Xtories

Nuevo en la oficina

La oficina se vacía y el silencio solo lo rompe el sonido de sus respiraciones. Claudia sabe que él la desea, y esta noche decide dejar de insinuarlo para hacerlo realidad.

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Esta es la historia de cómo, en mi primer trabajo, tuve la enorme e inesperada suerte de acabar entre las piernas de una mujer que, ante mis ojos jóvenes e inexpertos, era una verdadera diosa.

De esto hace ya muchos años. Yo apenas tenía 21, y muy poca experiencia sexual, a la que suplía con unas ganas terribles e irrefrenables de tener sexo.

Todo comenzó durante las vacaciones de verano de la facultad. Tenía muchas ganas de trabajar, de probar suerte en el mercado laboral para poder ganarme algún dinero y ganar así en independencia. Mi familia era muy humilde, bastante tenían con costearme la carrera y todo lo que ello suponía.

Así que, el primer día de vacaciones comencé a buscar trabajo a través, principalmente, del famoso diario que entonces se editaba con anuncios por palabras. Hice una pequeña lista con las ofertas más interesantes y me dispuse a llamar. En casi todas las empresas la respuesta fue la misma: tras una breve conversación en la que me preguntaron por algunos datos básicos personales y de estudios, me invitaron a enviarles mi curriculum, con una fotografía reciente. Y a esperar.

En casi todas, salvo en una. Se trataba de una promotora inmobiliaria, ubicada junto a la estación de metro de Rubén Darío en Madrid, justo al lado de la Oficina del Defensor del Pueblo. Un sitio bien. Aquí, tras una breve conversación una mujer, ésta me pidió que me acercara esa misma tarde por la oficina, entre las 16:00 y las 18:00 horas, para mantener una pequeña entrevista con el Gerente.

Hecho un manojo de nervios y vestido como decía la canción: arreglado pero informal, me dirigí a la dirección de la empresa dónde debía hacer la entrevista de trabajo. Llegué a las 16:15 aproximadamente.

Al entrar me dirigí al pequeño mostrador de recepción, en el que una mujer de poco más de 30 años, con media melena de color caoba oscuro, me preguntó qué quería:

- Buenas tardes, me llamo Daniel, me han citado para una entrevista de trabajo.

- Buenas tardes, Daniel. Llegas un poco pronto, el jefe no llega hasta las 16:30. Puedes sentarte allí, si quieres (me indicó unos sillones alrededor de una pequeña mesa llena de folletos informativos sobre promociones inmobiliarias y alguna revista del sector.

- Gracias (respondí, tratando de que mis ojos se mantuvieran mirándole a la cara y no al prometedor bulto que sus tetas dibujaban en su blusa.

Me acomodé en uno de los sillones, sin saber muy bien qué hacer. Ojeé una de las revistas mientras hacía una pequeña revisión del lugar. Se trataba de una oficina a pie de calle, un local de gran altura, la cual se aprovechaba, al fondo del mismo, para habilitar una especie de altillo en el que se ubicaban 2 despachos, desde los que era fácil controlar toda la zona de abajo, en la que se disponían 5 puestos de trabajo, uno a modo de recepción y los otros 4 más al fondo. Frente a la pequeña recepción se ubicaban los sillones y la mesita en los que me invitaron a esperar.

Además de la escalera que conducía a la parte alta, pude ver 2 puertas: una que daba acceso a los aseos y otra que, después descubrí, conducía a un sótano que hacía las veces de archivo y almacén de material de oficina y limpieza.

Lo más reseñable de la oficina era que estaba ocupada por 4 mujeres. Yo calculé que sus edades debían estar entre los 28 y los 40 años, a cual más guapa y con un cuerpo más espectacular, y vestidas de un modo que, sin enseñar nada lo insinuaban casi todo. Me dije que, independientemente del resultado de la entrevista, esa tarde ya había merecido la pena.

Durante los 20 minutos que estuve esperando aquello parecía, más que la oficina de una promotora inmobiliaria, una pasarela de modelos. Las 3 mujeres que trabajan al fondo de la oficina salieron varias veces hasta la que ocupaba la recepción, para llevarla distintos números de teléfono e indicarle que contactará con personas y empresas. Siempre que pasaban por mi lado me dirigían una mirada y una sonrisa que, a mis 21 años cargados de hormonas, no dejaron de parecerme una invitación constante para probar cada uno de sus cuerpos. No podía evitar imaginarlas en ropa interior sexy y provocativa. Trataba de adivinar cómo sería la ropa interior de cada una de ellas, si llevarían el sexo depilado o no, o cómo serían en la cama. Todo ello produjo que en mi entrepierna creciera una erección que, a su vez, me provocó una gran vergüenza cuando, pasados unos 20 minutos, la recepcionista me indicó que, el señor que acaba de pasar, y del que apenas me había dado cuenta, era el Gerente y me estaba esperando en su despacho, arriba de las escaleras.

Como pude traté de ocultar el enorme bulto que, en mis dockers color beige claro, había crecido. La recepcionista me acompañó hasta el comienzo de la escalera, dedicándome una sonrisa que, todavía hoy, no sé si era simple cortesía o una muestra inequívoca de que se había dado cuenta de lo que me acababa de pasar.

El Gerente me esperó en la puerta de su despacho al que me invitó a pasar tras estrechar mi mano y presentarse. Su nombre era Joaquín Bellido. El despacho era un habitáculo moderno y funcional, como el resto de la oficina. Me invitó a tomar asiento y comenzó a charlar de modo natural y desenfadado.

- Veo que ya has conocido a las chicas –me dijo.

- Sí, bueno, las he visto pasar.

- Sí, ya me he dado cuenta, y creo que no soy el único, de que las has visto pasar – me dijo con una sonrisa maliciosa.

Tras las preguntas de rigor sobre mi nivel de estudios, experiencia profesional previa, disponibilidad para trabajar en turno partido de lunes a jueves, los viernes la jornada terminaba a las 14:00 horas, y alguna otra cuestión más trivial, me dijo que el puesto era mío.

No pude disimular mi sorpresa. Generalmente nunca, tras una primera entrevista, había una respuesta tan clara y favorable. El Sr. Bellido debió leer la sorpresa en mi cara:

- Mira Daniel, tengo un puesto libre que debo cubrir. Ya hay 4 mujeres trabajando aquí, más la persona que ocupa el despacho de al lado, que también es mujer: la mía. Tengo que compensar esto, o mi testosterona me hará reventar. Lo comprendes ¿verdad?

- Bueno sí, no tengo nada en contra de que me contrata, por supuesto que no. Sólo que no esperaba una respuesta hoy. Ya sabe, siempre se dice eso de: ya te llamaremos –le respondí, tratando de salir airoso y sin aludir a su referencia a la cantidad de mujeres y la carga de testosterona.

- Pues sí estás de acuerdo, te paso con Irene, te toma todos tus datos y prepara el contrato. Mañana puedes empezar, a las 9:00.

En señal de respuesta estreché de nuevo su mano, me dirigió a la tal Claudia, un bellezón más o menos como yo de alta, pelo castaño claro, ojos del mismo azul que los cielos que pintó Velázquez, y con una silueta capaz de resucitar a cualquier muerto. De hecho volvió a poner en estado de alerta a mi “amigo”.

El viaje de vuelta a casa lo hice contento, feliz y nervioso. Había conseguido trabajo, en un lugar que parecía un buen sitio y, además, iba a estar rodeado de 4 mujeres a cual más guapa y espectacular.

Cuando llegué a mi casa no había nadie, aproveché para darme una ducha y también para masturbarme. Fue algo instintivo, no premeditado. No podía quitarme de la cabeza a las que, desde el día siguiente, serían mis compañeras de trabajo. Sus nombres eran Claudia, Sara (la de recepción), Gema y Ana. Dejé que el agua de la ducha acariciara mi piel, ya bastante caliente con la nueva erección que estaba teniendo, mientras una de mis manos acariciaba suavemente mis testículos y la otra se deslizaba suave pero firmemente por mi polla. Arriba y abajo, cargando mis huevos hasta el límite, momento en el que solté tres potentes chorros de leche contra la pared de la ducha, acompañados de un ronco gruñido de placer.

Al día siguiente comencé a trabajar. Me asignaron una de las mesas de trabajo del fondo. En principio para hacer tareas sencillas y aburridas: fotocopias de documentos, búsqueda de expedientes en el archivo, atender algunas llamadas, llevar o recoger documentos de la Notaría, y tareas similares. Pero no me quejaba. Tenía un sueldo. Mi primer sueldo. Ya podía comenzar a ser un poco más independiente, ya podía empezar a permitirme algunos caprichos y, además, estaba rodeado de 5 mujeres, las 4 compañeras más la mujer del Sr. Bellido: Carmen. Una mujer de unos 50 años que iba de vez en cuando, de rictus serio y facciones duras, que retenía un halo de belleza y que conservaba un cuerpo atractivo y sugerente. El Sr. Bellido era un tío con suerte.

Cada tarde, al volver a casa, repetía la misma rutina: me daba una ducha, en la que aprovechaba para masturbarme mientras me imaginaba con cada una de mis compañeras. Ese fue el modo en que, en mi imaginación, follé con todas ellas, la forma en la que sentí como sus labios y sus lenguas hacían arder mi polla hasta derramar hasta la última gota de mi leche en sus bocas. De ese modo, cada día, tenía sexo con cada una de ellas.

En la oficina, más de una vez tuve que refugiarme en el baño, no para masturbarme, pues no me atreví a tanto con ellas tan cerca, pero sí para colocarme la erección y hacerla un poco más disimulable. Me pasaba el día empalmado, con la polla dura como el astil de un pico. Y ellas no dejaban de sonreírme, me trataban con dulzura, con mucha dulzura, y más de una vez pude darme cuenta de que, tras hablar conmigo, cuchicheaban entre ellas mientras me miraban, al principio de forma disimulada, pero poco a poco con más descaro.

He de decir que, con mis 21 años, yo era un chico no demasiado alto (no lo soy) pero tampoco bajito. Estaba bastante delgado, fibroso, pelo negro, abundante y un poco revuelto, y ojos oscuros. Yo no me veía excesivamente guapo, pero sí que tenía un punto.

Tras varios días de trabajo, en los que poco a poco fui soltándome y manteniendo alguna conversación sin mayor trascendencia con las chicas, y tras una serie de llamadas y una documentación que el propio Sr. Bellido me hizo ir a buscar a la Notaría, se armó bastante revuelo. El jefe se enfadó bastante y todas ellas fueron desfilando, de una en una, por su despacho. Era evidente que algo había salido mal. Mientras yo estaba ordenando la documentación de varias carpetas de archivo que debía colocar en su sitio, el Sr. Bellido me llamó desde la parte alta de la escalera. Subí de inmediato, no estaba el horno para bollos.

- Daniel, ha habido un problema. No sabemos por qué ni cómo, pero se han escriturado un montón de plazas de garaje a quiénes no son sus propietarios. Alguna de tus compañeras, o todas, no sé todavía quién ha tenido la culpa, ha confundido las referencias de cada una de las plazas y se han escriturado a titulares erróneos. Claudia y tú os vais a quedar esta tarde, al cierre, y vais a hacer una nueva lista con cada una de las plazas, sus referencias y sus titulares correctos. Mañana hay que llevar esa lista a la notaría para rectificar todos los errores.

- Sí, no se preocupe. No hay problema –fue mi respuesta.

El Sr. Bellido me dio una palmada en la espalda, señal inequívoca de que mi presencia ante él llegó a su fin. Bajé de nuevo a mi puesto y, antes de que pudiera ni siquiera pestañear, Claudia estaba frente a mi.

- Dani, hoy nos va a tocar pasar la tarde juntos.

- Sí, eso parece. Espero que, al menos, sirva para arreglar el lío que hay montado.

- Estoy segura de que se va arreglar, confío plenamente en tus dotes.

Me dedicó una sonrisa que hizo que mi polla volviera, como solía, a apuntar al cielo de modo automático, y más al verla alejarse de mi mesa, contoneando su deseado culo, dentro del vestido ceñido que llevaba: un vestido negro, con bastante escote, ceñido y corto. De pie le llegaba por encima de las rodillas, y sentada… ufff, sentada era una invitación al paraíso.

A las 6 de la tarde, como cada día, la gente se fue marchando. El último en hacerlo fue el jefe, no sin antes dirigirse a nosotros dos y pedirnos que no nos marcháramos sin aclarar el lío que se había montado y de elaborar la nueva lista con todas las plazas de garaje y sus compradores correctos. Era una promoción grande de viviendas, en las que se habían puesto a la venta, además, 300 plazas de garaje. Había tarea para un buen rato.

Claudia propuso que trabajáramos en su mesa, pues en su ordenador estaban los listados erróneos, la lista de plazas de garaje puestas a la venta y los nombres de todos los compradores.

Así que allí me fui, con ella. Sentado a su lado, cotejando listados, nombres y números, mientras mis ojos no podían dejar de dirigirse, de modo obsesivo a sus muslos, o a sus pechos, o a sus labios, cuando me hablaba.

Intenté, con todas mis fuerzas, mantener la calma, controlar mis instintos, y evitar una de mis erecciones, pues no tendría forma de disimularlo. Pero las hormonas y la cercanía de una mujer tan guapa y sensual eran demasiado fuertes. Además, mis juegos en la ducha se aparecieron todos juntos. Volvieron a mi mente las imágenes que cada tarde alimentaban mis orgasmos: volví a tener los pezones de Sara en mis labios, los labios de Ana en mi polla, el coño de Gema arrastrándose por mi boca, y mi polla, voraz y ardiente, abriéndose paso en el culo de Claudia.

Así que, mientras mi cabeza volaba sola, mi polla adquirió un tamaño, temperatura y dureza que hacían difícil su disimulo.

No sé cuánto tiempo pasé así, completamente perdido en mis sueños, empalmado como pocas veces, imaginando uno tras otro, el cuerpo de cada una de mis compañeras, a cuál más espectacular, produciéndome sensaciones y deseos inalcanzables, así que aunque Claudia me estaba hablando, yo no me enteraba de nada.

- Niño, despierta, que parece que estás en las nubes –me dijo Claudia, mientras ponía una de sus manos en mi pierna para llamar mi atención.

- Perdona, estaba un poco despistado –respondí como pude.

- Sí, ya veo. ¿En qué andarás tú? –me dijo mientras me miró de arriba abajo, obviamente apreciando mi enorme erección-. Tenemos que bajar al archivo. Creo que el problema comenzó con el primer listado que se hizo con las plazas de garaje. Posteriormente se modificaron las plazas que correspondían a las viviendas que llevan plaza de garaje incluida, pero ese listado no se modificó. Debe estar todo en el expediente. Vamos, lo comprobamos, rectificamos todo, sacamos el listado bueno y lo celebramos. ¿Te parece bien?

- Me parece perfecto, -le dije.

Esperé a que ella se levantara antes que yo, me moría de vergüenza sólo con pensar que, al levantarme, mi erección sería mucho más que evidente, y Claudia podría pensar mal de mi. Una cosa era suponer que podría gustarme, porque no podría haber ser humano en el mundo al que Claudia no le gustase, y otra cosa era ir como un mono en celo.

La seguí, intentando colocarme la polla a través de los bolsillos del pantalón. Iba como nunca, no me cabía en el pantalón estrecho, y el bulto era apreciable, muy apreciable. Seguir a Claudia sólo sirvió para ponerme aún peor: verla contonear su cuerpo, con el vestido muy subido tras el largo rato sentada, luciendo esas preciosas piernas y siguiendo el aroma que su perfume dejaba a su paso, sólo consiguieron ponerme aún más burro. La necesidad de follar era directamente proporcional al tamaño de mi erección.

La luz en el archivo era un poco escasa, ya que no había luz natural, y no estaba sobrado de luz artificial, lo que hacía que la imagen de Claudia adquiriera un aire aún más sexy y deseable.

Me pidió que la ayudara a buscar el expediente original. Localizamos el estante en el que se encontraba. Estaba en la balda superior, se estiró para coger la caja, pero la altura y el peso hicieron que perdiera el equilibrio. La sujete como pude para que Claudia no cayera al suelo, de forma que, juro que fue así, involuntariamente una de mis manos quedó sobre una de sus tetas. Me dio las gracias con una sonrisa, pero yo me quedé estático, paralizado, pues me di cuenta de que, además de evitar que se cayera, estaba sobándole una teta, podía notar su pezón en la palma de mi mano. Debí estar así unos segundos, antes de que Claudia me dijera:

- Dani, o me sueltas la teta o agarras las 2, y te lo digo completamente en serio.

Mi respuesta consistió en pegar mi cuerpo al suyo, mientras mis manos la sujetaron por la cintura, atrayéndola contra mi con fuerza y mi boca comenzó a besar la suya. De inmediato su boca se abrió, permitiendo el paso de mi lengua que se enlazó con la suya, acariciándose y rozándose de forma sensual y repetitiva, mientras mis manos recorrían su cuerpo, desde las tetas hasta el culo, una y otra vez, sin dejar de pegarme a ella, haciéndola sentir en su vientre la erección que me había provocado: tenía la polla dura como el cemento, y quería que la sintiera, que notara cómo me había puesto.

No nos hizo falta hablar, nuestras manos y nuestras lenguas lo hacían sin ningún tipo de tabú. Sus manos también recorrieron mi cuerpo. Eran manos expertas, que sabían perfectamente dónde ir. Comenzaron por acariciar mi cabello y mis mejillas. Pronto se deslizaron por mi cuerpo, hasta llegar a mi sexo, el cual acariciaron por encima del pantalón para, seguidamente, desabrocharlo, abrir la cremallera y empezar a bajarlo. Ahora fue ella quien hizo que me apoyara en la estantería antes de susurrarme que me relajara.

Claudia se arrodilló y extrajo mi polla de bóxer, que apenas podía contenerla. Sentí como su lengua se deslizaba de un extremo a otro, desde los huevos hasta la punta, suave y despacio, sin dejar un milímetro sin acariciar, para volver a comenzar, una y otra vez, haciendo especial hincapié en el frenillo. Creí que me iba a volver loco de placer.

Mis manos, de modo instintivo, sujetaron su cabeza, su pelo suave y sedoso se escapaba entre mis dedos, mientras mis primeros gemidos se escapaban de mis labios cuando sentí como enterraba mi polla en su boca, para succionarla con sus labios, y una de sus manos acariciaron mis huevos, que pronto comenzaron a endurecerse y a llenarse de leche.

La situación no podía ser más morbosa, creía estar en uno de mis sueños. Pero era real.

Poco a poco fue alcanzando un ritmo más vivo, más frenético. El placer que me estaba haciendo sentir no lo había sentido nunca. Había tenido alguna relación con alguna amiga y compañera de clase, pero nada como aquello. Esto lo superaba todo.

No fui consciente de cuánto tiempo estuvimos así, pero la tuve que hacer parar o, de lo contrario, me habría corrido en su boca, y yo necesitaba seguir experimentando, seguir sintiéndola.

Hice que se sentara en el borde de la pequeña mesa que había en un lado del archivo. Se subió el vestido por encima de la cintura, mientras mi boca comenzó a acariciar sus piernas, ascendiendo poco a poco en busca del lugar más oscuro, húmedo y deseado de su cuerpo. Sus piernas eran suaves y tersas, y su respiración comenzó a ser más entrecortada a medida que mi boca se iba a acercando, más y más, hasta el dulce fruto de su cuerpo.

Con mi boca junto a su sexo, aun cubierto por sus braguitas negras, podía sentir el aroma de su cuerpo excitado y ardiente. Acaricié sus braguitas con mis dedos. Estaban absolutamente empapadas. Esto hizo que me calentase aún más. Le saqué las braguitas casi con violencia, antes de pegar mis labios a su coño, de introducir mi lengua en su interior, para llevarme la primera oleada de sabor de su cuerpo: ácido y espeso, y a la vez dulce y provocador.

Comencé a deslizar la lengua, desde la parte más baja de su coño hasta el clítoris. Despacio, sin ninguna prisa, presionándola poco a poco, mientras mis manos la sujetaban por la cintura, para atraerla más hacia mi boca.

Poco a poco fui incrementado el ritmo hasta que, una de mis caricias terminó con mis labios mordisqueando su clítoris. No pudo reprimir un intenso y profundo gemido de placer, a la vez que noté que mi boca se empapaba con sus fluidos. Dejé mis labios dónde estaban: en su clítoris, para mordisquearlo, succionarlo y acariciarlo, una y otra vez, sin descanso, mientras con mis dedos comencé a jugar en la abertura de su coño, empapándose en sus fluidos, sintiendo el palpitar de su cuerpo ardiente.

Nos mantuvimos así unos minutos más, no sé cuántos, hasta que Claudia, con sus manos me indicó que había llegado la hora de follar. No sé todavía de dónde, sacó una gomita, que colocó con destreza en mi polla, la cual masajeó y masturbó unos segundos para asegurarse de que estaba de nuevo completamente erecta y dura.

Se giró sobre sí misma para apoyarse en la pequeña mesa, ofreciéndome desde atrás su maravilloso y empapado coño. Le mi polla y comencé a empujar. Primero un par de suaves movimientos, hasta hacer penetrar parte de mi glande en su interior, a continuación un par de embestidas más fuertes, hasta completar la entrada de mi polla en su coño. Ambos gemimos de placer al sentirnos así.

Su coño devoraba mi polla, que jamás se había sentido mejor en lugar alguno. Podía sentir sus paredes ardientes engullendo mi polla, mientras ésta llenaba sus entrañas, arrancándola gemidos de placera a cada embestida.

Poco a poco fuimos incrementando el ritmo, sobre todo yo que era quién tenía toda la libertad para moverme. Mis manos, sujetándola por las caderas, tiraban de su cuerpo hacia mi, a la vez que yo empujaba con fuerza en su interior. Una y otra vez, sin descanso, haciendo casi salir la polla por completo para volver a embestir con fuerza, sin descanso.

Mis huevos estaban completamente llenos de leche. Llevaba mucho tiempo con la cabeza en modo sexo, desde que me senté a su lado esa tarde. Después, la mamada que Claudia me había hecho, multiplicó mi estado de excitación. Luego, lamer y succionar su coño y su clítoris sólo hicieron que mi necesidad de follarla, de sentirme poderoso dentro de ella, no hicieran más que crecer. Y ahora estábamos follando. Ahora mi polla no dejaba de invadir y llenar su cuerpo, mientras mis huevos apenas podían contener la carga de leche que llevaban dentro.

Nuestros gemidos de placer no paraban de crecer, de llenar el archivo, mientras nuestros cuerpos se encontraban absolutamente entregados al placer más primitivo y puro.

Aún pude incrementar un poco más el ritmo de mis embestidas en su cuerpo, hasta hacer chocar mis huevos en sus nalgas, mientras mi polla se deslizaba dentro de empapado coño, llenándolo por completo. La respuesta de Claudia fue una sucesión interminable de gemidos, mientras una de sus manos trataba de sujetarme por el culo para meterme más dentro de ella.

Mis huevos y mi polla no aguantaron más y comencé a correrme en su interior, con varios y largos chorros de semen caliente hasta quemarme la polla, mientras mis gemidos de placer se convirtieron en un ronco estertor, que se unió a los gemidos y suspiros de Claudia. Habíamos tenido un orgasmo cada uno prácticamente a la vez que el otro.

Unos instantes después saqué mi polla de su delicioso coño, recompusimos nuestras ropas y cuerpos como pudimos y terminamos con la tarea por la que habíamos pasado la tarde en la oficina.

El Sr. Bellido me dijo al día siguiente que, en esa empresa, las horas extra no existían, no se pagaban.

Lo que el Sr. Bellido no sabía es que yo había cobrado el tiempo extra por adelantado.