Fantasías vecinales (5)
La mudanza se acerca y el tiempo se agota. En la penumbra del garaje, Verónica sabe que esta será su última oportunidad para probar la virilidad de su vecino antes de desaparecer de su vida. No hay tiempo para miramientos, solo para el placer prohibido.
Verónica 2
Las últimas semanas habían sido muy intensas para Verónica, con acontecimientos inesperados que habían dado nuevas emociones a su vida y que, finalmente, habían desembocado en un gran cambio que se haría efectivo en un par de días.
Todo había empezado unos meses atrás, poco después de mudarse al ático de alquiler en el que vivía actualmente con Javier, su marido, por haberse vencido el contrato del anterior piso. Al encontrarse en un nuevo vecindario, con mucho tiempo libre por sus turnos de trabajo de media jornada y los maratonianos turnos de su esposo, la empleada de una conocida cadena de supermercados había comenzado a curiosear en páginas de contenido para adultos, ya que su siempre elevada libido no podía ser satisfecha por un marido con el que coincidía poco en casa, y ella pasaba mucho tiempo sola, con la única compañía de una conexión a internet.
Encontró una página en la que gente de toda índole se exhibía ante los usuarios realizando todo tipo de prácticas sexuales, fundamentalmente masturbaciones y juegos eróticos, siendo lo explícito del contenido función de las aportaciones económicas de quienes estuvieran viendo la retransmisión en directo.
Animada por ver que cualquiera podría tener su rincón en esa página ganando un dinerillo, y por su gusto de provocar y sentirse deseada, Verónica no tardó en crear su propia cuenta contactando con los administradores de la página, con quienes firmó un acuerdo para subir contenido que le reportaría un beneficio económico acorde a la cantidad de material, su calidad, y los clientes que consiguiera fidelizar a la página.
En sus ratos libres, la treintañera comenzó a hacer directos que, gracias a su atractivo e innato talento seductor, tuvieron bastante éxito, por lo que consiguió ganar un dinero extra haciendo lo que más le gustaba, beneficiando a su vez a los administradores de la página web por poner la plataforma y los medios. Sin embargo, aunque el negocio comenzaba a despegar tras un mes con él, y siempre oculto a ojos de Javier, tuvo un inesperado freno impuesto por las circunstancias; ya que comenzó a entablar una verdadera amistad con Sara, la vecina de abajo, quien pasó a ocupar una buena parte de sus ratos libres, restándole tiempo a sus eróticas retransmisiones de onanismo aplaudido por internautas.
Aunque nunca dejó del todo el negocio, puesto que el dinero le venía bien, sí lo dejó bastante de lado, ya que su nueva amiga, cada vez más íntima, no solo le ofreció su amistad, sino que le abrió los ojos a un nuevo mundo de deliciosas experiencias con las que Verónica solo había tonteado en su adolescencia. Y así, la joven estudiante se convirtió en su «follamiga», cubriendo la mayor parte de sus deseos insatisfechos, y dejando prácticamente sin musa a sus seguidores del ciberespacio.
Sin embargo, los acontecimientos inesperados continuaron sucediéndose, llevándola a una espiral en la que, para cumplir una fantasía de su «follamiga», se había tirado al madurito buenorro de la comunidad de vecinos, disfrutándolo como una loca. Y no solo a él, sino también a su perfecta esposa pija, a quien una noche, tan solo dos semanas atrás, la treintañera instruyó en las mismas artes que ella había aprendido jugando con Sara.
La madeja se había enredado de forma inverosímil, todo dentro de la misma comunidad de vecinos, y más, sabiendo que Sara estaba encoñada con el madurito y que, aunque Verónica no le había contado nada de lo de su esposa, «La pija», la estudiante también mostraba debilidad por ella. Todo parecía indicar que la situación podría liarse aún más, puesto que la ejecutiva le había demostrado a la empleada del súper que era mucho menos estirada y más accesible de lo que cualquiera habría imaginado. Cuantas más personas implicadas activamente, más insostenible sería la aventura, y podría estallarles en la cara con consecuencias totalmente imprevisibles.
Pero el azar había decidido intervenir para desenredar la madeja con un tijeretazo, pues hacía unos pocos días, Javier había vuelto a casa del trabajo con una oferta de la empresa. Le habían ofrecido un nuevo puesto, con mayor sueldo y sin turnos de noche, pero en otra ciudad. Era una oferta demasiado tentadora como para rechazarla, una oportunidad de progresión, aunque supondría que Verónica tendría que dejar su trabajo actual para buscar uno en el nuevo destino.
Tras hablarlo y pensarlo bien, Verónica había accedido, aunque se negó a pedir trabajo en otro súper de la cadena, o en cualquier otro. Ella también quería progresar, y guardaba un as en la manga, así que acabó confesando a su marido el secreto negocio que tenía prácticamente aparcado. Él, inicialmente, se negó a que su mujer se exhibiera en internet, aunque no podía negar que le producía cierto orgullo que su morena les pusiera la polla dura a otros tíos, mientras no los tocara. Por lo que, tras darle unas cuantas vueltas, la idea le resultó incluso excitante, y cuando Verónica le explicó que, si dedicaba el tiempo suficiente, los ingresos serían infinitamente mayores a los que tenían mientras ella trabajaba en el súper, las reticencias del futuro coordinador de seguridad en el nuevo destino quedaron deshilachadas.
Finalmente, la importante decisión fue acordada, así que, en pocos días, se mudarían a la nueva ciudad, donde una agencia ya les tenía buscados varios pisos para alquilar, y donde se reinventarían para comenzar a vivir una nueva vida llena de oportunidades. Por fin, el azar les sonreía. Hasta ese momento, el destino había sido cruel con la pareja, obligándoles a casarse siendo demasiado jóvenes como consecuencia de un embarazo no planeado, y había jugado con ellos en un irónico malabarismo para que, al final, perdieran al bebé, arrebatándoles la posibilidad de tener hijos en un futuro en el que estuvieran más preparados.
Verónica dejó de trabajar en el súper tomándose sus últimos días de vacaciones, y aprovechó el último viernes antes de la mudanza para salir de cena con sus ya excompañeras más íntimas y despedirse de ellas. Tras la cena, llena de risas y alguna lágrima de emoción, fueron a un bar de copas, donde prolongaron la despedida y el ensalzamiento de la amistad con algunos tragos de más, finalizando la noche cuando su amiga Raquel demostró su poco aguante con el alcohol, por lo que Verónica la acompañó a casa, ya que vivía a tan solo un par de calles de la suya.
Después de dejar a su amiga, la treintañera, con la euforia etílica aún corriendo por sus venas, llegó a las dos de la noche a la que sería su última residencia en la ciudad, y cuando entraba en el recinto de la comunidad, vio que tras ella entraba un coche en el garaje, identificándolo inmediatamente como el Toyota CH-R de Alejandro.
«Qué tarde llega éste hoy a casa —pensó—. Y solo. ¿Habrá salido él también de fiesta? No sabe que nos vamos, y no creo que tenga otra ocasión para despedirme de él…»
En vez de dirigirse al portal, decidió darse la vuelta y entrar al garaje por la puerta de peatones, encontrándose que su vecino ya había aparcado el coche en su plaza y apagaba el motor. Resuelta, balanceando las caderas por efecto de los taconazos que se había calzado, se acercó al vehículo plantándose ante él, mientras el cuarentañero salía y se sorprendía de encontrarla ahí.
— Buenas noches, vecino —le saludó, observando lo bien que le quedaba el entallado polo azul claro que llevaba y los ajustados pantalones vaqueros. «Umm… ¡qué paquete y culo va marcando!»
— Uy, Vero, ¿qué haces aquí a éstas horas? —Él también la hizo un escáner visual que la recorrió comenzando en los oscuros ojos; descendiendo por los labios coloreados de granate; deteniéndose un instante en el protuberante busto marcado por el ceñido top del mismo color que sus labios; siguiendo por la sinuosa cintura, las anchas caderas envueltas en la prieta minifalda negra a medio muslo, y terminando en las firmes piernas estilizadas por los zapatos de vertiginoso tacón y plataforma que elevaban sustancialmente su estatura—. ¿Has salido con las amigas?
— Sí, de cena con las compis del curro. —La mujer se recreó mirándole el paquete sin ningún disimulo mientras salía del pasillito formado por su coche y el de la plaza contigua, llegando ante ella.
— ¡Qué casualidad!, yo también he estado de cena con un par de compañeros, celebrando que hemos conseguido entregar un proyecto antes de plazo. —Alejandro hizo amago de rodearla para dirigirse juntos hacia la salida del garaje, pero ella se mantuvo firme cerrándole el paso.
— ¡Qué bueno!, ¡enhorabuena! —La habitual falta de inhibición de Verónica se vio ensalzada por el alcohol ingerido, y su mano se posó rápidamente sobre uno de los fuertes pectorales del ingeniero, a la vez que daba un paso hacia él y le daba un beso en la yugular, la altura a la que alcanzaba gracias al vertiginoso calzado. «Ummm, ¡qué bien huele a hombre!»
— Gracias… —contestó él visiblemente turbado—. Vero, deberíamos irnos a casa… A Marta no le hace ninguna gracia que nos encontremos a solas, y tú y yo sabemos que tiene más razones de las que sabe…
La treintañera deslizó la mano por el duro torso, acariciándolo y sintiendo sus formas bajo la entallada tela del polo, hasta llegar a la cintura, donde la apartó comprobando visualmente que el tamaño del paquete había aumentado. «Umm, ¡cómo me pone éste tío! Tengo que despedirme de él de la mejor manera…»
— Pues nosotras hemos estado de cena para despedirme de ellas —informó, obviando totalmente lo último que había dicho él.
— Ah, ¿sí?, ¿es que dejas el trabajo? —preguntó, mordiendo el anzuelo que le hizo olvidar lo qué el mismo había dicho.
— Sí, y la ciudad… Nos vamos a vivir a Valencia. Al Javi le han dado un puesto mejor, con más pasta y sin noches. Así que nos vamos y yo curraré en otra cosa… Y ya que estamos, me gustaría despedirme de ti. —La mano volvió a actuar, pero esta vez fue directamente al gran abultamiento de la entrepierna masculina, acariciándolo para maravillarse con su tamaño y dureza.
— Joder, Vero, ¿qué haces con la manita? —Sin embargo, no hizo nada por apartarla, alternando su mirada entre los ojos, labios y pechos que ya marcaban pezones—. Si es por una mejora laboral, me alegro por vosotros. Y en el fondo, también me alegro por nosotros (por favor, deja de calentarme…). Lo que pasó el día que Marta y yo estuvimos en tu casa abrió un melón que podría ser peligroso…
— Ya, tienes razón, pero fue tan divertido… También me gustaría despedirme de ella, pero parece que no va a poder ser. —En ese momento, la luz automática del garaje se apagó, dejándoles en una inusitada intimidad bajo la tenue luz de emergencia que tenían sobre sus cabezas—. Así que debo aprovechar mi oportunidad de hacerlo contigo por los dos…
Con el tanga ya húmedo, Verónica llevó su otra mano a la entrepierna del hombre, y describió con las yemas de los dedos toda la longitud y grosor del falo que se dibujaba en la prenda vaquera. Desabrochó los botones y abrió el pantalón para descubrir un bóxer de licra oscura que parecía que iba a reventar por la presión de la bicha que a duras penas podía retener.
— Uf, Vero —susurró el hombre denotando la excitación en su grave voz—. No es el momento… Nos puede pillar cualquiera…
— No hay otro momento —contestó ella, acariciando la abultada licra—. Y a estas horas no va a venir nadie… Pero si te sientes más seguro, podemos meternos en el coche, que estaremos más cómodos. Me encanta tu polla —continuó, recorriéndola suavemente arriba y abajo—. Es el momento y el lugar para una buena mamada de despedida…
— Joder, ¿cómo podría alguien rechazar algo así? —Nublado por la excitación, Alejandro metió la mano en el bolsillo y accionó el botón que abría el coche, separándose un momento de la ardiente morena para subirse en él y sentarse en el asiento del conductor, puesto que en la parte trasera se encontraban los alzadores para los niños.
Con una radiante sonrisa, y caliente como una perra, Verónica accedió por la otra puerta del vehículo al asiento contiguo, comprobando que era mucho más alto y espacioso que el de su viejo Peugeot 207. Miró a Alejandro, quien la esperaba sentado con el pantalón abierto, como ella se lo había dejado, y comprobó que, a la luz interior, la licra que contenía el irresistible objeto de su deseo, en realidad era de color azul y se percibía con mayor tensión que cuando había estado de pie.
— ¡Pobrecito! Tiene que apretarte un montón —dijo, relamiéndose los labios—. Yo te voy a aliviar…
Se reclinó sobre la entrepierna del hombre, y ayudada por él, bajó las prendas para que la robusta verga saltase liberada como por un resorte.
— Dios, ¡qué maravilla! Me encanta ver cómo te la pongo de dura y gorda…
— Vero, eres irresistible…
— Lo sé. «Y aunque echaré de menos esta polla —añadió mentalmente—, sé que voy a ganar una buena pasta poniendo otras así.»
Colocándose los negros cabellos tras la oreja para que no le estorbasen, la futura estrella de una web de contenido explícito se agachó sobre la enhiesta lanza y la tomó con su mano para dirigirla a su boca. Sus jugosos labios de color granada acogieron el suave glande, besándolo y chupándolo como si fuera una piruleta, arrancando un gruñido quedo al macho, y lo succionaron para que invadiera su cálida boca, penetrándosela para que el grosor del venoso tronco la llenara de durísima carne ardiente mientras la cabeza alcanzaba su garganta.
— Dios, ¡Vero! —clamó Alejandro entre dientes, mientras ella deslizaba la polla hacia fuera con una poderosa succión—. Oooohhh… —gimió al sentir cómo su miembro volvía a deslizarse hacia dentro, siendo acariciado por los carnosos labios y la húmeda lengua hasta que la estrechez de la garganta fue superada y, sujetándose a los negros cabellos de su vecina, sintió cómo la engullía entera, desquiciándole con la angostura y espasmos de la epiglotis.
Verónica se tragó toda la polla con el hambre de saber que sería la última vez que podría hacerlo, empapándosele el tanga y doliéndole los pezones de pura excitación al sentir toda esa dura carne dentro de ella, palpitando y haciéndole salivar mientras se esforzaba en estrangular el grueso balano con su más profunda gula. Hasta que tuvo la necesidad de volver a respirar libremente, y desenvainó todo el sable de su voraz boca para que reapareciera bajo la luz interna del coche completamente recubierto de saliva.
Miró al atractivo vecino y comprobó que tenía el rostro desencajado por el placer, lo que le indicó que, en esa ocasión, no le aguantaría tanto como en las anteriores, así que decidió tomárselo con algo más de calma para que la golosina le durara un poco más. «Al menos hasta que el ansia me pueda…»
Recorrió la polla con los labios hacia abajo, sin metérsela, deslizándola por ellos hasta llegar a su base y besar con devoción la lampiña piel, escuchando los gozosos gruñidos del hombre. Tomó con su mano los hinchados huevos, y los acarició y masajeó suavemente, a la vez que, con la punta de la lengua, los lamía haciendo que el cuarentañero se estremeciera.
Tenía el coño encharcado, pero al estar recostada de un asiento a otro, no podía atenderlo sin dejar de darle todas las atenciones que merecía una verga así, por lo que se conformó con frotar un muslo contra otro, provocándose placenteras contracciones.
Con la lengua en plano, recorrió todo el marmóreo poste hacia arriba, y poniendo nuevamente los labios sobre el glande, describió todo su contorno con el escurridizo músculo trazando movimientos circulares.
— Uuuffff, Vero…
Chupó la punta del micrófono, y volvió a entonar su canción favorita metiéndoselo en la boca hasta el borde de sus tragaderas, succionándolo, pero sin engullirlo completamente. Y comenzó un lento sube y baja por el tronco, apretándolo con los labios y acariciándolo con la lengua en el interior, tirando de él en cada subida, y regalándole toda la suavidad y carnosidad de sus pétalos granate en cada bajada.
Le ponía tan cachonda comerse una polla, especialmente esa del vecino cuarentañero macizo; y se sentía tan poderosa y puta, que empezó a aumentar el ritmo de la mamada sin dejar de frotarse un muslo contra el otro.
Mezclado con los gemidos del macho, escuchaba el sonido acuoso de sus propias chupadas, y eso no hacía sino animarla más. Además, junto al sabor de la piel, ya percibía con claridad el gusto de la lubricación masculina, que se extendía aceitosamente por su lengua deleitándola, por lo que supo que el banquete se aproximaba inevitablemente al postre.
Verónica ya no pudo contenerse más, y comenzó a chupar casi con desesperación, follándose la boca con esa deliciosa verga en un intenso sube y baja de cabeza. Hasta que, en una de las bajadas, volvió a tragar metiéndosela entera, invadiendo su garganta con el grueso falo hasta encontrarse completamente empalada por la boca, y realizó varios espasmos de deglución que enloquecieron al macho.
— ¡Dios!, ¡me matas, Vero! ¡Me voy a correr! —gritó Alejandro, amparado en la privacidad acústica que brindaba el habitáculo de su coche.
La treintañera se desencajó la anaconda de la garganta, y la succionó junto a toda la saliva que pudo para tomar aire. Y en el momento justo, volvió a acoger la rosado-violácea cabeza entre sus labios, haciéndola entrar en el preciso instante en que un potente chorro de hirviente semen le llenó la boca.
— Veroooohhh…
Chupando la polla un poco más adentro, tragó el denso elixir que escaldó su garganta, y disfrutó de los furiosos espasmos del convulsionante músculo mientras le seguía llenando la boca de deliciosa leche de hombre en varias ráfagas; sin dejar de mamar acariciando el frenillo con la lengua mientras deglutía y saboreaba el postre que con tanta gula se había ganado.
Cuando la corrida llegó a su fin, dejando al madurito extasiado, Verónica se incorporó y recolocó en su asiento, regalándole una triunfal sonrisa al beneficiario de tan exquisita despedida.
— Eres la diosa de las mamadas —le dijo Alejandro, subiéndose la ropa mientras ella contemplaba, limpiándose las comisuras de la boca con los dedos, cómo el apetitoso músculo se había teñido con granate—. Hasta me has coloreado la polla… Ya puedo limpiarme bien antes de que me vea Marta.
— Supongo que sí —contestó con una carcajada. «Cuando tengamos más pasta, ya me compraré pintalabios de los caros.»— Ésta vez no me has durado mucho… ¿Te tiene la Marta a dieta de follar?
— No seas mala… Ha sido una semana de mucho trabajo y no ha habido oportunidad…
— Ya me imagino, porque, ¡menudo corridón! Se nota que tenías los huevos llenos y necesitabas descargar. Me ha encantado tanta leche calentita…
— De verdad que eres puro vicio, ¿eh? —aseveró el madurito con una sonrisa—. Hacía casi veinte años que no me la comían en un coche.
— ¡Ja, ja, ja! Entonces yo era una cría… ¿Te imaginas que aquella última vez, yo era la niña que veías pasar por la calle mientras aquella suertuda te la estaba chupando?
— Joder, Vero, eso es enfermizo… Y aquello pasó de madrugada, como ahora, así que no había niñas en la calle. Cambiando de tema… ¿Qué vas a hacer tú en Valencia? —el ingeniero parecía haberse incomodado—. ¿Trabajarás en otro supermercado?
— ¡Qué va! —Hizo un gesto como si apartara un moscardón—. Tengo un pequeño negocio online, y voy a desarrollarlo más.
— Ah, ¿sí? Jamás lo habría imaginado… Pues me parece una gran idea, y ojalá te vaya muy bien. ¿Es una tienda online?, ¿qué vendes?
— Algo así… —Verónica rio internamente—. Vendo… «carne y orgasmos», cosas para hacer más feliz a la gente…
— ¿Productos de bienestar?
— Sí, llamémoslo así.
— Pues pásame la dirección para que podamos comprarte algo —dijo resuelto Alejandro—, y así te echamos una mano.
— Eres muy amable, pero no puedo, aún no está preparado. «Me encantaría que me vierais en acción, pero por ahora, es mejor mantener alejados a los conocidos.» Tal vez, más adelante, y si os interesa el tema, me encontréis en la web… «Si buscáis sexo en directo para darle más vidilla a vuestro matrimonio.»
— Bueno, pues ya lo buscaremos —desistió el hombre, cuya única intención era hacerle un favor; y miró el reloj—. Es tarde, y ya nos hemos despedido. Creo que cada uno debería volver a su casa con su pareja…
— Sí —accedió Verónica, sintiendo que aún tenía el tanga mojado—. La Marta y el Javi nos estarán esperando en la cama. «Y con el calentón que tengo, le voy a despertar y le voy a echar un polvo que se va a quedar tiritando.»
Salieron del coche para dirigirse a la puerta que conducía a las escaleras, pero ante el vehículo, la camgirl no pudo evitar el impulso de lanzarse a besar al atractivo madurito como despedida de la despedida. Él aceptó sus labios bajando la cabeza, y su lengua cuando se la metió en la boca, y correspondió al ósculo enroscando su propia lengua a la vez que la tomaba por la cintura. Verónica se le pegó como una lapa, aplastando sus generosos pechos contra el fuerte torso y fusionando su pelvis con la de Alejandro, sintiendo cómo, a medida que el beso era más tórrido, la entrepierna masculina se abultaba endureciéndose y presionándola, a la vez que las grandes manos habían perdido el autocontrol para agarrarla del culo con pasión. «Joder, joder, joder… ¡Me está poniendo otra vez como una perra! ¡En cuanto llegue a casa voy a reventar al Javi!»
Sin despegar sus cuerpos, dejaron de besarse, mirándose a los ojos con las respiraciones entrecortadas. Bajo la tenue luz de emergencia del garaje, Verónica vio auténtico fuego en los ojos de Alejandro, pero éste apartó la mirada echando un vistazo alrededor.
— La verdad es que están todos los coches en sus plazas —observó el ingeniero.
— Eeeh, sí… —confirmó ella tras mirar también, descolocada por la observación en ese momento.
— Estás tan buena… —le susurró el excitado macho—. Eres tan irresistible… Y éstas tetazas… —concluyó, aferrándolas con sus grandes manos y apretándoselas con un apasionado masaje que la volvió loca.
— Me pones burrísima, Álex…
— Voy a follarte como te mereces.
— Ah, ¿sí? —Sus ojos centellearon ante la perspectiva.
De repente, para su sorpresa y con un movimiento salvaje que disparó aún más su excitación, el cuarentañero le dio la vuelta y la puso contra su Toyota CH-R, postrándola con sus manos y mullidos pechos sobre el capó del coche, cuya altura era la idónea para que quedara totalmente apoyada con su grupa completamente ofrecida.
Sintió cómo las decididas manos masculinas le subían la minifalda, desnudando sus redondas y generosas nalgas, y tomaban las tiras del tanga rojo, sacándolo de entre ellas para que cayera por su húmedo peso hasta las rodillas. Y tras un instante en el que el hombre se bajó su propia ropa, el babeante coñito de Verónica gozó de cómo era abierto por la gorda cabeza de la estaca, que la penetró con lúbrica facilidad, clavándosele entera hasta que toda la bronceada retaguardia fue azotada par la pelvis del macho bravío.
— Uummmm… —gimió la ansiosa hembra, mordiéndose el labio para que el eco del garaje no delatara a todo el vecindario que acababa de ser brutal y deliciosamente empalada.
Aferrándose a sus caderas, Alejandro comenzó a bombearle sin compasión, con pausados pero firmes golpes pélvicos que hacían restallar sus nalgas y le incrustaban el glande en la matriz, matándola de gusto a la vez que se arrastraba por su interior y le dilataba toda su gruta del placer.
Completamente sometida, sus voluptuosos pechos se aplastaban y restregaban sobre el capó del coche, con un increíble magreo que hacía que sus pezones ardiesen de hiperestimulación, a la vez que el aplastamiento de sus tetas acompañaba cada embestida para que el placer se hiciera dueño de toda su anatomía, siendo exquisitamente insoportable.
Era tanta la excitación acumulada; estaba tan cachonda con el sabor del semen aún en la garganta; se sentía tan puta postrada contra el coche; le daba tanto morbo el poder ser pillados por algún vecino insomne; y el madurito la follaba tan duro y profundo, que enseguida explotó en un brutal orgasmo con el que todo su cuerpo se estremeció.
Alejandro le dio un instante para que disfrutase de la liberación de tanta carga sexual acumulada, pero sintiéndolo bien duro dentro de ella, apretándole el culo con la pelvis y las manos, reanudó el castigo dándole potentes y profundas empotradas, que con gusto exquisito realzaron su excitación tras la catarsis alcanzada pare comenzar un nuevo ascenso a la cumbre del placer.
«Joder, cómo vuelve a ponerme, el cabrón… ¡Qué manera hacerme suya! Esto sí es una despedida por todo lo alto…»
— Eso es, Álex —dijo, tratando de no alzar demasiado la voz—. Fóllame, fóllame, fóllame…
— Dios, Vero —contestó él en un susurro, entre palmeo y palmeo—, te lo vas a llevar todo…
El macho aumentó el ritmo y violencia de las penetraciones, arremetiéndole con verdadera furia, convirtiendo su polla en un martillo neumático que la taladró devastando sus entrañas con puro placer; y ella, empotrada contra el coche, jadeando con su coño dilatándose y contrayéndose al paso de la pertinaz barra de acero, disfrutó de las embestidas sintiéndose maravillosamente dominada por una bestia sexual a la que ella había despertado.
Verónica estaba, de nuevo, a punto de correrse, y el cuarentañero parecía no desfallecer, «Es como si hubiese estado toda la semana reservándose pare este momento, reservándose para mí», pero sentía los pechos ya algo doloridos por el continuo aplastamiento contra el capó, por lo que trató de incorporarse un poco empujando con las manos.
— ¡No! —escuchó imperativamente tras ella.
Una mano fue a su hombro izquierdo, sujetándola, y la otra se colocó en lo alto de su culo expuesto. Al instante, sintió cómo un húmedo dedo se colaba entre sus nalgas y penetraba su agujerito trasero con decisión.
— ¡Uuummmm…! —gimió la profanada, mordiendo su propia mano para ahogar el grito.
Verónica se corrió sin remedio, sintiendo la durísima polla incrustada en su matriz y un pulgar alojado en su culo, temblando de gusto por la inesperada y deliciosa doble penetración mientras la cabeza se le iba como en el descenso de una montaña rusa.
El hacedor de tan intensa sensación salió de ella, permitiendo que todos sus músculos, que se habían contraído al máximo por el orgasmo, se relajaran por completo, dejándola derrotada sobre el capó del coche.
— ¡Qué bueno, Álex! Me has rematado con eso —le dijo, reuniendo fuerzas para incorporarse.
— Todavía no he acabado contigo —contestó el hombre, dejándola en shock mientras sentía cómo una mano aferraba con fuerza su glúteo izquierdo—. Este culazo es para follárselo bien follado, y no me voy despedir de ti sin darte TODO lo que te mereces…
— ¿Sí? —preguntó ella con una mezcla de sorpresa, temor y nueva excitación.
La respuesta fue sentir la lanza abriéndose paso entre sus nalgas e incidiendo en su puerta trasera. El ariete estaba mojado y resbaladizo por la cantidad de fluido vaginal que lo recubría, y con un leve empujón, insertó su cabeza en el agujero que, relajado por el orgasmo recién disfrutado, aumentó la dilatación que el atrevido pulgar había iniciado para franquearle el paso.
— ¡Oh! —escapó de la garganta de Verónica al sentir cómo el glande se le metía por el culo.
A pesar de su impulso por clavársela entera, el experimentado madurito supo contenerse para no dañar a la lujuriosa hembra, dejando solo la punta metida para que se amoldara a ella y comprobar hasta dónde podía llegar. Pero la camgirl demostró que no era ninguna novata en esas lides, sino más bien lo contrario, puesto que solía disfrutar de una buena enculada con Javier cuando estaba especialmente cachonda; y en ese momento, aunque el calibre que la abría era superior al que estaba acostumbrada, la lubricación, dilatación y calentura eran los idóneos para que ella misma empujara hacia atrás, gozando de cómo la gruesa polla exigía el máximo de su culito, dejando un rastro de agradable calor a medida que un par de centímetros le penetraba las entrañas y se enaltecía la sensación de ir llenándose por detrás.
— Jodeeer, Vero —gruñó con gusto el hombre—. Veo que voy a tener que clavártela ya, sin miramientos… Me vuelve loco lo zorrón que eres…
— Ummm, sí, por favor, clávamela entera… «Me pone tan burra que hasta un caballo podría metérmela ahora.»
Alejandro le agarró las nalgas con ambas manos, y empujó acompañando el leve movimiento de ella, poco a poco, embutiéndose la polla con el voraz culo que no ponía límites a su perforación, disfrutando con los dientes apretados de la estrechez de un conducto que se iba ajustando al grueso invasor recubierto de lubricante corrida femenina.
— Dioooos, ¡qué ricoooooh…! —exclamó Verónica, conteniendo a duras penas el tono, notando cómo estaba llena de verga como nunca y, aun así, el pubis del macho seguía apretándole los glúteos, aplastándolos al máximo para que todo el rígido ariete terminase de empalarla maravillosamente.
Quedándose sin respiración, disfrutando de la mayor y más profunda sensación de penetración que había sentido jamás, la exempleada del súper se imaginó a sí misma completamente ensartada como una pieza de caza asándose al fuego para un banquete medieval, con todo su cuerpo atravesado por una colosal verga que se le salía por la boca. Y entró en combustión, tanto física como mentalmente, con su piel ardiendo para que el top y el sujetador que aún conservaba, y la minifalda recogida en su cintura, se empaparan de sudor. «¡Qué puta guarra estoy hecha! ¡Me encanta!»
El empalador empezó a moverse adelante y atrás, dentro de ella, presionándole continuamente las redondas nalgas con la pelvis; rebotando ligeramente en ellas al principio, debido a la estrechez de lo perforado, pero ganando en brío a medida que el lujurioso cuerpo de Verónica aceptaba más intensidad.
La sensación de calor y placer era increíblemente intensa, gloriosa, brutal… Jadeando y empapada en sudor, la treintañera, afianzando las palmas de las manos en el capó del coche, acompañó cada embestida del cuarentañero, quien también jadeaba follándola el culo como un auténtico semental. Y ella perdió toda conciencia de cuanto la rodeaba para que en el mundo solo existiera la exquisita polla, dura como el acero y caliente como un tizón, que la estaba taladrando y matando de puro gusto.
Las arremetidas se volvieron furiosas martilleándole las cachas, arrancándole guturales gritos que ya no le importaba que pudieran ser escuchados, y la cabeza le dio vueltas mientras todo su cuerpo temblaba anunciando el inminente orgasmo.
— ¡Exploto!, ¡te reviento! —escuchó la voz de Alejandro con tintes animales.
La desquiciada hembra sintió cómo una oleada de fluido calor, aún más intenso, se propagaba por sus entrañas a la vez que el semental le estrujaba el culo, y el terremoto de su cuerpo se descontroló para hacerle sentir que estallaba como jamás había estallado, perdiendo el control de su esfínter para que un explosivo chorro de hirviente zumo saliera de su coño, empapándole los muslos y el tanga a la altura de las rodillas, y formando un pequeño charco en el suelo mientras agonizaba en un éxtasis demencial.
Se quedó sin fuerza en las piernas, y solo el hecho de estar con la mitad del cuerpo sobre el coche y su culo sujeto por el hombre, impidió que cayera al suelo mientras volvía a la realidad. Sintió cómo, con dificultad, la polla se desalojaba de su culo llevando consigo un reguero de leche caliente, y su amante daba un paso atrás para subirse la ropa. Ella hizo lo propio con el empapado tanga, y se bajó la minifalda despegándose del automóvil, en cuyo capó quedó dibujada su húmeda silueta.
— Ha sido brutal —le dijo al sexy vecino—. Nunca me había corrido así…
— Todo un polvazo, digno de ser el último. Solo espero que nadie nos haya oído, porque se nos ha ido de las manos… —Alejandro miró con nerviosismo hacia la puerta que conducía a las escaleras del portal.
— Seguro que no —contestó ella despreocupadamente—. Estamos dos pisos por debajo de la primera planta, es tarde, y todo el vecindario estará dormido… Ha merecido la pena, aunque estoy hecha un asco… —Terminó de acomodarse la ropa y limpiarse el sudor de la cara con el dorso de la mano.
— Ahora sí que deberíamos irnos cada uno a su casa… Sube tú primero, yo esperaré un par de minutos.
— Hasta siempre, Álex —contestó ella, dándole un suave beso en los labios—. Ha sido una auténtica gozada conocerte tan profundamente. Te recordaré…
— Lo mismo digo, Vero. Eres única…
Con paso vacilante por la flojera de piernas, mucho menos sensualmente de lo que habría querido, la protagonista de tan inesperada y deliciosa despedida tomó rumbo a su ático. Al llegar a casa, a pesar de estar molida, tuvo que darse una ducha para eliminar todo rastro de la intensa sesión de sexo clandestino; y al meterse en la cama, junto a su marido profundamente dormido, solo un pensamiento acudió a su cerebro antes de perder la consciencia: «Y mañana, despedida de Sara. Ummm…»
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