Casada en el probador de una tienda
El probador se convierte en una trampa de deseo cuando la discreción se rompe. Con el esposo ebrio y dormido al lado, Rocío descubre que la tentación de Manuel es más fuerte que su lealtad, y que su cuerpo ya no pide permiso, solo acción.
Me llamo Rocío. Conocí al que hoy es mi marido hace diez años, por aquel entonces yo tenía 25 y el 45, mi experiencia con los hombres era totalmente nula en aquel momento, ni siquiera había besado a un chico, y claro está, aún me mantenía virgen. Siguiendo la tradición familiar, era de aquella clase de chicas que querían llegar virgen al matrimonio.
Nos casamos un año después. Sin embargo, paso el tiempo y comprobamos que no me quedaba embarazada, pese a que practicábamos el sexo con cierta normalidad. Mi marido no era un semental, pero se comportaba bien en la cama, aunque un poco tradicional. Al ver que pasaba el tiempo y no quedaba encinta, decidimos de muto propio hacer los reconocimientos médicos oportunos, indicándome el ginecólogo que no tenía ningún problema para concebir y que era plenamente fértil. Tanto insistí ante mi marido que al final decidió someterse también él a las pruebas de fertilidad. Realizado el correspondiente espermiograma, los análisis detectaron que mi esposo tenía problemas de fertilidad, especialmente en el conteo y vigorosidad de sus espermatozoides. Pese a todo, en ningún momento descartaron que pudiera no quedarme embarazada del mismo, pero que teníamos que tener paciencia. Pese a todo, el ginecólogo me reconoció en privado que las posibilidades eran más bien escasas. Obviamente esto no se lo conté a mi marido para no entristecerlo más.
Mi gran ilusión por ser madre se estaba viendo truncada, y sin poder remediarlo tuve varias depresiones por tal motivo. Por otro lado, entre mis amigas, era la única que había estado con un solo hombre. Aquellas tenían una vida sexual mejor, especialmente más variada, ya que me contaban cosas de sus maridos, hacían comparaciones respecto a las formas de hacer el amor, tamaño de los penes, vigorosidad de los hombre con los que habían compartido cama…, etc.. Ellas me decían que era muy tradicional y que no debía contentarme con probar a un solo hombre.
No obstante, no podía reprochar a mi esposo. Realmente era una buena persona, muy cariñoso conmigo, sumamente trabajador, amable, aunque poco ardiente en el plano sexual, pero económicamente estábamos muy bien situados. Mi esposo disponía de un trabajo que le gustaba, con un buen sueldo, mientras que yo ocupaba un puesto de responsabilidad en una empresa con un sueldo similar al suyo.
Todo marchaba perfectamente, salvo los hijos. Cada vez que me reunía con mis amigas, estas me levantaban la libido sexual, y eso motivaba que comenzaba a soñar con pensamientos obscenos, como tener relaciones con otros hombres distintos de mi esposo. Solo eran fantasías mías, que sabía que nunca se convertirían en realidad. En el fondo soñaba con estar en los brazos de otro hombre joven, sentir como otro varón me tocaba y metía su pene en mi vagina con gran fuerza. Tanto me excitaban que en varias ocasiones me vi obligada a masturbarme.
Pero, solo eran fantasías, y en el pensamiento de que, con ello no era infiel a mi esposo.
Volviendo a lo que quería contaros, teníamos unos amigos, Clara y Manuel con los que compartíamos muchas veladas, ambos eran muy agradables, socialmente muy iguales a nosotros. La amistad de Manuel con mi marido era de mucho tiempo, por cuanto estuvieron trabajando en una misma empresa. Sin embargo, Manuel es algo mayor que mi esposo, ya que aquel tenía por aquel tiempo 61 años, mientras que mi esposo ha cumplido los cincuenta recientemente. Sin embargo, debo reconocer que, pese a la diferencia de edad, Manuel se conservaba muy bien. Bastante bien diría yo. No solo su aspecto físico no aparenta la edad que decía tener, sino que mantenía una forma física envidiable. Tenía conocimiento de que realizaba ejercicio físico con frecuencia, y siempre estaba activo. En los bailes, cuando salíamos con su mujer, comprobaba que nunca se cansaba, siempre estaba bailando, siendo la mujer la que terminaba rendida.
Un día, hace ya de eso dos años, estando sola en casa, apareció Manuel. Verifique que llego destrozado y nervioso, no sabía que pasaba, nunca lo había visto así, le hice pasar, él se sentó en el sofá y me dijo: - el médico ha diagnostico que Clara sufre un problema grave, padece Alzheimer.
- No puede ser. ¿Estás seguro de ello?,
No daba crédito a lo que me decía. Era verdad que en las últimas fechas había visto a la mujer de Manuel bastante ida, y se le olvidaban las cosas, pero nunca pensé que fuera tan grave.
A partir de ese momento el proceso fue cada vez más irreversible, hasta que Clara quedó encamada, siendo atenida noche y día por Manuel. En algunas ocasiones lo visitábamos, e incluso me llegue a quedar al cuidado de Clara durante algunos momentos para que Manuel pudiera salir o descansar. Hasta que ocurrió el definitivo desenlace, falleciendo al poco tiempo su esposa.
Manuel entró en una grave depresión. Para animarlo, comenzamos a invitarlo a casa, y a salir juntos. Era como de la familia, ya que varias veces en la semana pasaba por casa, comía con nosotros, etc.
Cierto día, les comenté almorzando que tenía que ir de compras en la tarde, pero me daba pereza, porque tenía que ir sola. Roberto mi esposo rechaza totalmente ir de tiendas. Me sorprendió al ver que mi esposo le preguntó a Manuel: Oye Manuel. ¿Tú no tienes que ir a Centro Comercial para comprar en Worten el aparato que me indicaste? Roció conoce bastante de ello. Ella puede ayudarte a decidir el aparato adecuado.
Inicialmente me sorprendí, pero mi esposo me convenció señalando que eso le venía bien a Manuel y que aceptara, que no había nada de malo en ello. La verdad es que no era algo muy normal, acudir con otro hombre, que no fuera mi marido de compras. Especialmente cuando sabía que mi intención era entrar en una tienda a comprar ropa femenina.
Así fue como fuimos en el mismo coche de Manuel al centro. Primero nos dirigimos a Worten para adquirir el aparato que éste necesitaba comprar, logrando conseguir el adecuado en poco tiempo. Tras dejar el aparato en el coche, nos pusimos a dar vueltas mirando escaparates.
-Oye Manuel, si te molesta, puedes esperar en una cafetería mientras yo entró en esta tienda. Tengo que ver una ropa y..
-No te preocupes. Así me distraigo.
Algo nerviosa, entramos una tienda. Él se sentó a la salida de los probadores, mientras yo entraba y salía con los modelitos que había escogido. Me acostumbre a solicitarle su opinión e íbamos separando lo que me gustaba y lo que no. Al poco tiempo halle un precioso vestido de tubo, sin tiras y abrochado por la espalda. Entre en el probador con la idea de probármelo, pero me di cuenta que no había manera de que pudiera abrocharlo yo sola. Opté por salir e intentar pedir ayuda a la dependienta, pero aquellas estaban atendiendo a otros clientes. Manuel se dio cuenta y se ofreció a ayudarme:
-Yo mismo te puedo ayudar. Las dependientas tienen tanto trabajo que tardarán en ayudarte.
-no sé. ¡La verdad Manuel me da corte que entres conmigo en el probador! Ya sabe…¿qué dirán las otras personas sin nos ven?.
-¿acaso no me tienes confianza?. Nadie sabe si somos pareja ¿no crees? ¡Venga no seas tachada a la antigua!
-Ya, pero.
Recordé que la cremallera llegaba hasta más abajo del culo, dejando al descubierto toda mi braguita blanca. Además, era de este tipo de prenda casi transparente, por lo que corría el riesgo de que Manuel pudiera verme todo mi culo. No podía dejar que fuera el que entrara. Sin embargo, comencé a desesperarme al ver que las dependientas seguían ocupadas. Ante la insistencia de Manuel, al final cedí y el entró en el probador tras de mí.
Le di la espalda, muerta de vergüenza, diciéndole “puedes intentar subirme la cremallera de este vestido”, mientras aguantaba el vestido por encima de los pechos con las dos manos para que no el mismo no se cayese. Mientras, Manuel me subía la cremallera. Me quedé electrizada al escuchar que me dice: Por cierto, Rocío llevas unas braguitas preciosas.
-Oh. Manuel…No creo que hayas entrado para tratar de verme los interiores que llevo puestos. Le conteste sumamente nerviosa ante aquel comentario, que no me parecía correcto hacia una mujer casada.
-Relájate Roció solo decía que me pareces muy bonita.
Cuando la cremallera llego arriba, me gire, dándome la vuelta para enseñárselo. El vestido me quedaba divino, pero estaba pensado para llevar sin sujetador, y claro, en ese momento yo lo llevaba.
Manuel se percató de dicha circunstancia e insistió que me lo sacara para probar como me quedaba sin dicha prenda.
-¡pero Manuel!. ¿Es que me da corte estando tu aquí? Le indique sumamente nerviosa.
-venga no seas boba. No miraré.
Por otro lado, la maniobra no solo era complicada, sin que era necesario que él me ayudara con la cremallera nuevamente. De otra forma no había forma de sacarme el sujetador. Y, evidentemente, con dicha prenda puesta no sabría nunca si me quedaba bien el traje. Al final, algo agitada, opté por hacerlo, mientras le dije:
-vale, pero tendrás que ayudarme. Bájame un palmo la cremallera ¿puedes hacerlo?
El hombre así lo hizo, y después el mismo procedió a desabrocharme el sujetador sin pedirme siquiera permiso. De hecho, sentí sus manos en mi espalda y me estremecí. Sentía un escalofrío al sentir la mano desnuda y gruesa de aquel hombre.
No obstante, no dije nada, retiré mi sujetador, quedándome sin dicha prenda. Estaba muy nerviosa, y en el fondo comenzaba a sentirme excitada. Y, no era para menos. Me encontraba dentro del probador de una tienda, con un hombre que no era mi esposo, con mi parte superior semidesnuda.
Me volvió a subir la cremallera, comprobando que el vestido me quedaba como un guante, parecía una segunda piel. Pero, note que se marcaba claramente el contorno de mis braguitas. Me quede agitada al comprobar que Manuel también se dio cuenta de ello. Escuche sus palabras: -¿creo que también está pensado para llevar tanga, "o nada"?, dijo.
Al escuchar sus palabras me volvía estremecer. Note como mi concha comenzó a humedecerse sin remedio. Le miré a través del espejo y le contesté: -Pues, la verdad, hoy no llevo tanga.
Mi excitación aumento, cuando ante mis palabras Manuel me sugiere:
Rocío, pues lo mejor sería que, ¡igualmente te quites las braguitas!
-queeee ¿No pretenderás que me quite las bragas delante de ti? –le dije en plan recriminador y sumamente nerviosa ante los derroteros que estaba tomando la situación.
Él me sonrió, notando cierto morbo en sus ojos. Me contesto: -¿no veo otra forma de comprobar cómo te queda?.
Aquella situación me asustaba, pero en el fondo me excitaba. En ese momento vino a mi mente aquellas múltiples escenas que dibuje en mis fantasías masturbatorias. La situación en que me hallaba era de la más morbosa. Me quede dudando, pensando en si debía acceder o no. Realmente era una temeridad.
Al final, el morbo pudo más que mi sentido de la fidelidad, y pasé las manos por debajo del vestido, y con unos movimientos, logré retirarme las braguitas. Todo esto, mientras Manuel no sacaba los ojos de mí. Observé su cara a través del espejo. Levante primero una pierna, para sacármelas, y después la otra, y luego las deje encima del asiento. Sentí una excitación ante la circunstancia de que Manuel pudiera comprobar que se hallaban mojadas por la calentura que sentía. Me fijé, y comprobé claramente que existía una mancha de humedad en la zona del contacto con mi raja. Eso me aceleró.
Mire en el espejo, comprobando que estaba únicamente con el vestido puesto, sin lencería alguna bajo el mismo. Para romper el hielo le dije: -¿Qué te parece? ¿Crees que me queda bien?
- ¡Perfecto Rocío! “Está claro que debes de ponerte el vestido sin nada debajo”. Es lo mejor.
Le miré a la cara, totalmente sonrojada y luego sonreí. ¡Ya! Pero ir por ahí sin nada debajo… no se. ¡Seguro que mi marido se escandalizaría! Pero me lo voy a quedar.
Luego, le pedí a Manuel que me ayudara a desabrocharlo, ya que sola no podía. El hombre comenzó a bajar la cremallera. Cuando llego con la cremallera a la altura de mi culo, recordé que no llevaba nada debajo. Fue entonces cuando me percaté de que Manuel estaba teniendo una visión clara de mi trasero sin nada debajo.
Aquella situación me puso tan nerviosa, y alterada, que hice un movimiento, girándome inconscientemente y, de forma bastante rápida hacia él, con la intención de evitar que continuara viendo mi trasero. Sin embargo, lo hice de tal forma, que sin saber cómo, el vestido se escapó de mis manos, bajándose de golpe, y cayendo al suelo.
¡Oh Dios mío!
De golpe y porrazo, ¡quede de cara a Manuel, con mi cuerpo totalmente desnudo ante su vista! Fue todo sumamente rápido, y tan imprevisto, que me dejó como paralizada. No supe cómo reaccionar.
Manuel por su parte se quedó sorprendido, constatando su cara de excitación, mientras miraba embobado, observando mi cuerpo completamente desnudo. Percibí la mirada del hombre hacia mis pechos, para luego descender hasta centrar la misma en mi entrepierna. Evidentemente tuvo una visión clara de mi pubis y de los labios externos de mi coñito, ya que los tengo bastante abultados.
Cuando logre reponerme, rápidamente me coloque el vestido hasta su altura, no pudiendo impedir que el hombre continuara viéndome desnuda. Luego le pedí que saliera, roja de vergüenza. ¡Manuel me había visto completamente desnuda! ¡Era el segundo hombre en mi vida que me veía totalmente en pelotas!
-Manuel por favor ¡no cuentas nada de esto a mi marido! Qué vergüenza. Le dije una vez fuera.
-No te preocupes. Fue todo imprevisto. Un simple accidente. Pero, debo reconocer que ¡eres muy hermosa Rocío! Mucho más de lo que pensaba. Me comento sin pudor alguno.
-Por favor Manuel no me digas esas cosas. Soy la mujer de tu amigo.
-Ya lo sé. Pero eso no impide que reconozca cuando una mujer está de tan buen ver como lo estas tú.
Me puse tan nerviosa, que decidí regresar a casa.
A llegar a casa, estaba mi marido leyendo un libro, y cuando pretendía contarle lo ocurrido, Roberto me preguntó por otros menesteres, por lo que deje para otra ocasión el contárselo.
Otra noche, que salimos a cenar los tres juntos, Manuel vio que me había puesto el vestido en cuestión. Cuando Manuel se dio cuenta, no dijo nada.
Sin embargo, momento después a espaldas de mi esposo me susurró: ¿Estoy equivocado, o es cierto que no llevas nada debajo?
No le conteste, pero el enrojecimiento de la faz de mi rostro evidenció ante el hombre que estaba en lo cierto. Noté entonces la cara de excitación de Manuel.
Al salir del restaurante, de improvisto, una ráfaga de viento, hizo que mi vestido se elevara por detrás, mostrando a Manuel mi trasero complemente desnudo. El amigo de mi esposo quedó nuevamente alucinado, no percatándose de ello mi marido.
La realidad es que el vestido era algo corto, por lo que ante cualquier descuido dejaría mi chochito a la vista de todos. Evidentemente ello dio pie a mis fantasías masturbatorias. En el fondo, me estaba excitando con aquel hombre. Sabía que llevaba tiempo sin mujer, y debía estar bastante cerrero. Por su parte, yo andaba igualmente caliente, y la vestimenta que llevaba aumentaba mi excitación.
Durante la cena, noté las miradas lujuriosas de Manuel, aunque intenté no prestarle mucha atención.
Otro día le comenté a mi esposo que tenía que ir nuevamente de compras, aunque esta vez fui sola. Al llegar a casa, comprobé que Manuel charlaba con mi esposo. Roberto me preguntó por lo que había comprado. Aunque nerviosa, le contesté que me había comprado dos modelitos bastante sugestivos, sonriéndole.
Ellos habían preparado unos aperitivos, y descorchado unas copas de vino por lo que me uní a la fiesta. Mientras fueron pasando las horas, la bebida fluyó con rapidez, y comenzamos a sentirnos bastante acalorados, especialmente mi marido que había tomado más de la cuenta, especialmente mezclando el vino con algunos licores.
En ese momento, Manuel me preguntó de forma capciosa, cómo había ido mi compra. Le mire algo agitada. Fue entonces cuando mi esposo, pasado ya de bebida, hostigado por Manuel, me propuso que les mostrará los modelitos que había comprado.
No me lo podía creer. Por supuesto me negué rotundamente. ¿No pretenderás que me pasee entre ustedes en bragas y sujetador?
Manuel sabía cómo incitar a mi esposo, logrando vencer la voluntad de mi esposo, viendo como poco después el propio Roberto me exigia que le mostrará los modelitos que había comprado. Me quede sumamente excitada. ¡Mi propio esposo pretendía que me exhibiera en paños menores ante su amigo! Sabía que era el efecto de la bebida y espoleado por la insistencia de Manuel. En cualquier otra circunstancia mi esposo jamás hubiera permitido que su esposa posara para otros de esa manera.
Miré hacia mi esposo, dándome cuenta, que estaba bastante ebrio. Roberto no era consciente de sus acciones. No debía aceptar, tenía que ser consciente y negarme. Sin embargo, mi excitación y el efecto de la bebida igualmente ingerida, me llevó a querer mostrarme en lencería ante el amigo de mi esposo. Ese día me sentía sumamente caliente, mucho más de lo normal. Mi mente solo pensaba en el morbo de excitar y ver la cara que pondría Manuel cuando me mostrara en ropa interior ante él.
Me dirigí a la habitación, y me coloqué el primero de los conjuntos que había adquirido. Me miré al espejo, y comprobé que me quedaban divinos, pero salir con aquellas dos prendas únicamente era toda una tentación. Mi nerviosismo aumentó. Evidentemente, dudé y no me atreví a salir. Sin embargo, las llamadas de Manuel respaldadas por la voz entrecortada de mi esposo, me llevaron a vencer mi miedo y presentarme en la Sala ante ellos.
Cuando llegué a la sala, observé la cara de Manuel que no pudo reprimir expresar abiertamente: Joder…¡qué buena que estas Rocío!.
Nerviosa, me mostré con aquel modelito, dando unos pases, espoleada por las galanterías que me propinaba Manuel, mientras alternaba tomando alguna copa de licor para animarme. Me di cuenta que Roberto apenas se enteraba. Estaba casi cayéndose. El licor con el vino, sabía que era un cóctel perfecto, y que hizo un efecto fulminante en mi esposo. Estaba totalmente ido. ¡Joder mi esposo estaba ebrio, y yo casi desnuda ante Manuel!
Decidí dar por acabada la exhibición. Sin embargo, Manuel volvió a insistirme, para que me probara el otro modelito, ya que sabía que me había comprado dos. Me sonrojé. El otro, era un modelito demasiado atrevido para mostrarme ante Manuel.
Pero Manuel insistió nuevamente, mirando hacia mi esposo, que prácticamente había quedado Ko sobre el sofá. Estaba claro que mi esposo no se estaba percatando de nada de lo que ocurría.
Sin saber el motivo, marché a mi habitación, saqué el conjunto que llevaba y me puse el otro modelito de ropa interior. ¡Este era sumamente sexy! Estaba provisto de una mini tanga, que por detrás no era más que un hilo blanco que se metía entre las nalgas, y por delante, un triangulito de ropa transparente, que dejaba ver perfectamente todos los vellos de mi coño. Además, era tan sencilla aquella prenda, y tan delgada, que se metía dentro de mis labios vaginales, y dejaba que estos asomaran completamente por los lados. Era una locura presentarme ante Manuel en aquella lid, pensé.
La parte de arriba no era más decente. La tela era de la misma textura, y transparentaba completamente el pecho, se me veían los pezones. Vamos que, era como si no llevara nada encima. No sabía qué hacer, si salir o no. Escuche a la voz de Manuel. Nerviosa me dije: “joder, así no puedo exhibirme ante Manuel. Parezco toda una puta”.
Pero en el fondo me encontraba sumamente excitada. Me di cuenta que estaba super mojada. La tanga, ya estaba más que húmeda solo de pensarlo. Aquella situación se me estaba yendo de las manos, pero mi agitación y acaloramiento estaban a flor de piel. Recordé que mi marido estaba tan ebrio que seguro no recordaría nada de lo ocurrido. ¡En el fondo, deseaba volver a exhibirme casi desnuda ante Manuel! Momentos antes me había percatado del enorme bulto que se había formado en sus pantalones, mientras me paseaba con el anterior modelito. Ese pensamiento fue suficiente para decidirme.
Asomé tímidamente por la puerta, percatándome que mi marido estaba recostado, dormido y sin darse cuenta de nada. ¡Estaba completamente ebrio! Decidí acercarme. Manuel al verme, quedo como bloqueado. Note como quedó observando mis pechos, mi vello púbico y los labios de mi coño, que asomaban por los lados. Agitada me lancé, de forma atrevida, y me di la vuelta ante él. Le mostré mi trasero, casi desnudo, ya que la tira quedaba escondida en él, y parecía que no llevaba nada debajo. No me importaba nada. Estaba salida como una autentica perra.
-bravo. Que pedazo de hembra… bravo…
Veía que mi marido, ni siquiera se percataba que su mujer estaba casi desnuda ante su amigo. Era evidente que mi pase lo era únicamente para Manuel. Excitada, le hice un baile sensual, incluso agaché varias veces, e hice un juego de piernas, donde las abría y cerraba delante de Manuel. Notaba como la excitación del hombre iba en aumento.
¡Me encontraba caliente como una moto! Mucho más sabiendo que Manuel estaba prácticamente, viendo mi coño, ya que la prenda apenas lo cubría. Miraba la cara de mi esposo totalmente dormido. Esa circunstancia me llevó a ser más osada, y decidí continuar avanzando con aquel juego.
Manuel, parecía mantener el tipo. Además, tampoco era de mucha bebida. De reojo comprobé el bulto del pantalón de éste, percatándome de que tenía una erección de campeonato. Aquello me excito aún más. El hombre no hacia nada por ocultar su empalmadura, y el tremendo bulto parecía querer romper el pantalón.
Hice un gesto de insinuar sacarme el sujetador, colocándome de espaldas. El hombre me animo. Espoleada por sus palabras, lo desabroché, y aguantándolo con la mano, me giré. Pensé que, si mi marido se percataba de ello, siempre podía parar. La voz de Manuel "vamos preciosa enséñanos las tetas". El morbo y deseos de que Manuel contemplara una vez más mis pechos, me llevó a dejar caer lentamente la prenda para que pudiera deleitarse con mis pechos. Sabía que mis pezones estaban duros como pitones.
Bravo… bravo, joder que pechos….
Comencé a bailar delante de Manuel, comprobando como mis desnudos pechos se agitaban al aire con mis movimientos. Mis pezones estaban erectos como dos puntas, y sabía que eso estaba poniendo a tope al amigo de mi esposo. Fui más osada, y pasé mis pechos desnudos cerca de mi marido, que ni se enteró. Luego repetí la maniobra a escasos centímetros de los ojos de Manuel.
No contenta con aquella situación, continué con mis insinuaciones. No debía haber llegado más lejos. Pero, en el fondo, ansiaba terminar por sacarme la tanga y quedar desnuda ante Manuel. ¡Estaba que no podía más! La propia tanga chorreaba.
Viendo que mi marido seguida dormido, con un morbo total, procedí a bajar lentamente dicha prenda, colocándome primero de espaldas a Manuel. Al poco tiempo “me quedé completamente desnuda”.
Sabía que estaba pisando terreno pantanoso. Mi marido estaba completamente ebrio, dormido, y yo exhibiéndome desnuda ante aquel hombre. En ese momento observó que Manuel miró hacia mi esposo, comprobando que estaba completamente dormido por la tremenda borrachera. Excitado veo que se hecha mano al bulto de su pantalón tocándose el pene sobre dicha prenda. ¡Era evidente que aquel hombre igualmente lanzado!
No obstante, al ver que mi marido cayó a un lado del sillón, me incorporé y me dirigí hacia donde estaba, algo preocupada, colocándome las manos delante de mí vagina, tratando de evitar la mirada de Manuel.
-Oh Manuel, Roberto está muy ebrio.
-tranquila solo duerme la borrachera. Luego lo llevamos al dormitorio y lo acostamos. No le pasa nada. Para luego decirme: Anda Rocío continua con el numerito. ¡No me dejes ahora así!
Le mire a la cara. ¿Qué pretendía Manuel? Viendo cómo se tocaba su mandarria, me percaté de lo que quería. Observé a mi esposo, allí durmiendo la borrachera. En el fondo tenía ganas de un buen polvo. Era una locura, pero, sin pensarlo me acerque hasta donde se encontraba sentado Manuel. Me puse delante del mismo, abierta de piernas exhibiéndole toda mi vagina. Ya no me importaba nada.
Luego, me subí al sillón, colocando mis piernas en los reposamanos del mismo, abierta de piernas, quedando mi coño a la altura de la cabeza de Manuel. Este, pudo contemplar con total nitidez mi vagina, mis labios abiertos y algo abultados. No tuve que decirle nada, al instante su lengua comenzó a lamer mi panocha, primero suavemente, para luego concentrarse, dándome unas barridas de arriba abajo que me pusieron a mil. Jamás mi esposo me lo había comido.
Pronto Manuel utilizó sus dedos, y su boca, alcanzando mi clítoris. Estaba a punto de explotar.
Me balanceaba con mi cuerpo pasando toda mi raja de arriba abajo por la cara de Manuel, al tiempo que me retorcía de gusto. Necesitaba correrme, y en aquella posición me costaba
Por ello tomé una decisión, “me iba a follar a Manuel”. Necesita sentir su polla en mi coño. Era una infidelidad, mi primera infidelidad, pero lo necesitaba.
Me baje del sillón. Le retiré el cinturón del pantalón, bajando la cremallera, y tirando de sus pantalones, los lance al piso. Observé el enorme bulto que formaba su bóxer. En ese momento me percaté que aquel hombre calzaba una buena herramienta. Más excitada por ello, tiré fuertemente del bóxer y se lo terminé de bajar. Me eché la mano a la boca para no gritar ante la cercanía de mi esposo. Mis ojos contemplaron su hermoso falo, bastante largo, duro, cubierto de rugosas venas, y más grueso que el de mi esposo. Me percaté que era mucho mayor que el de Roberto. Mi coño se terminó de mojar.
Tomé aquel falo en mi mano, le di un par de sacudidas, viendo como pronto descapulló. Me sorprendió la dureza de aquel pene, a pesar de la edad que tenía Manuel. Unas cuantas pasadas de mis manos por la superficie de aquel pedazo de carne, me decidieron. Sabía que no estaba protegida, y ese día me encontraba bastante caliente. Hacerlo sin protección era una temeridad. Pero, necesitaba sentir aquella tranca, ver como invadía mi cueva.
Excitada, y con un tremendo morbo, me atreví a pasar la mano por los testículos del hombre. Mi excitación incrementó al máximo. Manuel tenía unos testículos bastante grandes, como dos pelotas de tenis, que denotaba que contenían una buena carga de semen en ellos.
Sin decirle nada, miré hacia mi marido comprobando que seguía dormido, y me subí sobre los muslos del hombre. Tomé el falo y lo acerqué a mi vagina. Observé el tremendo glande, y despacio fui descendiendo poco a poco, viendo como mi vagina se fue abriendo para permitir el paso de aquel falo. Al instante noté la diferencia de tamaño de aquella verga. Las paredes de mi vagina se abrieron al máximo mientras aquella barrena se fue incrustando dentro de mi coño. Me apoyé en los hombros de Manuel, y me dejé caer. Con cierto dolor, terminé clavándome la totalmente aquel maravilloso pene. Me sentía llena, como nunca me había sentido. Aquel falo me llenaba.
La tremenda calentura que tenía, me hizo retorcerme moviéndome con aquel pedazo de carne dentro, realizando movimientos giratorios, como si pretendiera estrangular el pene del hombre. Y tras, ello, comencé comenzar a cabalgarlo a gran ritmo. Manuel me dejaba hacer, contemplando mis pechos y mi cuerpo desnudo. Mi calentura era tal que pronto alcancé el primer orgasmo entre espasmos, y gemidos que traté de reprimir ante la cercanía de mi esposo. Lo necesitaba. Me vine como nunca jamás lo había hecho. La abundancia de jugos de mi corrida, dejó la tranca del hombre bien embadurnada y mis fluidos bajaron hasta mojar todos sus testículos.
Tras recuperarme, comprobé que el pene de Manuel seguía intacto y con extrema dureza dentro de mi vagina. En esa misma posición, sin sacarme el pene del coño, me giré y me puse de espaldas a Manuel. Había escuchado a una de mis amigas contar como había follado ene esta postura, y añoraba poder practicarla. La ocasión era la propicia. Recosté mi espalda sobre su pecho, y él entonces tomó mis pechos por primera vez en sus manos, manoseándolos, apretándolos y masajeándolos con delicadeza. Pronto comencé a saltar, clavándome y desclavándome nuevamente su verga, retorciéndome en ocasiones. Estaba sorprendida por la dureza de aquel falo. Manuel mantuvo la erección en todo momento como si estuviera pletórico de vitalidad. Tanto que aquello facilitó que volviera a correrme de nuevo en aquella difícil posición.
Al acabar, ambos sudábamos ante la intensidad de aquel polvo. Estaba recostada de espaldas aquel hombre, con toda su verga en mi coño, y me sentía muy bien. No queríamos hablar por miedo a que mi esposo pudiera percatarse de algo. Fue entonces, cuando me incorporé, y volví a observar que Manuel continuaba con su barrena a pleno rendimiento. ¡Estaba claro que debía hacer correr aquel hombre como fuera! No justo dejarlo de aquella forma.
Como si leyera mi pensamiento, él mismo se incorporó en ese momento, me hizo colocar mirando hacia mi esposo, y desde atrás, posicionándome en cuatro, me ensartó su enorme verga totalmente. Esta vez me pareció más grande. Las embestidas de Manuel eran cada vez más intensas y profundas. Su enorme sable alcanzó varias veces mi cerviz. Me tenía totalmente atravesada. Me tomó por las caderas y comenzó a penetrarme casi ferozmente, viendo como lograba sacar de mi un tercer orgasmo. No me lo podía creer. Jamás había pasado del primer orgasmo con mi esposo.
Mientras me corría, me di cuenta que Manuel no disminuyó la intensidad de su penetración, sintiendo como pronto se hinchaba su pene dentro de mi vagina. En ese momento, aún sin terminar mi orgasmo, me di cuenta que Manuel se iba a correr. ¡Joder se iba a correr dentro! “Estaba muy caliente y no estaba protegida”.
Cuando se lo intenté advertir con la mano, sentí la primera lechada dentro de mi vagina, y luego otra, y muchas más. Aquel hombre no solo no se detuvo, sino que continuó lanzando con fuerza su espeso semen dentro de mi caliente vagina. Me sorprendió la gran cantidad de semen que depositó dentro de mi cueva. Nada que ver con las corridas de mi esposo. A Roberto apenas lo sentía, pero la eyaculación de Manuel me llenaba. Sentía la potencia de su lechada, y como era lanzada con fuerza dentro de mi vagina, mientras me tomaba fuerte por la cintura y arremetía con fuerza contra mí.
Ya no me importó nada. Dejé sé que viniera totalmente dentro de mí, abriéndome por completo, y hasta lo disfruté. Cuando sacó su falo, sentí un vació. Aquel sable me había llenado y abierto como nunca. Observé su verga, que aún mantenía la erección, goteando semen por la punta.
Me dirigí a mi dormitorio donde me lave, y me coloque una bata para salir y poder tomar entre los dos a mi esposo y llevarlo hasta el dormitorio.
Una vez lo dejamos dentro, salimos fuera. Fue entonces cuando le dije: Oh Manuel, ¿creo que nos hemos pasado? He sido infiel a mi esposo por primera vez. Y “encima te has corrido dentro”. No estoy protegida.
Manuel me miró y me dijo: Pero ¡lo has disfrutado! He visto que te has corrido con bastantes ganas.
Le miré a la cara y le contesté: Ya lo se. Pero no deja de ser una infidelidad.
Cuando se marchó, quedé pensando en todo lo ocurrido, consciente de que Manuel posiblemente no se contentaría con haberme tenido aquella noche.
Me fui al dormitorio, y me dejé dormir al lado de mi esposo.
continuara...
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