Marta. Mi compañera de trabajo (Parte 4)
Marta siempre fue su compañera, pero ahora es su jefa. Y en la oficina vacía, las reglas del ascenso se escriben con la boca.
La vuelta al trabajo después del fin de semana de la cena de empresa fue de lo más extraño para mí. Hacía bastante tiempo que no iba tan contento y se me notaba. Contento y relajado, claro. Después de varios meses en dique seco había podido desfogar y lo mejor de todo es que había sido con mi deseada Marta.
Realmente pensaba que aquel día nos encontraríamos allí pero, sin embargo, pasé todo el día sin saber de ella. No solo no la vi, si no que no cogía su extensión. Le escribí al móvil y tampoco recibí respuesta. A la hora de comer estuve esperando en la puerta del edificio por si la veía salir para ir a comer al restaurante de siempre. Y nada. Acabé comiendo solo. La tarde la eché más bien regular. Mis emociones habían cambiado totalmente y me sentía preocupado. Había pasado de la emoción de reencontrarme con Marta a la preocupación de no saber nada de ella. Volví a llamarla y le escribí un par de mensajes más diciéndole que solo quería saber si estaba bien. Seguí sin recibir respuesta.
Los días seguían pasando y no había noticia de ella. Carlos fue el único que me preguntó, un par de días después, si sabía algo de ella ya que no la había visto desde la cena. Bueno, quería saber si finalmente nos habíamos liado y, claro, le conté todo con pelos y señales. Él tampoco sabia nada de ella. Mi desazón iba a más.
Pregunté en Recursos Humanos y me dijeron que no podían pasarme ningún tipo de información ya que no pertenecía a mi departamento. El jueves incluso me decidí a ir a su piso y llamé a su portero electrónico. Nada. No hubo respuesta. Todas las emociones vividas el anterior fin de semana, que además imaginaba que se iban a prolongar durante los días siguientes, se habían esfumado como el humo por una chimenea.
Ese mismo día, a última hora, recibí un email de la empresa en el que me informaban de que ya se había elegido al que iba a ser el jefe de todo el área al que correspondía mi departamento.
- Estupendo- pronuncié para mis adentros. Encima de esta semana de mierda me van a plantar un jefe nuevo. Después de años dándolo todo aspiraba a ser uno de los candidatos a ascender. Incluso en algún momento alguno de los gerentes me habían dado a entender que tenía opciones. Pero conocía ese tipo de correos. Si el elegido hubiese sido yo el mensaje habría sido diferente. En él se añadía que íbamos a tener una reunión de presentación ese mismo viernes a las 9:00h y que teníamos que llevar la documentación de un nuevo proyecto en el que estábamos trabajando.
- Y encima me toca madrugar.- Todo mejoraba por momentos. Decidí tomar un cena ligera mientras veía un capítulo de Anatomia de Grey y me acosté temprano. Me costó dormirme. Entre lo de Marta y ésto se me había torcido completamente la semana.
Al día siguiente me levanté más temprano de lo normal, sobre la 6. Ducha, desayuno potente y a las siete y media estaba entrando por la puerta de la oficina. Aquel día me había puesto unos vaqueros azules con alguna rotura, una camisa de un color blanco impoluto con el cuello mao y una americana gris. Remataba el conjunto unas zapatillas blancas. La verdad es que iba muy yo. Tal como llegué, entré en mi despacho, encendí el pc y comencé a organizar toda la documentación que traía por si tocaba hacer algún tipo de presentación más extendida. Minutos antes de las nueve salí en dirección a la sala de reuniones y entré en la misma. Esteban varios jefes de departamento, alguna secretaria y asesores. A la hora señalada, se abrió la puerta y accedió, Carlos, uno de los gerentes y el nuevo jefe de área. O mejor dicho, la nueva jefa.
El gerente pasó a presentarnos a la persona que iba a dirigirnos, que no era otra que Marta. En mi interior sentí enfado y envidia por un puesto que, pensaba, tenía opciones de conseguir. También relajación al saber, por fin, que estaba bien. Pero, igualmente, sentí una cierta excitación al verla. Y es que, tras aquel rostro serio, Marta venía hecha un escándalo. Vestía un traje de chaqueta negro con un pantalón que no ocultaba ninguna de sus curvas y que dejaba a las claras el minúsculo tanga que tenía que llevar, acompañado de una blusa blanca ligeramente suelta que transparentaba un, aparentemente, bonito sujetador negro de encaje. Unos altísimos zapatos rojos de tacón y el pelo suelto, con quizás un exceso de maquillaje.
Tras presentarla, hicieron un breve repaso por los trabajos y resultados realizados hasta el momento. Marta explicó cuál era la idea que tenía sobre la nueva línea de trabajo y explicó la nueva configuración de su equipo. Yo no estaba. Una vez finalizada la reunión, comenzamos a hablar en corrillos, felicitando a Marta por el ascenso y la presentación y saliendo en dirección a nuestros despachos para ir informando a nuestros respectivos equipos. Cuando iba a salir, Carlos me llamó y me pidió que me quedara. A su lado estaba Marta. Cuando nos quedamos solos me pidió que me sentara.
C- Izan, sé que estás mosqueado por la decisión. No hace falta que digas nada, pero quiero que sepas que la decisión ha sido compleja.
I- Claro que estoy enfadado, Carlos. Sabes que esperaba el ascenso.- Hice una pequeña pausa- Por otra parte, me alegro enormemente por Marta. Llevamos años trabajando juntos y sé que está sobradamente preparada para el puesto. Y, además, es mi amiga. Si no era yo, nadie mejor que ella. - Marta sonrió. Incusó la noté que resoplaba, como si se quitara un peso de encima.
C- Exacto, Izan. Y por eso quería que te quedaras. Querría haber hablado contigo antes pero ha sido imposible. Falta un puesto por designar en el nuevo equipo. Y, tras tratarlo con Marta, creemos que la persona adecuada eres tú. Pasarías a ser el adjunto de la jefa de área. Pero no hemos querido decir nada de manera oficial hasta saber tu opinión.
Me quedé un tanto extrañado. Marta me miraba. Me miraba de una manera que no sabía cómo describir. Le miré a los ojos y le pregunté: "¿Serás capaz de soportarme como adjunto?".
Marta sonrió. - Sí, podré.
Carlos me dio un paretón de manos cerrando el trato y citándome para más tarde, con el fin de preparar los nuevos contratos. Cuando íbamos a salir, Marta me pidió que me quedara, a lo que Carlos asintió comentando que imaginaba que querríamos ponernos al día con todo.
Marta rodeó la mesa hasta llegar a mi lado yse sentó en la misma frente a mí.
M- ¿Y bien? ¿No te alegras?
I- Eres una zorra. Y me has levantado el puesto.- Dije esbozando media sonrisa, pero con un cierto punto de falso enfado.
M- Un respeto, Izan. Ahora soy tu jefa.
I- Una jefa muy zorra.
M- Izán... - Sin dejarle terminar la frase, me puse en pie lanzando hacia atrás la silla, pegándome a ella y colocando mi manos apoyadas en la mesa a cada lado de ella.
Me acerque hasta casi rozar nuestros rostros. Enmudeció y trago saliva. Acerque mis labios a su oreja y le volví a decir, esta vez susurrando: - Una jefa muy zorra...-
M- Izan que haces...
Dirigí mi mano a su cara y la acaricié suavemente hasta que, alargando mi dedo pulgar, comencé a rozar sus labios. Marta comenzó a estar agitada. Más que yo, incluso. Su pecho se hinchaba con cada respiración y, tras rozar nuevamente mi dedo con sus labios, abrió la boca y comenzó a lamer y chupar el mismo lanzando unos pequeños gemidos.
- Una jefa muy zorra...- repetí, mientras ella chupaba y lanzada un nuevo gruñido gutural.
Seguí susurrándole cosas al oído mientras mi dedo jugaba con su lengua, hasta que, atrayéndola hacia mí, le hice bajarse de la mesa. Fue en ese momento cuando, a pesar de su intento de resistirse, agarró firmemente me paquete y, liberándose de mi dedo, me espetó -Eres un cabronazo...- e intentó besarme. Conseguí esquivar su boca y, aprovechando que mi mano seguía en su rostro, la baje hasta el cuelo y empujé hacia abajo su cuerpo sin que opusiera ninguna resistencia, quedando de cuclillas frente a mí. Ni siquiera lo pensé. Ni siquiera dudé un segundo. Bajé la cremallera de mis pantalones, saqué como pude mi erecta verga y solo tuve que acercarla a unos centímetros de su cara para que, con toda la glotonería y el deseo del mundo, Marta se tragara toda la porción de carne que le fue posible. Al intentar cogerla para masturbarme, le retiré las manos, haciendo que se apoyara en mis muslos para mantener el equilibrio, mientras que yo apoyé una mano en la mesa y, con la otra, enrollé el pelo de Marta y procedí a disfrutar, una vez más de aquella húmeda y caliente boca de la mujer que más me había excitado nunca, comenzando un vaivén sueva, que fue acelerándose rápidamente y que hizo que, en muy poco espacio de tiempo, Marta comenzara a emitir sonidos bucales al faltarle la respiración, así como a escapársela una mezcla de saliva y fluidos por la comisura de los labios, sin que ello hiciera que soltara mi rabo de su boca en ningún momento. Aceptando la sumisión y el uso libre que estaba haciendo de su boca.
No fue hasta unos pocos minutos despúes de estar usando su boca, cuando por fin se liberó de la misma y levantó su mirada sonriendo.
M- ¿Ésto es lo que querías, cerdo? ¿Usar la boca de tu jefa a tu antojo?
I- No. Quería usar la de mi adjunta.
M- jajajajaj. Que cabrón. - Y, agarrando mi polla por primera vez, comenzó a darse golpes con la misma en su boca, en su lengua, en su cara... - Esto quieres, ¿verdad? Golpearme con tu verga por la frustración. Darme lo mío...
I- Sí. Es lo que te mereces, maldita zorra...
M- Un respeto. Seguro que quieres correrte en mi cara groseramente...
I- Sí, per aquí no podemos, y lo sabes.
M- No aquí no, pero esta noche te espero para celebrarlo como me merezco. Vamos, termina. Fóllame la boca y acaba con tu frustración. - E, introduciéndose mi verga en la boca, volvió a quedarse inmóvil apoyando sus manos nuevamente en mi muslos.
Yo no esperé y comencé a bombear con fuerza su boca hasta que, segundos después, exploté en su interior lanzando multitud de chorros en la misma que fueron recorriendo su garganta mientras que Marta, de manera bien sonora, paseaba su lengua por mi capullo intentando sacar hasta la última gota y mostrándome de manera explícita como se tragaba toda mi descarga.
Instante después se levantó. Estaba un poco sudada, pero el maquillaje le había aguantado bien a excepción del lápiz de labios. La apoyé contra la mesa, me acerqué y la besé. Fue un beso caliente, húmedo, con la mezcla de nuestros fluidos, pero también fue cariñoso y ciertamente tierno.
Se separó, me miró y sonrió. - Voy a pensar que te gusto.
I- Me gustas. Mucho.
M- Lo sé. Pero que sepas que es la última vez que me usas en el trabajo. A partir de ahora soy tu jefa, y será cómo, cuándo y dónde yo diga...
I- No te lo crees ni tú... - le susurré mientras pasaba a mi lado.
M- Te espero a las 12 en mi despacho con los informes del cliente de Amsterdam.
Me giré con cara extraña mientras abría la puerta para marcharse.
M- Y por cierto, lo he dejado con Paco.
Y cerró tras de sí dejándome con la palabra en la boca, mi verga aún al aire y un mar de dudas.
Continuará.
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