Las vueltas de la vida (12)
La vida le había dado todo, pero en la cama sentía que le faltaba algo. Cuando su esposa se fue de viaje, Ernesto cruzó una línea que no pensaba volver a cruzar, hasta que conoció a Karen. Ella no era solo un cuerpo, era la chispa que le devolvió la sensación de estar vivo, pero el precio de esa intimidad era más alto de lo que imaginaba.
Las vueltas de la vida
Tercera parte. Capítulo 1
Ernesto Benítez Berro.
Llegué a mis diecinueve años a la ciudad de La Plata para estudiar en la universidad de la ciudad, desde la escuela secundaria que quería ser ingeniero, y sí, siete años después, yo, Ernesto Benítez Berro, tenía mi título con excelentes notas y mi primer trabajo en una empresa de electromecánica y montajes.
A pesar de haber sido el mejor promedio de mi promoción, en los años de estudiante, las salidas y las fiestas estuvieron a la orden del día, no me perdía ninguna y más por constancia o insistencia, que por mis facciones poco agraciadas, tuve mucho sexo, seguido y variado.
Fue una etapa hermosa de mi vida, tan solo me enamoré de una chica en esa época, pero no fui correspondido con igual sentimiento y no pude llegar a nada con ella.
Fue a mis veintisiete años que la conocí, en un proyecto de la empresa donde trabajaba. Esmeralda era la secretaria del ingeniero de la otra empresa con el que hacíamos esa obra, que duró casi dos años, luego de los cuales ya éramos novios.
Cuando la conocí, me pareció la mujer más hermosa, aunque no tenía atributos que sobresalieran, ni una cara bonita de revista, para mí era la más linda del mundo.
A mis veintinueve años y veintisiete de ella nos casamos, luego de un noviazgo intenso, sobre todo en lo sexual, y pensé en ese momento que me había sacado la lotería.
Rogelio, el padre de Esmeralda tenía una pequeña empresa familiar de montajes menores, pero esmeralda no se llevaba del todo bien con él, siempre fue un tipo tosco, de pocas palabras y bastante autoritario.
Cuando me conoció le caí bien, y en cada reunión familiar, me decía lo mismo, que cuando se retirara, yo me haría cargo de su empresa.
Yo siempre le decía que sí, pero sabía que al viejo lo que menos le gustaba era estar en la casa.
Casi un año después llegó Ramiro, nuestro primer hijo y casi dos años después, Candela, la pequeña malcriada por todos, y ahí decidimos con Esmeralda, cerrar nuestra fábrica, dos hijos siempre había sido nuestro plan.
Un par de años después, por algunos problemas de salud, mi suegro tuvo que aflojar un poco con el trabajo y en una cena de domingo, me ofreció trabajar en su empresa, por el mismo sueldo que cobraba donde estaba.
Luego de hablarlo en casa y con la insistencia de Esmeralda, terminé aceptando.
Los primeros tiempos no fueron fáciles con el viejo, no había forma de hacerlo entender sobre algunas mejoras o actualizaciones, estaba acostumbrado a trabajar siempre igual y le costaba modernizarse.
La cosa fue poco a poco, los días en que el viejo no iba a la empresa, aprovechaba para hacer las cosas a mi modo, demostrándole que las cosas se podían hacer en menos tiempo y mejor.
Me fui metiendo al viejo en el bolsillo a fuerza de mostrarle los avances a cuentagotas.
El viejo fue aflojando y un año después, había más trabajo, obras más importantes, al grado de tener que contratar dos empleados más.
La bisagra de la empresa vino cuando a Rogelio le dio un infarto que lo mandó a reposo por tres meses. En ese tiempo la empresa explotó de trabajos, contratando cuatro empleados más.
Cuando el viejo volvió, me miró con la cara de mala leche de siempre, pero me dijo que tenía razón, que a la empresa le hacía falta sangre joven, que si aceptaba, me hiciera cargo.
Y así fue, me hice cargo y la empresa creció mucho más de lo que, hasta yo creía.
Conseguí un par de obras importantes y ese fue el despegue, nos posicionó como una alternativa sólida en el mercado y nos escogían firmas importantes.
Lo hablé con Rogelio y compramos un galpón más grande, nuevas máquinas y más empleados, al viejo le entraba tanta plata que no lo podía creer.
Compró una casa más nueva y más grande, cambió el auto por un importado, hizo viajes con mi suegra, compraba ropa nueva, se daba la gran vida.
A nosotros también nos iba bien, por supuesto, las ganancias eran compartidas.
Así pudimos comprar nuestra nueva casa, en un excelente barrio, también compramos un segundo auto, para que Esmeralda pudiera moverse con nuestros hijos.
La empresa me demandaba cada vez más tiempo y supongo que Esmeralda no me reclamaba nada, ya que su padre la había puesto a su nombre.
Fue en esa época, con Ramiro a punto de terminar la secundaria y Candela a mitad de ella, que Esmeralda empezó a cambiar, nuestra relación seguía bien, lo único que había ido cambiando poco a poco, fue nuestra sexualidad, entendible por las responsabilidades, tanto de trabajo como de los hijos, pero en verdad la extrañaba.
Esmeralda poco a poco fue cambiando de vestuario, de amistades y de ocupaciones, dejó de trabajar en el primer embarazo y ya nunca quiso volver a hacerlo.
Comenzó a ir al gimnasio, según ella, para recuperar el cuerpo luego de los embarazos, creí que el fin de eso era recuperar nuestra vida íntima, que estaba más que floja, teniendo relaciones muy de vez en cuando, algo así como una o dos veces al mes.
Su preocupación principal, pasó a ser su imagen, su forma de vestir, el auto cero kilómetro todos los años, las salidas con amigas y la infinitas reuniones con sus distintos círculos de amistades, que le fueron quitando tiempo a nuestra pareja.
Las amigas del gimnasio, las madres de los compañeros de nuestros hijos, las vecinas del barrio, y hasta las antiguas compañeras de estudio, toda ocasión era buena para arreglarse y salir.
Varias veces lo hablé con ella, buscando que volviéramos a tener más tiempo juntos, incluso hacer algún viaje, pasear aunque sea los domingos, pero siempre había algún plan suyo en medio.
Las llegadas tardes comenzaron a ser habituales, incluso de madrugada, aunque reconozco que siempre en condiciones.
¿Podría haber sospechado que había algún otro hombre? Sin dudas! Pero seguía confiando en ella.
Mis sospechas podían tener fundamento, pero prefería seguir confiando en que, pasado el entusiasmo de la nueva situación económica, las cosas volvieran a su cauce en nuestra relación, pero un nuevo hecho me sorprendió, tanto que fue un punto de inflexión en nuestro matrimonio. Una mañana de domingo, luego de desayunar y antes de que se fuera a almorzar con las madres del grupo, me dijo que estaban planeando un viaje con las chicas del gimnasio, ni más ni menos que a Europa.
La miré sorprendido, no me esperaba algo así, pero antes de irse, me dijo que las chicas lo estaban organizando y ella no podía quedar afuera, y ante mi cuestionamiento, sobre cuando haríamos un viaje nosotros, me dijo que luego lo podríamos pensar.
Claramente el dinero no era problema, lo que significó un problema para mí, fue su creciente desgano hacia nuestro matrimonio, nunca había un plan para nosotros, y en ese momento dudé de que lo hubiera.
Fue durante ese viaje, que quizás por la necesidad, quizás a modo de revancha, tuve mi primer encuentro sexual extramatrimonial.
No tenía intención de tener una relación paralela, tan solo necesitaba tener sexo, el que hacía tiempo mi esposa me daba a cuentagotas, o directamente no me daba.
No quise averiguar si era verdad lo que pensaba, pero mis sospechas fueron que ese viaje no lo hacía con sus amigas, o al menos no solo con ellas, que algún hombre también viajaba o quizás lo encontraría en su destino.
A partir de ahí, cada vez con menos culpa, comencé a utilizar los servicios de chicas prostitutas una vez a la semana, sin que nadie lo supiera, tratando de que nadie me viera, ni siquiera se lo conté a mis amigos, o a Rafael, con quien hablábamos mucho, en el fondo me daba vergüenza contar algo así. Las contactaba por teléfono, íbamos a un hotel, teníamos sexo y hasta luego.
Con algunas de ellas he estado varias veces, siempre tratando de pasar un buen momento, pero también, de hacérselo pasar a la chica de turno.
Así conocí a Roxana, una chica muy simpática y amable con la que me encontré cada semana durante varios meses, hasta que una semana la llamé como siempre y como estaba ocupada, me pasó el teléfono de otra chica.
Como ya me había hecho el hueco para ese día, decidí llamarla, no me gustaba mucho cambiar todo el tiempo, me sentía más cómodo repitiendo con la misma chica, que sé yo, como que me daba más confianza.
La llamé y quedamos en encontrarnos, Karen su nombre y cuando me mandó una foto de su cara, me pareció una chica preciosa, pero cuando nos encontramos, en persona me pareció aún más linda.
Conversando de camino al hotel, me di cuenta, por su forma de hablar y de expresarse, que tenía estudios, que no era como otras chicas que se dedicaban a la prostitución por no poder o por no saber hacer otra cosa.
Pero fue en la habitación del hotel, cuando notablemente nerviosa me permitió que le quitara la ropa, quedé completamente estupefacto ante el cuerpo de mujer más armoniosamente proporcionado que había visto en mi vida, incluso en revistas o propagandas de tv o de modelos famosas, sin dudas, la mujer más hermosa que había tenido ante mí.
Y como si eso no fuera suficiente, ante mi esmero por darle placer y no hacerla sentir un mero cuerpo con el que saciar mis instintos sexuales, su orgasmo me deleitó, tanto como me sorprendió.
Había estado con muchas chicas y había aprendido a darme cuenta cuando fingían la excitación y el orgasmo, pero el de ella fue un orgasmo de verdad, mi boca en su sexo la habían excitado y eso me hizo sentir muy bien.
Me coloqué el preservativo y suavemente, tratándola como lo que era, una reina sin dudas, la penetré sintiendo su humedad. Como hacía tiempo, tuve que concentrarme en no acabar tan rápido, tenía toda la intención de hacerla llegar nuevamente al orgasmo y lo logré, en el momento en que su cuerpo comenzó a temblar, ya no pude aguantar y me dejé ir en su interior, dentro del preservativo.
Y como frutilla de ese exquisito postre, que antes de levantarnos de la cama, me agradeciera el haber gozado con un beso en la boca, me terminó de comprar, ya estaba deseando que fuera la semana siguiente para volver a estar con ella.
Hacía mucho tiempo no disfrutaba de esa manera, se lo agradecí y le pregunté si podía volver a llamarla, y cuando me dijo que sí, me sentí pletórico.
Mientras estaba en el baño vistiéndose, preparé como cada vez, el dinero dentro de un sobre, era la manera menos violenta que encontré para pagar los servicios de las chicas.
En el interior, puse el doble de lo que su tarifa marcaba, era una forma de agradecerle y de incentivar a que siguiera encontrándose conmigo.
Volvimos a quedar la semana siguiente y me resultó tan tierna cuando me dijo que no me cobraría porque la semana anterior le había dado el doble, que me dieron ganas de comérmela a besos.
Volví a disfrutar y a hacerla disfrutar a ella, sabía que por su trabajo, estaría con otros hombres, pero yo quería que conmigo fuera diferente, que no se sintiera tan solo una puta, mi clara intención era que se sintiera mujer en cada encuentro.
Tenía pactado un viaje a Punta del Este por la empresa, dos reuniones con empresarios uruguayos por un proyecto importante y se me ocurrió proponerle que me acompañara, no sabía si aceptaría, pero de aceptar, me sentiría muy bien.
Al proponérselo, no lo rechazó de plano, lo que me dio cierta esperanza, pero la semana siguiente, en nuestro nuevo encuentro, me confirmó que aceptaba y se puede decir que me hizo sentir tan bien, como hacía tanto tiempo no me sentía.
Cada encuentro con esa chica era mejor que el anterior, y no solo en lo referente al sexo, era muy interesante hablar con ella, sin dudas una chica culta e inteligente.
El día del viaje llegó, le envié un auto a buscarla y nos encontramos en la subida de la autopista que va a Buenos Aires.
No quería que se sintiera como la prostituta que me acompaña por dinero, si bien tendríamos sexo, no quería que sintiera que tan solo la llevaba para eso, en el fondo me gustaba mucho su compañía.
Elegí un buen hotel, uno de los mejores cinco estrellas de la ciudad, luego de tomar la habitación, fuimos a cenar a un excelente restaurante y al regresar, cuando le dije que necesitaba bañarme me volvió a sorprender, diciéndome que lo podíamos hacer juntos.
Ya dentro de la amplia bañera, y luego de enjabonarnos uno al otro, nos enjuagamos y nos quedamos dentro del agua, sus manos se ocuparon de mi erección acariciando mi pija suavemente y como si aún pudiera seguir sorprendiéndome, su cuerpo terminó sobre el mío y la penetré por primera vez sin preservativo.
Sin dudas estaba en el aire, sus movimientos me estaban llevando a la eyaculación, ya sin retorno y cuando se lo dije, me contestó que lo hiciera en su interior, llegando casi juntos al orgasmo, que me agradeció besándome en la boca, jugando su lengua con la mía.
Nos quedamos un momento así, abrazados y yo sintiéndome más que bien, haciendo gozar a semejante mujer, hubiera querido que ese momento no terminara nunca.
Salimos del agua, nos secamos y como un gesto de ternura, le sequé su cabello con el secador del hotel.
Luego nos fuimos a la cama, nos acostamos desnudos y Karen se durmió apoyada en mi pecho y yo abrazándola y acariciando su espalda.
Esa chica en verdad me hacía sentir vivo, me hacía sentir tan hombre como hacía tiempo no me sentía.
Salí temprano a la primera de las reuniones, aunque me hubiera gustado más quedarme con ella, para que mentir.
Dejé pedido que le subieran el desayuno y me fui.
Al terminar la provechosa reunión, nos encontramos para almorzar, de camino al hotel, paramos en un local para que Karen comprara una bikini y luego de pasar por el hotel, nos fuimos a la playa.
Me sentía tan a gusto hablando con ella que hasta el sexo pasó tan solo a ser algo más.
En esa conversación, Karen, en realidad Carolina, me contó muchas cosas de su verdadera vida, de su familia, de su trabajo, de sus estudios y de la razón que la llevó a prostituirse y más la admiré, y más ganas me dieron de ayudarla.
También me contó de su amor, un amor de adolescentes con un chico que aún estaba en su corazón, aunque hacía tiempo que no lo veía ni hablaban, porque él estaba con otra chica.
Luego de la reunión de esa tarde, volví al hotel y salimos a cenar a un lindo restaurante y de regreso al hotel volvimos a hacer el amor, porque a nuestros encuentros no podía llamarles tener sexo, para mí era hacer el amor y de una manera tan deliciosa que no quería que se terminara.
Tres orgasmos me dio esa noche, la última de ese viaje y lo volvimos a hacer sin preservativo, permitiéndome que eyaculara nuevamente en su interior.
Tocó regresar a Buenos Aires y de ahí a La Plata, me dio la dirección de su casa y allí la dejé, no sin antes dejarle el sobre con doscientos mil pesos, que bien merecidos los tenía.
De camino a casa, iba pensando en que mi vida, muy a mi pesar, volvía a su normalidad, al trabajo y a sentirme en segundo plano en casa.
No pude dejar de pensar en lo bien que me había sentido, en cuan diferente podría ser mi vida si recibiera aunque sea un poquito de la atención que me había dado Carolina. Si bien yo había pagado por eso, sé que su manera de tratarme, su interés por mis cosas y sus conversaciones fueron genuinas, a esa chica no se le da bien actuar y creo que por eso se sinceró conmigo, contándome su vida.
Me sentía tan atraído por esa mujer, que si acaso llegara a tener una mínima oportunidad con ella, dejaría toda mi vida para estar a su lado.
Pero a mi edad soy consciente de muchas cosas, de la diferencia de edad, del amor de ella por ese muchacho y de su situación y la mía, pensar en algo así, sería tan solo una locura, no podía dejar que mi ser se enamorara de ella, en definitiva terminaría sufriéndolo.
Pero me gustaba tanto tenerla cerca, que sabiendo que en poco tiempo dejaría de trabajar, ya me ponía triste, pero más allá de eso, me parecía una mujer íntegra, con valores, inteligente y decidida, que tan solo merecía un viento a favor, una oportunidad y yo estaba dispuesto a apoyarla.
Por cuestiones de trabajo y por acompañar a mi hija a Buenos Aires a comprar algunas cosas para la facultad, estuve dos semanas sin poder encontrarme con Carolina, pero el jueves de esa última semana de noviembre, le mandé un mensaje y quedamos en encontrarnos al día siguiente.
Esa vez me puso una condición, y mientras me escribía, ya sabía lo que me diría, conociéndola pondría pegas en el dinero, ya que lo que le había dado por el viaje, era mucho más de lo acordado.
Y así fue, me dijo que solamente nos encontraríamos si no le pagaba, de lo contrario, tan solo tomaríamos un café.
Acepté el trato, pero esa misma tarde, pasé por una casa de ropa femenina, dejé treinta mil pesos, y me entregaron un boucher para que Carolina pudiera comprarse la ropa que quisiera.
Como siempre, el encuentro fue sensacional, poder disfrutar con esa mujer era la gloria, al volver al café, le entregué el sobre, se quejó, pero al ver que no era dinero lo aceptó.
Sabía que el momento llegaría, días más, días menos, el final de los encuentros semanales con ella estaba cada vez más cerca, y cuando le escribí para encontrarnos, sabía que podía ser el último encuentro.
Y llegó, ese mediodía del primero de diciembre, Carolina me escribió para contarme que a su mamá le daban el alta antes de las fiestas, y en ese momento ni siquiera supe si habría un encuentro más.
La semana siguiente no pude hacerme de tiempo para vernos, y recién pude esa semana de mediados de diciembre. Le escribí para vernos ese viernes, sabiendo que podría decirme que ya no, pero me alegró que aceptara vernos al días siguiente.
La pasé a buscar como siempre, y fuimos al hotel, no quise preguntarle si esa era la última vez, preferí disfrutar de ese encuentro, del placer que me daba y el que yo le hacía sentir.
Volvió a ser algo exquisito, verla llegar al orgasmo era impagable, su trato hacia mí me hacía estar en las nubes y no quise pensar en lo que iba a extrañar eso.
Salimos del hotel y antes de que se bajara del auto me lo dijo, esa semana ya no había estado con otros hombres y ese había sido nuestro último encuentro. Que me dijera eso me halagó, me hizo sentir que para ella también había sido algo bueno, algo especial y diferente.
Dijimos de seguir en contacto, pero solo como amigos y estuve más que de acuerdo en eso.
Me fui para casa con una mezcla de sentimientos, por un lado, iba a extrañar esos momentos, que como hombre, me habían hecho sentirme tan pleno, y por otro, me ponía bien saber que esa chica dejaba de prostituirse, que volvía a estar con su madre, que se recibiría de contadora y que conseguiría un buen trabajo.
Sabiendo el día en que rendía su último examen, la noche anterior le mandé un mensaje deseándole suerte, pero no le dije que al día siguiente, estaría allí cuando se recibiera.
La vi salir del aula esa tarde, ya con lágrimas en los ojos y abrazarse con la que supuse era su madre.
Fue un momento muy emotivo, pensando en lo que estaría sintiendo en ese momento por el que tanto esfuerzo había puesto.
Cuando me vio, se acercó con esa hermosa cara de sorpresa, también me abrazó y la felicité por su logro.
Me presentó a su madre como un amigo, y dije que nos conocíamos del bar donde ella trabajaba y luego de conversar un momento, me fui para casa contento por ella, se merecía que le fuera bien en la vida y se me ocurrió darle una mano más, empecé a pensar en algunos amigos y conocidos que le podrían ofrecer un primer trabajo, sabía que donde fuera que lo consiguiera, lo haría muy bien.
Pasaron las fiestas, como hacía ya años, sin pena ni gloria, jugando a la familia feliz, aunque cada vez nos esforzábamos menos por aparentarlo.
A mediados de enero, recibí un mensaje de Carolina, diciéndome de vernos y por supuesto le dije que sí.
Quedamos de acuerdo en encontrarnos a tomar un café el miércoles, que ella no trabajaba en el bar.
Me inventé un par de reuniones para ese día y le propuse a Carolina, almorzar juntos.
La pasé a buscar por la puerta de la Catedral y fuimos a un restaurante de City Bell que me gusta mucho.
Mientras esperábamos la comida, saqué del bolsillo de mi saco un papel donde había anotado nombre y teléfono de conocidos y amigos a los que podría llamar para conseguir un trabajo, entre ellos a Rafael, si se decidía a llamarlo, yo le diría que a Rafael que era una amiga y que probara de contratarla, que no se iba a arrepentir.
Tomábamos el café luego del almuerzo, cuando Carolina me miró a los ojos recordándome lo que yo le había dicho varias veces respecto del dinero que le daba como agradecimiento.
Sin saber para dónde iba la cosa, en un momento, me dijo que quería ser agradecida conmigo, y sin esperármelo, sin siquiera haber pensado en esa posibilidad, me sorprendió diciéndome de pasar un buen momento en un hotel, sin tarifas, sin regalos.
Creo que hasta el corazón se me aceleró de la emoción de escuchar esas palabras, aunque luego me aclarara que sería la última vez, lo inesperado de la propuesta, me había subido la adrenalina.
Salimos del restaurante y fui al hotel de la cadena internacional que está en una de las salidas de la ciudad, si iba a ser la última vez, que fuera en un cinco estrellas.
Tomamos la habitación, y al igual que en Uruguay, nos bañamos juntos y luego de secarnos nos fuimos a la cama.
Fue una tarde sublime, lejos de los encuentros semanales, tuvimos varias horas y lo hicimos dos veces, cosa que hacía años no me pasaba.
Sus orgasmos volvieron a extasiarme, y que me cabalgara me terminó de volver loco, sin dudas fue una despedida a todas luces.
Nos fuimos del hotel como a las siete de la tarde y la dejé cerca de su casa.
De camino lo llamé a Rafael, diciéndole que una amiga contadora, recién recibida con excelentes calificaciones buscaba trabajo y que le había dado su número de teléfono.
También lo llamé a Augusto y a Raúl Fernández, pero ninguno de los dos tenía puestos vacantes.
Al día siguiente, Carolina me dijo que Rafael le haría una entrevista, y dos días después, me confirmó que la había contratado a prueba por tres meses, pero ya sabía yo que lo haría definitivamente.
Estuve un par de semanas sin encuentros con chicas y Roxana me pasó el teléfono de otra amiga suya.
Si bien no se podía comparar con Carolina, esta chica, de nombre Marianela, al menos tenía un trato amable y en la cama estaba bien.
Los meses fueron pasando, y las únicas satisfacciones, me las daba la empresa, que cada día crecía más, con proyectos importantes.
La relación con Esmeralda, ya sentía que no tenía retorno, cada vez estábamos más alejados, tan solo vivíamos en la misma casa, pero con vidas diferentes, casi nada compartíamos, muchos días, ni siquiera la cena.
Cada vez que hablaba con Rafael, le preguntaba por el trabajo de Carolina, y siempre me contestaba que había sido un acierto contratarla, que su trabajo era impecable.
Una noche que nos encontramos para cenar, me contó que, como expansión de la consultora, abriría una sede en Buenos Aires, que se le presentaban buenos negocios allí, y que una vez armada la sede, él se iría para allí, y pondría en su lugar a Eduardo, un amigo suyo que nunca me había caído bien, pero en el que él tenía plena confianza.
En esa época, Marianela, la única chica con la que había estado cada semana, me dijo que se iba a vivir a Santa Fé con su novio, y que ya no nos veríamos, dejándome el teléfono de una amiga suya.
Estuve un par de semanas sin contratar chicas, a pesar de los meses que habían pasado, no podía dejar de recordar los encuentros con Carolina, sin dudas los mejores que había tenido.
Como si supiera que estaba pensando en ella, una tarde recibí un llamado suyo después de un tiempo sin hablar, en el que me contó que ese chico del que siempre había estado enamorada, había vuelto a la ciudad, que habían vuelto a estar juntos y que le había propuesto casamiento.
Me alegré mucho por ella, su vida estaba en el camino que se merecía, con un buen trabajo donde Rafael la consideraba, con su madre bien de salud, nuevamente con su amor y por casarse.
Una tarde de café con Rafael, me invitó a la inauguración de la sede de Buenos Aires, que comenzaría a funcionar en septiembre, y le dije que allí estaría.
Esa tarde noche, en esa renovada casona llena de gente, con servicio de catering y música, al llegar, saludé a Rafael, que estaba con Eduardo, y en ese momento, me dijo que Eduardo se haría cargo de la sede de La Plata.
Pasaron unos meses y en un mensaje, Carolina me contó que estaba ocupando provisoriamente el lugar de su director, que por problemas de salud, había tomado licencia, y me sentí orgulloso de ella, de lo bien que lo estaba haciendo.
La noche del cumpleaños de Rafael, estuvimos hablando un momento de Carolina y me dijo que estaba más que conforme con su desempeño y que llegado el momento en que Francisco, su director se jubilara, ella sería quién ocuparía su lugar.
Esa noche también estaba Eduardo, canchereando como siempre, sin darle pelota a Miriam, su esposa, que por momentos parecía perdida.
Pasó más de un mes y un mediodía estaba en la empresa, cuando me sonó el teléfono, era un número desconocido, y como en tantas otras veces, lo atendí, y me sorprendí al decirme quien era, quien llamaba era Martín, el esposo de Carolina.
Varias cosas pasaron por mi cabeza, pero no me esperé que me dijera de vernos personalmente, a lo cual accedí sin problemas, quedando en encontrarnos esa misma tarde en un café del centro.
Al cortar la comunicación, me quedé pensando en lo que lo llevaba a querer hablar conmigo, sin dudas tenía que ver con el hecho de que Carolina y yo nos conocíamos y quizás ella le había terminado contando que se había tenido que prostituir ese tiempo, y quizás quería saber qué relación teníamos.
De camino al bar, fui pensando en no mentir u ocultar nada, lo que pasó con Carolina hasta que le dieron el alta a su madre, fue en el tiempo en que ellos no estaban juntos, y luego de eso, ya no volvimos a estar juntos íntimamente.
Entré al café y lo reconocí, había visto fotos de él, que la misma Carolina me había enviado del día de su casamiento.
Nos saludamos y me senté. Me dijo que obviamente, lo que hablaríamos tenía que ver con Carolina, que estaba al tanto de que Carolina se había tenido que prostituir y de lo que habíamos tenido en ese tiempo, y de la relación que teníamos actualmente, también que sabía del viaje a Punta del Este, pero que ese no era el motivo de la charla.
Fue cuando me dijo que Carolina había renunciado a la consultora que me sorprendí, y me llené de indignación y bronca cuando me contó lo que le había hecho el hijo de puta de Eduardo, justo a Carolina, una mujer súper responsable en su trabajo.
Si nunca me había gustado ese tipo, ahora ya no quería ni verlo.
Y me terminó de conmover, cuando me contó, que buscando zafar del bardo que le había montado, Carolina se había rendido al chantaje y se había acostado con el forro de Eduardo, más me calenté todavía.
Esa charla con el esposo de Carolina me dejó pensando, sin dudas ese chico estaba muy enamorado de ella, que a pesar de haberle sido infiel, se preocupaba por su situación, y me pareció un buen chico.
Ese mismo día le mandé un mensaje a Rafael para vernos y me dijo que estaba complicado para venir a La Plata, pero le dije que iría yo para Buenos Aires ni bien pudiera.
Nos encontramos un par de días después y me contó el tema de Carolina, y la versión que le había dado el tipo, me terminó de hacer calentar.
Le terminé contando algo de mi historia con Carolina, diciéndole que habíamos tenido algo, y por suerte pude hacer que Rafael dudara de la versión de Eduardo, pero que si no tenía forma de demostrar lo que yo le había contado, no desconfiaría de él.
Unos días después, me encontré un sábado por la mañana con Sergio, un buen amigo con el que al menos un par de veces al mes, nos tomamos un café en un bar del centro.
Cuando ya nos estábamos por ir, me llegó un mensaje de Martín, y le dije si quería venirse al centro y almorzar.
Aceptó y un rato después, nos encontramos en el restaurante de diez y cuarenta y siete, y ese muchacho me volvió a sorprender, me contó que estuvo siguiendo a Eduardo, que supo donde vive, como es su familia, donde se lleva las minas para cogérselas, y tuvo el coraje de inventarse una historia para conocer a Miriam, y no solo conocerla, también llevársela a un hotel.
Me contó algunos detalles de lo que había averiguado, y me sorprendió queriendo hablar directamente con Rafael, definitivamente iba hasta el fondo con todo eso, Domínguez no iba a zafar, de lo único que se salvó, fue de una paliza, que merecía ampliamente, y creo que porque Martín es un chico pensante, si hubiera sido un loquito, primero le hubiera bajado todos los dientes.
Sin dudas Martín estaba más que enamorado de Carolina, de lo contrario no hubiera hecho todo aquello, pero entendía su distancia con ella, no se esperaba lo que hizo.
Hablé con Rafael y quedamos de acuerdo en vernos en Buenos Aires, le avisé a Martín y fuimos a verlo.
Los presenté y al principio Rafael parecía desconfiar, pero Martín le fue de una contándole todo lo que había averiguado, a ese chico no quisiera tenerlo enfrente.
Rafael le dio cabida a la versión de Martín, sobre todo cuando le contó que Miriam ya estaba al tanto de todo también, y por suerte tuvo el tacto de no contarle que se había acostado con ella, ya que es amiga de su esposa.
Finalmente Rafael decidió intervenir y descubrir a Eduardo, creo que en el fondo tenía claro que un tipo sin escrúpulos como él, podía haber armado un plan así.
Ese jueves por la tarde noche, hablé por teléfono con Rafael y me contó que había hablado con Martin, que Miriam lo había enganchado con otra mujer en ese departamento y que se había podrido todo.
El mismo viernes al mediodía, Rafael me volvió a llamar para contarme que se había aparecido con un perito y el abogado de la empresa y que lo había descubierto, y que de ahí se habían ido a la casa de Eduardo y encontraron ahí los papeles de la empresa, y que antes de irse, le hizo firmar el traspaso de las acciones que el tipo tenía de la consultora a nombre de Miriam.
El boludo se había quedado con una mano atrás y la otra adelante, y bien merecido se lo tenía.
Sabiendo lo que sabía, y estando al tanto de que Martín no tenía comunicación con Carolina, decidí llamarla para contarle, ella siempre supo que yo soy amigo de Rafael, y creí conveniente que lo supiera, para que se quedara tranquila, sabiendo que nada iba a pasar, pero nunca nombré a Martín, ni lo que había hecho, pensé que si ella lo tenía que saber, tendría que ser por boca del propio Martín.
Si bien se alegró de la noticia, me di cuenta por su tono de voz que no estaba bien, sin dudas, a pesar de zafar del quilombo, su vida con Martín se había roto.
Ser testigo y en cierta forma partícipe de lo que había pasado con Domínguez, de lo que había hecho Martín por Carolina, me hizo pensar en muchas cosas, sobre todo en lo que era mi vida en ese momento, más allá del trabajo y del dinero, me sentía vacío.
Lo llamé a Martín, necesitaba explicarle y pedirle perdón por haber hablado con Carolina sin preguntarle o consultarle antes.
Nos encontramos en el café de la última vez, y no solo le pedí perdón por lo de Carolina, también me abrí con él, creo que como hacía tiempo no lo hacía con nadie, quizás fue porque él no es de mi entorno, y porque además, me parecía un gran hombre, y con el coraje para tomar decisiones, cosa que últimamente, yo solo tomaba con respecto al trabajo, pero no así en lo que tenía que ver con mi vida.
Antes de tomar la decisión que venía madurando en mí, quise buscar un argumento verdadero antes de hablar con Esmeralda, haría lo que nunca había querido o podido hacer, saber, ya no si me era infiel, eso lo daba por hecho, necesitaba averiguar con quien o quienes.
Continuará…
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