Xtories

Atendiendo viejetes pensionados

Esperaba a su amante casual, pero fue un viejo pensionado quien se sentó a su mesa. Él sabía sus secretos, ella necesitaba el dinero. Lo que comenzó como un chantaje velado se transformó en una rutina de placer y cuidado para hombres que solo buscaban sentirse vivos una última vez.

andrea15K vistas8.6· 11 votos

Queridos amigos lectores: Mi nombre es Andrea, es nombre ficticio de verdad, lo demás es real, tengo 31 años de edad actualmente, soy casada, mido 163 centímetros de estatura, 65 kilogramos de peso, contextura mediana, buena pierna con unas buenas nalgas como una buena hormiga culona, unas tetas talla 34 b, mi piel es clara, mi cabello es lacio color miel, lo tengo corto en este momento, mis ojos son café claros, en fin tengo gracias a Dios, un buen cuerpo, unos atributos que muchas envidian y los hombres desean, mi cuerpo me encanta, sé que no pasa desapercibido, ya que cuando voy por la calle recibo muchos piropos unos muy bonitos, otros un tanto pasados y hasta morbosos, recibo también miradas, gestos y otras cosas de parte de los hombres, tampoco tengo hijos debido a que cuando niña me practicaron un aborto en una clínica clandestina, allí me sacaron la matriz, por ese motivo no puedo concebir.

Mi esposo es un buen hombre, 2 años mayor que yo, de 180 estatura, de 72 kilos de peso, trigueño, pelo crespo y negro, delgado, bien aspectado en todos los sentidos, las chicas lo ven y no son indiferentes a sus gustos, llama la atención de ellas en todos lados, profesional, trabajador, juicioso, bueno en la cama, sé que me la ha jugado varias veces, lo he perdonado porque aprendí a pagar con la misma moneda. Aquí sólo quiero desahogarme de estos recuerdos, revivirlos y compartirlos con aquellos que buscan algo de diversión por este medio, dejo constancia de que mis relatos son verídicos y no sacados de la fantasía de alguien.

Hoy les relataré cómo tuve relaciones con un viejito pensionado de la Policía Nacional y cómo esto me llevaría a conocer otros honorables miembros de esa Institución.

Quedamos de vernos con Alberto, el amigo de mi esposo, el mismo imprudente que mandara su mano en mi entrepierna, en nuestro sitio de costumbre.

Para todos mis amigos, yo acostumbro a decir en forma de ley, que, si alguno no llega hasta un cuarto de hora después de la hora acordada, la cita se da por cancelada, sin importar los motivos de esa demora, aunque queda abierta la posibilidad de otra cita, compensando mis gastos si es que ellos fallaron.

Alberto no pudo llegar porque su esposa tuvo una emergencia, me tomé un par de cervezas de puro aburrimiento y me dediqué a ver mi celular, allí me conocían. Así que eso me daba cierta seguridad y confianza.

Ya me iba a levantar de mi silla cuando se acercó un tipo de unos 62 años, bien portado, de 170 estatura, algo barrigón, su caminar era firme pero cuidadoso, sus ropas no eran de marca, pero estaban limpias, se veía muy elegante a pesar de su sencillez, señorita, me dijo, permítame me presento, bla, bla, bla, con todo respeto veo que usted parecía estar esperando a alguien y le quedaron mal, permítame me siento en su mesa, te puedo invitar algo, acepté otra cerveza.

Seguimos hablando cada vez más en camaradería, en la amena conversación que estableció, se veía que estaba de cacería de una dama, que quería sexo, de forma directa me dijo: “me gustaría que fuéramos a un sitio un poco más privado, te he visto por aquí varias veces, hoy te he visto ir al baño, te he visto caminar, me estoy como enamorando de sus facciones, me propuse buscar la oportunidad de charlar con tigo, tengo con qué responder en todo sentido”.

Soy una mujer casada, así que bájese de ese curubo y me va respetando en todo sentido. Le dije tajante.

El pensionado siguió: “Tranquila, te respeto, te admiro y todo lo que quieras, solo quiero platicar contigo y que podamos llegar a un acuerdo de buena manera”. Hablaba con seguridad.

Ya un poco más calmada le die; Está bien, qué quieres.

Te he visto en este mismo sitio varias veces, te he visto hablar con varios tipos, así que no soy novato en el asunto, soy buen observador gracias a mi profesión, quiero pertenecer a tu círculo de amigos para disfrutar contigo algnas veces. ¿qué dices?

No sabía que decir, quedé como en shock, muda, este era un aprendizaje nuevo de la vida, aprendí a no tener rutina de citarme en un solo sitio, me pilló ese tipo y así mismo me va a descubrir mi marido o todo el que quiera estar conmigo, quiera o no. Me reprochaba a mi misma sobre esa pendejada, ahora estaba siendo chantajeada y no tenía salida a la vista, denunciar sería delatarme a mí misma.

Sabía que estaba acorralada, estaba descubierta, desenmascarada, en consecuencia, no me quedaba otra que aceptar, además, Alberto no había llegado, pero llegó el que le correspondía estar ese día, pensaba para mis adentros, mientras analizaba todo lo que estaba ocurriendo en ese momento.

Henry, el pensionado, me dijo: “Desde que me separé de mi mujer, vivo en una habitación que pago en alquiler, ubicada a dos cuadras de aquí, vamos allá y mejor te doy lo de la residencia y tu respectivo pago claro está, o qué quieres mi princesa, tú mandas en este momento, me decía expectante, vamos al sitio que quieras”.

Al ver que no tenía alternativa, que salir corriendo me podía traer consecuencias negativas en mi matrimonio, decidí aceptar después de llegar a un acuerdo de lo que me quería pagar ese pensionado.

Le dije, ve tú adelante, te sigo de manera disimulada, dejas la puerta abierta, pero, ¿me vas a pagar antes verdad? No te lo voy a dar gratis, le advertí.

Claro que te pago apenas entremos a la habitación para que estés segura y tranquila, allá tengo un dinero. Me respondió Henry.

Entramos a esa habitación con acceso por un pasillo largo, en su interior esa habitación solo constaba de una cama bien tendida, un televisor, un equipo de sonido, un guardarropa, un par de sillas plásticas, una nevera pequeña y un par de cajas apiladas una sobre la otra, lo esencial para vivir mínimamente.

Henry comenzó su plática más o menos así: “Usted me gusta mucho y me tiene enamorado, te sigo muchas veces cuando la veo pasar por aquí, hasta me he masturbado pensando en lo que sería si usted pudiera pasar una noche en esta habitación, en esta cama aquí conmigo, etc.

Yo pensaba en que hijo de p… me había metido por la costumbre de llegar al mismo sitio siempre, pero del ahogado el sombrero, dicen por ahí, me tocó comer vejete ese día, igual ya tenía un dinero en mi bolso, pues a lo que vinimos vamos, pensé en ese momento.

Henry, una vez entramos cerró la puerta, puso música moderada para esconder los ruidos, la conversación de nosotros y todo lo que allí pasaría.

Se me acercó decidido, con firmeza, me tomó la cara entre sus manos, exclamó: qué hermosa eres, eres la muñeca de mis sueños, te he deseado desde hace varios meses, me propinó un beso en la boca, se me antojó buen beso, el tipo es o era bueno en esas lides, tenía mucha experiencia, fue mi primer pensamiento.

Instintivamente lo tomé por la cintura, le correspondí a ese rico beso con respeto, me gustó de verdad. Él siguió acariciando mi cabello diciendo cuanto le gustaba todo mi cuerpo, me apretó una de mis tetas con suavidad, mi paga estaba dada, así que no podía renegar.

Entendí que el tipo era de fiar, dio mucha seguridad, confianza, experiencia, entonces procedí a complacerlo a mi mejor modo y estilo, lo abracé para compensar su paga por el servicio, le sobé su espalda que la noté algo arrugada ya por los años, al bajar a sus nalgas se las apreté con algo de fuerza, eso lo puso en forma, su verga se empezó a parar, quería empujarme a la cama de una, pero le dije: vamos a ducharnos primero, no quería correr riesgos, además el aseo es primordial en estos casos.

Llegamos a la cama recién duchados, nos tendimos acostados de lado a lado, nos besábamos con cierta familiaridad, me gustaba su forma de besar, sus movimientos no eran muy ágiles, pero aguantaba el rato.

Uno de sus brazos me servía de almohada, mis manos acaparaban su cuerpo arrugado para estimularlo de la mejor manera, en esos momentos ya me sentía como obligada a cumplir, también como responsable de hacerlo sentir de lo mejor, recordé a mi papá en ese momento, entonces quise darle lo mejor, él también quería dejar huella en mí, pues no paraba de usar su mano libre, de apretarme con la otra, una de sus piernas estaba sobre mi cuerpo atrapándome por completo.

Seguí adelante con ese juego, mi mano se detuvo en su verga, de verdad estaba muy fuerte, sin embargo, le pregunté: ¿tomas alguna pastilla para levantar ese animal? Es para que aguante, pueda disfrutar por lo que ya pagó, vaya y compra algo, aquí te espero.

Henry me dijo; si tengo unas pastillas recetadas por médico, pero me dio pena tomar, quería que no se fuera a sentir mal.

Le respondí con energía: “No señor, a su edad ya debe usar ese medicamento siempre, no importa si es conmigo o con otra chica, mal es que no se le pare, además para eso paga.

Se tomó su medicamento inmediatamente, eso me tranquilizó, su verga se mantenía levantada de forma aceptable, ahora sí se lo empecé a mamar, me lo llevaba hasta el fondo, casi me metía sus huevas también ya que esos 14 o 15 centímetros entraban con facilidad, como siempre me ocurre, recordaba las enseñanzas de Max y Carlos, mi profesor de música quien dejó ese legado en mí. No sé por qué esas imágenes me acompañan siempre.

Henry se contoneaba retorciendo su cuerpo con esa succionada que estaba recibiendo, se quejaba con regularidad, suspiraba y exhalaba con fuerza, un repetido oh, oh, oh se le escuchaba en esos momentos.

Lo noté como emocionado, apretaba sus nalgas, me agarraba mi cabeza con fuerza, entonces entendí que no estaba acostumbrado a una mamada profesional como la mía y que lo iba a ser venir pronto.

Me recosté en la cama, me abrí de piernas, lo llevé a que me hiciera sexo oral, entenderán cual fue su asombro al ver mis gordos labios vaginales, estaba como incrédulo, asombrado, pero, ahí se pegó bastante tiempo, metía sus dedos en mi raja y se los chupaba sin pudor alguno, hasta mi culo no se escapó de esos lengüetazos y lamidas, aunque he cogido con hombres más jóvenes y profesionales, eso no impedía disfrutar de los últimos cartuchos de un vejete como el que me tocó de turno ese día, además lo estaba haciendo lo mejor posible y eso me bastaba.

Sabía en mi interior que tenía cierta deuda u obligación con ese servidor, que seguramente con su sola presencia uniformada y sin saberlo talvez, pudo haber salvado la vida e integridad de muchas personas.

Cuando Henry satisfizo su necesidad de lengua y dedo en mi raja y mi culito, llegó hasta mis tetas, se pegó ahí como un recién nacido, me tocó destetarlo de una para que chupara de la otra, se quedó pegado ahí, no sé por qué.

Al rato lo agarré de su cabeza para quitarlo de mis tetas, ya hasta sentía algo de dolor, además pensé que me podía quedar algún morado o chupón y eso sería algo terrible en mi relación de matrimonio.

Llegó a mi boca, allí nos volvimos a besar apasionadamente, nuestras lenguas jugaban mientras sus manos acariciaban mi cabello y mi cara, en mis piernas alcanzaba a sentir su verga caliente, bien templada y llorona.

Le insinué que hiciéramos un 69, pues no quería que se derramara pronto y se acabara la función, aceptó gustoso, me eché encima ofreciéndole nuevamente mi raja para que se diera gusto, me metí ese pene en mi boca, llegando hasta el fondo sin problemas, sus huevas eran apretadas con suavidad, entre tanto, él lamía mis labios vaginales sin cansancio, sus dedos hurgaban dentro de mis labios, como buscando algo de su interés, se notaba que ese vejete disfrutaba como nunca, yo no me quedaba atrás, máxime porque decidí ponerle interés al asunto nuevamente.

¿Me lo quieres meter ya? Le dije decidida, igual ese tipo me había calentado y necesitaba ser penetrada con urgencia.

Nos acomodamos en un misionero, él se me echó encima, se metió entre mis piernas, con su mano guio su verga hasta la entrada de mi canal vaginal, empezó a bombear su verga dentro de mi rajita, no tardó sino un par de minutos para dar muestras de convulsiones, espasmos y quejidos para venirse sin control, su verga aguantó otros empujones de menor envergadura para comenzar a desinflarse luego se quedó acostado quieto encima de mí besándonos como un par de novios, hasta que su flácida verga fue expulsada por mi vagina, desinflada como una gelatina.

Se dejó escurrir hacia un lado y exclamó: gracias Dios mío, me he culiado a la mujer de mis sueños, la más hermosa del mundo, el bocado de cardenal más delicioso que alguien pueda tener y muchas cosas más, parecía un poeta a menos que las tuviera ensayadas en un escrito.

Obviamente no quedé satisfecha con ese momento, quería más y más, pero mi interior me gritaba respeto por ese vejete, hice caso a mis instintos, me calmé mis ganas callada sin hacer sentir mal a ese hombre.

Volvimos a besarnos y abrazados me declaraba su amor, casi como un adolescente con su primer amor, al rato se le volvió a parar gracias a unas caricias de mi parte o efectos del viagra que se tomó, yo se lo agarraba, lo frotaba y apretaba para despertarlo, volvió a subirse en la misma posición sin mayores variaciones volvió a eyacular después de un par de minutos atacando mi raja.

Se bajó y di por terminado mi trabajo, agradeciendo por el respeto que mostró, el dinero recibido y la forma en que se desarrolló en ese encuentro.

Cuando me estaba maquillando para salir a la calle me interpeló directa y abiertamente. ¿te gustaría estar aquí mismo con algunos amigos míos?, igual o peor de viejos que yo, todos te pagamos bien, eso sí que sea un mutuo acuerdo entre todos, algunos la mujer no los atiende, pelean mucho o son viudos, además no habrá nada de violencia, será bajo tus orientaciones, un secreto máximo, ninguno de ellos va a protestar o salir a hablar algo a la calle, piénsalo y me dices para cuadrar con ellos.

Una sonrisa se marcaba en mi rostro, no sabía el por qué, pero de verdad acepté casi sin darlo un segundo, él me seguía platicando de la falta de interés de sus esposas, de sus necesidades de sentirse vivos, útiles y amados por otros seres, pensé en un dinero fácil, que, aunque no estaba urgida ni pasaba momentos de escases, si lo hace sentir bien a una tener dinero para comprar y gastar sin reparos.

A la siguiente semana, me encontraba yo misma, en el mismo sitio, con Henry y dos pensionados más, todos ellos amigos de Henry, no quiero decir sus nombres. Todos ellos sabían a qué iban, todos habían aportado dinero, para todos ellos eran sus últimos cartuchos seguramente, sus últimas oportunidades con una mujer complaciente.

Desde aquí, mis respetos para esos pensionados, que, sin importar si ellos respetaron o no las leyes, si fueron buenos o no, considero que pudieron hacer mucho bien a la sociedad, lo mismo que todos los uniformados, a mí no me corresponde juzgar a nadie.

El caso es que procedí a dirigir ese encuentro, sabía de sus limitaciones, de su falta de agilidad, por la experiencia con Henry sabía que no son muchachos de 20 años, que ellos no se pueden mover ni desempeñar como un chico lleno de vitalidad, en consecuencia, deben ser tratados con cierta deferencia, como una vajilla frágil y cuidadosa.

Los hice que tomaran sus pastillas que tuvieran recetadas médicamente, lego que formar desnudos, hombro a hombro, comencé a mamar sus vergas uno por uno, me los metía hasta el fondo sin que eso fuera problema para mí, cada una de mis manos acariciaba sus huevas, frotaba sus penes, no protestaba ni me quejaba si sus miembros eran grandes o no, si estaban bien erectos o no, tampoco de su grosor, entendí que era como un servicio social de mi parte.

Con mis manos, una en cada verga de los vecinos a la que estaba mamando, ellos me ayudaban a frotarse, a pajearse agarrando mi propia mano, para que no se fueran a caer dormidos esos miembros, respetaban esos turnos de la mamada, mientras yo iba dando una especie de vuelta de 360 grados agachada, daba lo mejor de mí, la mejor mamada para cada uno en su turno.

Me levanté, comencé a besar en la boca a cada uno de ellos, mi lengua hurgaba dentro de sus cavidades y seguía al siguiente adversario sin detenerme a encontrar falencias en ellos.

Sentía sus manos acaricias mis tetas, mi espalda, mis nalgas, cierta sensación de felicidad me acompañaba en esos momentos, me sentía plena, complacida de poder atender esos tres vejetes en sus últimos momentos de placer mundano.

¿Quién quiere lamer mi raja? o ¿ya me lo quieren meter?, les dije, recostada en la cama con mis piernas recogidas y abiertas, me metía un par de dedos para lubricar bien ese canal además que ellos se calentaran con esa visión, aquí estoy lista, les dije con determinación.

Sabía que ellos no eran los mismos de hace 30 - 40 años, eso lo tenía claro, sabía que alguno de ellos apenas lo metiera dentro de mis labios vaginales, se iba a venir sin poder hacer algo, que sus estocadas serían más débiles, en fin, estaba preparada física y psicológicamente para dar placer a ellos, antes que pensar en una verdadera orgía en ese momento.

Se fueron turnando uno por uno a lamer mi raja, algo temblorosos sus movimientos, algo lentos, pero, en fin, seguramente trataban de hacer su mejor papel, yo permitía todo ese cariño que ellos me brindaban por mi raja. Entre tanto sus otros dos amigos permitían que mis manos se agarraran a sus penes para estimularlos mientras les tocaba su turno.

Cuando ya se dieron por satisfechos, entró el primero de esos miembros en mi rajita que estaba algo roja y dolorida por tanta lengua y dedos de esos machos ansiosos de sentirse con vitalidad, comenzó a atacarme algo duro, pero, un par de minutos metiendo y sacando su verga de dentro de mis labios, de su frente salía sudor, en su cara se advertía una felicidad inconmensurable, esa imagen fue mi mejor paga en ese momento. Lo sacó con afán para no eyacular entro de mí, un pequeño chorro de varias gotas, cayeron en mi ombligo y pelvis, unas poquitas gotas de casi agua.

Entró el segundo, dos o tres metidas, lo sacó y escupió dos o tres gotas también en mi vientre.

Entró el tercero (Henry), me penetró con su estaca que pajeaba si cesar, tardó unos dos o tres minutos, me hizo voltear para ponerme en cuatro patas, al estilo perrito, escupió entre mis nalgas, con uno de sus dedos lubricaba mi culito, me lo fue enterrando despacito, ante la mirada de sus amigos, me lo enterró en mi ojete del culo, lo recibí sin protestar, no tardó sino un par de minutos para sacarlo y eyacular en mi espalda, en medio de jadeos y casi gruñidos de gusto y placer.

Cuando se recuperaron y luego de bañarse, quise repetir esas rondas, pero solo quisieron que les diera una mamada de esas que ya habían recibido con anterioridad, habían quedado prendados de ese servicio.

Estos encuentros siguieron ocurriendo por tres meses, seguidos que llegué a estar atendiendo a esos pensionados en una vez a la semana o cada dos semanas, hasta que falleció uno de ellos, entonces decidí parar, me dio miedo que alguno se muriera en la cama al lado mío, hoy los recuerdo con cariño, pero no volví a saber nada de ellos.

Hasta aquí otra historia real de mi vida, vivencias que solo tienen por fin el sacar eso de mi mente o compartirla con ustedes, sanar mi vida y quien sabe cambiar en muchos aspectos, gracias por leer, si gustan voten o comenten. Andrea del Pilar. Andreas.