Xtories
Interracialago 2023

Una aventura no planeada (1)

En la playa, dos desconocidos la coquetean con una audacia que la deja sin aliento. Lo que empieza como una charla amable en la arena se transforma en una tarde de tentaciones que la llevan a un hotel de lujo, donde la noche apenas comienza.

alexisgolden22K vistas

No es que yo lo buscara, pero pasó. ¿Por qué? Pues por todo un poco. Antes de nada, las presentaciones. Me llamo Gema, estoy más cerca de los 50 que de los 40, pero me conservo bastante bien según me dicen amigas, conocidas y… desconocidos. Más bien pequeñita, no paso del 1,55, pero con formas proporcionadas, morena y con pelo rizado, un culito apetecible y unas tetas redonditas que para mi edad creo que están más que bien. En resumen, nada del otro mundo, pero, en determinadas situaciones y compañías, alguien que puede resultar bastante atractiva y sexy.

Estoy casada (con un par de hijos ya mayores e independientes), pero mi matrimonio había entrado en una rutina quizás esperable después de más de 20 años con la misma persona. Tanto yo como él habíamos tenido alguna aventurilla inocente en todo este tiempo, pero seguíamos conviviendo y siendo relativamente felices, sin más. Y en la cama, pues más de lo mismo. Cada vez menos pasión, ya lo teníamos asumido, aunque a mí sí me iba un poco más la marcha, pero me daba pereza volver a esas aventurillas. Total, desde fuera, cualquier observador neutral podría deducir que yo estaba en una situación en la que, como se me pusiera algo a tiro y no me complicara mucho la vida, le iba a dar rienda suelta a esos instintos que ya empezaban a mostrar síntomas de cierta pereza.

Y la situación se dio aquel fin de semana de mediados de agosto. Mi marido se fue de fin de semana a visitar a sus padres, mis hijos tenían sus historias de viajes y conciertos y yo me quedé con todo el tiempo del mundo para hacer una de las cosas que más me gustaban: irme a la playa, solita, relajada y a mi aire. Hice las cosas de casa, preparé la bolsa y me fui a la playa habitual a la que voy, que me quedaba como a una media hora de distancia.

Llegando al sitio vi dos tíos con pinta de turistas que andaban mirando un plano y, según me fui acercando, noté que estaban un poco despistados. Os diré que llamaban la atención: una mezcla racial interesante entre mulatos y negros, entre los 35-40 años, buenos cuerpos, con una altura considerable (sobre el 1,80 m. les pude calcular), espaldas enormes y una cara agradable (uno estaba rapado casi al cero y el otro tenía una barba espesa, como matices que les diferenciaban) en la que destacaban los labios carnosos tan típicos en la gente del lugar del que, más adelante, me dijeron que eran, la República Dominicana. Y, efectivamente, cuando pasé a su altura, me pararon para preguntarme. “Perdone, señorita. Buen día. ¿Por dónde está la zona de fiesta y marcha aquí? Es que somos de fuera y acabamos casi de llegar”. Ya es casualidad que, entre todos los que pasaban por allí, fueran a parar a una de las pocas mujeres que iban solas, pero, entre el tono agradable en el que lo hicieron y el halago que sentí por lo de “señorita” les atendí con toda la amabilidad que pude. “Hola, buenos días. Realmente, no estáis muy lejos, pero quedan todavía unas cuantas horas para lo de la marcha”. Les di las indicaciones oportunas para llegar a la zona de copas, pubs y discotecas más precisas posibles (de hecho, la mayoría estaban cerca de donde yo vivía) y me despedí de ellos con amabilidad, pero también con ganas de darme un chapuzón y tirarme en la toalla. Mientras llegaba a la arena, también pensé para mis adentros: “Lástima, estos dos sí que eran una buena oportunidad para darme yo una fiesta…”.

Extendí la toalla, coloqué mis cosas, me quité la ropa y me quedé, como siempre hago desde hace bastantes años, en topless y así me bajé al agua a refrescarme, que ya empezaba a pegar el calor. Mi sorpresa vino cuando, al regresar a la toalla, vi que los dos dominicanos habían extendido las suyas relativamente cerca de la mía. Ahí ya les pude ver el resto del cuerpo que, en el primer contacto, ocultaba su ropa y la verdad es que no me defraudaron en absoluto: unos brazos fuertes, pectorales y abdominales bastante marcados, unos muslos poderosos,… O sea, dos tiazos. No es que sintiera vergüenza ni incomodidad, sino más bien que pensaba que eso de “la oportunidad…” que decía antes pues como que me había vuelto otra vez. “Ah, pero no sabía que ibais a bajar a la playa…” les dejé caer según me iba acercando a mi sitio. “No lo preguntó usted tampoco, señorita” me contestó el que iba rapado. “Bueno, no me tratéis de usted… Y no, no soy señorita. Estoy casada y ya tengo unos años”. “Perdone entonces,…, esto…, perdona. No sé, fue una forma de preguntar… Me llamo Wilson y éste es mi amigo Eddy. Somos de la República Dominicana y estamos aquí por un tema de un congreso de mi empresa que hay en la ciudad. Nos dedicamos al tema de la sanidad y demás. ¿Cómo te llamas?”.

Fueron bastante directos, la verdad, y pareció que querían tener a alguien de la zona con la que hacer una amistad puntual. Me dieron buena impresión y les contesté de forma que di pie a que se pudiera seguir con la conversación, sin ser cortante ni dar a entender que me estuvieran molestando, algo que, por supuesto, no estaban haciendo en absoluto.

Además, mientras ellos seguían contando cosas de su trabajo (mira, esta parte sí que me interesó más bien poco), fui consciente de que estaba de pie con las tetas al aire a apenas un metro y medio de aquellos dos mulatos. Sí, eso era la playa, pero aquellos eran dos desconocidos que empezaban a ser “conocidos”. “¿Podemos?” me preguntaron, mientras se levantaban para hacer el gesto de coger sus toallas y ponerse junto a mí. “Sí, no hay problema…” les contesté, mientras ellos ya habían iniciado el acercamiento con la suficiente habilidad como para colocarse uno a cada lado de mi toalla. Me tumbé boca arriba, pero me incorporé levemente para seguir charlando. Volví a prestar atención cuando empezamos a hablar de las costumbres de su país y las del mío, el tiempo que iban a pasar en la ciudad (se irían el lunes a mediodía), el hotel en el que se alojaban (uno de los mejores y más caros, por cierto) y muchas otras cosas. También tuvieron la habilidad de sacarme información algo más personal, de forma que, suponiéndoles avispados, pronto se hicieron una composición de lugar más o menos cercana a la realidad.

Eddy, el de la barba espesa pero bien recortada, fue el que primero lanzó la caña: “¿Puedo decirte algo? Oye, pero si te molesta, lo dejo, ¿eh?…” “No, dime, o pregunta. Ya veré yo si eso…”. El tío se lanzó y me lo soltó sin más esperas: “Oye, es que desde que te hemos visto salir del agua, casi desnuda y todo mojadita, pues como que… nos has enamorao, guapa. Estás muy bien, la verdad”. No sé si se notaría, pero me ruboricé y, lo que es peor, sentí una especie de escalofrío que hizo que, automáticamente, se me pusieran los pezones de punta. Claro, eso ya no se podía disimular y ellos se dieron cuenta. Wilson intervino rápidamente: “Oye, si te molestó, lo dejamos, no queremos incomodarte para nada”. Estaba claro que ellos estaban siendo amables y hasta caballerosos y la que tenía que decidir hasta dónde llegaba aquello era yo. “Para nada me molesta. ¿Habéis encontrado muchas mujeres que les digan que están buenas, se lo digan con buenas formas como vosotros y os manden a paseo? Porque, por aquí, ya te digo yo que a las de mi edad y en estas circunstancias, eso es un subidón de autoestima para todo el año, la verdad…”. Bueno, pues primera prueba superada. La hembra era receptiva al menos a continuar con el tonteo.

Seguimos hablando de trivialidades hasta que les dije que me iba al agua y que si querían acompañarme. Para ese momento a mí ya lo de las apariencias me daba absolutamente igual. Yo sólo quería disfrutar del tiempo y de una situación que me permitía, a mis cuarenta y tantos, bajar a bañarme en tetas y escoltada por dos pedazos de mulatos, o sea, seguro que la envidia de unas cuantas de las “señoras” que andaban por allí. En el agua empezamos más o menos tímidos, manteniendo una pequeña distancia mientras seguíamos charlando y riendo. No voy a negar que alguna mano se les escapó aprovechando que por debajo del agua no se podía ver nada desde la playa, pero yo tampoco hice especiales gestos de rechazo. Ya incluso se atrevieron con las aguadillas, o subirme sobre sus hombros para después tirarme al agua y darme un buen chapuzón. Tampoco la cosa fue a más, podía ser perfectamente la estampa de unos amigos jugando en el agua, aunque yo sabía que ellos pretendían algo más. La duda es si yo iba a llegar a ese más.

Cuando salimos del agua nos tumbamos un rato en silencio, aunque ellos siguieron hablando entre sí, más bien de las cosas de su trabajo. A la media hora o así, yo les dije que ya me tenía que ir, que mi límite en la playa eran las dos horas más o menos que había estado. “Pero… ¿No te lo estás pasando bien? ¿No quieres quedarte un poco más?”. Por supuesto que me apetecía quedarme un rato más con ellos, pero aquello había que cortarlo en algún momento y definir hacia dónde se dirigía el asunto. “Es que tengo que hacer todavía la comida y se me va haciendo tarde”. Entonces Wilson tiró el segundo anzuelo: “Por eso no hay problema. Te invitamos a comer. Has sido muy amable con nosotros y te lo debemos”. La oferta me pareció tentadora (estaba sola en casa, tendría que hacer cualquier cosa para mí, comer allí aburrida,…), pero presenté, todavía, un poco más de oposición. “Ya, gracias, de verdad, pero no puedo ir a comer a un restaurante, así como estoy. Necesitaría cambiarme, arreglarme un poco, lavarme la cabeza que, con las aguadillas, mirad como se me ha quedado el pelo,…”. El propio Wilson encontró la solución: “Vale. Vas a casa, nosotros al hotel, te arreglas y cuando tú nos digas pasamos a recogerte y te vienes a comer con nosotros. ¿Te parece?”.

Lo pensé un poco, hice un breve silencio para comprobar como crecía su incertidumbre y, finalmente, el pez picó: “Vale, me convence algo más eso. Me voy y me pasáis a recoger en este sitio sobre… “(miré el reloj, calculé lo que me iba a llevar el arreglo y les cité)… las tres. ¿Os parece bien?”. Les pasé la ubicación por mensaje al móvil (sí, ya habíamos tenido tiempo hasta para darnos los números de teléfono), recogí mis cosas, me despedí con unos besos de amigos en las mejillas y me fui para casa.

¿Qué iba pensando yo en el camino de regreso? Pues a ratos simplemente que el sábado comía con alguien que me agradaba y que yo no iba a pagar y, en otros momentos, pues que aquello igual iba a más. Ya sabéis desde el principio cuál era mi situación, así que, sinceramente, había más posibilidades de lo segundo que de lo primero, pero también había dudas: eran dos tíos, mucho más grandes y fuertes que yo, a ver si pasaba algo que yo no quisiera,… ¿Y si me veía algún conocido? Esa era mi ciudad, pequeña, provinciana, nos conocíamos todos, o eso solíamos decir.

Con estos pensamientos la vuelta a casa se me hizo cortísima. Me duché, me lavé la cabeza y me arreglé lo mejor que pude. Un tanguita blanco, nada de sujetador, una camiseta ajustada con los brazos y hombros descubiertos para remarcar mi moreno y que me permitía resaltar bien mi figura y esas tetas redonditas que tanto gustaban, y una faldita de vuelo que llegaba un poco por encima de las rodillas. Nada espectacular en cuanto a la ropa, pero que creo que me rejuvenecía la figura y me daba una apariencia unos cuantos años menor. Tobilleras de las que hacen tintineo en cuanto se mueven un poco las piernas y una discreta cadena con un colgante precioso que me regaló mi marido hace años.

A las tres menos cuarto mandé un mensaje a Wilson de que yo ya estaba lista. Me contestó que ellos estaban en el coche esperando para salir hacia el lugar que les había indicado. Bajé, algo nerviosa también he de decir, y al poco aparecieron en un Cabify para recogerme. Me senté detrás con Wilson y nos fuimos hacia el restaurante que ellos habían elegido por recomendación del gerente del hotel. Quedaba cerca del hotel y yo ya empecé a tener claro que los dominicanos tenían más interés por el “postre” que por la comida en sí. Me dijeron unos cuantos piropos, insistieron en que les parecía poco menos que una diosa y que era muy agradable estar conmigo. De la comida tampoco hay mucho que contar, no fue abundante porque, al menos en mi caso, no quise y bebimos lo suficiente para soltarnos un poco más en nuestras conversaciones. El ocio, donde se tomaban copas por allí, la fiesta, mujeres y hombres,…, o sea, todo indicaba que la charla se encaminaba hacia “eso”. Y otra vez Wilson fue el más claro y directo: “Oye, ¿tú te vendrías al hotel a tomar una copa con nosotros después de la comida? Si es que no, no pasa nada. Te llevamos a casa y no se habla más,…, pero sí que nos apetecería seguir un rato más con esto…”. Mi respuesta, llegado ya ese punto y relativamente pensada desde la mañana no pudo ser más contundente: “A ver, hemos intimado ya, creo, lo suficiente para que tengáis más o menos clara la respuesta, ¿no?”. “¿Eso es un sí, parece?” intervino Eddy con cara de no llegar a creérselo. “Acertaste, chico listo”, le respondí.

Pagaron la cuenta (no pedimos postre, claro) y nos fuimos andando, yo cogida de la mano de Wilson, hacia el hotel, que no estaba muy lejos. En el bar del hotel pedimos una copa (yo me limité a un chupito de whisky, ya iba un poco “alegre” con las tres copas de vino de la comida) que no tardamos en acabar y a eso de las cinco según ví en el reloj del hall del hotel nos subimos para la habitación. La de Wilson (él parecía llevar el mando y luego ya me confirmaron que ocupaban puestos diferentes en la empresa) era una suite en la última planta con vistas a nuestro precioso mar.

Cuando llegamos ya pude apreciar que el problema de estos tíos no era, desde luego, el dinero. Pedazo de habitación, con terraza, una especie de salita a la entrada y una cama king-size pensada como para que durmieran en ella tres o cuatro personas. Algún espejo suelto por las paredes o en el armario empotrado completaban la decoración de esta habitación de lujo. Salí un poco a la terraza, mientras ellos se servían otra copa de lo que tenían en el bien surtido minibar, pero pronto me acompañaron a disfrutar de las vistas. Wilson ya se soltó del todo, me cogió por la cintura y comentamos las preciosas vistas que se contemplaban desde esa terraza. Yo no hice nada por retirar su abrazo y él entendió que había campo libre, así que una de sus manos se fue deslizando levemente hasta introducirse por debajo de mi faldita. “¿Qué te crees que haces?” le dije con voz suave y sin dejar de mirar el paisaje. Él se cortó entonces y retiró rápidamente la mano, pero yo volví a la carga, esta vez abriendo ya todas las posibilidades: “¿Y ahora? Yo sólo te pregunté, no te dije que pararas…”. (Continuará)