Xtories

En silencio

Él tiene esposa, ella tiene silencio. En la penumbra de un hotel en París, la jerarquía laboral se desmorona bajo el peso de un deseo prohibido. No hay futuro, solo esta noche, y el precio es no decir nunca su nombre.

Pieldemanzana5.3K vistas9.0· 6 votos

La música que se antojaba antigua pero agradable se escurría en los altavoces. La tarde gris plomiza dejaba pequeñas gotas de agua en los cristales. Encogida bajo la ropa de la cama, desnuda, me dejaba llevar por los recuerdos de momentos muy cercanos. Mi cuerpo aun temblaba un poco al rememorarlos.

La habitación olía a sexo y perfume varonil. El perfume de él. Apenas hacia un ratito que se había marchado, su esposa lo esperaba en su hogar. Yo, como siempre, me quedaba sola, esperando una próxima vez. Escondida del mundo, escondida de las cotillas del barrio. Atrapada en ese mundo de infidelidad y amor a medias. Sometiéndome al silencio establecido por una pareja que, en teoría, no debía de existir, que nunca debiera de haber nacido.

Pero…alli estaba. Acurrucada en la penumbra de la habitación. Saciada de sexo, sintiendo aun en mi piel el tacto de la suya. Preguntándome hasta cuando duraría esto. No, no era fácil esta relación.

Pese a haberla aceptado desde el primer momento. Sus palabras fueron claras desde el principio “mi matrimonio es una institución. Nada puede dañarlo”. Lo acepté, acaté la premisa desde el instante en que sentí sus labios por primera vez sobre los míos. Sabía que solo era una aventura, pese a que estuviese enamorada de él, pero plenamente consciente que, para él, solo sería eso, una aventura.

Él era mi jefe. Un hombre hecho a si mismo. Poseía una gran fortuna debida a sus negocios. Siempre bien vestido, muy bien vestido, siempre amable. Tremendamente carismático y con un don de gentes apabullante. Nunca conocí a nadie que hablase mal de él.

Yo solo era su secretaria. Solo eso. La chica que le llevaba la agenda, que le organizaba las reuniones, la que guardaba silencio cuando debía de hacerlo. Esa que cuidaba cada detalle en la oficina para que todo estuviese a su gusto.

De vez en cuando, en mi mesa, aparecía una flor con un “gracias” escrito en una tarjeta personal. Solo con eso ya me sentía feliz en mi trabajo.

Lo acompañaba a distintos viajes. La verdad es que mi trabajo era de todo menos monótono. Gracias a ello viajé casi por toda Europa. Conocí las ciudades mas bonitas y los hoteles mas caros. Eso sí, siempre en distintas habitaciones y cuidando mucho las distancias.

Aquella noche llegamos tarde al hotel. La reunión de negocios se había alargado mas de lo previsto. Estábamos ambos cansados y necesitados de un momento de relax. Tomamos las respectivas tarjetas magnéticas en la recepción del hotel y nos dirigimos al ascensor. Misma planta, habitaciones contiguas.

La música del ascensor sonaba aburrida, como en cada hotel. El uno al lado del otro. Yo con mi cartera de trabajo en una mano y el abrigo en la otra. Él, seriamente apoyado sobre el espejo. Estábamos solos.

¿Cansada? - Preguntó mirándome casi tiernamente.

La verdad es que sí. Hoy ha sido muy larga la reunión. Ya tenía ganas de acabar. Estos dos días en París se me están haciendo un tanto largos. Pero bien. Ya estoy acostumbrada.

Sonrió a sabiendas de que mis contestaciones siempre eran educadas y sinceras, a la vez que respetuosas.

-Yo también estoy algo cansado. Necesito una ducha, cambiarme de ropa y olvidarme un poco de tanto estrés. A veces el trabajo se hace pesado y aburrido. Los negocios son así, pero…cansan.

Sonreí dándole la razón. Si, muchas veces era muy cansado escuchar esas peroratas de cifras y números, de cálculos, beneficios, pérdidas y riesgos. Era lo normal en esto, pero tenía razón, a veces se hace muy pesado de llevar.

. - ¿Te apetece cenar algo en el restaurante después de cambiarnos? Tengo hambre. Los aperitivos de esta tarde los tengo en los talones. - sonrió de nuevo mirándome a los ojos.

La verdad es que sí. Tenia hambre y aquellos aperitivos dejaron mucho hueco en mi estómago hacía rato.

Acepté encantada. Nos veríamos en el bar del hotel, en la planta baja.

Nos despedimos con un “hasta ahora” al entrar cada uno en nuestra habitación respectiva. Una ducha caliente que me arrancó la pesadez del día de la piel y el alma. Me maquillé un poco y me vestí algo mas informal. Nada de trajes de falda y chaqueta. Un vestido con cierto escote que dejaba mi espalda al descubierto, tacones y un chal sobre mis hombros.

Tomé el bolso y salí de nuevo en busca del ascensor. Subí, y una vez abajo, me dirigí al pequeño bar.

Me fui directamente a la barra donde me pedí una copa de vino blanco una vez sentada en un alto taburete.

A mi alrededor distintos personajes. Todos ellos enchaquetados, gente seria y encorbatada. Aburridos y siempre hablando de negocios, yates, palacetes y demás cosas de gente muy rica. Nunca terminaría de acostumbrarme a eso. Me causa aprensión tanta presunción.

Tomé una aceituna del platito que había junto a mi copa mientras los observaba. Alguna chica algo descarada se hacía notar. Se veía claramente que no era de ese ambiente. Posiblemente una chica “de compañía” que no podía disimular lo que era.

No tardé en notar una mano en mi cintura. No necesitaba saber que mi jefe acababa de llegar. Me volví para encontrármelo guapísimo en su traje sport. Parecía rejuvenecido.

. -Siento haberme retrasado Sara. Una llamada de última hora. - Dijo a la vez que se sentaba a mi lado.

-No te preocupes, Acabo de llegar. - Dije disimulando para no dejarlo mal.

Se pidió una copa de vino como yo. Hablamos un poco del día. De cómo había ido la negociación, de esas cosas del trabajo.

Su móvil sonó. - Perdona, es mi mujer. - Dijo al tiempo de darle al botón. Lo escuché saludar a su mujer, contarle un poco que todo había ido bien. Que no sabía si volvería al día siguiente o pasado mañana. Preguntó por sus hijos. Yo trataba de ser discreta y hacer como que no escuchaba mirando hacia adelante.

Colgó. Miró mi copa casi vacía y apuró la suya.

¿Pasamos al restaurante? - Me preguntó.

. -Si, claro. - Contesté al tiempo de bajarme del taburete aquel del diablo. Que incómodos eran, por dios…

Me ayudó y me tomó del brazo. Con paternalismo, sin apretar. Siendo muy cortés y educado. Nos dirigimos al restaurante. Un pequeño restaurante, algo privado, solo para visitas especiales en el que había reservado mesa un poco antes por teléfono.

Un métre, serio a la vez que sonriente, nos acompañó hasta la mesa después de comprobar la reserva. Tomamos asiento y nos pasó la carta de vinos.

Fue mi jefe quien decidió qué vino tomaríamos. Él sabía mas que yo de eso. Lo dejé hacer. Era su mundo, al fin y al cabo.

Detrás del vino, la cena. No demasiado pesada. Mas bien ligera. Conversación intrascendente, alguna broma sobre algo que se había salido de lo normal y había resultado humorístico. Y así llegamos a los postres.

Para entonces ya eran dos las botellas que nos habíamos tomado. El vino comenzaba a hacer efecto en nuestra conversación. Me sentía algo acalorada pese a haberme quitado el chal.

Ví cierta curiosidad en sus ojos. Nunca había visto aquella mirada en él dirigida hacia mí. Sus ojos no podían evitar mirar mi escote y, en algún momento, hasta le tembló la voz. Yo traté de disimular que me había dado cuenta de ello.

Después de la cena me invitó a salir a dar una vuelta por París. Al fin y al cabo, no trabajábamos al día siguiente hasta la tarde.

Acepté encantada cogiéndome esta vez yo de su brazo. Noté su codo rozar mi pecho, no me importó.

Subimos a un taxi y él le pidió que nos llevase a no se qué pub que conocía. El taxi circuló por aquellas calles. Podía ver la torre Eiffel allá a lo lejos, totalmente alumbrada en la noche. Se veía preciosa. Los campos alisios pasaron frente a mí mirada mientras notaba su pierna pegada a la mía. Bromeaba o me indicaba algún lugar que pasaba rápido ante la ventanilla.

Al fin llegamos a un pub maravilloso. Tranquilo, recogido, de música dulce y acogedor.

En su perfecto francés pidió dos copas después de sentarnos en una especie de reservado con vistas a la torre. Se acabaron las conversaciones serias, se acabaron los servilismos y la jerarquía. A partir de entonces éramos dos viejos conocidos. Al fin y al cabo, yo sabia más de él quizás que él mismo.

Sentados uno junto al otro se sucedieron las copas y las risas. Mi mano se posaba de vez en cuando en su pierna y acercaba, quizás mas de lo debido, mi cara a la suya entre risa y risa.

No sé si fueron las copas, quizás sí, pero, de pronto sentí la necesidad de besarlo. Y lo hice. Se quedó quieto, parado mientras mis labios buscaban los suyos y mis manos lo rodeaban. Al poco me devolvió el beso entremezclando nuestras lenguas, notando nuestros sabores. Sentí sus manos en mi espalda desnuda.

Me separó lo justo para mirarme inquisidoramente. Si, había respondido como hombre que era a mis besos, pero, como jefe, marido y como padre se sentía obligado a parar.

No necesité decirle nada. Apenas un “te amo” salió de mis labios. Casi murmurado, casi avergonzado. Un “te amo” que me nacía en el alma y que aquella noche vio la luz.

Me miró confundido, igual no lo esperaba de mí. Su secretaria personal, su cómplice de tantas cosas. -Espera, para por favor. - Pidió sin quitar sus manos de mi cintura. - No sé dónde quieres llegar. Sabes como soy, sabes cómo pienso. Esto no puede llegar a ningún puerto. Mi matrimonio es una institución y lo sabes. Nunca haría nada que lo pudiese dañar.

. - Lo sé mejor que nadie. - Contesté. - No quiero llegar a ningún puerto. Solo quiero tenerte esta noche y sentirme tuya por una vez. - Dije aproximándome de nuevo hasta sus labios.

Se dejó besar. Pegué mi pecho al suyo y sus manos tomaron vida de nuevo sobre mi espalda. Parecíamos dos enamorados. Nos besamos hasta perder el aliento. Mis manos bajo su chaqueta buceaban hasta su espalda, fuerte y musculada. Mi pierna pegada a la suya.

Sentí sus manos pasar sobre mis pechos que ya clamaban atención. Las mías abandonaron su espalda para posarse en su pierna y subir hasta donde se juntaban ambas. Noté algo duro bajo mi palma. Lo apreté acelerada, estaba muy nerviosa, excitada pero nerviosa. Mis piernas se abrieron ligeramente esperando que él bajara hasta mis intimidades.

Pero no lo hizo. Se separó de mí. Apuró su copa y pidió la cuenta.

Salimos de allí cogidos del talle. Paró un taxi y dio la dirección del hotel. El camino de vuelta se me hizo infinito.

Al llegar tratamos de guardar la compostura de jefe y empleada. El ascensor lento y, por fin, su habitación.

No bien se hubo cerrado la puerta tras nosotros me empujó contra la pared. Esta vez él tomaba la iniciativa. Me besó con pasión. Su lengua se metió hasta casi mi garganta mientras sus manos peleaban por quitarme el vestido que no tardó en estar en el suelo, dejándome solo con un pequeño tanga frente a él.

Tomó mis pechos entre sus manos para llevarlos a su boca. Mi cabeza se balanceaba de un lado a otro buscando ver.

El tanga quedó donde el vestido mientras sentía una mano jugar con mí pubis, alcanzar mí intimidad, arrancándome un gemido. Volvió a mi boca que lo esperaba mientras hurgaba entre mis piernas.

Como pude le quité la chaqueta, la corbata, la camisa. Su pecho, algo peludo, quedó a mi vista. Aflojé su cinturón y abrí sus pantalones que fueron a parar al suelo, junto a mí vestido. Su polla saltó tras ellos rozando mis piernas. La empuñé con ganas.

Mi boca se perdía en la suya. Sus manos resbalaban hasta encontrar mi culo. Lo amasaron delicada pero firmemente. Doblé mis rodillas hasta caer sobre ellas en el suelo. Aquel pene desafiante se mostraba ante mis ojos. Lo tomé en la mano hasta llevarlo a mi boca. Necesitaba notarlo.

Lamí su glande hasta arrancarle gemidos de placer. Lo hundí entre mis labios y lo noté duro chocar contra mi paladar. Mi lengua hacía diabluras mientras tanto. Quería bebérmelo por completo.

Me dejó hacer por un rato. Al poco, tiró de mi hacia arriba. Como pudo, me arrastró hasta la habitación donde me tendió sobre la cama. Ahora era su boca la que resbaló por mis piernas hasta llegar a mi vagina. Se entretuvo en mis labios mayores antes de ir mas allá. Yo solo podía abrir mis piernas y apretar su cabeza con mis manos. Gemir y jadear.

Su lengua me llevó hasta el séptimo cielo cuando la noté en mi clítoris. Lo succionó con experiencia. Sabía bien como hacerme gritar. Como hacer gritar a una mujer. Mis manos se apoderaron de mis propios pechos apretando mis pezones entre gemido y gemido.

Estuvo alli hasta que sintió mis temblores. Estertores de “petite mort” que recorrían mi ser entero. Me corrí como quinceañera primeriza.

Me dejó allí tumbada mientras se volvía tumbar a mi lado. Dándome tiempo de volver en mí. Me dio la vuelta y sentí su polla chocar contra mis glúteos. Dura, agresiva, casi impertinente al colarse entre ellos.

Resbaló por mi culo hasta llegar a frotarse contra mi coño aun humeante. Noté su glande contra mi clítoris. De nuevo esa sensación de placer expectante.

Estuvo alli rozando hasta que mis caderas tomaron vida propia y comenzaron a ir y venir contra él. Volvía a sentir la misma sensación. Ahora eran sus manos las que apretaban mis pechos mientras su polla no paraba de resbalar contra mi vagina.

Bajé mi mano para apretarla contra mí. Quería correrme de nuevo, necesitaba correrme otra vez. Su glande iba y venía, se insinuaba en mi entrada, pero no hacía gesto de penetrar. Solo me hacía gemir entre convulsiones. Y de nuevo aquel temblor en mis piernas, aquel calambre electrizante recorriéndome por dentro. Volví a correrme, a gritar apretando mi culo contra él.

No me dio tiempo a reponerme cuando su polla se hizo camino hasta entrar en mí. Yo aún estaba volando. La sentí entrar hasta muy dentro, apresurada, dura, arrasándome. Era una muñeca entre sus brazos.

Tiró de mi hasta ponerme a cuatro patas. Mi culo bien expuesto a sus intenciones. La noté caliente y húmeda en mis entrañas. Sus manos en mis caderas haciéndome moverme, aunque no pudiera. No tenía fuerzas. Me dejaba follar como si el cuerpo no fuese mío.

Asi estuvimos un rato. Yo notando sus embestidas en mi vientre y él jadeando cerca de mi oído. Mi cuerpo no era mío. Era un puro gemido. Una madeja de hilo con la que juega el gato.

Me tumbó de nuevo de espaldas en la cama y subió mis piernas a sus hombros antes de volver a penetrarme. Apenas si me llegaba el aire a los pulmones. Todo eran gemidos y jadeos. Mis manos buscaban su vientre para confirmar que era cierto, que aquello no era un sueño. Lo palpaba como confirmación de una realidad. Se deslizaban hasta encontrar sus glúteos y tirar de ellos contra mí.

Me sentía llena, abrumada. Sus movimientos aumentaron el ritmo sacando mas quejidos de mis entrañas, estaba a punto de correrse y yo lo sabía. Noté su polla tomar grosor en mi interior. Los aldabonazos de semen me liberaron de nuevo en un orgasmo demoledor. Uno, otro, otro más, no paraba nunca de sentir aquel semen caliente chocar contra las paredes de mi vagina. Su peso cayendo sobre mí pecho, sus gemidos en mi hombro.

Aquella fue la primera de muchas noches. Muchas noches y muchas tardes. El compromiso del silencio entre ambos. El silencio cómplice de dos amantes. Siempre callados frente a los demás y desnudos en cuanto podemos estar el uno frente al otro.

La lluvia seguía lamiendo los cristales de mi ventana mientras yo rememoraba aquellos momentos. Aquélla primera vez, las muchas veces después de aquélla.

Mi cuerpo rendido de placer se dejaba adormilar mientras notaba el calor de su cuerpo aún en mís sábanas.

Mañana vuelta a la oficina, la monotonía y ese deseo de un nuevo viaje de negocios junto a él. Y ese silencio que atruena en mi vida.

Ni una palabra a nadie, ni un gesto fuera de sitio. Seguiría siendo la secretaria fiel mientras las circunstancias lo exigieran y una mujer en la cama si se daba.