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Amor filialoct 2023

La profesora de matemáticas 37

El frío de la noche no es solo climático; es la excusa perfecta para encenderse bajo las sábanas. Mientras una pesadilla de violencia acecha en la mente de Nati, Alberto aprovecha la soledad del pueblo para cruzar la línea prohibida con su hermana, y luego busca el calor de una nueva conquista.

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Nati intentó adelantar el encuentro con Felipe y no dejar de follar esa semana. Pero no fue posible y se fue de vacaciones de semana santa teniendo que conformarse con el consolador. Cogió el coche y sin ninguna prisa hizo el trayecto a casa de sus padres. El tiempo había cambiado y había vuelto el frío, hasta tuvo algo de aguanieve mientras conducía. Nati rebajó prudentemente la velocidad, paró a tomar un café y avisó a su madre de que tardía algo más en llegar.

Cuando llegó volvió a sentir como en Navidad la calidez del hogar. Se sentía relajada y segura. Le gustaba volver a su habitación hasta que había marchado de casa. Estaba como en aquella época. Después de comer tuvo una larga conversación con su madre.

- No te preocupes mamá, no tengo ninguna prisa en encontrar novio. Ya aparecerá alguien cuando no lo busque.

- Con la ilusión que tenemos tu padre y yo en tener nietos.

- Ya llegará.

Nati disimuló pero sintió un escalofrío recordando lo que le habían dicho varios de sus violadores, que se quedaría embarazada y no sabría quién sería el padre. Por complacer a su madre la acompañó a alguna de las procesiones de esas fechas. Algo cansada por el viaje y por acompañar a su madre, se fue temprano a la cama.

Se encontró en un pasillo de su instituto del año anterior. Se dio cuenta con espanto de que estaba totalmente desnuda. Un iiih salió de su interior. Se tapó como pudo sus turgentes pechos con un brazo y el coño con la otra mano. La exuberancia de sus encantos hacía difícil taparlos. Había una extraña quietud y el centro parecía desierto. Nati se parapetó en una esquina, menos expuesta. Estaba angustiada y trató de pensar quién le podía ayudar, nadie, estaba sola en aquella ciudad. Y donde podría haber algo para tapar su desnudez. Empezó a caminar mirando cada esquina, andaba con rapidez, sintiendo como botaban sus tetas y su culo, y se resguardaba en las esquinas, deonde miraba con prudencia antes de seguir.

Así llegó al seminario de matemáticas. Pensó que ahí estaría segura, cada vez más convencida de estar absolutamente sola, y que ahí debía de estar su ropa. Por suerte no estaba echada la llave y sintió alivio al poder entrar. Pero se transformó en horror al ver a Marcos, su profesor acosador y violador.

- Hola. Encanto, que agradable sorpresa volver a verte.

Nati intentó reaccionar de la paralización por el pánico y trató de huir. Pero Marcos estuvo rápido y le dio un empujón que la tiró al suelo. Momento que aprovechó para cerrar con llave.

- Ya veo que vienes desnuda, no has perdido el gusto por exhibirte. Así me gusta.

Nati se fue al punto más alejado de donde estaba Marcos. Incapaz de hacer un plan para quitarle las llaves y huir.

- Te gusta jugar y hacerte la dura cuando no eres más que una vulgar puta y calientapollas. Lo pasaremos tan bien como la vez anterior.

- Eres un cerdo violador, hijo de puta. - Pudo decir por fin Nati, que sentía un sudor frío.

- Por eso te paseas desnuda, zorra. Túmbate sobre la mesa y no persamos más tiempo.

Nati valoró unos segundos aquella orden más que propuesta. Quizá le podría despistar y robarle las llaves. Pero esta vez no sería tan sumisa. Sonrió retadora y le dijo.

- Ven a por mi si tienes huevos.

- Será un placer.

Nati hizo un quiebro y trató de meterle la mano en el bolsillo pero falló e hizo reír a Marcos que negaba con la cabeza burlón.

- No, no. No, no.

Ahora Nati estaba cerca de la puerta pero no tenía las llaves.

- Dejémonos de tonterías.

Marcos fue hacia ella con paso firme y decidido. Nati estaba atrapada por la pared y la puerta tras ella. Le agarró de las manos y le retorció los brazos, haciendo quejarse a Nati, que ya se veía vencida y vejada de nuevo. La echó boca abajo sobre la mesa asiéndola fuertemente con una mano y con la rodilla clavada en la espalda. Con la mano libre se sacó la polla y rápidamente le asió de la cadera con las dos manos dejándola inmovilizada y a su merced.

Sintió un desgarro al notar la brutal penetración anal y los frenéticos movimientos. Para completar la humillación pudo ver desde la amplia ventana que daba al recibidor del instituto a los alumnos de sus clases del año pasado, que estaban jaleando la violación anal y disfrutando el espectáculo. De repente aquello estaba lleno y alguno hasta se estaba pajeando viendo aquello. Marcos les hizo un gesto.

- Subamos, subamos, venga. - Se oyó abajo.

- Noooooo. - Gritó Nati.

Se despertó con el mismo sudor frío. Instintivamente se llevó la mano al culo. Notó la tela del pijama. En casa de su madre lo llevaba, a diferencia de en su casa que dormía desnuda. Sonrió más relajada y miró la hora, aún eran poco más de las 5 de la madrugada. Se preguntó por qué tenía esas pesadillas, primero con Alfonso y ahora con Marcos. Le traicionaba algo. Lo achacó a los nervios de la evaluación.

A la mañana siguiente su madre le preguntó durante el desayuno.

- Hija, me ha parecido oírte gritar esta noche.

- Ah, sí, pero no recuerdo el motivo.

- ¿Una pesadilla?

- Imagino, pero ya te digo que no recuerdo nada.

Ese año el padre de Alberto y Clara se empeñó en pasar las vacaciones en el pueblo, alegando que hacía años que no pasaban esos días ahí y que era tiempo de estar en familia. Alberto pensó en lo mucho que disfrutaba de su familia y lo unido que estaba a ella. A su padre le sorprendió agradablemente las pocas objeciones que pusieron, especialmente Clara y Alberto. Pero los otros tres miembros de la familia llevaban en su cabeza unos planes diferentes. Mariví fue la única que puso alguna objeción práctica. Sabiendo la inutilidad de la misma si su marido se empeñaba en algo.

- El único problema es que dan mal tiempo. Puede hasta nevar.

- Sólo el miércoles y jueves dan probabilidad, ya lo he mirado.

- Pero si cala en la tierra es un problema. - Su marido giró el rostro a la ventana – La casa estará fría.

- Hay estufas y chimenea, ya he avisado a la tía Encarna a que vaya a darle una vuelta.

- De acuerdo, si a todos nos parece bien ir.

Mariví cruzó una breve mirada furtiva con Alberto, que captó pero permaneció impasible. Luego Clara habló con Alberto en su cuarto.

- Si hace frío no podremos salir e ir a follar a esa cueva. - Dijo Clara.

- Ya, ni junto al río. Follaremos en casa.

- Para combatir el frío debajo de las sábanas. Nada como abrazarse y acariciarse. - Dijo riendo.

La familia llegó al pueblo bajo un frío invernal y un cielo plomizo blanco que amenazaba con descargar nieve. La tía Encarna les saludó y ayudó a bajar el equipaje. A pesar de que le dijeron que no se molestara.

- El salón está templado con la chimenea, pero debéis de poner ya las estufas en los dormitorios. - Indicó cuando entraron a casa.

Todos le dieron las gracias y la despidieron con cariño.

- Me marcho a casa que mañana creo que amaneceremos blanco.

Mariví se fue a deshacer la maleta y poner las estufas. Luego se puso con la comida. Ayudada por Alberto y Clara, con pocas ganas de salir de casa.

- Os podéis quedar en el salón, que se está más caliente. Vaya ocurrencia de vuestro padre.

Alberto y Clara se fueron al salón donde aprovecharon para quedarse muy juntos, besarse y meterse mano. Su padre se había ido al bar a ver al resto de la familia y algún amigo y enterarse de las últimas noticias en el pueblo.

- No habíamos contado con este frío de mierda. - Dijo Clara.

- Sí, hace más difícil estar solos, en casa o fuera. Quedaríamos como locos.

- Sí, pero al menos por las noches… - Dijo Clara sonriendo.

A Alberto se le hizo larga la tarde. Clara se entretuvo ayudando a su madre a hacer torrijas. Por fin llegó la noche y la casa quedó en silencio.

- Alberto, ¿que haces que no vienes?

- ¿No dijiste que venías tú?

- Con este frío… estoy helada, ven a darme calor.

Alberto venció su propia pereza a salir de la calidez de la cama y pensó en el premio que le esperaba en la otra cama. Vaya frío hacía. Se metió en la cama de Clara, que le recibió gozosa, y le abrazó fuertemente por detrás, masajeando todo su cuerpo con fuerza.

- ¿Vas entrando en calor?

- Sí, gracias.

Clara había dejado, igual que su madre, su habitual camisón, y precavidas habían cogido un pijama de invierno que rara vez usaban en su casa. Clara se giró para besarle como agradecimiento. Alberto siguió frotando a su hermana, pero esta vez con su pene bajo el pijama a la altura del culo.

- Bájate ya el pantalón. - Le pidió a Clara.

Clara se bajó lo justo para que Alberto, que hizo exactamente igual, se la pudiera meter.

- Hoy no puedo hacer más con este frío, hermanita.

- No pasa nada. Follar nos ayudará a entrar en calor.

Alberto encontró en la oscuridad la pequeña entrada del coño de Clara. Penetrándola desde atrás y lentamente. Sus movimientos eran cadenciosos y suaves para no hacer crujir la algo desvencijada cama y llamar la atención. Acariciaba el suave culo y la besaba dulcemente en el cuello. Buscó la parte superior del pijama y por abajo le metió la mano buscando sus tetas.

- Que mano tan fría tienes. - Se quejó.

- En el culo no te quejas.

- Porque ya lo tengo frío.

Alberto aún se entretuvo un poco con las tetas antes de retirar la mano y plantarle así las dos en el culo. Hundió su polla hasta el fondo y eyaculó una copiosa cantidad de semen.

- Toma, límpiate, no hay que dejar rastro. - Alcanzándole un pañuelo de papel que tenía preparado.

- Gracias, pero cuando saques la polla. - Respondió medio riendo.

- ¿Me la limpiarás?

- Sí, pero fuera de la cama, no quiero moverme.

- Vale.

Alberto salió con cuidado de la cama volviendo a sentir el frío de la habitación. Pero quería volver a sentir en su polla la acogedora boca de Clara.

- Toma.

- Mañana lo tiro al váter cuando me levante.

- Ven.

- Ponte al borde de la cama. - Le indicó.

Alberto le puso la polla a la altura de la boca y Clara se la limpió con presteza.

- Hala, ya puedes volver a la cama.

- Sí, menudo frío. Creo que está nevando.

Alberto se levantó y tiró con disimulo el pañuelo pringoso al váter. Su madre ya se había levantado y también tenía ganas de verla a solas.

- Hola, hijo. Menudo frío hace, pasa y tómate bien caliente el desayuno.

- Hola. Sí ha nevado y todo.

Una fina capa de nieve cubría las calles y los montes y campos cercanos.

- A ver si nos vamos a quedar atrapados gracias a tu padre. - Dijo con cierta sorna y preocupación.

- Bueno, solo daban nieve ayer y hoy.

- Si se hiela, malo.

Alberto se preparó el desayuno y a mitad de desayuno le dijo Mariví jocosa.

- Tengo hasta las tetas frías, hoy no te las puedo enseñar durante el desayuno.

- Cuando haga buen tiempo. - Respondió riendo.

Mariví se rió bien a gusto y Alberto la encontró especialmente bella. Acabó el desayuno y pasó junto a su madre, que estaba junto a la fregadera.

- Déjame comprobarlo.

Mariví emitió un uy, al ver como su hijo le abría la bata y le subía la camiseta de manga larga del pijama. Sintió el frío de la cocina en sus pezones y la mano de Alberto palpando sus tetas.

- Es verdad, nunca te las había visto tan frías.

- No te voy a preguntar qué se te ha quedado frío.

Aquella era una de las respuestas que gustaban a Alberto. Lo dijo mientras se recomponía el pijama y la bata.

- Puedes comprobarlo.

Alberto le enseñó la polla y Mariví lanzó otro uy, pero sin dejar de mirarla. Alargó la mano a la polla y la metió más allá palpándole los huevos.

- Pues sí, bien frío también. - Dijo a punto de reírse. - Hijo, abrígate bien que te vas a enfriar.

Alberto también se rió y se la volvió a meter. Se acercó a Mariví y la besó largamente en los labios.

- Anda, ve a despertar a tu hermana.

Alberto obedeció y aprovechó para contarle rápidamente lo sucedido en la cocina.

- Mira a ver si yo también tengo las tetas frías.

Clara ya estaba de pie y se había levantado el pijama. Alberto se acercó gustoso a comprobarlo.

- Sí, tienes razón. Incluso más que las de mamá.

- Bobo.

- Y el culo todavía lo tienes frío.

- Aah, bobo.

Con un rápido movimiento, Alberto había bajado el pantalón y le había plantado las dos manos en el culo. Dejando de esta manera a su hermana con todos sus encantos al aire en la fría habitación. Clara le miró como si estuviera enfadada y se recompuso el pijama y se colocó una bata. Alberto se reía.

- Mira que blanco está todo.

- ¿Ha nevado?

- Sí. Déjame acompañarte al baño.

- No.

- Pero has empezado tú enseñándome las tetas.

Clara le sacó la lengua y salió de la habitación.

A media mañana empezó a nevuscar y se vio a gente del ayuntamiento limpiando las calles pensando en la procesión de la tarde. Por la tarde fueron los dos a la procesión, de mucha tradición en el pueblo, por pura curiosidad y a la vez complacer a su padre. No vieron ni rastro de ninguno de los acosadores de Clara el verano pasado. Pero Alberto sí se reencontró con Cristina. Se saludaron con dos besos.

- Hola, Alberto, ¿qué haces por aquí? No esperaba verte…

- Hola, Cristina, ni yo a ti tampoco en la procesión. Pensaba llamarte.

- Muy bien.

- Esta es mi hermana Clara.

- Sí, nos conocemos de vista. ¿Que tal, guapa?

Las dos chicas se saludaron cortésmente con otros dos besos.

- Hola, bien, encantada.

Clara se alejó unos pasos para dejarles hablar y estos dos se metieron por una callejuela para hablar más tranquilos.

- Que bien lo pasamos en verano, aquí no hay chicos como tú. Son de brutos…

- Bueno, seguro que hay alguno.

- Pues encuéntramelo tú. - Dijo riendo.

- Vaya frío.

- Sí. Te quería invitar a mi casa, así la ves, tenemos calefacción.

- Muy bien, gracias.

- Mañana es ideal, me excusaré de venir a la procesión y tendremos para nosotros solos la casa. Tengo unas ganas… - Dijo con una sonrisa nerviosa.

Alberto se inclinó hacia Cristina y la besó suavemente en los labios.

- Cuida, nos pueden ver.

- Descuida, ya me he fijado en eso, no hay nadie que nos pueda ver.

Cristina sonrió y fue ella quién se inclinó a besarle.

- Que ganas tengo de que llegue mañana. - Dijo Cristina.

Continúa en