Historia de una mujer fácil - Completa (20)
Clara llega a la casona con el pretexto de un encuentro íntimo, pero Ramón no es el único que espera allí. Mientras el viejo cree tenerla acorralada, ella esconde un arma en el bolso y una sed de justicia que va más allá del placer. La noche promete ser la última en esa casa, pero la violencia no distingue entre víctima y verdugo.
REPARTO DE BENEFICIOS
A la mañana siguiente, Clara pasó por delante de la mesa de Paula y le hizo una señal. Cinco minutos más tarde, las jóvenes conversaban en el despacho de la primera.
—Toma —le dijo Clara y le tendió el sobre de Ramiro—. Cuéntalo, debería haber cuatrocientos ochenta euros. El veinte por ciento que falta es mi parte.
—No hace falta —replicó Paula guardándolo en un bolsillo de los vaqueros—. Me fío de ti.
—Espero que los gastes en algo bonito.
—Sí… —repuso—. ¡Qué ilusión! Es mi primer ingreso como puta. Qué genial sabe. Mira, lo primero que haré será invitarte a comer. Conozco un restaurante estupendo que te va a encantar.
—Vaya, pues te va a durar poco tu primer sueldo… ¿Por qué no lo gastas con tu novio?
—¿Con Rodrigo? Uy, ni de coña, tía… Si mi novio se entera de que tengo tanto dinero para gastar sin mirar en qué, se va a mosquear y va a hacer muchas preguntas.
—Dile que te ha tocado la lotería.
Las jóvenes rieron alegres. Después Clara cambió de registro.
—Mira, Paula… Ya sé que este juego ha sido muy divertido, pero ¿de verdad quieres meterte en esto? Yo no es que sepa mucho de la profesión, pero hasta donde alcanzo no todo son vino y rosas.
—Ay, Clara, no seas ceniza… Yo no te he dicho que me vaya a meter a puta para toda la vida —tocó madera—. De puta, puta… ya me entiendes… A mí lo que me apetece es probar cosas. Hacer guarradas de vez en cuando tiene que ser simpático, divertido… Incluso apasionante. Follaré con tíos, conoceré gente… Quien sabe, igual conozco a un príncipe azul…
Rió Paula, pero esta vez su amiga no la acompañó.
—¿Y Rodrigo? ¿Qué pasa con él?
—Ay, pobre, eso sí que es un problema… De momento lo dejaré como está. Los dos nos hemos acostumbrado a divertirnos cada uno por su lado. No notará que me han partido el coño si solo le doy al puterío de vez en cuando. Le iré toreando y lo que sea, sonará.
—Vale, vale… Pero no digas que no te lo advertí.
—En fin, vamos a lo que importa… ¿Tienes algún cliente insatisfecho a quien alegrarle el finde?
—Pues tal vez… —insinuó Clara—. Pero es alguien de la segunda planta. Un tío al que creo que conoces bien. Es discreto porque su esposa lo vigila de cerca. No dirá nada, si es que decides mamarle el rabo.
—Oh, no… Clara… —hizo un gesto de desagrado—. Eso ya lo hemos hablado. No quiero acostarme con hombres de la empresa. Me da mucho palo hacerlo. Solo lo haré con desconocidos. Así que espero que actúes como una buena madame y me proporciones clientela de calidad que no trabaje en esta puñetera casa. ¿Capicci?
Paula ya se iba y Clara la detuvo.
—Por cierto, no me has contado. ¿Qué tal te fue con Ramiro?
—Oh, genial, ya te contaré… Ahora me tengo que ir. Chao.
—¡Espera! —la retuvo Clara—. Al menos dime… ¿Qué tal fue la mamada? ¿Conseguiste disfrutarla… aunque fuera un poco?
Paula puso cara de asco.
—Puaggg… una mierda, lo que esperaba… No creas que soy una mojigata. Cuando Rodrigo se pone borde, también se la chupo… Pero no termino de acostumbrarme, creo que no lo haré nunca. Y mucho menos a tragar leche… Eso ni con mi novio.
—No es para tanto, mujer… —dijo Clara riendo—. ¿No probaste a tragarte al menos un poco de la leche de Ramiro…? ¿Qué tal sabe…?
—Agggg… ¿Por quién me tomas? La mitad la escupí y el resto lo vomité en el baño mientras me lavaba los restos de la cara. Además, ¿por qué preguntas? Si tú ya la probaste una vez, so marrana…
Paula huyó por la puerta y Clara se quedó en su despacho a solas con sus pensamientos.
*
Una hora más tarde sonó el móvil. Era Laura, su prima política y amante por engaño de su prometido. Sabía de qué iba a versar la llamada y estuvo a punto de pulsar el icono rojo. Cambió de idea y al final la atendió con desgana.
Y efectivamente la llamada iba de lo que se temía.
Laura le recordó que faltaba menos de una semana para abonar el último plazo del viaje de novios de Elena. La única que faltaba por entregar el dinero era ella, seis mil euros. No podía retrasarse porque las otras chicas ya habían adelantado parte de lo que le correspondía a ella, y no iban a ver con muy buenos ojos que volviera a pedirles un préstamo temporal.
—Clara, cielo, aún estás a tiempo… —dijo Laura con muy mala baba—. Si no puedes con esto, no pasa nada. Yo te ayudaré a salirte del grupo sin dar mucho la nota. Confía en mí, puedo ayudarte…
«¿Ayudarme? —pensaba Clara—. Me estrangularías si pudieras con tus propias manos para que no te haga sombra, pedazo de zorra».
Cuanto más le empujaba su prima política a que abandonara, más se empeñaba Clara en no dejarlo.
Tras acabar la conversación, la joven se hundió en su sillón. Y en ese estado la encontró Rafa.
—Hola, jefa… digo… Clara… —saludó—. ¿Tienes algo para mí? Ahora estoy bastante libre y puedo ayudarte en lo que necesites.
—¿Tienes dos mil euros? —preguntó con ironía.
—¿Qué…? —respondió él y se quedó con la boca abierta.
—No, nada, nada… cosas mías…
—Entonces, ¿tienes algo o puedo bajar a la cantina diez minutos? He quedado con Luna para contarle cosas básicas sobre cómo funciona la empresa.
—Vale, por mí puedes bajar. Hasta después de comer no necesitaré tu ayuda en un asunto algo complicado. Te va a gustar, ya lo verás…
—Oki, doki… Nos vemos a la tarde —concluyó Rafa y salió del despacho.
Clara había bromeado con la cifra de dos mil euros y no fue por casualidad. Porque esa cifra la llevaba grabada en la frente. Representaba la cantidad que le faltaba para completar los seis mil del último plazo que debería entregar en pocos días.
¿De dónde narices los iba a sacar? En fin, se dijo, aún quedaba mucho fin de semana y algo se le ocurriría.
ULTIMA TARDE EN LA CASONA
El sábado por la tarde salió de su apartamento con el tiempo suficiente para llegar a la casona de tío Ramón a la hora acordada. Aquella misma mañana había recogido las compras realizadas en Amazon.
Una vez más, Carlos se hallaba fuera de Barcelona. Las influencias de Ramón no habían decaído a pesar de su inminente ruina. La excusa en esta ocasión fue más bien difusa —algo que tenía que ver con ciertos papeles a recoger en la otra punta de Cataluña— y que le mantendrían fuera de juego hasta el domingo a mediodía.
Como quien tiró de él fue Laura, Clara imaginó que se lo llevaba a follar con la vieja excusa de quedarse preñada. Y el pobre tonto no supo decir que no una vez más.
El Uber la dejó a cien metros de la casona y la joven caminó por la calle que atravesaba las urbanizaciones. Intentaba detectar vida en el lugar desde lejos. Éste, sin embargo, se hallaba apagado y oscuro. Muy diferente de lo que recordaba por la falta de las risas, los chapoteos en la piscina y las conversaciones de la familia en el verano recién concluido.
Clara se situó ante la puerta de peatones. Esperaba que, como la anterior vez, el cierre eléctrico de la puerta sonara antes de tocar el timbre. En esta ocasión, el sortilegio no se produjo. Tuvo que pulsar el botón del portero automático varias veces hasta que el chisporroteo de la puerta le indicó que era bienvenida.
Mientras cruzaba el jardín, divisó la piscina sin agua. Le pareció una tumba gigantesca y desvió la mirada. La puerta acristalada del salón estaba abierta, tal y como lo había estado durante las vacaciones, y en pocos pasos la cruzó. La escalera de subida a los pisos superiores apareció ante ella.
Se detuvo un instante. Miró hacia arriba y hacia los lados, girando trescientos sesenta grados. Se sentía como en un lugar extraño en el que no hubiera estado jamás. Y en ese instante supo que esa tarde sería la última que pasaría en aquella casa.
Mientras subía los escalones con lentitud, el resplandor proveniente de la buhardilla cobró vida. Ramón estaba allí, esperando. Tal y como habían planeado. Una despedida de sexo entre tío y sobrina. Un sexo, reflexionaba Clara, que agradaría a uno más que a otro, pero que a Ramón le parecería inmejorable.
Traspasó la puerta de la buhardilla y Ramón, que en ese momento miraba por la ventana, se giró hacia ella.
—Creía que no llegabas. Te buscaba en el patio pero tampoco te veía. Ahora que estás aquí, me doy cuenta de que no podías faltar. La que nace puta, puta se muere…
El habitual tono soez del viejo molestó a Clara, pero no demostró su enfado.
—Hola, tío Ramón —saludó Clara, quitándose la chaqueta y dejándola sobre una silla—. Te veo bien, estás como siempre…
—Sí, querida, para ti siempre estoy en forma. Vamos a pasarlo genial, te lo prometo.
No mentía. Ramón estaba como la última vez que lo vio. Tal vez con más barriga, pero nada especial en un hombre de su edad. Se le veía recién afeitado y con el pelo aún húmedo. Olía a su eterna Esencia de Loewe. Y el bulto en la entrepierna demostraba que su decadencia no le había afectado al deseo carnal. Era el orgulloso Ramón de la vez anterior, el de siempre.
El viejo se fue hacia ella e intentó besarla, pero Clara le hizo un quiebro y lo regateó, acercándose al mini bar.
—Tranquilo, Ramón, hay tiempo para todo. La tarde es larga.
Sirvió dos copas y bebieron en silencio. Clara echó en falta la fluida conversación que mantuvieron antes de que Ramón y Juan la degradaran en aquella misma sala. Para romper el hielo, ella fue la que sacó el tema preferido del conquistador.
—¿Qué tal con tus chicas? —dijo Clara tras un paréntesis—. ¿Follas mucho últimamente?
Se había sentado en uno de los sofás, se cruzó de piernas y exponía al viejo parte de sus muslos. Notando la mirada del hombre sobre ella, se ajustó la falda con las manos y éstos quedaron retratados bajo la tela como un lienzo en tres dimensiones. Las gotas de sudor en el rostro de tío Ramón denotaba la calentura que le iba naciendo en su interior.
—Mujer, lo que se dice follar, follar… no mucho, la verdad… Aunque alguna mamada que otra todavía no me falta... Bueno, a decir verdad —pareció recordar—, el otro día tuve una aventurilla con una cajera del supermercado donde compra Aurora. A punto estuve de tirármela en la trastienda. Es una pena que llegara el encargado, porque la muy zorra ya se estaba restregando el coño con mi verga. Jajaja. Y no tendría ni veinte años. Que putas sois todas, querida, desde que nacéis lo lleváis dibujado en la frente.
La joven sonrió con una mueca de fastidio, pero sus palabras denotaron lo contrario.
—Es que tú eres muy hombre, Ramón, y a las mujeres nos gustan los machos de una sola pieza.
El viejo rió y sorbió de su vaso.
—De hecho —continuó la joven—. Me molestó mucho que metieras a Juan en nuestro juego.
—Ah, ¿sí?
—Follar con él no fue tan placentero como hacerlo contigo. Me hubiera gustado tenerte dentro toda la noche, pero ese gilipollas llegó con su mini verga y me dejó a medias.
La cara de Ramón enrojecía a ojos vista. La zorra de su sobrina política le estaba calentando de verdad.
—¿Por eso le encerraste en el baño?
—Por eso, exactamente —sonrió Clara mostrando toda la dentadura—. Fue como… una metáfora. ¿La pillaste? Quería decir: la próxima vez te quiero solo a ti, los demás me sobran. Y aquí estoy porque quiero retomar lo que dejamos a medias.
—Sí, mi cielo, ya veo lo cachonda que estás… —replicó con un jadeo—. Qué bien que hayas venido, yo también te deseo.
El viejo se abalanzó sobre ella, pero Clara volvió a zafarse. Se puso de pie y empezó a rondar por la sala. Hablaba al mismo tiempo que paseaba sobando los lomos de los libros, como había hecho en la anterior ocasión.
—Por cierto, ¿sabes que yo soy también una conquistadora?
—¿Qué me dices…? —el viejo abrió mucho los ojos—. ¿Has salido a tu querido tío?
Y lanzó una carcajada.
—Sí, cariño, he salido a ti, a pesar de que no seamos consanguíneos.
—¿Y qué es lo que has hecho, si puede saberse?
—Se la mamé a tu hijo Andrés. Fue en la oficina, debajo de la mesa de su despacho. Carlos estaba presente, aunque no se enteró de nada.
—¡Jo-der! —se asombró el hombre—. Pero que puta puedes llegar a ser… ¡Así se hace…! Me enloqueces, zorrita…
—Y eso no es todo. Aún hay más…
—¿Más todavía?
—Sí, durante las vacaciones estuve follando aquí con Rocío y Berto —inventó sobre la marcha—. Hicimos un trío de ensueño… Mmmm… Me pongo húmeda solo de pensarlo.
La cara de Ramón se tornó seria.
—Cariño, ¿me estás troleando?
—¿Por qué me dices eso, querido?
—Porque Juan me contó que solo mirabas, que no te atreviste a intervenir.
Clara no perdió la sonrisa.
—¿Eso te dijo tu hijito? Menudo gilipollas, qué más quisiera él… —mintió—. Nos pilló a los tres como animales en celo y se agarró un cabreo de la hostia cuando le mandamos a la mierda. Quizá por eso te pidió que le dejaras follarme. Quería desquitarse. ¡El muy picha floja! Ese no te llega follando ni a la sombra de los zapatos.
El viejo lanzó una carcajada.
—Jajaja… Es que soy el patriarca de la familia, no lo olvides. Al resto los he enseñado yo…
—Pues les has enseñado bien, te lo aseguro… Porque esta familia está llena de enfermos mentales adictos al sexo. Tanto, que lo que mejor saben hacer es follarse entre ellos.
El rostro del viejo se ensombreció.
—¿¡Pero qué coños…!? —exclamó irritado—. ¿Cómo te atreves a hablar así de mi familia?
Clara no respondió. Siguiendo su paseo, llegó hasta la mesa donde descansaba el bolso. Tras rebuscar en él, extrajo una ristra de condones y se la mostró al anciano.
—Olvídate de tu familia, Ramón, aquí hemos venido para otra cosa.
La baba le caía por la comisura de los labios al hombre, que se había metido una mano bajo el pantalón y se restregaba la verga excitado.
Clara, como en un vodevil, se giró hacia él, se subió la falda y, con dos pulgares dentro del elástico, se sacó las bragas y se las llevó a la nariz. Aspiró su propio aroma con deleite y extendió la prenda hacia el viejo.
—Humm… huelen a hembra… ¿las quieres?
Ramón echó una carrera hacia ella e intentó cogerlas en el aire. Clara, sin embargo, las soltó y cayeron al suelo, obligando al viejo a agacharse.
—Qué feliz estoy de que hayas venido, putita… —dijo Ramón oliendo las bragas de rodillas en el suelo—. Ya veo que aún sabes quién es el que la tiene más grande. Voy a follarte tanto o más que la última vez. Quiero vaciar mis huevos en tu garganta. Y quiero que grites cuando te corras, mi amor…
Y giró la cabeza hacia ella.
*
La mujer sonrió y mostró lo que llevaba en la mano que había dejado caída mientras le tendía las bragas, como en un truco de magia. Ramón observó que se trataba de un artilugio brillante.
Como a cámara lenta, Clara estiró los extremos del artefacto y un bastón de defensa personal telescópico de sesenta centímetros de longitud tomó forma. Era una especie de varilla de acero reforzado y de un grosor estimable, un arma fabulosa contra violadores. La vendían en Amazon sin hacer preguntas. Era pequeña y barata, y se podía guardar en un bolsillo del pantalón… o en un bolso de mujer.
Cuando Ramón quiso darse cuenta, ya era tarde. El grito que salió de su garganta no frenó el metal que se le echaba encima.
El primer golpe le cruzó la cara, desde el mentón hasta el ojo derecho, dejando una señal roja en todo su recorrido. El viejo cayó de lado y ofreció las costillas a la mujer, que mostraba unos dientes de animal herido.
—¡Puto viejo, cerdo de mierda…! —Volvió a golpearle, esta vez en el costado, y el que había sido el macho alfa de la familia se encogió—. ¡Me prometiste la luna y lo único que me has dado es un montón de mierda!
—No, Clara, no… te prometo que…
El tercer golpe lo asestó Clara en el trasero, pero los testículos del hombre, hinchados por la calentura, le sobresalían por detrás y el metal tocó la bolsa escrotal, haciendo dar un grito de animal al viejo.
—¡No te arrugues, cabrón…! —le repetía ella—. ¡Ven a follarte a esta mujer sin miedo! No seas cobarde… Que nunca lo fuiste cuando ultrajabas a las hembras de tu propia casa.
A partir de ese momento, Clara se perdió en su odio y asestó golpes al hombre donde quiera que pudieran caer. El viejo gritaba y la insultaba desde el suelo.
—¡Puta ramera…! ¡Tendría que haberte matado a polvos, como a las cucarachas…! Pero no vas a poder esconderte porque te encontraré donde estés… Y me pedirás que te preste mi verga para que relamas mi lefa después de follarte… Te la vas a tragar entera… augggg…
Cuando Ramón perdió el conocimiento, la joven detuvo los golpes. Clara respiraba agitada. Se agachó, cogió las bragas del suelo y comprobó que Ramón respiraba. Se alegró por ello. Quería darle una buena lección, pero no matarle. No tenía ningún interés en acabar en la cárcel.
Dejó el bastón sobre la mesa para colocarse las bragas y en ese momento alguien entró en la buhardilla.
*
—¿¡Pero… qué coño…!? —exclamó Juan al descubrir el espectáculo.
Y presumiendo lo que ocurría saltó sobre Clara.
A la joven aún le dio tiempo a un último pensamiento: «¡Será hijo de puta! ¡Iba a compartirme de nuevo con este cabronazo!».
El pánico la atrapó. A toda velocidad dejo caer la prenda interior y estiró el brazo para coger el bastón. Cuando lo levantaba para golpear a Juan, éste lo esquivó y el objeto metálico salió volando.
—¡Puta loca…! —rezongó Juan.
Mucho más fuerte que ella, la aprisionó de una muñeca y ante las repetidas patadas de Clara, la abofeteó sin contemplaciones.
La joven ya no veía, el pelo cayendo en cascada sobre sus ojos, pero movía la mano libre intentado encontrar piel para arañar con sus uñas postizas. Juan la zarandeaba e intentaba abrazarla para que se calmara.
—Joder, Clara… ¿Quieres estarte quieta…? ¡Vale ya de hostias!
La joven dejó de forcejear y se apartó el pelo de la cara. Juan la miró encendido.
—¿Sabes que estás bellísima así, tan salvaje?
La atrajo por el pelo y la besó largamente, por mucho que ella intentaba soltarse. Una nueva bofetada la volvió a dejar, si no en calma, al menos apagada.
—Mira, zorrita… No sé lo que le has hecho a mi padre… y me la suda porque se lo merecía. Pero yo te presté tres mil euros y es un buen momento para que me des algo a cambio…
—Ya sabía que no podía aceptar dinero de una hiena como tú… —replicó Clara esforzándose por no llorar—. Por mucho que me prometieras que me lo dabas como desagravio por lo que me hiciste.
—¿Y qué fue lo que te hice? ¿Tan malo fue? ¿Porque tu gozabas y gritabas como una perra?
Clara le escupió en la cara y el volvió a abofetearla.
—¡Puta de mierda…! —le metió una mano bajo la falda y le apretó una nalga hasta hacerla daño—. Voy a reventarte el coño y luego te llenaré la cara de lefa, para que dejes de dar guerra.
—Eso es propio de tu familia… —intentó ganar tiempo—. Forzar a mujeres indefensas o engañarlas para manipularlas… Como me toques te juro que me las vas a pagar en los tribunales…
—Ah, ¿sí? ¿Y piensas que alguien te creerá? —rió Juan—. Eres una zorra que se la mama a Andrés y se deja follar por tío Ramón y por mí. Toda la gente de esta casa hablará de lo puta que eres… Quizá no todos, pero el imbécil de Carlos no cuenta…
Clara volvió a escupirle. Juan se echó la mano a la cara para limpiarse y bajó la guardia. El rodillazo que le soltó Clara le dio de lleno en un muslo. Juan se retorció y ella, girándose, cogió el bolso y le golpeó con él. El hombre se lo arrancó de la mano y lo tiró hacia atrás, golpeando la puerta del baño y cayendo al suelo. Clara gritó y pateó al hombre como segundos antes, a lo que Juan respondió tirándole del pelo y empujándola contra la pared.
La joven cayó contra el marco de la puerta del baño y se quedó inmóvil. El dolor en sus costillas la impedía respirar. Con los ojos llenos de lágrimas, pudo observar al hombre que caminaba hacia ella. La falda se le había subido hasta la cadera y su coño se le mostraba al hombre que lo miraba encendido.
—Ese coñito está tan lindo como siempre… tan cerradito… Dame unos minutos y yo mismo lo abriré con la lengua… Vas a pedirme desesperada que te la meta, zorra…
Juan se plantó a sus pies, se quitó los pantalones y se quedó solo con los bóxer. Su erección bajo la prenda interior era impresionante.
—Te excita pegar a las mujeres, ¿eh, cabrón? —hablaba sin mirarle a los ojos. Su mirada estaba depositada en el bolso que descansaba en el suelo a su lado.
—Se acabaron las gilipolleces —dijo Juan y de un tirón se quitó los bóxer, dejando salir su polla, con el oscuro glande húmedo por la calentura.
Mientras se agachaba y la sujetaba las piernas, Clara agarró el bolso, metió una mano en él y, cuando Juan se lanzaba sobre ella, un spray de pimienta apareció en su mano.
El primer disparo del aerosol le cayó de pleno en los ojos. El dolor inmediato que sintió el hombre le hizo dar un salto hacia atrás.
—¡Agggg… Mis ojos… cabrona… mis ojos…!
Clara se incorporó sobre sus rodillas y volvió a rociar con el líquido abrasador la cara de su primo político.
—¡Agggg… no… no… no puedo respirar…! —gritaba Juan arrastrándose por el suelo para alejarse de ella.
Clara se puso en pie. Se colocó las bragas y el resto de la ropa y recogió el bastón telescópico.
Antes de salir de la buhardilla, se acercó a Juan y le propinó una patada en las costillas y dos golpes de bastón en el estómago. Juan se retorcía para tapar su entrepierna.
—Te lo dije, putero, pero no quisiste enterarte… Te vas a follar a tu puta madre…
El viejo, que ya empezaba a despertar, se encogió al verla pasar a su lado. Clara no se dignó a mirarle. Con paso lento y con sonrisa en la boca salió de la buhardilla y bajó las escaleras hacia la salida.
Si dependía de ella, nunca más volvería a pisar aquella casa.
Continuará...
Este relato será publicado completamente en todorelatos.com, a razón de 1 o 2 capítulos por semana. También podréis leerlo de un tirón en Amazon los que queráis (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
...
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