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Pilar, su foto y como cambió su vida. (02)

Pilar siempre ha tenido el control, pero esta noche Izan decide tomar las riendas. En el silencio de los baños, la amistad se quema para dar paso a un juego de sumisión y placer crudo donde los límites se borran y el deseo se vuelve incontrolable.

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Salimos de casa y nos montamos en el ascensor, pulsando el botón que nos llevaría hasta el sótano para coger el coche. Pilar me miraba inquisitivamente y mi cabeza no era capaz de adivinar que estaba esperando que hiciera o dijera. Me encantaba esa mujer. Un tanto altiva, a pesar de su metro sesenta y su poco más de 50 kilos, que superaba el metro setenta con los taconazos que llevaba habitualmente. Su cara triangular, con perfiles agudos y marcados. Su pronunciada nariz y sus oscuros y profundos ojos negros, al igual que su pelo largo, ahora recogido en una gran cola. Su increíble delantera, a la que le encantaba sacar partido y su pronunciado y redondeado culo que, sin destacar sobremanera, completaba un conjunto increíble gracias a sus estilizadas piernas y el uso de ropa ajustada.

Las veintidós plantas que separaban mi ático del sótano se me iban a hacer absolutamente eternas. Mi mirada estaba errática, mirando como iba cambiando el número que iba indicando el piso en el que se encontraba. El ascensor se paró en la quinta planta. Las puertas se abrieron y apareció Lourdes.

L - ¿Váis para abajo?

I - Sí, Lourdes. Pasa. ¿Cómo estás?

L - Bien, bien. Harta de las nietas, que se pegan toda la noche unos festivales increíbles y llegan a las tantas.

I - Pues vete con ellas, que aún eres joven.

Reímos todos. Lourdes era una mujer de 50 años. Había sido madre jovencísima y, gracias a la pensión y el dinero que le había dejado su difunto marido podía mantener un ritmo de vida bastante alto, lo que le permitía disfrutar del tiempo sin trabajar, ir al gimnasio, a la playa, de cenas y, en definitiva, lo que viene siendo la vida de una rentista. Y, además, se mantenía escandalosamente escultural. Su hija, siguiendo el ejemplo materno, también había sido madre de unas gemelas que acababan de cumplir la mayoría de edad y traían loco a medio edificio.

L - ¿ Ella es tu pareja?

I - No, no. Es una amiga. - La mirada de Pilar me atravesó

L - Su mirada no es de amiga, ¿eh?

I - Una amiga especial.

L - ¡Ah! Especial... Te diría que no hicierais ruido cuando volváis, pero desde el quinto no se escucha. Avisaré a Sandra después. - Sandra era la vecina que vivía debajo de mí piso. Una chica joven casada y con dos peques.

I - Cómo eres, Lourdes.

El ascensor llegó a la planta baja.

L - ¿Cómo que cómo soy? Pues divertida. Anda, ¡pasadlo bien!

I - ¡Y tú!

Las puertas del ascensor se cerraron y, antes de retomar su marcha, Pilar se plantó delante de mí increpándome con una mueca de enfado poco creíble en la cara, - ¿Una amiga especial? ¿Tienes muchas?

I - Uhm... algunas, pero ninguna como tú.- le respondí guiñando un ojo y sacándole la lengua, mientras el ascensor llegaba al sótano y las puertas se abrían.

¡PLAF! Otro bofetón. Y éste si fue bastante fuerte y me hizo daño - No te rías de mí-.

Enfadado, me abalancé sobre ella agarrándole de la cintura, la empujé hasta el espejo y me abalancé sobre ella besándola fieramente, buscando su afilada lengua y juntándose ambas en un frenético encuentro. Mientras tanto, mis manos no se quedaron quietas desabrochando el abrigo de Pilar y pasando mis manos por el interior de él y buscando por primera el contacto de las yemas de mis dedos con su aterciopelada piel.

Mientras mi manos se posaban agarrando con cierta rudeza en las hermosas y redondeadas nalgas de Pilar, masajeándolo y disfrutando que cada poro. Mientras tanto, las manos de mi compañera tampoco se quedaban quietas y pasaban de estar agarrando con firmeza mi cuello a buscar un hueco por debajo de la camisa e iban ascendiendo por mi espalda hasta llegar a mis dorsales, en donde notaba toda la extensión de las mismas haciendo presión contra ellos.

Mi mano derecha ascendió buscando rozar uno de sus pechos y, ante el mínimo contacto, Pilar clavó sus afiliadas uñas en mi espalda haciendo que nuestros labios se separasen y que mi mano estrujara su seno con fuerza y que apretase mi mandíbula. Bajé aquel sostén y me abalancé sobre aquella soberbia y deseada teta, repasando con la boca cada centímetro del mismo y disfrutando con mi lengua de aquel afilado y endurecido pezón...

¡Arrrrrrgggghhhh! Un nuevo arañazo hizo que me violentase aún más, mordiendo con fuerza el pezón que tenía entre los dientes sacando el primer grito de Pilar quién clavó aún con más fuerza las uñas provocando que, perdiendo totalmente el control, la agarrase por el cuello con mi mano derecha.

Pilar jadeaba. Nuestros rostros quedaron enfrentados pudiendo observar sus ojos, sus hinchados labios que formaban su entreabierta boca donde asomaba su afilada lengua y, en general, su encendido rostro.

P - Te pones violento ¿no?

I - ¿Me pongo o me pones?

Pilar me agarró con sus afilados dedos por la barbilla y, repasándome con su húmeda lengua desde la misma hasta la nariz, me espetó- vámonos, que Jenny nos espera-.

Volví a pulsar el botón del sótano para que se abrieran las puertas mientras Pilar se arreglaba mínimamente, dirigiéndonos al coche.

Salimos de aquel garaje manteniendo el silencio únicamente roto por la suave música que sonaba y nuestras agitadas y profundas respiraciones. Pilar alargó su mano izquierda y la apoyó sobre mi abultada bragueta.

P - Tengo dudas.

I - ¿Sobre qué?

P - Sobre si el que la tengas tan dura como una barra de hierro es porque te pongo cachondo o porque te excita ponerte violento.

I - Igual lo que me excita es que me provoques.

P - Ajam...

Pilar desvió su mirada por la ventana y la mantuvo perdida durante todo el camino mientras su mano izquierda seguía posada en mi abultado paquete ejerciendo presión de vez cuando. El silencio lo inundó todo hasta que llegamos a dónde habíamos quedado con Jenny. Tardamos en aparcar y nos dirigimos al bar en cuestión.

Nada más entrar vimos a Jennifer sentada en una mesa del fondo con cara de pocos amigos. Miré el reloj; llegábamos veinte minutos tarde. Se levantó y se dirigió a Pilar con una bolsa de una conocida franquicia, tomándola ésta y dirigiéndose a los servicios directamente. Jenny se acercó a mí y me besó en la boca ansiosamente mordiéndome el labio inferior al retirarse de ella. Mientras tanto, su mano no se había quedado quieto y había ido a parar a mi bulto, siendo fuertemente apretado.

J - Vaya, yo pensaba que ya vendrías relajado, - dijo riéndose a carcajadas.

I - La verdad es que no sabría decirte como vengo.

J - ¿Te lo ha hecho?

I -...

J - Venga idiota. Cuéntamelo. ¿Te ha hecho lo de las tetas?

I - Una cubana impresionante con el sujetador puesto, sí. ¿Cómo lo sabes?

J - La idea fue mía.

I - No sé por qué no me sorprende.

J - Siempre has querido unas tetas grandes para cerdear, y ya que yo no las tengo y no podía hacértelo pensé: ¿por qué no Pilar? Y acerté.

I - Pero ha habido más cosas, Jenny. Me descoloca muchísimo.

J - Eso es porque no me escuchas cuando te hablo.

I - ¿?

J - Te dije que estaba desatada y que quería experimentar. Llévala hasta el límite.

I - ¿Hasta el límite?

J - Izan, mira que sueles acertar bastante con las mujeres, pero a veces pareces imbécil. - Puse cara de desconcierto mientras Jennifer seguía hablando- Pilar se separó porque estaba cansada de la monotonía. Porque el sexo, entre otras cosas, era absolutamente desesperante. Solo hacían el misionero, y Pilar es joven y qué coño, está empotrable. Me contó que no había manera de que le echara un polvo poniéndola a cuatro patas. Joder, o que la dejara ponerse encima para cabalgarlo. Ya no te digo cosas más fuertes. Y claro,- continuó mientras daba un largo trago a la cerveza- ahora está desatada y quiere probarlo todo. Dominar y ser dominada. Algunas cosas las ha probado, pero no se atrevía a dar un paso más en diferentes perversiones y cuando me lo contó pensé directamente en ti.

I - ¿Por qué en mí?

J - Porque te conozco y sé que te mola hacer todas guarradas que existan. - rió a carcajadas- Y porque también sé que eres lo suficientemente bueno como para saber parar llegado el momento. Por otra parte, sabía que no ibas a poder contenerte con sus tetas. Llevas años hablando de ellas. Para Pilar mandarte esas fotos fue todo un desafío. Era la primera vez que hacía algo parecido y me costó convencerla. De hecho, yo sabía lo que iba a pasar pero ella se quedó tan descolocada que no supo que responder. Por eso he organizado hoy ésto. Y por cierto, ya me contarás todo con pelos y señales.

I - ¿Y entonces qué?

J - Déjate llevar. Haz todo lo que se te ocurra hacerle, ya sea violento o no. Y déjate hacer todo lo que ella quiera. Intenta entender sus señales. Mira, ahí sale.

I - Pues ya las únicas señales que veo es que trae las largas puestas...

Rompimos a reír a carcajada limpia ambos mientras Pilar se acercaba y nos preguntaba de qué nos reíamos. - De tus pezones,- respondió Jenny - que dan ganas de chupártelos hasta que se desgasten.

P - ¿Es una proposición? - dijo alargando su mano y posándola en la pierna desnuda de Jennifer.

J - Por supuesto que sí. Pero no para hoy. - Volvimos a reír. Pilar se levantó y se plantó delante de mí y se dio una vuelta sobre sí misma. Vestía una minifalda de cuadros escoceses con una camisa fina blanca que se sujetaba únicamente con dos botones y mantenía los zapatos de tacón. En el pelo se había hecho una coleta. Miré a Jenny inquisitoriamente. Esto también era idea suya, sin duda. Se había cambiado con la ropa que le había traído ella en la bolsa y se se recompuso un poco el maquillaje. - Estás preciosa- dije y, agarrándola del culo y atrayéndola hacia mí añadí - preciosa y empotrable.-

P - Bueno, ya veremos más tarde... - y sonrió juguetonamente sacándome la lengua. Esa lengua...

Pedimos unas cervezas y algo de comer y comenzamos a hablar de temas intranscendentes, del trabajo, de la gente en general hasta que Pilar se levantó para hablar con una amiga que acababa de entrar en el bar.

J - ¿Y le has hecho fotos?

I - ¿Perdona?

J - Fotos. O vídeos. Del lefazo en las tetas.

I- Pero que cotilla eres...

J - Eso es que sí. Venga, pasámelas.

I - ¿Estás loca? Ni de coña.

J - Si no me las pasas tu me las pasará ella. Pero me pondría más cachonda que lo hicieras tú. - Dijo susurrándome al oído.

I - Bueno, ya veremos. Pero ahora no.

Pilar volvió a la mesa y se sentó de nuevo a mi lado. ¿Quién era? - pregunté por curiosidad.

P - ¿También quieres follártela?- miré hacia dónde se había sentado la chica, a la que realmente no había prestado demasiada atención.

I - Pues no parece que esté mal. Yo le daría un empujón fijo, pero todo a su tiempo.

P - ¿Que significa eso? - preguntó levantando una ceja.

Y, acercándome a ella mientras mi mano se colaba por debajo de la falda buscando el roce con la cara interna de sus piernas que se abrieron como un resorte, le dije: - Que primero te toca a ti esta noche, y el resto ya veremos-. Al llegar a tener contacto con sus bragas noté que estaba humedísima y aproveché para pasear mis dedos por la zona unos segundos.- Oye, o me invitáis o me marcho ¿eh?- se escuchó a mi espalda. Me volví hacia Jennifer mientras reíamos.

La noche continuó igual, entre conversaciones triviales (y otras no tanto), cervezas y risas hasta que empezaron a caer las primeras copas. Tras acabar la segunda ronda decidimos ir a otro bar para continuar, un lugar en el que hacían mezclas de lo más extrañas y contundentes en unos pequeños botijos. Ers un lugar pequeño y oscuro en el que normalmente no había mucha gente pero que siempre nos gustó. Empezaron a caer uno tras otro mientras sonaba música ochentera bailable lo que hizo que las chicas empezaran a bailar pegadas, rozándose y mirándome continuamente para provocarme, algo que, obviamente, consiguieron sin demasiada dificultad. Los bailes, las caricias, los roces y el alcohol siguieron corriendo hasta que Jenny decidió marcharse. Se despidió de Pilar dándole un pico en la boca, algo que aparentemente la dejó un tanto sorprendida, y después se acercó a mí plantándome un muerdo en la boca que acepté gustosamente dejando a su lengua jugar libremente en mi boca mientras mis manos buscaban su impecable culo. - Guarda algo para mí, que yo también quiero mi lefazo en éstas - me dijo al oído mientras se agarraba las tetas - y acuérdate de hacer vídeos.- Me reí y me despedí de ella.

Pilar y yo nos quedamos solos, enfrentados el uno al otro y aprovechando que nos habíamos quedado solos, nos abalanzamos el uno sobre el otro besándonos enloquecidamente, como si nuestro por fin hubiese sido destapado libremente. Nuestras manos se dedicaron a reconocer nuestros cuerpos buscando cada pliegue, cada perfil y cada poro, disfrutando del goce de contactar piel contra piel, sintiendo el calor, notando cada gota de sudor y compartiendo cada suspiro que producía nuestro visceral contacto. Nuestras bocas se buscaban una y otra vez para dejar jugar libremente a nuestras lenguas que se entrelazaban en un descoordinado baile bucal que se interrumpía solo unos breves momentos para recuperar el aliento y buscar otras zonas a las que poder sugestionar. Cada vez que su perfilada lengua atravesaba mi zona supraclavicular hasta acabar en la zona inferior a mi oreja mis manos se iban a su culo a apretarlo fuertemente para atraerla más a mí y clavarle lo más intensamente que podía mi polla en su cuerpo a través de nuestras ropas. La excitación estaba escalando enteros y, en un momento en el que la apreté con muchísima fuerza, Pilar se separó de mí mordiéndome con fuerza el labio hasta el punto de sentir como un hilo de sangre recorría mi boca. La miré enfadado pero rebosante de deseo y la atraje hacia mí buscando su boca con exacerbado deseo a lo que ella se negó zafándose de mí, soltándome un nuevo bofetón y dándose la vuelta dirigiéndose a los baños. Me quedé allí de pie, plantado y no sabía si excitado, enfadado, nervioso... - Llévala hasta el límite.- Las palabra de Jenny retumbaron en mi cabeza de repente. ¿Sería eso lo que quería? Jenny me había dejado claro que Pilar estaba desatada y que quería experimentar. Llévala hasta el límite. Las palabras seguían repitiéndose en mi cabeza mientras las imágenes de todo lo sucedido acudían una tras otra. Los bofetones, su dominancia en mi casa, los mordiscos, su aliento y su cara cuando la había agarrado del cuello en el ascensor. ¿Ers lo que quería? Los pensamientos se me arremolinaban en la cabeza mientras mis piernas me conducían, casi inconscientemente, de manera abrupta hasta los baños de mujeres. Llévala hasta el límite. Llévala hasta el límite. Llévala... Entre en los baños. No había nadie. Me dirigí a los compartimentos estando el primer de ellos vacío. Pilar tenía que estar en el segundo. Me acerqué y levanté mi mano con la intención de llamar a la puerta. Una idea atravesó mi cabeza fugazmente: "y si..." Mi mano bajó hasta el pomo haciéndolo girar y bo encontrando ningún impedimento a la hora de empujar la puerta. Me colé dentro mientras Pilar se levantaba del inodoro gritando con un enfado que su cara negaba.

P - ¿Qué coño crees que haces? - dijo mientras levantaba la mano con intención de volver a abofetearme, aunque en esta ocasión estuve rápido y sujeté su mano en el aire.

I - Cállate, puta. Llevas todo el día tocándome los huevos y eso se ha acabado aquí y ahora. - ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo era posible que esas palabras estuviesen saliendo de mi boca? Le agarré de la nuca, pasando mi pulgar por debajo del mentón, rodeando su cuello, y le obligué a agacharse poco a poco hasta que quedó arrodillada ante mí. - Ahora, - dije mientras me desabrochaba el cinturón e iba soltando uno a uno los botones de mis pantalones- te vas a tragar toda esta polla, y no vas a dejar de chupar hasta que me corra en tu cara y te marque como la zorra que eres o hasta que me canse de la mamada y te rompa el culo. Así es que venga, a chupar.

Pilar hizo un mínimo amago de resistirse... - Tendrás que romperme el culo porque ya te he dicho que hoy te la voy a comer. - Mi mano izquierda realizó un rápido movimiento e impactó con el rostro de Pilar que no lo esperaba pero lo aguantó con entereza.

I - ¡Cállate! Me dijiste que no me la ibas a chupar ayer, pero son las dos de la mañana, así que abre esa boquita de chupavergas que tienes y prepárate para tragártela entera.

Liberé mi rabo que estaba a punto de estallar y lo coloqué cerca de su boca, hacienda ella un rápido gesto intentando alcanzarla.

¡PLAF! Otro bofetón retumbó en los baños mientras retiraba mi polla del alcance de Pilar. - Pídemelo- le espeté.

P - ¿Cómo?

I - Que me pidas que quieres comértela.

P - ¿Y si no lo hago?

Ya me estaba vacilando en exceso. Le pegué un fuerte tirón del pelo con la mano izquierda y, sujetando mi polla con la derecha, comencé a darle golpes duros por toda su cara mientras intentaba alcanzar con su lengua en un juego interminable. Finalmente, volví a colocar mi verga cerca de de su boquita y le obligué a suplicarme - Izan, por favor, dámela ya. Dame mi ración de polla. Lo necesito. No aguanto más. - Y se la di. Agarrada con mi mano dirigí mi miembro hasta que hizo tope en el interior de la boca de Pilar. Retrocedí y volví a clavársela buscando su moflete y obligándola a expulsarla con un sonoro ¡plop! Continué jugando con ella un rato hasta que acabe por depositarla en su lengua. Nuestras miradas se cruzaron. Pilar avanzó hasta abrazar mi glande con sus labios y cerró los ojos mientras empujaba su cabeza para que tragara todo lo que fuera capaz. Vi como dos lágrimas saltaban de sus ojos, pero no se percibía ningún gesto de disconformidad o dolor. Estaba disfrutando. Las lágrimas eran de placer. Salí de ella y volví a clavársela fuerte arracándole un gemido ahogado. Soltó mi polla y sin levantar la mirada dijo - Te ha costado...- Volví a introducírsela con más virulencia ahogando sus palabras en un ruido gutural. Iba a usar aquella boca a placer. Iba a hacer lo que ella quería. Estaba convencido de que la estaba dominando y, sin embargo, por mi mente empezó a fluir la idea de que en realidad, aún estando ella de rodillas con mi polla taladrando su boca, era ella la que dominada toda la situación. Al fin y al cabo, ella había provocado toda está situación. Mis se apoyaron en su cabeza y comencé a utilizar su boca penetrando una y otra vez, con la mayor velocidad y agresividad que era capaz de mantener provocando las arcadas de Pilar, que comenzó a borbotear saliva por los pocos espacios libres que quedaban entre sus labios.

No iba a poder aguantar mucho más, pero recordé que Jennifer quería vídeos. ¿Cómo se lo tomaría Pilar? Cómo pude saqué el móvil y lo coloqué encima del inodoro comprobando que quedaba a la altura de su cara y lo puse a grabar. - ¿Qué haces? - pregunto con dificultad entre extrañada y temerosa. - Grabar como te llevas el mejor lefazo de tu vida en la cara-. Pareciera que mi respuesta le excitara más aún porque, como una auténtica devoradora de rabos se lanzó a por ella engulléndola ansiosamente.

Esto daba ya para lo que daba. Le agarré de la coleta, tira hacia atrás de su cabeza y sujete mi verga con la mano derecha frente a su cara masturbándome fuertemente. No hizo falta pedirle nada. Pilar estaba ya entregada a todo. Allí, postrada a mis pies, absolutamente dominada y sintiéndose dominadora de la situación sacó su lengua hasta rozar mi prepucio para después decirme con suavidad - Vamos, Izan. Córrete en mi cara. Es lo que llevas deseando todo el día ¿no? Vamos. Márcame. Márcame como se marca a las reses con el hierro. - Litros de semen se agolpaban en mis encogidos testículos luchando por buscar una salida liberadora.

Y la encontraron. Una decena de latigazos fueron salpicando el cuerpo de Pilar en un maremágnum de sensaciones compartidas dejando atrás regueros de simiente que se deslizaban por su perfilada cara buscando los surcos de su piel por las que corrían como las lluvias torrenciales lo hacen montaña abajo, atravesando su cuello para perderse por debajo de la camisa y buscando el cauce perfecto existente entre sus pechos, que se expandían al ritmo de su acelerada respiración.

Nos quedamos así unos minutos intentando recuperar el aliento. Aproveche para, con algo de papel, retirarle los restos de esperma que se habían acumulado en sus ojos y que ya no iban a poder evitar que enrojecieran. Y nuestras miradas se cruzaron. Miradas de placer, de deseo y, me temo, que de la absoluta certeza de que aquella noche solo había empezado. El tapón de la botella de los deseos de Pilar había sido sido descorchado. El límite solo lo íbamos a poner nosotros. Si es que iba a existir ese límite.

Continuará...

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