Historia de una mujer fácil - Completa (04)
La reunión se vacía y el silencio se vuelve peligroso. Ramiro no espera invitación para cruzar la línea, pero esta vez alguien más tiene los ojos puestos en ella. No es solo acoso; es un juego de poder donde el riesgo lo cambia todo.
COMPAÑEROS DE TRABAJO
Esa mañana tocaba reunión de departamento. Clara había sido convocada a una presentación sobre las estrategias de marketing para el trimestre entrante —julio a octubre—. La joven llegó a la sala del consejo cuando aún no había nadie en ella. Abrió su portátil y se dedicó a leer el correo pendiente a la espera de que llegaran el resto de asistentes.
No habían pasado más de dos minutos cuando apareció Ramiro, adjunto al director general, y dándole los buenos días se sentó a su lado. Clara dio un respingo y se alejó lo más que pudo haciendo rodar su silla hacia la izquierda. No podía evitar que aquel hombre le pusiera los pelos de punta.
Ramiro era un tipo elegante, atractivo, deportista, con cuerpo de figurín… y un hijo de la gran puta. Todo lo que tenía de fascinante lo tenía de repulsivo. Su mirada la traspasaba siempre que se cruzaba con él. Más que desnudarla con los ojos, parecía que quemaba su ropa para arrancársela del cuerpo. Su sonrisa irónica era pura lascivia. Y, aunque ella no era la única de la oficina en soportar su excesiva atención, el círculo de amistades femeninas de Clara admitía que ella era su preferida.
Los participantes en la reunión empezaron a ocupar sus asientos uno tras otro y Clara suspiró relajada. Al menos ya no tendría que estar a solas con aquel asqueroso. No sería la primera vez que le había tenido que quitar la mano de su hombro y alejarse de su rostro para evitar la cercanía que utilizaba cuando hablaban de trabajo.
Clicaba el botón de envío del último correo que pensaba responder cuando una voz a su espalda la sobresaltó:
—¿Lo quieres solo o con leche?
Clara se giró. A su espalda se encontró con la sonrisa tímida de un joven al que no conocía. El chico llevaba una bandeja repleta de vasos de café en tres hileras: solos, con leche y cortados. Sonrió a su vez y, con gesto agradecido, cogió el más cargado que vio sobre la bandeja. A continuación, el chico repitió el ofrecimiento al resto de asistentes a la reunión.
Le resultó extraño que un muchacho ataviado con traje y corbata se dedicara a servir los cafés. «Ya se la han jugado a otro becario —pensó—. Al menos, en esta ocasión no es una becaria a quien vacilan». Siguió con la mirada al joven y éste, tras terminar de servir, se sentó en una silla del fondo de la sala, algo lejos de la mesa central. Le observó sacar de su mochila un cuaderno y un bolígrafo y este hecho le confirmó que estaba invitado como oyente.
Tan pronto como la luz se apagó y se inició la proyección sobre la pantalla, Ramiro se acercó a ella y le susurró:
—Hoy vienes más guapa que nunca —dijo—. ¿Esta noche toca fiesta?
Clara sintió una amago de arcada en el estómago e intentó alejarse de él. La cercanía de la silla del compañero de su izquierda se lo impidió. Se giró lo más que pudo para no sentir al menos el aliento a café del tipejo.
—¿Te importa mirar a la pantalla? —le replicó.
Ramiro sonrió lobuno y volvió la vista hacia la proyección. Pero el cambio no duró ni un minuto. Clara sintió algo que reptaba por su rodilla y al bajar la vista comprobó que se trataba de la mano de Ramiro que la acariciaba causándole un cosquilleo incómodo.
Le hubiera gustado darle una bofetada y haberle montado una escena, pero no parecía lo más adecuado en aquel entorno. Tendría que manejar la situación con sutileza para no generar un escándalo que no la beneficiaria en nada. No sería la primera vez que tuviera que torear con un aprovechado como aquel, aunque en este caso se tratara del mayor canalla de la empresa.
Movió la pierna sobada y la cruzó sobra la otra. El movimiento, sin embargo, fue un auténtico error porque lo que había conseguido era que la falda se le levantara por el flanco exterior y que el acceso a sus nalgas quedara abierto. El tipejo, fajado en mil batallas, aprovechó para introducir su mano y agarrar la nalga que se le ofrecía, apretándola como a una pelota de goma.
Clara dio un respingo y miró hacia los lados buscando ayuda. Todos se hallaban absortos en la pantalla y nadie parecía percatarse de lo que ocurría. Lo único que descubrió, muy al contrario, fue la sonrisita perversa del compañero que se había sentado tras ella, justo el que no la permitía retroceder. El muy hijo de puta parecía estar disfrutando del espectáculo, de modo que por ese lado no había nada que hacer.
A punto estaba de levantarse de la silla y huir de la sala, cuando una sombra se acercó por su espalda. El propietario de la sombra dio un traspiés y un café salió de sus manos volando, yendo a caer de lleno sobre Ramiro, quien quedó pringado del oscuro líquido.
—Ostrás… lo… siento… —susurró el presunto becario—. Me he tropezado… lo siento… de verdad… perdone…
El chico sacó un pañuelo y empezó a resegarle la camisa y los pantalones con él. Ramiro juraba en arameo, aunque siempre en un contenido susurro para no interrumpir la locución del presidente.
—¡Mecagüentodo… chaval… si serás gilipollas…! —decía viéndose el estropicio.
—Lo siento… lo siento…
Clara se estaba partiendo de la risa. Aquello no podía haber sido una coincidencia. Miró al chico y éste le guiñó un ojo. Le agradeció la ayuda devolviéndole una amplia sonrisa e hizo un hueco para que Ramiro pudiera salir con su silla y largarse al baño a la carrera. Si se daba prisa, aún podría salvar el traje.
*
Cuando los focos volvieron a iluminar la sala, se formaron los típicos corrillos y Clara aprovechó para tomar los últimos apuntes en el ordenador antes de cerrarlo. Se disponía a abandonar el lugar cuando su jefe, director de Marketing, se acercó a ella acompañado de su ángel salvador.
—Mira, Clara —le dijo—. Quiero presentarte a Rafa. Rafa, esta es Clara.
Mujer y chaval se dieron la mano y el director prosiguió.
—Rafa ha obtenido una beca en la empresa para los siguientes doce meses y la va a desarrollar en nuestro departamento. He estado estudiando las alternativas y he decidido que te dedique el cincuenta por ciento de su tiempo y que reparta el otro cincuenta entre los demás compañeros. Así que no os digo más, poneos al corriente y empieza a pasarle la carga de trabajo que necesites. Explícale cómo resolverla, se trata sobre todo de que aprenda, no lo olvides. Espero que te sea de ayuda.
Aunque pudiera parecer lo contrario, a Clara no le llenó de alegría tener que dedicar su atención a aquel chaval. En realidad, le iba a quitar más tiempo que otra cosa. Al menos en los primeros meses.
No obstante, teniendo en cuenta su ayuda con el gilipollas de Ramiro, decidió darle una oportunidad.
—Pues nada, Rafa, encantada —le dijo, observando un rostro en el que sobresalían sus enormes ojos negros—. Sé bienvenido y siéntete como en casa.
Dicho esto, se dirigió a paso ligero hacia la salida. Rafa la siguió como un perro fiel.
—¿No quieres que haga algo ya? —le dijo sin perder el paso—. Puedo ordenar archivos… o algo… si te parece…
Clara constató que el muchacho había visto demasiadas películas. En el siglo XXI pensar que existían archivos no digitalizados era de ser muy novato. Lo que Clara no sabía en ese momento era que la pericia de Rafa con los ordenadores le iba a resultar de mucha ayuda en el futuro.
*
Clara comió con sus compañeras Paula y Lines en la cantina de la empresa. Rafa las miraba con un túper a varias mesas de distancia.
—¿Por qué no le has dicho que se siente con nosotras? —le preguntó Lines.
—Déjale que sufra —respondió Clara—. Que aprenda que la vida es dura. Ya le dejaremos que nos acompañe dentro de unos días. Poco a poco.
Lines acabó de comer a la carrera y salió sin probar el postre alegando una reunión urgente. Cuando Paula y ella se quedaron a solas, Ramiro pasó a su lado y saludó a la muchacha con sonrisa burlona.
—Hola, Paula…
El tipejo aún portaba la mancha de café de la mañana sobre la camisa. Parecía querer presumir de ella. Paula agachó la cabeza y miró de reojo a su amiga hasta que se hubo alejado.
—Ese puto cerdo… —musitó Clara. Luego, acercando la cabeza, le preguntó en un susurro—. ¿Sabes lo que me ha hecho en la reunión trimestral de Marketing?
—Sí… —respondió Paula rehuyendo la mirada—. Me lo ha contado Silvia.
—Joder, pedazo de cabrón… No sé si decírselo a Carlos… Aunque quizá sea mejor que no lo haga, porque si se entera…
Paula se mostraba extraña y, Clara, viendo la actitud medrosa de su amiga, se interesó por ello.
—Pero, ¿a ti qué te pasa?
Paula soltó un hipido y respondió bajando la voz.
—Ay, Clara, que creo que he hecho la mayor bobada de mi vida…
—¿Bobada? ¿Qué bobada? —preguntó extrañada—. ¿No habrás roto con tu novio?
—Ay, no… por dios… no digas eso ni en broma… —casi gemía—. Aunque si se entera de lo que he hecho, me manda a la mierda el pobre… y con razón —concluyó y soltó un puchero.
—Pero, a ver… —se impacientó Clara—. ¿Se puede saber qué ha pasado?
Paula acercó la boca al oído de Clara y le confesó su secreto con un suspiro.
—Me he enrollado con Ramiro hace un rato…
Clara recordó la sonrisa burlona del hombre y ahora le cuadraba su actitud al saludarla unos segundos antes.
—¿¡Qué!? No me digas que te has acostado con ese cerdo…
—Sssshh… —la cortó Paula—. A ver si se va a enterar todo el mundo…
Calló un momento pensativa, luego continuó.
—Aunque acostarme, acostarme, no ha sido… —Bajó la mirada una vez más—. En realidad lo hemos hecho sobre la mesa de su despacho.
Clara no salía de su asombro.
—¡Joder, Paula! —se quejó sin levantar la voz—. ¿Con el puto Ramiro…? ¿En qué coños pensabas?
Paula volvió a hipar.
—Ay, chica, que no lo sé… —explicaba—. No me ha dado tiempo a pensar. Todo ha sido como flotar en una nube hasta que de pronto me he dado cuenta de que entraba y salía de mi coño con su deliciosa polla y que me corría sin remedio…
—¿Deliciosa? —bufó Clara con cara de asco—. ¿Tú te estás escuchando? ¿Te has vuelto loca...? A ver, cuéntamelo todo.
—Pues… déjame que me acuerde. Ha sido todo tan rápido… —comenzó Paula—. He ido a su despacho para comentar un asunto que estoy llevando para él. Ramiro me ha recibido con su sonrisa de dentífrico y ha cerrado la puerta con pestillo. En un primer momento me he mosqueado, pero luego no le he dado importancia
»Mientras le enseñaba la documentación en el ordenador, se ha inclinado sobre mí, me ha apartado el pelo y ha empezado a besarme en el cuello. He intentado resistirme, pero solo un segundo. Al segundo siguiente ya tenía sus manos bajo la falda y me apretaba una teta dentro del escote. Todo ha sido tan rápido que no he podido ni opinar.
—Pero, ¿tú no le has dicho que parara, que no querías?
—Pues… creo que una vez… —gimió Paula—. Es que… olía tan bien y me tocaba de una manera que… Me mataba, Clara… me mataba con sus manos. ¡Joder como toca ese tío! Cuando me ha metido los dedos en el… ese… casi me desmayo. Me sentía mareada y solo sabía que me moría del gusto que me daba... y que me moriría más aún si dejaba de hacerlo.
»Porque mientras lo hacía me besaba con esa lengua húmeda que parece que da asco… hasta que te la mete en la boca y entonces te la quieres comer… Ufffff… Ya estaba caliente como una cerda, pero encima se ha arrodillado delante de mí, me ha quitado las bragas sin que ni siquiera sepa como lo ha hecho, y ha empezado a lamerme el chocho con un ansia que no he podido evitar ponerme a gritar. Si no me hubiera metido las bragas en la boca, creo que nos habrían escuchado en todo el edificio.
—Joooder, Paula…
Paula respiró profundo y siguió con su historia.
—Total, que cuando estaba a punto de correrme, se ha dado cuenta y me lo ha preguntado. Yo le he dicho que sí, que no aguantaba más y se ha parado. Casi lo mato, te lo juro. Creí que me iba a dejar así, a medias. Pero no, ¡qué va…! Me ha levantado y me ha sentado sobre el borde de la mesa. Me ha abierto las piernas en una postura en el aire que jamás hubiera creído que pudiera mantener y me la ha metido hasta el fondo de un solo empujón. Imagínate cómo estaría de mojada.
—¿Hasta «el fondo de un solo empujón»? —acertó a decir Clara con la boca hecha agua.
—Sí, sí… de un solo empujón… El muy asqueroso tiene una polla enorme y pensé que no me iba a caber… pero ha entrado a la primera y sin preámbulos. No he visto algo semejante en mi vida. La de mi novio no debe de ser ni la mitad.
Clara no podía evitar excitarse oyendo a su amiga a pesar de que estaba hablando del cerdo de Ramiro. Las braguitas ya llevaban un rato recibiendo la humedad que resbalaba desde su vagina.
—Sigue… —volvió a decir humedeciéndose los labios con la lengua.
—Pues me ha empotrado como un poseso y me ha comido la boca para que mis gritos no llamaran la atención. Y te juro que no sé cómo lo ha hecho, porque al mismo tiempo me mantenía en esa postura y me apretaba una teta y luego la otra. Y sin soltarme me amasaba las nalgas también. ¿Puedes creerlo? Y yo pensaba que me iba a caer, porque estaba sentada sobre el filo de la mesa. Pero él me sujetaba, una pierna en su cadera y la otra en un hombro. ¿Cómo coño lo ha hecho? Parecía un pulpo. Ese asqueroso sabe cómo manejar a una mujer, el muy…
»Menos mal que solo ha durado un par de minutos… Al final nos hemos corrido a la vez y ha sido la hostia. Te lo juro, Clara: la mismísima hostia…
Clara carraspeó para disimular su excitación.
—Paula, ¿se ha puesto condón? —la miraba preocupada—. Porque del condón ni me has hablado.
—No, qué va… no se ha puesto condón el muy cochino… Pero no me ha importado… Ya sabes que tomo la píldora… Así que por eso tranquila…
—¿Tranquila? —se removió Clara sobre la silla—. ¿Acaso no sabes que hay más cosas que te pueden pasar follándote a pelo, además de un embarazo? Y ese tío se ha follado a la mitad de las chicas de la empresa, a saber si no tendrá algo en el pito.
—Lo sé, de verdad, Clara. Pero es que estaba tan ida que no me importaba nada. Solo quería sentir aquel pedazo de carne dentro y, luego, se ha empezado a correr y ya no he sido persona.
—¿Para tanto era? No me lo puedo creer…
—Ya, yo tampoco lo creería en tu caso. Pero el muy asqueroso me ha llenado el chocho de leche y he perdido la razón. Porque su leche tampoco era normal… Quemaba, Clara, quemaba en mi vagina, ¿te lo puedes creer?
—¿El «muy asqueroso»? —bramó Clara sin levantar la voz—. Querrás decir el muy «hijo de puta». Ese cabrón se ha calentado conmigo esta mañana y al final lo ha pagado contigo.
—Hija, Clara, te juro que estoy muy arrepentida… —la cara de penitente de Paula era todo un poema—. Por dios no se te ocurra comentárselo a nadie… y menos a mi novio cuando salgamos juntos… Me mata el pobre… o se muere del susto…
—Joder, Paula, eso ni se menciona, que somos amigas… —Clara suspiró y se arrimó a su compañera—. Pero prométeme que no vas a quedarte a solas con ese cerdo nunca más… ni en la oficina ni en ningún otro sitio. Si hace falta, me llamas y nos reunimos juntas con él cada vez que quiera hablar contigo por trabajo. Y fuera de aquí ni a un kilómetro… ¿me oyes?
—Vale… te lo prometo… Pero perdóname, por favor…
—No seas tonta, yo no tengo nada que perdonarte. Pero el pobre cornudo de tu novio… ese sí que tiene que tener paciencia contigo… Y guardarse mucho de dejarte salir por ahí sin él… Menudo peligro tienes, amiga…
Cuando las dos jóvenes se separaron, Clara la miró partir. Su amiga era, más que guapa, resultona. Pero su buen tipo y su carácter alegre y dicharachero la hacían ser deseada por más de uno. Rubia —de bote— y de labios bonitos con sonrisa aún más bonita, más de un compañero de la oficina había llegado a pedirla en matrimonio. Pero ella jamás hubiera aceptado a nadie que no fuera su gran amor del instituto y novio oficial: Rodrigo.
Por eso no entendía como había podido entregarse en cuestión de minutos a un cerdo como Ramiro. Un hombre detestable y al que las compañeras rehuían para evitar lo que justamente le había ocurrido a Paula. Y, encima, no se le podía culpar de acoso, porque las que caían en sus redes lo hacían más que voluntarias.
¿Qué tendría el puñetero vejestorio?, se preguntó —aunque viejo no era, no debía pasar mucho de los cincuenta y se cuidaba sobremanera, incluyendo la visita casi diaria a un gimnasio. Y todas las que lo habían «padecido» aseguraban que olía como los ángeles.
Continuará...
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