Xtories

El hijo del jefe (Parte 2)

El motor de la camioneta rugía como una bestia contenida, pero el verdadero fuego ardía en el silencio de la cabina. Rubi sabía que cruzaba una línea de la que no había retorno, y cada semáforo en rojo era una invitación a perder el control. Esta noche, el pecado no solo se sentiría, se saborearía hasta la última gota.

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Mi Pecado en el Motel: Mi Entrega Total a Fabián

Recapitulando...El trayecto al motel “Éxtasis Dorado” fue una tortura deliciosa. Sentada en el asiento del copiloto de la Ram Limited negra de Fabián, el motor V8 rugiendo como un animal contenido, platicábamos de todo y nada: él contando cómo había regañado a Alejandro esa mañana, yo riéndome nerviosa mientras mi mano rozaba su rodilla. “¿Sabes qué me dijo tu marido cuando le pedí el reporte a medianoche? ‘Sí, jefe, en un momento’… patético,” soltó con esa risa grave que me ponía la piel de gallina. “Pobrecito… pero tú eres el que manda,” respondí, mordiéndome el labio. Su perfume delicioso me invadía, una mezcla de cuero, madera y testosterona pura, tan intenso que cada inhalación me hacía apretar los muslos, mi coño palpitando con solo olerlo. Su mano libre aterrizó en mi muslo desnudo, apretando justo donde terminaba el vestido rojo. Cada semáforo en rojo era una excusa: se inclinaba, besaba mi cuello, sus labios cálidos dejando huellas húmedas, su aliento haciéndome arquearme. “Rubi, no sabes lo que me haces… estoy loco por ti,” susurró, sus dedos subiendo peligrosamente, rozando el encaje de mi tanga. “Fabián, amor… esto es tan malo, pero no puedo parar de desearte,” gemí, mi mano deslizándose por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. En un alto, sus dedos se colaron apenas, encontrándome ya empapada. “Pórtate bien, pequeño, o no llegaremos al motel,” bromeé temblando. Él sonrió arrogante, pisó el acelerador y la troca rugió, devorando el asfalto como yo quería que me devorara a mí.

Aparcó frente al motel y, como todo un caballero, bajó primero y me abrió la puerta, su mano firme en la mía mientras salía. Sus ojos recorrieron mis curvas hermosas sin disimulo: mis senos desbordando el escote, mi cintura estrecha, mis caderas pronunciadas. “Dios, Rubi… eres una obra de arte,” murmuró, y yo me sonrojé, sintiendo su mirada como una caricia. En la recepción, el recepcionista lo saludó con familiaridad: “Señor Vargas, siempre un placer. La suite de siempre.” Fabián asintió con esa sonrisa de macho conocido, de hombre salvaje y malo de reputación, y yo me excité más al saber que no era la primera vez que venía… pero sí la primera que traía a una mujer como yo. El empleado me miró boquiabierto, sus ojos deteniéndose en mis piernas y mi escote, y supe que me envidiaba. Subiendo las escaleras, sentía los ojos de Fabián clavados en mis caderas pronunciadas balanceándose con cada paso, su respiración pesada detrás de mí. Al entrar en la suite “Lujuria Escarlata,” la atmósfera era puro pecado: luces rojas tenues, sábanas de satén negro en la cama redonda, espejos en el techo y las paredes reflejando cada curva, y el aroma de jazmín de las velas envolviéndonos. Fabián cerró la puerta y me atrapó contra ella, sus labios devorando los míos en un beso profundo, lento, romántico. Sus manos apretaron mi cintura, y yo enredé mis dedos en su cabello, tirando suavemente, perdida en su sabor. Nos separamos jadeantes y él sirvió dos tequilas en la mesita. “Por nosotros, mi reina,” brindó, chocando su vaso contra el mío. Bebimos, el líquido quemando mi garganta, y volví a besarlo, el sabor del tequila mezclándose con su boca. “Te amo, Fabián... eres mi todo,” murmuré entre besos, mi corazón latiendo por este chico que me hacía olvidar a Alejandro, mi esposo, y cualquier rastro de culpa.

Lento y Romántico

Nos quedamos en ropa interior, nuestros cuerpos tan cerca que sentía su calor irradiando como una promesa. Fabián me tomó de la mano y me guió hasta la cama redonda; las sábanas de satén negro crujieron bajo nuestro peso cuando me recosté sobre él, mi cuerpo voluptuoso cubriéndolo como una manta de deseo. Mis senos, aún prisioneros en el sostén de encaje negro, se aplastaban contra su pecho tatuado; mi tanga del mismo encaje rozaba su erección, que palpitaba bajo los bóxers. “Eres mía, Rubi… déjame adorarte,” susurró, sus manos subiendo por mi espalda hasta el broche del sostén. Con un clic suave, lo desabrochó; los tirantes cayeron por mis hombros y el encaje se deslizó, liberando mis senos grandes y firmes, pezones oscuros ya duros de anticipación.

Fabián jadeó, sus ojos miel devorándome. “Dios, son perfectos…” subio la cabeza y tomó un pezón entre sus labios calientes, succionando con devoción, su lengua girando en círculos lentos que me arrancaron un gemido largo: “¡Ay, Fabián… chupa más fuerte!” Cambió al otro, mordisqueándolo suavemente, tirando con los dientes hasta que grité, arqueando la espalda. Sus manos masajeaban la carne suave, apretando, amasando, mientras yo me mecía sobre su erección, sintiendo cómo se hinchaba más. “¡Muerde, amor! ¡Soy tu perrita!” grité, el placer subiendo por mi columna como fuego líquido.

Mis manos temblorosas bajaron hasta la cintura de sus bóxers negros. Tiré de la tela elástica, liberando su pene: grueso, venoso, el prepucio cubriendo apenas el glande rosado. Lo bajé con delicadeza, revelando la cabeza brillante de precum. “Es la primera vez que pruebo a otro macho… y es tuyo,” susurré, mi voz ronca de adoración. Me arrodillé entre sus piernas, lamiendo el tronco desde la base hasta la punta, saboreando su piel salada, caliente. Bajé más, chupando sus bolas pesadas, una a una, metiéndolas en mi boca mientras él gemía: “¡Joder, Rubi… chupa así!” Volví al glande, lamiendo el surco, succionando el prepucio hacia atrás con la lengua, hasta que su pene latió en mi mano. Lo engullí profundo, mi garganta abriéndose para él, saliva goteando por las comisuras mientras lo follaba con la boca. “¡Saboreas tan bien, amor! ¡Estoy enamorada de tu verga!” gemí entre succiones.

Fabián me levantó y me giró con urgencia, sus manos en mis caderas. “Ahora tú…” Deslizó los dedos bajo la cintura de mi tanga de encaje negro, tirando lentamente hacia abajo; la tela rozó mis muslos, dejando mi coño depilado al descubierto, labios hinchados y brillantes de excitación. Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi clítoris. “Mírate… empapada para mí.” Su lengua plana lamió de abajo arriba, separando mis pliegues, saboreando mi jugo dulce. “¡Fabián, sí! ¡Lame mi coño!” grité cuando su lengua se hundió dentro, penetrándome con movimientos rápidos, follándome como un pene pequeño. Chupó mi clítoris, succionándolo con fuerza, dos dedos curvándose dentro de mí, tocando mi punto G. Me retorcí, mis caderas empujando contra su cara, hasta que exploté en un orgasmo que me dejó temblando: “¡Me corro, amor! ¡No pares!”

Saqué un condón de chocolate de que estaban alli, aún jadeante. Con una sonrisa traviesa, lo coloqué en mi boca y lo desenrollé lentamente sobre su pene, lamiendo el chocolate mezclado con su sabor. Él gruñó, sus manos en mi cabello, mientras yo aseguraba el condón con la lengua.

**Misionero Romántico**

Me recostó en la cama, sus ojos fijos en los míos mientras se posicionaba entre mis piernas. “Te amo, Rubi... eres mía,” susurró, entrando en mí lentamente, su grosor estirando mi coño húmedo. Gemí, mis uñas clavándose en sus hombros. “Despacio, amor... es tan grande,” supliqué, pero el dolor se convirtió en placer, sus embestidas profundas y lentas, románticas, como si quisiera grabarse en mi alma. Me besó, nuestras lenguas danzando, mientras me follaba, el espejo en el techo reflejando nuestros cuerpos entrelazados. “¡Fabián, eres mejor que Alejandro! ¡Te amo!” grité, mi amor por él borrando cualquier rastro de mi esposo. Me corrí, mi coño apretándolo, y él aceleró, sus gemidos mezclándose con los míos.

**Cowgirl Apasionada**

Me subí encima, guiando su pene a mi entrada, dejándome caer lentamente, mis nalgas rebotando contra su pelvis. “¡Mírame, amor! Soy tu perrita,” gemí, cabalgándolo con furia, mis senos rebotando mientras él los pellizcaba, dándome nalgadas que resonaban. “Eres una diosa, Rubi... fóllame como la puta casada que eres,” gruñó, su tono dominante haciéndome temblar. Me corrí de nuevo, mi jugo goteando por su pene, el condón de chocolate brillando bajo las luces rojas. Él apretó mi culo, guiando mis movimientos, y yo grité, perdida en el placer.

**Perrito Salvaje**

Me puso de rodillas, mi culo en el aire, y me penetró desde atrás, sus manos aferrando mis caderas. “¡Fóllame duro, amor!” supliqué, y él obedeció, sus embestidas salvajes haciendo que la cama temblara. Me dio nalgadas firmes, mi piel ardiendo, mientras el espejo reflejaba mi rostro de éxtasis. “¡Eres el hijo del jefe, y me follas como a una puta!” grité, corriéndome otra vez, mi coño apretándolo. Él gruñó, “Me voy a correr,” y yo, desesperada por sentirlo, me giré, quitando el condón con mi boca, lamiendo el chocolate mezclado con su precum.

### Sexo Oral y Corrida en la Boca

Arrodillada, tomé su pene, libre del condón, y lo lamí con devoción, saboreando su sabor crudo, salado, perfecto. “Es tan grande, amor... tan delicioso... estoy enamorada de tu verga,” murmuré, elogiándolo mientras lamía el tronco, el glande, chupando sus bolas con avidez. Él gemía, sus manos en mi cabello, follándome la boca con embestidas cortas. “Chupa, perrita... eres mía,” gruñó. Lo engullí profundo, atragantándome, mi saliva goteando, hasta que él explotó, su semen caliente llenando mi boca. Tragué cada gota, saboreándolo como un manjar, mis ojos fijos en los suyos. “Te amo, Fabián... esto es mejor que cualquier cosa con Alejandro,” susurré, besándolo, nuestras lenguas compartiendo el sabor de su corrida.

### Jacuzzi: Placer y Corrida Vaginal

Nos dirigimos al jacuzzi privado, el agua burbujeando a nuestro alrededor, las luces rojas reflejándose en la superficie. Me senté en su regazo, de frente, sus manos jugando con mis senos, chupando mis pezones con devoción mientras el agua nos acariciaba. “Eres perfecto, amor... me haces olvidar todo,” gemí, guiando su pene a mi coño, dejándome caer lentamente. Me folló suave, romántico, sus manos en mi cintura, sus labios en mis pezones, succionándolos con sonidos húmedos. “Te amo, Rubi... eres mi reina, mi perrita,” susurró, y yo me moví más rápido, el agua salpicando, mi placer borrando cualquier pensamiento de Alejandro o culpa.

Me giré, de espaldas a él, en una posición de cowgirl invertida, sus manos abrazándome por detrás, apretando mis senos mientras me penetraba profundamente. “¡Fóllame, amor! ¡Lléname!” supliqué, el agua amplificando cada sensación. Sus embestidas eran perfectas, su pene tocando cada rincón de mi coño. Me corrí con una corrida vaginal deliciosa, mi jugo mezclándose con el agua, mi cuerpo temblando en sus brazos. Él gruñó, eyaculando dentro de mí, su semen caliente llenándome mientras me abrazaba por detrás, sus labios en mi nuca. “Eres mía, Rubi... para siempre,” susurró, y yo, perdida en el éxtasis, asentí, mi amor por él absoluto, mi vida anterior un eco lejano.

Nos quedamos abrazados en el jacuzzi, el agua cálida envolviéndonos, mi corazón latiendo solo por Fabián. Alejandro, mi esposo, mi vida de esposa, todo se desvanecía en su presencia. Este pecado, este amor prohibido, era todo lo que necesitaba.