Historia de una mujer fácil - Completa (21)
Clara necesita dos mil euros urgentes y su tío le ha mentido sobre una herencia. Desesperada, acude a su hermano Antonio, quien la ayuda con el dinero pero también con algo más íntimo. En la oscuridad de su habitación, la línea entre el cariño fraternal y el deseo prohibido se difumina mientras ambos se entregan a una noche de pasión que cambiará su relación para siempre.
AMOR FRATERNAL
Al día siguiente tocaba comida familiar en casa de Clara. Y aquel domingo estaba mostrándose como uno de los más aburridos de los últimos tiempos.
Clara había acudido a la cita de nuevo sin Carlos. Era habitual que su novio se desmarcara de estas quedadas —la casa de su familia le agobiaba por lo pequeña y humilde— y una vez más se había escusado para no tener que asistir.
En esta ocasión, la joven iba a quedarse a dormir en la que fuera su habitación para acompañar a su madre al médico al día siguiente. La iban a hacer unas pruebas y necesitaba que alguien la acompañara. Sus hermanos y su padre habían señalado a Clara —para variar— y de nuevo sería ella la que haría de amante hija y compañera. No le importaba, sin embargo. Otra se hubiera quejado del sistema patriarcal que regía la casa de su familia, pero ella sabía que los tres hombres eran unos zoquetes en cuestión de médicos. Solo si ella misma acompañaba a su madre se sentiría que estaba bien atendida.
Después de comer, Clara se arrellanó en el sillón de la sala de estar y se dejó llevar entornando los párpados. No llegó a dormitar, sin embargo. Sus preocupaciones personales la atormentaban y no dejaban de rondarle la cabeza.
Su hermano Antonio la miraba desde la puerta de la sala. Toño, como le solía llamar, tenía la vista fija en el interior de su falda, que se le había recogido y mostraba sus bonitas piernas y el triángulo de sus braguitas.
Ajena a la mirada de su hermano, Clara pensaba en su problema más inmediato. El martes siguiente había sido convocada la reunión de las damas de honor de Elena. En esa reunión tenía que afrontar los seis mil euros que aún le faltaban para cubrir su parte del regalo de bodas. Y le restaban dos mil para llegar a esa cantidad.
Ya había retrasado el pago mucho tiempo y no podía volver a dar largas si no quería quedar como una pobre idiota. Sobre todo, «pobre». Hasta ahora las tres chicas se habían unido para prestarle la parte que aún no había entregado, pero ya empezaban a mirarla con recelo.
No pudo evitar que la imagen de tío Ramón volviera a su memoria.
La idea de que no habría herencia, de que todo había sido un camelo del puto viejo para llevarla a la cama, la rondaba sin dejarle un segundo de calma. No le molestaba saberse degradada por aquel putero sesentón. Eso le daba igual, al fin y al cabo, ella había disfrutado follando con él.
Lo que de verdad la molestaba era sentirse engañada y, sobre todo, saberse de nuevo pobre y sin futuro. El sueño de llevar un tren de vida alucinante, con fiestas, viajes, ropa de marca y noches en restaurante de superlujo, se había esfumado por completo.
El hecho de haberse vengado de él la tarde anterior, al mismo tiempo que del asqueroso de su hijo Juan, no le compensaba por los sinsabores que se le avecinaban. Pero necesitaba reaccionar. No habría herencia, ese era un hecho irrefutable, así que tendría que apartar el pasado de su mente y pensar en las soluciones a sus problemas inmediatos.
Barajó las opciones que le quedaban. Podía pedir un nuevo adelanto del sueldo en la oficina, pero no era buena idea. Ya le habían concedido dos y pedir uno más le iba a complicar la relación con la empresa. Incluso Carlos le había llamado la atención por el alto tren de vida que llevaba. No te fastidia, el muy idiota tenía las santas narices de echarle en cara que quería vivir bien. Si se sintiera con fuerzas para decirle lo que Ramón le había contado de él en cuanto a su ruina financiera debida al juego, se iba a enterar el muy imbécil. Pero tenía que callar, al menos de momento.
Podía, como segunda opción, pedir el dinero a sus padres. El problema, en este caso, era que su madre la haría un tercer grado para que le contara para qué lo quería. Y no quería ni imaginarse lo que sería ser interrogada por aquella mujer. Buena madre, sí, pero intensa como ella sola.
Por otro lado, tenía su recién estrenado «trabajo», pero con él no podía contar de momento. Abrirse de piernas ante el número de clientes que necesitaría para sacar dos mil euros, y en tan corto plazo, era descabellado. Si no lo había conseguido en un mes, cómo iba a lograrlo en unos días.
Además, localizar clientes «fiables» según sus parámetros no estaba saliendo como había planificado. Y no es que se quejara de cómo le iba el negocio, ni mucho menos. Sabía que a medio y largo plazo —ya no fantaseaba con poder dejarlo en poco tiempo— el número de clientes habituales sería suficiente para permitirse mantener una vida cómoda. Pero crear esa cartera de asiduos le iba a llevar varios meses y el dinero para la boda lo necesitaba ya.
Se temía que al final tendría que recurrir a una de esas empresas de préstamos con usura que solían anunciarse en la televisión local a la hora de la comida.
*
Mientras Clara le daba vueltas a sus problemas, sus hermanos echaban los pitillos de cada domingo en el baño principal de la casa. Julián se había acomodado sobre el inodoro y Antonio se apoyaba en la pared al lado de la ventana para que el humo de su cigarro volara libremente hacia el exterior.
Hasta el momento habían desgranado las últimas conquistas de Julián y ahora fumaban en silencio.
—Oye, una cosa… —interrumpió Antonio los pensamientos de su hermano.
—Dime…
—¿Tú crees que nuestra hermana…? —le faltaban las palabras—, ya sabes… Clara… ¿tú crees que está buena…?
—¿Qué…? —Julián no pareció entender a qué se refería su hermano mayor.
—No… no es lo que piensas… —prosiguió, tropezándose al hablar—. Me refiero a que si Clara… quiero decir… si ella no fuera nuestra hermana… ¿sería una chica a la que intentarías tirarte?
—Joder, Toño… yo qué sé… a Clara no puedo mirarla así… no me sale… ¿Tú puedes verla como si no fuera nuestra hermana?
—No… joder… claro que no… Ten en cuenta que yo la vi nacer… Nos hemos visto desnudos toda la vida. Hemos jugado y dormido juntos… No es eso…
—¿Entonces…?
—Es por… bueno… por saber qué tipo de chicas te gustan… —improvisó.
—Ah, si es por eso…
Antonio tragó saliva. Ni él mismo sabía dónde quería ir a parar, pero necesitaba oír a Julián hablar de Clara.
—A ver… —intentó explicarse Julián—. Hay que reconocer que nuestra hermana está buena… Incluso muy buena… No me interpretes mal, ¿eh?
—No, claro… —le disculpó su hermano mayor.
—No hay más que verla hoy… con esa falda tan suelta, la forma que se cruza de piernas. Ufff… te reconozco que está como un tren… Además, últimamente ha perdido unos kilos, se viste mejor… ¿Has visto que toda la ropa que lleva es de marca?
—Ya te digo…
—Y creo que el maquillaje que usa también es de primera… Clara es joven todavía, pero antes solía ir más… «cargada», con más brillos… Maquillaje de choni, diría yo. Ahora usa algo diferente, más mate y suave, con más clase… más caro, seguro.
—Joder, tío, tú sí que sabes de mujeres…
—Total —concluyó Julián—, que si pudiera llegar a abstraerme de que es nuestra hermana…. Si pudiera, ¿eh?, que no digo que pueda… Pues sí, así es, Clara es una mujer a la que me follaría hasta matarla a polvos…
Los dos hermanos rieron al unísono.
—Y no te importaría una mierda que tenga novio, supongo…
—No, de su novio ni hablar, a ese tal Carlos no me lo follaría ni por dinero…
Las risas volvieron a atronar el baño.
—Qué bestia eres, tío… —replicó Antonio y dieron por terminada la reunión de fumadores.
*
El resto de la tarde transcurrió sin pena ni gloria. Llegada la hora de irse a la cama, Clara se despidió de su familia y se dirigió hacia su cuarto. Antonio la siguió con la mirada. Estaba guapa su nena, como él la llamaba, vaya si lo estaba.
Ya dentro de su habitación, Clara se sentó en el borde de la cama. Se estaba quitando los zapatos, cuando dos ligeros golpes sonaron en su puerta.
—Adelante… —musitó ella en voz baja.
La puerta se abrió y la cabeza de Antonio apareció tras ella.
—Buenas noches, nena… —le dijo.
—Ah, hola Toño… pasa, pasa…
—No, si solo venía para ver si estás a gusto o si te falta algo… —imitó el susurro de su hermana—. Como hace tanto tiempo que no duermes aquí, pues por si acaso. Si necesitas por ejemplo cosas para el baño, avísame, yo te puedo prestar las mías.
—Todo bien, no te preocupes… —respondió Clara—. Pero pasa, cielo, no te quedes ahí…
Antonio entró en la habitación y cerró la puerta a su espalda. Después se apoyó en la pared y se cruzó de brazos.
Clara dio dos golpecitos encima de la cama con la palma de una mano.
—Ven, cuéntame… ¿qué tal te va la vida? Hace mucho que no hablamos.
—Si, es verdad —confirmó él sentándose a su lado.
Clara abrazó a su hermano y le dio un beso en la mejilla. Luego apoyó la cabeza en su hombro y le hizo cosquillas con el pelo.
—Qué bien hueles, nena… —le dijo.
—¿De verdad?
—Ya te digo… —repitió la coletilla que siempre utilizaba al hablar.
Clara se echó hacia atrás y le acarició un brazo.
—¿Sabes? A veces echo de menos las noches que nos acostábamos juntos y nos pasábamos la madrugada hablando. No nos dormíamos hasta que salía el sol. Hacíamos planes de como serían nuestras vidas de mayores… ¿recuerdas?
—Sí, claro que lo recuerdo, cómo olvidarlo.
—¿Qué tal va la carnicería?
—Oh, genial —Antonio era de pocas palabras y cada vez las economizaba más, de modo que Clara se temía que iba a tener que sacárselas con sacacorchos.
—¿Seguís tan bien tu socio y tú?
—Pues sí, estamos bien. El negocio no hace más que crecer y por ahí perfecto. Quizá nos atrevamos a abrir una segunda tienda.
—¿No me digas? Eso es maravilloso…
—De lo otro… —Antonio ensombreció la expresión—, pues nos vamos arreglando. Las heridas se cierran poco a poco…
«Lo otro» tenía que ver con Gloria, su exmujer. Ella y Antonio habían sido felices durante los primeros años de su matrimonio. Luego empezó a notarla distante y sospechó que algo le pasaba. Cuando la encontró follando con su socio en la trastienda de la carnicería, Antonio descubrió la causa de su distanciamiento. La pelea entre los dos hombres hubiera acabado en crimen si dos clientas no los hubieran separado.
A raíz de aquello, los socios entraron en una guerra fría y a punto estuvieron de separarse. El negocio, sin embargo, iba viento en popa y al final limaron asperezas a duras penas. Ninguno de los dos lo hubiera pasado bien si la carnicería cerraba y tenían que empezar de cero.
No pasó lo mismo con su matrimonio. Gloria y Antonio se separaron y ella se casó con su amante y socio de su marido. Desde entonces, habían tenido dos hijos y las cosas iban bien entre ellos. Al menos, de cara a la galería.
—Pero está ocurriendo algo y creo que el karma le pasa factura al muy cabrón —dijo con una sonrisa diabólica.
—¿El karma? ¿A qué te refieres?
—Pues que Gloria no es trigo limpio. Ya me advirtió mamá que esa mujer tenía mirada de puta.
Clara tragó saliva. Mejor que su familia no descubriera su doble vida, si no la iban a sacar a pedradas de aquella casa.
—¿Tú crees?
—No, no solo lo creo. Ya la he visto del brazo de otro hombre.
—Bueno, eso no tiene por qué significar nada.
Antonio rió bajito.
—Ya… eso es lo que pensé… Pero necesitaba aclararlo y los seguí. No te lo vas a creer: les hice unas fotos mientras ella se la chupaba en el coche del tipejo. Además, el muy cerdo no es cualquiera. Me suena que es familia de mi socio. Un primo, un tío… o algo así. La muy zorra está volviendo a repetir la jugada y el pobre lleva unos cuernos que los míos a su lado eran de juguete.
—Tú no seas imbécil, ¿no se te ocurrirá decirle nada…?
—Ni de coña… —río y le dio un toque cariñoso en la nariz a su hermana—. Allá ellos con sus cuitas. Gloria ya no es asunto mío. Y te prometo que la he perdonado.
—Mejor así, créeme…
Clara bajó la mano y acarició el muslo de su hermano. Entonces se dio cuenta de que algo no iba bien. Antonio se había empalmado y su erección era imposible de disimular, a pesar de que él tenía las manos cruzadas sobre el regazo.
—Toño… —susurró.
—Sí, dime, nena…
—¿Hace mucho que… no sales con chicas…?
Antonio carraspeó. Por el momento no se había dado cuenta de que se encontrara empalmado, y mucho menos de que su hermana lo hubiera notado.
—Sí, mucho… —respondió mirando a su hermana extrañado—. Desde que rompimos Gloria y yo no he vuelto a salir con nadie.
—¿Ni siquiera con… —no sabía cómo decirlo— chicas de pago…?
—No, que va… a mí nunca se me ocurriría ir de putas… —sonrió—. ¿Por qué lo dices?
Clara no necesitó responder. Movió los ojos a la entrepierna de su hermano y él le siguió la mirada.
—¡Joder! —exclamó Antonio y se puso en pie de un salto.
Miró alucinado a su hermana e intentó disculparse…
—No… joder, nena… no es por ti… por dios… perdona… qué vergüenza…
E intentó salir a la carrera del cuarto. Clara, sin embargo, sabiendo que se disponía a huir, se anticipó y le agarró por un brazo.
Antonio se detuvo y ella le hizo girarse.
—Joder, Toño… que ya sé que no es por mí… que es porque tú eres aún muy joven y necesitas desfogarte…
Abrazó a su hermano y se mantuvieron en silencio durante largo tiempo. Antonio mantenía los brazos colgando a ambos lados de su cuerpo. No se atrevía ni a respirar, y mucho menos a tocar a su hermana.
Clara rememoró detalles de su niñez. Quería a Toño con locura. Tenía que reconocer que él fue el primer chico con el que mantuvo una «relación» estrecha. No se avergonzaba si sus recuerdos le traían a la mente imágenes de ella masturbándose mientras fantaseaba con las caricias de su hermano mayor. Eran cosas que había leído que eran normales en una jovencita sana y que nada tenían que ver con el sexo en su peor perfil.
Y, sabiendo esto y con la perspectiva del tiempo, estaba segura de que a su hermano tenía que haberle pasado lo mismo. Ahora que los dos eran adultos, él cuatro años mayor que ella, una relación cariñosa entre los dos no tendría que ser tachada de incestuosa. Era solo cariño, ¿no?
No obstante, comprendió que si su hermano la necesitaba ahora, esa necesidad era más física que emocional. Si, como afirmaba, no había tenido sexo desde que había roto con su esposa, tenía que tener el pene a punto de caérsele por falta de uso. Y ella podía ayudarle a sacarlo de su letargo. Unos meses atrás, se habría muerto de la vergüenza con solo pensar en ello. Pero ahora era una mujer nueva y ya nada la avergonzaba.
—Ven, Toño… —le dijo tirándole del brazo. Lo sentó en la cama y le miró a los ojos. Luego le cogió de ambas mejillas y le sonrió—. Yo sé lo que necesitas y puedo dártelo…
Antonio se ruborizó hasta la raíz.
—No… nena… no digas eso… antes me muero…
—Sssshh… Déjame ayudarte… no tengas miedo…
Le abrazaba y apoyaba su cabeza en el pecho del hombre. Estuvieron así algunos minutos. Después Clara se levantó y se sacó el vestido por la cabeza, quedándose en sujetador y bragas. Con un movimiento felino, se quitó la ropa interior y luego se acercó a su hermano.
Se acurrucó contra él —ella en pie y el sentado— y notó su aliento en el ombligo.
—No, nena, no… no hagas esto… Los papás nos matarían…
—Nadie se va a enterar, te lo prometo…
—Por favor… mi amor… no sigas…
—No seas bobo, cariño… soy tu hermana pequeña, ¿recuerdas? Tu nena… y te voy a ayudar porque quiero hacerlo.
A esas alturas, la erección de Antonio podría detectarse desde la luna. Clara se arrodilló ante él y tiró del pantalón de pijama, quitándoselo por los pies. Cuando iba a retirarle los bóxer él la detuvo.
—De verdad que no puedo, ¿no ves que me voy a morir de la vergüenza…?
—No seas bobo, ya te he dicho que nadie se va a enterar de lo que pase aquí.
—Lo sabrás tú… ¿cómo podría mirarte a partir de hoy?
—Pues me mirarás con esos ojos bonitos que te hicieron papá y mamá… Ay, bobito… si tienes mucho que ofrecerle a una mujer. Si no lo haces es por tu timidez.
Antonio se dejó desvestir y en unos segundos su miembro apuntaba al techo, libre y orgulloso.
—Espera, nena… —paró el gesto de su hermana que se disponía a abrir la sábana y a acostarse—. No podemos hacerlo, no tengo condones… ¿qué pasaría si te quedas embarazada? Sería monstruoso.
—Ay, mi tontín…
Clara abrió su bolso y sacó una ristra de preservativos que le mostró sonriente. En los últimos tiempos no eran condones lo que faltaban entre sus útiles personales, precisamente.
—Tenemos condones para una semana, si hiciera falta —le dijo sonriendo para descongelar la expresión de su hermano.
Se metió en la cama y se quedó sentada. Abrió el otro extremo de la sábana y le miró para que él hiciera lo mismo. Cuando sintió el calor del cuerpo de su hermano, una punzada de emoción la embargó. Acarició su miembro durante unos segundos y luego le colocó el condón con ternura, amasando sus testículos para que la erección se mantuviera firme.
A continuación, apagó la lámpara de noche y, poniéndose boca arriba tiró de Antonio. Antes de guiarle hacia su interior, se ensalivó los dedos de una mano y con ellos se lubricó la entrada de la vagina.
*
Antonio follaba a su hermana con movimientos suaves y rítmicos. Si ella lanzaba un suspiro él se detenía y le preguntaba si la había hecho daño. Ella se reía bajito y le repetía que no, que siguiera moviéndose.
—¿No quieres besarme? —preguntó Clara de pronto—. ¿Es que tienes mal aliento?
—No, nena… —replicó él—. Es… es que no quiero ofenderte.
—Anda, no seas bobín… cómo ibas a ofenderme… Vamos, bésame, tonto… que lo estás deseando.
Clara abrió los labios para recibirlo y se sintió embriagada por la boca de su hermano mayor. Él movía la lengua rítmicamente y ella jugueteaba con la suya para lamerle los labios y la barba de tres días. La boca de Antonio estaba fresca y sabía a menta. Tal vez sería por el dentífrico que acabara de usar, se decía. Fuera lo que fuese, ese sabor mentolado le trajo un recuerdo de adolescencia. Era el recuerdo de besos robados entre los dos hermanos una noche lluviosa, después de una fiesta.
Volvían en el coche que les había prestado su padre y, después de aparcarlo a dos calles de su bloque de pisos, una fuerza oculta los atrajo y estuvieron más de media hora besándose y acariciándose extasiados. Al darse cuenta de lo que estaban haciendo, ambos se sintieron abochornados, pero él mucho más por ser el mayor. Antonio contaba a la sazón veinte años y Clara tan solo dieciséis. Le echaron la culpa al alcohol y enterraron el recuerdo en lo más profundo de su memoria. Ahora, Clara lo revivía y sentía crecer en su interior un furor que la estaba conduciendo al orgasmo de forma irremediable.
Pero el orgasmo no llegó. Antonio no pudo aguantar el estrés y tras tres intensos minutos se derramó en el condón dentro de ella. Demasiado tiempo sin sexo, le disculpó Clara para sus adentros. Ya tendría tiempo ella de correrse. Aún le quedaban dedos en sus manos.
Antonio se retiró hacia su lado de la cama y se quedó en silencio. Un minuto después, abrió la sábana y se dispuso a levantarse.
—¿Dónde vas? —le preguntó Clara.
—A mi cuarto, nena… si nos pillan los papás, el lío sería monumental.
—Espera, no… —Clara le sujetaba por el brazo—. Quédate, por favor. Los papás estarán ya dormidos y yo necesito que me abraces.
Antonio volvió a la cama y ella lo abrazó. La piel de sus cuerpos intercambiaban un calor fraternal.
*
Cuando la tensión sexual se hubo disipado, los hermanos comenzaron a charlar como viejos amigos que eran, aparte de familiares consanguíneos.
Hablaron y se rieron de las aventuras que habían corrido juntos en otros tiempos, él tapándola siempre para que sus padres la dejaran salir. Julián era por entonces demasiado crío y siempre se quejaba de que nunca contaban con él.
En su adolescencia, Clara veía en su hermano mayor a un héroe de película y siempre se apoyaba en él, incluso para sus conquistas. Si le gustaba un chico y éste no le hacía caso, llamaba a Antonio para que actuase de correo entre los dos. Y, si algún chico se propasaba con ella, aparecía su hermano para vengar a la princesa ofendida. Había pocos machirulos en el barrio que se atrevieran a agraviar a la hermana de Antonio «el carnicero», apodado así porque desde los dieciocho trabajaba en la carnicería del barrio y era conocido por todos.
Contándose anécdotas de juventud, pasaron más de una hora. Luego Clara se quedó callada.
—Nena… —dijo Antonio al notar su silencio.
—¿Qué…?
—Dime, ¿qué te pasa…?
A Clara la extrañó la pregunta de su hermano.
—No sé… no me pasa nada…
—Venga, mi amor… que te he visto nacer… Has pasado todo el día como ida… pensativa… Sé que te ocurre algo… Aunque si no me lo quieres contar, no insistiré.
—No sé… tal vez si quiero contártelo…
—Pues venga… —la apretó contra sí y le acarició el pelo—. Cuéntaselo a tu Toño, princesa…
Y Clara le soltó todo lo que llevaba dentro. Bueno, a decir verdad, le contó solo lo que podía confesar. Después de su comentario acerca de su exmujer, ni soñando se abriría por completo ante su familia. Se refirió al grupo de las damas de honor, para empezar. Al lío en que se había metido por aceptar entrar en un grupo que le venía grande. Al dinero que costaba mantener un nivel que no le correspondía… Y a los dos mil euros que la estaban quemando por dentro por el hecho de no tenerlos.
—¿Dos mil euros? —dijo él—. ¿Por dos mil cochinos euros mi nena ha perdido la sonrisa?
—Joder, Toño, no son los dos mil euros… Son los dos mil eurazos «que no tengo» y que me van a causar la mayor vergüenza de mi vida.
—¡Y una mierda…! —dijo él y saltó de la cama.
—Pero… ¿dónde vas… así?
Desnudo como estaba, Antonio salió de la habitación. Clara se tapó la cabeza con la sábana, abochornada. Si sus padres le veían salir o entrar en su cuarto de aquella guisa, se iba a querer morir. Su hermano se había vuelto loco.
Al poco Antonio regresó y dejó un sobre en la mesilla y se volvió a la cama.
—En ese sobre hay cinco mil —le dijo—. Pues solo jodería que mi nena se tenga que poner colorada delante de tres pijas de mierda. ¿Para qué está tu Toño, eh, para qué?
A Clara se le escapó una lagrima. Su hermano volvía a actuar como el príncipe del cuento que salvaba a la chica de los dragones. Se acurrucó contra él y le acarició el pecho, jugando con su vello rizado.
—Te lo devolveré todo, te lo prometo…
—Pues vale, si quieres devolvérmelo, me lo devuelves… —le repuso él—. Y si no… pues no pasa nada… No te joden las pijas…
Ambos rieron y se apretujaron aún más en silencio. Al cabo, Clara bajó la mano y comenzó a acariciarle el pene y a amasarle los huevos.
—¿Qué haces, nena…? —preguntó Antonio asustado.
—Hagámoslo otra vez… —dijo ella melosa.
—¿Otra vez…? —le sostuvo la mano—. Joder, Clara, que no te he dado el dinero para esto, no soy tan ruin…
Clara levantó la cabeza y le dio un piquito en los labios.
—Si no es por eso, tontín… Es que antes me has dejado a medias…
Volvieron a reír y él se disculpó por su torpeza.
—Lo siento, nena… no creo que pueda… He perdido la costumbre y hasta dentro de unos días no me habré recuperado…
Clara no dijo nada. Se metió bajo las sábanas y lamió dulcemente el miembro de su hermano.
—Hostia, nena…
Clara rió y se lo metió por completo en la boca.
*
En esta ocasión Antonio aguantó lo suficiente para esperarla. Cuando Clara se corría ante las embestidas de su hermano mayor, esta vez más fuertes y salvajes, comenzó a gritar su nombre.
—¡Toño, Toño, cariño…!
Antonio le tapó la boca con la suya y los dos gimieron mientras se derramaban el uno para el otro. Una vez satisfechos y exhaustos, los dos se durmieron profundamente.
Clareaba en la ventana cuando él se vestía para marcharse y Clara abrió los ojos. Sonrió a su hermano y él le devolvió la sonrisa.
—Mi niña pequeña… —le dijo acariciándole una mejilla.
—Mi querido hermanito… —correspondió ella al gesto de cariño.
La expresión de Antonio se tornó seria y entonces le habló del futuro.
—Esto ha sido algo raro, nena… Por supuesto nadie debe saber lo que ha pasado…
—Venga, Toñín, que ya no tengo quince años…
—Vale… —replicó él—. Pero hay otra cosa: tampoco puede volver a ocurrir.
Ella se incorporó sobre la cama y le sonrió abiertamente.
—¿Estás seguro?
Cuando Antonio salía del cuarto de su hermana, la erección había vuelto a rellenarle la entrepierna del pijama.
Continuará...
Este relato será publicado completamente en todorelatos.com, a razón de 1 o 2 capítulos por semana. También podréis leerlo de un tirón en Amazon los que queráis (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
...
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