Confesiones de una Esposa Insaciable
Isabel escribe a su yo de veinte años, deslizando dedos húmedos entre sus piernas mientras imagina cómo seduciría a su vecino en el ascensor. La rutina del matrimonio la asfixia, pero el recuerdo de su lujuria juvenil arde con más fuerza que nunca.
CAP 2
— Cariño, ¿dónde has puesto la corbata amarilla? La eché a lavar hace dos días y no está en la zona de la plancha.
Javier, el marido de Isabel, vestido con un traje azul marino y una camisa blanca entra en la habitación colocándose los gemelos de las mangas. Rápidamente Isabel guarda el objeto en el cajón y disimula buscando algo.
—Está sobre la cómoda. El pasador estaba algo deshilachado y le he pegado dos puntadas para que no se te descosiera— Dice esperando que su marido no haya visto lo que guardaba.
—Ya lo veo, me voy que llego tarde.
Javier sale olvidando aquel beso que siempre le daba al despedirse.
—De nada — Contesta Isabel cuando éste ya no puede oírle. Afinando el oído intenta buscar el silencio de una gran casa de la que lleva ocupando más de dos años casi a jornada completa, a excepción de las pocas tareas, cada vez menos, que su marido le asigna como su secretaria. Recuerda con excitación aquellas primeras veces dónde Javier, al poco de conocerse y empezar su relación, la hacía llamar a su despacho con la excusa de que le ayudara con su agenda y terminaban sobre la mesa de éste, desnudos, con tan solo una corbata él, y unos tacones de aguja ella, humedeciendo el cristal. Sintiendo en sus cuerpos el efecto vació que la mesa les inducía en cada empujón de sus pieles. Notando la pasión de sus besos. Respirando el jadeante aliento del otro. Olvidando el dolor en las rodillas que el parqué dejaba tras los largos minutos en que ella, arrodillada bajo el escritorio, tragaba un pene de 16 centímetros, duro como un mástil de proa, caliente como los motores de un barco, húmedo como la balsa que se lanza al rescate de un naufrago. Sin poder olvidar aquel placer de recibir la caliente eyaculación entre sus grandes pechos y la delicia de recogerlo con sus dedos, llevándoselos a la boca mientras salía recolocando su ropa de aquel despacho.
La casa le devolvió un sonido hueco. No había ya nadie. Solo ella. De nuevo, solo ella.
Isabel sacó el objeto, se acomodó en la cama, dejo caer su larga melena hacia un lado, y vestida tan solo con un camisón blanco sin ropa interior, comenzó a escribir.
28 de mayo de 2023
Querida Isabel de 20 años,
Llevo unos extraños días pensando en ti. Tal vez te extraña que te escriba. Ahora. Lo hago desde un rincón de mi vida donde los deseos arden sin consuelo. ¿Te acuerdas de esos días, cuando tu piel vibraba al contacto y tu mente estaba llena de fantasías sin límites? Hoy, esa misma piel y mente están atrapadas en una rutina opresiva, sin embargo los fuegos internos, han vuelto a renacer. Intensos. Fuertes. Y me queman por dentro.
Sabes que me casé con Javier, es un hombre de éxito, lo intuiste bien la primera vez que lo viste en aquel bar, jugando al billar con tres amigos, determinado en ser el mejor de todos ellos. Y lo fue, su éxito lo ha llevado lejos, tan lejos que a menudo me siento sola aunque estemos en la misma casa. Ha edificado varios muros de cristaleras con miles de trabajadores a su cargo. Muros y cristaleras que ya apenas frecuento. Por otro lado, estarás orgullosa de nuestro hijo, Alejandro. Ya tiene 18 años, es un joven maravilloso, inteligente, mucho. Guapo y atractivo. Se parece a ti en muchos aspectos. Aunque espero que no en todos. Si te escribo, ahora, por primera vez, es porque necesito contarte realmente lo que ocupa mis pensamientos últimamente.
No tiene nombre propio. Es solo fuego, lujuria, deseo, fantasía, ardor. Gime y se refuerza dentro de mi, como lo hace contigo. Recuerdo esos fuegos cuando vivíamos con Jacobo y Paul en último curso de universidad. Recuerdo la lujuria cuando Sebas me guiñaba un ojo en mitad de la clase de Dirección Comercial, salía al baño y yo esperaba tres minutos para salir también, iba excitada al baño y me encontraba nada más abrir la tercera puerta de los retretes de mujeres con la polla tiesa, apuntándome y esperando que, sin decirle nada, me agachara a sofocarle sus calores. ¿Recuerdas cómo nos llamaba? Mi perrita fiel. Recuerdo ese deseo tan profundo cuando nos lo llamaba. También todas aquellas fantasías. ¿Aún conservas la lista?… Creo que aún quedaban algunas por tachar. Como la de irnos a una playa nudista, y entre las rocas desfogarnos siendo penetradas a la vista que cualquier mirón indiscreto. Pero ahora, estos días, lo que más siento es ardor. Ardor por no poder ser tú, por no ser tan libre, tan comprometida con mi felicidad sexual, tan…. Tan perrita infiel.
Te he dicho que lo que me ocurre no tiene nombre propio. Pero puedo ponerle uno. Marcos. Sabrás quien es dentro de 22 años. Será tu vecino del primero. Tendrás con él un encuentro fortuito en el parque, su sonrisa, su cuerpo trabajado, todo en él te despertará una lujuria que creías enterrada. A tus 42 años, aún conservas tu atractivo y tu forma física, pero ¿de qué sirve si las oportunidades se ven ahogadas por las normas sociales y un matrimonio que es más jaula que hogar?
Isabel, sé que si fueras tú, si fuera yo con 20 años, habrías saltado sobre esta oportunidad sin dudarlo. Hubieras encontrado una excusa para hablar con él, para sentir su piel bajo tus dedos. Te habrías perdido en sus ojos dejado que la química hiciera el resto. No habría habido obstáculos demasiado grandes ni reglas demasiado estrictas para detenerte. Lo hubieras hecho tuyo. Te hubiera hecho suya.
Imagino lo que harías. Creo que no te ofendo al decirte, que escribo esta parte con un par de dedos dentro de mi húmedo coño. Sé que tú lo harías también. Sé que tu lo harás. Lo sé tan bien como sé que un día de estos, esperarías a que Javier se fuera a trabajar y Alejandro a la universidad. Te arreglarías, pero de una manera que parezca casual, como si simplemente hubieras decidido verte irresistible sin motivo alguno. Te hubieras colocado tu mejor escote, tu pantalón más ceñido, tus zapatos más provocativos. Hubieras estudiado cada paso de ese hombre: Sus horarios. Sus salidas. Sus entradas. Y cuando tu lado más zorra te hubiera dado el visto bueno, hubieras provocado un encuentro en el vestíbulo. Un lugar de paso, como lo que te gustan. Un lugar discreto, pero al mismo tiempo a la vista de cualquiera. Un lugar que le dejase intimidad para ser cazado y al mismo tiempo ser cazador.
Le hubieras arrojado un “Buenos días vecino. Un día caluroso el de hoy, ¿verdad?”. Y lo hubieras hecho aunque lloviera, aunque los parques estuvieran helados. Él se habría cortado solo unos segundos. Les pasa a todos. Tú me lo enseñaste. Primero se cortan unos segundos hasta estar seguros de que ellos mandan. Que ello controlan, que no son los cazados, sino los cazadores. Y cuando les dejas el camino para serlo, atacan. Tú hubieras seguido con un “A mi es que estos días me dejan..uf..” y te abanicarías con la mano apuntando al escote, lo obligarías a mirar. Y lo cazarías mirando. Es tuyo. Ya lo es. Y partir de ahí el cazado se erigiría cazador. Tus armas ya nos las necesitarías y solo debes seguirle. En ese momento si sale a la calle lo acompañarías, si sube a su casa subirías con él.
El vuelve a casa del gimnasio. Tu lo sabes, lo has estudiado. Además viene sudado y con ropa de deporte. Haces como que tú también vuelves a casa y abres la puerta del ascensor para que pase. “Vivo en un primero” dice y sonríe él. “Pero después del gimnasio las escaleras al primero pueden parecer un octavo” dices algo sensual insistiendo en que te acompañe dentro.
Has notado su deseo. Has aprendido a olerlo. Pero tienes poco tiempo. Por eso según empieza a cerrarse la puerta te mueves rápida. Has calculado que tienes aproximadamente 20 segundos. No los vas a desaprovechar. Sin perder contacto visual y justo en el momento en que la puerta manual se cierra y las puertas mecánicas empiezan a juntarse entre ellas, das un suave tirón y deslizas tus leggins apretados hacia abajo. Lo haces de forma que deje mostrar lo justo para que observe un tanga negro, de encaje, semitrasparente, donde fijándose un poco podrá apreciar tu húmedo y delicioso coño. Sin apartar tu mirada de la suya y observando como él no puede evitar bajar la mirada hacia tu ropa interior, justo en el momento en el que chocan las puertas entre si y el ascensor hace un suave movimiento para iniciar el ascenso, llevas tus dedos indice y medio por dentro del tanga dirección a tus labios externos. El verá perderse tus dedos debajo de la prenda semitrasparente. Observas cómo su bulto empieza a moverse, sin tener tiempo a reaccionar. El ascensor empieza a subir y te quedan 16 segundos. Localizas tu húmedo clítoris, lo hundes suave con los dedos entre los labios y empiezas a desplazaros arriba y abajo, primero suave, luego más rápido. El ascensor sube y sube el calor. Tus movimientos son cada vez más rápidos. Abres la boca soltando un suave gemido que lo pone aún más cachondo. Te pegas contra la pared opuesta a donde él se ha colocado. Te abres un poco de piernas. 13 segundos. Y aumentas el ritmo. Curvas tu espalda contra la pared acercando tus pechos y tu parte íntima hacia él. Te masturbas más rápida. Está húmedo como ninguna otra vez desde hacía tiempo y notas cómo entre tus dedos el líquido se hace viscoso emitiendo un leve sonido de fricción. No dejas de mirarle. 10 segundos. Gimes un poco más fuerte, pero lo justo para que solo llegue a sus oídos y taladre su cerebro. Aún así llevas los dedos anular y medio de tu mano libre a la boca y ahogas el gemido chupándolos ardiente. 8 segundos. Llega el ascensor a su destino y con un breve golpe se detiene en el primero. Te quedan 6 segundos. Metes tus dedos muy dentro casi hasta los nudillos y los humedeces con tu sabor y tu olor. Vuelves a gemir, esta vez completamente ahogada con los otros dedos en tu boca. El calor es insoportable y él se ve imposibilitado de lanzarse y follarte violentamente contra esa puerta que ambos notáis abrirse lentamente a vuestro lado. Sacas primero los dedos de tus labios superiores. Después, más despacio, los de los inferiores. Los separas un poco para que aviste ese liquido entre los dedos. 4 segundos. Te llevas estos últimos a la boca y los relames con tantas ganas como si fuera la polla de tu vecino. 3 segundos. Él se muerde los labios como si tuviera tu sabor en su boca. Pero no lo tiene. No esta vez. 2 segundos. Los sacas y y él ve como tragas tu propio sabor a coño. 1 segundo. Te subes los leggins y ocultas su vicio. Clac. El ascensor está listo para que empujes la puerta exterior, lo mires por última ve esa mañana y saliendo digas: “Qué pena que no te hayas mudado al octavo, hasta otra vecino”. Y ahora eres tú la que subes el resto de pisos, ágil, por la escalera haciendo que no pueda evitar tu despampanante culo botar por ellas.
Pero esa era tú. Hoy, yo solo puedo soñar con eso. Vivo entre las paredes de un matrimonio aburrido, lleno de normas sociales que me ahogan. No me malinterpretes, amo a Javier y nuestra familia, pero esta vida no deja espacio para esa chispa salvaje que aún arde dentro de mí. Estoy dividida entre el deber y el deseo, entre lo que debo ser y lo que quiero ser.
Siento una disociación cognitiva cada día. Mis pensamientos me traicionan, llevándome a imaginar qué podría ser, mientras mis acciones se quedan atrapadas en la monotonía de humedecer mi clítoris con mis propias manos.
Quizás algún día encuentre el coraje de romper estas cadenas, de permitirme vivir nuevamente, aunque sea solo por un momento. Hasta entonces, seguiré soñando con lo que pudo ser, con la lujuria de mi juventud que nunca se ha apagado del todo…
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