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ESTHER Capítulo 1

Solo quería un trabajo sin responsabilidades, pero el contrato que firmó incluía cláusulas que no entendía. Ahora, bajo la mirada de su nueva jefa, cada error se paga con el cuerpo y la sumisión es la única forma de mantener el empleo.

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CAPITULO 1

PRESENTANDOME

Hola, soy Esther.

Tengo 38 años. Casada con Víctor de 42, desde hace 10 años.

Soy una chica normalita, del montón. 1,65 de altura, 52 kilos, melena negra por los hombros, ojos marrones, 95-63-90. Depilada láser desde el cuello hasta la planta de los pies. Era una especie de guerra la que había emprendido con el pelo.

Había leído sobre la misión del cabello en zonas como el pubis o las axilas, así como los riesgos de la depilación.

Básicamente en el pubis actuaba como un freno a las enfermedades de transmisión sexual, nada que una buena higiene no pudiera controlar.

Además, yo nunca había sido promiscua, con lo que el riesgo también se minimizaba. Realmente al margen de Víctor, sólo había estado con tres chicos, tampoco había necesitado estar con más.

Sí, ya sé que es un pobre bagaje para mi edad, ocasiones no me habían faltado para multiplicar esa cifra por 10 o por 20, pero en serio, nunca me había llamado la atención acostarme con el primer tipo que me lo pedía.

De cara era resultona, eso me habían dicho siempre.

Estudié en un colegio de monjas, quizás eso también influyó en mi comportamiento sexual, aunque he de decir que pese a que, en su momento, por la inocencia de la edad, no dábamos importancia a detalles ocurridos entre y con las monjas, con el paso del tiempo le fui dando un contexto, y comprobando que había mucho puterio en el colegio, por parte de las monjas.

Recuerdo un viaje de fin de curso, en que fuimos a Granada. Yo tenía entonces 13 años, y empezaba a darme cuenta de las cosas.

Pese a ser colegio de monjas, había profesores seglares, tanto hombres como mujeres, aunque para acompañantes nuestros en el viaje, sólo eligieron a profesoras. Supongo ahora que sería una forma de salvaguardar nuestra virginidad, que yo en mi caso aún conservaba, aunque había compañeras que se pavoneaban contándonos como la habían perdido ellas.

Nos acompañaron dos profes y dos monjas. Ahora me atrevería a decir, que era difícil saber cuál de las cuatro era más guarra. Al chófer del autocar le tuvieron que ordeñar hasta dejarle sin gota de leche, y algún trabajador del hotel, frecuentaba sus habitaciones más que su puesto de trabajo. Pero como decía antes, cualquier excusa era a buena para justificar las continuas idas y venidas de unos y otro de las dos habitaciones de las profes y las monjas. En aquel entonces me hubiera parecido escandaloso, ahora pienso que, si es lo que las pedía el cuerpo, hicieron bien, tanto monja como seglares.

Cuando termine en el cole, antes se terminaba ya haciendo el COU, hice la selectividad y me matriculé en medicina.

Cursé los seis años de carrera sin demasiados problemas. Siempre se me dieron bien los libros. En la facultad, bueno mejor dicho en una fiesta de la facultad, fue donde perdí mi virginidad con un compañero de clase, Rodrigo, hoy en día eminente cirujano.

Pero aquello no fue a más pese a que repetimos alguna vez.

Cuando empecé las prácticas en un hospital, fue cuando me di cuenta de que había equivocado ni profesión. No soportaba ver a la gente enfermar, y morirse.

Abandoné la medicina y empecé a estudiar derecho, sin duda menos cruento, y más productiva sexualmente hablando que la de medicina. Allí tuve el resto de mis experiencias sexuales, incluida la de Víctor.

Y desde entonces esposa fiel, y espero que algún día, no tardando mucho, madre abnegada. Pero tampoco acabe derecho. Me aburrían tantas leyes.

Así es que me quedé con mi título de médico general, aunque nunca he llegado a ejercer. No obstante, procuro leer mucho sobre medicina, para no oxidarme, además al margen del aspecto sentimental, siempre me había encantado la medicina.

Para no aburrirme, en estos años he realizado trabajos como camarera algunos veranos en el bar de un tío mío, que básicamente me sirve para pasar el rato.

Durante la pandemia viendo lo que estaban pasando los sanitarios, me propuse volver, y me ofrecí al Colegio de médicos por si podía ser de utilidad. Me llamaron al tiempo, para vacunar en el Zendal, y allí he estado hasta hace pocas semanas, que la situación ha permitido levantar el estado de emergencia médica que estaba decretado. Lógicamente ahí se terminó mi aventura médica, a no ser, Dios no quiera, que se repita algo así.

Pero el estar trabajando y ocupada todo el día me ha despertado el gusanillo de trabajar, así es que me he decidido a buscar algo.

No quería nada de responsabilidad, algo trivial, que me entretuviera sin más.

Busqué en Internet ofertas de trabajo, y me llamó la atención una.

Se necesita incorporación inmediata para cubrir 2 vacantes de personal de limpieza de habitaciones. Interesadas pueden apuntarse en la oferta. No se requiere experiencia para el trabajo ofertado.

El trabajo se desarrollará en un establecimiento de la cadena hotelera.

Se informará en la entrevista sobre el tipo de trabajo, de contrato y la duración del mismo

La candidata no necesita titulación para este puesto

Sobre el salario hablaremos en la entrevista de trabajo.

La jornada laboral se comunicará en la reunión.

Sin estudios, sin experiencia, curioso. Me decidí a apuntarme en la oferta. Solo nombre y teléfono.

Para mi sorpresa a las dos horas me llamaron citándome esa misma tarde a las seis en el hotel en cuestión.

Llamé a mi marido.

"Cari, esta tarde tengo una entrevista de trabajo", le dije.

"¿Cómo?, no me habías dicho nada de que estuvieras buscando trabajo, ni siquiera de que quisieras trabajar, amor", me dijo.

"Ya, es un trabajo temporal como camarera de piso en un hotel", le dije.

"¿En serio?", me preguntó.

"Si, claro, quiero algo sin responsabilidad, que no tenga que pensar mucho, o nada", le contesté.

"Bueno, bueno, tú sabrás, pero podrías trabajar en cualquier cosa mejor que esa, pero tú sabrás", me dijo.

"Vale cari, es a las seis esta tarde. Ya te contaré", le dije.

"Vale, amor, y suerte", me dijo.

Me habían pedido un currículo, así es que hice uno antes de ir a la entrevista.

A las seis menos diez, estaba en la recepción del hotel.

Me pasaron a una salita anexa a la recepción y me dijeron que esperara ahí, quedándose el que me atendió con el currículo.

Al rato, ya pasadas las seis, entró una mujer identificándose como La Gobernanta.

Según me enteré luego, la gobernanta es el profesional responsable de garantizar un excelente servicio de piso.

De ella dependían 3 áreas:

Servicio de piso. Coordina los trabajos de camareras, limpiadoras y mozos.

Servicio de áreas públicas y nobles. Se encarga de las áreas públicas coordinando trabajos de limpieza.

Servicio de lencería y lavandería. Coordina los trabajos de lavanderas, lenceras, plegadoras, planchadoras y costureras.

¿Ves?, esa era la responsabilidad de la que estaba huyendo yo.

No me dirigió la palabra mientras caminamos a un despacho en el que había otro hombre. Se identificó como encargado de recursos humanos.

Nos sentamos, y la gobernanta comenzó a hablar.

"Hemos tardado más en recibirte, porque nos ha sorprendido tu currículo.

¿Porque quiere un médico con estudios de derecho trabajar como camarera en una planta de hotel?

Le expliqué mis ganas de trabajar, pero sin asumir responsabilidades.

" Ya veo", dijo ella, "hablas inglés".

"Sí, así es", contesté.

"Let's continue the conversation in English ". ("Sigamos con la conversación en inglés").

"I am thinking that someone from your culture and speaking English would be ideal for the suite floor".(Estoy pensando que alguien de tu cultura y que hable inglés será ideal para el piso de las suite).

You will start tomorrow morning shift. From eight in the morning to 4:00 p.m., with 15 minutes for lunch and 40 minutes for lunch. Shifts chango every week. You will depend on the plant manager who will tell bou show long you have to do at all times. The salary will be €800 per month, plus extras. The extras will be set by the quality of service to customers". (Empezarás mañana en el turno de la mañana. Desde las ocho de la mañana hasta las 16:00 horas, con 15 minutos para almorzar y 40 minutos para comer. Cambio de turnos todas las semanas. Dependerás del jefe de planta que te indicará el tiempo que tienes, y lo que hacer en cada momento. El salario será de 800 € al mes, más extras. Los extras vendrán fijados por la calidad del servicio a los clientes.)

"I am delighted to be able to start tomorrow, and I hope not to disappoint you" (Estoy encantada de poder empezar mañana, y espero no defraudarles), le dije.

"Perfecto, pues vamos al área de lencería a por el uniforme", me dijo la gobernanta.

Por un pasillo que salía de esa misma sala, llegamos a una estancia que ponía lencería al lado de la puerta.

Habló con la que supongo era la encargada de la lencería.

Vino hacia mí, me miró de arriba a abajo y se fue, volviendo con varias prendas en las manos.

Me dio una falda azul, una blusa blanca, medias blancas, zapatos negros de tacón, una cofia también blanca, y lo que más me sorprendió, un tanga de hilo negro y un sujetador balconette con copas abiertas con bordados y tiras negro.

Aquello se escapaba un poco del guion, por no decir un mucho, pero bueno quizás fuera una cortesía del hotel.

La gobernanta me indicó cual era mi taquilla. Metí en ella toda la ropa que me habían dado. Había dos juegos de todo.

"Mañana te espero a las 7:30 de la mañana en la sala que hemos hecho la entrevista. Firmarás el contrato, te cambiaras, y empezarás tu trabajo", me dijo la gobernanta en un tono muy dominante. Sin duda tenía que serlo para poder controlar a todo el personal que tenía a sus órdenes.

Cuando llegué a casa Víctor ya estaba en ella, y le conté con pelos y señales toda la entrevista, así como que empezaba a la mañana siguiente, etc. Solo omití el tema del tanga y el sujetador. No me preguntéis porqué, pero lo omití.

Dormí mal por la noche. Los nervios y la excitación de esta nueva aventura me mantuvieron en vela.

A las 7:20, estaba en el hall del hotel. Pregunté a la recepcionista por la sala donde se hacían las entrevistas, que me esperaba la gobernanta.

Me indicó el camino y rápido la encontré recordando el camino de la tarde anterior.

Llamé y no contestó nadie, así es que entré.

Al momento apareció el hombre de RRHH me saludo y me puso el contrato delante para que lo leyera y firmará.

"La gobernanta te verá más tarde. Tenía compromisos a primera hora", me dijo.

Leí el contrato. Básicamente recogía lo que habíamos hablado la tarde anterior, aunque tenía una serie de cláusulas anexas de las que no habíamos hablado.

CLÁUSULA I:

La empleada se someterá siempre a las órdenes de la gobernanta o en su defecto a las órdenes de la encargada de planta. El incumplimiento de esta cláusula dará lugar a un despido inmediato sin indemnización.

CLÁUSULA II:

Durante la duración del turno de trabajo, la empleada no podrá usar teléfonos móviles, ni recibir ninguna llamada ni visita. El incumplimiento de esta cláusula dará lugar a un despido inmediato sin indemnización.

CLÁUSULA III:

El cliente podrá solicitar de la empleada, cualquier servicio que contribuya a hacer su estancia en el hotel más cómoda. El incumplimiento de esta cláusula dará lugar a un despido inmediato sin indemnización.

"No entiendo exactamente el significado de estas cláusulas. ¿Me las puede aclarar?", le pregunté al hombre.

"Está muy claro. De todas formas, cualquier duda que tengas, te la aclarará la gobernanta cuando hable contigo", me respondió el hombre.

Se ve que el no dormir no me tenía muy despierta, porque yo no lo tenía tan claro.

Firme el contrato.

"Bien, ahora cámbiate, ponte el uniforme y sube a la planta séptima que es la de las suites. Utiliza el ascensor del servicio. Al salir de él verás un cuarto que pone Encargada de Planta. Te presentas a ella, y ella te dirá lo que tienes que hacer", me dijo.

Me indicó el camino a los vestuarios donde estaban las taquillas.

Ante mi sorpresa, entro conmigo en el vestuario, aunque solo era de mujeres, y se apostó a un lado de mi taquilla, para ver cómo me cambiaba.

Me quedé perpleja. No sabía que hacer, como reaccionar, si salir de allí a escape, y santas pascuas, o si cambiarme sin preocuparme de que me estuviera mirando.

"Se va a quedar ahí mirando?", pregunté.

"Son órdenes de la gobernanta. He de comprobar que te pones el uniforme correctamente", me dijo como si yo fuera lelita.

"Pues que bien", le dije empezando a quitarme mi ropa.

Me quedé en mi tanga y mi sujetador, e hice ademán de ponerme el uniforme sobre mi ropa interior.

"No, no, tienes que usar la ropa interior que te dieron con el uniforme", me dijo.

O sea, que aquel pavo me iba a ver en bolas. Empecé a sentirme muy incómoda.

Me di la vuelta poniéndome de espaldas a él, y me quité el sujetador y me puse el balconette que casi no tapaba más que los pezones.

Me quité el tanga y me puse el de hilo negro que me dieron, y ahora sí, me empecé a poner el uniforme. Las medias a medio muslo blancas, la falda que apenas tapaba los elásticos de las medias, la blusa que más que blanca resultó ser bastante transparente, y más con el sujetador negro, y los zapatos de tacón, sin duda un calzado poco indicado para andar moviéndote sin parar. Me puse la cofia y lista. Ya podía empezar.

El hombre con la cabeza me dio su aprobación y me indicó el camino al ascensor de servicio.

Subí a la séptima planta y al salir busqué el cuarto de la encargada. Llamé, me contestó "Adelante", y entré.

Era una mujer de unos cincuenta y tantos, con el pelo corto, y más bien gordita.

"Esther, ¿verdad?", preguntó.

"Sí señora", contesté.

"Llegas cinco minutos tarde", me dijo.

"Es que me he entretenido firmando el contrato. Lo siento señora", le dije.

"Eso son excusas, has de estar siempre a tu hora, aunque se acabe el mundo. Apóyate en esa mesa e inclínate hacia adelante", me dijo señalando su mesa.

No se aún porque la obedecí. Yo creo que tenía curiosidad por saber lo que se cocía allí.

Me apoyé en el borde de la mesa y me eché un poco para adelante.

Al momento note una mano en mi espalda que me empujaba hacia abajo hasta terminar con la cara en la mesa.

Note que me levantaba la falda, a la vez que me decía,

"La mejor forma de aprender, es pagando por tus errores".

Había cogido algo de un cajón que no sabía lo que era, aunque en seguida lo sentí.

Empezó a darme fustazos en el culo, alternando las nalgas.

A cada fustazo me hacía decir,

"No llegaré nunca tarde".

Cuando terminó, me debió de dar 20 fustazos o más, me dijo,

"Vas a trabajar hoy con el culo caliente. Eso te hará recordar que debes cumplir tus obligaciones".

Efectivamente me escocia el culo, pero aquella situación me parecía lo suficientemente humillante como para protestar.

"Disculpe, señora, pero no creo que tenga derecho a hacer lo que me ha hecho", le dije.

"¿Prefieres que te despida, estúpida?", me contestó.

"No señora, pero ha sido humillante. Muy humillante", le dije.

"Veo que te ha gustado. Vuelve a colocarte como antes", me dijo.

No me lo podía creer. Pero tampoco me pude creer que obedeciera y me coloqué.

En esta ocasión me levanto la falda igual y me bajo el tanga.

"Separa las piernas y ábrete las nalgas con las manos.

No podía separar las piernas mucho por el tanga a medio muslo, así es termino de quitármelo del todo y con sus pies separa mis piernas mucho más.

Yo me separaba las nalgas con las manos. Estaba totalmente expuesta ante esa mujer.

Note sus dedos hurgando en mi chichi. Me buscaba el clítoris y lo encontró. Empezó a frotármelo con fuerza. Joder, me estaba excitando.

¿Que pretendía?

Cogió de nuevo la fusta y ahora los fustazos fueron a mi chichi y mi ano. Aquella tía usaba la fusta con una habilidad tremenda. Todos los golpes iban a esas zonas, clítoris, vagina y ano. Me daba tres fustazos en cada sitio y luego estaba un ratito masturbándome, frotando e el clítoris con un dedo, e introduciendo dos en mi vagina. Me tenía a mil. Ni los fuertes fustazos lograban reducir mi excitación. Son duda aquella era la situación más morbosa que había vivido hasta ahora.

La tía controlaba mi excitación, cuando veía que me lanzaba, me pellizcaba el clítoris. Lo estiraba, lo retorcía y volvía a azotarme con todas sus fuerzas.

Al cabo de un buen rato, de azotarme y masturbarme, me metió dos dedos en el culo.

Nunca me habían metido nada por ahí. Pegue un respingo y me dijo,

"¿Has aprendido la lección, imbécil?

Estuve a punto de decirle que no para que siguiera, pero estaba claro que tocaba decirla,

" Si, señora".

"Bien, ponte el tanga y a trabajar", me dijo saliendo del cuarto mientras yo me ponía el tanga.

Salí al pasillo y me dirigí a un cuarto anexo donde me esperaba la gobernanta.