Xtories

Una compra ventajosa

Rubén solo quería un rodillo para su bicicleta, pero Susana tenía otros planes. En la intimidad de su hogar, la compañera dominante transformó una simple transacción en una lección de sumisión, demostrando que su cuerpo atlético y su carácter arrollador no perdonan dudas.

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Habían pasado tres meses desde que empecé en aquel nuevo trabajo. Lo había cambiado por el anterior debido a la proyección laboral que me ofrecía, la comodidad en los desplazamientos y, como no, a una subida salarial considerable. En aquellos momentos la informática estaba en auge y con un poco de suerte se podía encontrar un buen puesto laboral sin demasiados esfuerzos.

Mis nuevos compañeros de empresa me habían acogido con cierta indiferencia pero había conseguido unirme a un pequeño grupo con el que compartía los desayunos y las comidas. Llevaban varios años juntos y los unía un pasado y una complicidad a la que era difícil sumarse. Mi timidez tampoco jugaba a mi favor, pero a pesar de ello alcancé cierto grado de confianza con ellos con el que me sentía cómodo.

Cuando compartía tiempo con ellos, los temas que se sucedían en nuestras conversaciones eran variopintos. Desde temas laborales o de actualidad hasta temas personales, pasando por las cosas más banales o las más trascendentales, cualquier cosa era susceptible de comentario en un grupo que había traspasado hacía tiempo la frontera entre ser compañeros de trabajo y ser amigos.

A menudo hablaban con cariño de una compañera ausente por baja de maternidad. Llevaba varios meses fuera de la oficina, desde que había tenido a su hija. Por lo que pude saber, además del tiempo que le correspondía por la baja de maternidad, había utilizado algún otro permiso sin sueldo para alargar el tiempo de crianza que podía pasar con su hija a jornada completa. Aquello parecía contrario a lo que tenía previsto o a su forma de ver la maternidad antes de dar a luz y, sin reproche, el resto de compañeros del grupo lo comentaban con cierta suficiencia. Su nombre era Susana y cada vez me intrigaba más esa ausencia tan presente en la mesa en la que solíamos sentarnos a comer o a desayunar. Había en ella cierta jerarquía sobre el grupo que se manifestaba incluso no estando presente, lo que añadía a mis ganas de conocerla un punto de respeto e inquietud.

Recuerdo el día de su regreso a la oficina, el alboroto que se armó en la entrada de la sala, no solo por su grupo de amigos, sino por el resto de compañeros que al parecer también la tenían en estima. O quizá disimulaban por mantener la cordialidad y el buen ambiente en la oficina, pensé después de observar desde la distancia los gestos de algunos y lo rápido que se retiraban otros tras los saludos de rigor. Cuando el revuelo inicial de saludos, bienvenidas y enhorabuenas por la maternidad hubo cesado, la vi caminar con paso firme por el pasillo central acompañada de Ana, su mejor amiga dentro de la oficina, con un aire de escudera. Ambas reían, felices por el reencuentro. Al pasar a mi lado Ana se dirigió a mí mientras yo me levantaba.

– Este es Rubén – Dijo con aquella voz fuerte y alta que salía desde su metro ochenta y cinco de estatura – Tenemos chico nuevo en la oficina, ya sabes.

– Encantada – Dijo Susana con voz neutra y un tono directo y rudo, en el que detecté un acento castellano, antes de darme dos besos ligeros a modo de saludo – Ya me habían hablado de ti. ¿Qué tal llevas estar por aquí?

– Encantado – Saludé a mi vez, algo intimidado – Bien, son todos muy majos.

– No te fíes mucho de las apariencias – Río ella con demasiado estruendo.

Acompañé su risa con la mía mientras ella se despedía y las vi marchar hasta su sitio, varios puestos más allá del mío.

Los días se fueron sucediendo ya con Susana integrada en el grupo y pude constatar que dentro de él sus opiniones eran respetadas y ejercía un papel de liderazgo templado que todos acogían con naturalidad. Tenía una personalidad extrovertida y directa a la que en ocasiones añadía un toque áspero con el que no querías enfrentarte, y un pasotismo envenenado de desprecio. Su carisma era acompañado de una risa estruendosa y seca que podía ser tan contagiosa como molesta, según la estudiada entonación que ella quisiera imprimirle o hacia quien fuese destinada.

Enseguida noté que se dirigía a mí con frecuencia, haciéndome participar en las conversaciones, como si me estudiase. Se interesaba por cuestiones personales de mi vida que a nadie habían preocupado y me hablaba sobre las suyas con sencillez y una sorprendente confianza. Lo que al principio fue como un examen, con el paso de los días nos llevó a tener una relación fluida en la que descubrí que congeniábamos bastante bien. Abandoné los primeros prejuicios sobre su personalidad arrolladora y pude ver en ella lo que quizá los demás ya habían percibido hacía tiempo. Una superioridad innata.

Su preocupación siempre por los que consideraba sus amigos o su grupo, dejando a un lado al resto sin hacerles de menos, pero teniendo muy claro por quien apostar en cada momento. Aquella sensación de verdad que imprimía a todas sus palabras, con las que no se andaba con rodeos y que en ocasiones podían parecer duras pero que siempre trataban de aportar más que de restar. Su humor llano y directo, no exento de picardía y a veces cierto aire soez que nunca buscaba herir. Su personalidad arrolladora, aquella bohemia actitud, escondía una celosa timidez en la que guardaba lo más importante para ella, la familia y los amigos. Su hija como mayor exponente de todo ello. Hablaba de ella con frecuencia, pero siempre dejándose algo dentro, algo que no se iba a permitir mostrar. Todo en ella parecía una fachada alrededor de un pequeño núcleo, una insondable máscara que no podías apartar hasta que ella te permitía echar un vistazo dentro, aunque solo fuese leve. En ese instante, te cautivaba para siempre.

Cuando eso ocurrió ya había tejido una telaraña sobre mí y había aceptado su condición de cabecilla en el grupo de la misma manera que lo habían hecho el resto. Me vi observándola en silencio mientras ella hablaba, divertida, mostrando una hermosa sonrisa de dientes níveos, algo hundidos, tras unos labios finos que se tensaban con frecuencia. Sus ojos pardos se movían inquietos, pasando de uno a otro con fingido desinterés mientras nos escuchaba. La melena cobriza, ondulada, que le cubría los hombros, se movía con sus ademanes nerviosos, danzando con gracia al ritmo de sus gestos cuando tomaba partido por uno u otro lado en las insustanciales conversaciones que sucedían en la mesa donde solíamos reunirnos.

Las semanas se fueron sucediendo hasta que alcancé el primer aniversario de mi entrada en la oficina. No se trataba de hacer ninguna celebración pero sí que constaté que el tiempo volaba y que apenas me había dado cuenta de como había pasado el último año. El área de trabajo se había mantenido intacta, con la apariencia cordial que sustentaba los momentos de tensión que, en circunstancias puntuales, se sucedían por cuestiones laborales. En general, el ambiente era sencillo y agradable y me alegraba de haber cambiado de trabajo.

La relación con el reducido grupo de compañeros con los que solía reunirme para comer se había estrechado y, a pesar de mi timidez, estaba cerca de poder llamarlos amigos. Éramos un grupo de siete desde que había vuelto Susana y aunque apreciaba a todos por igual, era ella quien me tenía fascinado. Buscaba sentarme a su lado en la mesa en la que nos reuníamos para comer o para almorzar. La observaba boquiabierto mientras ella reía por cualquier nimiedad y lo que al principio me habían parecido unos ademanes rudos y directos, ahora se me antojaban como delicados y sensuales.

La observaba pasear por la sala sin poder quitarle los ojos de encima, hasta que me daba cuenta de que cualquier compañero podía advertir mi seguimiento y me obligaba a dejar de mirarla, azorado. Su cuerpo atlético movido con paso firme, la espalda tensa y las piernas esbeltas, que ella paseaba entre las mesas sin ser consciente del magnetismo que emanaba de él. Con la llegada del calor primaveral la ropa gruesa y ancha con la que tapaba su cuerpo dio paso a unas camisetas de tirantes con las que pude contemplar un hombros anchos y bronceados producto de la natación, que tanto le gustaba. Sus muslos fibrosos de piel tersa y dorada asomaban bajo las faldas cortas que a veces vestía y que parecían diseñadas para asombrar a todo el que quisiera curiosear. Unos pechos puntiagudos y redondeados se asomaban ligeramente a través de su escote, dejando volar mi imaginación en numerosas ocasiones.

Sin saber cómo había sucedido, Susana me tenía embelesado sin remedio. Ella estaba casada y más de un año antes había tenido una hija. A pesar de tener buena relación y conversar a menudo, ella no mostraba ningún interés en mi más allá del amistoso. El mismo que podía mostrar por cualquier otro. Conocía todo esto y sabía que jamás sucedería algo entre nosotros, pero aún así no podía dejar de asombrarme ante aquel cuerpo esbelto y poderoso, aquel rostro atractivo de facciones angulosas y directas y aquella personalidad arrolladora.

Cierto día mientras desayunábamos, conversamos sobre un pequeño problema de rodilla que llevaba arrastrando un tiempo. El cartílago de la rodilla izquierda me daba la lata y me provocada dolores ocasionales que me impedían practicar deporte, cosa que solía hacer a menudo. Había consultado a médicos y fisioterapeutas y coincidían en que debía ganar masa muscular para evitar los dolores. Era aficionado a jugar al fútbol y también practicaba el ciclismo con asiduidad, además de correr, nadar, patinar o cualquier deporte de raqueta. Se podía decir que me apuntaba a jugar a cualquier cosa en la que hubiese una pelota de por medio. Practicaba deporte varios días a la semana y cuando la rodilla me lo impedía me frustraba enormemente. El ciclismo era muy bueno para ganar masa muscular en las piernas y había pensado en comprarme un rodillo para practicarlo en casa cuando no pudiese hacerlo en la calle. Cuando les hablé de ello a mis compañeros, enseguida surgieron varias ideas sobre donde mirar opiniones o comprarlo, pero Susana fue un paso más allá y me ofreció uno que ella tenía en casa. Lo había comprado su marido unos años atrás y ya no lo utilizaba. Llevaba un tiempo pensando en venderlo, con lo cual quizá pudiese interesarme a mí. Al día siguiente le pidió unas fotos a su pareja, que a continuación me envió a mi teléfono móvil, y tras hablar con él convenimos un buen precio, por ser yo su amigo, me dijo sonriendo. Quedaba la cuestión de como recogerlo, era inviable que lo trajese a la oficina debido a su elevado peso y a que ella siempre acudía al trabajo en transporte público. Acordamos que me acercaría a su casa y me lo llevaría un día de la siguiente semana que a los dos nos viniese bien. No le dije que cualquier día era buen momento para mí si se trataba de quedar con ella, pero ella me sonrió como si pudiese adivinarlo.

Los días que transcurrieron hasta la semana siguiente se me hicieron largos como una procesión de Semana Santa. No volvimos a hablar del tema y hasta temí que se hubiese olvidado de ello cuando a mitad de semana me lo recordó. Me dijo que podía ir al día siguiente a recoger el rodillo, después de comer, añadió con exactitud. No me preguntó sin me venía bien ni yo le discutí el día o la hora, con lo que di por confirmado que ella sabía que diría que sí a cualquier día y franja horaria que me hubiese propuesto. Sabedor también de que con una niña pequeña en casa lo más lógico era que yo me acomodara a sus horarios.

Susana tenía la jornada reducida para el cuidado de su hija, con lo que salía de la oficina una hora antes que yo todos los días y acordamos reunirnos en su casa cuando yo terminase mi jornada laboral. Se despidió de mí después de comer dándome su dirección en una céntrica zona de Madrid cercana a la glorieta de Cuatro Caminos y la vi marcharse por el pasillo de la cafetería desfilando ese escultural trasero que no parecía haber parido una niña casi dos años atrás.

La hora que transcurrió hasta que al fin salí de la oficina fue tan eterna como aterradora. Por alguna razón que no llegaba a comprender unos nervios irracionales se me habían agarrado al estómago y me lo encogían hasta el punto de causarme dolor. Me obligué a respirar hondo en un intento de calmarme mientras caminaba hasta el coche y durante todo el trayecto que duró el viaje hasta que encontré aparcamiento en una calle cercana a su casa traté de tranquilizarme diciéndome que solo iba allí para recoger el rodillo, nada más que eso. Lo cierto es que habíamos pasado poco tiempo a solas y, a pesar de que siempre se había mostrado afable y llana en el trato, Susana me intimidaba con su rictus serio y se ademanes envueltos de seguridad. Se había revelado como una persona accesible una vez que te olvidabas de aquella coraza que se imponía y que solo unos pocos elegidos conseguían traspasar, pero también como alguien capaz de acobardarme.

Al llegar a su portal había conseguido calmarme y llamé al último piso del edificio en el que vivía Susana. Una voz femenina que no reconocí me respondió metálica al otro lado del interfono y cuando respondí me abrió la puerta. Me sorprendió lo estrecho del portal para un edificio construido a principios del siglo anterior. Lo había imaginado amplio y luminoso como parecía corresponder a la hermosa fachada que lo albergaba. Ascendí en un ascensor que había dejado atrás sus mejores días hacía bastante tiempo y que tardó demasiado en cubrir los seis pisos de altura, o eso me pareció. Un descansillo angosto con una puerta en cada extremo me esperaba en el último piso. Poco después de apretar el timbre de su puerta, Susana la abrió y me invitó a pasar con una sonrisa al breve recibidor de su casa. Me saludó afable y me preguntó si había llegado bien y había tenido tenido problemas para aparcar mientras me hacía entrar al salón.

Había oído a Susana hablar sobre su piso abuhardillado y me sorprendió la luminosidad y la amplitud de aquel salón, sus techos altos y sus grandes ventanas que se asomaban a la calle por la que había entrado. Paseé la vista por la decoración de estilo moderno que adornaba la estancia. Un gran sofá de color verde pálido, enfrentado a la pared de la que colgaba una gran televisión, la dividía en dos. A la izquierda un mueble minimalista y una mesa de madera ocupaban el espacio sin hacerlo parecer repleto. Las dos grandes ventanas se abrían al fondo, justo en el lugar donde una escalera de madera oscura se perdía en el piso de arriba. Me pregunté si arriba el techo sería más bajo y antes de poder decir nada escuché un ruido proveniente de una habitación que se abría a la derecha. Me giré al tiempo de ver a una mujer de mediana edad aparecer con una niña en brazos.

Susana exclamó y se le iluminó la cara de una manera que jamás le había visto. Transformada en una madre encantadora abrazó a su hija mientras ella chillaba algo ininteligible con idéntico regocijo.

– Mira, este es Rubén. – Le dijo a su hija mientras se giraba para mostrarme a su hija. – Un compañero de trabajo de mami.

– Hola, Daniela. – Respondí engolando la voz. Ya conocía el nombre de la niña, que se escondió en el cuello de su madre nada más verme.

Susana sonrió y la hizo varias carantoñas que la hicieron reír. Los niños nunca me habían gustado demasiado y no se me daban muy bien, pero conseguí hacerle un par de cucamonas que consiguieron que dejase de mirarme con desconfianza.

– Ahí está el rodillo – Me dijo Susana haciendo un movimiento de cabeza hacia un esquina del salón – ¿Puedes acercárselo, por favor, Carmen? – Se dirigió a continuación a la mujer que permanecía en silencio a su lado.

– No te preocupes – Me adelanté evitando la escrutadora mirada de la mujer – Ya lo cojo yo.

Me dirigí hacia la esquina donde, dentro de una bolsa, descansaba el rodillo que había venido a buscar. Lo examiné durante un tiempo, más por hacerme el entendido que porque en realidad supiese lo que debía inspeccionar. Susana jugueteaba divertida con su hija cuando volví a acercarme a ellas.

– ¿Qué te parece? – Me preguntó sin mirarme.

– Tiene buena pinta, me lo llevo. – Respondí. Lo contrario me hubiese parecido descortés.

– ¿Seguro? – Me inquirió mirándome esta vez como si no me creyese – Si no te convence no hay problema. Sin compromiso alguno.

– No, de verdad. – Afirmé – Me va a venir muy bien.

Aquello pareció convencerla y le pasó a Daniela a la mujer silenciosa y con cara de pocos amigos que permanecía a su lado.

– ¿Te la llevas al parque un rato, Carmen, por favor? – Le preguntó – Enseguida bajo con vosotras.

– Claro – Respondió la mujer con un leve acento que no supe identificar – Ya lo tengo todo listo. – Después se dirigió a la niña – Vamos pequeña. Vamos de paseo.

Esta pareció entenderlo y río en brazos de aquella adusta mujer mientras desaparecían por la misma puerta por la que habían entrado.

– Ven – Me dijo Susana a continuación en un tono que no permitía replica – Que te enseño la casa.

Con cierta sorpresa la seguí hasta la entrada del recibidor, donde a la izquierda se abría una puerta que daba acceso a una cocina alargada de muebles color crema y azulejos blancos. Comenté lo práctica que parecía, con una mesa amplía pegada a una pared, y el buen gusto de la combinación de tonos con que estaba decorada, y ella sonrió de forma algo mordaz, como si se diese cuenta de lo insustancial del cumplido. De vuelta al salón me enseñó el cuarto de baño de la planta de abajo, algo pequeño y con un plato de ducha, todo recién reformado. La habitación de la que habían salido su hija y la mujer seria resultó ser un cuarto que estaba en plena transformación en cuarto de juegos para la niña. No había ni rastro de ellas cuando lo abandonamos.

– El salón ya lo has visto – Dijo mientras aparecían desde no sé donde su hija y la cuidadora.

– Nos vamos, Susana – Le anunció esta dirigiéndose a la puerta.

Susana se despidió de su hija con cariño y le pidió un beso para mí, cosa a lo que esta se negó y que yo disculpé aduciendo que era lo normal y que no había que obligarlos. Una vez que se marcharon Susana me explicó que Carmen cuidaba de su hija cuando ellos no podían y que al mismo tiempo se encargaba de algunas tareas de la casa. Era un mujer sobria y reservada a primera vista, pero tenía buena mano para los niños y era una trabajadora infatigable. Alguien de confianza.

– Vamos a la parte de arriba – Me espetó acto seguido, colocándome una mano tibia sobre el brazo para guiarme que me hizo estremecer.

Ascendimos por la robusta escalera que daba acceso a la planta de arriba y me sorprendió observar que el techo tampoco era bajo ni abuhardillado. Se lo hice saber y ella me explicó que con la última reforma de la casa lo habían nivelado, dejando las vigas originales tan solo en algunos lugares, que en efecto pude observar. En el pasillo en el que desembocaba la escalera se abrían dos habitaciones más, una destinada a Daniela y otra a un despacho, utilizado principalmente por su marido para trabajar en exceso, me explicó con un tono de amargura en la voz. Me mostró otro cuarto de baño, mucho más amplio que el anterior y de bonitos azulejos celestes salteados con tonos color ceniza. Una gran bañera ocupaba toda una pared y durante un fugaz pensamiento la imaginé allí metida, el agua tibia cayendo sobre aquel cuerpo desnudo. Abandoné aquellos pensamientos cuando ella me invitó a seguirla de vuelta hacia la escalera, colocando de nuevo su mano en mi brazo. Pensé que bajaríamos cuando me anunció que lo último por ver era su habitación, en el extremo opuesto del pasillo.

Al traspasar la puerta lo primero que nos encontramos a la izquierda era el vano que daba acceso a un enorme vestidor que, según me dijo, hacia sus delicias. Ya en la habitación, una gran cama reposaba a la izquierda, flanqueada por dos pequeñas mesillas de noche de madera de fresno y enfrente una cómoda del mismo tono.

– Esta es mi habitación. – Dijo Susana a mi espalda. – Dame un momento que me voy a cambiar para bajar al parque. No me ha dado tiempo desde que he vuelto de la ofi.

Me quedé allí plantado dudando si irme o esperar en la habitación mientras ella se perdía en el vestidor junto a la entrada.

– ¿Quieres que te espere abajo? – Le pregunté en un tono demasiado bajo y que temí no hubiese escuchado.

– No – Gritó desde donde estaba – No tardo nada, solo un minuto.

Y así fue, en apenas un par de minutos estaba de vuelta. La sorpresa fue mayúscula cuando la vi aparecer y, a tenor de su sonrisa, debió reflejarse en mi cara. Vestía una minifalda verde militar tan corta que mostraba casi toda la extensión de sus estilizadas piernas, y una ajustada camiseta blanca de tirantes que mostraba buena parte de sus senos, que, por alguna razón que no me paré a desentrañar, flotaban más altos de lo habitual. Tragué saliva intentando mantener la mirada en su cara sin conseguirlo mientras se acercaba hasta mí.

– La habitación es muy bonita – Dije por decir algo que desviara la atención de mi rubor.

– Sí ¿verdad? Estoy muy contenta de como ha quedado la casa. – Sonrió ella.

Tragué saliva y aparté la mirada desde su sonrisa pícara hacia la cama. Una mirada que ella no pasó por alto.

– La cama es muy cómoda. Cogimos una buena oferta para comprar el colchón y teníamos dudas, pero al final acertamos. – Añadió dando más información de la que me interesaba. – Puedes sentarte y probarla.

Estuve tentando de hacerlo pero me mantuve de pie sin saber muy bien qué hacer. Comenzaba a hacer demasiado calor en aquella habitación y una gota de sudor se deslizó por mi frente al mismo tiempo que notaba como ardía mi rostro. Crucé los brazos sobre el pecho y ella puso una mano sobre ellos como si intentase tranquilizarme, cosa que no consiguió, pues estaba demasiado cerca de mí.

– Entonces, te llevas el rodillo ¿no? – Me preguntó distraída, como si intentase recordarme por qué había ido a su casa.

– Sí, sí. – Aclaré con rapidez, concentrándome en un punto fijo de la habitación para no salir corriendo de allí.

– Genial – Dijo soltando mi brazo, lo que me permitió sacar la cartera del bolsillo trasero del pantalón para sacar el dinero prometido por el rodillo. – No, guarda eso. – Me cortó ella volviendo a agarrarme del brazo.

– Pero habíamos quedado en… – Empecé a objetar antes de que ella me cortase.

– Lo sé, pero no es eso lo que quiero como pago. Guarda eso – Me ordenó señalando a mi cartera con un gesto de la cabeza – No es tu dinero lo que quiero como pago– Repitió mientras su mano se agarraba a mi entrepierna.

Di un paso atrás con una mezcla de sorpresa, confusión y miedo. Su sonrisa se había estirado y sus ojos me miraban con una mezcla de diversión y curiosidad, como si ya hubiese esperado aquella reacción. Volvió a acercarse a mí y su mano volvió a posarse en el bulto que ya empezaba a crecer bajo mi abdomen.

– ¿Qué ocurre? – Preguntó – No me digas que no lo estás deseando.

– No… Sí, pero… – Balbuceé mientras daba otro paso hacia atrás, separándome de ella de nuevo. Lo deseaba, por supuesto que sí. Había fantaseado con ella tantas veces que ahora no parecía real. Y dudé. Dudé por su hija, por su marido e incluso por aquella mujer hosca que me llegaba a inspirar terror con una sola mirada. Dudé incluso por mí, por mi capacidad para estar con un mujer de semejante magnitud.

– Vamos – Dijo ella volviendo a acercarse a mí y posando su mano en el mismo lugar que antes – Sé que quieres esto. ¿Crees que no me he dado cuenta de como me miras en la oficina?

– No, yo… Bueno, quizá… sí… – Las palabras se negaba a salir de mi boca.

Di otro paso más hacia atrás y choqué contra la cómoda, haciendo tintinear algo sobre ella.

– Tranquilo – Dijo con voz suave – Me gusta que me mires de la manera en que lo haces. Sé que me deseas y cada vez que me sigues con la mirada se me humedece el coño.

Aquellas palabras soeces, la forma en que las pronunció, fueron demasiado para mí. Su voz se había vuelto sensual, su tono calculado, como si llevase pensando en aquello más tiempo que yo. Estaba atrapado entre su cuerpo y la cómoda. Un encierro voluntario al que me dejé llevar sin oponer más resistencia cuando su mano alcanzó de nuevo mi paquete, que había crecido hasta su máximo tamaño. Su sonrisa alargada se acercó hasta mi y sus labios finos buscaron los míos. Respondí a su beso con cautela, aún temeroso, pero ella se encargó de que aquello cambiase hundiendo su lengua entre mis labios y besándome con energía. La sorpresa causada por el vigor de su lengua remitió casi al instante, dando paso a un deseo ardiente que me obligó a besarla con fuerza. Ella sonrío mientras me mordía el labio con demasiada fuerza y se separó de mí para observarme divertida.

– Ves como querías hacerlo.

Por toda respuesta me lancé hacia ella, que me detuvo con un siseo de sus labios mientras levantaba uno de sus brazos. Confundido volví a retroceder y fue ella quien se lanzó de nuevo a besarme. Nuestras lenguas se unieron con furia en la mitad de nuestras bocas en un beso apasionado que me dejó sin aliento. Cuando volvió a separarse de mí, aún jadeaba, anhelante de más de eso que me había dado. No había conocido tanta fogosidad como la que ella ofrecía, incluso ahora, mientras me miraba con un brillo de deseo en los ojos.

Posó sus manos en mi pecho y las bajó sin detenerse para agarrar el final de mi camiseta. La alzó con prisa, apremiando con una mueca casi imperceptible pero que pude entender sin problema para quitármela. Cuando lo hube hecho acarició mi pecho con satisfacción. El deporte había moldeado mi torso y aquello que veía pareció gustarle, incluida la ausencia de vello. Se abalanzó sobre mi cuello y lo recorrió con los labios bajando hasta mi pecho. Se detuvo en mis pezones y apenas tuve tiempo de agradecer las nerviosas caricias de su lengua, que continuó su viaje a través de mi delineado abdomen mientras ella se arrodillaba ante mí.

Sus dedos comenzaron a desabrochar los botones de mi bragueta con soltura. Y cuando bajó mis pantalones y mis calzoncillos mi falo apareció ante ella en todo su esplendor.

– Sabía que guardabas una buena sorpresa aquí abajo – Dijo mientras se relamía.

A continuación, hundió mi polla en su garganta sin pensarlo dos veces. No me consideraba alguien excesivamente dotado, pero tampoco lo contrario. Algo por encima de la media en cuanto a longitud y bastante en cuanto a grosor. Susana no tuvo problema alguno para hacer desaparecer mi miembro por completo entre sus labios sin siquiera atragantarse, con una habilidad propia de la práctica. Suspiré complacido cuando lo vi aparecer de nuevo, reluciente de saliva, mientras ella me miraba a los ojos con una sonrisa lasciva. Jadeé cuando volvió a hacerlo desaparecer dentro de su boca, como una prestidigitadora del placer. Sin saber qué hacer con las manos las apoyé en su cabeza con cautela, temiendo importunar sus movimientos. No pareció notar aquel contacto y continuó devorando mi miembro sin detenerse. Succionando mi glande sin olvidarse de los testículos, que colgaban sin vello – agradecí haberme depilado hacía dos días – bajo mi falo. Su lengua acariciaba mi prepucio con cada una de las embestidas de su boca, con una deliciosa habilidad. Lamía mi tronco al mismo tiempo que hacía girar la lengua en una contorsión imposible para rodear la punta de mi falo. Lo devoraba lento para después aumentar el ritmo, deleitándose con él, como si se tratase de una necesidad imperiosa. Como si su vida dependiese del placer ofrecido en aquella felación. De ser así, desde luego viviría mucho más de mil años.

Cuando al fin se detuvo, mi polla palpitaba a punto de explotar. La observé, brillante, atrapada entre sus dedos, que aún la acariciaban con lentitud mientra ella se ponía en pie. Caté mi propio sabor en un beso furioso que terminó en un mordisco abrasador. Lamenté su distancia durante un instante cuando la vi caminar de espaldas, mostrándose ante mí. Con un lascivo movimiento de cadera su falda cayó a los pies y la abandonó en el suelo antes de dar otro paso hacia atrás. Su camiseta acompañó a su falda un instante después en un estriptis improvisado. Observé su estilizada cintura y una bien torneada cadera que daba otro paso hacia atrás, chocando con la cama. Me mordí el labio cuando su sujetador cayó al suelo y me ofreció unos pechos delicados, firmes y de buen tamaño, coronados con un pequeño pezón rosado, que en una de sus mamas se giraba disidente hacia un lado. Aquella deliciosa asimetría comportaba el detalle humano de un cuerpo escultural. Un cuerpo atlético, de músculos bien definidos, que nadie hubiese podido pensar que había dado a un luz hacia casi dos años.

Me deshice de los pantalones arrancando mis zapatillas como pude y me acerqué a ella con tal fuerza que a punto estuvo de hacerla caer sobre la cama. Acaricié la suavidad de sus senos mientras hundía mi cabeza en su cuello. Ella acariciaba mi cabeza, casi como si me acunara. Deslicé los labios a través del hueso de su clavícula y alcancé su pezón con demasiada rapidez. Lo chupé con fruición y lo sentí endurecerse entre mis labios. Ella rio y me atrajo hacia sí, agarrándose el pecho con una mano, como si me diese de mamar. No me permitió hacerlo durante tanto tiempo como me hubiese gustado y con un firme movimiento de su mano me obligó a enderezarme.

– Túmbate – Me dijo con un tono que no ofrecía duda señalando hacia la cama.

Obedecí sin pensarlo y me estiré sobre la cama. Sus bragas habían desaparecido cuando mis ojos se posaron sobre aquel ser felino, salvaje, que se alzaba ante mí. Un pubis rasurado ofrecía una vulva prominente con los labios entreabiertos, hambrienta. Se colocó a horcajadas sobre mí, sentándose sobre mi abdomen con un cimbreante movimiento. Sus ojos no me perdían de vista y su boca se curvaba en un gesto contenido de placer. Frotó mi miembro entre los labios húmedos de su entrepierna y emitió un gemido quedo que se clavó en mi cerebro como una señal de que aquello ya no tenía vuelta atrás. Se restregó oscilando sus caderas sobre las mías, gozando de la fricción que mi pene ejercía sobre su clítoris. Observé su busto firme apuntando hacia el cabecero de la cama y posé las manos en sus pechos apretándolos. Tenían el tamaño perfecto para mis manos y gocé de la tersura de su piel acariciándolos con delicadeza.

El gesto de mis manos pareció distraerla y se irguió lo suficiente para que mis manos se deslizaran sobre su cintura hasta alcanzar sus caderas. Aprovechó para adelantar su cuerpo y contemplé con deseo como sus poderosos muslos se acercaban a mis orejas, su pubis cada vez más cerca de mí cabeza. Aspiré el penetrante y delicioso aroma que emanaba de su sexo cuando se sentó sobre mi cara, los labios colocados de manera calculada sobre mi boca. Saqué la lengua buscando el maná que aquella abertura me ofrecía. El líquido pegajoso empapó mi barbilla mientras ella se dejaba caer. Mi nariz se hundió en los pliegues de su vulva y el embriagador aroma hizo vibrar a mi entrepierna. Entonces, Susana comenzó a moverse como si bailará sobre mí. Sus muslos me apretaban con vigor, sujetándose a mí. Su cintura cimbreante danzaba haciendo que su clítoris se frotará contra mi boca, mi lengua, mi nariz y mi barbilla. Inundando mis sentidos de su aroma. Era tal la fuerza de sus movimientos que apenas podía respirar. Me aferré a sus muslos sin saber si quería apartarla y coger aire o quería más de aquel manjar, más de aquel sabroso flujo que se esparcía sobre mi cara, que bajaba a través de mi garganta.

La escuché gemir con fuerza, desatando toda su libido a través de su jadeos. Se apoyó aún con más fuerza sobre mi cabeza y creí morir asfixiado, una muerte dulce y suculenta. Cuando aflojó la presión lo hizo de golpe, sin la adaptación necesaria para que mi sentido del gusto no anhelase aquel exquisito sabor. Se alzó ágil sobre mí, con la precisión salvaje de una antigua guerrera, y apenas me di cuenta de lo que hacía cuando, agarrando mi verga con una mano, la introdujo en su coño de golpe. Entró sin ambages en aquella cueva chorreante y se me escapó un gran gemido que me obligó a cerrar los ojos. Cuando volví a abrirlos ella cabalgaba sobre mí con una furia desmedida. Sus piernas atrapaban mi sexo casi con violencia. Sus caderas se movían con la cadencia de un yóquey a punto de ganar la carrera. Me aferré sin fuerza a sus muslos, temiendo derramarme en su interior antes de tiempo y ella pareció advertirlo. Apretó entonces los músculos de su vagina y se detuvo de súbito, igual que había comenzado. Aprisionó mi verga con tal fuerza que casi me dolía. El placer inagotable que aquello me proporcionaba remitió dejando solo breves oleadas que me hicieron estremecer y al cabo de unos segundos volvió a moverse, ahora de forma más pausada. Con una danza calculada y serena mi falo desaparecía entre sus piernas, hundiéndose en su cueva una y otra vez. Su rostro transido por el goce se desencajaba con cada uno de los latigazos de su cuerpo sobre mí. El ritmo de aquel sublime baile sufrió un progresivo aumentó que lo transformó, de nuevo, en un cabalgar furioso. La jinete transformada en una impetuosa yegua salvaje. Sus pechos botaban sin control, erguidos sobre mí cuando ella se curvó sobre mi cuerpo y el vertiginoso galope se convirtió en un roce arrebatado. Mi pene apenas salía de su escondite unos centímetros para volver a él con gozo. Aquella forma de moverse, astuta y taimada, hacía que su clítoris rozase con mi cuerpo. Los jadeos que salían de su garganta convertidos ya en gritos desgarradores de placer, se agotaron de pronto. El silencio inundó el cuarto durante un breve segundo de tiempo. Su cuerpo, tan audaz un segundo antes, se tensó como un arco. Aquellos músculos férreos se tornaron rígidos y un grito gutural abandonó su cuerpo mientras alcanzaba un potente clímax que le obligó a cerrar los ojos y a no poder cerrar la boca. Aguanté los espasmos que la hacían retorcerse de lo que parecía un placer inacabable y a punto estuve de acompañarla en el orgasmo, pero pude contenerme. Sus dedos, aferrados a mis hombros, se fueron liberando muy despacio. Volvió entonces a moverse, con más calma esta vez, atrapando los últimos coletazos de un placer que parecía provenir de otro lugar, de otro mundo. El rostro contraído, los ojos por fin abiertos, mirando sin ver, la boca entreabierta, jadeando. Noté calor derramándose sobre mí muslos y miré sorprendido como de su sexo caía en cascada un líquido abundante que empapaba la cama. Aquello me hizo estremecer sin comprender y ella, al fin repuesta, sonrió con inusitada dulzura.

Sus caderas aún se movieron unos segundos más en los que volví a aferrarme a sus muslos. Con su placer apoderándose de toda la habitación no pude sostener el mío por más tiempo. Como si lo supiese se deshizo de mi falo de la misma manera que se había apropiado de él, con un libidinoso y felino movimiento, casi por la fuerza. Se agachó sobre mi abdomen y lo hundió entre sus fauces justo en el mismo instante en que un rayo de energía me partía en dos. Me estremecí y mis músculos se tensaron con tanta violencia que a punto estuvieron de estallar. Mi semen golpeó su garganta con ímpetu pero ella no soltó su presa. Mi glande bombeaba en un acto reflejo que era incapaz de detener. Me agarré a la colcha de la cama y cerré los puños atrapándola mientras me mordía el labio. Era tal el placer que sentía que a punto estuve de desvanecerme sobre la cama. Un éxtasis tal que creí elevarme y salir de mi propio cuerpo, repleto de un hormigueo constante y lleno de gozo. Cuando al fin comenzó a remitir y no quedaba ni una sola gota que extraer de mi miembro, ella lo soltó despacio. Lo observé reluciente por su saliva, hinchado y agotado. Después, la observé a ella. Se relamía traviesa y abrió la boca para chuparse el dedo índice, que primero había pasado por la punta de mi glande recogiendo la última gota de mi esperma. Se lo había tragado todo. Ese era el pago que quería por el rodillo, entendí en su mirada divertida y lujuriosa.

Mientras mi respiración se calmaba volvió a engullir mi miembro con deseo. Lo chupó despacio, saboreando y relamiéndose después. Cuando al fin lo soltó, mi respiración comenzaba a apaciguarse y me erguí con intención de besarla. Susana me miró con una sonrisa que no supe descifrar y se puso en pie, dejándome con las ganas de un último beso mientras se perdía tras el vano del vestidor sin decir nada, con su hipnótico movimiento de caderas.

Me dejé caer sobre el colchón y suspiré con fuerza. Acaricié mi miembro decreciente queriendo agradecer el mayúsculo placer que había soportado. Fui incapaz de revivirlo. Incluso en mi cabeza se empequeñecía comparado con lo que había supuesto aquella fuerza de la naturaleza a horcajadas sobre mí. El goce que había experimentado, fuera de toda escala posible. Me desinflé exhausto, a pesar de que apenas me había movido y una calma serena me invadió de pies a cabeza. La risa acudió a mi garganta sin un motivo aparente y cuando ella regresó fue así como me encontró, riendo a carcajada limpia.

– ¿De qué te ríes? - Preguntó con asombro. Venía envuelta en una toalla blanca que apenas tapaba su busto y la mitad de sus muslos.

– De nada – Contesté ruborizado. Era cierto, no sabía de que me reía, tan solo era una perfecta sensación de plenitud lo que me había hecho soltar una carcajada.

Susana me miró con extrañeza y después sonrió de forma algo forzada. La observé caminar hacia la cómoda y ponerse unas bragas, que había sacado de uno de los cajones, sin quitarse la toalla. Se agachó para recoger mi ropa y me la lanzó encima. Junto con una toalla que había traído para mí.

– Vístete – Me dijo son voz suave y algo intranquila – Tengo que irme.

La hice caso y me vestí sin poder apartar la mirada de su cuerpo. Aún no podía creerme que había estado bajo esas caderas, entre esos fibrosos y esbeltos muslos, que había acariciado esos senos puntiagudos y desiguales, que ahora ella cubría con un sujetador negro, y besado esos labios finos, que se curvaban mientras me miraba con intriga. No podía creerme que había estado dentro de ella.

– Ha sido increíble – Farfullé llevado por una inclinación a la gratitud, por hacérselo saber.

Ella sonrió por toda respuesta. Colocó sobre la cama la falda y la camiseta que antes llevaba puesta y se puso otra camiseta más amplía, de rayas finas azules. A continuación, se perdió en el vestidor mientras yo terminaba de abrocharme los pantalones y cuando volvió cubría sus piernas con un pantalón vaquero largo.

Comprendí que había usado aquella ropa de antes solo para seducirme, para estar segura de que yo aceptaba el envite y me reí por dentro. Lo hubiese aceptado aunque llevase puesto encima un saco de patatas. Deduje que aquello formaba parte de sus deliciosas inseguridades, que nunca dejaba ver, y sonreí satisfecho y halagado.

– Vamos – Me dijo mientras salía de la habitación delante de mí.

La seguí hasta la planta de abajo, donde fuimos directos a la salida después de que rechazara su invitación para usar el aseo. El rodillo yacía en el suelo metido en la bolsa, sin que supiese como había llegado a parar allí. Pensé en Carmen, aquella mujer seria y discreta, y por un momento imaginé que ella conocía lo que Susana pretendía hacer conmigo. Por alguna razón algo vibró en mi entrepierna durante un breve instante con aquel pensamiento. Lo aparté de mi cabeza mientras cogía la bolsa y me preparaba para salir. La transacción se comercial se había completado, con un balance favorable a mis intereses, me dije.

– Sí que ha estado bien. – Dijo respondiendo a mi anterior pregunta. – Pero estoy segura de que la próxima vez será aún mejor.

No imaginaba como eso podía ser posible y abrí los ojos en un gesto instintivo. Ella rio complacida y me empujó hacía fuera mientras abría la puerta.

– Mañana nos vemos – Se despidió con suavidad, acariciando mi brazo.

– Hasta mañana

La puerta se cerró a mi espalda y aún tardé unos segundos en moverme de allí. La próxima vez, me dije emocionado. Bajé la escalera para evitar encontrarme con alguien en el ascensor y cuando salí a la calle el calor primaveral me golpeó en el rostro. El aroma de su sexo ascendió revolucionado por el viento y sonreí extasiado, tan dulce, delicado y delicioso. Las imágenes de Susana sobre mí se sucedieron con prisa en mi cabeza y una erección contenida creció bajó mi pantalón. Supe que tendría que aplacarla antes de dormir si quería conciliar el sueño esa noche. Y quizás muchas otras noches más.