Doña luisa, amiga íntima de su esposa
La confianza de años entre las esposas se quiebra cuando una confesión sobre la vida íntima enciende la llama prohibida. En la soledad de una playa virgen, la barrera del decoro cae y el deseo acumulado explota en una escena de desnudez y placer crudo.
Luisa, es una buena amiga de mi esposa, a la cual conocía desde pequeña, dado que los domicilios de sus padres estaban en la misma manzana, y esa cercanía les hizo alcanzar una buena amistad. No obstante, existe una diferencia de edad entre ambas, dado que Dora mi esposa, tenía por aquel entonces, 50 años recién cumplidos, y su amiga aún no superaba los treinta y ocho.
Dora pese haber contraído matrimonio, aún en el distanciamiento, continuó manteniendo buenas migas con Luisa, y cuando ésta última se casó, se vino a vivir cerca de donde actualmente residimos. Aquella adquirió una casa unifamiliar, a escasos metros de donde tenemos la nuestra. Esa amistad las llevó a frecuentarse recíprocamente. Por ello, era raro la semana, que no viera a Luisa en mi casa.
Dora, pese a sus cincuenta años se conserva bien. Aun aún no le ha llegado menopausia, aunque es verdad, que en las últimas fechas ha descendido su rendimiento sexual, y nuestros encuentros se han ido distanciando cada vez más en el tiempo. No voy a decir que sea un semental, pero pese a mis cincuenta y ocho años, me conservó estupendamente, como si hubiera prolongado mi juventud. No solo mantengo un cuerpo vigoroso, y bastante musculoso, sino que mantengo intactas mis facultades reproductoras. Tenemos tres hijos, dos de ellos ya mayores de edad, y una hija, aún en su época adolescente. Soy jefe de ventas de una empresa de productos alimenticios, pero dispongo de mucho tiempo libre, y además tengo un horario liberal, ya que me permite tomar descansos o días libres muy a menudo. Dora siempre se ha dedicado a las tareas de la casa, aunque a veces ha realizado trabajos a tiempo parcial.
Luisa la vecina, es una mujer de muy bien ver, que se conserva perfectamente, estando en su mejor época. Le gusta vestir bien, algo coqueta, pero con un cuerpo bastante definido y sumamente atractivo. No es muy delgada, pero tampoco se puede decir que sea gruesa, quizás algunos kilos de más, pero de escasa importancia. Pese a que no había sido madre aún, por la fecha en que ocurrieron los hechos que voy a relatar, mantenía unos pechos que destacaban por ser algo voluminosos, aunque firmes. Pero, lo que más me sigue atrayendo de dicha mujer es su espléndido caminar, con su perfecto trasero, dos nalgas redondas, y unas piernas blanquecinas, completamente libre de varices. ¡Vamos, que era una mujer a la que todos miran cuando pasea por la calle! Evidentemente, tampoco se escapaba a mis miradas. Lógicamente, al ser vecina y amiga íntima de mi esposa había descartado en todo momento nada lascivo con la misma, aunque en ciertas ocasiones fue fuente de mis fantasías masturbatorias.
El marido de la amiga de mi esposa, Juan es un hombre mucho mayor que ella, y sobrepasa los cincuenta años. Se le conoce por ser un hombre bastante tranquilo, bonachón, trabajador incansable, hasta el punto de que parece que su gran afición es el trabajo. Mantiene un cuerpo bastante grueso, apenas hace deporte, y se le ve algo viejo para su edad. El matrimonio aún no había tenido descendencia, aunque ella todavía estaba en edad para procrear.
Como he relatado, el marido de Luisa esta gran parte del día trabajando, y, en sus días libres, suele pasarlo con los amigos, jugando partidas de dominó, Luisa frecuentaba nuestra casa, como hasta la fecha, y suele mantener conversaciones bastante entrañables y dilatadas con mi esposa, o bien salen ambas de compras. Acostumbra ir al centro comercial, bien de compras o bien para pasear o tomar algún café.
Uno de esos días, mientras me hallaba en casa, y las mujeres conversando tranquilamente en la cocina, tuve ocasión de escuchar que estaban hablando de los hijos. Sin que ellas se percataran de mi presencia, me picó la curiosidad, y decidí acercarme para escuchar mejor. Así fue como, tras prestar atención logre escuchar como Luisa se quejaba ante Dora, por el hecho de que su marido estaba casi siempre jugando o trabajando, y pasaba muy poco tiempo con ella. Le decía, bastante apenaba, que realmente salían poco. Fue entonces, cuando comenzaron hablar de sobre la actividad sexual de los esposos de ambas, hasta terminar con la típica pregunta: “para cuando ese hijo”.
Luisa, pareció detenerse unos momentos antes de contestar. Tras unos momentos de pausa, contesto: Ay Dora. Ya te he dicho en varias ocasiones que, mi esposo apenas pone ilusión en ello. ¡A veces pienso que no quiere tener descendencia! Pero, yo sí quiero. Pero, estoy viendo que se me está pasando el arroz. El ginecólogo me ha indicado que, si tardo mucho, luego será más complicado.
Mi esposa le afirmó que era verdad y que tenía que buscar alguna solución. Sabía que ambas se tenían bastante confianza, y se contaban hasta los mínimos detalles. Por ello Luisa pareció meterse de lleno en la conversación, y le llegó a confesar a mi esposa que, a espaldas de su esposo, tomaba un fármaco para el tratamiento de fertilidad que le había recetado su ginecólogo. Según aquel, le podría ayudar a ser más accesible en los momentos de ovulación. Pero, se quejaba de que pese haberlo tomado, aun no hubiera dado el resultado esperado.
No es que sea chismoso, pero aquella conversación me sorprendió, y captó mi interés, por lo que lo que continue prestando atención. De esta forma fue como logre conocer que su esposo no conocía este extremo del fármaco, ya que él era muy conservador y tachado a la antigua.
La mujer le comentaba a mi esposa, que cuando llegaba el momento fértil, ella se tomaba ese fármaco, que la aceleraba y ponía bastante fogosa, e intentaba copular con su esposo, pero el problema era que aquel apenas accedía. Por ello, estaba bastante decepcionada y veía que se le estaba escapando la posibilidad de ser madre. No obstante, dejó patente, que Juan era un buen hombre a pesar de todo, y, que económicamente estaban bien, pero que en el ámbito sexual era un desastre.
Mi mujer medio en broma le dijo: Luisa, ¿creo que lo mejor es que te busques un buen semental, que te deje preñada?
Luisa se sonrojó, pero se lo tomó a bien. Escuche que se sonrió y medio en broma, medio en serio, terminó contestándole: ja jaa… no te lo creerás, ¡pero en más de una ocasión lo he pensado! Sé que es una locura, pero, además, aunque me decidiera hacerlo, es difícil encontrar el candidato ideal.
-Bueno Luisa, existen los bancos de semen, y la fecundación un vitro. No sé, ¿quizás debas intentarlo por ahí? -le contesto mi esposa.
-¡estás loca!. Jamás Juan accedería a ello. ¡Eso está descartado!
Sin saber cómo, en un momento dado, Luisa, de forma morbosa o quizás capciosa, llegó a preguntarle a Dora: oye, ¿y tu marido? ¿Sigue tan fuerte como antes?
Mi mujer creo que se pasó un poco, pero ante mi regocijo, escuche como le contestaba: ¡ese aún esta como un toro! El problema soy yo, que no puedo estar a su altura.
Luisa, se sonrojó, como si no se creyera lo que le decía mi mujer: ¡No te creo! Lo dices por quedar bien. Berto es mayor que mi esposo. Y tras una pausa le preguntó: ¿puede saberse cuantas veces haces el amor con tu marido?
Mi mujer, sonriendo terminó por contestarle: ¡Ya sé que tampoco te lo vas a creer! Pero, sin querer presumir. Es rara la semana en que no intenta hacerlo dos o tres veces.
Me di cuenta, que Luisa se quedó paralizada ante aquella revelación, exclamando: - ¡Venga ya! ¡Te estás burlando de mí!
Pero mi mujer, creo que herida en su orgullo, y de que no le creyera le contesto: Me conoces de mucho tiempo. ¡Créete que no miento! Te vuelvo a repetir que muchas veces soy yo la que no quiere. Berto, no sé qué le pasa, “pero siempre está en forma”. Es más, sospecho que cuando no puede hacerlo, se masturba a escondidas.
Note el extremo a anonadamiento de la mujer ante aquella manifestación. Desde mi posición, sin que llegaran a verme, pude divisar su cara pensativa y de autentico asombro. Mi esposa ante la incredulidad de su amiga, y viendo el impacto que había causado en aquella, se animó a insinuar las medidas de mi aparato reproductor. Eso fue lo máximo. Luisa la miró como si hubiera visto al mismismo diablo. De hecho, por la expresión de su cara, creo que no supo si mi esposa bromeaba, o le estaba hablando en serio.
Sin embargo, mi sorpresa vino, cuando escuche a Luisa, casi incrédula ante las palabras de Dora, decirle en broma: Joder Dora, “ese es el semental que yo necesito”. Y, las dos rieron a gusto.
A partir de esa fecha la verdad es que me empezó a picar el gusanillo y comencé a observar a Luisa de otra forma. Me imaginaba lo que tenía que ser cogerse a una mujer, doce años más joven que mi esposa, y además deseosa de ser preñada. Cuanto más lo pensaba, más duro se ponía mi vástago.
Obviamente, durante esos días más de una masturbación estuvo sustentada en esa fantasía. Sin quererlo, ante la pasividad de mi mujer, la obsesión por su amiga, se fue haciendo cada vez más intensa. Tanto, que cuando pasaba cerca de ella, instintivamente mi pene se enardecía bajo el pantalón sin poder evitarlo. De hecho, en más de una ocasión tuve que hacer verdaderos esfuerzos para evitar ser descubierto, percibiendo que Luisa también dirigía sus miradas hacia mi entrepierna. Quizás sorprendida, e intentando averiguar si las dimensiones que le había indicado mi esposa, tenían algo de verdad.
Estando, así las cosas, un buen día, llamaron a mi esposa de casa de sus padres, comunicándoles que a mi suegra le habían detectado uno problema en los pulmones y debían llevar a cabo una revisión médica urgente en Madrid. Dora, se puso tan nerviosa ante esa noticia, que esa misma noche preparó todo para salir urgente en autobús hasta el pueblo donde viven mis suegros. Me dijo que quería acompañar a su madre a Madrid.
A la mañana siguiente, tras preparar el equipaje, la acerque hasta la estación de autobuses, y cuando se despidió, me señaló que quizás iba a estar fuera más de una semana. Dándome un beso marcho en el bus. Mis dos hijos mayores hacen vida independiente con sus respectivas parejas, y mi hija adolescente se encuentra estudiando en un colegio privado con residencia en el mismo, y solo viene a casa cada quince días. Con la marcha de mi esposa me di cuenta que me iba a quedar solo durante esos días. Ante la preocupación de mi mujer, le conteste que me las apañaría con la comida y la limpieza de la casa. Que no se preocupara.
La verdad, es que normalmente terminó bastante temprano en el trabajo, por que al llegar a casa me gusta quedarme a mis anchas, portando solo un pantalón corto de malla que utilizó para hacer deporte, que permite mostrar el abultamiento de mis genitales.
Evidentemente, Dora con las prisas, y los nervios, no le comentó nada a Luisa de su repentina marcha. Dicha amiga acudía con frecuencia a casa, conocía que la puerta de la casa quedaba por el día, sin la llave pasada, por lo que ella accedía sin tocar, y luego, una vez dentro, llamaba por Dora.
Ese día, sin esperarlo, la mujer hizo su aparición entrando como lo hacía siempre, hallándome en la cocina tomando un café. Me sorprendí, ya que realmente no la esperaba. Pero mi preocupación se hizo evidente ya que no estaba presentable ante una señora casada como lo era la amiga de mi esposa. Jamás Luisa me había visto en dicha lid. Por ello me tuve que disculpar, y le conté lo que le había pasado a Luisa.
La invite a tomar café, y ella se sentó agradecida. Lo preparé la taza de café y se lo serví, sentándome nuevamente.
Tras mostrar su preocupación por la enfermedad de mi suegra, la mujer me dijo: -¡qué casualidad! Mi marido también ha tenido que marchar por motivos de trabajo a Barcelona, y no regresara hasta dentro de unos días. Con la ausencia de Dora, voy a tener que pasar todos estos días sola. ¡Los días se me van hacer eternos!
Le sonreí ante esa casualidad diciéndole: - ja ja, o sea, que esteramos los dos de “Rodríguez”. Luisa se rio a gusto.
No obstante, pensándolo mejor le dije: Bueno Luisa, si quieres, puedes pasarte por mi casa siempre que lo desees. Sabes que esta casa siempre está abierta para ti.
Me di cuenta que la mujer se sonrojó ante mi propuesta, contestándome con voz algo endeble un simple “gracias.”
En ese momento, ella intentó levantarse diciendo: -no quiero entretenerte, que, ¿a lo mejor ibas a salir?
Me apresuré a contestarle: -pues, si te digo la verdad. Hoy tengo libre, y, había pensado en ir a la playa. Oye, ¿podías acompañarme? Ella me miro completamente sonrojada ante semejante propuesta. Resultó manifiesto que parecía una propuesta nada decorosa para una mujer casada, por lo que exclamo: Ay Berto…no sé…. ¡No creo que sea muy correcto!
- Luisa, no he querido ofenderte. Lo decía por pasar el rato. Además, conozco una playa a la que acude muy poca gente, y donde será difícil topar con conocidos. Me apresuré decirle, intentando suavizar mi atrevimiento.
La mujer pese a continuar sonrojada por mi pretensión, se quedó pensativa, para terminar, añadiendo: pero, ¿qué diría Dora si se entera de que me voy a la playa con su esposo?
Me apresuré a contestarle: vamos Luisa. No es para tanto. Es una simple salida a la playa. No estamos haciendo nada malo. Y, además, si eso te preocupa, ¡con no decírselo basta! ¡Nadie tiene porque saberlo!
Ante mis palabras la mujer guardo silencio, quedándose nuevamente pensativa. Ante ello le dije: -bueno Luisa, como veo que te lo has tomado a mal y, yo solo quería que pasaras un rato divertido, sin malicia alguna, ¿lo dejo a tu elección? Dentro de media, pienso salir para la playa. ¿Si tienes ganas de ir, te vienes? Caso contrario, entenderé que no quieres ir y marcharé solo.
Ella percibió mi enfado. Sabía que me había molestado su desconfianza. Por ello, cuando se marchaba, pareció pensarlo mejor, y mirando hacia atrás, me dijo: - vale. Está bien. ¡Espera que me cambie!
Me quedé algo sorprendido y preocupado. La verdad es que, aún no llegaba a entender como se me había ocurrido semejante propuesta a la amiga de mi esposa. En el fondo, nunca pensé que aceptara. Pero, tal y como había indicado, quede estupefacto, al comprobar como poco tiempo después, apareció vistiendo una camiseta blanca muy ceñida y una falda playera bastante corta. La verdad es que con aquella vestimenta parecía otra mujer totalmente diferente a la que visitaba mi casa.
No pude por menos que decirle: Vaya Luisa. ¡De veras pareces otra mujer! ¡Estas muy guapa con esa indumentaria! No tiene nada que ver con la Luisa que yo conocía. Hasta le llegue a insinuar que, porque no vestía con más frecuencia aquel tipo de ropa, ya que le sentaba de maravilla.
Me contesto: ¿si mi marido se entera de que salgo así?, y, ¿además con un hombre?... ¡¡me crucifica!
Le indique: ¡quédate tranquila nadie lo va a saber!
Montamos en el Jeep todo terreno que poseo, y no fuimos a una playa totalmente desierta, la cual tiene un acceso bastante complicado, aunque para el tipo de vehículo que poseo, no fue problema. Cuando llegamos, Luisa quedó maravillada por el paisaje, indicándome que nunca pensó que existiera aquel lugar en aquella zona. El entorno era espectacular.Se trata de una playa prácticamente virgen, de arena natural, y donde sobresalen rocas que permiten cobijarse, y permanecer en dicha playa sin ser vistos.
Dejamos el vehículo, y tomamos los utensilios de playa hasta llegar a un lugar donde unas rocas nos protegían de los rayos del sol, dado que a esas horas del día éste era bastante fuerte. No en vano era un día de bastante sol en pleno verano. Pronto verificamos que el lugar era privilegiadoa posición era muy difícil localizarnos. De hecho, Luisa alabó el lugar, ya que así evitaba ser vista por algún posible conocido. Las rocas impedían la vista desde los acantilados donde habíamos dejado el coche, pero sin embargo, teníamos una vista magnifica del resto de la playa.
Tras tender la toalla, me desprendí de la camiseta y el pantalón corto, quedando con un bañador muy estrecho, tipo slip, el cual marcaba claramente mis atributos. Como ya había adelantado mi esposa, tengo un buen nabo, por lo que aquel tipo de indumentaria, denotaba claramente mi aparato reproductor. Lo había utilizado en pocas ocasiones, ya que mi esposa me había recriminado por la ostentosidad, ya que destacan mis genitales. No obstante, ese día, al saber que me iba acompañar la vecina y amiga de mi esposa, casi temerariamente, decidí ponerme dicha prenda tan atrevida.
Evidentemente, tal y como esperaba, el bulto de mi slip no pasó desapercibido para Luisa, la cual se puso bastante nerviosa, sin dejar de mirar de reojo mi bañador. Me supongo que ese instante estaría recordando las palabras de mi esposa sobre las dimensiones de mi aparato.
Ella por su parte, se quitó la camiseta, apareciendo un bañador tipo bikini, que permitía contemplar unos pechos voluminosos, donde destacaban unos sorprendentes pezones muy puntiagudos. Extremo que nunca había podido comprobar dada la indumentaria que normalmente portaba cuando visita mi casa. Por ello, me causo un efecto electrizante.
Al bajarse la falda, comprobé por vez primera que Luisa era toda una señora hembra, con un cuerpo muy bien formado y sin una fisura. Realmente es una mujer que se conservaba bastante bien.
Ella al ver mi asombro, me preguntó: - Berto… ¿acaso me ves tan mal? Le dije sonriendo: Todo lo contrario. Reconozco que estoy sorprendido, ya que nunca había pensado que bajo los trajes tan recatados y tradicionales que acostumbras a usar, pudiera existir una mujer con un cuerpo tan bello y elegante como el tuyo.
Luisa se sonrojó ante mis palabras, viendo que quedó halagada con las mismas. Al mismo tiempo, observó mi bañador, el cual ya dejaba entrever una incipiente erección ante la visión de su cuerpo.
Tras tomar un poco de sol, decidimos entrar en el agua, comprobando que ésta estaba sumamente deliciosa. El agua, además estaba totalmente transparente y cristalina. Nadamos durante un buen rato, y luego nos pusimos a tostarnos bajo el sol.
Empezó a darse una poco de loción y crema contra el sol, pero al llegar a su espalda comprobó que no podía llevarlo a cabo sola. Me ofrecí solicito a realizarlo, y tras unos momentos de titubeos mirando a los alrededores por si aparecía alguien, se decidió, echándose boca abajo para que procediera aplicarle la crema.
Pasé la crema por su espalda con suma tranquilidad, produciendo en ella un relax que claramente percibí. Le señalé si deseaba que le diera en sus muslos. Ella accedió, y empecé a dar un masaje muy tierno y tentador por todas sus pantorrillas, desde los pies hasta sus nalgas, siempre portándome como un caballero y e intentando no propasarme. Me lo agradeció, y tras tostarse nuevamente fuimos nuevamente a bañarnos.
Cuando llevábamos más de una hora y media, divisamos a lo lejos unas personas que paseaban por la playa, comprobando que venían caminado hacia donde nos hallábamos. Por la posición en que nos encontrábamos ellos no nos detectaron, pero nosotros si a ellos. La sorpresa fue que comprobamos que “venían totalmente desnudos”.
Lucia se quedó sorprendida, viendo cómo se agitó ante la visión de los atributos de los hombres. Me preguntó ¿No me dijiste que era una playa nudista?
- Te juro que no sabía que lo fuera. Como es una playa totalmente virgen, y que viene poca gente, quizás algunas personas realizan nudismo.
Agitada ante la visión de aquellas personas completamente desnudas, me reconoció: Te sorprenderá, pero es la primera vez que veo hacer nudismo.
Yo le indique que aquellas personas no les importaban que las vieran así, ya que para ellos era normal.
Entonces me miró y me pregunto: ¡veo que te gusta venir aquí! ¿Seguro que a ver mujeres desnudas como esas? ¿Vienes con Dora?
Me percaté de la agudeza de sus palabras, señalándole: si te digo la verdad, he venido otras veces porque me gusta el lugar y los paisajes, el agua cristalina de la playa, incluido las mujeres desnudas. Sonriendo, y añadí: Con Dora hemos venidos en varias ocasiones, y en algunas ocasiones ella ha hecho nudismo.
Luisa me miró sorprendida, y exclamó: No me lo creo. Dora haciendo nudismo. Y.. ¿tu?¿también lo has hecho?. Mientras decía esto, miraba a mi bañador, en el cual no pasaba desapercibido el bulto que se había formado ante la conversación.
No pude por menos que afirmarlo, diciéndole: ¡pues claro! ¿Porque no? Nadie nos no ve aquí. Por otro lado, a nadie le interesa lo que haga el otro. Realmente es una sensación de libertad absoluta.
Fue entonces cuando, me dijo casi sin pensarlo, pero con evidente morbo: y ¿porque no lo has hecho hoy?.
La mire a la cara, sumamente sorprendido, diciéndole: ¡no lo he hecho porque no sabía si te iba a ofender!
Se agito, notando su excitación. Me miro a los ojos, y me dijo: y ¿porque me iba a ofender? No creo que vaya asustarme por ver un hombre desnudo. ¿Que tienes tú que no tengan los que van ahora por la playa? Además, ellos son mucho más jóvenes que tu y… no termino la frase.
Hasta ese momento había guardado la compostura. Pero aquellas palabras de la amiga de mi mujer, hirieron mi orgullo. Por ello osadamente le contesté: esos muchachos evidentemente son mucho más jóvenes que el que te habla. Pero, ¿creo que mis atributos, nada tienen que envidiar al de esos jóvenes? ¡Eso te lo puedo asegurar!
Note como afloraron los colores a la cara de la mujer, quien se puso algo alterada, y nervios ante mis afirmaciones, contestando: ¿Que me quieres decir, que tus tus….. son más grandes que los de esos chicos? Tu mujer me dijo una vez que eran muy grandes, y hasta me hizo una medida… y lo hizo con la mano. Pero, “yo no me creo que eso exista”.
Luisa con la conversación me estaba poniendo caliente, y mi aparato mantenía ya con una notable erección. De hecho, parecía querer romper el slip del bañador.
Creo que Luisa se dio cuenta de que estaba entrando en una conversación peligrosa. Pero pese a todo, la note bastante atrevida. Resultó evidente, que la excitación le llevó a ser más curiosa. Así se atrevió a decirme: ¡Bien os gusta presumir a los hombres! todos sois iguales.
Aquello volvió a herir mi ego: - no es por presumir, pero, las medidas que me hiciste “creo que se quedan cortas”. Mi pene supera las mismas. Y, como parece que aún no acabas de creértelo, si no te ofendes, será mejor será que me ponga hacer nudismo, y así podrás comparar.
Me preguntó con agitación, como si se hubiera dado cuenta que se había propasado: ¿cómo? ¿te vas a desnudar aquí?
Le conteste, y ¿qué problema existe?, tú me has dicho que no te ibas a asustar, o ¿si te vas asustar?
Ante mis palabras, Luisa de quedó pálida, sin saber que contestar. No obstante, con cierto despecho me dijo: ¡claro que no me voy asustar!
Aquello me llevó a terminar mi osadía. Ante sus palabras, sin contestarle más, me empecé a bajar el bañador mirando hacia ella, haciéndolo muy despacio, como si estuviera haciendo un estriptís, a lo que ella, algo azorada al ver mi forma de quitarme mis interiores, emitió una leve sonrisa.
Mi polla iba creciendo más y más, por lo que cuando terminé de bajarme el bañador, apareció ante ella, en estado de mediana erección, aun colgando hacia abajo, pero sacando un ¡oh…! de asombro.
Sus ojos se abrieron como platos, fijando su mirada en mi pieza, que, por momentos, fue tomando mayores proporciones.
Le dije: ¿Qué te parece? ¿Son o no son, las medidas que te había indicado mi esposa?
La mujer se ruborizó, constatando su consternación ante lo que estaba viendo, sin retirar su vista de mi vástago, terminando por exclamar: Oh… Berto… ¡tapate eso! La tienes enorme, y “que gorda”.
Luisa quedó como aturdida. Sin embargo, escuche que balbuceo en n voz baja:pobre Dora, me supongo lo que tiene que sufrir cuando le metes ese tremendo pene.
Le contesté: ¿sufrir dices? Dirás que disfruta como una Diosa. Te puedo asegurar que le entra completita, hasta los huevos. La situación me tenía excitado y no medí mis palabras.
Pese a todo, el tono de mis palabras, lejos de contrariarla, percibí que la excitaban. Sin mayor reparo, me retiré por completo el bañador quedando todo mi sable al aire.
Le dije: me voy al agua, ¿quieres venir? Ella me dijo que luego iría. Ante ello, le dije sonriendo mientras me dirigía al agua, de acuerdo, ¡espero que te desnudes igualmente! Anda prueba hacerlo, aquí nadie nos ve. ¡Verás que sensación!
Luisa me miró con la cara encendida, no solo por la vergüenza, sino también por la pasión del momento. Tuve claro que la mujer se hallaba sumamente excitada con la visión de mi falo, pero no pensé que se atreviera a desnudarse.
Sin bajar su enrojecimiento, me contesto: ¿Cómo…? ¿quieres que me desnude, aquí delante de ti? Le dije: yo, lo he hecho. ¿Qué hay de malo? Pero bueno, no pienso forzarte, haz lo que quieras, yo me voy al agua. Y la deje dudando, caminando hasta la playa y metiéndome dentro del agua.
Observé que la mujer no se decidía, por lo que me puse a nadar un rato. Al poco tiempo, noto que la misma aparece a mi lado, nadando. No me di cuenta de su desnudez, ya que el agua le cubría. Sin embargo, al estar más cerca, sufrí un estremecimiento al contemplar que Luisa estaba completamente desnuda. El agua bien cristalina, me permitió divisar que poseía unos pechos grandes, con unos pezones sumamente puntiagudos. Dirigí mi mirada hacia su entrepierna y detecté una frondosa mata de vello negro, muy abundante, donde casi no podía apreciarse su vagina.
- veo que por fin de has decidido, ¿ves como no tiene importancia?
Ella me contestó con cierto nerviosismo: ¡estoy avergonzada! Por favor no me mires así. Oh que locura estoy cometiendo. Si se entera mi esposo se divorcia de mí.
Entonces le contesté: vale si quieres no te miro. Pero Luisa, no tienes nada de qué avergonzarte, eres una mujer preciosa, y con un cuerpo de infarto.
Ella se ruborizó, pero aprecié que mis palabras hicieron su efecto positivo. Aquella mujer era bastante receptiva a mis piropos. Me di cuenta que le gustaba que la cortejaran. Ante ese descubrimiento, decidí continuar por ese camino: Luisa, ¡nunca me imaginé que fueras tan hermosa!. En casa, con la vestimenta que normalmente usas, no podía adivinar la hembra que tiene Juan. ¿Cuánto lo envidio?
Luisa se sintió agitada, e intentó taparse sus pechos con las manos. Pese a todo me dijo: ¿Lo dices de veras? ¿No te estas cachondeando de mí? ¿Seguro que eso se lo dices a todas?
Le respondí al momento: te puedo asegurar que no es por alagarte. Es la pura realidad. “Me pareces la mujer más preciosa que haya visto”. Y, ahora, así con tu cuerpo desnudo, resultas una verdadera tentación. Al tiempo que sonriéndome añadí, con cierta picardía: ¿No sé si podre resistirme? Pero ella se hizo como que no había oído, y siguió nadando.
Al rato le dije que saliéramos. Ella me dijo que lo hiciera yo primero que le daba cierto reparo hacerlo ante mí. Así lo hice y llegué mucho antes a donde teníamos las toallas. Pero no pude dejar de contemplarla mientras se dirigía hacia donde me encontraba. Intentaba taparse su entrepierna, pero dejando al descubierto gran parte de sus preciosos senos. Se sentó en la toalla, y tras un buen rato tomando sol. Le dije: ¿quieres comer algo? Ella lo agradeció.
Saque unos bocatas que habíamos traído preparados y comenzamos a comerlos. Durante la comida, observó, incomoda como mi vista se dirigía a su entrepierna, mientras ella comprobaba como mi pene se ponía en semi erección, con todos los testículos colgando. Su nerviosismo afloró diciéndome: por favor Berto ¿no me estés mirando mis partes?, Sabes que me da mucha vergüenza.
- lo siento Luisa, pero estaba pensando en… y me pare, sin terminar la frase. Ella quedó intrigada y me miró fijamente a la cara, preguntándome: ¿en que estabas pensando?
Le dije: ¿necesitas que te lo diga? ¿no ves cómo me has puesto?
Ella lo adivinó, enrojeciendo: ¿no me digas…?. Oh.. Berto ¿te estás empalmando? Oh por favor. Que soy la amiga de tu mujer, y, además estoy casada,…no me sigas mirando así…
No le conteste inicialmente, verificando que, pese a sus protestas, la conversación le gustaba. Por ello volví a decirle: ¿que seas la amiga de mi mujer no significa que no pueda desearte?, y, el hecho de que estés casada, “me da mucho más morbo”. Mi falo ya estaba casi en pie de guerra, y se mostraba claramente enfilado hacia arriba entre mis piernas. Erección que no pudo escapar a la mirada de la mujer.
Observé el enrojecimiento de la mujer, que pese a todo no retiraba su mirada de mi vástago. Mi pene la tenía anonadada, y percibí su agitación. Estaba sentado sobre la toalla, y al estar con todos mis genitales al aire, mi pene se mostraba majestuoso, enfilado hacia arriba, con mis poderosas venas rodeando el músculo, que le concedían una apariencia mucho mayor. Creo que esa visión, tenía enardecida y excitada a la amiga de mi esposa.
Ante la excitación que percibí en la misma, llevado de un ataque de auténtica locura, me atreví a decirle: ¿te atreves a tocarla? ¿No quieres saber lo dura que esta? ¿Anda Luisa, pasa tu mano por mi tranca y comprueba el grosor de la misma? Te juro que nadie lo sabrá. Además, ¡aquí nadie nos ve!.
Luisa saltó como un resorte, como si una culebra le hubiera asestado una picadura. Oh ¿estás loco? ¿Como puedes pretender que te…?
Sin embargo, pese a esa negativa inicial, me di cuenta que la mujer estaba bastante receptiva. Tanto que, nerviosa, moviéndose intranquila sobre la toalla, llevó a cabo una mirada hacia la playa, como si quisiera comprobar que nadie nos estuviera viendo. Volvió su mirada hacia mi entrepierna, para incorporarse, y mirándome lascivamente, se fue acercando hacia una parte de las rocas, que nos ocultaban totalmente de la vista de extraños. Entendí su incitación. Por ello, igualmente me levanté y fui hasta ella, caminando, con mi pieza, en pie de guerra.
Al llegar de nuevo a su altura le susurre: ¿no te quedes con las maguas?, ¿no tendrás otra oportunidad como esta de sentir en tus manos una polla como Dios manda?
Me recriminó con la mirada. Pero, esa recriminación fue como una agitación. Luego, ante su indecisión tome una de sus manos y la lleve hasta situarla encima de mi pene, el cual, después de tres intentos, accedió a cogerla, abracándola en su mano. Note el escalofrío de su cuerpo al palpar el grosor y dureza de mi vástago. De hecho, le costaba hasta rodearla en su totalidad, dado su diámetro. Cuando por fin se decidió, con más tranquilidad, observé como comenzó a pasar la mano desde la punta hasta base. La cara de la mujer era todo un poema. Le estaba tocando la polla al marido de su amiga en plena playa. Su agitación a medida que pasaba su mano a lo largo de mi vástago, me confirmaba la excitación que le producía constatar las medidas de mis genitales.
Luisa se estaba poniendo sumamente cachonda. Me di cuenta que disfrutaba sobando y palpando mi verga. Los colores de su cara iban y venían. Realmente encendida. Me fije en su entrepierna, verificando cierta lubricación en los labios de su vagina, ya que se denotaban brillantes. Signo inequívoco de que aquella mujer estaba bien receptiva.
Para poder excitarla más, le dije:comprueba los testículos, ¡Verás que son igualmente grandes! Ella, volvió a mirarme ruborizada, agitada, sin creerse lo que estaba haciendo. Sin embargo, pese a su inicial reparo, volvió a mirarme lascivamente. Tenía claro que no iba a quedarse sin comprobarlo. Su morbosidad y extrema curiosidad le llevó a hacer lo que le pedía. Al contacto de su mano con mis testículos, los cuales palpó a placer, la terminó exclamando: Oh. Berto, “que grandes los tienes”… ¡los debes de tener bien cargados!
La visión de aquella mujer casada, amiga de mi esposa, tocándome los genitales, desnudos en plena playa, me estaba poniendo supercachondo. Estaba completamente salido. Mi erección a esas alturas era mayúscula. Note que no iba a poder contenerme más. Fue cuando pensé en “la posibilidad de follarme aquella mujer”.
Era una situación comprometida para ambos. Era la amiga intima de mi esposa, y yo jamás le había sido infiel a Dora. Pero, en ese momento, no pensaba en otra cosa que poseer aquella divina mujer. Fue entonces cuando le susurré: anoche no pude estar con Dora, por la llamada de mi suegra. Y, la verdad Luisa, llevo más de cuatro días sin descargar. Noto que tengo una gran cantidad de leche acumulada.
Mi confesión fue como un rayo que electrocutó a la mujer. Me miró nuevamente, con rostro enloquecido. Su cara era la de una autentica loba en celo, retadora. Lejos de reprocharme, mientras me continuaba sobando el falo, se dijo para si: uf, llevas cuatro días.
Tuve claro que por la cabeza de aquella mujer estaba pasando el pensamiento de la gran cantidad de semen que debía tener acumulada dentro de mis bolas. Era conocedora de los comentarios de mi esposa sobre mi capacidad sexual, y de que acostumbraba a correrme casi a menudo. Por ello, sin soltar mis genitales, se limitó a decir: Ya veo, ya veo,… “parece que estas a reventar”, ja ja.
La desnudez de su cuerpo, la visión de aquellos senos tan abultados y hermosos, me animó a tomarlos en mis manos acariciándolos. Al sentir mis manos sobre ellos, se reveló, negándose a que se los tocara. Pero, su estado de excitación era tal, que, tras algunos intentos más, me lo permitió. Palpar aquellos senos voluminosos y sensibles, me agito. Al pasar el pulgar por los grandes pezones, note la dureza de estos, y la agitación que produjo mis caricias en la mujer. Los acaricie una y otra vez, pasando mi mano sobre ellos, tomándolos por la base y apretándolos hacia arriba. No pude contenerme más, y acerqué mi boca para lamerlos, y chuparlos con deleite. Me relamía chupando aquellos deliciosos y grandes pezones, logrando obtener los gemidos de ella. Pese a los gemidos de Luisa, aquella no hizo amago de retirar su mano de mi pieza.
La note nerviosa, agitada, acalorada e indecisa. Me sorprendió su actitud, al comprobar cómo se fue arrimando más a una roca, como ocultándose de cualquier mirada extraña desde la playa, volviendo a tomar mi falo en su mano. Me atreví y alargue mi mano para tocar su entrepierna, alcanzando por fin su raja. Cuando mis dedos palparon sus labios vaginales, detecté que estaba totalmente empapada. - oh Dios Luisa, tienes el coño totalmente empapado. ¿Cuánto hace que no follas? Le pregunté sin mayor decoro.
¡Joder… ¿qué preguntas me haces?.. me contesto sorprendida ante mi pregunta. Pero, pese a su respuesta, me di cuenta que no parecía sentirse ofendida por mis palabras. Luisa parecía entregada. Su cara, enrojecida por la pasión del momento, me convenció que debía estar como una loba en celo. Sin retirar su mano de mi falo, me pregunto: ¿no pretenderás metérmela?
No me contuve, diciéndole: ¿acaso no estas desenado tenerla dentro?
-¿que?... ¿estás loco? me contestó super-agitada, pero mostrando una mirada lasciva y morbosa. Aquella mirada lo decía todo.
Me acerqué más a ella, casi pegando mi cara a la suya, susurrándole al oído, con el fin de poder incitarla mas: En el fondo, sé que estas ansiosa por sentir como mi pene abre tu coño al máximo. ¡Necesitas ser clavada cuanto antes! ¿acaso no ves como tienes tu coño? ¡esta ardiendo!
La mujer se agito ante mis palabras, mirando de nuevo hacia la playa, constatando que su cara era un verdadero poema. Sin más comentario, tomé la toalla, la eché sobre la roca en forma de laja allí existente, y la recosté sobre la misma. Me hice paso entre sus piernas, con suma decisión, hasta alcanzar la entrada de su vagina. Aparté un poco los abundantes vellos, y localicé por fin su raja. Sus abultados labios vaginales brillaban al máximo, evidenciando su extrema lubricación. Tome mi falo, le di unas sacudidas, y lo acerque a la entrada.
Pese a ello, no aprecie reproche por parte de la mujer, al margen de su normal nerviosismo. Al contacto de mi glande con los labios vaginales, me di cuenta de la extrema calentura de aquella hembra. Luisa estaba bien caliente, tanto que resultó evidente que estaba desenado sentir mi verga dentro.
Por ello, de un golpe, sin esperar ningún consentimiento, arremetí con fuerza, viendo como mi pene se abría camino e ingresaba más de dos terceras parte dentro de la vagina. La suma estrechez de las paredes vaginales, puso de manifiesto que aún no había sido madre. Es más, me confirmó igualmente, que aquella mujer no había sentido una tranca de mis dimensiones.
-Oh… Berto… que haces… oh nooo.. oh ¡que grande… me abres! exclamó la mujer al sentir la invasión de mi pene.
Pero lejos de detenerme, arremetí con mayor fuerza, abriéndome paso, y terminando por alojarle la totalidad de mi falo dentro de su coño. Mi pene quedó completamente ensartado dentro de la caliente vagina de la amiga de mi esposa. Fue una sensación estremecedora. Tenía a mi merced a aquella deseada mujer.
-Oh Berto… ¿Cómo te has atrevido?... oh ¿Qué has hecho?..oo me.. revientas… o.. – exclamo, contrayéndose ante la dureza de mi penetración. Pero, pese a ello, note como soportó estoicamente mi estocada. Resultó evidente que, pese a la dureza de mi penetración, Luisa estaba deseando tenerla dentro.
Observé las expresiones de su cara, la cual iba cambiando de color a medida que mi falo se revolvía dentro de su vagina. Note tan ardiente su cueva que, enardecido, le dije: Uff Luisa. Tienes ese coño bien caliente. Que delicia. ¿Necesitabas mi polla verdad?
-¡Cabronazo…!.”al final me la has metido”……¡me vas a desgraciar!. ¿Cómo se te ha ocurrido, aquí en plena playa?,…¡donde nos pueden ver!. Oooo como me llenas ooo- terminó exclamando, mientras se retorcía de dolor y placer al mismo tiempo. Me moví con mi verga dentro de su vagina, realizando movimientos circulares para que sintiera la grandeza y poderío de mi pene, logrando verdaderos alaridos de placer de la mujer.
Acto seguido la agarre por las caderas y comencé a sacar y meter mi falo, primero despacio, para ir aumentado el ritmo de mis bombeos. Percibía como mi falo entraba y salía de aquella frondosa vagina, con penetraciones cada vez más intensas, poniendo todo el ahincó posible, clavando mi pene hasta los mismos huevos. Oh despacio oo…. La mujer soportaba mis estocadas, recostada sobre aquella laja, con sus piernas abiertas, mientras la pistoneaba una y otra vez por mi daga.
-Oh… Luisa. ¡qué buena estas! ¿te gusta mi polla verdad? ¿Tenías ganas de sentirla dentro?.- le volví a preguntar, viendo que la mujer estaba comenzando a disfrutar, y que mi palabrería la excitaba más. En el fondo, creo que necesitaba aquella tremenda cogida.
- Oh calla cabronazo. ¡Al final lo has conseguido! Oh si clávamela toda, ho…ohh… Dios es enorme, me ha terminar reventando. Pero, ahora no pares…sigue…así -me respondió.
Ante su petición, aumenté mis bombeos, cada vez con más ritmo, entrando y saliendo de su coño sin parar, entre los alaridos de la misma, constatado que realmente, aquella mujer estaba disfrutando. De hecho, me insistía una y otra vez para que se la metiera con más fuerza.
Estaba sorprendido de la tremenda calentura de aquella mujer. Mi pene perforaba su caliente cueva como si de una perforadora se tratara. Eso la hizo alcanzar el primer orgasmo poco tiempo después. Entre alaridos de placer se agarró a mi cuerpo, mientras apretaba fuertemente sus padres vaginales alrededor de mi tranca, para luego terminar viniéndose y relajándose.
Mi sorpresa fue comprobar que, tras su primer orgasmo, Luisa continuaba ansiosa. La visión de su rostro me dejó claro que quería que la siguiera clavando. Aquella mujer quería más. No me contuve y comencé a nuevo el bombeo, intentando satisfacer al máximo a la amiga de mi esposa. Tras llevar varios minutos de constante penetración, Luisa logró alcanzar dos orgasmos más, casi seguidos. No me lo podía creer.
Tras ese tercer orgasmo la mujer quedó agotada. Pero mi verga seguía dentro de ella. Le dije: Luisa, “tu coño parece una caldera”. Parece como si me fueras a quemar la tranca. ¡Uhm... eres de verdad un sueño!
Me miró a la cara, y escuche que me decía: Si Berto, ¡me noto muy muy caliente! Creo que debe ser el tratamiento. Y al instante, añadió: Tienes que correrte fuera. Si te corres dentro seguro que me dejas embarazada. No me cuido.
Percibí que mi semen subía por el interior de mi vástago de forma imparable, ya que no podía contenerme más. En ese momento sopese la posibilidad de hacerlo dentro. Sin embargo, ella me repitió: Berto… hazlo fuera… ¡no se te ocurra correrte dentro…!
Lo medité, pensando que no era plan de cometer errores. Tampoco sabía como se iba a poner la mujer, por lo que la saque casi en el último momento, lanzando mi primera lechada contra su pubis, y luego deslechandose sobre su vientre. Aunque no fue una corrida copiosa, si es cierto que me corrí con gran ímpetu.
Luisa observó como quedó impregnada de mi semen, y me dijo: Chico… “me dejado toda pringada”. Luego observando los restos del semen, añadió: ¡si te llegas a correr dentro me dejas embarazada!
Tras unos momentos de descanso, ambos nos fuimos hasta la playa, entrando en el agua para poder limpiarnos bien. Luego nos secamos y nos acercamos al coche, para luego regresar hasta la casa. Ella durante el camino de regreso apenas habló. Creo que estaba meditando lo ocurrido. Parecía que se sentía avergonzada. De hecho, antes de llegar me dijo: Oh Berto.. ¿no sé cómo me he podido dejar llevar? De esto nada a nadie. ¡Si se llega a enterar mi esposo se divorcia!, y tu mujer me fulmina.
-Tranquila Luisa. Nadie sabrá nada de esto. Aunque, cuando se marchaba de la casa, le dije: pero, “Yo no me arrepiento nada de lo ocurrido”. Eres una mujer deliciosa.
La amiga de mi esposa se sonrojó marchando para su casa.
Ese día no ocurrió más nada. Ni siquiera recibí una llamada de la misma. Seguramente estaba arrepentida de lo ocurrido. Había sido su primera infidelidad matrimonial con el marido de su mejor amiga.
CONTINUARA
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