Xtories

Its beginning to look like Christmas

La fiesta de Navidad rompe las reglas de la oficina y el matrimonio. En el asiento trasero de su SUV, bajo la mirada de las luces navideñas, Luz y Juan descubren que la traición sabe a libertad. Pero cuando el juego se vuelve real, ¿quién está dispuesto a pagar el precio?

Will Brown5.4K vistas8.8· 5 votos

No puedo discernir de qué se trata, pero alguna cosa hay en él a la que me resulta absoluta, completa e imposiblemente resistirme.

Cuando en octubre se incorporó a mi antiguo bufete como nuevo responsable de toda el área de compraventas y fusiones en sustitución del recién jubilado Sr. Estévez, mis ojos quedaron prendados de Juan al instante.

Dios mío, pensé para mí misma, que topicazo. Mujer alrededor de los cuarenta, matrimonio de 15 años en proceso de descomposición por falta aburrimiento mutuo, empieza fantasear con la última novedad en la oficina. ¡Qué predecible, Luz! Qué falta de originalidad…

Estoy hastiada de luchar por ascender en un mundo de hombres, estresada de salir del trabajo y correr para llegar a todo lo que necesitan las niñas, decepcionada de que mi marido no me preste la atención de antes. Cansada de ser responsable por mis clientes, por mis niñas, por mi marido, por mis amigas locas. Siempre la sensata y sin un apoyo a mi lado. Sí, hecho de menos un apoyo, un igual, alguien en quien confesarme, en quién poder descargar mi tensión.

Antes lo tenía. ¿Qué ocurrió con Alberto? El que fuera un novio atento y dulce, progresivamente ha mutado en un hombre absorto que apenas me escucha. Ante la decepción que me causaba la sensación que apenas me escuchaba y aún menos comprendía, hace ya tiempo que dejé de intentar compartir con él mis preocupaciones. Hace ya tiempo, mucho tiempo… Claro está, no puedo competir con la emoción que su carrera le debe aportar, ni con la frescura y originalidad de las niñas, ni con la campechanía de sus colegas a la hora del fútbol… Hace tiempo que apenas nos queda nada. El sábado por la noche, quizás. Y de un tiempo a una parte, él parece tener más ganas de pasarlo con sus amigos y yo con las mías. Y sin embargo aún lo quiero. Cuando lo veo jugar con las niñas o cuando lo veo explicar con admirable simplicidad los conceptos de derecho más complicados de entender a sus amigos, o cuando la risa le conquista y su jovialidad ilumina la sala. Me duele que todas esas cosas pasen cada vez más en ámbitos en los que yo no estoy invitada. ¿Por qué? Tengo 38 años y me mantengo bien. Soy y siempre he sido la más risueña de la habitación, nunca el alma de la fiesta, pero siempre con quien te reirías más. Responsable y eficiente, siempre con una solución a tus problemas. ¿Por qué?

No me cabe otra explicación: es el aburrimiento. 15 años de matrimonio son muchos años. Casarse a los 23 fue emocionante, pero si lo miro en retrospectiva fue mala idea. Porque a los 23 + 15, a mis 38, sigo siendo una mujer con ilusión, con ganas, con necesidades, con fuego en mi interior, y la batalla por mantenerlo prisionero dentro me empieza a parecer cada vez más injusta. ¿Por qué tengo que reprimir mi alegría y mi excitación? ¿Solamente porque hay una persona que parece no valorarlas? Es harto injusto. Y, aun así, persevero.

Pero entonces llegó él. El nuevo jefe. Alrededor de los 40 también, elegante, formal, agradable. Cuchicheamos con compañeros y compañeras sobre lo que se sabe de él. Con el paso de las semanas, fuimos completando el puzle de su vida entre todos. Su peculiar acento se debe a que nació en el Norte. No está casado, pero tiene novia. No se sabe si tiene hijos pero el rumor dice que no. Vive en el centro en un ático con vistas de revista. Tiene 38 años, no 40: ¡como yo! ¿Cómo puede ser que ya sea tan jefe? Juega al tenis. Vota a derechas, aunque no convencido. Ah, y es el mejor jefe que hemos tenido jamás.

Juan es extremadamente atento con su equipo. Es afable, cercano y cordial. Se interesa por hacernos sentir apreciados a todos y a todas, sin diferencias. Pero esa es la menor de sus cualidades: enseguida apreciamos, y yo la primera, que su éxito se debe a su modo de trabajar: constante, atento al detalle, colaborativo, dialogante. No se le escapa nada. Cuando un caso cae en su área de responsabilidad, se ocupa de saberlo todo y de que todos lo sepamos todo. Es difícil no admirar su capacidad.

Y desde luego, yo la admiraba. Lo admiraba, más bien, porque no era únicamente su talento para la negociación y el liderazgo lo que despertaba mi estupor, es todo. Me fascinaba su voz, me embelesaba su trato con todos, me divertía su sentido del humor, me asombraba su cultura.

La opinión era compartida por casi todos los compañeros, pero, y muy a pesar de su ecuanimidad, pronto resultó evidente que no todo el mundo estaba a la misma altura que él, y que, por afinidades naturales, él también escogió a las personas que le merecían más confianza. Y una de ellas era yo.

En primera instancia sin poder evitarlo, y posteriormente sin quererlo tampoco, empecé una campaña de acercamiento a él. No podía sustraerme a la atracción que suscitaba en mí. Intentaba pasar con él cuanto tiempo me es posible, coincidir en comidas, en reuniones, en descansos. Hablábamos de todo y más, y la química entre nosotros era evidente. Yo la noté. Tanto, que empecé a notar cosquillitas donde hacía tiempo que no las notaba.

Juan ocupaba ahora mi mente cuando estaba sola. Cuando elegía la ropa para ir a la oficina los días que sabía que le vería. En la ducha antes de ir a la cama. En la cama cuando el fin de semana podía remolonear sola entre las sábanas. Y cuando Juan ocupaba mi mente, ciertos fluidos empezaban a ocupar también mi sexo.

Cuando nos vemos en la oficina, lo cual ocurre tan a menudo como puedo, intentaba provocar el contacto físico. Una mano sobre su antebrazo, un saludo matutino más cercano de lo necesario, etc. Por mi parte no pretendía nada, por lo menos aún no, pero solo sentirle cerca me proporciona a mi oscura rutina un brillo muy esperado.

Lo mejor, sin embargo, fue de lo que me di cuenta a continuación: él también me buscaba. Él también se acercaba más de lo necesario. Él también alargaba las conversaciones conmigo. Algo empezaba a tomar forma, algo que estaba mal y que yo no debería hacer. ¡Ay!, cuántas veces me había reído por la pusilanimidad de otras en situaciones parecidas. Antonia, Irene, Dolores: “¡Que ya no tenéis 16 años, coño! ¿No podéis dominaros un poco y pensar con la cabeza antes de perseguir como niñatas al primero que os obnubila, como un imán absorvido por el polo opuesto? ¡Juas! Ahora veo que ese algo tiene una capacidad de atracción magnética a la que estoy subyugada. No quiero ir, y sin embargo, voy.

Y entonces llegó la fiesta navideña del bufete, y todo cambió.

Ciento diez leguleyos se disponen a desfasarse. Los circunspectos abogados beben, las reflexivas abogadas también. Las corbatas se aflojan y las blusas pierden un botón. Compañeros y desconocidos bailan, gritan y ríen. La razón deja paso a la emoción. Parece que todos nos hemos concedido una noche de tregua en nuestras ajetreadas e inmaculadas vidas, parece como si nadie esperara a nadie en casa, esta noche. Y tanto es así que más de dos y más de cuatro van a yacer en cama ajena.

Evidentemente, me las he apañado para sentarme a su lado. Tanto en el cocktail informal como en la mesa, apenas nos hemos alejado el uno del campo visual del otro. En medio del bullicioso desenfreno y con la excusa ante mí misma de hacerme oír, me he inclinado un par de veces para hablarle muy cerca del oído, y en el proceso he posado mi mano en su muslo. Juan no se ha inmutado, al contrario, ha hecho lo mismo, y dicho sea de paso, al hacerlo me he maldecido a mi misma por no haber escogido una falda un poco más corta esta noche.

Y cuando después del ponche y de un par de cubatas, tras dos horas de risas compartidas y las primeras veladas insinuaciones llega el momento de los discursos, el escenario está servido. Todo el mundo mira hacia el extremo opuesto de la gran sala. Nuestra mesa queda detrás. Hablan los socios seniors, hablan los jefazos. Intentan ser divertidos, pero a nadie le importa, todos reímos igual, aunque sea por otras razones. A Juan también le toca hacer un discurso, de calle el mejor. Cuando vuelve a sentarse a mi lado, me arrimo a mi jefe una vez más, me sostengo contra su hombre mientras mi mano se apoya en su muslo y le susurro a la oreja: “Eres todo un orador. ¿Para todo eres tan hábil?”.

Juan no se amilana por mi osadía y me da la réplica con la destreza de un sofista. En realidad apenas entiendo lo que me dice, porque su aliento en mi cuello me hace cosquillas y me estremezco. No sé lo que me han dicho sus palabras, pero sé lo que significa la mano que permanece en mi regazo y que empieza a moverse arriba y abajo.

Llega el final de la cena. Si quiero cerrar el negocio se me acaba el tiempo. ¿O se le acaba a él? ¿Quién debería tomar el mando?

Yo no debería, estoy casada… Mierda, él también, es verdad. ¿Quiero? Joder, sí; querer, sí que quiero. Solo que no sé cómo.

Me ofrezco a acercarle a casa en coche, porque cualquier excusa para alargar la noche es buena. Acepta.

Bajamos al garaje que tengo alquilado cerca del despacho. Son las 3 de la mañana. No hay ni un alma alrededor.

Pero hoy nadie nos espera en casa, y si lo hubiera, deberá esperar un poco más, porque cuando subimos al coche, a pesar de que ya no es necesario susurrarnos para escucharnos y a pesar del cambio de marchas situado en el espacio entre los dos, su mano vuelve a posarse sobre mi muslo. Y me mira, y me derrito un poco más. Suspiro, cierro los ojos, yo también dejo mi mano sobre su pierna y vuelvo a suspirar. “Juan, esto está mal…”, digo yo. “A mi me parece que se siente muy bien. ¿A ti no?”, responde él. Ahora su mano me acaricia la nuca, se entrelaza con mi rubio cabello. Suspiro más fuerte. Y entonces me decido, lo atraigo hacia a mí y lo beso.

Sus manos están por todo mi cuerpo ahora, y las mías por el suyo. Acaricio su barba, acaricio su largo pelo. Desabrocho los botos de su camisa y aparto su corbata. Pasamos al asiento de atrás para deleitarnos mejor. Me gusta su torso peludo, tan diferente del de mi marido. Con habilidad, Juan me ha liberado los pechos del sujetador por debajo de la blusa. Me desabrocho un par de botones más para que me las pueda comer incluso aquí, en pleno aparcamiento, y Dios, cómo me excita cuando lo hace. Me sorbe los pezones como si sorbiera los restos de su cubata y se engancha a ellos cuando está a punto de quedarse sin respiración. Me aprieta fuerte por delante y por detrás. Mi culo, que a mi tanto me avergüenza, hace sus delicias. Su sexo se siente rabiosamente caliente entre mis piernas. El gran volumen de mi SUV, así como mi baja estatura me permiten que me refriegue contra él y simule un coito sin ni siquiera sentirme incómoda. Me subo la falda para liberar un poco más mis piernas y abrirme más para él. Me soba entera, Dios, ¡qué chorreante estoy!

No estoy tan loca de dejarme follar por un extraño sin siquiera ponerme condón, pero aún y sin metérmela, este hombre me hace sentir cosas que no sabía que se podían sentir. Dios mío, qué noche.

Media hora más tarde me encuentro patas arriba en el asiento trasero mientras Juan me come el coño como hace siglos que deseo. Mi vagina segrega tantos jugos que parece la fuente de un río caudaloso, y su lengua no desperdicia ni una gota. Su polla, de la que ya di cuenta antes, reluce libre también, embadurnada con mis babas y con sus fluidos. Nos hemos corrido los dos. Ha sido una locura, pero es hora de volver a casa.

Son cerca de las cinco. Cuando salgo del garaje, las luces de Navidad nos saludan a ambos y nos recuerdan lo malos que hemos sido.

El remordimiento me carcomió unos días, pero, para ser honesta, no demasiados. Me impactó percibirle titubeante también a la vuelta de las vacaciones de Navidad, y de algún extraño modo sentí que debía estar a su lado, que debía ayudarle a él y no a mi marido. Hablamos de lo ocurrido, hablamos de lo que hicimos y lo que no, nos texteamos a horas intempestivas. Nos excitamos.

A los pocos días, sexting puro y duro. Mientras las niñas tenían entreno, cuando las Antonias, Irenes, Dolores me irritaban con su cháchara, yo le escribía a Juan cosas cómo “Tengo ganas de volver a comerte la polla” o “Ahora mismo, mientras estas gallinas parlotean, me metería en el baño del estadio contigo y dejaría que me la metas hasta el fondo. Mi coño hace aguas por ti”. Juan me correspondía con mensajes tipo “Sueño con ensartarte desde atrás mientras me agarro con fuerza a tus tetitas”, o “Dios, Luz, qué dura me la tienes. ¡Lámela, chúpala, devórala, hazme derretir como el otro día, por favor!”.

Mientras tanto, mi marido subió su grado de pasotismo un par de niveles más. Consiguió convencerme de dar el paso y acostarme con Juan. Es más, despertó en mi la idea soez de follarme a Juan en nuestra propia cama. En la misma donde él descansaría unas horas más tarde.

Y así lo hicimos. Un jueves cualquiera, cuando nadie nos habría echado de menos en ningún sitio. Su familia en su mundo, mis hijas en el colegio, mi marido en su sempiterna Facultad de Derecho, y yo y Juan en mi casa con la coartada de un par de convenientes reuniones fantasma.

Juan estaba un poco cohibido por la idea, pero yo me sentía como una perra en celo. Me había comprado lencería especial para él, incluso le había mandado fotos sensuales en mi nuevo conjunto y le había retado a venir a descubrirlo en persona. Le parecía un poco forzado, un poco demasiado cruel, pero aún así, sentados en mi sofá, conseguí salirme con la suya y dejarle excitado como un gorila merced al sensual striptease con el que quedé en ropa interior. A partir de ahí, y viendo como se sobaba ya sin disimulo su paquete, salté a horcajadas encima de él y le pedí que me llevara a peso hasta mi habitación. Allí lo desnudé entero, me arrodillé ante él, se la mamé con ganas hasta llevarle a punto del orgasmo. Yo, a quien siempre me daba cosa hacer sexo oral, ya era la segunda vez que se la comía sin tregua, y lo estaba disfrutando cada vez como nunca antes. Esta vez, sin embargo, me detuve antes de que explotara; esta vez quería que me penetrara. Le dije: “Juan, guapo, fóllame entera ya”. Me tumbó, me arrancó el sujetador y las bragas recién compradas para él, volvió a propinarme una comida de coño de campeón y, cuando ya estaba lista, se enfundo el condón que yo misma tenía ya preparado y me penetró con la misma habilidad con que lo hacía todo. Juan encontró el ritmo para hacerme el amor como si conociera mi cuerpo desde siempre y en cuestión de segundos ya nos habíamos acoplado en una cadencia perfecta. Disfrutamos follando en posición misionero, cabalgándome con mis piernas a sus hombros, y sobre todo cuando lo cabalgué yo.

Cuando me dejé caer lentamente y su pene rellenó por completo mi coñito, Juan me agarró de las nalgas con una pasión desenfrenada que jamás le vi en su compuesto papel de abogado. Amasó mi culo y me rogó que lo cabalgara hasta el fin del mundo, y eso hice. Subí y bajé, me moví en círculos, me incliné hacia atrás para aumentar el contacto con mis paredes vaginales, boté y boté y boté y boté, y cuando puse mis pequeñas tetas al alcance de su boca para que me las comiera a la vez que lo montaba, descubrí niveles de goce con los que jamás había soñado. Era el momento del clímax. Tras el tortuoso camino que nos había llevado hasta ahí exploté en un orgasmo celestial cuando la enésima embestida del ariete de Juan coincidió con una suave mordida sobre mi pezón izquierdo. Posteriormente retozamos en mi cama como adolescentes haciendo algo prohibido. Qué ironía. Si de adolescentes hubiéramos entendido cuán prohibido podía estar el sexo, habríamos quedado cortos ante lo que acabábamos de hacer.

Días después vino otro polvo, de nuevo en mi coche. Otro pecado consciente contra el que no hay excusas, porque muy conscientemente engañamos a nuestras respectivas familias para ir a cenar juntos, y aún más conscientemente tomé los tres condones del armario de casa para llevármelos en mi bolso y proporcionárselos a mi amante. Tres condones gastamos en el interior de mi SUV. Tres polvazos épicos, en la estrechez de un coche, donde mis niñas se sentarían la mañana siguiente, donde mi marido se sentaría el fin de semana para ir a ver a la familia. Una explosión de lujuria aparcados en una calle secundaria cualquiera. Seguro que varios transeúntes nos vieron, y nos dio igual. Aquél fue su día favorito, y no me extraña. Cuando lo monté de espaldas a él, sentada en su regazo como una dulce niñita, exprimí su polla como seguramente nunca se la habían exprimido. Sentí como sus manos se agarraban desde atrás a mis empitonados pezones y le grité que me los pellizcara más y más y más. Fue incómodo, pero fue catártico. Jamás había experimentado una liberación sexual tan completa, pero, aunque el sexo volvió a ser maravilloso y nuestra comunión fue perfecta una vez más, para mí no fue lo mismo que hacerlo en la cama.

Pero no pasaba nada, aún nos faltaba la traca final. El día que nos inventamos un viaje de negocios y pasamos la noche juntos en un hotel, ese día sí que vimos las estrellas. Me resulta difícil describir esa noche. Pocas veces en mi vida he sentido emociones tan intensas, y, sin duda, nunca he sentido emociones tan intensamente contradictorias.

Durante semanas y semanas buscamos el momento, pero únicamente habíamos sido capaces únicamente de robar cuatro o cinco encuentros furtivos en el baño de la oficina cuando todo el mundo ya se había ido. Esos encuentros resultaban terriblemente frustrantes para mí, eran como una dosis insuficiente para un adicto. Si bien calmaban mi calentura en un primer momento, en apenas unas horas me sentía romper en pedazos por dentro, necesitada de ser rellenada por mi amante hasta el fondo de mi ser. Nada me saciaba: ni familia, ni amigos, ni trabajo, ni viajes al extranjero, ni comida, ni masajes, ni nada de nada. Muchas veces quise pararlo y portarme bien, volver a ser la mujer sensata y la esposa devota que quisiera ser. Sí, sí, ¡lo fuerte es que yo quería volver a ser esa mujer! Y sin embargo, no podía. Mil veces me hice promesas a mi misma que quedaban rotas al día siguiente al verle en la oficina, o por la noche al no recibir ningún mensaje suyo. Mi marido, mientras tanto, no se enteraba de nada. O quizás se enteraba y ya le convenía, no lo sé. Aún hoy me pregunto cómo es posible que no notara nada. Yo me arreglaba cada vez más, pero para otro. Cada vez me iba a dormir más tarde, para poder hablar con otro. Mi humor había mejorado de manera evidente, pero por otro. Me sentía una mujer plena: deseada, satisfecha, querida.

Sí, incluso querida. Mi obsesión, que había empezado como una forma de canalizar mi crisis de la mediana edad, se había tornado en amor o algo parecido. O quizás ese enamorarme de mi amante fuera también una expresión de mi crisis, es posible. El caso es que me volvía a sentir viva, con un propósito en la vida, y volvía a sentirme valorada. Juan valoraba mi inteligencia, Juan valoraba mis bromas, Juan valoraba mi dedicación, y por encima de todo, Juan valoraba mi cuerpo. Para Juan, yo lo era todo, igual que Juan lo era para mí. ¿Qué diablos hacía mi marido mientras tanto? No lo sé, de verdad. Había perdido el interés en él, lo admito con toda sinceridad. Yo solo podía pensar en Juan. Y las más de las veces, en Juan desnudándome otra vez y haciéndome el amor hasta la extenuación.

Mi constante flirteo prohibido me tenía al borde del precipicio. Cada vez estaba más dispuesta a correr riesgos con tal de poder volver a sentir a Juan dentro de mí. Y al final lo hicimos. Nos arriesgamos. Ante la familia nos inventamos un ficticio viaje de negocios y esa tarde, a salir de la oficina, cada no fue por su cuenta directamente al hotel que teníamos reservado.

Para esa tercera ocasión volví a comprarme un conjunto sólo para él. Cuando llegué, Juan ya me esperaba. Si habitualmente ya es un hombre elegante, ese día estaba esplendoroso.

Esa tercera vez nos desnudamos mutuamente con tanta lentitud como fuimos capaces. Sus besos eran tan suaves como lamer mermelada. Sus caricias de terciopelo llegaron a rincones que desconocía. Recuerdo cómo me sentó encima de su regazo, delante del tocador, y cómo me excitó que apartara el pelo de mi nuca y me besara justo en ese espacio tan a menudo escondido a la vez que su mano acariciaba por encima de mis bragas. Recuerdo sentir su pene crecer entre mis piernas mientras se deleitaba besando mi escote. Mis pechos se sentían orgullosos de ser su manjar y mis pezones se marcaban ufanos entre el encaje de mi precioso brasier.

Cuando me levantó y me tomó por la cadera, mirando al espejo, mis piernas apenas me sostenían. Juan acariciaba mis nalgas y mis pechos alternativamente, siempre mirándome directamente a los ojos a través del espejo, poniendo de relieve la diferencia de estatura. Me sentía pequeña y protegida por mi hombre, por mi macho. Sabía que mi trasero le excitaba, y me esforzaba en ofrecérselo sutilmente, hasta que finalmente ya no pudo más, apartó mis bragas, se arrodilló detrás de mí y me propinó la lamida más lenta y excitante de mi vida. Mientras me lamía el sexo desde atrás, él se masturbaba. Abrí más las piernas para sostenerme mejor, pero mis brazos también me traicionaban. Casi me caí, y Juan para remediarlo, se volvió a parar, tomó un preservativo, se lo enfundó en un periquete, y desde atrás, me penetró de una estocada. ¡Cómo me sorprendió su embestida! Mis bragas, de un tejido tan suave, le habían permitido apartarlas con facilidad y su nivel de calentura era tal que no pudo esperar más. Desde atrás, pegado a mi culo, empezó a follarme con un ritmo constante y fuerte que rápidamente me llevaron al delirio. Yo, sin poderme sostener, doblada hacia delante, le ofrecía con mis tetas una visión divina que le enardecía aún más. Y más fuerte me penetraba, y más, y más, y más. Yo solamente era capaz de gemir e intercalar su nombre con deformadas peticiones de “más”, “más”, “más”. Cuando menos me lo esperaba, Juan salió de mí. Me giró, me abrazó, me besó y juntos fuimos a la cama. Me tumbó sobre el colchón y procedió a volver a comerme el coño, lo cual me sorprendió aún más.

Me metió dos dedos en posición de gancho y empezó a estimular mi clítoris a la vez que el interior de mi vagina. Su lengua, mientras tanto, lamía sin descanso cualquier rincón de mi sexo al que tuviera acceso, hasta que se centró también en martillear mi clítoris a la par que sus dedos encontraban mi punto G. Me corrí de la manera más salvaje y degradante que reconozco. Las olas de placer me inundaban una detrás de otra, y le pedí, a gritos, le rogué que me follara. Le espeté “que me haces Juan, ¡Dios!, me estás matando, fóllame, ¡por favor!”

Y así lo hizo. Se deshizo de sus calzoncillos, se subió sobre mí, volvió a metérmela hasta el último espacio de mi encharcado e inflamado coño, y, volvió al ataque. Me tomó de los brazos, los subió por encima de mi cabeza, los retuvo aprisionados con una mano, y, sin dejar de entrar y salir de mí, se lanzó a besarme las axilas. Me lamía, me sorbía, se empapaba de mi sabor mientras gritaba cómo le gustaba mi olor y mi sabor. Y a mí, esto, que en otras circunstancias me habría parecido una guarrada, me hizo explotar otra vez. Y Juan explotó conmigo. Y nos corrimos juntos por primera vez mientras yo, liberando mis manos, arañaba su espalda y pedía más y más y más.

Después de ducharnos juntos y besarnos bajo el agua por quince minutos, bajamos a cenar al hotel. Qué locura, por Dios. Y luego volvimos a la carga. Esta vez fui yo quien lo empujó sobre la cama y fui hacia él gateando en ropa interior. Y luego le di la mamada más larga de mi vida. Jamás había disfrutado así del intenso olor del pene de un hombre, pero con Juan era distinto. Me refregué su herramienta, por demás grande, por toda mi cara y torso. Mis pequeños pechos no dan para hacerle una cubana, pero lo masturbé como pude entre mis tetitas y luego volví a ponerme su rojo y potente glande dentro de la boca. Pude notar los restos de su corrida anterior, así como sus jugos volviendo a emanar. Y luego, cuando ya lo tuve a punto, le di un minuto de descanso, le coloqué otro condón, me empalé yo misma y lo cabalgué de nuevo hasta que Juan se vino en mi una vez más.

Para entonces ya estábamos exhaustos, pero aún tuvimos fuerzas para una ronda más, y esa fue la mejor de todas. No exagero cuando digo que se es el polvo que hoy en día aún recuerdo como el mejor polvo de mi vida. Jamás ningún hombre me ha follado mejor ni jamás un orgasmo ha sido tan maravilloso. Ese tercer polvo de la noche empezó conmigo arriba y prosiguió conmigo abajo después de hacerme girar cual croqueta. Nuestros labios apenas se separaban para respirar, mis brazos lo apretaban contra mi cuerpo con tanta fuerza como era capaz, y los suyos hacían lo propio, desesperados por sentirnos. Sus manos se esforzaban en encontrar espacio para jugar con mis tetas y llevárselas de vez en cuando a la boca. Finalmente, Juan me rogó que me pusiera en posición para follarme desde atrás. Me puse en cuatro patas. Juan acarició mi culo como si fuera el niño Jesús. Lo tocaba una y otra vez mientras no dejaba de decirme al oído que yo era la mujer más sensual de la tierra y mi culo era mi obra de arte. Su mano rozaba mis labios tras al final del sendero sobre mis nalgas cada vez más a menudo, jugó con ellos, los abrió, acarició todo mi orificio, repartió algunos de mis jugos por todas mis nalgas e incluso jugó con mi ojete, y cuando ya no pude más y le volví a pedir que me follara ya, lo hizo con tal maestría que nada de lo que hubiera vivido yo anteriormente se puede comparar. Desde su posición me folló a lo perrito con una increíble profundidad y un vaivén lento, pero deliciosamente constante. Progresivamente fue subiendo de velocidad y potencia, con una progresión sostenida y regular que pasito a pasito me acercaba al culmen del placer: cuando me parecía que ya no tenía que poder dar más de sí, aún me daba más fuerte. Yo no podía dejar de gemir y pedir que no se detuviera.

Finalmente, el ritmo fue tan bestia que caí de bruces en la cama, espatarrada sobre el colchón, pero Juan, mi semental, mi amor, mi hombre, siguió, entre bufidos y palabras dulces, dándome caña sin inmutarse por mi caída. Siguió y siguió, irguiéndose sobre un único brazo mientras con el otro me acariciaba el culo. Mi culo, que siempre me acomplejó, hoy me hacía sentir orgullosa de él. Como pude lo saqué en pompa un poquitín para ofrecérselo a él, a mi amor, y entonces Juan, ya cercano al paroxismo del placer, se dejó caer sobre mi espalda, me agarró los pechos por ambos lados y empezó a juguetear con mis pezones al ritmo que iniciaba la cabalgada final a un ritmo desbocado. Torturó mis pezones a la vez que seguía follándome hasta el fondo, con sus huevos rebotando contra mi culazo, tan rápido y fuerte que por fuerza tenía que acabar en cualquier momento. Yo, que estaba en el séptimo cielo, soy consciente de que empecé a gritar desaforadamente “¡¡Sí, sí, sí oh, Juan, ¡¡sí!!” y “¡¡Más, más, más, dame más”. Mis plegarias fueron correspondidas: contra todo pronóstico, no se corrió aún. Me giró 90º para quedar en la misma posición, pero de costado. Se asió con aún mayor fuerza a mis tetas, cubriendo cada una con una de sus manos y estrujándomelas enteras, mientras su falo seguía incrustándose hasta lo más hondo de mi ser. El cambio de ángulo fue providencial, porque de repente sentí un acelerón hacia mi propio orgasmo. Mis paredes empezaron a contraerse, todo mi cuerpo temblaba. Perdí el habla y la capacidad de articular palabras, pero mis gemidos, salvajes, llenaban toda la habitación. Aún aguantó así dos o tres minutos más entre mis crecientes estertores hasta que, finalmente, explotó una vez más dentro de mí y volvió a rellenarme entera.

Nos quedamos dormidos abrazados. La verdad es que no dormí muy bien, pero cada vez que me despertaba, al verle a mi lado, sonreía de felicidad e imaginaba un mundo alternativo en el que dormíamos juntos cada noche.

La última vez que me desperté quedaba media hora para que sonara el despertador. Esa mañana nos ducharíamos, nos pondríamos la ropa que trajimos en nuestras maletas para nuestro falso viaje de negocios, y juntos volveríamos a la oficina, apenas a quince minutos de allí. Pero antes, tras abrir los ojos y sabiendo que mi tiempo con él se acababa, volví a ponerme caliente al repasar su cuerpo desnudo junto al mío. Con cuidado y con mucha delicadeza, me dirigí a su entrepierna y empecé a darle un suave masaje a su pene dormido, pero, para sorpresa y alegría mía, éste no tardó en responder. Juan, aún dormido, empezaba a presentar una erección más que digna. Cachonda, acerqué mi boca y empecé a besarla, luego a lamerla, y finalmente a chuparla. Olía y sabía a todo el sexo de la noche anterior. Los restos resecos de su semen, tras las múltiples corridas experimentadas, le conferían un sabor que nunca había probado, ligeramente desagradable pero muy excitante. Tremendamente excitante, sinceramente. Me pasó por la cabeza que jamás en la vida le habría hecho una guarrada de este estilo a mi marido: cuando era joven por convicción mía, y recientemente por falta de interés suyo. En cambio, con Juan y para Juan, no solo estaba dispuesta a todo, sino que me apetecía hacerlo todo, incluso sin que nadie me lo pidiese.

Eventualmente Juan despertó y se encontró a su rubia amante propinándole una buena mamada. Mientras me dejaba seguir con mi obsequiosa mamada me acarició el pelo, los hombros, la espalda. Luego se incorporó para llegar más lejos con sus brazos, pero lo que hizo fue tirar de mi y traerme sobre su cuerpo. Nos frotamos, su sexo contra mi sexo, durante varios minutos. Me moría de ganas de que me penetrara directamente, sin protección. Ardía en deseos de sentirlo directamente, pero no me atreví a pedírselo y él tampoco a hacerlo. Al final tomó un condón más de la mesita de noche y con mucha ternura, en una clásica posición del misionero, volvió a hacerme el amor una vez más hasta que se nos agotó el tiempo. Mirándole a los ojos mientras me rellenaba con toda su dulzura y habilidad, pensé por un instante, honestamente, que era el hombre de mi vida.

Lo que vino a continuación es doloroso de recordar. Ambos fuimos conscientes del nivel de transgresión que habíamos alcanzado. En la oficina, la gente empezaba a murmurar. El riesgo que asumimos al mentir descaradamente en casa fácilmente podía haberse puesto en evidencia. En definitiva, andábamos cerca del precipicio. Y mi enamoramiento no iba sino a más.

No sé si Juan sentía lo mismo que yo. No lo sé. Quisiera pensar que sí, pero no lo puedo saber con certeza. En cualquier caso, y por enamorada que estuviera, nunca había tenido el valor de romper mi matrimonio y el corazón de mis hijas para irme con otro hombre. O, por lo menos, eso pensaba hasta entonces. El caso es que fue él quien recobró la cordura y, en parte por intuir que mis sentimientos se estaban volviendo serios, me pidió que lo dejáramos antes que alguien acabara herido más allá de lo razonable. A mi se me cayó el alma a los pies y le supliqué que no me dejara, que nos mantuviéramos como amantes únicamente al menos un tiempo más. Prometí mil veces que sólo sería sexo, nada de sentimientos, y un par de veces estuve cerca de convencerlo y nos volvimos a liar en mi coche, pero al final él fue capaz de ver claro lo que yo ya había perdido la capacidad de ver, y terminó de una vez por todas lo nuestro. Lloré, me enfadé, le grité, le acusé de todo, pero en el fondo, lo que persistía era el dolor por perderle.

Juan, siempre prudente, siempre con la capacidad de ver a largo plazo, no tardó en llegar a la conclusión que, de seguir ambos compartiendo oficina, tarde o temprano algo malo iba a ocurrir, así que, discretamente empezó a buscar su salida, y con su brillante curriculum, no tardó en encontrarla. Apenas unos pocos meses después, encontró otro trabajo y se marchó. A mí, a pesar de que con su marcha el riesgo ya era nulo, la oficina me traía demasiados recuerdos. También busqué iniciar un nuevo camino y traté de cerrar capítulo.

No lo conseguí. Los primeros meses intenté mantener correspondencia con él, pero pronto percibí su falta de interés, así que lo dejé estar. Durante años no hablamos, ni nos vimos, ni supe nada de él, ni directa ni indirectamente, pero nunca pude dejar de pensar en él, en nosotros. No dejé de comprobar su foto de perfil en whatsapp o en redes sociales, a pesar de que nunca me aportaba otra cosa que dolor y envidia, puesto que lo seguía encontrando irresistiblemente guapo.

Afortunadamente, sin embargo, con el tiempo fui capaz de encontrar la manera de hacer revivir mi matrimonio, y me volqué en ella. Al parecer, mi marido sí que acabó sospechando alguna cosa, se asustó, y volvió a prestarme su atención, pero a pesar de mis esfuerzos, solo fue un espejismo. Tras unos breves meses buenos, paulatinamente todo volvió al estado de desinterés anterior, y al hacerlo, y sintiéndome doblemente abandonada, mi mente volvió a recuperar el objeto de mis fantasías y el protagonista de los momentos de mayor excitación y placer de los que he tenido la suerte de disfrutar. De nada valieron mis llantos ni mis súplicas, no tuve más remedio que acostumbrarme a volver a vivir sin él, sin la presencia, si bien distante, de aquél a quien había llegado a considerar mi alma gemela. He tenido que acostumbrarme a vivir sin él y a consolarme con el recuerdo de lo que vivimos juntos.

Ayer el ayuntamiento instaló las luces de Navidad. Ya se acercan las fiestas otra vez. Eso significa que en pocas semanas va a hacer ya cinco años de nuestra aventura. Puedo notar como progresivamente, con el paso de los días, mi calentura va en aumento, especialmente cuando pienso en esa cena navideña y en lo que vino después. De lo que para mí llegó a ser una preciosa historia de amor solo han quedado los rescoldos, la pasión, la irresistible atracción que sentía y siento por él. Esta mañana me tuve que masturbar a la hora del almuerzo en el baño de mi despacho mientras rememoraba nuestra última noche, pero aún así no se me ha pasado del todo. Le he escrito un mensaje, nada, algo sencillo:

“Hola, Juan, ¿cómo estás? Últimamente me he acordado de ti y pensé que estaría bien quedar. No sé, hacer un café o quedar para comer, y ponernos al día… ¿te apetece?”.

Supongo que simplemente lo ignorará, o si responde, será para educadamente declinar mi invitación. Al fin y al cabo, ni yo sé qué de bueno podría salir de volver a vernos. Aún así, voy a volver a comprobar mi buzón por enésima vez:

¡Vaya! Me ha respondido… ¡Y dice que le encantaría quedar para comer!

Dios mío, creo que hoy cuando salga del trabajo voy a pasar por la tienda de lencería. Nunca se sabe y mejor ir preparada…

NOTA: Este relato es una precuela al relato La fuerza del pasado y el poder de la rutina, así como una visión desde la perspectiva contraria del relato Créeme, es mejor si no digo nada más.