro hombre.

Ella obedeció y lo dejó caer en una servilleta.

—Esta noche el único semen que te tragarás será el mío – Aclaró el dueño marcando sus necesidades.

—Si señor, como mande – Respondió Montse con los ojos clavados en la polla de su amo que deseaba más que nunca.

—Bébete el güisqui que te he pedido y desinféctate, que a saber lo que te han metido en la boca – Comentó el señor Rubio con desprecio. – Mañana mismo le despido. No sé cómo se atreve a utilizar mi propiedad sin permiso.

A Montse le excitaba mucho esa actitud de desprecio y mandando sobre lo que él pensaba que le pertenecía. Esa manera de tratarla, de protegerla y de sacar de ella lo más humillante, provocaba en su sexo y en corazón alegría y orgullo. Aunque sabía que todo era un teatro y que el orgullo era peligroso para una sumisa, no podía evitarlo.

Cuando llegaron a su destino, Toni detuvo el coche tras estacionarlo unas calles más abajo. Tomó la mano de Claudia y ambos se encaminaron al club. La fachada, discreta y casi anónima, apenas insinuaba la intensidad de lo que aguardaba en su interior. Una luz neón púrpura marcaba la puerta, proyectando sombras largas y sugerentes.

Un portero imponente los escrutó con una mezcla de curiosidad y desdén antes de dejarles pasar. Les pidió la invitación y les advirtió que era una fiesta privada, no apta para cualquiera. Toni, con gesto sigiloso, llevó al portero a un lado, como si no quisiera que Claudia oyera lo que tenía que decir. Hablaron durante unos diez minutos, tiempo en el que Toni señaló a Claudia varias veces. Finalmente, el portero asintió con una expresión que mezclaba aprobación y reserva.

Toni se acercó a Claudia y ató la correa a la argolla de su collar. – “A partir de ahora estás a mi servicio y debes obedecer” -. La puerta se abrió con un chirrido, y Claudia sintió un escalofrío recorrer su espalda. Al cruzar el umbral, fueron recibidos por un vestíbulo oscuro, iluminado solo por destellos intermitentes de luces estroboscópicas que revelaban fragmentos del espacio a su alrededor. Las paredes estaban adornadas con telas negras y rojas, creando una atmósfera de misterio y sensualidad.

El sonido de la música pulsaba a través del suelo, un latido constante que resonaba en el pecho de Claudia. Ella y Toni intercambiaron una mirada de excitación y nerviosismo, Él, tiró de la correa y acercó más a su sumisa a su lado. La atmósfera cargada de energía los envolvía, cada paso que daban los sumergía más en un mundo ajeno a todo lo que conocían.

Atravesaron un pasillo estrecho, las paredes cubiertas de espejos biselados que deformaban sus reflejos, lámparas de araña que lanzaban destellos dorados, creando una sensación de irrealidad. Al final del pasillo, una cortina pesada de terciopelo negro bloqueaba su camino. Toni la apartó con un gesto decidido y ambos entraron en la sala principal.

continuará...