Xtories

Las clases de crossfit (1 de 2)

Lucas tenía las manos sobre sus caderas, corrigiendo su postura, pero el contacto duró un segundo más de lo necesario. Marta sintió el calor de su respiración y supo que, esta vez, no podría fingir que solo era ejercicio.

XimIkrad21K vistas8.3· 17 votos

Marta vivía una vida cómoda y aparentemente perfecta con Jaime, su marido, ambos recién entrados en la treintena. Él era un exitoso abogado, y gracias a eso y a que su familia tenía mucho dinero, habían podido permitirse un hermoso ático de dos plantas en la ciudad. Sin embargo, no todo era perfecto. Aunque eran felices en muchos aspectos, había otros en los que dejaba bastante que desear.

– Marta, ¿puedes venir un momento? –llamó Jaime desde la espaciosa terraza. Su voz resonó en el ático.

La mujer se dirigió hacia él, dejando el portátil sobre la mesa del comedor.

– ¿Qué pasa, Jaime? –preguntó, notando la tensión en su rostro.

– Necesito hablar contigo sobre algo importante –dijo él, pasándose una mano por su cabello oscuro y corto, un gesto habitual cuando estaba nervioso.

Marta agarró otra silla y se sentó a su lado, sintiendo la brisa en su piel. Se notaba que estaban al principio del otoño.

– Dime, te escucho –respondió, tratando de mantener la calma.

– He estado pensando... –empezó el hombre, titubeando un poco–. Nos hemos descuidado últimamente. Ambos hemos engordado un poco, sobre todo yo –admitió, mirando hacia abajo con algo de vergüenza. La barriguita que asomaba no mentía–. Creo que sería buena idea apuntarnos a un gimnasio juntos para hacer ejercicio y ponernos en forma de cara al verano que viene.

Su esposa lo observó, viendo la preocupación en sus ojos grises. Jaime siempre había sido inseguro respecto a su apariencia, y su tendencia a los celos no ayudaba. A pesar de ser un tío inteligente y grande, de casi ciento noventa centímetros, la confianza en su aspecto no era uno de sus puntos fuertes.

– Eso suena bien, amor. Podría ser una buena oportunidad para pasar más tiempo juntos y estar mejor para el año que viene –sonrió, entornando los ojos color avellana, tratando de apoyarle–. Pero espero que no me estés llamando gorda. Sé que me ha crecido el culo, pero no es tan grave –solté, torciendo el gesto y levantando el dedo índice.

–Nunca te diría eso, además, he notado cómo te miran cuando salimos –comentó Jaime, con un tono más bajo, casi como si no quisiera admitirlo–. Tú sigues estando bien. Pero me gustaría que estemos en nuestro mejor estado, tanto por salud como por... bueno, ya sabes.

Las palabras la hicieron sentir una mezcla de comprensión y tristeza. Su marido siempre había sido celoso e inseguro, y eso a veces complicaba las cosas.

Marta era una diseñadora comprensiva y atenta, o al menos eso le decían sus familiares y amigos. Tenía una estatura un poco por encima de la media de las mujeres en España. Con el característico físico de esas tierras, caderas anchas y un trasero exuberante, la reciente ganancia de peso había hecho que se viera aún más grande para su desgracia.

Quizás era hora de poner remedio al asunto.

– No tienes que preocuparte por eso, Jaime. Yo solo te quiero a ti –dijo, acariciando su mano–. Nos apuntaremos al gimnasio y trabajaremos juntos en esto. Yo también quiero que el bikini me quede mejor en verano –continuó, pasándose la mano por su oscura cabellera y guiñándole un ojo.

Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro de él, observando el cuerpo de su esposa: las deliciosas curvas, un buen pecho y un prominente trasero, estaría espectacular si consiguiera perder los kilos que le sobraban, pero eso no se lo podía decir.

Asintió con la cabeza, esperando que esta decisión los acercara más y mejorara tanto su salud como su relación. Cada vez estaba más gordo; había tenido una buena idea al proponérselo.

Esa noche, antes de dormir, tenía planeada una sorpresa, era otro de los aspectos en los que él debía mejorar. Así que lo sorprendió: lo esperó en la habitación principal del segundo piso con un conjunto sexy.

Se acercó a la cama con un aire de confianza que no había mostrado en mucho tiempo. Llevaba puesta una lencería negra de encaje, ajustada perfectamente a sus curvas. La luz suave del dormitorio acentuaba cada centímetro de su cuerpo.

Jaime, recostado sobre las almohadas, levantó la vista y se quedó maravillado al verme. Me movía con gracia, contoneándome a cada paso, con ligueros que se adherían suavemente a mis muslos y acentuaban mis caderas. Las braguitas tenían una pequeña abertura, dejando mi sexo al descubierto. Unos labios oscuros con el vello recortado.

Su marido, recostado sobre las almohadas, levantó la vista y se quedó maravillado al verla. Ella se movía con gracia, contoneándose a cada paso, con ligueros que se adherían suavemente a sus muslos y acentuaban sus caderas. Las braguitas tenían una pequeña abertura a la altura del sexo, dejando al descubierto unos labios oscuros con el vello recortado.

Con una sonrisa juguetona, se sentó al borde de la cama y le tomó de la mano, entrelazando los dedos con los suyos.

El conjunto fue una recomendación un tanto atrevida de una amiga. Quería atraerlo. Y lo consiguió.

– ¿Qué te parece? –preguntó suavemente, mirándole a los ojos.

Asintió con la mandíbula desencajada, sin poder apartar la vista de la parte inferior del conjunto.

– Estás preciosa –dijo, con una sonrisa sincera mientras agarraba del brazo a su esposa, atrayéndola hacia sí. No se pudo resistir.

Se besaban con pasión, explorando cada rincón de sus bocas. El ambiente era denso y cargado. Exploraban sus cuerpos con desesperación, y con ello, subía la temperatura en la habitación.

Él tardó poco en desnudarse, listo para la acción. Sacando a relucir la buena herramienta que guardaba entre sus pìernas. Con una cabeza blanquecina y excepcionalmente larga, aunque demasiado delgada para el gusto de Marta. Le recordaba a un lápiz, pero si le decía eso lo hundiría.

La tomó sin darle tiempo a nada más. Todo ocurrió muy rápido. Ni siquiera prestó atención al conjunto que ella había preparado con tanto esmero.

Esta vez también fue decepcionante, para su pesar.

– Sigue amor, más rápido –exclamó, sintiendo las bocanadas de aire que le exhalaba en la cara a medida que intentaba subir el ritmo.

Estaba siendo aplastada por el peso de Jaime, así que rodeé sus anchas caderas con las piernas. Apretándolas para que aumentase la velocidad y alentándolo a que se incorporara un poco para que no me dejara sin aire.

Además, debido a lo largo que era su miembro, siempre le golpeaba la cervix, provocándole un dolor agudo si no habían realizado preliminares.

– Me queda poco –jadeó, con gotas de sudor cayendo por el rostro; el calor en la habitación ya era asfixiante.

Solo se escuchaban los gemidos y bufidos del hombre, dignos de un gorrino.

– Joder sí, cariño. Aaaah –gritó, antes de poner los ojos en blanco y dejar caer la mandíbula. Se había corrido en apenas unos pocos minutos–. Buff, ha estado increíble –soltó mientras se apartaba a un lado de la cama, sudoroso y extasiado.

– Sí, ha estado muy bien –mintió ella, totalmente insatisfecha. No decía nada para no hacerle daño, era habitual en él acabar siempre tan rápido. Seguro que cuando se pusieran en forma, todo cambiaría–. Voy a darme una ducha, no puedo dormir con lo que me has soltado dentro. Menos mal que me tomo anticonceptivas. –Se incorporó para ir al baño de la habitación, el único con ducha del hogar.

Esta vez ni siquiera había estado cerca de acabar; ni tampoco recordaba la última vez que se corrió sin tener que masturbarse. Fue otra noche decepcionante más que añadir a la lista.

Una vez en el baño, dejó el pijama sobre la pica y se metió bajo el chorro caliente de la ducha, sintiendo cómo el calor se extendía por su cuerpo. Sin darse cuenta, comenzó a masturbarse lentamente, al mismo tiempo que se masajeaba el pecho.

Aceleró la velocidad de los dedos, frotando el clítoris con desesperación. Las piernas le temblaban. Intentaba no hacer ruido, pero era difícil controlar la frustración que sentía su cuerpo. Por suerte, los muros eran gruesos y la estancia estaba insonorizada, fue idea de Jaime para no despertarla al ducharse por las mañanas, así que desde afuera solo se escucharía el ruido de las cañerías y, como mucho, un leve murmullo provocados por el resto de sonidos.

Terminó con un pequeño grito, encogiendo el cuerpo por el placer y mordiéndose el labio para contener los gemidos. Usó la pared como apoyo una vez acabó; necesitaba recuperar el aliento. Ahora sí, había terminado. Pero se preguntaba cuánto tiempo podría contener el fuego que sentía en su interior, necesitaba liberarlo de alguna manera.

Al regresar, encontró a su marido plácidamente dormido. Sin querer darle más vueltas al asunto, se acurrucó a su lado. Mañana se apuntarían al gimnasio y todo cambiaría. Estaba segura de ello.

Al día siguiente, después de trabajar, decidieron poner en marcha su plan. Se dirigieron al concurrido centro comercial donde se encontraba el gimnasio elegido. El lugar rebosaba de actividad, con tiendas, restaurantes y una gran cantidad de personas. El gimnasio, situado en la planta baja, lucía una entrada amplia y moderna que invitaba a adentrarse.

– Vamos a ello –suspiró el abogado, dudando todavía de si era una buena decisión.

Entraron de la mano en las instalaciones, donde fueron recibidos por un amable recepcionista. Él les mostró las diferentes áreas del gimnasio, distribuidas en tres plantas. Después de un breve recorrido por las instalaciones, los condujo hacia los vestuarios, ubicados en la planta baja. Les explicó cómo funcionaba el sistema de taquillas y les indicó dónde podían cambiarse para comenzar con su rutina de ejercicio.

Jaime prefirió usar ropa holgada, sintiéndose incómodo con la idea de llevar prendas ajustadas. Marta, en cambio, no tuvo problema en ponerse unas mallas, ya que se habían puesto de moda unas que realzaban aún más los glúteos, aunque optó por una camiseta más suelta para la parte superior. El nerviosismo era evidente en ambos.

Se sintió emocionada al ver la variedad de equipos y clases que ofrecían. El primer día decidieron empezar probando algunas clases juntos para ver cuáles les gustaban más. Comenzaron con una clase de yoga, que resultó ser una experiencia relajante y divertida. Luego probaron spinning, una actividad más intensa que los dejó agotados pero satisfechos.

Fue suficiente para ser el primer día. Las clases eran bastante dinámicas, al ser solo de treinta minutos.

Se dieron una ducha allí mismo, y ella pudo escuchar a unas chicas elogiar una clase que se impartía en la última planta; ambas estaban en excelente forma física, así que intentó prestar más atención. Aunque no supo cuál era exactamente, decidió acercarse algún día para ver qué hacían allí y por qué hablaban tan bien de ella. Después de eso, regresaron a casa, muy contentos.

– Ha estado muy bien, ¿verdad? – preguntó, sintiéndose liberada del estrés después de haber generado tantas endorfinas–. Podríamos probar algo más completo el siguiente día. Ahora me duele el trasero por culpa del sillín de la bici –bromeó, llevándose una mano a sus doloridas posaderas.

– Creí que me moría. El yoga fue más tranquilo, pero ahora estoy agotado. No sabía que los estiramientos cansaran tanto – prosiguió él. Aunque ya se había duchado, volvía a sudar, generando un hedor maloliente–. No estoy seguro de que haya sido buena idea hacer ejercicio –se quejó mientras hacía una mueca de dolor al estirar la espalda.

– No te preocupes. Hay que ir despacio. Si seguimos viniendo, verás cómo dentro de un tiempo nos habremos acostumbrado. He escuchado hablar a unas chicas muy bien de una clase, tendremos que probar a ver qué tal –afirmó, mostrando una sonrisa sincera con el rostro todavía resplandeciente.

Con cada nueva clase, ella se sentía más motivada. Se dio cuenta de que el ejercicio no solo era beneficioso para su cuerpo, sino también para su mente. Disfrutaba pasando tiempo con su marido en un entorno diferente, lejos de las preocupaciones diarias. La comunicación entre ellos parecía mejorar con cada sesión. Aunque él tenía sus inseguridades y cada vez le costaba más acompañarla, ella trataba de alentarlo y apoyarlo en cada paso del camino.

Un día, mientras explorábamos las diferentes opciones, decidí subir hasta la última planta y ver esa clase de la que hablaban tan bien.

De camino, no paraba de ver a chicos y chicas tonificados haciendo ejercicios extravagantes; toda la gente estaba muy en forma en esa área. Cuando llegaron, vieron que se trataba de crossfit, un deporte que se había puesto muy de moda en los últimos años. Se quedó mirando lo que hacían en el "box", que era como llamaban a la amplia zona donde entrenaban. Estuvieron observando durante un rato.

Había escuchado hablar muy bien de estos entrenamientos y del monitor en el vestuario varias veces desde que se apuntaron. Las mujeres elogiaban las clases, la intensidad del entrenamiento y, especialmente, al entrenador. Notó de inmediato el buen ambiente que reinaba en la sala. Los participantes trabajaban duro, pero había risas y compañerismo entre ellos.

El entrenador era un hombre musculoso con barba corta y un moño, con algunos mechones sueltos que le daban un aire distintivo. Parecía tener una edad similar a la de ellos a primera vista. No era especialmente alto, pero sí bastante ancho, con formas definidas que relucían bajo una piel bronceada, como la de un surfista. Observó cómo las chicas lo miraban con respeto y, en algunos casos, con un deseo evidente.

Podía ver cómo se movía por la sala, corrigiendo posturas y motivando a los alumnos con una energía contagiosa. Cada palabra suya parecía tener un impacto positivo en los participantes, quienes respondían con sonrisas y un renovado esfuerzo.

Marta sintió mucha curiosidad. La manera en que interactuaba con todos, su presencia imponente pero accesible, y la evidente atracción que generaba en algunas de las chicas la intrigaron. Debía probar una de sus clases. Pensó que el crossfit no solo la pondría en forma, sino que también le ofrecería un nuevo grupo de amigos y un ambiente motivador.

Reparó en cómo ayudaba a una chica a ajustar la técnica de un levantamiento; se notaba que tenía mucha habilidad. La atención al detalle y el cuidado con el que la guiaba confirmaron todo lo que había escuchado sobre él. Estaba decidida: quería formar parte de ese grupo, mejorar su físico y, de paso, conocer a ese monitor que parecía tener un impacto tan positivo en todas las chicas que entrenaban con él.

Sin embargo, a su marido no le gustó lo que estaba observando. Veía demasiadas mujeres y pocos hombres en esas clases. El monitor se movía entre ellas como si fuese su harén personal.

Cruzamos la mirada, manteniéndola durante unos pocos segundos que me parecieron eternos. Estaba completamente hipnotizada por el color esmeralda de los ojos del hombre, sintiendo como la piel se me erizaba. Al darme cuenta, me sonrojé y aparté la vista rápidamente, ruborizada por la punzada de curiosidad y atracción que había sentido en ese momento.

Cruzaron la mirada, manteniéndola durante unos pocos segundos que le parecieron eternos. Estaba completamente hipnotizada por el color esmeralda de los ojos del hombre, sintiendo cómo la piel se le erizaba. Al darse cuenta, se sonrojó y apartó la vista rápidamente, ruborizada por la punzada de curiosidad y atracción que había sentido en ese momento.

El hombre continuaba dando instrucciones, sin que su presencia le molestara, ya que llevaban unos minutos parados observando. Un comentario de su marido la devolvió a la realidad.

– ¿Seguimos explorando? Estoy cansado de ver esto –sugirió Jaime, arqueando una ceja al notar que me había quedado mirando más de la cuenta al monitor.

– Claro, amor –contestó ella, apartando la mirada y dirigiéndose hacia las escaleras para bajar de planta.

Esa noche, durante la cena, hablaron sobre la experiencia en el gimnasio. Marta sugirió que practicar crossfit podría ser una buena idea para ponernos en forma y disfrutar con más gente.

Jaime, aunque inicialmente no estaba convencido, accedió a intentarlo, pensando que podría ser un desafío interesante. También estaría atento a su mujer; no le gustó cómo la miró el monitor.

Sin embargo, en el fondo, Marta no podía dejar de pensar en la mirada que intercambiaron cuando se acercaron a curiosear la clase, y en cómo eso le hizo sentir algo que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.

Él, al trabajar como abogado en un prestigioso bufete, no tuvo tiempo de ir al gimnasio esa semana debido a una acumulación de trabajo, pero ella, que era diseñadora gráfica freelance, no tuvo ese problema. Al tener ganas de probar la clase juntos, estuvo haciendo otros ejercicios de musculación por recomendación de otros monitores hasta que su marido estuviera disponible.

A la semana siguiente, pudo asistir y nos dirigimos directamente al box para probar la clase. El hombre del moño se acercó a nosotros con una sonrisa y los brazos abiertos.

– Hola, soy Lucas, el instructor de crossfit. ¿Es la primera vez que pisáis un sitio así? Él otro día os vi interesados en la clase –preguntó, extendiendo la mano mientras mostraba unos dientes blancos que contrastaban con su tono de piel.

Miró a ambos a los ojos, manteniendo la mirada durante un poco más la mujer.

– Sí, es nuestra primera vez –respondió, estrechando su mano con otra sonrisa en el rostro. Al verlo más de cerca, comprobó que ese hombre estaba fuerte por todos lados. Se quedó mirando sus labios durante unos segundos, carnosos, rosados y grandes. Al darse cuenta, prosiguió–. Soy Marta, y él es mi esposo, Jaime –y le señaló con la mano.

– Vamos a probar –intervino el marido, cogiéndola del brazo y entrecerrando los ojos –. Llevamos unas semanas en el gimnasio y aún no encontramos algo que nos motive para ponernos en forma. No estoy seguro si esta clase será lo que buscamos. De todas formas, le daremos una oportunidad –concluyó de manera tajante.

Lo miré con una expresión de desaprobación, fruncí el ceño y levanté las palmas de las manos. Sabía que esa actitud no me gustaba; ser tan celoso le hacía ver a todos los hombres como enemigos que intentarían llevarme a la cama, como si yo no pudiera hacer nada para evitarlo. Antes de que pudiera intervenir, Lucas se adelantó.

Ella lo miró con una expresión de desaprobación, frunciendo el ceño y levantando las palmas de las manos. Sabía que esa actitud no le gustaba; ser tan celoso le hacía ver a todos los hombres como enemigos que intentarían llevarla a la cama, como si no pudiera hacer nada para evitarlo. Antes de que pudiera recriminarle su actitud, Lucas se adelantó.

– Lo primero, encantado de conoceros, Marta y Jaime –dijo Lucas, estrechando también la mano de Jaime–. No os preocupéis, os guiaré durante toda la clase. Seguro que repetiréis, os lo aseguro –continuó, mostrándose confiado. Se podía ver la tensión en los párpados de Jaime–. Empezaremos con el calentamiento y luego pasaremos a los ejercicios principales. Si en algún momento os sentís incómodos, no dudéis en decírmelo.

Comenzaron haciendo estiramientos dinámicos para calentar los músculos, con Lucas vigilando atentamente que todos ejecutáramos los ejercicios correctamente. Se movía con energía por la sala, corrigiendo posturas y motivando a los novatos.

– Jaime, baja un poco más en las sentadillas –indicó el monitor, demostrando la postura correcta–. Así evitarás lesiones y trabajarás mejor los músculos. Saca el culo y no encorves la espalda, sé que puedes.

El abogado asintió, pero no pudo evitar sentir una punzada de irritación. No estaba acostumbrado a que le dijeran cómo hacer las cosas. Mientras tanto, yo me sentía cada vez más motivada por las indicaciones del instructor.

Los movimientos cada vez eran más complicados, teniendo varios minutos para realizar la mayor cantidad de repeticiones posibles. Marta se estaba esforzando tanto y haciéndolo tan bien que recibió elogios de varias compañeras, sintiéndose arropada y que formaba parte del grupo en todo momento.

– ¡Tú puedes guapa, una más! –animó una mujer atlética que tenía al lado.

– Lo estás haciendo genial –felicitó otra, más delgada que la anterior.

– Gracias, es la primera vez que hago esto –exclamó con una amplia sonrisa, levantando los brazos haciendo el gesto de la victoria al acabar el ejercicio.

– Pues se te da de miedo –dijo la primera mujer de nuevo, devolviéndole la sonrisa.

– Muy bien, Marta, esa es la forma correcta. Mantén la espalda recta y sigue así –la halagó Lucas, con una sonrisa en el rostro y acercándose un poco más–. Si sigues así, podrás hacerla más profunda en las próximas clases. Y no juntes tanto las rodillas, la idea es poner esos glúteos duros, no hacerse daño.

– Tampoco hace falta que te pases, es nuestra primera clase, ¿vale? –inquirió Jaime de malas maneras. Marta se quedó blanca al escuchar el comentario.

– Lo sé, Jaime. Pero tengo que corregiros, es mi trabajo. Es la única manera en la que progresaréis, haciendo bien los ejercicios –se defendió, levantando las manos y ladeando la cabeza con una media sonrisa.

Después de la pequeña interrupción, la clase continuó con una serie de circuitos intensos que desafiaron a todos los participantes. El instructor corregía a todo el mundo, pero parecía que estaba centrado en el marido de Marta, lo que aumentó su malestar.

– Jaime, recuerda mantener los brazos en tensión durante los levantamientos. Si sigues así, puedes hacer un mal gesto y lesionarte –le explicó, acercándose de nuevo.

– Sí, sí, ya lo pillo –gritó el abogado, con los músculos del cuello en tensión.

Ella, por otro lado, estaba disfrutando de la clase y de la gente. Sentía que mejoraba con cada indicación y apreciaba una atención tan personalizada. Al final de la clase, se sintió tan agotada que cayó al suelo, pero estaba satisfecha. Su marido la imitó; apenas podía moverse.

– ¿Qué os ha parecido? ¿Os animáis a repetir? –preguntó Lucas al matrimonio.

– Me ha encantado –dijo ella, con una sonrisa radiante mientras gotas de sudor resbalaban por su frente–. Ha sido intenso, pero muy gratificante. Repetiremos sin duda. Sobre todo si con esto conseguimos un cuerpo como el tuyo –bromeó mientras se pasaba el pelo por detrás de la oreja. Lucas rió, pero a Jaime no le hizo ninguna gracia.

– No ha estado mal. Aunque eres muy pesado corrigiendo –manifestó Jaime, moviendo la cabeza ligeramente de lado a lado mientras se mesaba la barba–. ¿De verdad hace falta esforzarse tanto, no vale con un poco?

– Lo hago por vuestro bien. Así después no hay ningún susto –contestó Lucas, dando un pequeño golpe en el hombro al marido–. Además, tienes muy buena base. Ya verás que te convertiremos en un miura para verano.

El comentario lo motivó, haciendo que su pecho se hinchara de orgullo y viera al instructor con otros ojos por unos momentos.

–¿Crees que podremos llegar bien al próximo verano? –preguntó ella de manera entrecortada por la falta de aire, llevándose la mano a la boca inconscientemente.

– Estoy seguro de que sí. Os voy a poner en forma. Siempre que vengáis con regularidad, controléis la alimentación y os esforcéis en el box –respondió–. Vuestros cuerpos tienen mucho potencial. Solo hace falta pulirlos, y de eso me encargo yo –y guiñó el ojo a la pareja.

Antes de despedirse, les recomendó algunas aplicaciones para mejorar sus hábitos alimenticios y se despidió de ellos; continuó dando consejos al resto del grupo.

Después del pequeño discurso motivacional, ambos se sintieron motivados. Con ganas de continuar las clases y mejorar nuestra forma física, sabíamos que bajo su guía conseguirían el objetivo que se habían propuesto. Solo era cuestión de tiempo y disciplina.

– ¿Qué te ha parecido el enano ese? –dijo Jaime, recostándose en el cómodo sofá del comedor–. Creo que es un flipado, como si todo el mundo pudiese perder el tiempo para ponerse como él.

Marta ya había visto esa actitud muchas veces; para ella, él era transparente. Estaba celoso y menospreciaba a Lucas para sentirse mejor consigo mismo.

– Creo que podemos aprender mucho, no seas así de malo. A mi, de momento, me duele el culo un montón por esos ejercicios –se quejó, llevándose la mano a la dolorida nalga por culpa de las sentadillas–. Si sigo así, me gustaría verme con esto más duro en unos meses –exclamó sonriente, mientras se masajeaba con la mano el trasero para aliviar el dolor de las agujetas.

– Cariño, tú estás perfecta así –extendió sus largos brazos, cogiendo a su mujer de las caderas y dejándola sobre su regazo–. No aguantaría que los tíos te devorasen con los ojos si te pones aún más buena –coló las manos bajo su camiseta, masajeando sus firmes pechos.

<> pensó.

– Pues ya sabes, te tienes que cuidar para que no me vaya con otro –bromeó mientras le pasaba delicadamente su mano por la cara.

– Mato al otro si eso llega a pasar –susurró en tono serio, tensando el cuello y apretando los dientes.

– Menudo chico malo estás hecho –sonrió, a la vez que bajaba la mano y la colaba en el pantalón del pijama de Jaime. Sintiendo la dureza y el calor de su entrepierna–. Vamos a aliviar este problema que tenemos aquí –indicó, comenzando a mover la mano rítmicamente.

Se retiró hacia un lado del sofá, liberó el alargado pene del pantalón y comenzó a hacerle una paja mientras se besaban despacio. Deleitándose el uno con el otro. Pasó a mordisquear y lamer el cuello con lujuria, subiendo y bajando la mano, cada vez a más velocidad. Tenía la respiración acelerada; estaba mucho más cachonda que de costumbre.

– Joder, Marta, siempre me vuelves loco –musitó Jaime, con la voz entrecortada e introdujo la mano en el pijama de ella, comprobando que estaba empapada.

Con la otra mano, liberó sus ubres. Eran grandes y estaban hinchadas. Unas venas azules los recorrían, destacando sobre su piel blanca. Pasó suavemente la yema de los dedos por las aureolas, de un color ligeramente marrón que contrastaba con su tono de piel. El tacto hizo que los pezones se endurecieran y ella se estremeciera; comenzó a chuparlos con ansias.

–Mmm…–suspiró, alzando la cabeza hacia el techo y cerrando los ojos.

Le guió la mano hacia su sexo, necesitaba que la masturbaran con urgencia. Era incontrolable el apetito que sentía en ese momento.

Introdujo dos dedos de golpe y un ruido húmedo se instaló en la estancia. A medida que aumentaba la velocidad, el sonido del chapoteo iba en aumento. Ella aceleró el movimiento de la paja en concordancia. Estaba a punto de correrse, solo le faltaba un poco más.

El hombre pensó que algo la había excitado mucho para estar así. Su actitud desconfiada le traicionó, imaginándose que era por el maldito instructor y cómo lo había humillado delante de toda la clase y ella misma, además de hacer comentarios sobre el cuerpo de Marta delante de él. La erección comenzó a descender y una rabia empezó a apoderarse de él. La lívido le bajaba cada vez más rápido; no quiso perder más el tiempo.

– Acaba la paja. Vamos –ordenó su marido, cerrando los ojos y torciendo el gesto.

Iba a ser difícil; su pene estaba cada vez más desinflado.

– ¿Qué pasa, amor? –preguntó, elevando las cejas sin entender por qué había cambiado tan bruscamente de tono.

Y aún peor, notaba su miembro cada vez más blando.

<> lamentó.

– Sigue, no preguntes. –dijo él, corriéndose sobre la mano de su mujer con el pene semierecto. Después de unos segundos, continuó hablando–. Estoy cansado y no conseguía concentrarme, perdona –añadió, apartando la mirada y rascándose la oreja, intentando ocultar el rostro, muerto de vergüenza.

– No pasa nada. Es normal con la caña que nos han dado hoy –explicó ella, mostrándose comprensiva al mismo tiempo que iba al aseo de la primera planta para limpiarse–. ¿Por qué no nos vamos a dormir? Mañana será otro día –gritó desde el servicio.

Al poco, ambos fingían dormir sobre la cama, pensando en lo ocurrido.

Jaime, muerto de rabia por el gatillazo. Odiaba sus malditas inseguridades, por culpa de ellas siempre imaginaba cosas desagradables.

Marta estaba segura que era por su físico. Decidida, se prometió cambiarlo para seguir siendo atractiva para su marido y para ella misma. Al final, con la ayuda de Lucas, seguro que lo conseguiría.

El tiempo pasó, y con ello, la motivación de él fue desapareciendo; iba a las clases de forma intermitente, recibiendo siempre las mismas correcciones. Sin embargo, su esposa se mantuvo constante.

Cambiar los hábitos alimenticios y el esfuerzo en las clases estaban dando resultados. Había adelgazado varios kilos y bajado varias tallas de pantalón, logrando una reestructuración corporal ejemplar: perdió grasa en caderas, glúteos, brazos y piernas, al mismo tiempo que ganó músculo y firmeza en partes que antes se tambaleaban al andar. Todo gracias a seguir las directrices de Lucas.

Cada vez que se miraba en el espejo, veía una versión más fuerte y atractiva de sí misma; incluso notaba cómo sus glúteos y muslos se habían endurecido. Sentía que cada gota de sudor valía la pena.

Cada vez que ella le sugería ir juntos, él siempre ponía excusas: que le dolía la espalda, los brazos, que el trabajo había sido muy estresante, que tenía los pies hinchados, etc. Al final, se quedaba en casa viendo la TV y comiendo. Su cuerpo apenas notó el cambio. Mientras ella progresaba, él se mantenía igual, sumido en la frustración y la autocomplacencia.

Un día, como de costumbre, ella fue sola al gimnasio y decidió quedarse un poco más después de que la clase terminara. Cada vez tenía más confianza con Lucas y le pidió su ayuda: estaba decidida a lograr hacer una dominada, algo que se había propuesto desde que empezó a entrenar y no había podido conseguir.

La sala estaba vacía, solo quedaban ellos dos.

– Vamos, Marta, sé que puedes hacerlo –la animó Lucas, colocándose detrás de ella para ofrecerle apoyo si lo necesitaba.

Ella respiró profundamente antes de intentarlo, notando el agradable aroma del monitor. Probó una primera vez, pero no lo logró. Lo volvió a intentar.

Sintió su corazón martillear en el pecho, no solo por el esfuerzo físico, sino también por la cercanía de Lucas. Respiró hondo y se concentró, tratando de centrarse en el ejercicio. Con un esfuerzo tremendo, se quedó cerca de la barra pero sin poder avanzar más.

– Un esfuerzo más, tú puedes –le animó, agarrando los muslos con firmeza para impulsarla hacia arriba.

Sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo al notar las fuertes manos presionando sus mallas.

– No puedo –sollozó la morena, incapaz de moverse ni un milímetro más.

– Un poco más y ya lo tienes. Una chica tan fuerte como tú, sé que lo puede lograr –subió las manos para impulsarla más, apretando el inicio de sus glúteos y con los pulgares en la cara interna de sus piernas.

Finalmente, muy poco a poco, consiguió pasar la barbilla por encima de la barra. Se dejó caer sin fuerzas, y él la sostuvo hasta que sus pies tocaron el suelo.

Estaba dando saltitos de alegría, se giró y abrazó al monitor llena de júbilo por lo que había logrado, por mucho que fuese con ayuda.

– ¡Lo logré! –gritó, con una sonrisa radiante y jadeante, los brazos todavía le temblaban y le costaba cerrar las manos.

Estaban tan pegados que Marta notaba el calor de su respiración contra su boca. Lucas le sonreía, y le pareció aún más guapo que antes: labios carnosos, mandíbula firme, sonrisa perfecta, barba cuidada.

Tenía el pecho apretado contra el trabajado pectoral del monitor y sintió cómo se endurecían sus pezones, atravesando el sujetador deportivo y marcándose bajo la camiseta. Aún sentía arder la zona en la que había notado las manos antes. Le hubiera gustado abalanzarse, pero se controló. Debía de ser la emoción de lograr el ejercicio.

– Sabía que podrías hacerlo –la felicitó Lucas, sonriendo mientras se pegaba aún más a ella y se fundían en un tórrido abrazo–. Has trabajado muy duro y los resultados están a la vista. Cada día estás de mejor ver –le susurró al oído, bajando la mano hasta llegar al final de la espalda baja, haciendo que la esposa de Jaime se ruborizase de nuevo.

Notaba cómo crecía un bulto en las mallas del hombre, cada vez hacía más presión contra su pubis. Aunque lo estaba disfrutando, decidió apartarse. No se sintió incómoda por provocar esa reacción en él, sino que lo hizo por respeto a su marido.

– Será mejor que vaya a ducharme, Jaime me está esperando en casa –tartamudeó, sin apartar la mirada de Lucas. Los ojos del hombre tenían un brillo particular.

– Claro, Marta. Nos vemos en la siguiente clase –comunicó, apenado. Marta sintió cómo la miraba por encima del hombro con una sombra de tristeza en los ojos durante un suspiro, antes de recomponerse con una sonrisa.

La conexión era cada vez más profunda entre ellos. La confianza había crecido enormemente, y cada vez que lo miraba, sentía una mezcla de gratitud y algo más, algo que le hacía latir el corazón más rápido. Era un sentimiento peligroso.

Pocos días después, Jaime fue solo al gimnasio, aprovechando que su esposa había quedado con amigas. No le apetecía estar tumbado en el sofá ese día. Sin saber qué hacer, corrió un poco en la cinta y terminó realizando un circuito muy ligero de pesas.

En el vestuario, después de darse una ducha, escuchó una conversación que activó todas sus alarmas.

– ¿Te has enterado? –dijo uno de los chicos, con una media sonrisa.

– ¿De qué hablas? –respondió otro, secándose el cabello con una toalla.

– Lucas ya lo está volviendo a hacer. Tiene otra clienta en su lista –contestó el primero, soltando una carcajada.

– ¡No me digas! ¿Quién es la afortunada esta vez? –preguntó el segundo, riendo también.

– Una nueva que empezó después de verano, cada vez que la veo está más buena la cabrona. La he visto coqueteando con él después de las clases. Es solo cuestión de tiempo para que caiga –dijo el primero, con tono burlón.

– Joder, este no pierde el tiempo. Siempre tiene una en la mira –agregó el segundo, negando con la cabeza, pero con una sonrisa divertida.

– Sí, otra más que se va a apuntar a la lista. Es solo cuestión de tiempo –afirmó el primero, entre risas.

Jaime, escondido tras una fila de casilleros, sintió cómo la sangre se le helaba y su ira aumentaba. No podía creer lo que estaba escuchando. La realidad de las intenciones del entrenador se hizo evidente y la preocupación por su mujer creció de manera alarmante.

<>, pensó Jaime, sintiendo un nudo en el estómago.

Salió del vestuario decidido a vigilar más de cerca. Sabía que debía estar más atento y proteger a su mujer del peligro que representaba Lucas.

Los meses continuaron pasando, y cada vez era más difícil ver al marido asistir a las clases; prefería otros ejercicios, aunque siempre en la misma sala que ellos. Mientras tanto, ella estaba cada vez más integrada en el grupo. Disfrutaba mucho de las clases y había hecho amigos con quienes compartía su progreso y motivación.

Para ella, el gimnasio se había convertido en un refugio. La rutina de entrenamiento, las risas con los compañeros y la presencia constante de Lucas eran una distracción que añadía ese picante que su vida había perdido.

Cada día se sentía más ágil, fuerte y segura de sí misma. La pérdida de peso era notable: había adelgazado más de diez kilos, y su cuerpo se había transformado por completo. Sus caderas, glúteos, brazos y piernas estaban tonificados, y su abdomen era más firme que nunca.

Llegó el verano, y con él, la culminación de todos sus esfuerzos. Se encontraba en la mejor forma de su vida. Su rutina diaria, que combinaba ejercicios de fuerza y cardio, había dado sus frutos.

El último mes había comenzado a ganar músculo, y aunque el número en la báscula había subido un poco, se veía mejor que nunca. Sus músculos estaban definidos, y su piel resplandecía con salud.

Un día, mientras se miraba en el espejo del vestuario del gimnasio, no pudo evitar sonreír. Su reflejo le devolvía la imagen que había buscado desde que empezó. Recordó sus primeros días, la mayor parte de la grasa había desaparecido, y sintió una profunda satisfacción por haber llegado tan lejos.

En el box, Lucas se acercó y le dio una palmadita en las caderas, orgulloso de su progreso.

–Estás increíble, Marta. Todo tu esfuerzo ha valido la pena y has acabado llegando increíble al verano. Tal y como me pediste –dijo, sonriendo con sinceridad y dándole un repaso con los ojos de arriba abajo.

– Gracias. No habría podido hacerlo sin tu ayuda y apoyo –respondió ella, con gratitud en sus ojos y pasándose la lengua por los labios para humedecerlos.

La mujer no podía evitar mirarle fijamente al rostro mientras le hablaba. El contacto visual se mantuvo durante varios segundos más, ambos en silencio. La tensión sexual entre ellos era evidente para todos los integrantes de la clase.

De repente, llegaron más compañeros y el ambiente cambió totalmente. Se llenó de risas y camaradería. Fue otro entrenamiento divertido y desafiante para todos, donde las miradas y la tensión pasaron a un segundo plano, eclipsadas por la energía colectiva y la diversión del grupo.

Después de esa clase, Lucas se acercó a ella antes de que se fuera al vestuario.

– Espérate, Marta. Me gustaría deciros algo a todos –comunicó.

Una vez reunidos todos, continuó:

– Me gustaría organizar una cena para celebrar vuestro progreso y el inicio del verano, después podríamos ir a una discoteca. Será divertido –sugirió con una sonrisa–. ¿Con cuántos puedo contar?

Un barullo se formó alrededor de él, levantándose muchas manos. Parecía que el plan iba a ser un éxito.

– Me parece una idea genial –respondió ella, entusiasmada por la idea de salir con el grupo a pasárselo bien–. Pero me gustaría que viniera Jaime. Hace tiempo que no viene y así podríamos pasar un buen rato todos juntos.

El monitor asintió, comprensivo. Apretó los labios en un gesto que casi pareció una sonrisa.

– Claro, invítalo. Será bueno que se una a nosotros –concluyó, entrecerrando los ojos y articulando una sonrisa difícil de interpretar.