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Historias de hospital (1)

El frío de la noche hospitalaria los empuja a compartir calor, pero la proximidad en la oscuridad enciende una chispa que ninguno podía prever. En un lugar donde el silencio es obligatorio, sus cuerpos encuentran una libertad prohibida.

El Negro11K vistas9.6· 9 votos
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Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.

Esta podría ser considerada una microhistoria, dado que se desarrolló en una noche, en solo cuestión de horas y entre dos desconocidos que casualmente coincidieron en un centro médico.

En junio de 2016, mi padre sufrió un infarto y debió permanecer internado por espacio de una semana en un centro médico tras una cirugia, en una habitación compartida con otro hombre proveniente de una ciudad cercana que debía realizarse una leve intervención quirúrgica. Este último permaneció internado 72 horas.

Con mis hermanas organizamos el cuidado de mi padre en el hospital: ellas lo hacían durante el día y yo llegaba a las 20 horas hasta las 8 del día siguiente. Por ser habitación de hombres, sugerían las enfermeras que quienes quedaban de noche fuesen varones.

Cuando ingresa quien compartiría la habitación con mi padre, lo hizo acompañado de una hija de unos 35 a 40 años. Llegada la hora del recambio de acompañantes, la mujer no tenía relevo y debía permanecer junto a su padre. Las enfermeras insistían en que no podía quedarse por la noche, pero tras una larga conversación con la jefa de área, la mujer se presentó como hija única del paciente por lo que debieron aceptar que permanezca en el lugar.

Yo ya tenía un lugar acomodado para dormir por la noche que incluía un colchón inflable, cerca de la cama de mi padre, pero la mujer solo hacía uso de una silla bastante incómoda. La primera noche de ambos como cuidadores fue un suplicio para ella y algo más cómodo para mí. Las enfermeras hacían su recorrido a las 22, luego a las 24 y finalmente volvían a las 5 de la mañana a realizar los controles típicos.

Fue en el recorrido de las 24 que nos solicitaron salir de la habitación para higienizarlos y realizar la limpieza de la habitación. Aprovechamos el momento y con la complicidad del guardia nocturno, pudimos salir a fumar un cigarrillo. Enfrentamos el frío y despuntamos el vicio, al volver a la habitación pasada la 1 de la mañana, compartimos un café, nos presentamos y nos contamos nuestras historias brevemente.

Lila: soy hija única, aún vivo con mi padre por temas de su salud, sin pareja por ésta última razón ya que llevamos 6 años de hospital en hospital, te diré que lo conozco más que mi madre, su ex esposa.

Alejo: soy docente, vengo directo de la escuela a cuidarlo por las noches por ser el único hijo varón, mis hermanas se turnan en la mañana, mi madre falleció hace 5 años. Cuando llega mi relevo, voy su casa, me ducho y de nuevo al trabajo.

Esa primer noche fue insufrible, frío y las enfermeras entrando muy seguido debido a la reciente operación de su padre.

Para la segunda noche, agregué un termo y mate, además de una frazada. Tras la cena de los enfermos, se repitió la rutina, me acomodé en el colchón y me cubrí con la frazada hasta las 24 que llegaron las enfermeras al aseo, salimos rumbo al área de fumar y el frío era terrible nos juntamos para darnos calor y casi temblando entramos rápidamente a la habitación. Las enfermeras terminaban su tarea y nos informaron que ambos pacientes dormirían plácidamente, ya que se les habían inyectado calmantes y sus botellones de suero durarían hasta las 8 aproximadamente a diferencia del día anterior.

Nos acomodamos, ella en su silla y yo en mi colchón. Al poco tiempo de estar así la siento moverse.

Alejo: ¿Lila estas bien?

Lila: muero de frío, la campera no alcanza.

Alejo: si queres te hago un lugar en el colchón y nos tapamos con la frazada.

Lila: No quiero molestarte, debí tenerlo en cuenta.

Alejo: Dale, vení que no molestas.

Se levantó, observó como su padre y el mío dormían plácidamente, se acercó y se acomodó en el colchón, casi contra la pared. Nos tapamos, la sentía temblar a mi lado.

Alejo: arrímate y tratemos de darnos calor.

Lila: gracias, me muero de frío.

En principio estábamos ambos de lado, pero la frazada al ser corta, nos dejaba semi cubiertos. En un movimiento no premeditado, nos pusimos en posición cucharita, crucé mi brazo por sobre su hombro y la cubrí.

Obviamente estar así provocó que lentamente fuese teniendo una erección, por el roce de su cuerpo con el mío y si bien ambos estábamos vestidos, sus leggins y mis joggins hacían que fuese difícil de disimular.

Lila: siento algo más que calorcito – dijo como un susurro.

Alejo: es imposible que no pase, tu roce lo favorece – respondí en mismo tono de voz

Lila: tengo la cola fría, pero el resto… - volvió a susurrar

Deslicé una mano sobre sus pechos, que estaban duros con los pezones erectos y la otra la metí como pude debajo del leggins, se notaba algo de humedad. Apenas levantó su cuerpo para dejar bajar la prenda y dar más espacio al recorrido de mi mano. Como pude bajé el joggins, junto al bóxer, liberando mi herramienta que se fue perdiendo entre sus piernas, con la fina tela de la tanga separándola de su cueva ardiente.

Alejo: tenés razón, cola fría pero conchita caliente – le dije al oído.

Lila: no dejes que me arrepienta, métela pero no hagas ruidos, no quiere que nos interrumpan.

Le hice caso, corrí la tela del tanga y la fui colocando dentro de ese agujero ardiente poco a poco, hasta que nuestra posición nos dio el máximo de penetración. Nos movíamos lentamente, ella mordía sus labios para aguantar los gemidos y yo ahogaba en la almohada los míos.

Fueron 10 o 15 minutos de vaivén, hasta que me empapó de flujos y yo llené su conchita de leche.

Nos quedamos quietos, así, uno dentro del otro hasta que la erección bajó, momento que aprovecho para ir al pequeño baño y lavarse como pudo. Volvió al colchón y se ubicó nuevamente a mi lado pero ahora en posición inversa, siendo ella quien se ubicó detrás.

Lila: no debió pasar, pero no me arrepiento, lo disfruté. No soy mujer de una noche, pero lo necesitaba – murmuró en mi oído.

Alejo: también yo lo necesitaba y también lo disfruté. Quizá mañana sea mejor.

Lila: quizá…

Agotados y con la tibieza propia del momento, nos dormimos hasta sentir el carro de las enfermeras acercándose a la habitación. Se levantó, se acomodó la ropa y se sentó en la silla junto a su padre cubierta con la campera.

Hice lo propio con mi ropa y logré acomodar todo justo cuando las enfermeras encendían las luces.

Enfermera 1: “Buenos días, ¿pudieron descansar? ¿Cómo se portaron los pacientes?”

Lila: muy bien, durmieron como ángeles toda la noche.

Alejo: si, no se quejaron una sola vez.

Enfermera1: “habrá que ventilar un poco la habitación, está algo viciada”

Nos miró a ambos y sonrió. “Salgan que voy a abrir un poco las ventanas”

Estábamos en el pasillo comentando sobre los dichos de la enfermera cuando llegó una de mis hermanas a relevarme.

Hermana: Che, ¿por qué están las ventanas abiertas? Hace frío.

Lila: dijo la enfermera que debían ventilar.

Alejo: me voy a ducharme y al trabajo, vuelvo a la noche.

Hermana: abrígate que está terrible – dijo mientras entraba a la pieza

Lila: Te dejo algo para que te lleves y nos vemos a la noche – me extendió una bolsita que metió en uno de mis bolsillos.

Le dí un beso corto en los labios y me fui. Cuando llegué a casa, abrí la bolsita y ahí estaba una tanga roja cubierta de leche, empapada y pegajosa. Me reí y mientras me duchaba la lavé y tras secarla la llené con mi perfume. Me fui a la escuela, tuve un día larguísimo, que no parecía terminar jamás.

A las 19:30 salí y me encaminé al hospital. Llegué con ganas de encontrarme con Lila y devolverle el regalo perfumado, pero al entrar en la habitación ví la cama de su padre vacía.

Hermana: “qué suerte la de esta gente, le dieron el alta a las 14. Me dejó saludos para vos la chica. Dijo que gracias por ser caballero y dejarla dormir en el colchón anoche”

Apreté en el bolsillo la tanguita roja y sonreí.

A las 22, llegó la enfermera, me miró y riendo me dijo: “Hoy dormis solito, anoche entré y los vi dormidos, cuchareando, qué envidia”, me guiñó un ojo y salió de la habitación.

Espero les haya gustado esta historia real, una de las tres que tendrán como base el haber ocurrido en hospitales.

Espero sus comentarios (vía web o a través del mail) saludos a todos.

Alejo Sallago – [email protected]