Historia de una mujer fácil - Completa (22)
Clara sabe que su novio la vigila con celos, pero la propuesta de un extraño cerca de la rockola es demasiado tentadora para ignorarla. Fingir ser una prostituta le permite tomar el control de la situación, aunque el precio de su diversión podría ser su relación. ¿Podrá mantener la mentira cuando Carlos aparezca buscando respuestas?
AVENTURA EN LA ROCKOLA
La semana empezó con gran movimiento. Se habían ganado proyectos de gran valor y todo el personal andaba de un lado para otro cargados de trabajo.
Entre el bullicio de celebraciones, reuniones de inicio de proyecto y contratación de trabajadores temporales, nadie se fijó en las elucubraciones de Rafa.
Ni siquiera sus dos nuevas amigas, Clara y Paula, se habían fijado en que el chico se comportaba de forma diferente a la habitual y se quedaba a trabajar hasta altas horas sin que, al parecer, tuviera trabajo extra que realizar.
—He comenzado un taller en una academia cerca de aquí —les comentó a sus amigas durante una comida sin que ellas hubieran preguntado—. Empieza a las ocho y me viene mejor salir tarde de la oficina e ir directamente a la academia, que irme para casa y luego tener que volver.
Clara, agobiada como el resto de sus compañeros, no le había hecho más preguntas. Bastante tenía con sus problemas personales —y su trabajo acumulado— como para preocuparse por el becario.
De esta manera, ese día nadie se extrañó cuando, al salir aquella tarde, vieron a Rafa en su mesa simulando trabajar en unas presentaciones de PowerPoint que nadie le había pedido.
Rafa esperaba a que todos se fueran marchando y paseaba desde su escritorio hasta el lavabo de forma incesante. Al pasar frente al despacho de Ramiro, observaba la luz interior y maldecía para sus adentros.
—¿Cuándo coños se va a largar este tío? —susurraba para sí.
Mientras soportaba la larga espera, recordó cómo había comenzado esta aventura, con la que se estaba jugando algo más que la beca en la empresa. Unos días antes, Ramiro había pasado cerca de su mesa. Clara se hallaba junto a él un poco agachada para señalar sobre la pantalla del ordenador los elementos de un documento que quería que el chico cambiase.
Ramiro se detuvo y, de una forma soez, le hizo un repaso a la anatomía de su jefa, especialmente del culo que apuntaba directamente al subdirector general. Clara ni se enteró, pero Rafa captó la obscena mirada del hombre y le retó con la suya.
Ramiro frunció el ceño y su rostro cambió. Su expresión de desprecio le envió un mensaje alto y claro al joven: tú, mequetrefe, que sepas que no me he olvidado de ti. Luego, siguió su camino y desapareció de su vista.
Rafa se quedó tan pálido que parecía transparente. Tanto, que la misma Clara se lo notó. A su pregunta, el chico le respondió con una excusa rápida y, cuando su jefa volvió a su despacho, comprendió que solo le quedaban días en aquella empresa.
«Tengo que hacer lo que sea, y pronto, si no quiero estar en la calle antes del fin de semana. Si Clara y Paula no se deciden, lo haré solo»
*
Sobre las ocho y media, Ramiro apagó la luz y se dirigió a los ascensores. El escritorio de Rafa estaba en su camino y éste le vio venir de sopetón. Como un rayo, se lanzó al suelo y se introdujo bajo la mesa. Se maldijo por no estar preparado. Tanto tiempo planeando aquello y se había dejado pillar por sorpresa.
Afortunadamente, el subdirector general pasó de largo y en unos segundos había desaparecido tragado por la penumbra de las escaleras.
Rafa se incorporó sobre la silla, encendió la pantalla de su ordenador y pulsó unos comandos sobre el teclado que a cualquier otro le hubieran parecido auténtico chino. En completo silencio, los leds de las cámaras de seguridad de la planta pasaron del verde al rojo. Habían dejado de grabar.
A continuación, el becario miró su reloj de pulsera y apretó el botón de inicio del cronómetro.
—Cinco minutos a partir de ahora —pensó y salió a la carrera. En su mano derecha llevaba una bolsa de deporte completamente negra.
En pocos segundos se plantó frente a la puerta del despacho de Ramiro. Trató de abrirla, pero se hallaba cerrada con llave. «Lo esperado», se dijo. Extrajo de un bolsillo unos objetos metálicos y comenzó a probar con ellos. Las ganzúas hicieron su trabajo y en unos instantes se encontraba dentro del despacho.
—Cuatro minutos… —reflexionó.
Sacó de la bolsa de deporte lo que le había llevado allí y trasteó durante dos minutos y medio por el despacho, dándose por satisfecho con la conclusión de su objetivo.
En treinta segundos más se hallaba de vuelta en su mesa y volvía a teclear en su ordenador. Los leds de las cámaras retomaron su color verde. Volvían a grabar. Solo se habían perdido cinco minutos entre las miles de horas de grabación de un total de ochenta y nueve cámaras en toda la empresa. Descubrir el vacío de esos cinco minutos iba a ser como buscar una aguja en un pajar.
Se sentía seguro ya que no había ojos humanos vigilando las imágenes en directo —se habría necesitado un ejército para conseguirlo—, sino que se grababan y guardaban durante quince días, a una por día. El día dieciséis se llegaba al final del ciclo y las quince grabaciones comenzaban a ser reemplazadas por otras nuevas empezando por la primera.
Más calmado, comprobó en su PC que su obra estaba funcionando a la perfección. El plan que había trazado a espaldas de su jefa y de Paula estaba en marcha. Si algo saliera mal, él se confesaría culpable para que las represalias no les afectaran a ellas. Si todo salía bien, quizá tendría que oír las recriminaciones de sus nuevas amigas. Pero habría valido la pena.
Sin más que hacer, Rafa salió del edificio y se perdió en una boca de metro. Tendría que pensar en una nueva excusa para cuando le vieran salir a su hora normal a partir de esa tarde. Pero ese era un problema que ya solucionaría cuando tocara.
*
Mientras Rafa hacía de las suyas, Clara tomaba unas copas con Carlos y Andrés en un bar cercano a la empresa. Su novio le había pedido que les acompañara y ella no había sabido negarse.
La primera media hora la había pasado junto a los dos primos, que se vanagloriaban de los éxitos en el trabajo y brindaban una y otra vez chocando sus Coronitas. Después, tras notar como Andrés la miraba con ojos obscenos, se disculpó y se arrimó a la máquina de música en la que todos hacían cola para elegir canción.
Era curiosa aquella «Disco-la», nombre de la máquina de música, un aparato que simulaba una rockola de los años sesenta. En plena era del streaming la máquina de discos de vinilo estaba arrasando en aquel bar y había disputas por elegir el siguiente tema.
Mientras rondaba la rockola, recordaba con satisfacción el día anterior. Había sacado los seis mil euros de su bolso ante las damas de honor para cubrir su parte en el regalo de Elena con una soltura que dejó perplejas a sus amigas. No estaba segura, pero había creído ver una mueca de fastidio en el rostro de Laura. Borró el pensamiento, feliz de haber conseguido callar algunas bocas, y volvió a centrarse en la música.
Tras guardar una corta fila, llegó su turno para elegir canción. Por un euro pudo elegir el tema que más le apetecía en ese momento: I will survive de Gloria Gaynor.
Se hallaba en los alrededores de la rockola, mirando de vez en cuando hacia la barra donde charlaban su novio y su primo político, cuando un desconocido se le acercó.
—¿Te apetece follar? —le dijo el tipo a modo de saludo.
Lo primero que pensó Clara era que se trataba de un borracho que no tenía muy claro lo que decía. Sin embargo, cuando sus miradas se cruzaron, comprendió que el desconocido estaba más que sobrio.
—Me llamo Iker —prosiguió el hombre ante el desconcierto de la joven y le tendió una mano—. Y no soy ni portero del Madrid ni morrosco de Bilbao.
Clara no pudo evitar soltar una carcajada.
—Soy Rebeca —mintió ella y le aceptó el saludo dándole la mano.
Miró de arriba abajo al hombre y comprendió que no era tampoco un tonto o un loco. De hecho, vestía perfectamente, olía a perfume caro y sus modales eran más que exquisitos.
Por un momento se preguntó si no la habría confundido con una prostituta y simplemente intentaba contratarla. Le hizo gracia, porque aquel bar lo conocía bastante y por allí no circulaban «profesionales». Si la exceptuaban a ella, claro estaba, aunque se decía que era solo amateur y que no contaba.
—Y ahora que nos conocemos, ¿te importa responder a mi pregunta? —insistió el tal Iker—. ¿Follamos o no?
—¿Ves a aquel hombre de la barra? —respondió Clara sin titubear—. El que está detrás de la columna de espejo.
Señalaba a la zona donde Andrés y Carlos bebían y charlaban.
—¿Te refieres al medio calvo con cara de torta? —El desconocido la había cazado al vuelo, había calado a su novio a la primera. Pero no podía rendirse al primer resbalón, así que se corrigió.
—No, querido Iker, me refiero al tipo alto que está detrás de él. Ese que tiene unos brazos tan anchos que su camiseta está a punto de reventar.
El desconocido reubicó la mirada y no respondió.
—Pues ese fulano que reparte hostias como panes es mi novio.
El tal Iker tragó saliva.
—No me… jodas… —dijo y sonrió sin mostrar temor.
Joder, se dijo Clara, qué tenía que hacer para arrugar a aquel fulano. Tras las primeras bromas, empezaba a aburrirla, incluso a molestarla.
—¿Tanto te preocupa tu novio? —le siguió la corriente el extraño—. Si quieres podemos follar en mi coche. Yo soy de correrme rápido, así podrás volver con tu chico como si no hubiera pasado nada.
Asqueada, Clara decidió cambiar de estrategia.
—Ah, vale… —le dijo al oído—. Pues si mi novio no te da miedo, podemos ir a follar a tu coche. Pero serán quinientos por un polvo y, si lo quieres con mamada, seiscientos.
Ahora la cara del tal Iker mudó completamente. Había dado en el clavo. Esperaba que se cortara al entender que hablaba con una puta y que se largara con viento fresco… y casi lo consigue.
Pero solo «casi».
—Joder, tía, un poco cara, ¿no? —protestó el hombre al oído de ella—. No llevo tanto dinero encima.
Clara no necesitaba dinero. Había saldado la deuda que más le preocupaba y había llegado a plantearse, incluso, si seguiría su camino hacia el puterío o si lo abandonaría por completo. Aun así, la conversación con el lechuguino la había calentado y decidió continuar con la broma. Ya no le importaba que su novio siguiera hablando de negocios con su primo. Ella podría pasar un rato agradable tonteando con aquel tipo.
—Tranquilo, guapetón —le soltó la misma frase que había utilizado en los últimos tiempos—: Acepto bizum.
—¿Bizum? —preguntó el desconocido.
—Si, bizum… ¿No sabes lo que es?
—No me fastidies… —se lamentó el tal Iker—. Vaya si lo sé, trabajo en un banco, guapa… Lo que pasa es que mi móvil se ha quedado sin batería.
—Te puedo prestar el mío.
—Ni de coña… ¿No pensarás que voy a meter las claves de mi cuenta bancaria en un móvil ajeno?
Clara se lo estaba pasando genial. Y la risa se le agolpó en los labios al ver al tipo abrir los ojos de forma desmesurada cuando ella empezó a sobarle la entrepierna con disimulo.
—Hostias, tía… me estás poniendo enfermo…
—A ver, Iker… —le insistió—. ¿No llevas billetes en la cartera?
—Pues no… —respondió el lechuguino. Clara se lamentaba por el cambio de roles. Con lo chuleta que parecía el hombre al principio, razón por la que ella se había mojado las bragas, qué pena que ahora se mostrara como un perfecto imbécil—. Ya casi nadie usa dinero en efectivo, y yo menos que trabajo en banca.
—¿Ni siquiera trescientos euros? —le puso morritos al hombre, quien creyó derretirse—. Porque por trescientos te la chupo.
—¿Por… trescientos?
—Eso he dicho…
El tal Iker sacó la cartera de un bolsillo y contó los billetes que llevaba. Las manos le temblaban.
—Joder, solo llevo doscientos ochenta… Me cago en la puta, ¿no me harías una rebaja?
Clara puso ojos en blanco y cara de fastidio, pero accedió a rebajar el precio de su servicio.
—Vale, tío… joder con el pobretón —le dijo—. Pero será con condón.
—Hostia, tía, ¿por qué no a pelo…?
—Ni de coña, cielo… sin condón es bastante más.
El hombre volvió a tragar saliva.
—Es que… tampoco tengo condón.
Clara le sonrió, comprensiva. Aquel tipo estaba tan cachondo que, si le dejaba a dos velas, se la iba a tener que menear allí mismo frente a la rockola.
—Tranquilo, hombre, los condones los pongo yo… —le tranquilizó—. Mira, vamos a hacer lo siguiente: te vas a ir a la calle, yo hago como que voy al lavabo para que mi novio no se dé cuenta de que salgo, y te veo en el coche. ¿Cómo es?
—Es un volvo 640 rojo. Está a unos cincuenta metros hacia la izquierda según sales del bar.
—Vale… Pues espérame allí hasta que llegue.
*
Carlos tomaba su enésima copa mientras hablaba con su primo Andrés sobre las estrategias de la empresa de cara al año fiscal que se avecinaba. Mientras lo hacía, vigilaba de reojo a Clara, que hablaba con un tipo cerca de la rockola desde hacía buen rato.
Se olvidó de ella durante un par de minutos para pedir una nueva ronda. Al volver con las copas, Andrés hablaba con alguien por teléfono y le hizo una seña de que tardaría un rato en cortar al pesado del otro lado de la línea.
Aprovechó para levantar la cabeza hacia la rockola, quizá podría acompañar a su prometida y elegir una canción entre los dos. Pero de Clara no había ni rastro. Ni, casualidad o no, del tipo que hablaba con ella tampoco.
Una lombriz le recorrió el estómago y sus insufribles celos afloraron sin poder evitarlo. Sin pensarlo un solo segundo, se decidió a llamarla. El timbre del móvil de Clara sonó en uno de los bolsillos de su chaqueta. Se lo había dejado para que le solucionase un problema y aún no se lo había devuelto.
—Me cago en la leche… —se lamentó.
*
Cuando Clara llegó al coche, el tal Iker ya se había bajado los pantalones y tenía la polla al aire. Su aparato no estaba mal del todo, pero aún no se hallaba al cien por cien.
Clara entró en el asiento del copiloto y cerró el seguro de la puerta. Sacó un condón del bolso y se lo entregó al hombre, quien se lo puso en un santiamén.
—Venga, putita… —dijo el tal Iker jadeando—. Chupa… chupa…
—Eh, no tan rápido… —le cortó—. Primero la pasta.
—Joder, tía, que intensa eres, ¿no?
—Sí, me lo dicen mucho.
Iker abrió su cartera y le pasó el fajo de billetes que había mostrado en el bar. Clara los contó y puso cara de pocos amigos.
—Joder, serás cabrón, aquí solo hay doscientos cincuenta…
—¿Qué…? —replicó el hombre—. Pero si acabo de contarlos, tú lo has visto.
—Ni de coña, tío… Cuéntalos si quieres.
El nuevo recuento le dio la razón a Clara y el tipo puso cara de vinagre.
—Me voy a cagar en…
—Pues ya ves… Yo por doscientos cincuenta no te la mamo… Lo más que puedo hacerte es una paja.
—¡Y una mierda...! —replicó él—. Yo necesito que me la mames o voy a reventar. A ver, ¿cómo podemos solucionarlo? ¿Te puedo dejar mi número de móvil y mañana lo hablamos? Te pago por bizum sin falta, te lo aseguro, soy hombre de palabra.
Pero a Clara no le convenció la idea. Le gustaba mucho más seguir vacilando a aquel tonto, cuya cara se mostraba roja como la grana por la calentura que se había pillado.
—De dejar a deber, nada… —denegó—. A ver, ¿no tienes algo por aquí que valga un poco?
Buscó por los portaobjetos del coche, pero no vio nada de interés. Abrió entonces la guantera y un paquete envuelto en papel de regalo llamó su atención.
—¿Qué es eso?
—Eso es… un regalo para mi mujer… Un perfume…
—¿Marca?
—Chanel.
—Me vale… —cogió el paquete y los billetes de la mano del tal Iker y los metió en el bolso—. Venga, ponte en guardia que te la chupo.
—Oye, oye… —le paró el movimiento sujetándole del pelo—. Ese perfume vale cien pavos. Más los billetes hacen casi cuatrocientos. Por esa pasta me la mamarás a pelo… ¿no?
Clara se lo pensó. Se moría de la risa, pero se apiadó del pobre hombre y al final…
—Vale, a pelo… —aceptó—. Quítate el condón que estamos tardando demasiado. Mi novio se va a mosquear.
Clara se agachó sobre la polla del lechuguino y se la mamó con expresión golosa, sin dejar de mirarle a los ojos. El pobre hombre no debía de estar acostumbrado a servicios de calidad y no tardó en correrse. Aún no saciada de ganas de putear al pobre tipo, cuando notó que se disponía a eyacular, se la sacó de la boca y apuntó hacia los mandos del coche.
—¡No…! ¡Cabrona…! —gritó el hombre cuando empezó a disparar lefa hacia el volante—. Métetela en la boca, pedazo de guarra…
Clara lanzó una carcajada y siguió pajeándole la verga para alimentar sus chorros. Cuando por fin cesaron, el tipo la miró entre jadeos con enfado.
—¿Por qué has hecho eso? —le preguntó, intentando recoger con sus manos las estalactitas de semen que colgaban de la palanca del intermitente para que no le cayeran sobre los pantalones.
—Perdona, hombre, ha sido un desliz… Me has puesto tan cachonda que con los nervios, pues ya ves…
El tal Iker no le aceptó la disculpa y le exigió un gesto de reparo.
—Pues por hacerme esta putada tienes que darme un beso.
Clara se dejó morrear durante un minuto y luego se despidió del hombre.
—¿Volveremos a vernos? —le preguntó.
—Bueno, ¿por qué no? —respondió ella. Estaba pensando que el lechuguino podría ser un buen cliente para Paula—. Dame tu número que lo apunto en mi agenda del móvil.
*
Carlos llevaba un buen rato buscándola. Había dado dos vueltas al interior del bar. Luego, con el mosqueo in crescendo, se pasó por el lavabo de caballeros. Allí descubrió un par de calenturas entre hombres, pero de su novia ni rastro. Después, se dirigió al lavabo de señoras y se asomó a su interior.
El abucheo de las tres chicas que se retocaban ante el espejo fue unánime. En cualquier caso, no necesitó más que un vistazo para comprobar que su novia no se hallaba allí, pues todos los cubículos se encontraban con la puerta abierta y vacíos.
Tras reflexionar unos instantes, decidió buscar en la calle por si Clara hubiera salido a fumar un cigarro. Su prometida no era fumadora, pero de cuando en cuando echaba un pitillo.
Dio un par de vueltas por el exterior del bar y observó a las tres parejas que fumaban y charlaban en la puerta. Tampoco Clara estaba entre ellos.
Se disponía a entrar en el bar de nuevo, cuando la vio aparecer a buena marcha hacia él. La había visto salir de un coche aparcado al otro lado de la calle y la cruzaba a toda velocidad.
*
Clara acababa de bajarse del coche de Iker, cuando divisó a su prometido en la puerta del bar. Miraba hacia todos lados y comprendió que la estaba buscando. «Maldita sea —pensó—, Carlos y sus puñeteros celos. Si tampoco he tardado tanto». La duda era si su novio la habría visto salir del coche de su cliente.
Tenía el tiempo justo de inventar una excusa, así que mejor que se estrujara los sesos antes de que reparara en ella. Una idea se dibujó en su mente y salió a la carrera a su encuentro.
—¿Dónde estabas? —le espetó con malas pulgas—. Llevo un buen rato buscándote.
—No te enfades conmigo, cariño, estaba intentando tranquilizar a Paula, que ya está otra vez de líos con su novio.
—¿A Paula? —replicó mosqueado—. ¿Y dónde está?
—Espera, vayamos dentro, aquí hace fresco.
Una vez en el interior del bar, se acomodaron junto a la rockola y entonces le contó «el problema de su amiga Paula».
—Me ha llamado hace un rato para decirme que se iba de casa —le explicó—. Me ha preguntado que donde estaba y le he dicho que en este bar, ya sabes que le pilla al lado de su apartamento.
—Sí, ya…
—Pues eso… que se ha presentado y he tenido que salir a hablar con ella. Al bar no quería entrar para no encontrarse con vosotros —Clara intentaba ir respondiendo a preguntas a las que Carlos estuviera dándole vueltas en la cabeza, antes de que llegara a pronunciarlas.
—¿Y ese coche…?
«Joder —se dijo—, ha visto el puto coche».
—El… coche… —improvisó—. Era el de su novio… que ha salido de casa tras ella y nos ha encontrado charlando… En fin, que nos ha pedido que entráramos en él y que lo habláramos como amigos. Figúrate que papelón —se adelantó a la siguiente pregunta de su prometido—, me he tenido que sentar yo en el asiento del copiloto porque Paula se negaba a tenerlo a menos de un metro de distancia.
—Vaya… —Carlos no recordaba haber visto a nadie sentado en las plazas traseras del coche, pero se tenía que reconocer que solo lo había visto de refilón, ya que el volvo había salido pitando en cuanto Clara se bajó de él.
—En fin, que creo que he conseguido al menos que los dos lo hablen despacio y que mañana lo volvamos a comentar… Esta Paula y sus líos…
La expresión de escepticismo de Carlos desalentó a Clara. Así que decidió utilizar su arma secreta para casos extremos. Arrimó su boca a la oreja de su novio y le susurró un secreto.
—¿De veras me lo harás? —se le iluminó el rostro a Carlos tras escuchar a su novia—. ¿Esta misma noche?
Clara confirmó con un movimiento de cabeza y una sonrisa pícara.
Andrés, que se había acercado hasta ellos y había asistido a la escena final como invitado de piedra, se quejó lastimero.
—Eh… —dijo sonriente—. Que yo también quiero oír ese secreto…
Clara le dio una bofetada de broma en un brazo y luego le regañó.
—Jo, que curioso eres, Andrés… —respondió Clara—. A ti que te lo haga tu querida Laura…
Los tres rieron la broma, aunque Carlos no alcanzó a ver cómo su prometida le guiñaba un ojo a Andrés a sus espaldas.
Continuará...
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...
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