Pasión de juventud (IV)
Ella no quiere solo sexo; quiere que él la sienta desde el alma. Pero cuando la distancia amenaza con romperlos, la única forma de quedarse es arriesgarlo todo, incluso la seguridad, incluso el futuro.
El día siguiente se preveía más relajado. Teresa había pensado en acercarnos en su coche hasta Tarragona y Salou. La mañana la dedicaríamos a visitar la capital de la provincia y, después de comer, acercarnos a Salou para pasear por su Paseo Marítimo y poder tomar algo por allí antes de regresar a su ciudad, que era una especie de centro de operaciones.
Dado que el viaje iba a ser más corto que el día anterior a Barcelona y, además, no dependíamos del horario de ningún tren, quedamos un rato más tarde, lo que me vino muy bien para poder descansar, pues después del polvazo que echamos, dedicamos buena parte de la noche a comernos la boca y sobarnos, tanto como pudimos, en varios locales de copas.
Me di una buena ducha y elegí el vestuario para pasar el día: pantalón vaquero y polo de manga larga, de color blanco con alguna franja azul, muy al estilo de isla griega.
Teresa eligió también vestir con vaqueros y camiseta de manga larga. Teníamos unos días con temperaturas un poco por encima de lo normal, pero junto al mar siempre sopla más el viento, y convenía llevar una manga larga.
Como siempre que nos encontrábamos, había mil temas de los que hablar, siempre entre sonrisas y miradas: unas veces pícaras y otras de puro amor. Éramos felices.
Ambas visitas nos ocuparon todo el día. Tarragona resultó ser una ciudad muy interesante, con sus restos romanos dignos de ser admirados y disfrutados. Dentro del viejo circo romano hice el ganso todo cuanto pude, me sentía feliz y era mi forma de expresarlo. Y Teresa reía con cada una de mis ocurrencias, como cuando simulé que la raptaba, echándomela al hombro y gritando que nadie pagara rescate, pues no la soltaría.
En Salou fue un poco más de lo mismo: paseo por el Paseo Marítimo, me mostró la inmobiliaria en la que trabajaba y algún lugar en el que, de jovencita (se podía ser aún más joven de lo que ya era), había corrido alguna aventurilla.
Tras un par de helados y algunos besos y caricias, decidimos poner fin a la parte aventurera del día, y tomar rumbo de nuevo a su ciudad, con la intención de buscar algún lugar para cenar y tomar algo. Lo que sí fue evidente es que Teresa estaba más callada y seria que de costumbre, y eso empezaba a preocuparme.
De vuelta a su ciudad le pregunté directamente:
- Teresa, te ocurre algo ¿verdad?
- No, no me ocurre nada ¿por qué lo dices?
- Esta tarde has estado muy callada, de hecho sigues muy callada. Y estás más seria de que de costumbre.
- Ya, ¿tanto se me nota?
- Cielo, no paras de reír y de hablar, de lo que sea. Y llevas un buen rato que apenas dices nada, y que sólo respondes con monosílabos a lo que te voy diciendo.
- Joder, sí. Estoy preocupada, Dani.
- ¿Preocupada por qué?
- Por nosotros, por lo que va a ocurrir con nosotros.
- ¿Pues qué va a ocurrir? Que nos estamos conociendo, nos estamos gustando, estamos muy juntos y vamos a querer seguir estándolo.
- Sí, pero vivimos a 500 kms el uno del otro.
- Hay trenes, autobuses, coches. Incluso barcos…
- Lo digo en serio. La distancia siempre va a estar ahí.
- Y yo siempre voy a querer estar a tu lado. Vamos a hablar por el chat, por teléfono. Voy a venir siempre que quieras y tú irás a Guadalajara siempre que puedas.
- No siempre podrá ser así. El domingo te marcharás, y si yo quiero que estés a mi lado el lunes, no podrás venir. No es tan sencillo.
- Teresa, creo que te estás precipitando. Debemos que ir paso a paso, disfrutando de cada momento, aprendiendo poco a poco cómo somos cada uno y como somos nosotros mismos. Y cuando surjan inconvenientes o problemas, ya les iremos poniendo solución, pero no creemos un problema cuando todavía no ha surgido. Ahora estoy aquí, contigo.
Al decir esto puse mi mano sobre su muslo, mientras ella conducía y le di un beso en la mejilla, sus ojos estaban encharcados en lágrimas, y el sabor salado de alguna de ellas impregnó mis labios.
- Eres muy bueno conmigo, Dani.
- Sólo intento devolverte lo que recibo de ti.
Volví a acariciar su muslo con mi mano, esta vez, y casi de modo involuntario, deslicé mi mano hasta casi llegar a rozar su sexo por encima del pantalón, pudiendo llegar a percibir el calor que desprendía esa zona de su cuerpo.
- Quiero que me hagas el amor –me dijo.
- Lo vamos a hacer. Te deseo mucho Teresa. Cada día que he estado contigo me he sentido mejor que el anterior. Lo de anoche fue…
- Lo de anoche fue follar. Quiero que me hagas el amor.
Volví a besar su mejilla y le prometí que haríamos el amor. Que le entregaría mi cuerpo y que quería recibir el suyo para llenarlo de mimos y atenciones hasta hacerla sentir la mujer más querida, deseada y dichosa del mundo.
Teresa se estaba poniendo muy romántica. Tenía razón. Hasta ese momento habíamos tenido sexo. Habíamos dado rienda suelta a nuestros deseos más carnales y oscuros. Y lo habíamos disfrutado, lo habíamos disfrutado muchísimo. Pero hacer el amor era otro concepto.
El resto del corto viaje lo pasó explicándome que, para ella, follar es obtener placer. Es algo mecánico y más relacionado con la parte animal que todos llevamos dentro. Algo, además, mucho más egoísta: buscas tu propia satisfacción, tu orgasmo, importándote menos el orgasmo del otro, o lo que el otro pueda llegar a sentir.
Sin embargo, hacer el amor, para ella, era algo muy distinto. Era entregar su cuerpo y recibir el cuerpo de su amante para colmarse de placeres, no sólo físicos, también el alma, el sentimiento jugaban un papel importante: el más importante.
Nunca la había escuchado en un tono tan filosófico y trascendental. Y no voy a engañar a nadie: a mi me gustaba follar (y me sigue gustando, claro). Y aunque para mi Teresa era alguien muy importante que estaba tocando mi corazón, no encontraba tanta diferencia entre follar y hacer el amor. De hecho, siempre que lo había hecho, con quién fuera, trataba de complacerla y hacerla alcanzar el orgasmo. No había sido distinto con ella. Ni creí que pudiera serlo. Pero si ella quería que esa noche hiciéramos el amor, haríamos el amor. No hay nada más poderoso que una idea bien formada en la cabeza.
Pocos kilómetros y minutos después, y terminando ya nuestra conversación, llegamos a nuestro destino. Aparcó el coche lo más cerca posible de su casa, y la acompañé hasta ella. Queríamos cambiarnos de ropa para la cena, y aprovecharíamos para darnos una ducha. Esta vez me prometió que sin sorpresas de última hora, lo cual descartaba una visita morbosa de las suyas, (seguía estando muy trascendental).
Nos dimos un largo y suave beso en el portal de su casa y quedamos en llamarnos cuándo estuviéramos listos.
Caminé hasta mi hotel, despacio y meditando en lo que habíamos hablado. Teresa se estaba enamorando de mi, o eso creí comprender de todo lo que me había dicho: primero el miedo a la distancia y cómo solucionaríamos nuestro deseo de estar juntos cuando no fuera posible. Después la diferenciación entre follar y hacer el amor. Me dije a mi mismo que las mujeres son así, no son capaces de dejar que las cosas fluyan, tal cual, como tengan que surgir. Siempre tienen que estar poniéndole nombre a las cosas, prever el futuro y planificar lo que se va a hacer. Bueno, sólo era cuestión de adaptarse, no habría que darle más importancia, siempre que ambos fuéramos felices.
Según lo previsto me duché y volví a cambiar de ropa. En esta ocasión un pantalón tipo chino, de color azul oscuro, con camisa entallada, en colores azul oscuro y blanco.
Un buen rato después llamé a Teresa. Hacía rato que yo estaba listo, pero no quería meterla presión, era otra cosa lo que quería meterla…
Quedamos en la puerta de su casa media hora después. Las mujeres nunca dan por terminado su acicalamiento. Cinco minutos antes de la hora a la que habíamos quedado estaba esperándola en su portal. Bajó puntual y… preciosa: vestía un pantalón negro, ajustado en la cadera, que le dibujaba las curvas sensuales y provocadoras que ya conocía. En la parte de arriba optó por una blusa blanca con transparencias. Una perfecta combinación de elegancia, sensualidad y provocación. Para rematar había elegido unos zapatos negros de taconazo. Casi igualaba mi altura.
Había lavado su pelo y se lo había alisado a la perfección, obteniendo una melena preciosa, que parecía brillar como un diamante y que daba toda la sensación de ser tan suave como la misma seda.
El maquillaje de su cara y ojos hacía resaltar aún más lo bello de sus facciones, el color azul de sus preciosos ojos y la suave curvatura de sus labios carnosos.
Me quedé inmóvil, mirándola unos instantes, sin abrir la boca o, mejor dicho, con la boca abierta, sin poder articular palabra.
- Hola, ¿no vas a decir nada?
- Hola. Estás preciosa. Eres preciosa. Bueno eso, que estás y eres preciosa.
- Gracias. Tú también tienes tu puntito –me dijo, dirigiéndome una pícara mirada.
Le cogí la mano y comenzamos a caminar hacia la zona centro de la ciudad. Ya empezaba a conocer las zonas por las que debíamos movernos. Llegamos a un pequeño restaurante, de ambiente tranquilo y reposado, en el que pudimos cenar tranquilamente mientras la conversación, en principio intrascendente y jovial, nos fue conduciendo hasta terrenos más íntimos y profundos.
- Dije en serio lo de esta tarde, Dani. Quiero hacer el amor contigo.
- Sé que lo decías en serio. Y quiero que, la próxima vez que lo hagamos, sea la vez más especial para los dos.
- Eso es lo que quiero. Vamos a terminar de cenar y te daré otra sorpresa.
- ¿Otra sorpresa? –pregunté intrigado
- Sí. Pero todo a su tiempo.
Terminamos con la cena en pocos minutos y, cuando salimos a la calle, intenté encaminar nuestros pasos hacia la zona de bares de copas y pubs. Teresa me paró en seco:
- No, no es por ahí.
- Ah, no sé, como siempre hemos ido hacia esa zona a tomar algo, pensé que iríamos por allí.
- No, cariño. Esta noche no. Ven, vamos por aquí.
Me condujo por otras calles por las que no habíamos pasado en los días previos. Calles poco transitadas, del centro histórico, en las que apenas había espacio para que dos personas se cruzaran en la acera, sin tiendas ni rótulos luminosos. Delante de un viejo edificio detuvo su marcha y la mía.
- Hace siglos que vengo por aquí – me dijo mientras revolvía en su bolso buscando algo.
- ¿Esto es tuyo? – le pregunté mirando al viejo edificio que había conocido tiempos mejores, aunque seguía conservando la prestanza de un lugar que, en tiempos, debió de ser un edificio de viviendas señoriales.
- No. En este edificio mi padre tiene una vivienda. Herencia a su vez de su madre, mi abuela. Nunca tuvieron buena relación. Mis abuelos tenían mucho dinero. Tuvieron la suerte de tener algunos terrenos aquí y en Salou. Cuando ambas ciudades crecieron les dieron bastante dinero y mis abuelos compraron la vivienda en la que habían vivido de alquiler toda su vida. En este edificio. Es una casa antigua, de techos altos y suelos y ventanas de madera. A mi siempre me dio un poco de miedo. Bueno, la presencia de mi abuela también me lo producía. – Esto último ya lo dijo mientras abría la puerta del edificio y pasábamos a un portal de altos techos y paredes antiguas, con un viejo ascensor de jaula al fondo.
- Ven, subamos en ascensor, es en la tercera planta.
- Creo que no has tenido buena relación con tus abuelos.
- Con mi abuelo sí. Más o menos, no era muy fluida pero, al menos, si era cordial. Pero con mi abuela la relación fue poco menos que inexistente. Mi padre lo dejó todo por mi madre. Mi padre era mecánico, muy buen mecánico, vivía viajando de un lugar a otro, trabajaba para un equipo de competición y medio año se lo pasaba de circuito en circuito. Ganaba muchísimo dinero y, aunque él no lo confiesa, sé que tenía un éxito arrollador con las chicas. Hasta que conoció a mi madre. Se enamoró y, cómo el dice, colgó el mono de trabajo. Se restableció aquí, compraron el piso en el que vivimos y su vida cambió por completo. Mi abuela nunca comprendió que lo hiciera, nunca se lo perdonó. Ella aspiraba a tener un hijo que ganase mucho dinero, sin compromisos ni nada por el estilo, al menos durante unos años más. Se casaron muy jóvenes. Mi padre tenía 23 años, y mi madre 20.
- Un poco jóvenes, aunque hace unos años no lo eran tanto.
- No, no lo eran tanto, pero mi abuela había planificado su vida: debía permanecer soltero hasta los 30, ganar todo el dinero posible y montar un negocio relacionado con la mecánica, del que mi padre sería el jefe que nunca se mancha. Y cambió todos esos planes para trabajar como paleta (en Cataluña a los albañiles los llaman paletas).
El trayecto en ascensor se hizo largo y cadencioso, pareciera que no podría llegar a la tercera planta con dos personas dentro, pero acabó llegando. Abrí las rejas cuando se hubo detenido. Había sólo dos puertas. Teresa se encaminó a la de la derecha y abrió la puerta que daba acceso a un piso antiguo, con un largo pasillo en el que había varias puertas. Deduje que serían el salón, la cocina, varios dormitorios y algún baño. Conté 6 puertas.
- Ya sabes algo más de mi vida. Ahora quiero entregarte mi cuerpo.
Sujetó mis manos con las suyas mientras sus labios buscaron ansiosos los míos. Era un beso distinto a los de estos días. Le faltaba furia, y desbordaba ternura y cariño. La estreché con mis manos, apretando su cuerpo con el mío, mientras mi boca y la suya volvían a estar fundidas en una sola.
Poco a poco mi lengua fue invadiendo su boca, buscando su propia lengua. Llenando todo el espacio de que era capaz, acariciando su lengua suavemente, atrapándola poco a poco. Mis manos y las suyas comenzaron a buscar, en cada uno de nuestros cuerpos, los rincones más recónditos y oscuros, incrementado poco a poco la pasión y el deseo.
Poco a poco me fue encaminando, sin despegarse de mi boca, hacia una de las puertas. La abrí y encendí como pude, sin soltarme de Teresa, la luz, entendiendo que ese era el lugar elegido. Se trataba de una habitación bastante más grande de lo que aparentaba. En mitad de una de las paredes había una cama enorme.
Mis manos habían hecho prisionero a su delicioso culo, ese que la noche anterior había follado casi con violencia y furia. Ahora lo masajeaba y acariciaba con ternura, a través aún del pantalón, pero sintiendo cada curva, cada pliegue de su cuerpo.
Sus manos hacían lo propio con mi cuerpo. Subían y bajaban desde mi espalda hasta mi culo, mientras nuestras respiraciones, afectadas por los breves minutos que llevábamos besándonos y acariciándonos.
Cuando hubimos llegado al borde de la cama me separé unos centímetros de ella.
- Eres preciosa, Teresa.
- Eres precioso, Dani.
Alargué mi mano derecha para acariciar su sedoso pelo, enredando mis dedos en él. Bajé despacio, en una larga y suave caricia, por su mejilla, por la piel de su cuello, hasta llegar al primer botón de su blusa. Comencé a desabrocharla, muy despacio, rozando su piel con mis dedos al hacerlo, mirando sus ojos. Sintiendo el estremecimiento que cada una de mis acciones le provocaba.
Pronto estuvo la blusa en el suelo. Sus pechos estaban cubiertos por un fino y delicado sujetador. Blanco. Lleno de encajes y transparencias. Acaricié la parte descubierta de sus suaves y pequeños pechos con mi mano, antes de continuar bajando por la piel de su vientre y de su espalda, hasta alcanzar el pantalón.
Lo desabroché despacio, sin dejar de mirar sus ojos, sin dejar de ver reflejados el deseo, el amor y la pasión en ellos.
Me arrodillé para poderle quitar los zapatos antes de sacarle el pantalón por completo. Besé sus dedos. Mejor dicho: me introduje cada uno de sus dedos en mi boca, y los besé y chupé, arrancando algún pequeño gemido de su boca.
Le quité el pantalón, y lo dejé, con cuidado junto a su blusa y sus zapatos. Llevaba braguitas a juego con el sujetador: blancas, con transparencias y con encajes. Era precioso. Era precioso ver las suaves curvas de su cuerpo, ver como los labios de su sexo se marcaban, suaves y provocadores, en sus braguitas.
Le acaricié, la piel, las braguitas. Todo. Y todo era extremadamente suave. Extremadamente tentador. Teresa era la tentación hecha cuerpo de mujer.
Volví a ponerme de pie. Uní de nuevo mis labios a los suyos, y volvimos a besarnos, mientras ahora era ella quién desabrochaba despacio los botones de mi camisa, acariciando mi pecho con sus suaves y cálidos dedos. Excitando mis pezones con los suaves y ligeros pellizcos que les dio.
Pronto mi camisa acompañó en el suelo a su ropa. No se detuvo, al igual que su lengua y sus labios no se detuvieron. Me desabrochó el cinturón y, acto seguido, hizo lo mismo con el pantalón. Ahora fue ella quien se agachó y me quitó los zapatos y calcetines, tirando a continuación de las perneras del pantalón hasta hacerlo caer al suelo por completo.
Mi bóxer, de color negro, el más suave y ajustado que tenía, marcaba perfectamente la gran erección que estaba teniendo. Mi sexo apenas podía ser contenido por la ropa interior. Teresa se quedó unos segundos con los ojos a la altura de mi erección, alargando una de sus manos para acariciarla suavemente, recorriendo con las yemas de sus dedos toda la longitud de mi verga inflamada y caliente. Esta vez fue ella la que hizo que me estremeciera de placer, emitiendo un suave gemido.
Cuando volvió a ponerse de pie hizo que se echase en la cama y la cubrí de besos. Cubrí su boca, sus mejillas, su cuello, descendiendo por su pecho, me deshice del sujetador y bese sus pechos. Uno y otro, alternativamente. Llenando mi boca con cada uno de sus rosados y excitados pezones, provocando una excitación aún mayor. Dejé que mi lengua jugase un buen rato con ellos, lamiéndolos, dibujando suaves círculos sobre ellos, succionándolos con los labios, incrementando sus gemidos y suspiros, producto del placer y la excitación.
Un suave mordisco en uno de sus pezones le produjo un largo y profundo gemido. A continuación, su mano derecha se dirigió sigilosa hasta su entrepierna, para comenzar a acariciar su sexo por encima de las braguitas.
Esa visión me encendió aún más de lo que ya estaba. Mi boca volvió a tomar el control de su otro pezón, para volver a succionarlo y morderlo con creciente intensidad, hasta provocar de nuevo un largo y profundo gemido de placer.
Descendía poco a poco por su vientre, suave y cálido, en busca de su mayor tesoro, el cual se encontraba entre sus propios dedos, que suaves y ágiles, dibujaban constantes círculos sobre él.
Pronto llegó mi boca a la altura de su sexo. Su preciado y deseado coño. El aroma de su excitación inundó mi cerebro a través de mi nariz.
Mi lengua buscó el contacto con sus braguitas, apartando a duras penas a sus propios dedos que seguían dibujando sus mágicos círculos. Tenía el coño absolutamente empapado, había empapado las braguitas, y su humedad ahora traspasaba hasta mi boca.
Mis manos comenzaron a quitar la única prenda de ropa que aún vestía, sin que mi boca dejara de lamer y acariciar su coño, tanto sus labios carnosos y mojados, como su clítoris ardiente y estimulado.
Cuando me deshice de sus braguitas, fueron mis propios dedos los que reemplazaron a los suyos, que ahora pugnaban por llegar hasta mi polla. El contacto de su coño con mis dedos provocó nuevos gemidos, nuevos suspiros y nuevos contoneos de su delicioso cuerpo.
Finalmente, su mano llegó hasta mi polla, en parte porque yo cambié de postura, poniéndole mi sexo a su alcance. Lo agarró para estimular mi polla y mis huevos, mientras mi boca y mis dedos saciaban el hambre y la sed que su cuerpo me provocaban.
Tenía el clítoris absolutamente excitado: hinchado y endurecido por el placer y la estimulación que mis dedos y mi boca le estaban proporcionando. Busqué penetrar su coño con mis dedos, y pronto los tuvo dentro, moviéndose en círculos para aumentar el placer, mientras mis labios succionaban su delicioso clítoris, sustituyendo los labios con la lengua cuando quería acariciarlo antes de volverlo a succionar.
Su mano comenzó a masturbar mi polla, de forma suave y pausada, logrando que aumentase aún más su tamaño y su dureza.
La velocidad con la que me masturbaba comenzó a incrementarse a la vez que mi boca y mis dedos hicieron que el placer que sentía también se incrementase. Estaba a rozando un profundo orgasmo.
Me dediqué en cuerpo y alma a ella. Mi lengua y mis labios se hicieron dueños por completo de su clítoris, mientras mis dedos, completamente empapados por sus fluidos, chapoteaban en círculos dentro de su cuerpo, que los atrapaba y engullía con voracidad.
Apenas un minuto después un orgasmo, que pareció una descarga eléctrica, invadió todo su cuerpo. Se puso completamente tensa, mientras de su garganta solo salían gritos de placer, mientras su mano se movió con fuerza y rabia en mi polla, mientras su coño llenó mi boca con sus fluidos, amargos y viscosos y, a la vez, el néctar más preciado.
Continué lamiendo un poco más, recibiendo hasta la última gota de sus fluidos en mis labios, para echarme a su lado, y besarla despacio y tiernamente.
- No pares aquí –me dijo, a la vez que tiraba de mi para que me colocara sobre su cuerpo.
No me hizo falta más. Acaricié sus mejillas mientras mi cuerpo se colocaba sobre el suyo, rozando su coño hirviente y aún palpitante, con mi polla erecta y dura. Tomé mi polla con una de mis manos para rozar y estimular aún más su ya excitado coño, pero su mano sustituyó de inmediato a la mía para llevase la polla en su interior.
Ahora fui yo quién gimió de placer. Estaba dentro de su cuerpo, esta vez en su delicioso coño. La sensación de placer era inmensa. Mis ojos la miraron, y sólo encontraron placer, amor y deseo. Los míos irradiaban lo mismo.
Comencé a moverme en su interior, mientras besaba sus labios, mientras mi lengua se enredaba en la suya, haciendo ligeras pausas para poder respirar.
Poco a poco fui incrementando la velocidad a la que bombeaba con mi polla en su cuerpo, llenándola por completo, inundando su interior con mi polla, fundiendo nuestros dos cuerpos en uno sólo.
Sus manos sujetaban mi cuerpo por la espalda y el culo, empujándome hacia su interior, queriendo tener más de mi, sin dejar de mirarnos a los ojos. Sin dejar de decirnos todo sin decir nada.
Pronto sentí que iba a tener un orgasmo. Era mucho rato de excitación, de estimulación. Era irresistible el placer que ese coño estrecho, húmedo y caliente me estaba haciendo sentir.
Incrementé mucho más el ritmo de mis embestidas, a la vez que Teresa cerró sus piernas por detrás de mi espalda, comenzando a la vez a gemir como ya había hecho antes. Los dos estábamos a punto de experimentar un orgasmo, compartido y muy sentido.
Apenas 2 minutos después, mis huevos, completamente llenos e hinchados, descargaron varios chorros de semen en el interior de su cuerpo, mientras un gemido, brutal y ronco, escapó de mi garganta.
Sentir mi leche caliente y viscosa llenar su cuerpo fue como una espita que empujo a Teresa hasta el cielo de un nuevo orgasmo, tan ruidoso y profundo como el que había sentido yo, llevándola a apretar aún más sus piernas sobre mi espalda, a empujar aun más con sus manos sobre mi culo y mi cabeza.
Después de algunos movimientos más para acabar de sentir todo el placer que pudimos, quedé echado y absolutamente exhausto a su lado, cogí su mano y la llevé a mis labios para besarla. Me giré sobre mi mismo para besar a continuación sus labios:
- Te amo, Teresa.
- Yo también te amo, Dani.
Nos quedamos quietos, cogidas nuestras manos, durante un buen rato, en el que tan sólo se oía a algunas personas por la calle, bajo los efluvios del alcohol, y nuestra respiración.
Tras ello fue Teresa quién rompió el silencio, su primera frase me dejó helado:
- Cariño, no hemos tomado precauciones.
- ¡Hostias, es verdad!
- Es la primera vez que lo hago así, como decís vosotros, a pelo.
- Joder, perdón. Perdóname, ni he caído en ello, iba demasiado encendido.
- No te preocupes, no sólo tú eres el responsable, también estaba yo, no te olvides.
- Ya, mujer. Pero se supone que la fundita la debo llevar puesta yo.
- No tiene por qué pasar nada, cielo.
Volvió su cara, me besó de nuevo en los labios y se fue al baño.
(Continuará)
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