Xtories

Mi casera

Ana nunca imaginó que su nuevo inquilino sería la llave para desbloquear tres años de deseo reprimido. Entre el silencio de su matrimonio roto y la tensión eléctrica de las visitas, la barrera entre casera e inquilino se desmorona bajo el peso de un placer que ella creía perdido para siempre.

Astraco225K vistas8.3· 13 votos

Mi casera

Cuando mi traslado me trajo hasta Madrid, lo primero fue buscar zona de alojamiento, determinada por la facilidad de salida de la ciudad o traslados al aeropuerto.

Esto lo conseguí en un pueblo cercano a la autovía A2 y confieso mi extrañeza con el nombre del pueblo. El contacto fue por medio de una de estas revistas de portal inmobiliario donde también, se anuncian particulares con sus condiciones.

Me llamó la atención una casita en el pueblo de… y que se anunciaba como “de particular, recién restaurada y a estrenar”. La visión de las fotos me gustó y decidí ponerme en contacto.

Tras varios correos quedamos en vernos un jueves por la tarde, hacer coincidir agendas a veces no es tan fácil como parece. Llegué con antelación para situarme en el pueblo, recorrer sus calles caminando y hacerme una idea de situación y sistema del lugar, lo que vi me gustó ya que, lejos de las masificaciones de las capitales, este lugar guardaba la esencia de pueblito convertido en ciudad dormitorio, pero con el encanto de las casas tradicionales, callejuelas peatonales, plaza central situada delante del ayuntamiento y bares escandalosos donde se reunían los lugareños.

Estaba esperándote en los bajos de la vivienda cuando vi aparcar un coche del que saliste para mi sorpresa (muy agradable) tú.

Es verdad que en los intercambios de correos me habías dado tu nombre, Ana, pero te imaginaba como una mujer mayor, pasada la sesentena. No esperaba a encontrarte a tus treinta y pocos años y con ella belleza.

Un cuerpo estilizado (horas de gym seguro te había costado) que se resaltaba con ese vestido de punto que se abrazaba a tu cuerpo, justo como en ese momento me apetecía a mi hacerlo, vestido a medio muslo y zapatillas de medio tacón, todo en tonos camel que resaltaban la blancura de tu piel y contrastaban con la oscuridad de tu cabellera.

Nos dimos dos besos a modo de saludo, besos que electrizaron mi piel al contacto con la tuya, y pasamos a ver el inmueble.

Efectivamente, estaba todo nuevo, a estrenar. Me explicaste que aquello había sido un almacén famoso en el pueblo y que tus padres habían reacondicionado a modo de 4 viviendas, dos para cada uno de sus hijos (tú una de ellas) como herencia para vuestro mantenimiento.

Una vez terminada la inspección al apartamento, me ofrecí a invitarte a una cerveza mientras detallábamos los pormenores del alquiler y así terminamos, sentados en la plaza del pueblo, en una de las tres terrazas que allí había, tomando unas cervezas.

En nuestra charla me enteré de que estabas casada y en trámites de separación (bien, pensé en mi fuero interno) precisamente el alquiler del inmueble era para pagar los gastos del abogado, además también me entere de que regentabas una pequeña tienda de muebles y decoración.

Esto último abrió una ventana mental en mi ya que, una vez cerrados por ambas partes los trámites de alquiler y estando de acuerdo en los detalles, te solicité tu ayuda para el amueblamiento y decoración del piso, aceptaste con una sonrisa que me impactó. La magia fluía y era notoria por ambas partes.

Seguimos durante la semana en contacto, ya no por correos, ahora eran llamadas para comentar tipo de decoración, presupuesto para la misma...etc.

Al final, ambos acordamos que lo mejor sería vernos en el apartamento ese sábado por la mañana y ver y comentar, “in situ” los pormenores y aprovechamiento del espacio.

Precisamente ese viernes y con lo más imprescindible, me trasladé para no seguir pagando hoteles. No había mucho, una cama de esas tipo matrimonio hinchables, cajas con cosas, dos maletas abiertas y con la ropa colocada en los armarios, un equipo de música y alguna columna de libros esperando su lugar de descanso.

Cuando tocaste el timbre terminaba de ducharme, te abrí con unas bermudas y una camiseta, descalzo y con el pelo aún húmedo del agua…

“¿Molesto?... tal vez es mejor venir en otro momento…” me dijiste

“Que va, pasa, pasa…espero que no te importe verme en este estado de informalidad…”

Entraste para descubrir lo simple de mi traslado al apartamento.

Estuvimos charlando mientras te ofrecí un café, tú hablabas de las posibilidades, de mis gustos étnicos y de lo que se podría hacer mientras yo, estaba embelesado redescubriendo tu anatomía. Unos jeans ajustados que marcaban perfectamente tu culo y los labios de tu sexo, unas cuñas de esparto que te situaban a escasos centímetros por encima de mis hombros, un top de asillas sobre el que tenías una camisa abierta y donde el canal de tus increíbles pechos se dibujaba perfectamente.

Estuvimos así un buen rato, deambulando de aquí para allá mientras me enseñabas ideas o posibilidades. Esa mañana veraniega era calurosa y el tener ventanas abiertas mitigaba el calor, calor que hizo que te libraras de la blusa para estar más cómoda.

En un momento determinado, terminamos los dos asomados al pequeño balcón del salón, balcón que ofrecía una vista sobre una serie de solares convertidos en huertas y donde no había nadie.

“Cambiando de tema… ¿estás bien? toda separación suele ser dura, la tome quien la tome y por los motivos que sean...”

Me miraste, suspiraste como pensándote si comentar, si confesarte ante mi o si callarte ya que yo, en realidad, solo sería tu inquilino y esta visita era de formalidad contractual…

“La verdad es que ya no es duro, lo que me siento es impotente…” comenzaste a decirme.

“Es un matrimonio que terminó hace tres años, terminó por su parte y no sé el porqué. Lleva tres años sin tocarme, llevo tres años anhelando lo que es sentirse mujer…hasta he llegado a pensar que ha salido del armario…” con estas últimas palabras tus ojos se humedecieron.

Yo, al verte, simplemente tiré de ti para abrazarte y sentir la tensión y casi rechazo por tu parte..

“Perdona…es que en tres años no me ha tocado ningún hombre…no pensé que esto me tuviera así…”

Al escuchar estas palabras, más fuerte te abracé consiguiendo que reposaras todo tu cuerpo en mi pecho. No puedo negar que el tacto de tu anatomía, el olor de tu piel, me excitaban.

Sentir tus durísimos pechos aplastados en mi tórax, tu cara pegada a mi cuello y tu respiración en él mientras mis brazos te rodeaban… ya estaba yo empezando a intentar disimular mi excitación cuando, arqueando tu cuello, te me quedaste mirando en silencio un rato…

“Pensé que jamás volvería a despertar el deseo en un hombre…esta situación ha bajado mi autoestima…”

Incliné mi cara para, con mis labios, llegar a los tuyos y rozártelos suavemente mientras te decía..

“Hay que ser necio, ciego, estúpido o muy gay para no sentirse atraído por ti…” terminando esta frase nos comenzamos a besar. Más que a besar nos comimos las bocas, con pasión, con deseo oculto.

Mis manos bajaron a tus nalgas para aferrarse a ellas con fuerza, abrazándote con intensidad mientras nuestras bocas se comían mutuamente, o mientras mi boca lamia y mordía tu cuello.

“Si este cuerpo lleva tres años sin conocer macho, hoy vas a ser la diana del deseo que me has despertado”… pensaba para mis adentros mientras mis manos no paraban de recorrer tu anatomía.

Mientras te dejabas hacer, seguí besándote a la vez que te quietaba el top para apretar tus pechos cubiertos por el sujetador. Mis manos luchaban con la cintura de tus jeans, terminaste ayudándome a liberarte de ellos mientras te zafabas de las cuñas para tirar de mi camiseta quitándomela.

Te lanzaste a abrazarme, a besar mis pezones mientras acariciabas mi pecho y yo te liberaba del sujetador para encontrar dos preciosas tetas de pezones duros como piedras, pezones sensibles a cada toque, a cada caricia, a cada beso arrancándote un jadeo o gemido cada vez que eran atendidos.

Te giré para colocar tus riñones en la barandilla y tomándote de las manos llevarlas hasta ella y contemplar así tu cuerpo, delicioso y de pezones erectos mientras tu mirada reflejaba deseo y entrega, mirada de ojos semicubiertos por mechones de tus cabellos.

Mantuve tus manos en la barandilla mientras lamía y mordisqueaba tus pezones, pezones que ponías a disposición de mi boca arqueando tu espalda mientras te relajabas y entregabas a mí, a lo que por primera vez en mucho tiempo un macho te estaba haciendo sentir.

Al cerciorarme de que ya te sujetabas tu misma a la barandilla, te aferrabas a ella, bajé lentamente con mi boca por tu cuerpo hasta arrodillarme delante de ti, hasta tener tu coño a la altura de mi boca, hasta vislumbrar la tela empapada de tu negro tanga enterrándose en tu sexo y separándote los labios.

Mis manos tiraron de los laterales del tanga hasta escuchar el sonido de rotura y ver como caían al suelo, en ese momento tomé tus nalgas con fuerza mientras mi boca besaba tu sexo, acariciándote la vulva con mi lengua, recreándome y deleitándome con los flujos que se escapaban de él.

Manteniéndote así, sujeta, mi lengua separó hábilmente los labios de tu vulva en la búsqueda de tu clítoris que encontró hinchado y palpitante, ansioso de tacto, ansioso de sentir, mientras mis manos subían por tu torso hacia tus pechos, apretándolos con mis manos, reavivándolos, haciéndote sentir la vida que hay en tu cuerpo, vida delatada por la dureza de tus pezones, pezones que reaccionaban enérgicamente a los pellizcos de mis dedos…

Tanta ansia había que, a los pocos segundos de fustigarlo con mi lengua, te rompiste en el primer orgasmo que sentías en mucho tiempo, un orgasmo que mantuve delicadamente con la acción de no dejar de lamer tu clítoris, orgasmo que hizo que abandonaras la presa de tus manos en la barandilla para tomar mi cabeza y sujetarla apretando contra tu coño.

Me incorporé de golpe y para ti fue como sentir un latigazo en el momento que, al levantarme, mi pene rozó tu coño. Te besé intensamente y, tomándote de las caderas, te giré para mantenerte apoyada en la barandilla que ahora marcaba tu vientre. Sentías la dureza de mi poya en tus nalgas, rozándote, separándolas, mientras mantenía cogidas fuertemente tus manos y las llevaba, nuevamente, a la barandilla, lo entendiste sin más palabras y tú misma te aferraste a ella.

Justo en ese momento comencé a besar y morder tu espalda, a lamerla mientras mis manos separaron un poco tus nalgas y así poder rozar la punta, mi capuyo conta tu encharcado sexo. Empujé suavemente, los labios mayores de tu coño cedieron abriéndose, empujé un poco más y paso lo mismo con los internos y, que delicia sentir en mi poya el calor de tu coño, la suavidad de las paredes empapadas y la presión de un sexo que, tras años de no ser usado, ahora cedía por primera vez los ataques de un pene.

Muy lentamente fui empujando para entrar, cada centímetro conquistado era a su vez abandonado en un juego de mis caderas, quería enervarte, quería sintieras el placer que te han negado, quería que te rindieras ante mí.

Mi peso te doblaba sobre la barandilla y, para mantenerte, mis manos atraparon fuertemente de nuevo tus pechos, apretándolos, amasándolos como si los quisiera reventar.

Estaba en este juego de mete saca, ese juego lento y desesperante que mantuve hasta el momento en que, mi pubis, tocó tus nalgas y supe que la tenías toda dentro, en ese instante dejaste escapar un largo jadeo, largo e intenso que me dio alas a reiniciar el movimiento de caderas de forma cadenciosa y lenta.

En cada entrada forzaba, empujaba más y más fuerte queriendo llegar y conquistar lo que nadie conquistó, de forma lenta, cadenciosa y consiguiendo que la barandilla se enterrara más en tu vientre, doblándote y manteniendo mis manos en tus pechos, apretados sin piedad, casi ordeñándolos mientras estas manipulaciones eran acompañadas de cada arremetida mía, por un gemido, por un jadeo de placer y entrega, eran arremetidas lentas, desesperantemente lentas donde no tenías escapatoria, donde tu cuerpo partido por la barandilla se entregaba al placer añorado y que hace años le era denegado.

Sentí un gemido más intenso cuando, dejando mi pene enteramente clavado en tu coño, empujé más fuertemente, te empujé más fuerte contra la barandilla que ya casi te seccionaba, te partía, pero no te retirabas…sólo gemías más y más intensamente, lo sentías, te cortaba la respiración, pero…te dejabas.

Me enardeció sentir como empujabas hacia atrás tus caderas, tu culo para buscar más intensidad en las penetraciones, yo lo hacía a la inversa clavándote cada vez más profundo mi poya y enterrándote cada vez más la barandilla, la sensación en cada penetración era maravillosa, sentir tu mojado coño abriéndose al paso de mi pene, sentir las convulsiones en las paredes de tu coño, verte en esa postura entregada y sin escapatoria, el cielo en vida lo que estaba viviendo contigo.

En un momento arqueaste hacia atrás tu cuello, lanzaste un grito y comenzaste a convulsionar en tu orgasmo, un orgasmo más intenso que el anterior, un orgasmo que te hacía perder el control, un orgasmo que te obligó a aferrarte más fuerte a la barandilla para no caer mientras sentías la dureza de mi poya entrando y saliendo de tu convulsivo coño, mientras sentías como tus flujos se escapaban y bajaban por tus muslos.

Así estuve un rato, bajando cada vez más el ritmo, cada vez una cadencia más lenta para que disfrutaras, para que sintieras el placer que sólo una mujer como tú puede sentir, una mujer entregada al gozo…

Lentamente saqué mi poya de tu sexo, la salida estuvo seguida de un sonido de descorche a la vez que una marea de flujos lo abandonaban bajando por la cara interior de tus muslos. En ese momento te giraste para abrazarme y besarme entre sollozos, para rodearme con tus brazos pegándote enteramente a mi cuerpo.

Yo te abracé fuertemente para que sintieras mi pene, duro, empapado y caliente, en tu vientre. Nos besamos y así, con este deseo aún latente te arrastré hasta la cama inflable donde me recosté boca arriba mirándote.

Ahora era tú momento, era el momento de que sacaras a la luz tu esencia, la hembra caliente y ansiosa que yo quería descubrir, lo deseaba, lo necesitabas.

Te colocaste encima de mi cuerpo, tus piernas flexionadas a los lados del mío, recostada sobre mi pecho bajaste una de tus manos para, tomando mi pene, guiarlo a tu sexo. Te dejé hacer, quería que te liberaras, que fueras tú misma.

Lo colocaste en la entrada de tu coño, jugaste a frotarlo arriba y abajo un rato para, despacio, comenzar a introducírtelo mientras el movimiento de penetración era acompañado de un jadeo prolongado que se escapaba de tu garganta.

Te quedaste unos momentos quieta, totalmente penetrada, empalada en mi pene mientras recostabas tu cuerpo en mi pecho aceptando y adaptándote al momento, te dejé hacer y más cuando sentí el movimiento de tus caderas, cuando sentí que abrazabas mi cuerpo fuertemente y sólo tus caderas marcaban un ritmo lento y profundo en cada penetración.

Me aferré a ti, mis manos arañaban tu espalda, tomaban fuertemente tus caderas, mis dedos se clavaban en tus nalgas cuando sentía las contracciones de tu coño en mi poya.

Pusiste tus manos a cada lado de mi pecho para incorporarte un poco y mirarnos directamente, con deseo, con morbo, con pasión…

En ese momento mis manos volvieron a ser presas de la necesidad te poseer tus pechos, de apretar tus tetas de, mirándote con intensidad, jugar con mis pulgares en tus pezones mientras mis manos amasaban tan deliciosa estructura.

Tus caderas seguían marcando el ritmo, tu sexo seguía contrayéndose en torno a mi pene, me estabas ordeñando, te gustaba hacerlo, me encantaba que lo hicieras y así, estuvimos mucho rato hasta que, te lanzaste a besarme apasionadamente en el momento que tus caderas comenzaban a perder el control.

Yo te tomé de las nalgas y arqueé mis riñones hacia el techo para penetrarte aún más profundamente y, sucedió lo que ambos buscábamos, estallaste en un estertor orgásmico en el momento que tu sexo sintió el primer chorro de mi semen caliente estrellándose en él.

Con cada subida de mis caderas sentías otra parte de mi corrida y más te agitabas, más te convulsionabas, más perdías el control.

Sentía en mi pene las contracciones de tu vagina y en mi hombro tus dientes clavándose en una mordida que no controlaste.

Poco a poco nos fimos relajando, poco a poco nuestros cuerpos se calmaron y en el momento en que te incorporabas para desacoplarte de mi pene, pudiste ver el chorro de flujos que se escapó de tu sexo cayendo sobre mi abdomen…

“Dios…¿Qué ha sido esto?...” dijiste entre susurros…

“Esto ha sido el cielo, el cielo que te habías perdido y ahora vas a recuperar…”

Te dije mientras caíamos rendidos en la cama…