Glory hole
A sus cincuenta y tres años, la rutina y la posición social de la protagonista parecen blindarla contra el deseo. Pero una tarde en Bruselas, la curiosidad la empuja a cruzar el umbral de un local de erotismo. Allí, el anonimato y la penumbra desatan en ella una necesidad imperiosa que ninguna relación matrimonial había logrado apagar.
Sólo vamos a estar unos días en Bruselas. Mi esposo es miembro activo del Consejo Europeo y existen diversos actos que requieren su presencia. Mi trabajo es menos suntuoso. Comparto bufete con otros dos socios, y puesto que tengo una semana relativamente tranquila, opto por acompañar a mi marido, de tal forma que, mientras él atiende sus responsabilidades en la sede, yo puedo hacer una visita turística por la ciudad.
Llegamos bien entrada la tarde. Un bofetón de aire gélido sacude mi rostro al salir del aeropuerto. La temperatura aquí se sitúa diez grados por debajo de lo que es habitual en mi ciudad por estas fechas, por lo que me subo las solapas del abrigo y encojo mi cuello de forma instintiva como una tortuga ante un peligro inminente. Un taxi nos lleva al hotel, y mientras yo deshago las maletas de mano, mi esposo repasa su intervención reiteradas veces. No le gusta improvisar. Su meticulosidad en ocasiones me saca de quicio, pero es cierto que ese perfeccionismo forma parte su idiosincrasia. Una hora después bajamos a cenar al restaurante del hotel. Pedimos algo ligero: unos huevos rotos con boletus y trufa. Para concluir, el camarero nos trae un expreso a cada uno con una galleta, gentileza del hotel. A continuación, mi marido pide la cuenta, desliza la tarjeta por el datafono y abandonamos el restaurante.
Los viajes siempre son un estímulo para reforzar las relaciones que, aunque consiguen mantenerse a flote sin significativas mareas, el día a día es bien capaz de enmohecer la pasión.
Ambos acumulamos cincuenta y tres primaveras y también somos sabedores de que la concupiscencia y el deseo ya no son los de antaño. Pese a ello, considero que nuestra vida sexual sigue siendo productiva y, desde luego, me gusta aprovechar estos momentos en los que la magia del viaje es nuestra aliada, sin interrupciones y sin la necesidad de ocultar nuestra euforia, de modo que no me ando con insinuaciones. Voy directa al meollo. Mi marido hace mención de apagar la pequeña lámpara de la mesita. No le dejo. Le beso en la boca a la vez que mi mano atrapa su miembro fláccido. Lo aprieto y lo masajeo en un intento de que adquiera consistencia, pero me dice que no se puede concentrar como consecuencia de su intervención de mañana, de tal modo que mi castillo de naipes se viene abajo, desistiendo en el empeño y respetando sus deseos.
Desayunamos juntos. A continuación, un taxi pasa a recogerlo, me da un beso y le deseo que todo vaya bien.
Por mi parte, enfilo, guía en mano hacia la Grand Place, patrimonio de la Humanidad de la Unesco y uno de los lugares que quedarán guardados para siempre en mi retina por su belleza. La plaza está rodeada de fantásticas casas gremiales entre las que destacan la Maison du Roi (Casa del Rey), que fue el lugar de residencia de los reyes y que alberga el museo de la ciudad, Le Pigeon, en la que se alojó el célebre escritor francés Víctor Hugo, el conjunto neoclásico de seis casas de le Maison des Ducs de Brabant y las sedes gremiales de Le Renard, Le Cornet y Le Roy d´Espagne, este último convertido en el bar más popular de la plaza. Es perfecto para tomarse una buena cerveza belga y disfrutar de las vistas de la plaza desde su terraza, pero considero que es un poco pronto para beber y opto por un café con leche caliente a fin de atemperar mi cuerpo. Después continúo mi itinerario turístico y me detengo a contemplar el espectacular edificio del Ayuntamiento, que data de mediados del siglo XV e impresiona por su torre de más de 96 metros de altura.
Deambulo por la calle admirando la magnificencia de las edificaciones y me detengo a mirar el mapa considerando que, sin darme cuenta me he salido de la ruta. Al levantar la vista contemplo un escaparate excesivamente llamativo y como no, sugerente, con una rotulación vistosa, pero con refinada clase: “Sensations erotic art galery”. Una lencería extremadamente atrevida llama mi atención entre todas las demás y pienso que quizás es un buen momento para añadir un acicate a nuestra relación. Una motivación para mi esposo a fin de ensalzar mis formas, puesto que distan mucho de parecerse a las del maniquí. En su lugar, considero que siempre será mejor contemplar esa lencería encima de mis carnes que no en un trozo de plástico, por muchas curvas que atesore la muñeca.
Mi anatomía no es de curvas pronunciadas que conducen al vértigo. Más bien, es todo lo contrario. Mi pecho es casi plano, con dos pequeños, pero sensibles pezones parecidos a dos botones. Quizás el precio a pagar por mi delgadez es también la escasez de unos senos redondeados y bonitos, no obstante, nunca he tenido excesivos complejos al respecto, ni he luchado contra eso jamás. Es lo que hay y punto. En contrapartida, siempre he sido muy sexual. A veces pienso que demasiado.
La decisión está tomada. Quiero esa lencería. Con ella puesta hasta a un muerto se le levantaría. Abro la puerta y accedo al interior del recinto agradeciendo la agradable temperatura. La estancia está iluminada únicamente por la luz mortecina que arrojan las vitrinas. Un elenco variopinto de juguetes sexuales que no sabía ni que existían conquistan mi vista. Todo tipo de artilugios para la autosatisfacción: látigos, argollas, esposas, cadenas, potros e incluso muñecos de última generación parecen encontrarse aquí para satisfacer los más exquisitos gustos, y también los más depravados caprichos. Ni siquiera sé la función de muchos de ellos.
Un joven de unos treinta años me da la bienvenida y yo le devuelvo el saludo con cierta timidez, sintiéndome en ese momento como pez fuera del agua. Me pregunta si busco algo en especial y le digo que he entrado a por la lencería que hay en el escaparate. Mientras me mira intentando calibrar mi talla, yo hago lo propio. Tiene el pelo largo recogido con una coleta. Viste vaqueros y una camiseta de tirantes negra —impropia para la estación en la que estamos— luciendo unos fibrosos brazos abigarrados de tatuajes de lo más dispares. Desaparece un momento en la trastienda en busca de la lencería que he pedido, y mientras tanto continúo con mi recorrido visual por la estancia. Hay dos salas contiguas que ofrecen shows en vivo. En la siguiente me llama la atención un pequeño cartel iluminado con las letras: “Glory hole” y siento curiosidad. El mozo me saca de mi abstracción para mostrarme la prenda que le he pedido. La contemplo un instante y doy mi aprobación, por lo que el joven la mete en una bolsa, la coloca encima del mostrador y me pregunta si deseo alguna cosa más.
—¿Qué es eso? —le pregunto señalando el luminoso.
—Lo llaman el agujero glorioso.
—¿En qué consiste? —pregunto con total ingenuidad. El hombre me mira como preguntándose de dónde habrá salido un espécimen tan extraño como yo, pero pronto entiende que no soy asidua a estos lares.
—Es una cabina utilizada con el fin de mantener relaciones con otra persona que se encuentra a la otra parte a través de agujeros en la pared y amparados siempre por el anonimato.
Yo asiento como si supiera de qué me habla, sin llegar a entender muy bien el procedimiento, sin embargo la curiosidad y el morbo me empujan a cruzar el umbral de aquella puerta con un único interés morboso, pero sin pretensiones más allá de curiosear y satisfacer dicho morbo.
—¿Cuánto le debo? —pregunto mostrando la bolsa con la lencería. A continuación le pago en efectivo y me quedo dubitativa un instante. Antes de irme le pregunto el precio de las cabinas. El mozo responde, titubeo unos segundos y detecta que vacilo.
—Le doy mi palabra de que no se arrepentirá, —me asegura invitándome a entrar.
Quiero pensar que estoy haciendo un gran esfuerzo para que me convenza, pero lo cierto es que no es así. Mi curiosidad y el morbo es mayor que mi recato en ese momento. Le pago la cantidad que me pide y me abre la puerta.
El habitáculo está en penumbra, pero puedo ver tres agujeros dispuestos en la pared uno al lado del otro a medio metro de distancia cada uno, y un taburete situado en el centro. Me siento en él dejando mi abrigo y mis cosas en el suelo a la espera de que ocurra algo. Parezco una colegiala esperando en su primera cita.
Oigo un sonido al otro lado del tabique y por uno de los hoyos empieza a asomar a cámara lenta lo que parece ser un glande totalmente descapullado. El miembro avanza con solemnidad adentrándose en la estancia cual serpiente acechando a su presa. Me quedo anonadada ante lo que verdaderamente parece ser un ofidio olisqueando hacia el suelo. Contemplo aquel miembro fláccido de un tono oscuro como la noche. Mi boca se abre involuntariamente, ¿qué digo? no sólo mi boca. Percibo un hilillo de flujo colisionando con mi braguita.
Por fin, el miembro termina de asomar por completo. Ahora se balancea como un péndulo oscilante a fin de despertar mi interés. Apenas parpadeo contemplando aquella polla fláccida gritándome y llamándome en silencio. Mi única pretensión era mirar, alimentar el morbo y masturbarme si lo consideraba oportuno. Ahora quiero tocar el badajo que me saluda de forma impúdica. Avanzo hechizada hacia él y me arrodillo a contemplar su magnitud, su color y su textura. Vacilo un instante antes de apresar la culebra, como si de un momento a otro fuese a abalanzarse sobre mí para enroscarse en mi cuello.
Poso con suavidad la mano calibrando su grosor y advierto una gorda vena recorriendo la longitud del tallo. El miembro empieza a hincharse en mi mano, y a modo de reverencia, su ojo asciende lentamente a la altura de mi cara. Suelto un momento la verga para apreciar como crece unos centímetros más adquiriendo rigidez y situándose erecta y amenazante, mientras me apunta directamente al rostro de forma inquisitoria, haciéndome sentir culpable. Mis pulsaciones se aceleran, mi boca babea y noto como los caldos de mi sexo empapan mis bragas sin contención. Cojo el cimbrel de la base y le doy unos meneos. Lo levanto y lo ladeo pasmada examinando la desproporción de esa morcilla negra de la cual desconozco quien es su dueño, y no sé si eso me produce más morbo o qué. Podría ser de cualquiera, desde el conductor de un autobús haciendo horas extra en un sex shop, hasta un actor porno, dadas sus dimensiones. Quizás es la de un mandingo de una tribu africana, o tal vez, la de un diplomático sacando a relucir su lado oscuro. Eso me lleva a pensar en mi marido, y por un momento me pregunto qué coño estoy haciendo aquí, arrodillada tratando de engullir una descomunal polla negra como si fuese una vulgar ramera. Una mujer de mi posición sucumbiendo al embrujo que dicha polla ha desencadenado.
Estoy excitada, y por primera vez en mi vida una necesidad imperiosa me obliga a lanzarme en brazos de la imprudencia mamando un pollón que pretende desencajarme la quijada. Intento albergar en mis fauces el ciclópeo miembro hasta atragantarme, atenazando la verga con ambas manos. De vez en cuando hago un inciso para relajar mis mandíbulas y reemplazo la mamada con una masturbación a ambas manos delante de mi cara en combinación con un recorrido de mi lengua por la longitud del tronco repasando cada capilar. Es como un jodido ariete dispuesto a batir mi juicio, y eso me enciende todavía más. Vuelvo a metérmela en la boca buscando el límite, y en ese tope mi cabeza empieza a bascular adelante y atrás. La saliva se me escapa por la comisura de los labios y los sonoros chasquidos de mi boca invaden la estancia.
También puedo escuchar los leves gemidos que pugnan por penetrar por el agujero glorioso uniéndose a la sonata de la depravación.
Me doy cuenta de que he perdido la razón, la compostura y también la decencia en un intento de que mi boca albergue más allá de lo razonable. Utilizo las dos manos para recorrer el tronco mientras mi cabeza basculante acelera la cadencia. Tomo aire un momento, sin dejar de manosear el miembro ensalivado, mientras lo contemplo con lascivia manifiesta. El morbo y la calentura me atrapan en sus fauces y me devoran, sintiendo por tanto, la urgente necesidad de tocarme, por lo que me desabrocho el pantalón, meto la mano y hurgo en mi atormentado sexo en busca de placer. Mi dedo corazón patina por la gelatinosa raja al tiempo que mamo con determinación. Meto dos dedos en mi coño con facilidad y me follo con ellos. Un tercero se une a la fiesta de tal modo que mi boca abandona el falo para gemir sin dejar de masturbar la erecta polla, ahora con mayor brío. A mis gemidos se unen los del misterioso dueño de semejante estaca, lo que me lleva a acelerar la cadencia de la paja al mismo tiempo que mis dedos percuten dentro de mi coño a una velocidad inusitada en busca del clímax.
Escucho un lamento al otro lado del tabique y un trallazo de semen se estrella en mi cara, y en perfecta sincronía, mis dedos me regalan un orgasmo digno de comparación con el mejor de los polvos. Grito sin contemplaciones sin dejar de follarme con los dedos, mientras mi squirting se desparrama sin previo aviso, a la vez que el espeso líquido del moreno impacta una y otra vez en mi cara hasta dejarme momentáneamente ciega.
Suelto la polla pringosa e intento desprenderme de la pegajosa sustancia sin éxito. Busco dentro de mi bolso los pañuelos y me limpio la cara como puedo. Ahora puedo ver. La boa constrictor ha desaparecido en su madriguera después del desaguisado. Quedo yo con una mezcolanza de fluidos bañando mi cuerpo y sobre mi ropa, pero también adheridos a mi conciencia por mi desvergonzada conducta.
Tras quince largos e infructuosos minutos, consigo estar medianamente en disposición de salir del habitáculo, y con un aspecto de todo menos decente cruzo por delante del mostrador en dirección a la salida. El mozo y otro cliente con el que habla observan como cruzo ante ellos con zancada decidida, pero también con mi cabeza gacha. El dependiente me pregunta si todo ha sido de mi agrado. Mi refinada educación me obliga a girar la cabeza para responder. Asiento sonrojada y salgo de allí con celeridad. La fresca temperatura me sopapea la cara y me devuelve de bruces a la realidad. De vuelta hacia la Grand Place, contemplo las edificaciones y ya no me asombran. Tengo la bolsa con la lencería que me gustaba en la mano, la miro un instante y la echo a una papelera.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Con la amiga de su esposa en una feria
Paulina siempre fue distante, pero esa noche en Barcelona, su mirada altanera se transforma en una invitación prohibida.
Comparte:Infidelidad consentidaExhibicionismo accidentalErotismo romantico
- Hetero: Infidelidad
Zorras de despedida de soltera (3 de 4)
Sabe que su esposo duerme en la misma casa. Sabe que Leo es un riesgo calculado. Pero cuando el alcohol y la mirada de él se cruzan en medio de la…
Comparte:Infidelidad consentidaExhibicionismo accidentalTransgresion moral
- Hetero: Infidelidad
La Reunión
Imma siempre ha sido mi compañera de batalla, pero esta noche la oscuridad del portal y el miedo a ser descubiertas encienden una chispa que no…
Comparte:Infidelidad consentidaExhibicionismo accidentalDeseo reprimido
- Hetero: Infidelidad
Infiel a mi marido y lo gocé 4: la playa
Su marido duerme profundamente bajo la sombrilla, ajeno a lo que sucede a pocos metros. Cinco hombres la observan con hambre, ofreciéndole dinero y…
Comparte:Infidelidad consentidaExhibicionismo accidentalErotismo romantico
- Hetero: Infidelidad
Un desafortunado error (ll)
Las fotos llegaron por error, pero el deseo fue intencional. Ahora, la mujer que debería ser intocable por su matrimonio y su edad, lo espera en la…
Comparte:Infidelidad consentidaExhibicionismo accidentalDeseo reprimido
- Hetero: General
Enrique, el amigo de mi padre (2)
La cocina se vacía por unos segundos, pero el deseo acumulado durante semanas de llamadas picantes no cabe en el silencio.
Comparte:Infidelidad consentidaDescubrimiento orientacionErotismo romantico