Xtories

El chico del tren

Durante meses, solo pudo mirarlo desde la distancia del vagón. Pero cuando la multitud los aplastó uno contra el otro, la fantasía se rompió y el deseo se volvió carne. Ahora, cada vez que sube al tren, el recuerdo de su semen en su interior la hace temblar.

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Le llevaba viendo a diario a las siete y diez de la mañana. Ambos cogíamos el tren en Getafe a la misma hora con destino Atocha. Allí yo cogía la línea uno con destino a Vallecas para incorporarme a mi trabajo. Casi siempre volvía a verle en el andén del Metro en dirección contraria.

Desde el primer día que me fije en él me pareció un chaval guapo y sexy. Pelo largo moreno y estilo afro. Cuerpo fibroso, pero no musculado. La vestimenta un poco desastre y holgada, estilo hippie de los años ochenta.

Ambos nos colocábamos a en mismo lugar del anden para al llegar a la estación donde nos apeábamos nos pillara la salida justo enfrente. Al entrar en el vagón él siempre se ponía pegado al final, junto a las puertas contrarias a las de entrada. Yo me colocaba en medio de ambas puertas sujeta a la barra de agarre de los pasajeros. Desde allí podía observarle perfectamente. Directamente si estaba girado hacia la ventanilla dándome la espalda o a través del reflejo en el cristal de la puerta contraria si estaba girado hacia mí.

Todos los días sentía la excitación que me producía verle y al salir en Atocha aceleraba el paso buscando volver a verle cuanto antes en el anden contrario. Ya en el nuevo tren en destino contrario a él, cerraba los ojos y fantaseaba con que me besaba y me sobaba el cuerpo mientras yo me entregaba a sus manoseos. Mas de una vez al llegar a mi centro de trabajo, me excusé con mis compañeras para encerrarme en el baño y hacerme un dedo.

Un día, de repente, el andén de Getafe se empezó a llenar de gente hasta el punto que daba cierto miedo acercarse a las vías por si te empujaba la muchedumbre intentando acceder a algún punto que le permitiera entrar a un vagón del primer tren que llegara. Aquel día llegué al trabajo frustrada. Tan solo le había visto la cabeza un momento y a lo lejos.

Fueron mis compañeras las que me explicaron porque los trenes, de pronto un lunes, se llenaban por la mañana. El Ayuntamiento de Madrid había establecido un sistema de control de aparcamiento en el centro de la ciudad y había que pagar. Y no solo era pagar, es que cada dos horas tenías que mover el vehículo para no ser multado. Estas dos circunstancias hacían inviable desplazarse a Madrid en coche para la jornada laboral.

Me imaginé que a partir de entonces todos los días serían igual y solo en contadas ocasiones podría observarle como siempre. Decidí que tenía que hacer algo y lo más lógico era colocarme lo más cerca posible de él. Era posible que en la avalancha de gente consiguiera colocarme pegada a él y llegara a tocarle en algún momento confundida entre la muchedumbre.

Al día siguiente me coloqué en el anden lo más cerca posible de él. Al entrar en avalancha me quedé a medio metro de él. Era lo más cerca que habíamos estado nunca. Al otro día me coloqué más cerca de él en el andén e intentar no separarme al entrar. Con un poco de suerte, cuando la gente nos aplastara intentando entrar en el vagón, me estrujarían contra él.

Bingo. Mi estrategia dio resultado y nada más entrar el se desplazó hacia la izquierda y yo detrás de él. De pronto me empezaron a empujar y cada vez me veía más aplastada contra su espalda. Cuando el tren arrancó nos empezamos recolocar todos acomodarnos lo mejor posible. Aproveché para bajar los brazos y dejar de protegerme el pecho con el bolso.

Me encontré con los pechos pegados a su espalda y todos los usuarios desplazándonos hacia un lado y otro por los movimientos del tren. Cada vez sentía más duros los pezones y los restregaba contra él. Aquel día no pude esperar a llegar al trabajo. Me tuve que meter en los servicios de la estación de Atocha para tocarme y relajarme con dos soberbios orgasmos. Acababa de iniciarse una segunda etapa en mi deseo por aquel hombre.

A partir de entonces y temiendo que Renfe pusiera más vagones atendiendo a las necesidades del servicio, casi todos los días conseguía contactar con su cuerpo de una manera o de otra y como no podía ser de otra manera, llegó un día que me saludó al verme y al entrar en el vagón me protegió con sus brazos para evitar que me aplastaran. Lo siguiente fue que al colocarnos uno frente al otro y nos empujaron nos quedamos pegados.

Cuando sentí su muslo colocarse cerca de mi entrepierna me recoloqué como pude para pegarme a él. Los vaivenes hicieron que nos restregáramos, sin ser él consciente de donde me estaba presionando. Cuando suspiré sin poder evitar la excitación que me embargaba me preguntó si me encontraba bien. Mi respuesta fue que me agobiaba un poco la multitud, cuando la realidad es que estaba cachonda perdida y tuve que volver a hacer uso de los servicios de Metro al llegar a Atocha.

Empezamos a hablar todos los días y entrabamos juntos al vagón. Un día su brazo quedó aplastado contra mis pechos y se disculpó aduciendo que no podía moverse. Mi respuesta fue que no se preocupara, que todos íbamos igual de aplastados. Una nueva idea se me vino a la cabeza. Intentaría colocar la mano donde no pudiera moverla cuando me aplastaran y que esta fuera directa a contactar con su entrepierna. Ya puesta a actuar iba a ser directa.

Dos días tardé en encontrar la ocasión. Al entrar cogí el bolso y me lo puse delante poniendo las manos a la altura justa para coincidir con su bragueta. Con el fin de buscar el mejor contacto posible, puse plano el dorso de la mano coincidiendo con la altura justa. Solo tenía que esperar a que el tren se pusiera en movimiento.

En el momento que tomamos contacto uno con el otro y sintió mi mano sobre su miembro, su reacción fue retirarse hacia atrás, pero las circunstancias hicieron que poco se pudiera mover y decidió que lo mejor era no moverse y disimular como si yo no fuera consciente de donde tenía la mano.

Poco a poco empecé a notar que aquello crecía y se ponía duro. Mi alegría iba amentando al ritmo de su crecimiento. Evité mirar hacia arriba para que no viera lo acalorada que debía de tener la cara fruto de la excitación y se rompiera el hechizo del momento. El destino hizo que llegáramos a Atocha mucho antes de lo que me hubiera gustado. Por mi me hubiera quedado allí el resto del día.

Al abrirse las puertas la gente empezó a abandonar el vagón y este a despejarse. Cuando me pude mover me giré dándole la espalda y salí lo más rápido posible buscando los servicios. Cerré la puerta y lamenté no llevar falda, lo que me hubiera facilitado enormemente tocarme. Me desabroché el pantalón y me bajé las bragas. Una vez liberada de la ropa que me estorbaba me metí dos dedos en la vagina tanto como pude y con la otra mano me ocupé del clítoris.

Poco necesite para llegar al primer orgasmo, pero no fue suficiente para calmar la calentura que me embargaba. Seguí masturbándome hasta alcanzar un nuevo orgasmo que me sacudió hasta el alma. Me subí los pantalones y las bragas y esperé a calmarme un poco. Estaba sudando y notaba la camiseta húmeda pegada al cuerpo.

Llegué con diez minutos de retraso al trabajo. Mis compañeras se interesaron por mi preguntándome que me pasaba al ver mi estado. Afortunadamente me cambié la ropa por la de trabajo, salvo las bragas y el sujetador que no tenía recambio. Me pasé la mañana entera incomoda por la humedad entre las piernas que no cesaba de segregar fluido cada vez que se me venía a la cabeza lo ocurrido esa mañana.

Al día siguiente busqué la forma de repetir la escena. Para mi desgracia, no sé si por casualidad o intencionadamente por parte de él, al entrar en el vagón se quedó a más un metro de distancia de donde yo me pude colocar. Con frecuencia desviaba la mirada hacia él y más de una vez las cruzamos. Mi desazón era mayúscula cuando me encontré en el anden y le vi alejarse sin siquiera dedicarme una última mirada.

De camino al trabajo decidí que al día siguiente me vestiría de forma muy distinta. Cambiaría mi look por el de los fines de semana cuando salía de marcha en busca de atraer a cualquier chico que se interesara por mi anatomía lo suficiente para que intentara enrollarse. Aunque nunca llegaba con ellos más allá de unos restregones mientras bailábamos.

A la mañana siguiente, nada más verme, le vi esbozar una leve sonrisa. Esa vez fue él quien se colocó tan cerca de mí al entrar al vagón que podía respirar su olor. Se colocó pegado a mi espalda y en cuanto el tren inició la marcha, noté en mis nalgas el contacto de su cuerpo. Al poco fue muy evidente que estaba restregándose la entrepierna contra mí. Sentí perfectamente como aquello crecía pegado a mi culo y me excité de tal manera que no tuve más remedio que bajar una mano como pude a mi entrepierna. Empecé a tocarme al ritmo que se frotaba y escondí la cara contra la espalda de otro pasajero para que nadie viera como disfrutaba. Sentí su aliento junto a mi oreja y aquello empezó a deshincharse. Me froté con más energía presionándome contra él hasta conseguir correrme antes de que despareciera totalmente su inflamación.

Salí feliz del vagón. Había conseguido llegar al orgasmo con el contacto de su miembro en mi culo y él se había corrido justo un momento antes utilizando mi cuerpo como estimulante. Ese día no necesite refugiarme en los baños del Metro para acariciarme. De momento estaba satisfecha, pero no pude evitar tocarme de nuevo en el trabajo.

Los dos días siguientes no le vi y mi desilusión fue grande. Yo que al día siguiente me había puesto perfume y una camisa fácil para acceder a mis pechos por si se decidía a tocarme entre la multitud. Mis compañeras me preguntaron en repetidas ocasiones si me pasaba algo, porque estaba como triste y bastante despistada.

Al tercer día, en cuanto le vi, no pude evitar mojarme las bragas como si me hubiera meado. El calor entre las piernas aumentaba por momentos y si no hubiera estado en el anden delante de tanta gente, me habría tocado allí mismo. Venía vestido con unos pantalones muy finos de verano, qué en vez de tener bragueta, tan solo llevaba una goma ajustada a la cintura.

Esta vez, sin mucho disimulo por ambas partes, nos colocamos uno frente al otro y nos miramos a los ojos. En cuanto el tren empezó a andar sentí la presión que tanto anhelaba contra mi pubis. Yo me apreté contra él y sentí una vez más como le crecía el miembro, pero esta vez contra la parte baja de mi estómago.

Como en un acto reflejo, deslicé la mano hacia abajo lo suficiente para tocárselo. Su sorpresa fue mayúscula cuando le bajé un poco el pantalón dejando medio pene fuera. Me subí un poco la camisa para sentir su piel contra la mía y empecé a masajearle. Buscó la forma de deslizar una mano por dentro del escote de la camisa hasta contactar con mi pecho y metió la mano dentro del sujetador. La presión de sus dedos sobre el pezón, me hicieron desear tenerle dentro de mí y que me cabalgara salvajemente.

Cuando sentí el liquido caliente sobre el estómago me sentí feliz. Había vuelto a satisfacerle y esta vez con nuestras pieles en contacto directo. Abandonó mi pecho y la mano me recorrió el cuerpo hasta perderse por debajo de mi falda. Tocó mi centro de placer y buscó dentro de mis bragas la mejor forma de masturbarme en las condiciones que estábamos. No necesitó ni un minuto para que apoyara la cabeza contra su cuello y mordiéndome los labios para no dejar salir los gemidos, me corrí.

Esperamos pegados hasta que el vagón se fue vaciando de pasajeros. Saqué del bolso un paquete de pañuelos de papel y le ofrecí uno. Antes de limpiarse se llevó el dedo con el que había hecho que me corriera y lo chupó. Yo me llevé la mano manchada de su esperma a la boca y le imité. Después de limpiamos hizo ademan de cederme el paso y juntos abandonamos el vagón.

Esta vez subimos juntos en las escaleras mecánicas, previamente dejamos que todos los pasajeros subieran primero para tener algo de intimidad. Me puso la mano en el culo y me dijo que había sido bonito, no solo lo ocurrido ese día, sino todo el proceso de acercamiento. Le confesé que muchos días me había metido en los servicios a masturbarme pensando que era él quien me lo hacía. Me miró a los ojos y me dijo que podríamos utilizarlos juntos en alguna ocasión.

Lo poco que duro el viaje en las escaleras hasta el punto donde nos separabamos siempre, nos dio de sí lo suficiente para acordar tomar el tren quince minutos más antes de lo acostumbrado al día siguiente. Al despedirnos me dio un beso en los labios y yo retuve su cabeza para meter la lengua dentro de su boca. Un adiós con la mano nos separó durante las siguientes veinticuatro horas.

Ese día llegué al trabajo tan pletórica que las compañeras se interesaron por el motivo. Mi respuesta, con una amplía sonrisa de oreja a oreja, fue que había conocido a mi príncipe azul en el tren de Getafe a Atocha. Se me pasó el día volando pensando en él.

Esa noche, antes de acostarme, me preparé la ropa para el día siguiente. Tenía que ser algo fácil de subir para descubrirme el pubis que previamente me afeite, así que elegí una faldita corta, ajustada y elástica, con la que tan solo tenía que subírmela a la cintura para que no estorbara. Para arriba no me costó decidirme. Una camisa con bolsillos a la altura de los pechos que me permitía no utilizar sujetador sin que se me clareasen los pezones. Con tan solo desabrochar dos automáticos, el pecho quedaba completamente a su alcance.

Cuando llegué al anden ya estaba allí. Al verme vino hacia mí, me dio los buenos días y me beso. Esta vez tomó él la iniciativa buscando mi lengua con la suya. Cuando sonó el aviso de que el tren estaba entrando en el andén, nos colocamos lo más cerca posible de la vía para poder entrar de los primeros y colocarnos al fondo del vagón. Yo me apoyé en la pared y se colocó justo delante de mí presionándome las piernas con la suya para que le dejara ponerla entremedias.

Al momento estábamos pegados uno al otro por la presión de los viajeros. Alzó su rodilla hasta pegármela al pubis y empezó a presionar. Yo metí una mano por debajo de su holgada camiseta y subí hasta poder acariciar sus pezones, al tiempo que buscaba la proximidad de su boca. Cuando empezó a andar el tren quitó la rodilla de donde estaba y se puso lo más recto posible para poder pegar nuestros sexos.

Me sentía en el paraíso como si no hubiera nadie más en el vagón que nosotros y me hubiera encantado poder agacharme buscando su sexo para chuparlo. Menos mal que era imposible. No sentí ninguna frustración. Sabía que al llegar a Atocha nos refugiaríamos en los servicios.

Nada más salir al andén le cogí de la mano y nos fuimos derechos hacía donde los dos sabíamos sin necesidad de decirnos nada. Cerramos la puerta al entrar y lo primero que hizo fue bajar la tapa del wáter y alzarme de la cintura hasta ponerme encima de la taza del water. Me subí la falda y se sorprendió al ver que no llevaba bragas. Me miró a los ojos, sonrió y metió la cara entre mis muslos. La lengua cayó directamente sobre mi preciado botón y empezó a chupar como si no hubiera un mañana. No paró hasta que hizo que me corriera dos veces.

Era mi turno. Me pareció una buena idea aquello de subirnos a la taza y poder chupar sin necesidad de agacharnos ni de ponernos de rodillas en el suelo, estábamos en unos servicios públicos. Le pedí que se subiera y se bajara los pantalones. Fui directa a por su miembro y me lo metí en la boca tan dentro como pude evitando tener una arcada. Chupé y absorbí su polla, le masajeé las pelotas y tiré de ellas. Cuando estaba cerca del orgasmo le presioné la zona interna de su pene, justo junto a las pelotas, intentando retardar el momento de correrse. Ni el me avisó ni yo lo necesitaba. Estaba dispuesta a tragarme toda la leche que fuera capaz de darme y así lo hice.

Al final nos besamos apasionadamente y nos aseamos lo mejor que pudimos en el mugriento lavabo. Saqué unas bragas de mi bolso y me las puse ante su sonriente cara. Abandonamos aquel cubículo y nos despedimos con un beso y un hasta mañana a la misma hora. Al llegar al trabajo una vez más me preguntaron como estaba mis compañeras. La sonrisa boba en la cara me duró todo el día.

El encuentro del día siguiente corrió por los mismos derroteros, salvo porque en vez de comernos los sexos me penetró. Nada mas cerrar la puerta del servicio me preguntó si quería follar y asentí. Me dijo que apoyara las manos sobre el lavabo e inclinara el cuerpo separando las piernas. Se colocó detrás de mi y sentí el calor de su polla buscando la entrada de mi hendidura. Poco a poco fue entrando hasta que sentí el capullo al final de mi vagina y entonces empezó a deslizarse hacia dentro y hacia fuera lentamente sintiendor ambos como se deslizaba dentro de mi cuerpo. Consiguió provocarme dos maravillosos orgasmos y me la sacó antes de correrse para hacerlo sobre mi trasero.

Esa vez nos demoramos más que al día anterior y fuimos conscientes de que ambos llegaríamos tarde a nuestros respectivos trabajos, pero nos daba lo mismo. Al final nos intercambiamos los teléfonos y quedamos que me llamaría al día siguiente porque era sábado. Él no trabajaba y yo salía a mediodía. El plan era vernos sin prisas y pasar la tarde juntos.

Quedamos en Getafe. Compramos en un chino unas cervezas y nos dirigimos a casa de su primo que iba a pasar el fin de semana fuera con su novia. Pasamos una tarde de sexo increíble. Aquello era muy distinto a la sordidez de los servicios del Metro. Empezamos lamiéndonos uno a otro, pero sin llegar a corrernos. Lo dejamos para hacerlo follando y prescindimos de los preservativos que había comprado. Necesitaba sentir su semen caliente recorriéndome las entrañas. Al final llamé a casa para decir que me quedaba a dormir en casa de una amiga y antes de dormirnos me desvirgo analmente. Siempre creí que sería un acto doloroso, pero fue delicioso sentir como me penetraba, con cuidado y poco a poco para no lastimarme. Cuando se corrió en mi ano me excité tanto que volví a tener otro orgasmo. El enésimo de aquel día, porque perdí la cuenta.

Empezamos a quedar por las tardes para follar en cualquier bar y luego tomábamos algo, como cualquier pareja. Dos meses después se marchó porque ya había concluido su trabajo en Madrid y volvía a La Coruña donde residía su empresa y allí le esperaba su muer y sus dos hijos. Ambos decidimos cerrar la relación para siempre en aquel momento y no volver ni siquiera a llamarnos por teléfono.

Dos semanas después me enteré que estaba embarazada y dudé si romper nuestro acuerdo y llamarle, abortar o criar a mi hijo sola. Esta última fue mi decisión y hoy tengo una hija preciosa con el pelo tan rizado como el de su padre.

Sigo cogiendo el tren en la misma estación de siempre y no puedo evitar, al llegar a Atocha, recordar aquellos maravillosos ratos que pasamos juntos y a veces vuelvo a excitarme como si le estuviera viendo realmente.