Xtories

Mi esposo me ató y me ofreció a sus amigos

Ana siempre supo que su cuerpo pertenecía a Pedro, pero nunca imaginó que él la entregaría así. Con los ojos vendados y las manos atadas, espera en la oscuridad saber quién será el siguiente en poseerla, mientras su esposo observa sin inmutarse.

Mondieu110463K vistas9.2· 25 votos

Este cuento es el último que forma parte del libro de relatos eróticos que se encuentra publicado en Amazon, titulado “Historia de Ana. Doctora y algo más”

https://www.amazon.es/Historia-Ana-Doctora-algo-m%C3%A1s/dp/8409508990/ref=sr_1_1?crid=1UPM8CXFFA420&keywords=historia+de+ana+zhara+granada&qid=1697115717&sprefix=historia+de+ana.%2Caps%2C98&sr=8-1

También lo pueden leer gratis en KindleUnlimited

Vamos al relato:

Tenía en mi mente la noche que mi esposo me había pedido que tuviera relaciones con Luis, el modelo de fotografía, y más aún, la forma que luego follamos nosotros, amándonos como nunca lo habíamos hecho.

También lo que me había dicho, y lo que contesté. El deseaba follarme como él quisiera, lo cual estaba muy bien. Además quería que fuera su puta, y me dejara follar por quien, o quienes, él quisiera; cuando él me lo dijera.

Estos pensamientos estaban en mi mente un día sí, y otro también. Era algo totalmente nuevo en nuestro matrimonio. Nunca había ocurrido. Fue la primera vez que me pidió que lo hiciera con otro hombre; y luego fue más allá, me pidió que fuera puta. Su puta, y follara con quien él eligiera.

Acepté todo.

Sólo de pensar en ello, que iba a ser la puta de mi esposo, me excitaba y me mojaba, tanto que me venían ganas de masturbarme al recordarlo.

Los días pasaban, continuaba excitada y ansiosa, hasta que sus palabras, se llevaron mis fantasías.

—Ana, el próximo sábado nos reuniremos con mis amigos de arte y fotografía, en casa de Ramón. Intercambiaremos ideas, trabajos, escucharemos música y pasaremos un buen momento. Quiero me acompañes.

Pedro por su profesión de fotógrafo, tiene amigos que son editores, galeristas, otros fotógrafos, pintores; todo un mundo bohemio, que aman sus trabajos, y disfrutan compartiéndolos; y sus reuniones siempre son excelentes, siempre hacen locuras, y se divierten mucho.

La casa de Ramón es el lugar ideal de aquellas fiestas, era una enorme vivienda, alejada del resto, donde la música podía tener un volumen alto, sin molestar a los vecinos.

Yo era médica, mi profesión no acompañaba la de ellos. Además con Pedro, éramos los únicos casados formalmente, el resto tenían amantes ocasionales, por lo cual no había logrado mantener amigas mujeres dentro de ese núcleo. A pesar de ello, debo reconocer que todos, siempre me atendieron con esmero y cuidado; alguno un poco más de la cuenta, halagándome en aras de conquistarme, o acariciándome demasiado.

—Pedro esas reuniones son divertidas, el inconveniente, es que concurren pocas mujeres, Ustedes hablan de sus cosas, mientras yo me aburro, además ahora nos queda lejos, casi ochenta kilómetros de nuestra nueva casa.

—Ana, ya verás que pasaremos bien. Además quiero que te pongas atractiva, que te deseen. Tú sabes que codician tu cuerpo, tus tetas, y tu trasero.

Mi esposo me estaba pidiendo que me arreglara, y me vistiera de forma tal que incitara a otros hombres. Sentí nervios, y un poco de excitación también. Quizás preparaba algo relacionado con aquel pedido, al que yo había aceptado. Lo miré a los ojos, tratando de descifrar que significaba aquello, estaba tranquilo; no indicaba nada fuera de lo normal.

El día de la reunión usé un vestido escarlata, como mi pelo, que contenía una de las faldas más cortas de mi vestidor, su borde apenas tapaba mis nalgas, un escote de infarto, y espalda desnuda, por lo cual no podía llevar sostén. No era ajustado, y lo que no mostraba, lo traslucía. En resumen, bragas, y una pequeña prenda que apenas me tapaba.

Al llegar, la reunión apenas empezaba, conté sólo dos mujeres aparte de mí, con sus parejas; y el resto sólo hombres. Tal como lo había imaginado.

Bebidas de todo tipo, en abundancia. Me decanté por el champan, tiene el poder de alegrarme, o decaerme. Estaba alegre, y feliz; tenía un esposo al que amaba, y él me correspondía. Decidida a pasarlo bien, continué con el champan, música, y bailes. En oportunidades bailábamos las tres mujeres solas, y en otras lo hacíamos con varios hombres. Me pareció sentir roces contra mi cuerpo, y alguna caricia más abajo de mi espalda, pero nada fuera de lo normal.

Estaba contenta, un poco alegre de más, por la bebida. Bailando con mi esposo, me tomó del trasero, llevé mi mano a su pene, y le dije al oído que tenía ganas de follarlo. Sonrió diciéndome: —Ya llegará su turno Doctora.

La reunión continuó; pasada la medianoche una de las parejas se retiró, y, cuando la segunda dijo que también lo hacía, busqué a mi esposo, con intención de invitarlo a irnos. Lo encontré sentado en un amplio sofá hablando con un amigo. Hizo señas que me uniera. Me senté a su lado. El continuaba el diálogo con su amigo; y al mismo tiempo, iniciaba una caricia por mi espalda hasta el final, llevando su mano a mis nalgas.

A su amigo lo llamaron desde la barra del bar y quedamos solos. Me besó, suave al inicio, y luego, más apasionado. Respondí excitada.

Retiró sus labios de los míos, y dijo en susurros: —Creo que hoy será el día que te pediré que seas mi puta, y te dejes follar, delante de mí.

Al escucharlo mi corazón comenzó a latir desbocado, temblaba de emoción, miré a todos lados, solo quedaba el dueño de casa, y algunos amigos de mi esposo; unos en la barra bebiendo, y otros sentados conversando. Busqué con la mirada cual sería el hombre que me follaría.

— ¿Quién será? ¿Con cuál de ellos lo haré?— le pregunté.

—Eso será una sorpresa. Solo tienes que decirme que aceptas ser mi puta esta noche. Te garantizo que lo disfrutarás, y si hay algo que no quieres hacer, solo tienes que decirlo, y no se te hará.

Lo miré a los ojos, ardía de pasión, lo besé, asentí con la cabeza, al tiempo que le decía:

—Seré tu puta. Esta noche, y todas las noches que lo pidas.

Se levantó del sillón, me tomó de la mano, y me condujo al interior de la casa. Pasamos por salones, un pasillo ancho, y entramos, casi al final, en un dormitorio amplio, con una enorme cama en el centro de la habitación, sin cabezal, a la cual se podía acceder desde cualquier lateral, y varios muebles.

— ¿Me dirás quien me va a follar?

Volví a preguntarle cada vez más excitada, temblando, con los pezones duros, empujando la tela de aquel vestido que apenas me cubría.

—Te he dicho que será sorpresa. Te desnudaré, te taparé los ojos, y te ataré las manos a la cama. Te follaré yo, y otros más, y no sabrás quien te estará follando en cada momento, ya que tendrás los ojos vendados. Si no lo quieres, me dices que no, y estará bien. Si aceptas, y no deseas que te hagan algo, lo dices, y no se hará.

Estaría desnuda, ojos tapados, atada, y me iban a follar. Estaba diciendo que me follaría él, y “otros”, con lo cual serían varios. Temblaba de nervios, nunca había pasado por una situación parecida. Mi cuerpo deseaba hacerlo, gozaría, y me correría, una y otra vez; entonces con firmeza, y asegurándole que no frustraría sus deseos, le dije sólo tres palabras:

—Soy tu puta.

Me desnudó, me quitó las bragas, sacó de sus bolsillos un antifaz, de aquellos, de dormir en los aviones, lo colocó sobre mis ojos, y sobre él ató un pañuelo grande. No pude ver nada más, y quedé en la obscuridad. Luego ató mis muñecas con otro pañuelo, y éstas a unas argollas que salían desde debajo de la cama. Acarició todo mi cuerpo hasta mi coño, y al notar su humedad dijo:

—Doctora, ya estás mojada, creo que hoy serás muy puta, disfrutarás mientras otros te follan. Estaré a tu lado, miraré como lo hacen, y también gozaré contigo. Iré a buscarlos.

Escuché como salía de la habitación y cerraba la puerta. Traté de recordar quienes eran los amigos de mi esposo que aún se mantenían en aquella casa, y cuántos eran. No recordaba si cuatro o cinco. La cabeza me daba vueltas, no sabía si vendrían algunos, o todos, a follarme. Suponía que todos, había concurrido provocadora; con un pequeño vestido que mostraba todo; y lo había logrado. Durante la noche sentí las miradas que había motivado, y ahora se soltarían, me tendrían aquí sin nada encima.

A solas en este dormitorio, desnuda, atada mis manos a argollas, con los brazos estirados por encima de mi cabeza, con mis pechos al aire, y mi coño a disposición, a ciegas, sin poder ver, esperándolos a ellos, los que sí podrían ver todo de mí. Sentía que me hallaba sobre un altar, atada, ofrecida y expuesta. Continuaba excitándome, y al mismo tiempo tenía miedo.

Sentí abrirse la puerta, ingresar varias personas, y a mi esposo decir, cerca de mí:

—Ya estamos aquí Ana. Tranquila, estoy contigo, no me iré. Quiero que seas la mejor de las putas para mí.

Aquellas frases de mi esposo llamándome su puta, me exaltaban más aún.

En la obscuridad total sentí el peso de dos personas sobre la cama, una a cada lado, y enseguida varias manos que acariciaban mis tetas, mi vientre, mis piernas. No podía ver nada, solo sentir esas manos. Otras dos que separaban mis piernas, y enseguida pasaban sobre mi coño, en una caricia suave, desesperante. No tenía el sentido de la vista. Dicen que al perder un sentido, se potencian y amplían los demás. Oía voces que hablaban en murmullos, no podía distinguir quien, ni que decían. Mi olfato percibía varios perfumes masculinos, y también el de sus genitales; estarían desnudos.

Siempre que tuve relaciones había visto los hombres con los cuales lo hacía, veía sus caras, sus miradas, sus cuerpos, sus miembros; ahora no veía nada, no sabía quiénes eran; eran manos, cuerpos y pollas que pasaban por todo mi cuerpo.

Aceptaba las caricias por todo mi cuerpo, no podía verlos, ni tocarlos, continuaba atada, con las manos estiradas, detrás de mi cabeza. En simultáneo, sentí dos bocas chupando mis pechos, y manos que acariciaban mi vagina, y levantaban mis piernas; otros labios ascendían por el interior de mis muslos directos a mi vagina, no pude evitar gemir, sabía lo que llegaría.

Estos últimos la lamieron toda, de arriba abajo, metieron su lengua, y al final chuparon mi clítoris. Otros continuaban chupando mis tetas, y mordían mis pezones. Era insoportable, desesperante, nunca me había ocurrido. Continuaba gimiendo, hasta que mi cuerpo comenzó a empujar mis caderas contra la boca que tenía en la vagina; al mismo tiempo que sentía el calor que bajaba desde mis entrañas hasta mi coño; el orgasmo llegaría muy rápido.

Los labios que chupaban mi coño se apartaron; enseguida sentí la cabeza de una polla que entraba. Tenía puesto un condón, estaba dura. Se mantuvo allí, apenas con su cabeza en el inicio, quizás esperando mi autorización. Me iba a follar, y no sabía quién era ese hombre. Llamé a mi esposo.

—Pedro. ¿Estás aquí? Me van a follar. Me están metiendo una polla. ¿Eres tú?

En un susurro, mi esposo, a mi lado dijo:

—No Ana, yo estoy aquí contigo. Es otro quien te va a follar. Tranquila, aflójate, disfruta, y goza sin límites. Suéltate como tú sabes hacerlo.

Mi esposo estaba mirando cómo iban a penetrar a su mujer, y me pedía que me dejara follar, y que lo disfrutara. Esto era increíble. Había tenido muchas relaciones con otros hombres, pero nunca con mi marido mirando. Era perverso, pero muy excitante al mismo tiempo.

Y lo hice, me dejé ir, me dejé tomar como me pedía mi marido. Me abandoné, y debió sentirlo quien tenía la cabeza de su polla en la entrada de mi coño, porque la metió hasta el fondo de golpe.

—Me está follando. ¡Agggg…!

Gemía fuerte, el orgasmo estaba próximo gracias a la boca que había estado chupando en mi coño. El calor ya estaba dentro de mi vagina, hasta el útero; las palpitaciones y espasmos llegaban, no lo podía evitar, entre suspiros, y espasmos empecé a correrme, mientras oía lo que decía el hombre que estaba sobre mi cuerpo y dentro de mí.

—Se está corriendo. Apenas la metí, y ya se está corriendo, siento sus contracciones, tiene un coño suave y apretado.

Entre mis quejidos, casi gritos, y los espasmos del orgasmo, no reconocí la voz de quien hablaba.

Con mi orgasmo había logrado, sin quererlo, que quien me estaba follando se excitara más, y comenzó a follarme rápido y fuerte. Se tensó, sentí que se estaba corriendo él también, diciendo entre gemidos:

—Me corro, agg…. Siempre quise follarla. Le tenía muchas ganas.

Volvió a decir que tenía un coño hermoso mientras la sacaba. A obscuras, con ojos vendados, no supe quien me había follado. ¿Pedro continuaría allí? Tenía miedo, quizás me hubiera dejado sola, atada, para todos los demás.

Su voz me tranquilizó, volvió a mi lado, diciéndome:

—Así te quiero Ana, que te follen todos, y que te guste.

Pedro hablaba pegado a mí, y continuaba sus caricias en mi rostro.

—Ana, no desataré tus manos, sólo te soltaré de las argollas que te sostienen, De esa forma podremos colocarte en otra posición.

Soltó las ligaduras, pude bajar los brazos, y aún con las manos atadas logré tocar la cabellera de aquellos que continuaban chupando mis tetas, ahora suave, tratando de calmar mi respiración agitada, ocasionada por el orgasmo. Hasta ahora mi cuerpo había estado a disposición de ellos, sin que lograra tocarlos, o verlos.

Algunas manos me ayudaron a levantarme, me llevaron casi en volandas sobre el cuerpo de otro que se encontraba boca arriba. Entendí, querían que me sentara sobre él.

Con las manos aún atadas busqué el miembro de este hombre. También tenía condón puesto. Lo tomé entre las mías, estaba firme. Levanté mis caderas, abrí mis piernas, y descendí guiando con mis manos aquel pene hasta mi vagina. Al sentir que la cabeza estuvo en la entrada, bajé despacio, enterrándola en mí, a medida que bajaba.

Sentí gemir a su dueño, comencé a subir y bajar mis caderas, metiéndola y sacándola.

Mi marido regresó, tomó mi rostro con sus manos, hablaba suave, aunque se le notaba la excitación.

—Ana, te vamos a follar por todos lados, solo si tú lo quieres.

Sabía lo que significaba. También me iban a follar por detrás. Me gustaba mucho que me follen por el culo; ahora lo harían por los dos lados al mismo tiempo, algo que me gustaba más aún. Ya lo había hecho anteriormente, pero nunca en presencia de mi esposo.

En esta oportunidad mi marido estaría presente. Vería como me meterían una polla por el culo. ¿Qué sentiría él? Me profanarían por detrás, y por delante al mismo tiempo; y él lo vería todo. ¿Debería dejar que me lo hicieran? Con seguridad me vería disfrutarlo. Me decidí. Era su puta y gozaría para él.

—Pedro, desata mis manos, necesito apoyarme.

Me desató y besó. Apenas podía responder sus besos, cada vez que bajaba, y me enterraba esta polla que ahora tenía dentro de mí, debía tomar aire y respirar profundo.

—Doctora espero tu respuesta, dime si quieres que te follen por todos lados.

Aún tenía los ojos tapados, solo escuchaba su voz. Hubiera deseaba mirarlo a los ojos, mostrarle toda mi pasión, mi sumisión a él. Le contesté:

—Soy tu puta, puedes hacer lo que quieras.

—Recuéstate Ana sobre el pecho de este hombre. Te van a follar por detrás también. Aflójate.

Apoyé mis pechos, sobre un tórax ancho, con pocos vellos, su perfume entró por mis fosas nasales, y me gustó su olor. Deseaba saber quién era, el había gemido mientras yo subía y bajaba con su polla dentro, pero no lograba discernir quien era este macho.

Sentí que pasaban un gel lubricante por mi ano, metían un dedo hasta pasar el esfínter, al quitarlo, volvieron dos, y esta vez luego de entrar, comenzaron a abrirlos. Me estaban dilatando, y me gustaba.

Otra vez volvía el calor, mis gemidos llegaban a mi garganta, aumentaban, no podía aguantarme. Los dedos ya no estaban. Sentí la punta de una polla, que ya podía ser la tercera, o cualquiera, empujando, intentando entrar, y lo guié.

—Ahhh. Despacio por favor. Así…, ahora despacio, más….siii….

El hombre que tenía debajo de mí, con su polla clavada en mi coño se mantenía quieto, a la espera que el segundo la metiera toda por detrás. Éste la metía apenas, y la volvía a sacar. Sabía lo que hacía, dilataba mi culo, cada vez entraba más, cuando casi llegaba al final, llevé mis manos atrás, tomé mis nalgas con cada mano, las separé dejando todo expuesto. Ahora sí, entró toda, sentí su pelvis chocando con mis nalgas bien abiertas.

—Toda, se la metí toda por el culo. Le gusta, empuja hacia atrás, quiere que le entre toda. Quiere más. Pues, vamos a darle más. Gracias Pedro, gracias...gracias….aggg…

Se dirigía a mi esposo. Aunque no lo veía, sabía que estaba allí, mirando cómo follaban a su mujer. Como otro hombre le había metido todo su rabo por el culo, y a ella le gustaba. Ello me encendía más. Deseaba que mi esposo lo disfrutara. Lo estaba haciendo por él.

Empezaron a follarme coordinados, al salir el que estaba dentro de mi coño la polla que tenía detrás, entraba, y luego en viceversa. Sentía como se rozaban dentro de mí, estaba a punto de correrme nuevamente.

Volví a llamar a mi esposo. —Pedro, ahhh…..—, casi no podía hablar, solo llegaban gemidos a mi garganta. —Pedro… me voy a correr toda…., toda….agg….

No podría aguantarme, los espasmos, las convulsiones, recorrían todo mi cuerpo, sin detenerse, eran permanentes, gritaba de placer junto con otro orgasmo que se desparramaba por toda mi vagina.

—Me corro….. ¡Ahhhh! Por todos lados….. ¡Dios! No puedo parar….. Me gusta, sigan…, más, un poco más, aggg….

Y nos corrimos los tres, sentía mis contracciones en todos lados, delante y detrás, y a su vez las palpitaciones de ellos descargándose.

¡Dios mío! Me había corrido como nunca; y no sabía quién me follaba el coño, ni quien me follaba el culo. Con los ojos vendados me habían follado una y otra vez, sin saber quiénes eran. Y quizás nunca lo sabría.

Mientras se retiraban, escuchaba que uno le decía al otro, que había sido una buena follada, y le respondían al unísono, que tenía un culo perfecto. No logré distinguir quién era quién.

En ese momento Pedro regresó a mi lado. ¿Siempre había estado allí? En primer plano. ¿O disfrutaría desde la distancia? Levantó mi espalda, acercó un vaso a mi boca, dándome agua a beber, me hidrataba.

—Ana, acuéstate, y abre las piernas, faltan más, aún no te follaron todos.

Me decía que continuarían follándome. Cada palabra suya me excitaba más. Hice lo que me ordenaba, e inmediatamente otra polla entró de golpe.

Comprendí el motivo de usar condones, de lo contrario los siguientes no podrían follarme por la cantidad de semen que hubiera tenido adentro.

Esta era una polla larga; dura como el acero. ¿Todos aquellos hombres estarían desnudos a mi alrededor? ¿Todos tendrían los miembros duros como éste? ¿Mi esposo también? No podía ver lo que ocurría, pero el olor a sexo y sudor iba y venía, más cerca o más lejos.

Dos clavadas fuertes y rápidas me quitaron aquellos pensamientos. Decidí ayudarlo. Levanté las piernas todo lo posible, cruzándolas sobre su espalda, y comencé a moverme junto con él, mientras le decía junto a su oído:

—Más fuerte, clávame hasta el fondo. Más fuerte.

Le pedía a un hombre, que no sabía quién era, que me clavara su polla hasta el fondo, y fuerte. Y todo ello con mi marido mirando y escuchándome. ¿Qué estaba haciendo? Tanto me hacía excitado que ya no podía controlarme, estaba perdida, se desataría toda la lujuria, y chillaría y gritaría como una marrana, pidiendo más y más.

Y aquel hombre respondió a mi pedido; y vaya si lo hizo, la sacaba y la volvía a meter casi con violencia. Agarré sus nalgas, con firmeza, lo empujé contra mí. La enterró bien hasta el final, se mantuvo allí, mientras sentía que se corría, y entre gemidos, se dirigía al resto de sus compañeros.

—Ahhhh…., que buena follada…... Siempre he deseado follármela.

Con este hombre no llegué al clímax, sí logré que él eyaculara rápido. Estaba cansada y me dolían las piernas.

Volvía a tener a Pedro junto a mí. Acariciaba mi rostro, y quitaba el pelo de mi cara. Yo no podía hablarle, estaba confundida, me gustaba todo, estaba ardiendo de deseos; y al mismo tiempo no quería que mi esposo me viera gozar en esta forma. Me conformaba pensar que era para él, que cumplía sus deseos, era su puta, y debía hacer lo que indicara

—Este que te follará será el último—, me dijo Pedro.

—Quiero ponerme boca abajo, tengo doloridas las piernas, de esa forma podré aflojarlas.

Me ayudó, y quedé sobre aquella cama, boca abajo, abandonada a la espera que otro hombre, no sabía quién, me volviera a penetrar.

Alguien se trepó a la cama, me abrió las piernas, y se colocó entre ellas. Quedé aguardando, parecía ser la voz de Ramón, el dueño casa, que se dirigía a mi esposo.

—Pedro gracias por ofrecernos tu mujer. Es una buena hembra. Tiene una espalda deliciosa, cintura estrecha, y hermosas caderas. Buenas ancas, como las de mi yegua; su culo es perfecto, redondo, firme, con nalgas bien formadas.

Todo esto lo decía mientras sus manos recorrían mis caderas, apretándolas, me había llamado hembra y yegua. Sus palabras subían mis calores. Continuó con mis nalgas, las estrujaba, se metían entre ellas, acariciando con sus dedos mi ano, y terminando, metió índice y mayor en mi coño, y su pulgar en mi culo, el cual no ofreció resistencia. Ya lo habían follado momentos antes. Tenía manos grandes, un poco bruscas, sin embargo me gustaba lo que hacía.

Lo que dijo a continuación me asustó.

—Pedro. ¿Puedo pegarle? ¿Puedo azotarla? Hemos visto que le gusta todo lo que hicimos. Creo que también le gustará.

Estaba preguntándole a mi marido si podía pegarme. Me asusté, mi cuerpo quedó en tensión. No sabía que significaba aquello, nunca nadie me lo había hecho.

Mi esposo aún cerca de mi rostro me preguntó: — ¿Ana, quieres que te azote?

—No lo sé Pedro. ¿Me dolerá? ¿Me hará daño?

—No Ana, el que te azotará tiene experiencia. Está acostumbrado; lo hace regularmente, y me han dicho que todas las mujeres lo han disfrutado. Si tú no lo quieres, no lo hará.

—Quiero ser la mejor de las putas para ti….aggg….— No pude evitar gemir. Quien estaba detrás de mí continuaba sobándome y masturbándome el coño, y el culo con sus dedos. —Haré lo que me pidas, solo quiero que no me hagan daño.

—Nunca dejaré que te dañen. Te gustará, gozarás más aún.

Este pedido, esta autorización solicitada, indicaba el respeto que todos debían a mi esposo. Era el macho alfa, el decidía quien me follaba, y cómo.

Pedro se dirigió a quien le había solicitado permiso, que yo intuía, y estaba casi segura, era Ramón, el anfitrión. Quien continuaba con sus dedos dentro de mí.

—Puedes hacerlo, sin causarle daño o dolor.

El hombre bajó de la cama. Escuché abrir cajones. Regresó pidiendo que me colocaran una almohada debajo. Entre dos levantaron mis caderas, colocaron un cojín o almohada, no supe que era, continuaba con mis ojos vendados. Mi trasero; que él había descripto con detalles, redondo y firme, y donde había metido sus dedos; quedó empinado, expuesto; a disposición. Y yo a la espera de lo que ocurriría.

—Abre las piernas.

Estas mismas palabras me las habían dicho anteriormente, y las había escuchado de compañeros de universidad; de médicos y enfermeros colegas de trabajo; también de mi cuñado. En todas esas oportunidades yo obedecí, y todos ellos me follaron a conciencia.

Al volver a escucharlas, su voz confirmó que era Ramón, el dueño de casa. Por primera vez le daba cara y cuerpo a quien me follaría. Era un hombre mayor que mi esposo, su voz gruesa y grave era inconfundible, y recordé que tenía brazos y manos poderosas.

Entonces abrí mis piernas. Volvía a obedecer.

Me ofrecía toda abierta, en esta oportunidad para Ramón, porque había reconocido su voz.

Sentí algo parecido a una tira de cuero flexible, que pasaba por mi nalga derecha, luego por la otra, y se introducía entre las dos, hasta recorrer toda mi vagina. Llegó el primer golpe en la nalga derecha, y de revés en la izquierda.

Me asusté, quedé en tensión, con la espalda, nalgas, y piernas rígidas.

—Doctora aflójate, no hagas tensión, abandónate, y verás que te gustará.

Mientras decía esto acariciaba mis nalgas, donde antes había azotado.

Aquel primer azote no fue fuerte, ni doloroso, ni el segundo, ni el tercero, y comenzó a aumentar la celeridad entre uno y otro. Algunos iban a mi espalda baja, o mis piernas, pero siempre regresaban a mi culo. Surgió un calor en las nalgas que eran azotadas, no dolía. Ese ardor bajaba y se desparramaba hacia mi vagina.

Con cada golpe la temperatura aumentaba, ya casi abarcaba todo, nalgas, culo, vagina, piernas. Nunca me había ocurrido. Mis nalgas recibían los azotes y comenzó el dolor. Un dolor apagado, que gustaba y lo deseaba. Me sentía caliente y ardiendo, por fuera y por dentro. Comenzaba a gozar, ya quería correrme. Bajé mi mano, pasé sobre mi pelvis hacia abajo, al llegar a mi vagina metí dos dedos en ella, estaba muy mojada, los retiré y pasé la yema del dedo mayor alrededor de mi hinchado clítoris, y luego lo acaricié con deleite, masturbándome. No me importaba quienes fueran mis espectadores. Lo deseaba todo.

—Dije que le iba a gustar. Esta hembra está caliente, buena yegua para empotrarla— dijo Ramón, volviendo a usar aquella comparación, que yo deseaba que ocurriera; porque a esta altura podían hacerme o meterme lo que fuera, que no me importaría

Algunas voces comenzaron a alentar a quien me azotaba. No importaba lo que dijeran, gozaba, deseaba que el orgasmo viniera otra vez, solo con aquellos azotes, suaves, continuos. Siempre sobre mis nalgas; algunos entraban entre ellas, y azotaban la vagina por fuera, y más me exaltaba.

Gemía, me revolvía en la cama, refregaba mi cuerpo, mi pelvis y mi clítoris, contra aquel cojín que tenía debajo de mis caderas, buscando correrme, me estaba enloqueciendo de placer, no podía contenerme, todo mi cuerpo ardía; exigía más y más, y ya desesperada perdí el control, me olvidé de mi esposo, y del resto de hombres que estarían allí; y comencé a pedirlo.

—¡Más, quiero más! Me gusta….quiero más…. Ahhhh, quiero correrme. ¡Me quiero correr toda! Sigue por favor….Más fuerte. ¡Pégame más! Más fuerte….. aggg…..

Los azotes aumentaron, no más fuertes, sino más rápidos; me estaba llevando a exasperarme por correrme, mis dedos entraban y salían con ímpetu de mi coño, buscaba un orgasmo grande y poderoso. Cuanto más lo ansiaba, más azotes esperaba.

Los azotes se detuvieron, y Ramón, o quien fuera, ya nada importaba, pasó sus manos por mis nalgas ardientes, tomó mis caderas, las levantó apenas, y de golpe me metió toda su polla, de un solo envión. Tuve que sacar los dedos de mi coño, los aplastaba aquella barra dura, rugosa y firme que comenzó a follarme sin pausa.

Afirmándome con ambas manos, me aferré contra las sabanas, empujé caderas, y todo mi cuerpo contra aquel macho que me estaba follando, y comencé a correrme nuevamente.

—¡Siiii! Fóllame fuerte, dame más fuerte, quiero correrme mucho. ¡Ahhh! Pégame, clávame hasta el fondo. Me viene, me estoy corriendo toda… aggg...

Apreté fuerte mi pelvis contra la suya, mientras me corría, y el también lo hacía junto conmigo, gritando.

— ¡Ana, por Dios! Me estoy corriendo ahora…., bien adentro de ti.

Al acabar, cayó con todo su cuerpo sobre el mío; y así quedamos hasta que mi esposo regresó a mi lado.

Sentí sus caricias en mi mejilla. La realidad regresaba. Me había corrido gimiendo, gritando y chillando como una guarra, y todo con mi esposo presente. Había perdido el control pidiendo más, y gozando como una marrana.

Ramón retiró su falo. Yo aún deseaba que se mantuviera allí, sin embargo debía dejar espacio, y permitir la entrada de otro.

Ramón se bajó de la cama, alguien se acostó a mi lado. Era mi marido. Volvía a acariciarme con ternura, mientras oía que algunos se retiraban de aquel dormitorio, y cerraban la puerta.

Pedro desató el pañuelo que tenía sobre mis ojos, y luego retiró el antifaz que había impedido ver quien era cada uno de ellos. Quitó mi pelo enmarañado, y pude mirarlo.

—Estoy un poco cansada, pero puedo dejar que me sigan follando—, le dije.

—Tranquila Ana, ya lo hicieron todos.

Había perdido la cuenta de cuantos fueron, si cuatro, cinco o seis; en este momento sólo tenía el recuerdo del calor dentro de mi coño, y el deseo de ser poseída una, y otra vez.

—Te quiero Ana, te amo.

Lo miré a los ojos, por primera vez, desde que él me había llevado a la obscuridad total. Vi el amor de mi esposo, su ternura, y también en el fondo; su pasión y su deseo. Llevé mi mano a su miembro, lo rodeé con mi mano y apreté. Estaba muy excitado, su miembro era un hierro.

Estuvo presente mientras me poseían todos sus amigos, por todos lados; también como gocé. Creía haber cumplido, siendo la puta que él deseaba. Resolví calmar su deseo.

—Pedro, quiero más. Quiero que me folles como se folla a una puta, quiero ser la mejor de todas contigo. Necesito más, pégame, haz lo que quieras conmigo.

Me mantuvo boca abajo. Se colocó entre mis piernas, y nuevamente tenía otro hombre allí, a punto de entrar en mi cuerpo, en este caso era mi esposo. Colocó la cabeza de su polla en la entrada del agujero de mi culo, y comenzó a meterla.

Llevé mis manos atrás, abrí mis nalgas, diciéndole:

—Folla a tu puta. Fóllala bien por detrás. Me gusta, ahhh…— Me la clavó con ganas y con fuerza. —Si…., dame fuerte, más fuerte, haz cualquier cosa conmigo, pégame, mátame follando. Soy tuya,

Lo hizo a conciencia. Se apropió de todo mi cuerpo, sin límites. Lo disfruté y el disfrutó conmigo, con su puta. Y esta vez sí sentí un semen caliente, casi hirviente, derramándose allá en lo más profundo, y era de mi marido.

Decidimos dormir allí, ambos estábamos agotados; no era momento de salir a la autopista, hasta nuestra casa. Abrazada a mi marido, apoyada en su pecho, el durmiendo, y mi sueño llegando, recordaba lo ocurrido.

De una forma u otra, todos habían manifestado que siempre habían deseado poseerme. Sin embargo todos pidieron autorización, y luego agradecieron a Pedro habérselos permitido. Mi cuerpo le pertenecía, y él disponía.

Mi esposo me liberaba; podía tener relaciones sexuales intensas y continuas, con su consentimiento. Antes nunca me follaron a la fuerza, siempre gozaba mientras lo hacía, Ahora tampoco era contra mi voluntad. Lo hacía porque así lo deseaba, deseaba ser la mejor puta para mi marido.

Toda mujer tiene el derecho a elegir el tipo de vida sexual que quiere llevar. Mi cuerpo, hace tiempo, había decidido que le gustaba el sexo, y hacerlo abundantemente, con muchos hombres. Antes lo consumaba gozando en cada oportunidad; pero siempre con el remordimiento de ser un secreto escondido a mi esposo. Todo ello había terminado. Estaba libre, y se lo debía a mi marido.

Mis pensamientos me decían que yo era Ana, la doctora; y hoy había nacido otra Ana, la puta. Pedro la había creado, ahora además de aquella, vivía esta otra, a su disposición, a su antojo, la que podría tener sexo en libertad, con todos los que él decidiera.

Me estaba durmiendo, mientras pensaba que me gustaban las dos. Aquella era una buena médica, y esta era una puta de las buenas.

Antes de dormir, tomé nota de pedirle a mi esposo que comprara un látigo, similar al de Ramón, para tenerlo en nuestra casa.