Xtories

La becaria

Daniel siempre pensó que las prácticas serían una pérdida de tiempo. Pero cuando la joven Gloria se queda a trabajar a solas con él, la tensión en el despacho se vuelve insoportable. Esta vez, no hay prisa por irse a casa.

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Trabajo como responsable del área jurídica de una empresa. No es una empresa demasiado grande, pero sí con el suficiente volumen como para tener varios cargos de cierta responsabilidad para la gestión y toma de decisiones.

Una de mis compañeras, responsable del área de finanzas de la empresa, tiene muy buena relación, a través de su marido, con una universidad de la zona. A través de esta relación ha aceptado, con la autorización de la dirección de la empresa, que durante dos cursos, algunos de los alumnos de la Facultad de Administración y Dirección de Empresas, hagan las prácticas necesarias para obtener el título universitario, en nuestra empresa.

A mí eso no me gusta. Desde el primer momento así se lo hice saber:

- No me gusta tener gente que no sabe, a la que hay que enseñar y que, al final, nos va a hacer perder el tiempo –planteé en la reunión dónde Marisa expuso la solicitud formalmente realizada por la Universidad a la jefatura de la empresa.

- No te preocupes Daniel. Seré la tutora de la persona que venga a hacer las prácticas. Tú ni te enterarás de que está con nosotros –me dijo para convencernos, tanto a mí como a los jefes.

Finalmente, su propuesta fue aceptada y se firmó un convenio de colaboración con la universidad. El principal motivo por el que los dueños de la empresa dieron su consentimiento fue la aportación económica que la universidad haría a la empresa en compensación por acoger a uno de sus alumnos durante cuatro meses.

Apenas dos semanas después de firmado el convenio de colaboración, una joven estudiante de último curso de Administración y Dirección de Empresas comenzó a hacer sus prácticas con nosotros. Se trataba de una joven, de unos 22 años de edad, muy mona de cara. Delgadita de piel y pelo morenos, estatura mediana. Siempre que veo a una mujer, de forma mecánica, analizo con todo el detenimiento que me es posible, su aspecto físico. Esta chica, resultó llamarse Gloria, parecía aún más joven de lo que realmente era: apenas se apreciaban los bultos de sus pechos bajo su ropa, y su culo, aunque con la forma y curvas que tanto me gustan, apenas permitiría que mi mano abierta sobre él, no se saliera por los lados.

- Buenos días, Daniel –me dijo una sonriente Marisa, antes de entrar a mi despacho.

- Buenos días, Marisa –le respondí.

- Te voy a presentar a Gloria, la chica de la universidad que hará las prácticas con nosotros –me dijo, a la vez que ella misma y la tal Gloria, pasaron a mi despacho.

- Encantado, Gloria –respondí poniéndome de pie y alargando mi brazo para estrechar su mano.

- Igualmente, Daniel. Muchas gracias por recibirme tan bien –dijo de forma muy educada y cortés.

- Agradéceselo a tu tutora –dije en referencia a Marisa-. Ella es quién ha puesto todo el empeño en que estés aquí –añadí.

Tras intercambiar algunas frases, ambas mujeres abandonaron mi despacho, momento en el que pude contemplar y comparar sus dos cuerpos, vistos desde atrás: el de Marisa, que acababa de cumplir los 40 años, era el cuerpo de una mujer madura y atractiva. Era cierto que había ganado algo de peso en los últimos años, pero esos kilos los había repartido muy bien, y seguía luciendo una figura sinuosa y atractiva. Por su lado, la joven Gloria, mucho más delgada, ofrecía un cuerpo estilizado y armónico, bien formado y, como ya expliqué, con las curvas y formas adecuadas, aunque tenía la sensación de que con los años mejoraría mucho más, pues para mi gusto, le faltaba algo de volumen. Eso sí, a pesar de ello no resultaba menos sensual.

Gloria se acomodó en el despacho de Marisa, las dos trabajaron juntas y pareció que encajaban a las mil maravillas. Entre ellas había mucha conversación, muchas risas y, según me pareció, alguna confidencia. Incluso, Marisa acercó a Gloria hasta su casa alguna tarde en la que su novio no pudo pasar a recogerla, ya que la chica no tenía vehículo, y el trayecto en transporte público debía de ser realmente largo y engorroso.

Pasaron algunas semanas. Gloria se adaptó al trabajo en la empresa, colaboraba con mucho empeño y, según me comentó Marisa en alguna ocasión, era una chica lista que aprendía con facilidad y en quién se podían confiar tareas cada vez más complejas.

Pero sucedió un hecho con el que nadie contaba: La madre de Marisa, que vive bastante lejos de nuestra ciudad, cayó enferma. El día que lo supo, vino inmediatamente a verme:

- Daniel, mi madre está enferma. No sabemos muy bien que le ocurre, pero después de ir en varias ocasiones al hospital, ayer la dejaron ingresada. Quiero ir con ella, pero ya sabes que vive muy lejos, no podré trabajar durante el tiempo que esté allí –me explicó, realmente preocupada.

- Claro, es lógico que quieras estar con ella, aunque seguro que es un pequeño achaque que lo supera sin mayores consecuencias. ¿Se lo has dicho ya a los jefes? –le pregunté.

- No, iba a hacerlo ahora, pero es que quiero pedirte un favor. Bueno, realmente quiero pedirte dos favores –me dijo.

- Sabes que puedes pedirme lo que haga falta –le respondí, intentando ponerme en su situación.

- Me gustaría que estuvieras un poco pendiente del personal de Finanzas. Ellos saben muy bien lo que tienen que hacer, y no dan nunca ningún problema, pero me gustaría que puedan recurrir a ti si tienen algún problema o alguna duda –me pidió.

- Sin ningún problema, Marisa –le respondí.

- El segundo favor es que te hagas cargo de Gloria –me dijo, bajando la voz, sabiendo mi opinión sobre esas prácticas.

- Joder, Marisa. Al final me como yo tu capricho como tutora de la chica –le respondí, olvidando por instante su preocupación por su madre.

- Daniel, por favor. Es por no perjudicar a la chica. Si no puede terminar las prácticas, la vamos a joder, tendrá que esperar hasta el próximo curso para volver a iniciar unas prácticas para obtener su título universitario –me explicó.

- Lo sé, lo sé. Por eso he dicho que me lo voy a comer yo. Doy por hecho que no puedo decir que no –le dije.

- ¡Gracias Daniel! Eres un cielo –me dijo, contenta de verdad, y se abalanzó sobre mí para darme un abrazo, agradecida-. Ya verás que la chica es un encanto, que aprende muy rápido y que, a pesar de tus reticencias, te va ayudar a que te descargues de parte de tu trabajo –añadió.

Terminamos la conversación deseándole una pronta recuperación a su madre, y un buen viaje para ella, puesto que tendría por delante un trayecto de algo más de 6 horas conduciendo.

Apenas unos minutos después de que Marisa se retirara de mi despacho, hizo acto de presencia Gloria. Con su angelical y sempiterna sonrisa, llamó a la puerta pidiendo permiso para pasar.

- Entra, Gloria, buenos días –le dije, con toda la cordialidad que pude.

- Buenos días –respondió la chica, algo tímida.

- Ya te habrá contado Marisa las novedades, ¿verdad? –le pregunté.

- Sí, acaba de decírmelo –respondió de nuevo Gloria.

- Bueno, pues no nos queda otra opción que llevarnos bien y trabajar juntos –le dije, tratando de sonreírle.

- Puedes pedirme lo que quieras, algunas cosas ya las sé, y otras las iré aprendiendo –me respondió, muy segura de sí misma.

- Poco a poco, Gloria. Lo primero que debes aprender es que, para poder hacer un buen trabajo, nada mejor que estar muy despejado. Para lograrlo, lo primero que hago es ponerme un café. ¿Tú cómo lo tomas? –le pregunté, a la vez que me levanté de mi sillón para dirigirme a la pequeña cafetera de cápsulas anunciada por el famoso actor de Hollywood.

- No soy muy de café, si tienes descafeinado… -dijo Gloria.

- Sí claro, hay descafeinado, pero eso no logrará despejarte. Tú misma… -le dije riendo.

Finalmente accedió a tomar un café suave; al menos contenía algo de cafeína. Los 15 minutos del café los aproveché para conocerla un poco más, manteniendo una conversación distendida y relajada. Había perdido a su madre hacía algunos años, cuando ella era apenas una adolescente. Era hija única, su padre viajaba mucho por motivos de trabajo y desde hacía poco más de 6 meses tenía novio, aunque pude apreciar que le daba bastante más importancia a su futuro laboral y profesional, que a la relación que pudiera mantener con aquél chico.

Por lo demás, era una chica como cualquier otra de su edad: le gustaba bailar, el cine, pasear, viajar, tostarse al sol en la playa y la moda. La prueba de ello era que cada día llevaba un modelito distinto, no recordaba haberla visto repetir ninguno, y ya hacía días que estaba con nosotros y, he de decir, y así se lo dije a ella, que tenía bastante buen gusto eligiendo modelos y colores.

Después del café, comenzamos a trabajar de verdad. Empecé enseñándole en qué consistía mi trabajo y explicándole los dos o tres temas en los que estaba trabajando en esos días. Pronto comprendí que la chica era tan lista como Marisa me había dicho. Le pedí que obtuviera algunos listados de proveedores y precios de algunos productos determinados. Manejaba las aplicaciones informáticas a las mil maravillas.

Cada día comenzaba del mismo modo: nos tomábamos un café, mientras manteníamos una conversación distendida y relajada, incluso con alguna broma entre nosotros para, posteriormente, sumergirnos en el trabajo, en el que cada día la iba exigiendo un poco más, obteniendo siempre una respuesta más que óptima por su parte.

Tras casi dos semanas más, Gloria y yo trabajábamos juntos casi como si lo hubiéramos hecho durante toda nuestra vida. Había pasado por alto hasta entonces que Gloria utilizaba gafas. La chica no es la más guapa de la ciudad, pero tampoco es para nada fea, y las gafas complementan de forma ideal su rostro, dándole un morbo especial.

El hecho de compartir despacho supuso una cercanía física entre los dos que, en más de una ocasión, provocó que nuestros cuerpos se rozasen. A pesar de la delgadez de la chica, aquellos roces eran muy estimulantes, y si a ello le unimos el hecho de que la tenía todo el día delante de mis ojos, a veces con modelitos que dejaban poco lugar a la imaginación, daba como resultado que mi verga, en varios momentos, adquirió vida propia, tratando de salir por la fuerza de su erección, del encierro del pantalón.

Una mañana le pedí que, por favor, se quedara un rato más de la hora de salida: tenía que preparar un par de informes bastante importantes que serían vistos por el Consejo de Administración de la empresa a la mañana siguiente, y quería estar seguro de que los tendría a tiempo.

- Sí claro, puedo quedarme. Mi novio no va a venir a buscarme, y mi padre está de viaje, así que… nadie me espera en casa –me respondió.

- Muchas gracias, Gloria, y no te preocupes, luego te acerco a tu casa –me ofrecí.

- En ese caso, la agradecida soy yo. Hace unos días que rompí con mi novio, por eso no va a venir a buscarme –se sinceró Gloria conmigo.

No quise ahondar más en el tema, me limité a darle un cariñoso apretón en su brazo derecho, y continuamos trabajando.

Aquel día fue bastante intenso y, he de reconocer, Gloria me supuso un apoyo fundamental para permitirme terminar con todos los informes a tiempo. Poco después de las 7 de la tarde por fin dimos por terminada la jornada.

Era jueves, por lo que había cierto ambiente en el centro de la ciudad, con jóvenes que comenzaban a disfrutar de los prolegómenos del fin de semana.

- Gloria, te invito a tomar algo antes de dejarte en tu casa. Te lo has ganado con creces y te estoy muy agradecido por todo lo que has hecho por mí, tanto estos días, como hoy especialmente –le propuse, sinceramente agradecido.

- Perfecto, me encantará tomar un par de cervezas antes de encerrarme en casa. Necesito despejar mi cabeza de mis líos sentimentales –me respondió.

Mientras salíamos del edificio, atravesando un largo pasillo, llevando a Gloria unos pasos por delante de mí, puesto que me entretuve cerrando la puerta del despacho con llave, pude observar como su larga y vaporosa falda, dejaba entrever la silueta de sus piernas hasta muy, muy arriba, gracias al trasluz que se produjo en el largo pasillo. La verdad era que, vista así, Gloria estaba para partirla por la mitad de un buen pollazo.

Nos dirigimos en mi vehículo hasta el centro de la ciudad, para aparcar en un parking subterráneo muy cercano a los locales en los que poder tomar algo. Durante el corto trayecto, Gloria me explicó que la razón por la que había roto con su novio había sido una infidelidad de éste. Al parecer se había enrollado con una de sus amigas, y no una vez, si no varias.

Traté de consolarla con lo típico que se dice en estos casos: ese tipo no te merece, el mundo está lleno de hombres que sabrán valorar todo lo que tu vales y que te harán feliz de verdad, y, por supuesto, le dije que aún era muy joven, que quizá lo que la convenía en ese momento era vivir la vida, divertirse y no atarse a nadie.

Gloria se mostró agradecida por mis palabras, y nos tomamos una primera ronda de cerveza en la que brindamos por su recién recuperada libertad.

La tarde fue pasando, las cervezas fueron sustituidas por algún combinado alcohólico de más graduación, y acabamos tomando algo en un pub en el que ponían música bailable. Sin darnos cuenta de cómo sucedió, me vi en la pista con Gloria, bailando ritmos como bachata, merengue y salsa.

Con lo uno vino lo otro. Es decir, con el baile vinieron los roces y las miradas y poses insinuantes. Las pequeñas tetas de Gloria estaban coronadas por dos suculentos pezones, que se hicieron notar gracias al abultamiento que experimentaron, dibujándose perfectamente bajo el suave y ajustado top, de color blanco, que vestía. Fue entonces cuando me di cuenta de que no llevaba sujetador.

Cada vez me fui atreviendo a más, hasta que en uno de nuestros bailes rocé, sin ningún prejuicio, su culo con mi polla, la cual llevaba un buen rato imitando al periscopio de un submarino.

Gloria no se asustó ni se molestó. Todo lo contrario. Ella también provocó que los roces entre nosotros fueran más nítidos, intensos y constantes. Me estaba poniendo muy malito con todo aquello: el morbo de disfrutar así de una jovencita, de aspecto aún más joven de lo que realmente era, embutida en un ajustado top, marcando pezones, con sus perfectamente moldeadas piernas que había visto hacía un rato bajo su falda, el roce ya casi constante con sus pechos y su culito y, además, ese aire morboso que le otorgaban las gafas. Todo estaba contribuyendo a que estuviera más cachondo que un mandril en celo.

En un instante que la música paró, algo me empujó a hacer lo que hice: estreché a Gloria entre mis brazos y, sin decir una sola palabra, busqué su boca con la mía. Ella, inmediatamente, abrió sus labios y permitió que mi lengua entrara triunfal en su boca, lamiendo y rozando su propia lengua. Comenzamos a besarnos de un modo absolutamente apasionado, entregados los dos a disfrutar de la boca del otro, iniciando el recorrido del cuerpo del otro con nuestras propias manos, olvidándonos de estar en público. Ante aquello, sus pezones se mostraron aún más duros y gruesos, así como mi verga, que se endureció aún más de lo que ya estaba.

- Vámonos, jefe –me dijo en tono cariñoso-. Voy a seguir tu consejo, y voy a empezar a disfrutar de lo que la vida me ofrece. Voy a hacerlo hoy mismo, sin esperar más –añadió.

- Estaré encantado de servirte como “diversión” –le respondí.

Apuramos nuestras consumiciones y nos dirigimos de forma casi apresurada hasta el parking, para tomar de nuevo el vehículo y dirigirnos a su casa, ya que me recordó que esa noche estaría sola.

El trayecto duró poco menos de 10 minutos. Vivía en una bonita vivienda unifamiliar a las afueras de la ciudad. Pero, en esos poco menos de 10 minutos nos dio tiempo para besarnos de nuevo, para devorarnos son pasión de adolescentes, para que Gloria sobara mi muslo más cercano a ella, plantando su mano sobre el abultamiento que mi tranca había dibujado en el pantalón, y para que yo hiciera lo mismo con su cuerpo: sobé su muslo, sus pequeños pechos, sus pezones… y a punto estuve de subirle la falda en un semáforo, para buscar su joven chochito con mis dedos, pero me contuve, aunque aquella contención me produjo más excitación.

Apenas entramos en su casa, volvimos a enzarzarnos en un beso. Ya no había miradas indiscretas, ni música de fondo: la única melodía que se escuchaba era el roce de nuestros cuerpos, la respiración entrecortada, algún incipiente gemido y una petición de Gloria:

- Fóllame como siempre hayas soñado follarte a una chica de mi edad –me dijo.

- ¿Estás segura? –le pregunté, más que nada por alargar el momento.

- Completamente –me respondió, a la vez que con su mano derecha sobó mi entrepierna.

Empujé a Gloria contra una pared, abriendo sus piernas con una de mis rodillas, parecía que fuera a cachearla. Lo que hice fue presionar su culo con mi verga a través de la ropa, sobar su cuerpo, besar su cuello, apartar su pelo y morderle con mis labios en la nuca, haciéndola estremecer.

Comencé a moverme detrás de ella, presionando una y otra vez con mi polla dura y caliente en su delgadito y respingón culito. Ella gimió, se estremeció, alargó una de sus manos para agarrarse a mi culo, y tiró de mi contra su propio cuerpo: tenía ganas de que la dieran caña.

Tiré de la cremallera de su falda e hice que esta cayera al suelo. La pedazo de zorra no llevaba ropa interior. Por eso la imagen al trasluz de sus piernas había resultado casi infinita. Acaricié suavemente cada una de sus nalgas, delicadas y de aspecto frágil. Pero, de inmediato, propiné una buena palmada en una de ellas. Gloria se quejó, hizo incluso amago de querer escapar a mi control, pero la retuve, se contuvo y soportó un segundo palmetazo, esta vez en la otra nalga.

Me aparté de su cuerpo un paso, sin dejar de sujetarla con una de mis manos: el aspecto de su culito era delicioso, mostrando la rojez producida por los palmetazos que acaba de darle. Me arrodillé tras ella y lamí y besé cada una de sus marcas, cada huella de mis dedos y de mis manos en su culo, a la vez que mis dedos se deslizaron entre ambas piernas para rozar los labios de su chochito. Estaba mojada, empapada. Una buena dosis de fluidos había encharcado ya su joven coño y sus finos labios.

Sin dejar de besar y acariciar con la lengua sus nalgas e, incluso, su ano, mis dedos fueron abriéndose camino entre los labios de su coño, profundizando en su cuerpo antes de comenzar a masturbarla.

Cuando lo hice, cuando mis dedos comenzaron a follar su coño como si de una polla se tratase, Gloria gimió de placer, el cual se multiplicó cuando mi lengua se abrió paso en su ano, lamiéndolo y besándolo de forma constante e intensa.

La propia Gloria bajó una de sus manos hasta su coño para acariciarse y estimularse el clítoris con sus dedos.

Gimió, suspiró, jadeó y su respiración se hizo acelerada y entrecortada. Mis dedos entraban y salían, cada vez con más velocidad y más profundamente, de su encharcado y ardiente coño, cuyos labios se habían abierto con una flor al sol.

Poco después, la chica incrementó el ritmo al que se estimulaba el clítoris, tirando de él con sus dedos, presionándolo de nuevo, para volver a tirar con fuerza del pequeño y duro garbancito que tanto placer le estaba dando. A la vez, yo incrementé el ritmo con el que la masturbaba, presionando con más fuerza cada vez que mis dedos se adentraban en sus entrañas. En apenas un minuto más una fenomenal corrida la hizo sucumbir: sus piernas temblaron, su garganta gritó, su coño escupió una gran cantidad de fluidos, y mis dedos casi murieron ahogados entre el calor, la presión de su coño y el chorro de néctar que se les vino encima.

Poco a poco fui abandonando la estimulación de su chochito. Cuando por fin lo hice, la obligué a darse la vuelta. Volví a besarla pero, además de la lengua, también le introduje mis dedos cargados con la esencia de su placer: los devoró, los chupó y succionó con verdadero deleite, para incrementar mi morbo.

Y, cuando dio por terminado el festín de mis dedos, fue ella quien se arrodilló delante de mí para despojarme del pantalón y del bóxer y extraer mi dura y crecida polla de su interior. La contempló con devoción durante unos instantes antes de meterla en su boca y lamerla despacio.

Lo hizo con calma, con suavidad, como si temiera hacerme daño. Con la lengua fuera lamió mi verga, desde su punto de unión con mis huevos, hasta la punta. Una y otra vez, sin soltar una de sus manos de ella, y sin dejar de acariciar mis huevos con la otra mano.

Tras algunas pasadas más de su lengua, volvió a abrir la boca y se introdujo gran parte de mi polla dentro, cerrando y apretando sus labios contra ella, para sacarla poco a poco de su interior, terminando por succionar mi capullo.

El placer que me proporcionó fue inmenso. Era muy morboso tenerla así, con mi verga ocupando su boca, con su joven y frágil cuerpo aún abatido por el reciente orgasmo y, por supuesto, mirándome a través de sus morbosas gafas.

A continuación la empujé con mi verga hasta hacerla apoyar su cabeza en la pared, lo que aproveché para follarle la boca con intensidad, casi con violencia. Con cada embestida por mi parte, mi polla se introducía un poco más en su boca, hasta casi hundirse por entero, obstruyendo su garganta y provocándole que se cayeran las babas y que apenas pudiera respirar.

Tras unos minutos más así, sometiendo su boca al castigo constante de mi polla, hice que se levantase de nuevo. Y otra vez la di la vuelta para apoyarla de nuevo contra la pared. Esta vez fue mi polla la que entró en su fino coño. Lo hice de un solo empujón, tras colocarla con una de mis manos entre sus labios, presionando con fuerza y determinación, haciendo que un grito saliera de su garganta, grito que ahogó con los siguientes que vinieron después, uno por cada una de mis embestidas, hasta que su joven y delicado chochito se acostumbró a la presencia de mi gruesa y madura polla.

La follé con fuerza, con rabia, con todas las ganas acumuladas, con la imagen de todas las jovencitas a las que quisiera haber follado y no pude.

Metí y saqué mi polla de su cuerpo una y otra vez, reventando su coño con cada nueva embestida, sacudiendo nuevos palmetazos en sus nalgas, hasta hacerlas enrojecer, ardientes y doloridas.

Hasta que, por fin, me corrí. Mi semen fue a estrellarse en las paredes de su vagina, llenando su coño, mezclándose con sus fluidos, llevándola a sentir un nuevo orgasmo, estimulados todos sus sentidos y sometida a mi voluntad.

Ambos temblamos de placer, gimiendo y gritando a la vez, con la respiración entrecortada y los jadeos muy presentes, moviéndonos ambos en busca alargar el placer, de llevarlo hasta el infinito hasta que nuestros cuerpos no pudieron más, y acabamos los dos tendidos en el suelo.

Esta fue la primera de una buena lista de encuentros con Gloria que, si vosotros lo queréis, os iré desgranando.