El verano de la mujer infiel (extracto 7)
Los mensajes anónimos empiezan a llegar con insinuaciones hirientes. Dany sabe que algo no va bien, pero la evidencia que recibe lo sumerge en una paranoia que solo la carne puede calmar. Cuando la duda se vuelve insostenible, Laura decide demostrar su inocencia de la única manera que sabe que él entiende.
Serían sobre las seis de la tarde. Laura y yo habíamos dormido un par de horas en nuestra habitación. Aunque lo de dormir es más una metáfora, ya que de entrada yo me empeñé en tener sexo. Mi mujer me había puesto mil excusas y al final lo único que conseguí fue una mediocre mamada.
Más que mediocre si la comparaba con las mamadas de Lucy o, incluso las de Sonia. Se diría que Laura la había hecho por obligación, sin ningún tipo de interés. Y este toma y daca nos había robado más de una hora de siesta.
Tras correrme, nos habíamos quedado adormilados. Unos minutos antes de la hora de autos, mi mujer se había levantado y bajado al jardín, mientras yo aún remoloneaba sobre la cama medio dormido.
Fueron los pitidos tan seguidos del móvil los que me despertaron del todo. Alcé el teléfono, lo desbloqueé y entré directo al wasap.
Justo para recibir la primera bofetada de mi amigo «desconocido».
DESCONOCIDO: Hola cornudo.
DESCONOCIDO: Qué tal lo llevas?
DESCONOCIDO: Consigues pasar por debajo de las puertas?
Eran los tres mensajes de saludo más asquerosos que había recibido nunca, si descartaba los que el tipo me había enviado en las dos ocasiones anteriores.
Y el furor me llevó a teclear sin control.
DANY: Eres un hijo de la gran puta! Me cago en todos tus muertos y en tu P. M… Pero te juro que te voy a descubrir y te voy a partir esa cara de majadero que tienes.
DESCONOCIDO: Ah, sí… jajaja… Y cómo sabes la cara que tengo? Es que ya has adivinado quién soy?
DANY: Aún no, pero no me queda mucho… Y ese día vas a tener que correr para que no te aplaste como a una cucaracha…
La arrogancia de aquel tipejo no tenía parangón, y enseguida comenzó a demostrar su superioridad, que era lo que más parecía ponerle. Y no demostraba mucho miedo a que le descubriera. ¿Tan seguro se sentía? ¡Valiente cerdo!, me lamenté.
DESCONOCIDO: Por qué no dejamos de decir gilipolleces y comenzamos a hablar de la zorra de tu mujercita.
DANY: Retira eso, mamón!
DESCONOCIDO: Retirar, el qué? Lo de zorra? Y cómo llamarías a un putón que se tira a todo lo que se menea a espaldas de su maridito?
El asco que sentí se mezcló una vez más con un centenar de sentimientos más. La impotencia, la amargura, la ansiedad. Y, sobre todo, los celos. Esos malditos celos que me oprimían en estas situaciones hasta el punto del vómito.
Tuve que tragar saliva para sujetar la arcada. Y luego respondí.
DANY: Hijo de puta… Mi mujer no es un putón. Todo esto te lo inventas para joderme. No sé qué te he hecho, pero debe haber sido algo muy malo para que quieras machacarme de esta manera.
Me había derrumbado y el muy cerdo olió la sangre enseguida.
DESCONOCIDO: Vaya, pobre, ya veo que te rindes ante tu amo. Ya no quieres matarme? Pues eso significa que justo ahora es el momento de la verdad. Quieres que te lo demuestre? Quieres ver al putón de tu mujer insertada como lo que es?
DANY: Solo quiero que te vayas a la mierda!
DESCONOCIDO: Ah, sí? Entonces no quieres que te envíe el nuevo vídeo?
DANY: Cabronazo, no quiero que me envíes nada…
DESCONOCIDO: Seguro?
El tipejo jugaba conmigo. Sabía de sobra que me moría por poder ver la maldita grabación. Aunque solo fuera por aclarar que la zorra que aparecía en ella no era Laura.
DANY: Seguro. Métetelo por donde te quepa.
DESCONOCIDO: Ah, vale, si no lo quieres no te lo mando. Pásatelo bien. Chao.
Y «desconocido» salió de línea.
Durante los siguientes minutos me mordí las uñas, los nudillos y hasta la piel del dorso de las manos. Odiaba aquel posible vídeo tanto como lo deseaba. Mi ansiedad se acumuló en la boca del estómago hasta casi hacerme daño.
Y, como él preveía, terminé claudicando.
DANY: Está bien, tienes razón. Sí, quiero verlo.
La respuesta del chantajista tramposo tardó al menos un minuto en llegar. Parece que un minuto no es nada. Sesenta malditos segundos, una fracción insignificante en la vida de alguien. Pero aquel tiempo se me hizo una eternidad.
Cuando el siguiente pitido de wasap se dejó oír, en mi interior habían pasado cien años como mínimo.
DESCONOCIDO: Pues aquí va. Que lo disfrutes…
Y el siguiente bip-bip contenía una imagen congelada con un triángulo en el centro destinado a darle vida.
*
En esta ocasión la acción se llevaba a cabo en una bañera. En ésta había algo de agua, pero muy poca. Como si hubiera sido puesta allí solo para la grabación, una pieza de atrezo sin más. El círculo borroso ocultaba el rostro del protagonista, en lugar del de la chica, ya que esta vez ella se hallaba de espaldas y en ningún momento se volvía. Y de nuevo las voces estaban distorsionadas.
El hombre estaba sentado y con las piernas semi encogidas. La mujer se había sentado sobre su polla y se movía ensartada en ella, mientras el tipo la ayudaba en sus movimientos de sube y baja con las manos en su cintura. De cuando en cuando el tipo le echaba mano a las tetas, pero ella se las retiraba de forma contundente. Ese detalle me extrañó.
De vez en cuando, el cerdo le daba un cachete en el culo que resonaba con el eco típico de un cuarto de baño. A cada cachete de él en el culo, se correspondía otro de ella sobre su cara, arrancando una risotada gutural del muy cerdo.
Entonces me fijé en el cabello de la mujer. De nuevo parecía un clon del de mi esposa. Por otro lado, si en la primera grabación la mujer había llegado al orgasmo, en este caso era el hombre el que gruñía como si estuviera cerca de él.
Dos minutos de acción después, el vídeo se cortaba y te dejaba con las mismas dudas y preguntas de las dos primeras grabaciones: ¿quién diablos eran los protagonistas?
Como era de esperar, visioné las imágenes un número incontable de veces. A diferencia de las dos primeras entregas, en esta ocasión no sentí deseos de masturbarme. Más bien al contrario, deseé acabar con aquel martirio. Aunque fuera alcanzando la muerte. En toda mi vida no había pensado ni un solo segundo en el suicidio. Pero en aquellos momentos llegué a desearlo sobre todas las cosas.
*
Por supuesto no me suicidé. Mis deseos de venganza me mantenían con ganas de vivir hasta al menos acabar con el puñetero «desconocido».
Me levanté de la cama y me asomé a la ventana. Justo en ese momento Laura salía al jardín desde el salón de la casa. Vestía un pareo semi transparente sobre un bonito bikini rojo que debía haberse puesto mientras yo dormía porque no lo recordaba.
A punto me encontraba de abrir la ventana y llamarla de viva voz para que subiera, cuando apareció Juan como salido de la nada. La conversación entre ellos comenzó como un encuentro furtivo. Y un furor ciego comenzó a crecerme dentro. ¿Qué confianzas eran las de aquel tipo para acercarse tanto a Laura y ponerle una mano en su brazo? Y, peor aún, ¿por qué mi mujer se lo permitía?
Estaba seguro de que si Laura me estuviera observando por la espalda, argumentaría que entre ellos dos no estaba pasando nada, que todo era fruto de mis malditos celos. Pero yo la hubiese respondido sin dudarlo: los celos se los voy a meter a ese tipejo de Juan por el culo, para que la próxima vez te hable a dos metros de distancia.
Comprendí que en aquella situación no podía asomar la cabeza y gritar el nombre de mi mujer. Habría quedado un tanto vulgar y, sobre todo, desesperado. Así que, viendo que Laura llevaba el móvil en la mano, opté por marcar su número.
En cuanto la señal de llamada comenzó a devolverme los pitidos, Juan dio un paso atrás, como sorprendido en falta. Mi mujer miró la pantalla del teléfono y murmuró un par de palabras, lo que hizo que el asqueroso novio de Ana se girase y se alejara hacia el grupo que retozaba dentro de la piscina.
Luego pulsó en la pantalla y se lo llevó a la oreja.
—¿Qué pasa, Dany? ¿Por qué me llamas por teléfono dentro de la casa?
—Necesito hablar contigo. Sube a la habitación, por favor.
—¿Tiene que ser ahora? No fastidies, cariño, íbamos a jugar un partido de waterpolo. ¿Puedes esperar un rato?
No quise decirle dónde se podían meter el partido de waterpolo para no demostrar mi nerviosismo, pero a punto estuve.
—No, no puedo esperar. Tienes que subir ahora mismo…
Mi mujer levantó la vista y me descubrió tras los cristales de la ventana de nuestro cuarto. Hizo una señal de fastidio y, colgando el móvil, comenzó a andar hacia el interior de la casa.
Apenas había cruzado la puerta de la habitación, comenzó a sermonearme.
—Joder, Dany, estás muy raro últimamente… Más parece que seas tú el que está estresado por el trabajo en lugar de serlo yo…
No respondí. Simplemente estiré el brazo y le tendí mi móvil. Ella lo cogió con expresión de imaginarse de qué iba el asunto y, con una mano en la boca y la otra en el aparato, leyó los mensajes.
—¡Será hijo de su…! —exclamó sin pensarlo dos veces—. ¡Este cerdo nos va a joder el verano!
—¡Mira el vídeo! —le ordené al ver que no se atrevía a darle al play.
—No sé si quiero verlo… —se quejó—. Joder, Dany, no quiero…
Le quité mi móvil de las manos y pulsé el icono triangular. Luego la tomé del brazo y la acerqué a mí para que no se perdiera detalle. Miraba la grabación con las dos manos en la boca y con los ojos fuera de las órbitas.
Al finalizar el vídeo, se sentó en la cama y se quedó en silencio.
—¿Qué me dices? —pregunté con tono agresivo—. ¿No crees que ahora se ve mejor a la protagonista de la peli porno?
—Joder, cari, me estás asustando… ¿No estarás pensando lo que yo creo…?
—Por dios, Laura, esta tía es idéntica a ti por la espalda. Su pelo es cien por cien el tuyo.
Sus ojos se hallaban acuosos. Parecía a punto de llorar.
—No sé, amor, yo no veo tanto parecido como tú… Aunque no soy yo la que mejor se puede reconocer por la espalda…
Tragué saliva y me senté a su lado.
—Laura, estoy muy preocupado… Te voy a preguntar lo mismo que la última vez, y quiero que seas sincera: ¿eres o no esa fulana?
De repente se echó a llorar. Sus lágrimas caían desconsoladas sobre el bonito pareo. La abracé con fuerza y la atraje hacia mí. Intentaba consolarla al tiempo que la hablaba con firmeza.
—Te dije y lo mantengo que puedo perdonarte lo que sea… —le susurré al oído—. Si has estado con otro no lo entenderé, pero te prometo que haré borrón y cuenta nueva. Podemos empezar desde cero. Tenemos dos hijos que son lo que más queremos en este mundo. Pasaremos por esto juntos. Yo te ayudaré, te lo prometo. Pero debes decirme la verdad. Sé que te sentirás culpable, pero aun así…
Laura se apartó de mí y me miró con gesto de odio.
—¡No lloro porque me sienta culpable de nada…! —me cortó—. Si lloro es por saber que no me crees. Porque veo que tienes la mente tan sucia que puedes llegar a creer que esa zorra sea yo.
—¿¡Qué…!? —repliqué con asombro.
No podía creerme que en dos o tres frases se hubiera colocado en el papel de la víctima, dejando el de culpable para mí.
—¡Te odio, Dany, te odio! —exclamó—. Ese maldito que te envía los vídeos es un hijo de mala madre. Pero tú eres peor porque has llegado a la conclusión de que soy culpable. Sin más, solo porque alguien te lo dice. Eres capaz de creer a un desconocido antes que a tu mujer.
Intenté calmarla, sus sollozos me estremecían.
—Por dios, Laura, yo ni creo ni dejo de creer. Sé que ese cabronazo me está volviendo loco. Pero debes reconocer que desde que empezaron a llegar los mensajes y las grabaciones, han pasado cosas que afectan a nuestra relación. Sin ir más lejos, tu deseo por mí ha ido desapareciendo poco a poco. Estábamos tan bien, casi remontando y, de pronto… ¡nada! Joder, si hasta te parece más interesante un juego de piscina con tus hermanas y tus cuñados que estar conmigo.
Levantó la mirada con expresión afligida.
—Dany…
Pero no le permití alimentar su papel de víctima. Si allí había alguien jodido, ese era yo.
—No, no digas Dany… ¡Si hasta para hacerme una triste mamada he tenido casi que violarte!
*
Laura se puso en pie de un salto. Temí que fuera a marcharse, pero me miró desde arriba unos segundos antes de quitarse el pareo y tirarlo a un lado. A continuación, de igual manera, se quitó el bikini y se quedó completamente desnuda.
Sin decir una palabra, se arrodilló ante mí y tiró de mi bañador, dejando mi pene al aire y creciendo a toda velocidad. Antes de que pudiera reaccionar, mi polla ya estaba en su boca y chupaba con una dedicación y una lascivia como no lo había hecho nunca antes.
Cuando mi miembro estuvo como una piedra, saltó sobre la cama y, abriéndose de piernas, tiró de mí para que la montase en la posición del misionero. Sentía un gran malestar por lo que estaba pasando, pero el deseo de aquel cuerpo conocido me atraía como un imán de infinitos megavatios.
No era el cuerpo más ajado de Sonia. Tampoco el jovencísimo cuerpo de Lucy. Era el cuerpo de Laura, mi esposa, la madre de mis hijos. Lo había recorrido miles de veces. Lo había besado a cada centímetro de piel. Pero en ese momento lo deseaba con tanto furor que me dejé caer entre sus piernas y permití que Laura se metiera mi verga en su interior antes de empezar a follarla con desesperación.
La empalé durante varios minutos con fiereza. Buscaba mi placer ignorando si la expresión de su rostro era de deleite o de dolor. En realidad me importaba una mierda. Follarme aquel cuerpo tras la visión de los vídeos era más un vicio que una necesidad nacida del amor. Mucho más que deseo. Si ella lo disfrutaba o no, me daba igual. Necesitaba llegar a lo más alto, alargar el clímax lo más posible y, finalmente, derramarme dentro hasta dejarle el útero bañado en mi sustancia. No sabía si ella era la zorra de las grabaciones, pero sospechaba que sí, y quería follarla como lo que creía en esos momentos que era: una vulgar puta.
Tampoco tenía ni idea de si aquello acabaría allí. Un simple polvo de reconciliación, unos «tequieros» sueltos entre jadeos y después… ¿qué?
Pero la intención de mi mujer al hacer aquello era más concreta. Buscaba algo y quería conseguirlo a toda costa, a pesar de que yo no lo sabía todavía. Laura me conocía en el sexo mejor que yo mismo. Y cuando mis gruñidos anunciaron que el orgasmo ya subía por mis piernas, me detuvo.
—Súbete sobre mí… —musitó con ojos lujuriosos.
—¿Qué…? —respondí sin comprender.
Tiró de mí y no paró hasta situarme apuntando mi polla sobre su rostro. Luego comenzó a pajearme con rapidez.
—Joder… joder… —decía yo ante la inminencia del orgasmo.
—Vamos, córrete… —decía una Laura desconocida para mí—. Lléname toda la cara de leche…
Aquello no solo sonaba extraño en sus labios, sino que era la locura más extravagante que había hecho en su vida. Porque nunca jamás me había permitido satisfacer aquella fantasía que me corroía como a la mayoría de los hombres: llenarle la cara de lefa a tu propia mujer. Sabía que tal fantasía era producto del cine porno, pero no por ello era menos excitante. Para un tío hacerlo así era una demostración del dominio sobre su hembra, una muestra de ese empoderamiento que era nuestro y que las mujeres nos han ido robando de forma silenciosa. Era como un grito de triunfo que decía: «eres mía, zorra, y te ensucio la cara porque soy tu macho alfa y aquí el que manda soy yo».
Y ya no pude soportar más la tensión en mis testículos. Los disparos de mi semen comenzaron a surcarle la cara, los ojos, los labios, el pelo. Laura apretaba los párpados, sabía que la lefa en los ojos escuece a pesar de no haberla probado nunca. Y, cuando me hube vaciado, relajó la expresión y susurró con media boca para evitar que el semen sobre los labios se le colara dentro.
—¿Me puedes traer una toalla?
Hice lo que me pedía y unos segundos más tarde se limpiaba la cara mientras yo me recolocaba el bañador.
—¿Era esto lo que querías? —preguntó retadora—. ¿Lo que siempre has echado de menos conmigo? ¿Ensuciarme?
Carraspeé antes de responder.
—Sí, gracias… —bajé la mirada—. Aunque esto no es prueba de nada…
—¿Qué quieres decir? —replicó mosqueada.
Debería haberme mordido la lengua, pero no pude contenerme.
—Recuerda que la mujer del vídeo hace guarradas de este tipo. Si tú ahora decides hacerlas, tu imagen se acerca más a la de ella, en lugar de alejarte.
—¡Eres un cabrón!
Laura saltó de la cama, se colocó el bikini a toda prisa y, con el pareo en la mano, se dirigió hacia la puerta del cuarto.
—Espera, ¿dónde vas?
—¿Tú dónde crees que voy? —replicó dándome el beneficio al menos de pararse y girarse hacia mí—. Me voy a jugar con mi familia, al menos ellos sí me creerían.
—¿No…? —titubeé—. ¿No vas a ducharte, al menos…? Llevas la cara y el pelo llenos de…
—¡Qué más da…! —resopló—. Es el semen de mi marido, no el de un extraño. Y dentro del agua se limpiará enseguida.
Antes de irse le supliqué rendido como un cobarde.
—¿No vamos… a salir a cenar esta noche… cómo habíamos planeado?
—No sé, ya veremos… —su respuesta parecía menos violenta ahora—. Pero ve duchándote por si al final me animo.
Laura salió de la habitación y yo suspiré aliviado. Sus últimas palabras habían parecido más calmadas y encerraban una promesa. Quizá después de todo podría volver a ganarla y olvidarnos juntos del maldito remitente de los asquerosos vídeos.
Salté de la cama y me metí en la ducha. Mientras el agua limpiaba mi cuerpo, una letra pegadiza se repetía sin parar en mi cabeza: «Te perdí… por culpa de un error…».
Reconocí en ella una antigua canción del Dúo Dinámico.
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