Xtories

La caída de Marta

Marta creía conocer los límites de su matrimonio, pero la voz grave de Alex en el gimnasio borró toda línea roja. Lo que empezó como un halago se convirtió en una obsesión que la llevó a traicionar a su marido en la cama de otro, donde el placer fue tan brutal como la traición.

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Tras una intensa sesión de Zumba, la de todos los jueves, tomé una reconfortante ducha para poco después aplicarme con esmero todos mis potingues, desde cremas hidratantes varias, hasta la mascarilla facial. Me veía estupenda ante el colosal espejo del vestuario femenino cuando de repente, caí en la cuenta de que llegaba tarde a la cita con Pedro, mi marido así que me vestí rápidamente y todavía con el pelo mojado, vibró mi móvil. Era mi madre con asuntos domésticos no relevantes que zanjé en apenas dos minutos. Al salir y atravesar el torno del Club deportivo oí una grave y sensual voz a mis espaldas:

—“¿Marta?, ¡Hola!, soy Alex. Andrea, el monitor de Sala, me ha comentado que moderas el grupo de WhatsApp de Running y me encantaría que me añadieses a vuestra lista. Llevo poco tiempo por el club y me ha comentado que formáis un grupo estupendo. Voy a prepararme la maratón de San Sebastián y me vendría muy bien entrenarme con vosotros, al menos hasta finales de noviembre que es cuando se celebra la carrera”.

Así, sorpresivamente, fui abordada por este Adonis la mañana del 2 de septiembre en la puerta de mi gym, a unos escasos 500 metros de mi casa. El asombro era relativo ya que su presencia no me había pasado inadvertida desde hacía unos días, tanto en la zona de estiramientos como en la piscina, donde pude admirar la increíble estela que, a su paso, surcaba en el agua con sus más de 190 cm fluyendo por la calle. Su salida de la piscina, propulsándose con sus hercúleos brazos era un espectáculo que no podía dejar de observar. Sin ocultar cierto nerviosismo, fingí sorpresa, mostrando mi satisfacción por el hecho de incorporar un nuevo corredor al grupo. También le comenté el "buen rollo" que teníamos entre todos nosotros y lo bien que nos lo pasábamos en alguna "fiestecilla" que organizábamos durante la temporada. También le comenté que teníamos diferentes niveles de corredores, desde acreditados "runners" a los aficionados y aficionadas más discretos.

Disculpad, no me he presentado, mi nombre es Marta, me apasiona el fitness y el running, lo que me permite lucir una sobresaliente figura a mis 53 años. Pedro, mi marido, viaja frecuentemente y debido a su tremenda afición por la bici de montaña, apenas coincidimos en el club del que somos socios desde hace años, apenas algunos fines de semana y en aquellas celebraciones post carrera a las que también suele acompañarnos. Nuestra relación como pareja es y ha sido siempre formidable, también, cómo no, en el ámbito sexual, al menos hasta la súbita aparición en escena de Alex. Nos casamos jóvenes y tenemos un hijo de 25 años ya independizado por lo que vivimos solos en nuestro céntrico ático de la ciudad.

El grupo de Running se convoca casi todos los días de la semana, aún así, Alex se las ingenió para coincidir conmigo, martes jueves y algunos domingos, exactamente los días que yo solía asistir. En su primer entrenamiento, su arrolladora e intimidante figura no pasó desapercibida para nadie y fue la "comidilla" entre Yolanda y Joana, dos de mis amigas y compañeras del grupo. Ellas no se inhibían haciendo comentarios que ruborizarían a cualquiera a la vez que me felicitaban por el nuevo y atractivo "fichaje" que habíamos incorporado. Alex iniciaba la actividad “trotando” siempre a mi lado por lo que transcurridos varios días fuimos fraguando una relación, si no de complicidad al menos de cierta confianza. Su estrategia y no me refiero a la deportiva, la tenía muy estudiada pero hábilmente no se precipitaba sin dejar de perseguir su objetivo.

Transcurridas unas semanas, conforme iba aumentando la confianza entre nosotros y aprovechando momentos en los que nadie podía escucharnos, comenzó a soltarme halagos del tipo: “El top te sienta de maravilla “¿has probado a combinarlo con unos shorts deportivos para lucir tus magníficas piernas?. "Estás increíble Marta". Al principio me quedé asombrada pero también, debo decirlo, inquietamente excitada. Él comenzaba a mostrar descaradamente sus cartas sin que yo estuviese todavía preparada, de hecho no podía imaginar, aunque sí soñar, que un tío “tan bueno” hubiese fijado como su objetivo a una mujer de mi edad por lo que mi autoestima estaba por las nubes.

Nada realmente importante acaeció durante las siguientes dos semanas pero un jueves, después de hacer series de forma intensa bajamos a relajarnos a la zona de Spa y totalmente desprevenida en los chorros de hidromasaje se acercó y me susurró:

— “Marta, ¿podemos vernos y tomarnos una cerveza esta tarde? Debo comentarte algo importante, por cierto, ¡Estabas preciosa con tu nuevo conjunto!”

Estaba confundida y el pretexto de mi nuevo top con short a juego que estrené en el entrenamiento de ese jueves, no niego que, en parte, a raíz de su atrevido comentario de hace quince días, me hacía temer que este juego pudiera írsenos de las manos y llegar a límites de consecuencias imprevisibles; por mi cabeza se mezclaban todo tipo de pensamientos pero la imagen de Alex y la inmensa atracción que ya ejercía sobre mí, me impedían razonar cabalmente por lo que sin apenas pensarlo respondí:

—"Estoy algo ocupada pero creo que tengo un hueco a última hora de la tarde, nos vemos si te parece en la cafetería del club a las 20:00.¿Ok?”

Elegí ese lugar para no despertar sospechas ante la posibilidad de ser sorprendidos en un sitio diferente y tener que dar explicaciones. A mi llegada Alex se encontraba en una de las mesas de la terraza exterior bebiendo una cerveza, pedí un refresco para mí a Ramón, el camarero y me senté a su lado tratando de no llamar mucho la atención aunque lo suficientemente cerca para poder acercarme a su oído y susurrarle:

—“Tú dirás, cuál es ese asunto tan importante que me tenías que contar”. Su respuesta fue breve pero contundente:

— “Marta, desde que te vi por primera vez no te me puedo quitar de mi cabeza, me tienes poseído, sé que es una locura pero debía decírtelo cuanto antes”.

__ “Alex…¿te has vuelto loco? Le contesté sin rubor bajando el tono tratando de no despertar sospechas. “Sabes que estoy casada y por nada del mundo traicionaría a Pedro. ¿Te das cuenta de lo que dices?” Amagué con marcharme pero una fuerza sobrenatural me lo impedía. Un chute de emociones me desbordó, trataba de preparar una repuesta coherente pero un breve y a la vez sonoro silencio delató mi voluntad. Temerosa, le aclaré que esto debía terminar ahí pero él, esbozando una leve sonrisa ya se intuía ganador del duelo. Tomó la iniciativa y tras unas insustanciales palabras que no logro recordar, me anunció:

—“He reservado una mesa para dos en el Restaurante Tony’s mañana viernes a las 22:00. Búscate una buena excusa y deshazte de tu marido hasta bien entrada la noche”.

Su tono dominante me provocó un rechazo inicial a la vez que un gran subidón; pese a todo, opté finalmente por levantarme y marcharme de inmediato. Alex permaneció imperturbable,, sabía perfectamente lo que hacía en todo momento. En el camino hacia casa, un torbellino de contrariedades me consumía pero era inútil tratar de ignorarlas. Al entrar al recibidor y descalzarme, un nuevo WhatsApp iluminó el móvil:

—”No olvides nuestra cita de mañana, sé que estarás preciosa, te recogeré en un discreto lugar cerca de tu casa. Sigue atenta a mis instrucciones”.

Instantáneamente me invadió un tremendo calentón entre mis piernas por lo que opté por desnudarme, preparé un baño relajante e introduciéndome en la bañera comencé a acariciarme la vulva con mis dedos; estaba muy mojada y no precisamente por fuera así que me corrí casi al instante. Seguidamente me sequé con la toalla sin dejar de observar el móvil esperando ansiosa la llegada de nuevos mensajes.

Tras ponerme una camiseta larga y unas pequeñas braguitas, me arrellané en el sofá dudando entre mandarle a la mierda y recuperar mi vida antes de que todo se fuese de las manos o dejarme arrastrar por la pasión y esperar acontecimientos, por otra parte, previsibles. Al llegar mi marido tuve que disimular como pude, incluso por la noche hicimos el amor, pero en mi cabeza era Alex quien me follaba y me rodeaba con sus potentes brazos. Pedro no merecía tamaña afrenta pero estas decisiones nunca responden a la lógica, incluso ni la lealtad o el compromiso pueden impedirlas. Mi lado perverso comenzaba a urdir un plan con el que convencer a Pedro para ausentarme esas horas que transcurrirían entre la cena en Tony’s y lo que pudiese ocurrir después pero no era sencillo, en primer lugar, porque no era habitual que saliese sola, incluso con amigas pero, además, porque Pedro era muy suspicaz y seguro que algo así levantaría sus sospechas. Al final no había tantas soluciones por lo que tuve que inventarme una cena con Carmen, una amiga del colegio con la que había perdido el contacto en los últimos años y a la que me había encontrado casualmente haciendo unas compras en El Corte Inglés el día anterior.

Pedro dirige una empresa de ingeniería modular. A sus 56 años es una persona respetable en su sector, lo que le ha generado un fulgurante éxito; su principal activo es la inteligencia y su cultura, no es muy alto, 1’72 cm. pero me sigue resultando atractivo, lo que ocurre es que Alex es diferente a lo que podía imaginar, estaba subyugada y lo peor, me veía capaz de cometer cualquier locura y someterme incondicionalmente a él. Aunque detesto mentir no tenía otra opción que presentar mi coartada a Pedro. Éste mostró incredulidad pero asintió en que fuera, incluso se ofreció a acompañarme él mismo algo que disimuladamente rechacé. Debió notarme algo raro en mi comportamiento incluso dude de que este ofrecimiento tuviese alguna motivación pero cambiamos enseguida de tema si bien la emoción y el suspense seguían ahí presentes.

A la siguiente mañana no desaproveche el tiempo ya que debía depilarme e ir a la peluquería. Aunque nunca descuido mi aspecto íntimo, ese día le dediqué atención especial y salvo una delgada línea vertical de pelo en el pubis, mis labios vaginales quedaron perfectos, suaves y sin rastro alguno de vello, listos para ser profanados. Un nuevo WhatsApp de Alex me sorprendió:

— Te recogeré a las 21:00 en la puerta del club.

Se aproximaba la hora de nuestra cita y la tensión se iba disparando, traté de ser esquiva con Pedro para evitar caer en contradicciones y ocultar mi nerviosismo. Dediqué tiempo en elegir un vestido apropiado. Debido al asfixiante calor que padecíamos pese a ser primeros de septiembre, opté por un vestido de gasa negro y tirantes con espalda abierta, muy cortito, falda a medio muslo, lo que mostraba mis trabajadas y tonificadas piernas en duras sesiones de Body Pump. La lencería, compuesta por tanga de hilo negro con transparencia frontal me hacían sugerente pero también elegante. El vestido era incompatible con el sostén lo que permitía mostrar buena parte de mis bronceados y sugerentes pechos. Traté de ser discreta en presencia de Pedro pero fue inevitable su reacción cuando, en el momento de despedirme de él, alertado por el sonido de mis largos tacones me observó con curiosidad pero también con la sospecha de por qué me había puesto tan sexy para una sencilla cena con una ex compañera de colegio.

— Martita, ¿Me vas a confesar con quién has quedado? ¡Estás arrebatadora! me espetó Pedro con cierta ironía.

— ¡Te he dicho que con Carmen, pesado!, sabes que no me gusta ir de cualquier manera, mentí sin convicción pero también muy asustada.

Le di un beso y, a la vez que me acercaba a sus labios agarró fuertemente mi culo con ambas manos susurrándome:

— Ten cuidado, ¡hay muchos depredadores sueltos y no pasarás desapercibida! Te esperaré despierto, seguro que me das alguna sorpresa..

—¡ No te preocupes, puedes dormirte! contesté torpemente sin pensar en la trascendencia de su frase pero realmente sus palabras me desconcertaron provocándome una taquicardia que traté de ocultar como pude así que me las arreglé para salir cuanto antes de casa. Ya pensaría algo sobre la marcha

El corto camino hasta las inmediaciones del centro deportivo se me hizo eterno, además de las dificultades para andar con mis largos y afilados tacones, asustada por la tremenda locura que estaba a punto de cometer, sin embargo seguía siendo víctima de una indescriptible excitación.

Cuando llegue al lugar de la cita, Alex ya me esperaba en su flamante Porsche Panamera azul, no era precisamente un vehículo para pasar desapercibidos por lo que me introduje en él rápidamente sin mirar a mi alrededor ya que no era descartable que algún conocido nos sorprendiese y nos incomodase con preguntas de difícil respuesta.

—Estás buenísima Marta me dijo, a la vez que, sin pudor, ponía a su enorme mano derecha sobre mis muslos que traté de retirar como pude.

Ruborizada pero también alagada, poseída por su influjo, su fragancia varonil y prendada por su belleza permanecía inerme ante sus provocaciones. No imaginaba que las cosas pudieran acelerarse tanto. La conversación hasta el restaurante discurría entre halagos e insinuaciones.

Dejamos el vehículo en el parking privado del restaurante y accedimos por su interior a una parte privada que Alex había reservado con antelación. Su relación con el staff del local era cercana, de total confianza, incluso tuvo oportunidad de saludar a Marcel, el chef, con quien intercambió varias bromas sin que éste me quitase ojo de encima, focalizado principalmente en mis piernas. El maître nos acomodó uno frente al otro en una mesa de las dimensiones justas lo que facilitó un intenso cruce de miradas entre nosotros durante un interminable espacio de tiempo. Alex se mostraba seguro, dominador, sabiéndome ya a su merced. Buscó mis manos y las encontró, sujetándolas con sutileza pero con fuerza. Le confesé que estaba arrepentida por haber ido tan lejos lo que pareció no inquietarle lo más mínimo ya que sabía que mi decisión era irreversible en ese momento. Mi debilidad era notoria. Poco después me lanzó:

— Marta, llevo semanas suspirando por ti, buscándote en cualquier rincón del club aunque sólo sea para contemplarte. Las noches se me hacen interminables, te deseo a cualquier hora. No hay momento en el que no estés en mi cabeza. Esta última frase me hizo recapacitar ya que en ningún momento me planteaba dilapidar mi matrimonio por una aventura, pero… ¿por qué me sentía así? ¿eran frustraciones acumuladas en un matrimonio aparentemente feliz? ¿Podía ser manejada así por una atracción sexual por muy poderosa que fuera?

La cena transcurrió entre miradas lascivas y sutiles, contactos de nuestras manos, también acarició suavemente mi cuidado cabello, ¡Dios mío!, ¡estaba derritiéndome!. Observar sus carnosos y tentadores labios, apreciar su infinita sonrisa, verle degustar las ostras y verter con esa clase el Veuve Clicquot en mi copa era ya algo imparable para mí. Ahora a quien no podía quitarme de mi cabeza era a Pedro, ¡qué injusta estaba siendo con él!, estaba comportándome como una auténtica puta porque mi voluntad me había sido arrebatada en forma de deseo.

Tras los postres y un licor deferencia de la casa, Alex me ofreció ir a bailar a un exclusivo local privado que conocía, donde pasaríamos desapercibidos y bailaríamos en una atmósfera diferente, al menos es lo que me dijo. El local estaba en una zona discreta y alejada de la ciudad, cogimos un taxi para evitar males mayores ya que habíamos ingerido una cantidad importante de alcohol. En el taxi, Alex me besó en la boca con fuerza y acto seguido me ordenó, insisto, me ordenó quitarme el tanga sin cortarse ante la presencia del taxista, pero ya fuera de mí, obedecí sin rechistar entregándoselo para no volver a recuperarlo; en el trayecto, su mano izquierda se aproximó a mis piernas y, sin apenas disimulo, comenzó a introducir sus largos dedos en mi interior para esta vez susurrarme:

— ¡qué zorrón estás hecha! ¿has visto lo mojada que estás?

No le respondí pero mi silencio era elocuente, quería que me follase cuanto antes.

Al llegar, la puerta no se correspondía con el de una sala de baile, discoteca o algo similar pero, una vez sorteada la entrada, con una seguridad propia de un ministerio, me encontré en un ambiente selecto y con un sonido imponente me dejé arrastrar entregándome por completo a su voluntad y a la monumental fuerza de sus brazos. Todas las personas allí presentes tenían un perfil similar, los hombres trajeados, edad de 35 a 50 años, las mujeres muy arregladas y bellas, más jóvenes quizás; todos y todas eran sumamente atractivos, no había frecuentado locales de este tipo en mi vida. La coctelería preparada por Ángel, un caribeño guapísimo, era sensacional, desde el contundente Pisco, Sour, la Caipiriña, hasta el sublime Metropolitan. Optamos por dos piscos a los que siguieron otros dos y… al ritmo del Sexual Healing de Marvin Gaye me dejé llevar por sus brazos uno de los cuales se dirigió a mi trasero que amasó con tesón para, poco después, hacer lo mismo pero esta vez por el interior de mi vestido, su cálida mano extendida por mi culo desnudo trataba sin freno alguno de escudriñar mis inundados orificios. Me sentía descontrolada, mi excitación y desinhibición avivada por el exceso de alcohol, era tal que hubiese consentido que me follase allí en medio, ya no me importaba absolutamente nada y así lo hacía entender. Su erección era manifiesta y descomunal, sólo de imaginarme lo que había escondido debajo de su pantalón y clamando por liberarse de esa pequeña prisión, conseguía estremecerme mojando y mojando más mi sexo:

— Por favor Alex, quiero que me folles, llévame a tu casa, a un hotel, donde sea pero quiero esta polla dentro de mí, ya.

—Nos iremos pronto, yo te lo diré Marta.

Su tono dominante comenzaba a preocuparme pero en la misma proporción me excitaba, si realmente cabía algo más de calentura en mi cuerpo. Tenía un serio problema que no era otro que la hora; la situación era estresante ya que Pedro podría comenzar a preocuparse tratando de localizarme y rematar la noche con Alex podría llevarnos como mínimo dos horas más, un margen de tiempo que no me lo podía permitir si no quería que peligrase mi matrimonio pero mis acciones no se basaban en la coherencia, ni en la razón, sino en puro instinto animal, salvaje, sexual.

Finalmente, ante mi insistencia, optamos por marcharnos, cogimos otro taxi donde el desenfreno de Alex y el mío no era propio de personas maduras, un comportamiento tan gamberro y guarro que el taxista estuvo a punto de echarnos varias veces de su vehículo, censurando nuestra desfachatez. Al final, una buena propina zanjó a todo, nos apeamos en la puerta del lujoso bloque de apartamentos de Alex, tomamos el ascensor llegando desencadenados hasta su ático pero al entrar al piso admiré asombrada esa vivienda singular con muebles de diseño y decoración art-deco pero el caso es que estábamos a otras cosas. Alex me ofreció una última copa a la vez que reproducía música chill out en un casi inaudible volumen pero lo suficiente alto para bailar, seguir abrazándonos, fundiendo nuestras lenguas abandonados a la lujuria y el exceso carnal. Simultáneamente una voz profunda y lejana "machacaba" mi cerebro instándome a poner fin a esta locura aunque de nada sirvió. Alex me lanzó hacia su precioso sofá rojo, quitó mis zapatos y levantó bruscamente mi vestido. Quedé totalmente expuesta a la vez que su cabeza se zambullía en mi sexo, su lengua jugaba traviesamente en mi clítoris lo que me condujo a un éxtasis orgásmico que no puedo describir con palabras. Alex se detuvo de repente, se levantó y se desnudó con celeridad, me levantó y me quito fácilmente el vestido para llevarme a la ducha. Una reacción sorprendente que traté de asimilar contemplando ese maravilloso cuerpo perfectamente depilado y sus marcados abdominales pero fue su polla, proporcional a su envergadura, lo que me dejó hipnotizada. Accionar el agua caliente y encontrarnos desnudos, entrelazados, notando ese gigante mástil enhiesto en mi abdomen era una auténtica locura. Me quedé varios segundos contemplándolo, su largura, sus rebosantes y azules venas, la perfección de su glande, en definitiva, la incomparable belleza de su erección. No tardé en agacharme para saborear y engullir esa pieza que fui degustando con calma sujetándome en esos increíbles cuádriceps. Me gusta chupársela a Pedro, pero jamás me tragué su semen algo a lo que ahora si estaba dispuesta sin necesidad de que Alex me lo pidiese, lamí sus huevos y su culo durante un buen rato para volver a chupársela con denuedo. Llegado el momento de la eyaculación, una textura ligeramente viscosa, salada y de un sabor jabonoso llenó mi boca entre los espasmos de Alex, mis flujos vaginales eran auténticas cataratas perdiendo la cuenta de mis orgasmos; me incorporé, le mostré mi boca una vez había engullido hasta la última gota de su leche, ofreciéndosela a la suya que la tomó con lascivia a la vez que comenzó a agarrarme ambos glúteos de forma animal, abriéndolos enérgicamente lo que contribuía a incendiarme más y más.

Nos secamos y me cogió en sus brazos, parecíamos la bella y la bestia, un gran contraste de tamaños aunque perfectamente compenetrados. Quedaba poco tiempo, imploraba que me follase pero no de cualquier manera, quería sufrir sus fuertes embestidas, que me poseyera sin contemplaciones. Me llevó a su dormitorio, me echó delicadamente en una moderna y cómoda cama tamaño King Size, donde me preparó para el asalto final. Estaba ida pero necesitaba que su polla “horadase” ya mi coño, se colocó justo encima de mí, sujetado por sus brazos en posición diagonal, marcó con su polla la entrada de mi hinchado y caliente sexo, haciendo pequeñas penetraciones que conseguían enloquecerme por lo que era yo misma quien trataba de introducirla una y otra vez. Se comportaba como un sádico haciéndome sufrir en cada intento. Pasaron unos segundos que me parecieron interminables pero finalmente introdujo su enorme polla en mi interior, me proporcionó una sensación de plenitud que no puedo describir con palabras. Sus sacudidas, mis manos sujetando su pétreo culo atrayéndolo hacia mi hasta que me estrujó con sus brazos dando unas últimas convulsiones eyaculando en mi interior. Le pedí que mantuviese su polla dentro por unos instantes hasta que, poco a poco fui consciente de lo que había sucedido. Miré el reloj, las 5:45 de la madrugada, me dirigí a por el móvil que lo tenía en silencio: seis llamadas perdidas de Pedro y numerosos WhatsApp: “¿donde estas? ¿donde te has metido? Contesta”…

Conforme me incorporaba y trataba de vestirme, me encontraba cada vez más desolada, ¿qué podría decirle a Pedro? ¿Cómo afrontaría la llegada a casa? Me había duchado, así que el olor a gel podría delatarme, Alex se negó a devolverme mi tanga, por lo que también llegaría sin ropa interior. Antes de marcharme Alex me dijo que cogiera un regalo que tenía para mí en el cajón de su mesilla. Era un pequeño juguete, un plug anal, con el que debería acudir a nuestra próxima cita.

Continuará