Xtories

Diario de una azafata (I)

Lidia siempre había sido reservada, hasta que una noche en Italia la tentación no solo llamó a su puerta, sino que la arrastró fuera de su zona de confort. Con el corazón latiendo a mil por hora, descubrirá que el placer puede ser tan aterrador como maravilloso.

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Me llamo Lidia, tengo 26 años. Soy de Madrid, aunque por mi trabajo, vivo en el norte de Italia. Mi trabajo ha marcado definitivamente mi vida. Mi infancia y juventud transcurrieron sin pena ni gloria, en el seno de una familia humilde y trabajadora. Durante la semana acudía al instituto y, los fines de semana, salía con mis amigas: íbamos al cine, paseábamos por el parque y nos sentábamos en algún banco para tomar un helado o un refresco y hablar de chicos. En muy contadas ocasiones salía a tomar alcohol y bailar y discotecas y pubs.

En las conversaciones con las chicas de mi edad ellas contaban como se enrollaban con algunos chicos, presumían de con cuántos de ellos se habían acostado, a cuántos les habían mamado la polla o de cuántos se habían dejado comer el coño. A mi ese tipo de conversaciones me ruborizaba, no iban conmigo y me sentía fuera de lugar, por lo que siempre trataba de escabullirme cuando surgía el tema del sexo.

Mi mejor amiga por aquel entonces era Sara. Tampoco tenía demasiada experiencia, pero desde luego sí alguna más que yo, durante un verano estuvo saliendo con un chico, y con él sí probó el sexo en diversas variantes.

Ella fue quién me animó a explorar mi cuerpo y a aprender a sentir placer, pues hasta entonces, y acababa de cumplir los 18 años, ni siquiera me había atrevido a explorar mi cuerpo, a palpar mis senos, estimular mis pezones o masturbarme el coño y el clítoris.

Algunos os preguntaréis cómo soy físicamente, o cómo lo era en aquella época. Bien, no puedo decir de mi que sea la chica más guapa y con mejor cuerpo que podáis imaginar, pero sinceramente, no estoy nada mal. Mido 1,63, peso 54 kgs, mi pelo es de tono castaño, uso una talla 95B de sujetador, tengo las piernas bastante estilizadas y un culito redondito y respingón que llama la atención. Pero lo que más llama la atención de mi cuerpo son mis ojos. Tengo unos ojos grandes, expresivos, alegres y de un tono gris verdoso que cautivan a quien miro.

Pero sigamos con mi historia. Cuando terminé bachillerato decidí no seguir estudiando. No era una estudiante brillante, y no soportaba la idea de pasar otros 4 ó 5 años en una universidad, haciendo algo que no me gustaba y pendiente de exámenes, trabajos y notas.

Comencé a buscar trabajo, pero no era nada fácil para una chica tan joven como yo que, realmente, no sabía hacer nada. Finalmente encontré trabajo en una panadería en mi barrio. Me hicieron un contrato a tiempo parcial, de lunes a sábado, de 9 de la mañana a 14:00 de la tarde. El sueldo era pequeño, pero tenía las tardes y casi todo el fin de semana libre.

Un domingo en que había quedado con Sara y su novio para ir al cine (realmente ella quedó para dejarse sobar por él), me comentó que en su facultad (ella sí comenzó a estudiar en la universidad el Grado de Derecho), habían puesto un anuncio de una academia que preparaba para la obtención del título de TCP (Tripulante de Cabina de Pasajeros, o sea, azafata de vuelo).

Según la publicidad, tenía un buen mercado laboral, con sueldos interesantes y, lo que más me llamó la atención, desde luego aseguraba que viajarías mucho, claro.

Lo estuve meditando durante unos días y, finalmente, decidí apuntarme a la academia, el horario en la panadería me permitía hacer el curso por la tarde y, cinco meses después, obtuve el título de TCP.

Inmediatamente comencé a buscar trabajo, hice varias entrevistas y, por fin, una de las compañías, de la que voy a omitir su nombre, me dijo que me seleccionaba, aunque debía aún pasar un curso de formación, con una duración de casi 2 meses, en una de sus bases, en Alemania. Era la primera vez en mi vida que iba a pasar tanto tiempo fuera de mi casa y lejos de mis padres, con 19 años recién cumplidos.

Durante la duración del curso nos alojaron en un hotel, junto al lugar en el que se impartían las clases teóricas. Para la realización de las prácticas nos llevaban en autobús. En el hotel las habitaciones eran dobles, a mi te tocó con una chica italiana, llamada Patricia.

Patricia era una chica como cualquier chica joven, le gustaba divertirse, reír, bailar, cantar y…, sobre todo le gustaba follar. Tenía 21 años, una larga caballera rubia rizada, ojos azules y un cuerpazo que levantaba pasiones allá por dónde pasaba.

Teníamos clase de lunes a sábado, nos dejaban libre la tarde los jueves, la de los sábados y el domingo al completo, pero durante la semana siempre teníamos múltiples exámenes, por lo que yo, siempre muy responsable, apenas salía del hotel.

Patricia no paraba, y no comprendía como yo no hacía cómo ella. Debo aclarar antes de continuar, que todas nuestras conversaciones, tanto durante el curso como fuera de él, y ahora trabajando, son en inglés, idioma que dominamos casi como si fuéramos nativas.

Una tarde sábado en la que Patricia se estaba preparando para una de sus habituales salidas por al ciudad surgió entre nosotras la siguiente conversación:

- Lidia, ¿tampoco hoy vas a salir?

- No, Patricia. Voy a estudiar un rato para preparar la materia para el examen que nos anunció Nicola ayer que haremos el lunes. No quiero cagarla a estas alturas –le respondí, aunque es cierto que un poco menos convencida de lo que traté de aparentar.

- Querida, ¿tú no sales nunca? Si no lo haces ahora, ¿cuándo piensas hacerlo, cuándo no te mire nadie?

- Patri, no creo que por esperar un poco más se me pase el arroz, como decimos en España.

- No sé qué es eso del arroz, pero dejarás escapar oportunidades buenísimas de estar con chicos guapos y tan buenos como nuestros compañeros. Piensa que, cuando termines el curso, cada uno de nosotros irá a una base distinta, seguramente que no volvamos a vernos nunca más. Yo lo tengo muy claro, a mi Alexandros me pone muy cachonda, y me lo tengo que tirar antes de que nos marchemos. Tengo que saber que se siente con su polla dentro.

El razonamiento de Patricia hizo que me ruborizara, pero también hizo que algo en mi hiciera click. ¿Y si tenía razón? ¿Y si estaba sometiéndome a un sacrificio innecesario? Pero, por otro lado, mi ropa no era la más adecuada para salir de marcha. Apenas tenía nada mono que ponerme en casa, mucho menos allí, dónde sólo me había llevado algunos pantalones vaqueros, en distintos tonos, camisetas, sudaderas y poco más.

- No tengo nada que ponerme, Patri – le confesé, esta vez sí, muerta de vergüenza.

- Eso quiere decir que vas a venir, ¿verdad?

- No sé, quizá sí –respondí un poco dubitativa.

- Ven, voy a enseñarte lo que tengo, elige lo que quieras, seguro que te sienta bien, somos de tallas similares.

Patricia desplegó sobre mi cama todo su arsenal, como ella decía, de armas para conquistar a un chico: minifaldas, minivestidos, pantalones superajustados, incluso varios tipos de zapatos y sandalias de tacón, a cual más bonito.

Acabé decantándome por un vestido corto, me llegaba hasta una cuarta larga por encima de las rodillas, con escote en forma de V y casi toda la espalda al aire. Era de color plateado brillante. Patricia me dijo que iba a parecer una estrella deslumbrante en mitad de la noche.

Cuando me probé el vestido, Patricia dijo algo de lo que yo no me había dado cuenta:

- Cariño, con ese vestido no puedes llevar ese sujetador, se ven los tirantes por detrás.

- Joder, es verdad, no había caído en eso, como no estoy acostumbrada a enseñar tanto…

- Mujer, si apenas enseñas nada. Mira, pruébatelo sin sujetador.

- ¡¿Sin sujetador?! –pregunté escandalizada.

- Sí, Lidia, sin sujetador. Hazme caso, pruébatelo y verás lo bien que te ves.

La hice caso, me quité el sujetador y volvía mirarme. El efecto fue brutal. Me veía realmente atractiva con aquel vestidito, sin sujetador, sí, insinuando, sí, pero sin llegar a enseñar nada.

Me perfumé, me puse mis zapatos más adecuados para salir, unos negros con un poco de tacón, y salimos hacia el hall del hotel. Allí estaban esperando más chicos y chicas del curso. Ellas me miraron con cara de sorpresa, ellos con cara de deseo.

- Vas a triunfar, Lidia –me dijo risueña Patricia.

- Con tomar algo y relajarme un poco, me vale –respondí yo.

Nos acercamos andando hasta la zona centro de la ciudad, dónde se encontraban la mayoría de locales. Chicos que hasta ese día apenas habían cruzado palabra conmigo, no se despegaban de mi lado y me hablaban con cualquier excusa. Y yo, lejos de sentirme mal, agobiada o a disgusto, me sentía feliz, alegre y encantada de esa nueva situación.

Cenamos algo de picoteo en un pequeño restaurante, y desde allí fuimos a un disco-pub, a tomar algo y bailar.

Me daba miedo tomar mucho alcohol, por mi falta de costumbre. Estaba bien aquello de salir a divertirme un día, reír y bailar, pero no quería traspasar ciertos límites autoimpuestos.

No obstante, me tomé un combinado de ron y coca-cola. Estaba muy bueno, la verdad, y me animó a bailar aún más y dejar que Francesco, el chico que más gracia me hacía, se arrimara tanto a mi que pude sentir en más de una ocasión como su sexo rozaba mi vientre.

Una vez que fui al baño, vino Patricia detrás de mi:

- Lo estás pasando genial –me dijo.

- Sí, la verdad es que sí.

- A Francesco lo tienes en el bote. Si quieres, te lo haces.

- ¿Cómo que me lo hago? –le pregunté, aunque sabía bien a qué se refería.

- Que te lo follas, chica, que te lo follas.

- No quiero follar con nadie, sólo quiero divertirme –le dije.

- ¿Y es que follar no es divertido? Es lo más divertido –respondió Patricia.

- No sé, no es eso lo que quiero hacer,…, creo –dije titubeando.

- Tú eres virgen –afirmó Patricia

Mi falta de respuesta le confirmó su sospecha. Pensé que se reiría de mi, pero todo lo contrario. Me dio un abrazo y me dijo que, si quería hacerlo, lo hiciera con Francesco, que era todo un caballero y muy cuidadoso, aunque sería mejor que le advirtiera de mi virginidad antes de penetrarme.

Realmente no sabía qué hacer. Me encontraba muy a gusto con el chico, y mentiría si dijese que no descubrí, al orinar, que mis braguitas estaban humedecidas como consecuencia de algunos flujos que escapaban de mi coño pero, por otro lado, sentía un poco de miedo y de vergüenza.

Acabé tomándome otro cubata, y creo que el alcohol, y el buen ambiente que se respiraba entre nosotros, acabó de animarme. Si Francesco me quería tener, me tendría.

Francesco era un chico algo mayor que nosotras, tenía 27 años. Era alto, medía 1,85, delgado, fibroso, de pelo negro algo revuelto y con unos preciosos negros. Su espalda era ancha y sus brazos, según pude comprobar cuándo se los toqué mientras bailábamos, eran fuertes, atléticos. No habría chica que se le resistiera.

Tras varios bailes, risas, charla y roces, Francesco se lanzó a darme un beso. No me lo esperaba, pero tampoco me opuse, dejé que su lengua entrase en mi boca, que mordiera mis labios con los suyos y que su lengua envolviese y acariciase la mía. Toda mi piel reaccionó ante aquel beso, me puso realmente cachonda, como nunca antes había estado. Mi entrepierna también lo noto.

Tras ese primer beso, vinieron muchos más, entre las miradas atónitas de nuestros compañeros, pues hasta ese momento me había comportado como una monja.

En uno de aquellos besos Francesco, además de acariciar mi espalda y mi cabeza, bajó una de sus manos por mi espalda hasta llegar al culo, rodearlo con suavidad, palmearlo con firmeza y deslizar esa misma mano bajo mi corto vestido, acercándose peligrosamente a mi sexo, que ya estaba ardiendo y chorreando.

Todo aquello me provocó un gemido involuntario e incontrolable. Sentía que me gustaba, que me gustaba muchísimo, y quería más, mucho más, lo quería todo.

También mi mano buscó en su cuerpo, bajando por su pecho, por su vientre y… llegando hasta su sexo, el cual pensé que debía de dolerle horrores, pues estaba enorme y durísimo, bajo su fino pantalón de lino.

Mi excitación era máxima, no sabía qué tenía que hacer o qué decir, pero si sentir sus manos en mi cuerpo, su boca en la mía, y mi mano sobre su polla a través del pantalón, me tenía así, lo de follar sería como ir al cielo varias veces seguidas.

- Estás muy buena, Lidia –me dijo al oído Francesco

- No lo sé, nunca nadie me lo había dicho –respondí yo.

- Es que nunca te había visto… así –me dijo echando un vistazo a mi modelito

- ¿Te gusto?

- Me vuelves loco

- Tú a mi también

- Vamos a un sitio más discreto, necesito meterte la polla

- Francesco… soy virgen

- Es una broma ¿verdad?

- No, no lo es, so virgen. Entiendo que no quieras seguir conmigo estas noche.

Su respuesta fue volver a devorarme la boca, aún con más pasión que antes. Sus manos recorrieron mi cuerpo, acariciando mis pechos, en los cuales, mis pezones hacía rato que los tenía clavados en el fino tejido del vestido. Su otra mano iba y venía de mi culo a mi muslo, subiendo por debajo del vestido rozando mis braguitas, hasta que…. Uffff, una de las veces rozó los labios de mi coño y creí morir de placer, sintiendo como un ardor inmenso sacudía mi sexo de dentro a fuera.

Sin decir nada más, tiró de mi y salimos de aquel local, supongo que ante la mirada incrédula de todos nuestros compañeros. Sólo vi la cara de Patricia, que me guiñó un ojo en tono de complicidad.

Volvimos caminando hasta el hotel, estábamos a apenas 5 minutos caminando, aunque como fuimos parándonos cada 2 pasos, tardamos más de lo normal. Subimos directamente a su habitación.

Me condujo, cogida de la mano, hasta la cama y volvió a besarme, aunque esta vez, además de acariciar mi cuerpo, comenzó a desnudarse y desnudarme. Pronto quedaron sobre el suelo su camisa, su pantalón y mi vestido. Mis senos firmes y redondeados, apuntaron desafiantes a su cara, y él respondió lamiendo, besando, succionando y mordiendo mis pezones, haciéndome perder el control de mis gemidos.

Mis manos chocaron con su polla, todavía tapada por el bóxer, pero aún más dura y caliente que antes. Tiré del bóxer hacia abajo y su polla saltó. Era enorme, o eso me pareció entonces, durísima y estaba muy caliente. Moví mi mano sobre ella como había oído que hacían mis amigas.

Gimió y suspiró de placer, y con su mano enseñó a la mía a seguir el ritmo que más le gustaba. Era morboso y muy placentero hacerlo, ver sus ojos y su expresión de placer, oírle de gemir, sentirle suspirar…

Sin llegar a pensarlo mucho le pregunté:

- ¿Quieres que te la chupe?

Evidentemente, su respuesta fue afirmativa, eso sí, me pidió que tuviera cuidado con los dientes, y que primero pasara mi lengua por encima de ella. Así lo hice, me arrodillé ante él y saqué mi lengua para comenzar a lamer su larga y gruesa polla de punta a punta, desde el glande hasta la base de sus huevos, sintiendo como palpitaba bajo mi caricia, llenándome con el sabor agrio de su verga. Era la primera verga que lamía, y también me gustaba.

A continuación, abrí la boca y la fui metiendo dentro, él me sujetó por la cabeza, con suavidad, con cariño y delicadeza, ayudándome a tragar todo aquel sable. No me cabía entera, era muy larga, o yo muy torpe, y tuve un par de arcadas. Una vez repuesta de ese pequeño susto, comencé a mover mi boca sobre ella, succionándola poco a poco, aprisionándola con mis labios y lamiéndola con mi lengua, y sintiendo como, a la vez que él disfrutaba y gemía de placer, mi coño estaba más y más mojado.

Poco después hizo que parase y me echo sobre la cama:

- Quiero follarte, Lidia, quiero estar dentro de ti.

- Fóllame Francesco, hazlo ya.

Arrancó mis bragas, blancas de algodón, no tenía otra cosa, completamente mojadas, empapadas como una bayeta y antes de bombearme con su polla, fue su lengua la que se abrió paso entre mis labios vaginales, lamiendo mis jugos, succionándome el clítoris con sus labios, follándome con la lengua.

Gemí como una loca, creí morir de gusto, mis piernas se tensaron, todo mi cuerpo se tensó, pensé que perdería el control, agarrándome a su cabeza con tanta fuerza y ejerciendo tal presión contra mi propio cuerpo, que le costó respirar, aún así continúo lamiendo y follando mi coño con su lengua unos instantes más, hasta que mi cuerpo estalló en un maravilloso orgasmo, en e que sentí un placer y un estado de bienestar que, hasta entonces, no conocía.

Pensé que ahí habría acabado todo, pero Francesco se echó a mi lado, y volvió a besarme, volvió a acariciar mi cuerpo y lamer y morder mis pezones, hasta que en mis ojos volvieron a dibujarse el deseo y el ansia por su polla, por sentirle dentro de mi.

Se colocó sobre mi, dirigiendo su polla hasta la entrada de mi coño, rozándolo suavemente, moviendo su glande por mis labios y mi clítoris, haciéndome estremecer de nuevo de gusto.

A continuación, ayudándose de su mano, y mientras me besaba suavemente, comenzó a penetrarme con su verga, muy despacio, apenas un milímetro en cada pequeño empujón, haciéndome sentir como su polla abría mi coño y se introducía en mi cuerpo.

Así, despacio y con suavidad, llegó hasta el himen. Tuve miedo de que me hiciera daño, pero Francesco paró y acarició mis pechos, beso mi boca y mi cuello antes de volver a bombear dentro de mi. A continuación volvió a empujar, un poquito más fuerte y más intensamente, hasta que logró romperme el himen y abrirse camino libremente en mi cuerpo. Grité al notar como me desvirgaba, en una mezcla de dolor y placer aunque, muy ponto, el placer se impuso, agarrándome con fuerza a su pétreo culo, atrayéndolo hacia a mi, en prueba clara de lo que quería que hiciera.

Francesco pasó a bombear con más fuerza, con más intensidad. Sentía como llenaba mi cuerpo, como su verga llegaba hasta lo más profundo de mi vagina, mezclándose con mis jugos y con la ligera hemorragia que la ruptura del himen había provocado. Su ritmo se incrementó, el de mis gemidos también, y los suyos también hicieron lo mismo.

Poco después sentí de nuevo como mi cuerpo se tensaba, como la piel pareciera que me doliera de la cantidad de placer que sentía, mis piernas se cerraron por encima de su cintura, y mis manos tiraron de él con más fuerza. No creía que nadie pudiera sentir más placer que yo estaba sintiendo en ese momento, mientras mi cuerpo estalló en nuevo orgasmo, más profundo e intenso que el anterior, gemí como una loca, me agarré a él como si estuviera poseída, quería reír, rollar, gritar,…., Francesco incrementó aún más el ritmo, sin duda también iba a correrse, y lo iba a hacer dentro de mi.

En mitad de mi locura de placer y sensaciones maravillosas, oí un berrido casi animal, gutural, enloquecido, a la vez que un chorro caliente y viscoso chocó contra el interior de mi vagina, mezclándose con mis jugos y mi sangre. Francesco se había corrido, había llenado mi cuerpo con su leche, con su semilla. Nuestros sexos ardían, y nuestros cuerpos flotaban de placer.

Tras varios movimientos más, quedamos echados el uno al lado del otro. Francesco, pasado un rato, trajo del baño unas toallitas de papel, nos limpiamos, nos besamos… y volvimos a follar.

Desde aquella noche, muchas cosas cambiaron en mi vida.

CONTINUARÁ.