Xtories

Son las reglas.

Las reglas son claras: anonimato total, sin nombres, sin voces. Pero cuando la pantalla se oscurece y el silencio de la sala los envuelve, las barreras digitales se derrumban. ¿Qué pasa cuando la fantasía de internet choca con la realidad de un cuerpo caliente y húmedo a cinco asientos de distancia?

Roadtoperdition12K vistas9.1· 15 votos

Tarde de julio en una ciudad del sur de España.

Peor: Tarde de julio en un insulso centro comercial de esa ciudad.

Apenas unos pocos padres desesperados y sus niños.

Segunda planta. Cines.

Encuentro lo que busco. Una premiada película pakistaní en versión original subtitulada. Entro. Para mi sorpresa hay cuatro o cinco personas, culturetas irreductibles. Ya les vale. Me siento al final de la no tan pequeña sala. Exactamente a cinco asientos de distancia de la única persona en esa fila. Se trata de una mujer. Melena corta, delgada, mediana edad, más no se puede apreciar. Ella se cambia a dos asientos más allá. El hecho no tendría más relevancia si no fuera ese el santo y seña que habíamos pactado. Me siento, nervioso, a su lado. Espero que sea ella, si no voy a quedar como un pervertido, me digo.

Ambos llevamos mascarilla. Son las reglas. Su mirada cómplice me tranquiliza. Es ella. Bonitos ojos. Más dulces de lo que me esperaba.

Nos conocemos sin conocernos, esas cosas tremendas que permite internet. Jamás nos hemos visto las caras, y es más que probable que nunca lo hagamos. Son las reglas. Las reglas de ambos pero sobre todo sus reglas. Los dos tenemos vidas. Buenas vidas que preservar. Empieza la peli. Ella parece menos nerviosa que yo. Toma la iniciativa. Desabotona mi pantalón y baja mi bragueta. Yo la correspondo. Su ligero vestido veraniego me lo pone fácil. Se lo subo un poco. Ella, muy amable, me facilita el trabajo levantándose ligeramente del asiento y ayudándome con su mano libre. Lo de las bragas va a resultar más laborioso. Vaya. Conociéndola no debería sorprenderme. No lleva.

Empezamos poco a poco. Espero empalmarme sin problemas. Ya se sabe, los nervios. Uno no hace algo así todos los días precisamente. Me tranquiliza un poco que según ella sea también sea su primera vez. Aunque no lo parece. Qué cabrona. Bonita mano. Y hábil. Gracias a Dios, mi polla empieza a crecer y a tomar forma. Sí, debe pensar, era la misma polla de las fotos, y no, yo no había mentido: era de buen tamaño, pero la cámara siempre engorda. Para lo que iba a hacer con ella, un tamaño asumible no dejaba de ser una ventaja.

Ella está húmeda. Mucho. Mojada. Lleva días terriblemente cachonda, me había escrito. Como yo. Ese paso de lo virtual a lo real era muy fuerte para personas como nosotros, por mucho que el anonimato del encuentro lo situará en una especie de limbo entre ambos mundos. Mi dedo corazón chapotea en su coño. Un ligero gemido me muestra su aprobación cuando le meto el segundo dedo. Los meto y saco lentamente, embadurnando un clítoris que reclama su parte de atención a mis dedos. Jugueteo con él. Lo acaricio, lo aprisiono, lo hago vibrar con las yemas de mis dedos. En ese momento, todo su ser está concentrado en ese botoncito. Y es mío. En ese momento, ella es mía. Lo que daría por saber en qué está pensando. Por que me lo susurrara al oído. Quizás está pensando en saltarse sus reglas y que vayamos a follar a los aseos del cine. Quizás está sorprendida de lo cachonda que le pone pensar en su marido mientras pajea a otro. Quizás piensa en que ha abierto una puerta que no va a ser capaz de volver a cerrar.

De pronto deja de pajearme y mira a su alrededor. Yo también miro, nervioso. Falsa alarma. El motivo de la pausa era otro. Lentamente baja de su asiento y se pone de rodillas junto al mío. Vaya. De nuevo, no pensaba que fuera a atreverse. Probablemente ella tampoco. Ya la iba conociendo un poco. Su autocontrol se resquebraja: un cine... una polla... No iba a dejar pasar la oportunidad ni de coña. Al fin y al cabo también se trata de atesorar recuerdos para futuras pajas. O para futuros polvos conyugales, cuando la fantasía falla.

Lo hace bien. Se nota que le gustaba comerse una polla. Quiero decir, que le gusta de verdad. Creo que le gusta pero no por el lado de la sumisión, al contrario; por tomar el control, por tener al hombre a su merced. Sentir ese trozo de carne en su boca, chuparlo, intentar tragarlo hasta que no puede más. Le gusta lo zorra que le hace sentirse. Lasciva, poderosa, guarra. Tanto más cuando hoy, tras tantos años, la polla que tiene en la boca no es la de su marido. Y creo que está descubriendo que le encanta. No ya la polla, que también. Pero al fin y al cabo una polla solo es una polla. Después de tantos años asomándose a la madriguera, por fin se ha metido en ella. Y eso lo cambia todo. Estoy a punto de correrme. No puedo evitar acordarme de aquel correo dónde me contó cómo le dijo a un ciberpolvo telefónico que ella prefería tragarlo todo, que así era mucho más limpio. Así es ella, tan lasciva como pragmática.

Dicho y hecho. Hasta la última gota. No puedo describir la sensación de vaciarme en su boca, en la boca de esa mente que me pone tanto. Aparte de la sensación física, me pone casi tan cachondo pensar en sus sensaciones en próximo beso que de a su marido, si se sentirá culpable o cachonda, o bien un mucho de esto y un poquito de aquello. O en que a partir de hoy, siempre que le coma la verga a su marido este momento quedará para siempre ahí, agazapado, listo para colarse en su pensamiento.

Con el último lametón se sube de nuevo la mascarilla. Sí, las reglas. Anonimato absoluto. Ni siquiera conocemos nuestras voces. Cómo me hubiera gustado que me enseñará su lengua cubierta de leche y que la compartiera con la mía. Pero no podía ser.

Se sienta de nuevo. Es mi turno. A pesar del poco espacio me las apaño para acuclillarme entre sus piernas. Lleva los zapatos blancos de la primera foto que me mandó. Bonito detalle. Son cosas como esa lo que más me pone de ella. Y lo que más echo de menos en casa. Le quitó uno de los zapatos. Ella eleva un pie hasta mi boca, buscando mis labios. Y yo los abro y chupo con gula sus dedos, uno por uno. El placer que siento es completamente inesperado. La sensación de cómo me ha dominado con un mero gesto hace que casi me corra de nuevo sin necesidad de tocarme. Lleva el pelo del coño recortado pero no completamente depilado. Como a mí me gusta. Lo justo para tener una buena maniobrabilidad y no tener que luchar con la maleza. Abre los labios mayores con sus dedos. Más que una invitación parece una súplica silenciosa. Está tan mojada que casi parece avergonzada.

Recojo todos sus jugos con mi lengua. De este a oeste y de norte a sur. Hay que cartografiar el terreno. Es un coño bonito, abierto, jugoso, ansioso. Le meto la lengua lo más profundo que puedo. Una y otra vez. No puedo follármela. Sí, las reglas. Pero puedo follármela con mi lengua. Hacerle echar de menos que fuese otra cosa lo que entra y sale de ese coño encharcado. Y lo hago como si me fuera la vida en ello.

Coge mi cabeza y me aprieta contra ella. Me guía. Más fuerte, más rápido. Apenas me deja respirar. Me gusta cómo quiere controlar el ritmo, y cómo al hacerlo ella misma pierde el control. Se retuerce. Está en ese punto en el que todo te da igual. Dónde. Con quién. Qué. Todo se difumina y desaparece. Nada ni nadie más cuenta en ese momento. Cualquiera que eche la mirada hacia atrás en la sala se dará cuenta de que ese arrebato no lo despierta el cine pakistaní. Quizás lo haya hecho ya alguien. Me alegro por él. O por ella.

Me seco un poco la cara antes de ponerme la ffp2. Su explosión me ha dejado inundado.

Ella abandona primero el cine. Antes de hacerlo me aprieta algo en la mano. Un regalo. Al final resulta que no había ido al cine sin bragas. Qué mujer.