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Dominaciónoct 2023

La perversión me sedujo 4

Patricia no es la amiga que recordabas. Ha vuelto con un collar en la mano y la intención de enseñarte lo que significa ser realmente sumisa. Esta vez, no hay club ni máscara; solo tú, el suelo y su voluntad.

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Nada más irse Patricia, la esclava se sentó en su sofá, comenzando a leerse todo y seguirlo hasta que, pasadas una hora, tocaron a su puerta Serena, Mara y Diana.

La esclava se acercó a la puerta para mirar por la mirilla, y al ver que eran ellas, algo de miedo le entró, pero abrió la puerta, saludándolas y poniéndose de rodillas para besar sus zapatos

–¿En qué puedo ayudarlas esta esclava y perra blanca? –preguntó la esclava, mirando los zapatos altos que llevaban.

–De momento, haznos unos cafés con unas tostadas, esclava. –ordenó Serena, que se emocionó de ver a su compañera, la cual le había ganado por puntos, de rodillas a sus pies obedeciéndola como una esclava de la antigüedad.

–Si, mi Ama Serena, como ordene. –respondió la esclava, besando sus zapatos para dejarlas entrar y seguirlas ella de rodillas a cuatro patas como una perra.

–Teresa, estaba desnuda con su collar en el cuello y con todos los demás artilugios como las anillas perforando sus pezones, sus pulseras y brazaletes, sus tobilleras y sus anillos en los dedos de sus pies y manos.

La esclava se fue a la cocina y trago el desayuno que había preparado a sus compañeras, para luego ponerse de rodillas con la miraba mirando al suelo o a sus zapatos.

–Es increíble el cambio que has dado, esclava. –dijo Serena.

–Si, la verdad que estamos impresionadas de verte en esta situación, pero debe de gustarte, porque estás excitada y cachonda perdida, al mirarte tus fluidos vaginales cayendo por tus muslos. –dijo Mara.

–Así que todo esto te gusta, esclava. –dijo Mara.

–Se me ha ocurrido una cosa, pero mientras tanto lame nuestros zapatos y botas, esclava. –ordenó Serena.

–Si, mi Ama Serena. –respondió la esclava, comenzando a lamer sus botas, mientras ella hablaba.

La verdad era que en poco tiempo tantas excitaciones en diferentes situaciones con Patricia, luego en el Club Nocturno, la había dejado en un estado de necesidad sexual qué con los vibradores metidos tanto en su vagina como en su ano, a todas horas, la hacía ser muy obediente y servicial.

–Quiero que renuncies a tu plaza en ese hospital, de esa forma yo ocuparé la plaza que quería, y tú, cambiarás a una más cercana a de tú Ama Patricia, y todos felices. –dijo Serena.

La esclava lamía y chupaba sus botas hasta que llegó a la suela para dejársela limpia completamente.

–Sí, mi Ama Serena. –respondió la esclava.

–Como usted ordene mi Ama Serena. –respondió la esclava, cogiendo su móvil mientras llamaba a la coordinadora para hacer el cambio que se lo hizo en el momento, delante de ellas, quedándose flipadas.

–Ya está hecho mi Ama Serena. –dijo la esclava, continuando lamiendo los zapatos altos de Diana, los cuales limpió las suelas, y hasta chupó el tacón, dejándoselos muy limpios.

–Muy bien, esclava. –dijo Diana.

–Nos has dejado impresionadas, pensábamos que ibas a negarte o algo así, pero viéndote lo sumisa que eres, has cambio completamente de actitud, de personalidad. –dijo Serena.

–No es ni la sombra de lo que era. –dijo Diana, algo intranquila como afectada por verla.

La esclava siguió con las botas de Mara, que siguió el mismo procedimiento, para terminar, dejándoselos todos muy limpios.

–He visto que a los esclavos os gusta lamer los pies. –dijo Diana, empezando a descalzarse para poner los pies en su cara, mientras ella se los restregaba, jugando con sus dedos hasta metérselos en la boca. –dijo Diana.

La esclava se abrió de piernas y puso las manos detrás de la espalda, tensando las cadenas y pegando un gemido de placer y de dolor, sintiéndolo ellas al verla. –¡Aaah, Aaah, Aaah! –gemía de dolor la esclava. –¡Mmm, Mmm, Mmm! –gemía de placer la esclava.

Diana había puesto los pies en su cara para que la esclava sacara la lengua como una perra y se los limpiara con su lengua, para luego ir metiendo los dedos hasta lamérselos y chuparlos, completamente.

Repitió el mismo procedimiento con las otras amigas hasta que todas tenían sus pies limpísimos, relajados y descansados.

–¡Qué suerte tiene Patricia de tenerte como su esclava! –dijo Mara.

–Ya te digo. –dijo Diana.

–¿Cómo te descubrió que te gustaban todas estas cochinadas? –preguntó Serena.

–Tienes permiso para hablar, esclava. –dijo Serena.

–Si, mi Ama Serena. –dijo la esclava, empezando a contar como le había dicho todo en estado de embriaguez, y que esa noche la sometió y la humilló, y que, desde esa noche, no puede vivir sin sentir todas estas cosas.

–¡Abre la boca, esclava! –ordenó Serena, comenzando a escupirla dentro de ella, en su cara cuando fallaban. Una detrás de otra la fueron escupiendo hasta que tuvo la boca llena y le ordenaron tragársela.

–Así me gusta, puta zorra, obediente y servicial. –dijo Serena, tirando de la cadena para hacer que las siguiera como una perra.

–¡Vamos, síguenos, perrita! –decía Mara.

–¡Ladra, esclava! –ordenó Serana.

–¡Guau, guau, guau! –ladraba la esclava.

–¡Ja, ja, ja! –reían ellas de placer de verla.

–Bueno, nos marchamos. –dijeron ellas.

–¡Cuídate, y trata que no te pillen en el hospital o te echaran de él! –dijo Serena.

–Deberías de seguir jugando a esto, si te gusta, pero fuera del trabajo. –dijo Mara.

–Porque como te descubren, puede que te echen o que te digan que no mezcles tu vida privada con la pública. –dijo Mara.

–Si, mi Ama Mara.

Entonces, besos sus botas y zapatos antes de que se marchasen.

–¡Abre la boca, esclava! –ordenó Mara, para comenzar a escupirla nuevamente en su boca, en su cara y por su cuerpo hasta que se cansaron.

–Trágatelo, esclava. –ordenó Diana.

–Y comienza a lamer todos los escupitinajos de tu cuerpo, incluidos los del suelo, esclava. –dijeron ellas, marchándose, riéndose de ella.

–¡Ja, ja, ja! –reían Mara y Serena.

Sin embargo, Diana no se rio, guardó un extraño silencio.

Esa mañana habían dado todos los regalos a todos los asistentes, por lo que se fueron muy contentos a sus casas. Patricia, se encontraba muy bien, porque la habían dado sus regalos e iba distraída pensando en sus cosas, ya que antes había dejado a su esclava en su piso.

Me desperté para ponerme algo encima, cuando apareció Patricia con unas bolsas, y en especial, una como la mía.

–Hola, Sandra. –dijo Patricia.

–¿Qué tal estás? –preguntó ella.

–Pues estoy hecha trizas, me duele todo, y aunque Yolanda me dio un paracetamol, tengo una resaca como un caballo. –dijo Sandra.

–¡Ja, ja, ja! –rio Patricia.

–Tú no sueles beber tanto, así que ahora apechugar con las consecuencias de beber en exceso. –dijo Patricia.

–Tienes unas bolsas iguales a las mías. –dijo Sandra.

–¿Has estado en el Club Nocturno? –preguntó Sandra.

–Lo cierto es que vine hace un rato, pero estabas durmiendo, así que vi la bolsa y la publicidad en las bolsas, así que me he pasado por allí. –dijo Patricia.

–¿Te han dado a elegir el regalo? –preguntó Patricia.

–No, la chica que estaba repartiéndolos, me dio una, pero no daba a elegir ninguna opción. –dijo Sandra.

–¿Sabes la temática de ese Club Nocturno no? –preguntó Patricia, para asegurarse lo que sabía del tema o la estaba mintiendo.

–No la sabía, pero cuando he pasado por delante, vi mucha gente entrando a ese lugar, así que sentí curiosidad por saber qué era ese Club Nocturno, por lo que entré. –dijo Sandra.

–¡Y lo has descubierto! –dijo Patricia.

–Sí, parece que tienen maniquís en el escaparate que lo muestra muy claro, pero luego una de las chicas, que iba desnuda con un collar y cadena, unas anillas y pulseras me dijo que era una esclava y perra blanca. –dijo Sandra.

–Sí, es un club de BDSM, así que trata de juegos y fantasías eróticas de dominación y sumisión, fetichismo, sadismo y muchas cosas más. –dijo Patricia.

–¿Qué piensas sobre todo eso? –preguntó Patricia.

–Hace unos, días no me lo creería, pero después de verlo, me lo creo. –dijo Sandra.

–No lo rechazo, si esa la intención de tu pregunta, pienso que cada uno tiene libertad para hacer lo que quiera con su cuerpo. –dijo Sandra.

–¡Qué madura pareces, pero te recuerdo que soy dos años mayor que tú! –dijo Patricia.

–Y la verdad sea dicha, esta noche me emborraché y no sé lo que hice, pero esta mañana me he despertado con mis bragas empapadas de mis fluidos vaginales, así que me he corrido y huelo que apesto a zorra recién follada. –dijo Sandra.

–¡Ja, ja, ja! –reía Patricia.

–Sí, ya lo he olido cuando entre a tu habitación, que olías que apestas a zorra guarra. –dijo Patricia.

–Te voy hacer una pregunta, sé sincera si la sabes la respuesta o no la sabes. –dijo Patricia.

–Lo intentaré, Patricia. –dijo Sandra.

–Llevamos sin vernos como dos años desde que me fui del pueblo. –dijo Patricia.

–En ese tiempo, has podido cambiar de gustos e incluso haya podido cambiar yo misma. –dijo Patricia.

–¿Cambiar sobre qué? –preguntó Sandra.

–Cambiar sobre tus gustos sexuales y preferencias. –dijo Patricia.

–¿Te has excitado cuando has visto esas escenas de BDSM del local? –preguntó Patricia.

–Sí, moje mis bragas. –dijo Sandra.

–Desde cuánto no has follado Sandra? –preguntó Patricia.

–Si no es una pregunta que te molesta, claro. –dijo Patricia.

–¿No me digas que desde que te acostarte con Sergio? –preguntó Patricia.

–Si, has acertado, fue la última vez que me acosté con alguien. –dijo Sandra.

–Y no fue una buena experiencia. –dijo Sandra.

–¿Por qué lo dices si era muy guapo? –preguntó Patricia.

–La tenía pequeña, y no me satisfecho sexualmente. –dijo Sandra.

–¿Cuánto le medía? –preguntó Patricia, con curiosidad.

–Unos 4-6 centímetros, creo yo. –dijo Sandra.

–¡Joder, tía! –dijo Patricia.

–Eso es una micro polla de esas que no sirven para nada. –dijo Patricia, incrédula de haber enterado el secreto de Sergio.

–¡Pero no me avergüenzo, eh! –dijo Sandra.

–No, no digo nada. –dijo Patricia.

–Pero estuviste saliendo un tiempo, ¿Cómo te apañabas? –preguntó Patricia.

–Pues manejaba bien la lengua, pero le solía hacer pajas con las manos y con los pies. –dijo Sandra.

–Se volvía loco cuando lo masturbaba con dos dedos de los pies. –dijo Sandra.

–Creo que es la medida justa para masturbar a un hombre si la tiene pequeña, pero si es más grande necesitas los dos pies para ello. –dijo Patricia.

–¿Cómo has aguantado tanto tiempo sin follar? –preguntó Patricia.

–Ah, ya sé. Te has estado masturbándote. –dijo Patricia.

–Si. –dijo Sandra.

–Supongo que mi vida sexual es muy triste y deprimente. –dijo Sandra.

–No tienes consoladores ni nada por el estilo, o sea que te has masturbado a la antigua usanza, con la mano. –dijo Patricia.

–No, he usado objetos, también. –dijo Sandra.

–Un pepino, el boliche de mi cama, también la pata de mesa. –dijo Sandra, sonrojándose.

–¡Joder, Sandra! –dijo Patricia.

–Estás más salida que la pata de una mesa, ya sea dicho. –dijo Patricia.

–O sea, que cuando estabas cachonda perdida, vamos en celo, te has restregado con las patas de la mesa, o de los muebles como una perra en celo. –dijo Patricia.

–¡Qué locura, Sandra! –dijo Patricia.

–Ahora que estás en la universidad, follarás más que en el pueblo. –dijo Patricia.

–Me parece genial. –dijo Sandra.

–De todas maneras, me lo pintas como si fuese pecado, como si hubiese cometido un delito. –dijo Sandra.

–¡Qué estar sin follar tampoco es malo! –exclamó Sandra.

–Si, tienes razón. –dijo Patricia, marchándose al salón para sentarse y ponerse alguna película, mientras se relajaba de toda la charla intelectual que casi, hizo que le explotara la cabeza.

–¿Y tú con cuántos te has acostado? –preguntó Sandra.

–Pues he perdido la cuenta con cuantos y con cuantas. –dijo Patricia, riéndose de risa.

–¡Ja, ja, ja! –reía Patricia.

–No sabía que eras bisexual. –dijo Sandra.

–Yo tampoco hasta que lo probé una noche un poco bebida, di rienda suelta a lo que llevaba dentro y me descubrí por dentro, sacando lo que era en mi interior. –dijo Patricia.

–Quizás, te suceda a ti, también, ya que cuando te he visto desnuda oliendo como una puta zorra con un olor de hembra, recién follada, si hubieras tenido puesto un collar con una cadena, unas anillas, las pulseras y brazaletes con los vibradores como has visto a las esclavas del Club Nocturno, hubiese pensado que eras una esclava y perra blanca más como las demás. –dijo Patricia, dándome una palmada en mi culo, y sonriéndome con una mirada pícara cuando se levantaba para ir al baño.

La verdad que me dejó un poco desconcertada, pero la respondí. –¿Te gustaría verme así? ¿Cómo una puta esclava y perra blanca?

–No sé qué responderte, no lo había pensado. –respondió Patricia.

–¡No me tientes, no me tientes! –respondió Patricia, riéndose.

–¡Ja, ja, ja, ja! –reía Patricia, guiñándome un ojo.

Lógicamente yo le devolví una sonrisa, mientras ella, se puso delante, dándome un beso profundo al que contesté, pero Patricia, al separar sus labios de los míos, me mordió el labio, con sutileza y seducción, tirando de él al separarse, causando excitación.

Mientras metía un dedo en mi boca, como jugando con mi lengua y rodeando el interior de mis labios para meter el segundo, hasta me hizo lamerle y chuparle los dedos de su mano, apreciando el sabor de su piel.

Noté como con su otra mano, la metía dentro de mis bragas, para introducir un dedo o dos, en mi vagina que estaba empapada de fluidos vaginales, comenzando a gemir de placer, mientras chupaba sus dedos la boca y lamía sus dedos, excitada y cachonda perdida. –¡Aaah, Aaah, Aaah! –gemí de placer. –¡Mmm, Mmm, Mmm! –gemí de placer.

Me estaba masturbándome con sus dedos de su mano, mientras que con la otra me estaba haciendo lamerle y chuparle sus dedos de su mano, haciéndome gemir como una puta zorra. –¡Aaah, Aaah, Aaah! –gemí de placer. –¡Mmm, Mmm, Mmm! –gemí de placer.

Después de un rato, comencé a correrme de gusto, teniendo un orgasmo, y soltando mis fluidos por mis piernas, cayendo al suelo. Las piernas me temblaron y caí de rodillas con las piernas abiertas, mientras me hacía seguir lamiendo sus dedos de su mano.

–Se limpió su mano con mi cara, para meterme los dedos de la otra mano, haciéndome lamer y chupar su mano con la que me había masturbado, mientras gemía de placer, corriéndome. –¡Aaah, Aaah, Aaah! –gemí de placer. –¡Mmm, Mmm, Mmm! –gemí de placer.

Patricia, me miró mientras se sonreía para marcharse a lavarse las manos, dejándome tirada en el suelo, espatarrada con las piernas abierta, jadeando por coger aire, mientras volvía a tener espasmos de placer, soltando fluidos vaginales por el suelo.

–¡Aaah, Aaah, Aaah! –gemí de placer. –¡Aaah, Aaah, Aaah! –gemí de placer. –¡Aaah, Aaah, Aaah! –gemí de placer. –¡Aaah, Aaah, Aaah! –gemí de placer. –¡Aaah, Aaah, Aaah! –gemí de placer.

Noté su vacío, y su desprecio después de terminar todo, manteniéndose a distancia. Quizás, es así como actúan las Amas con sus esclavas.

–Por cierto, me voy a bañar y tú deberías bañarte detrás, que hueles como una puta zorra, de esas que follan y no se lavan, porque son unas cerdas asquerosas. –dijo Patricia.

–Por cierto, limpia todo eso que has manchado. –dijo Patricia, metiéndose a bañarse.

Mientras, yo seguía corriéndome, teniendo espasmos de placer y de gusto, siguiendo expulsando fluidos vaginales, e incluso creí, que era un squirt o que me había orinado en el suelo, delante de Patricia, viéndome con sus ojos. –¡Aaah, Aaah, Aaah! –gemí de placer. –¡Mmm, Mmm, Mmm! –gemí de placer. –¡Aaah, Aaah, Aaah! –gemí de placer. –¡Mmm, Mmm, Mmm! –gemí de placer.

Estaba segura que me estaba escuchando gemir como una perra en celo, mientras se reía con la puerta cerrada, mientras se bañaba. No controlaba mi cuerpo, estaba ardiendo y mi coño, quería más, necesitaba más.

Estando muy excita y cachonda, y con la fregona dentro del baño, opté por la manera más humillante y denigrante que había, comencé a lamer el suelo con mi lengua, mientras iba limpiado todo el suelo que había manchado.

No lo sabía, ni me di cuenta, pero la puerta la había dejado entreabierta y me observaba como iba limpiando el suelo con la lengua hasta que lo limpié todo.

Me sentí sucia, asquerosa y muy guarra de haberlo hecho, pero estaba excitada y cachonda. Parecía que había pasado ya lo peor, y que mi vagina estaba excitada, pero se iba calmando.

Me levanté como pude, porque me temblaban las piernas por la intensidad del sexo que había tenido. Creo que era la primera vez que tuve un orgasmo y un squirt, y que por eso me encontraba de esa manera.

Ayudándome del sillón, me levanté para ir a mi habitación, apoyándome en la pared para coger unas toallitas, que usé para limpiarme las piernas, la vagina y el ano.

–Cogí unas toallitas y trapo de la cocina con mistol para fregar el trozo donde me había corrido, meado para que la mancha no se quedara, mientras que Patricia, me observaba como lo limpiaba.

No sé, porque, pero desde nuestra conversación, me había dicho varios insultos, denigrantes y humillantes, y no sabía si Patricia, sé había dado cuenta que me empezaba a gustarme como me trataba o que no la conocía y había cambiado del todo en esos dos años.

Me senté en el sofá para descansar, mientras veía algo en la televisión hasta que pasó unas dos horas, Patricia salió del baño desnuda, poniéndose la toalla, que ella me había visto, verla.

Me quedé mirando, su cuerpo de color negro, esbelto, y bello con unas formas y curvas, dignas de una Diosa del Olimpo. Tenía un cuerpo delgado, con unos pechos medios, muy bien proporcionados.

Luego tenía unas caderas estrechas, con unas piernas preciosas que terminaban en unos pies con unas formas de los dedos y de uñas cuadradas, que seguramente sería la delicia para un adorador de los pies femenino.

Tenía la cara delgada perfecto sin ningún defecto, pero con el color del pelo negro, teñido a rubio con los ojos verdes azulados. Pensé, que, con esa carita de ángel, de niña buena que no había roto ningún plato, habría roto muchos corazones.

–Puff,…Menudo baño que me he dado, que me he quedado nueva. –dijo Patricia.

–¿Ya estás mejor? –preguntó Patricia.

–Si, estoy algo mejor. –dijo Sandra.

–¿No me digas que fue tu primer orgasmo y squirt de tu vida? –preguntó Patricia.

–Si, es la primera vez, nunca había experimentado nada igual. –dijo Sandra.

–Bueno, ya lo has experimentado, aunque te veo hecha una mierda, te toca la hora de bañarte. –dijo Patricia.

–Porque con limpiarte con toallitas no solucionas nada, sigues oliendo a coño recién follado. –dijo Patricia.

–¡Voy para dentro! –dijo Sandra.

–¡No tardes mucho que voy a pedir la comida! –dijo Patricia.

Mientras, entraba al baño, Patricia pidió la comida por teléfono, que sería como filetes de ternera y sopa de pescado, con bebidas y patatas. Además, nos regalaron los postres y el pan.

Primer problema, se había ido el agua caliente, así que o me duchaba con agua fría o usaba el agua caliente que estaba sucia de Patricia de la bañera, así que me metí dentro para bañarme, lo más rápido posible antes de que llegará la comida.

No me importó bañarme con el agua sucia de Patricia, ya que me había atrevido a lamer del suelo mis fluidos, squirt y orina. En una mañana, me había convertido en una puta zorra de mierda, muy guarra y cerda como decía Patricia.

Pero todo esto era culpa suya, por follarme mi boca y mi vagina con sus dedos y manos, mientras Patricia estaba sentada, viendo la televisión hasta que salí de la bañera, tirando el agua, dejando el baño aceptable.

–Se ha ido el agua caliente, Patricia. –dijo Sandra.

–¿En serio? –preguntó Patricia.

–Habrá habido una avería del gas, y habrán cortado el gas durante una hora o varias. –dijo Patricia.

–¿Y con qué agua te has lavado? –preguntó Patricia.

–Pues con el agua sucia tuya, porque no había otra. –dijo Sandra.

–No iba a coger la del váter, que estaba fría. –dijo Sandra.

–¡Qué sepas que hay esclavas/os que matarían por bañarse con mi agua sucia con la que te has bañado tú! –dijo Patricia.

–¿En serio? –dijo Sandra.

–Así que espero que la haya disfrutado. –dijo Patricia, sonriendo, mientras me miraba con una sonrisa, que me hizo sentirme avergonzada así que retiré mi mirada bajándola. Mientras ella se reía. –¡Ja, ja, ja! –reía Patricia.

En verdad, estaba cachonda perdida detrás de lo que había hecho, y me había excitado y me había dado morbo bañarme con su agua sucia. Comenzaba a pensar que me estaban gustando sentirme humillada, denigrada y hacer muchas cosas asquerosas como acaba de hacer.

Sin embargo, no estaba molesta o enfadada, sólo que me daba vergüenza admitirlo abiertamente. Luego quedaba la gente que lo supiera, pero confesarlo a Patricia, me daba corte, aunque ella era la autora de todo, la que había pegado fuego en la primera ramita para extenderse al resto del bosque.

El caso es que cada vez me iba excitando más como lo hacen las esclavas sexuales, según había visto hacer a Patricia con Teresa y en el Club Nocturno, y eso, era un poco preocupante.

–Mira cómo te he seducido antes con mis encantos femeninos, imagínate a los hombres, caen como perros en celo, de lo tontos que son. –dijo Patricia.

–Sí, jamás había pensado en frío, que lo hiciese.

–Es culpa, mía Sandra. –dijo Patricia.

–Copié lo mismo que hicieron en esa sesión de BDSM para mostrártelo, y que vieras como era, pero era más bien una broma, así que no pienses más en ello. –dijo Patricia.

–En cierta manera, es sexo carnal sin sentimientos ni emociones, y tú cómo estás tan excitada sexualmente sin follar, caíste. –dijo Patricia.

–Así que lo dicho, no te preocupes por eso. –dijo Patricia.

Ella parecía que iba a mencionar a Teresa, pero se cayó de repente, no revelando nada de lo que había hecho con Teresa. Se supone que ella, es quién decide a quién se lo dice y a quién no. Yo lo sabía porque la vi anoche, pero después las amigas me contaron que esa esclava, era Teresa, compañera de Patricia y vecina nuestra, no sabía lo que pensar.

Puede ser que fuesen dos encuentros puntuales y que no fuera a más, y que ella estuviese experimentándolo, como hicimos nosotras, pero quizás no lo fuese. Estaba meditando mis pensamientos cuando escuche su voz, hablándome.

–¿Has abierto las bolsas de los regalos que te dieron? –preguntó Patricia.

–No, la verdad ya sabes que vine rilada y me quedé sopa durmiendo y hasta que volviste no me desperté. –dijo Sandra.

–¡Vamos a mirarlos juntos, que crea más ilusión! –dijo Patricia.

–¡Vale! –dijo Sandra.

Patricia sacó de las bolsas que le habían regalado todas las cosas para verlas, mientras que yo llevé mis regalos a la mesa como ella, para ir abriéndolos todos, también.

–Me vienen instrumentos para una sesión de BDSM como vimos en el Club Nocturno. –dijo Patricia.

–Vienen látigos, collares, cadenas, anillas, palas, fustas, cuerdas, y vibradores. –dijo Patricia.

–En cambio, a ti, por lo que veo son cosas de esclavas. –dijo Patricia, sin mostrar ningún interés, salvo por sus regalos.

Me había hecho una broma sexual, que había puesto cachonda perdida, y si su intención era hacerme sentirme como una puta zorra, guarra y asquerosa, lo había conseguido.

Por otro lado, se había mostrado desnuda asegurándose que la viera. No sé si su idea era la de comprobar si soy bisexual o lesbiana o la de provocarme para excitarme, después de bañarme con su agua sucia, que eso me puso a cien por hora, y no confesé que me toqué con mis dedos, corriéndome en el agua y gimiendo de placer, sintiéndome una puta zorra.

Patricia, iba sacando más cosas, mientras yo iba haciéndolo igual, con una conversación sobre el tema, que iba contándome Patricia. Dada la sensación cómo si tuviese experiencia sobre el tema o cómo si se hubiera leído un manual completo de BDSM.

–La gente que practica eso como viste en el local, se lo toman muy en serio y muchos lo llevan a su vida real, viviéndolo 24/7.

–¿Quieres decir que son Amas y esclavas todos los días? –dijo Sandra.

–¿De verdad, hacen eso? –preguntó Sandra.

–Sí, exactamente. –dijo Patricia.

–¿No lo practican como un juego en un periodo corto de tiempo? –preguntó Sandra.

–Tú te debes creer que soy la biblia de las perversiones. –respondió Patricia.

–Pues habrá de todo, unos qué siguen esas prácticas 24/7, y otros que practican esas prácticas un rato, y luego se olvidan de todo. –respondió Patricia.

–Sí, es lo que has visto en el Club Nocturno, con escenas de maniquís y con personas reales que lo recrean. –dijo Patricia.

Cuando estaba durmiendo, Patricia había ido al Club Nocturno a que le diesen los regalos. Entonces, había enviado un mensaje a otras amigas, que fuesen a ese local llamado Club Nocturno, la Golondrina Negra para que les regalaran todas esas cosas por si alguna le interesaba el tema del BDSM.

Sin embargo, todas fueron a lo largo del día, porque les daba mucho morbo y excitación saber esos temas que estaban de moda por la película esa de las 50 Sombras de Grey, pero Patricia no sabía quién había ido y quién no de todas ellas. Tampoco, sabía quién se sentía atraída por la sumisión como me sucedía a mí, o cual se sentía atraída por la dominación.

Yo, se lo había dicho a varias amigas, y ellas a otras, así que tampoco sabía quienes habían ido. En cuestión de regalos, ofertas sobre ropa, joyas, colonias, todas las mujeres caen fácilmente seducidas por su valor.

La comida llegó, dejando las cosas encima de la mesa, para ir abrir la puerta, pero antes nos tapamos un poco.

–Hola, ¿Patricia? –preguntó el repartidor.

–Si. –dijo Patricia, firmando el pedido, mientras le daba el dinero.

–¡Cógelo, y llévalo a la mesa, Sandra! –dijo Patricia.

–Sí, ahora mismo. –dijo Sandra, yendo a cogerlo que dejarlo en la mesa y colocándolo todo con los cubiertos, listo para comer.

El repartidor se marchó, y Patricia se vino a comer conmigo que estaba ya comiendo, hablando de todo un poco en general. Quizás esa tarde sucederían más cosas interesantes,…

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