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Fantasías vecinales (4)

Marta 1 Había sido una mañana de locos en el trabajo, el típico viernes en el que todo debe quedar cerrado de cara al fin de semana, como si el lunes el mundo no fuera a seguir rodando; por lo que, en cuanto salió de la oficina y pudo…

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Marta 1

Había sido una mañana de locos en el trabajo, el típico viernes en el que todo debe quedar cerrado de cara al fin de semana, como si el lunes el mundo no fuera a seguir rodando; por lo que, en cuanto salió de la oficina y pudo fumarse el cigarrito que no había tenido oportunidad en toda la mañana, Marta lo disfrutó como si fuera el de después de echar un polvo.

Comió un sándwich en el coche, yendo de camino a buscar a los niños al campamento urbano en el que se divertían hasta las cuatro de la tarde, hora a la que la ejecutiva los recogería para comenzar el fin de semana.

Alejandro no llegaría de trabajar hasta media tarde, por lo que tenía la intención de, en cuanto llegaran a casa, preparar meriendas y ponerse los bañadores para bajar a la piscina. A los niños les encantaría la idea, y ella, aparte de tener que vigilarles, podría relajarse tomando el sol y dándose un baño que le eliminara los sinsabores del trabajo.

Durante un buen rato, estuvieron los tres solos en la piscina, y Marta se divirtió jugando en el agua con sus niños, que parecían tener aletas, pues no había forma de sacarlos del agua para merendar. Y justo en el momento en que lo consiguió, fue cuando apareció algún vecino, más concretamente, la encantadora Sara y «la nueva», Verónica, que se situaron a su lado para aprovechar el mejor ángulo de rayos de sol.

Mientras los pequeños merendaban, Marta entabló conversación con las recién llegadas. Sara era una jovencita simpática y educada, que hacía muy buenas migas con sus hijos y que solía jugar con ellos cuando se encontraban en la piscina, y en cuanto a Verónica, aunque no la conocía mucho, pues era su primer verano en la comunidad, le caía bien. La treintañera era de trato fácil, extrovertida y directa, sin pulir en algunos aspectos, pero eso, precisamente, a Marta le resultaba refrescante, pues estaba acostumbrada a tratar con gente hipócrita en el trabajo. Además, para qué negarlo, Verónica era una mujer guapa, luciendo su negra cabellera, profundos ojos oscuros, cautivadora sonrisa, piel bronceada. y cuerpo voluptuoso en el que destacaban unos voluminosos pechos que exhibía con el sexy bikini negro que llevaba con orgullo, lo que hacía que el trato directo con ella fuera también agradable a la vista.

«Seguro que esas tetazas no son naturales —pensaba hablando con ella sobre el calor que apretaba esos días—. Aunque el cirujano que se las ha hecho es todo un artista…».

En cuanto los niños devoraron sus meriendas, y aunque a Sara se le veía mucho más interesada en quedarse en la toalla charlando con su amiga y con Marta, éstos la convencieron para que los acompañara al agua en sustitución de su madre, lo que la mujer, a sus cuarenta y dos recién cumplidos, agradeció, ya que dos niños de ocho y seis años pueden resultar agotadores, especialmente tras un duro día de trabajo.

— Qué monos son tus hijos —comentó Verónica observando a los niños, que ya jugaban a la pelota con Sara en el agua.

— Gracias, sí, muy monos —afirmó Marta—. Y aunque son unos niños buenos, a veces cansan…

— Bueno, supongo que es el precio de ser mamá, ¿no? Disfrutas con ellos, pero a veces te gustaría tener un poco de tiempo para ti, y para tu marido, supongo.

— Eso es —confirmó la ejecutiva—. Sobre todo, teniendo que trabajar los dos. A veces es un auténtico alivio meterlos en la cama y poder disfrutar de unos momentos de pareja.

— Claro, y seguro que están muy monos cuando están dormiditos, ¿a qué sí? —dijo la empleada del súper—. La verdad es que son unos niños guapos, como sus padres, tienen una bonita mezcla de los dos.

— Gracias, eres muy amable —agradeció contemplando la sensual sonrisa de su improvisada acompañante—. ¿Vosotros queréis tener niños? Tu marido y tú sois jóvenes…

— Bueno, queríamos —Marta percibió tristeza en la voz—, pero no podemos. Me quedé embarazada muy joven, a los diecinueve… Nos casamos rápidamente para tenerlo todo en orden y porque yo no quería que se me notara el bombo el día de mi boda. Pero a los tres meses el embarazo tuvo problemas, y tuve que abortar. Después, los médicos me dijeron que no podría volver a quedarme embarazada, y así es…

— Vaya, ya lo siento —dijo Marta abrumada por la triste historia y el torrente de sinceridad.

— Gracias, no te preocupes —contestó la morena haciendo un gesto con la mano para quitarle importancia—. Fue duro al principio, pero ya está más que superado, y al final encontramos las ventajas de no poder tener críos.

— Ya, claro —asintió—. Como el tener tiempo para ti misma y la pareja.

— Por supuesto. Y como poder echar un polvo a cualquier hora, en cualquier sitio y sin tener que usar anticonceptivos, ¡ja, ja, ja!

Marta rio con ella, y se ruborizó ante la falta de tapujos de su vecina contemplando cómo le guiñaba un ojo con picardía.

«Ésta chica es un auténtico torbellino, su falta de decoro es estimulante».

— Sin duda, esa es una gran ventaja —asintió, dejándose llevar por la frescura dialéctica de la treintañera—. Nosotros ya hace ocho años que dejamos eso atrás…

— Bueno, chica, pero seguro que encontráis vuestros momentos…

— Claro, claro, no vamos a estar siempre a pan y agua, ¡ja, ja, ja!

— No, por favor —se horrorizó Verónica con guasa—. Viendo cómo estáis los dos, ¡sería un desperdicio!

«¡Joder! ¿Será consciente de lo que acaba de decir?». Se cuestionó Marta sintiendo nuevamente el rubor en sus mejillas y un cosquilleo en el estómago.

Por suerte, o no, en ese momento la conversación fue interrumpida, pues Javier, el marido de Verónica, hizo acto de presencia dando un beso a su esposa y sentándose en la toalla con ella.

La ejecutiva decidió que necesitaba darse un baño, la temperatura le había subido más de la cuenta, por lo que se metió en la piscina dando el relevo a la amable Sara para jugar con sus hijos.

Un rato después, cuando ya se estaban secando y recogiendo las cosas para subir a casa a encontrarse con Alejandro, que ya habría llegado del trabajo, o estaría a punto de hacerlo, Verónica volvió a dirigirse a ella.

— Oye, Marta, he estado hablando con el Javi, y se nos ha ocurrido que: ¿por qué no os venís mañana el Álex y tú a cenar a nuestra casa? Ya sabes, para conocernos un poco más y que descanséis un rato de… —dejó en suspenso, haciendo un sutil gesto con la cabeza hacia los niños.

— ¡Uy, gracias! —se sorprendió—. Nos encantaría, pero son muy pequeños para dejarlos solos, y no tenemos a nadie aquí —se excusó rápidamente.

— ¡Por eso no te preocupes! —intervino Sara—. Yo me quedo con ellos, jugamos, cenamos pizza, y vemos una peli, ¿a que sí, niños?

— ¡Síííí! —gritaron éstos entusiasmados.

— Bueno, Sara, no me gustaría molestarte… —trató de oponerse la mujer madura, viéndose entre la espada y la pared—. Seguro que ya tendrías tus planes, y me parece un abuso…

«Y aunque estaría genial tener una cena con adultos, y Vero me cae bien, ¿qué tenemos nosotros en común con la cajera y el vigilante? Por no hablar de la diferencia de edad… Álex alucinaría».

— De verdad, Marta, que no es ninguna molestia —repuso la veinteañera—. Lo paso genial con este par de trastos, y así tenéis la oportunidad de conoceros mejor, ¡que somos todos vecinos!

— Sí, venga —intervino Javier—. Aquí nosotros solo tenemos trato con la Sara, y a mí también me molaría tratar con otro tío. ¡El Álex parece majo!

— ¿Ves? —tomó el relevo la esposa—. Lo tienes hecho y todo son ventajas. Venga, guapa, di que sí.

— Sí, claro, nos encantará —terminó accediendo.

«Álex me va a matar. Ya puedo compensarle bien después, cuando la “canguro” se vaya y los niños estén dormidos».

Terminaron acordando la hora de la cita y se despidieron hasta el día siguiente.

Cuando subieron a casa, Alejandro acababa de llegar, y los niños se le tiraron encima anunciándole que Sara iba a quedarse con ellos la noche siguiente. El hombre, desconcertado, le pidió explicaciones a su esposa, y ésta le contó la propuesta y lo acordado.

— Te prometo que te lo voy a compensar, muyyyy bien —aseguró Marta cuando terminó, dándole un beso y acariciándole disimuladamente el culo.

Para su sorpresa, la reacción de su marido no fue de rechazo inicial, como ella habría esperado; más bien fue enigmática, como si por un lado le horrorizara la idea, pero, por otro, le encontrara alicientes interesantes.

«Bueno, claro —se dijo—. Se va a pasar la noche viéndole los tetones a Vero, y luego seré yo quien le baje la calentura».

Una vez dormidos los niños, el matrimonio selló el pacto de no protesta sobre la noche siguiente utilizando como delicioso contrato un enérgico empotre, aunque Marta estaba segura de que, al día siguiente y con los dos descansados, el contrato tendría una adenda que la dejaría desencajada con otra buena ración de sexo. Bueno, ella también lo disfrutaría.

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El sábado, a las ocho y cuarto de la tarde, Sara se presentó en su casa.

— ¡Qué guapos! —exclamó cuando vio a la pareja, ya preparados para la cita.

Aunque solo fuera para cenar en casa de los vecinos, Marta había insistido en que debían arreglarse, puesto que nunca tenían la ocasión de salir sin los niños. Se atavió con un vestido negro, de ligero tejido que delineaba su figura con una falda abierta a medio muslo llegando hasta los tobillos, y abertura superior en pico formando un bonito escote a través del cual se entreveía sugerentemente parte de sus pechos, y se calzó con unos buenos tacones que alzaban su metro setenta y dos de estatura para quedar más próxima a la estatura de su marido. También se maquilló, matizando el tono de su piel y enfatizando sus altos pómulos y facciones con colores terrosos, utilizando una sombra de ojos oscura que ensalzaba su color miel, y coloreando sus labios en magenta. En cuanto al peinado, dejó su dorada y ondulada cabellera suelta sobre sus hombros, haciéndose un par de bucles que enmarcaron atractivamente su rostro.

En cuanto a Alejandro, había elegido un pantalón liso, también negro, de corte slim fit, que se ajustaba a sus muslos y le marcaba un buen trasero redondo y compacto; aunque tanto éste, como el paquete que también le marcaba, solo podían apreciarse en ciertos momentos, pues como prenda superior llevaba una camisa blanca entallada que, al ir por fuera del pantalón, ocultaba la mayor parte de esos encantos; sin embargo, ensalzaba la forma trapezoidal invertida de su torso, pegándose a su piel y dejando desabrochados los botones superiores para refrescar y permitir vislumbrar una parte de los fuertes pectorales.

— Gracias, eres un encanto —respondió Marta, sintiendo un ligero rubor al percibir cómo la chica la miraba de arriba abajo con una enigmática sonrisa. Y también percibió cómo sus ojos de ámbar estudiaban a su esposo dilatándosele las pupilas, de forma sutil, pero bajo la experimentada vista de la ejecutiva aquello se reveló como una señal inequívoca de algo más que un cumplido.

«Le gusta mi maridito —pensó con cierta sorpresa, aunque decidió no darle más importancia—. Bueno, supongo que es normal, ya no es ninguna niña, y aunque tengamos edad como para ser sus padres, mi Álex sigue atrayendo miradas. A mí también me pasa…»

Marta le dio a la chica todas las instrucciones pertinentes respecto a los niños, así como sus números de teléfono, por si acaso, y dinero para que pidiera una pizza para cenar. Y finalmente, la pareja se despidió de ella agradeciéndole nuevamente el favor y obteniendo promesas de buen comportamiento de los pequeños, especialmente para acostarse y dormir en cuanto se lo pidiese Sara.

Cuando llegaron al ático de los vecinos, Verónica les recibió con entusiasmo, dándole dos besos a cada uno.

— ¡Qué elegancia, Marta! —dijo mirándola de arriba abajo—. ¡Estás guapísima!

Ella también se había arreglado para la ocasión, aunque Marta no dejó de sorprenderse por la diferencia de estilo entre ambas. Si bien, ella iba vestida de forma bastante formal, aunque sin perder sensualidad por cómo el vestido se adaptaba a su figura y por las sugerentes, aunque no descocadas, aberturas; la treintañera había elegido un look mucho más atrevido: llevaba un vestido de una sola pieza, de color blanco que contrastaba enormemente con su broceada piel, y se ajustaba a ella como un guante, describiendo todas sus agraciadas curvas desde medio muslo hasta poco más de la mitad de su generoso busto, dejando los hombros desnudos y mostrando sus pechos apretados por la prenda en un más que sugerente escote que, a pesar de haberse calzado con unos vertiginosos tacones y plataformas para minimizar la diferencia de estatura con la pareja, era un auténtico espectáculo para la vista desde arriba. También se había maquillado, con un poco de colorete en las mejillas, ojos estilo egipcio que intensificaban aún más su oscura mirada brillante, y rojo pasión en sus sensuales labios. Y para finalizar, su peinado era el habitual, con su brillante cabello negro y liso, a media melena, curvándose hacia la barbilla y entonando mágicamente con su mirada egipcia.

— Gracias, Vero, tú también estás… «¿Sexy?, ¿provocativa?, ¿explosiva?» muy guapa.

«¡Menudo banquete visual se va a dar Álex ésta noche! —pensó un momento después la mujer madura, observando cómo se marcaban en el vestido las rotundas nalgas de la empleada del súper cuando atravesó el salón delante de ellos, con un balanceo de caderas, invitándoles a pasar a la mesa del comedor—. Está claro que recatada no es, precisamente. Sabe lo que tiene y lo explota», se añadió a su pensamiento sintiendo el calor de la estancia a pesar del ventilador que estaba funcionando. ¿O era acaloramiento propio?

Alejandro dejó la botella de vino que habían llevado sobre la mesa, y enseguida preguntó por el marido.

— ¡Uy, lo siento! —exclamó Verónica—. Al Javi le ha salido un marrón. Le han llamado del curro porque un compañero se ha puesto malo, así que ha tenido que ir a sustituirle. Le toca pringar toda la noche…

— Vaya… —se contrarió Alejandro, mostrando cierto nerviosismo.

— Pues ya lo siento por él —añadió Marta—. Podrías habernos avisado y dejábamos la cena para otro día que pudiéramos estar los cuatro —observó la incomodidad de su esposo.

— No, ¡qué va! No tenemos por qué fastidiarnos todos —adujo la anfitriona—. ¿Qué iba a hacer yo, si no, un sábado por la noche sola en casa? Y tú no te sientas incómodo porque no haya otro tío —se dirigió a Alejandro—. Mejor para ti, dos pibones para ti solo —sentenció, tomando de la cintura a la rubia para atraerla hacia así, sorprendiéndola con la confianza tomada.

«¡Joder, es un terremoto! —pensó la cuarentañera sintiendo un mayor acaloramiento—. ¿De verdad habla y actúa sin pensar cómo puede ser interpretada?»

— Claro —dijo el hombre sonriendo, con las manos en los bolsillos—. Mientras no os lieis con cotilleos de la comunidad… —añadió para quitarle hierro, sentándose a la mesa.

Marta se sentó a su lado, Verónica enfrente de ambos y, sin más dilación, les invitó a abrir el vino y probar los entrantes de picoteo que ya tenían sobre la mesa.

La cena fue distendida, alegre, regada con la botella de Alejandro y otra que la anfitriona sacó después. La frescura de la treintañera hizo que el momento fuera muy agradable, pues a pesar de las evidentes diferencias entre la pareja y ella, todo fluyó de forma natural, entre chascarrillos y degustación de la sencilla, pero rica comida que la empleada del súper había preparado con mimo.

A Marta le cayó aún mejor su vecina. Era una mujer sincera, que decía las cosas tal como las pensaba, con su ya familiar forma de expresarse, castiza, sin adornos y directa, siempre salpimentada con algún toque subido de tono al que la ejecutiva ya empezaba a acostumbrarse y que, con ayuda del vino, también se le estaba contagiando.

La personalidad de Verónica era arrolladora, y llevaba a su terreno a sus interlocutores para hacerles partícipes de su aparente falta de vergüenza por nada, sin dejar de lanzarles seductoras miradas cada vez que soltaba una broma picante, creando un entorno de complicidad que a la mujer madura le subía la temperatura y le soltaba la lengua, mientras su marido sonreía y aportaba algún que otro granito de arena.

Sin embargo, la cena terminó, y Marta consultó la hora en el móvil, constatando que el tiempo había pasado volando y ya eran las once de la noche.

— Deberíamos marcharnos ya a casa —dijo buscando la confirmación de su esposo—. Es tarde, los niños deberían estar acostados, y seguro que Sara también quiere irse a su casa…

— Nooo… por favor —interrumpió Verónica—. Con lo bien que lo estamos pasando… Ahora podríamos tomarnos unos mojitos tranquilamente… ¡Soy una experta preparándolos! —guiñó un ojo a Alejandro, a quien le produjo una risita nerviosa—. Seguro que Sara lo tiene todo controlado y no le importa que lleguéis un poquito más tarde. ¿Por qué no le preguntáis para quedaros tranquilos?

— La verdad es que yo estoy a gusto —confirmó el hombre el sentimiento de su esposa—. Y, total, por un ratito más, teniendo en cuenta que nunca salimos…

«Normal que estés a gusto —le dijo mentalmente Marta—. Te has pasado la cena mirando cómo ese par de tetazas se agitan cada vez que se ríe. Te vas a enterar de lo que son unas de verdad cuando volvamos a casa… Y no te has perdido detalle de ese culo embutido cada vez que se ha levantado a la cocina… ¿Por qué estaré tan caliente…?»

La ejecutiva accedió al ruego de la vecina escribiéndole un mensaje a «la canguro», quien inmediatamente contestó diciendo que los niños se habían portado muy bien y que acababan de acostarse tras ver una película de dibujos animados.

— No os preocupéis —añadió en otro mensaje—, pasadlo bien y disfrutad de la noche. Yo voy a ver tranquilamente una película aprovechando vuestra súper tele y Netflix, sin dejar de controlar que los peques estén bien dormidos. Nos vemos más tarde. Besos.

— Bueno, pues parece que todo está controlado —informó la mujer a su marido—. Sara es un encanto, así que podemos quedarnos un rato más a tomar algo.

— ¡Genial!, vamos al sofá para estar más cómodos —ofreció la anfitriona.

Pasaron al sofá, frente a una mesa baja, ambos muebles de una conocida marca noruega, y Marta se sentó estratégicamente entre la vecina y su marido. «Ya ha tenido suficiente espectáculo de carne más joven que la mía por hoy». Además, al final, también había sido inevitable que quienes más hablasen fueran ellas dos, quedando el hombre un poco al margen, por lo que esa disposición era más cómoda para todos.

— ¡Uy, los mojitos!, voy por ellos. —Saltó al momento la morena.

— ¿Necesitas ayuda? —se ofreció Marta.

— No, ¡qué va! Lo de que soy una experta preparándolos es broma. —Sus ojos fueron un instante hacia Alejandro—. Solo es mojito ya preparado del súper, con mucho hielo. Está bueno…

Fue a la cocina americana, y enseguida volvió con una bandeja cargando la botella de mojito marca blanca, tres vasos, un bol con hielos y unas pinzas. Sirvió para los tres y brindaron por una nueva amistad.

— Oye, pues sí está bueno —comentó la madurita. «Aunque no sé si es porque realmente lo está, o porque tras los vinos de la cena me entra lo que sea…»— ¿Qué te parece, cariño?

— Está bien —contestó su esposo—, supongo que hay que probar de todo en esta vida, ¿no?

— ¡Ese es mi lema! —exclamó Verónica—. ¿Cómo vas a saber que algo no te gusta si no lo has probado? ¿No creéis? —Se dirigió especialmente a la mujer, mirándola intensamente mientras se relamía con la punta de la lengua la bebida de los labios, haciendo bailar los hielos en su vaso.

— Claro, claro. —Marta tuvo una extraña sensación, un cosquilleo, como si algo más que el calor flotara en el ambiente—. ¿Puedo fumarme un cigarrito? —terminó preguntando al desviar su mirada con cierto pudor y observar un cenicero sobre la mesa.

La anfitriona asintió, y la rubia encendió un cigarrillo, exhalando el blanco humo como si estuviera silbando a través de sus labios magenta, a la vez que sostenía el cigarrillo en alto, entre los dedos de su mano derecha, apoyando el codo en la mano derecha con el brazo cruzado bajo sus pechos.

— Joder, tía, incluso fumando eres elegante. —La morena seguía mirándola intensamente.

— ¿Quieres uno? —le ofreció, observando el brillo en sus profundos ojos oscuros, casi negros.

— Gracias. Hace dos años que dejé el hábito… pero ahora sí que me apetece una caladita. —Tomó el cigarrillo de la mano de la cuarentañera y se lo llevó a los labios para besarlo y exhalar el humo hacia arriba con deleite—. ¡Qué bueno! —exclamó devolviéndole el vicio—. El que fuma en casa es el Javi, a él le duró lo de dejarlo dos días. En el curro se aburre y recayó enseguida.

— Normal, lo de ser vigilante supongo que da para muchos ratos en los que lo único que puedes hacer es echarte un cigarrito. —Marta se llevó el cigarrillo a sus labios, observando que la boquilla había tomado un ligero tono rojizo tras su paso por los de la otra mujer—. Álex me ha pedido alguna vez que lo deje, pero no le he hecho caso, y él tampoco ha insistido.

— Ah, ¿no? Para que alguien deje de fumar, o sale de él, o hay que insistirle. —La empleada del súper se dirigió al aludido, que se encogió de hombros.

— Bueno, él no ha insistido porque sé que en el fondo le pone verme fumar…

Marta hizo la confesión sin pensarlo, llevada por la franqueza y ausencia de pudor de su vecina, el vino, el mojito y el erotismo que ya había identificado que flotaba en el ambiente. Y no pudo evitar que a su mente acudieran antiguos recuerdos, de cuando aún no tenían hijos y ella podía fumar dentro de casa, sentándose tranquilamente en el salón para disfrutar de su vicio. Y Alejandro, observándola y marcando una inequívoca erección en los pantalones, se arrodillaba colándose entre sus muslos y le comía el coño mientras ella apuraba el cigarrillo, o le plantaba el paquete ante el rostro para que ella lo liberara y alternase sus labios entre el vicio y su gorda polla, acabando completamente embadurnada con su semen, «uuuufff…»

— Ah, ¿sí? —Se sorprendió Verónica—. Como ahora… —Sus oscuros ojos se dirigieron a la entrepierna del marido.

La fumadora reparó en el tremendo paquete que estaba marcando su maridito, y llevó una mano hacia él, sintiendo su dureza a través de las prendas. No sabía si había puesto ahí la mano para ocultar los atributos de su marido a la vista de la vecina, o para confirmar la erección, pero el resultado fue un nuevo aumento de su acaloramiento y la carga sexual en el ambiente.

— Vale, vale, lo reconozco —dijo el hombre poniendo su mano sobre la de su esposa, como tratando de contenerlos a ambos—. Pero ya nunca fuma en casa, solo en la terraza, por los niños, ya sabes…

— Entiendo. —La morena miró a ambos con una pícara y seductora sonrisa, y volvió a dirigirse solo a su nueva amiga—. ¿Ves? Es lo que te dije ayer en la piscina, la ventaja que tengo de no tener críos es que puedo hacer lo que quiera y donde quiera…

«Joder, ¿sigue hablando de mi vicio o está hablando de otros “vicios”? —el cerebro de Marta ya había perdido su capacidad de discernir—. Con Verónica parece todo tan sexual...»

— Lo malo es que —prosiguió la atrevida vecina—, al no haber tenido críos, este par de melones que Dios me ha dado están un poco desaprovechados. —Puso las manos bajo sus pechos, levantándolos un poco, atrayendo la vista de la pareja hacia ellos.

Marta y Alejandro intercambiaron miradas, la de ella de incredulidad, la de él de excitación.

— ¿Qué?, ¿crees que no son de verdad? —le espetó la morena a la rubia.

— Bueno, no te ofendas, pero… «Seguro que te gastaste todos los ahorros en ponerte esas tetazas, tan grandes y perfectas no pueden ser naturales.»

— ¿Por qué no lo compruebas? —Para desconcierto de Marta, y de su marido que miraba con los ojos como platos, Verónica cogió el cigarrillo casi consumido de la mano de la ejecutiva, le dio una calada exhalando el humo suavemente hacia Alejandro con un guiño, y lo apagó en el cenicero. Entonces tomó esa misma mano y la llevó sobre uno de sus pechos—. Verás que son de verdad. —Guio la mano por toda la superficie del globoso seno, recorriéndolo por completo.

La desconcertada mujer sintió cómo se le subían los colores, nunca había tocado unos pechos que no fueran los suyos, y contuvo el aliento permitiendo que la mano de esa nueva amiga le descubriese toda su forma y contorno, pasando de uno a otro, permitiéndole sentir los duros pezones bajo la fina tela del ajustado vestido.

«Joder, está excitada y no lleva sujetador», pensó, notando cómo sus propios pezones se endurecían y presionaban la lencería de su prenda interior.

— No te cortes, mujer —susurró la acariciada—. Verás que no miento. —Sus dedos presionaron los de la rubia, y sus falanges se hundieron en la mullida carne, que se amoldó a la presión ejercida.

— Uuffff —suspiró, sintiendo cómo la mama era turgente pero esponjosa, mientras el calor que recorría su cuerpo ya se convertía en combustión. Inconscientemente, apartó la otra mano del paquete de su marido, y la llevó al otro pecho, agarrándolo por propia iniciativa y comprobando que todo su generoso volumen desbordaba su palma.

Antes de ser realmente consciente de lo que estaba haciendo, ya estaba masajeando las dos tetas, maravillándose de su forma, volumen, consistencia, esponjosidad y dureza de los pezones. Y era tan excitante…

«Dios mío, estoy manoseando unas tetas y me está gustando…»

— ¿Lo ves? Cien por cien naturales —susurró Verónica, denotando la complacencia en su voz—. A que te gustan…

— Sí… —solo pudo contestar, recobrando la cordura y apartando las manos del sensual busto.

— A mí me gustan las tuyas, son muy bonitas y del tamaño perfecto para no tener dolores de espalda. —La atrevida mano de la empleada del súper agarró su pecho izquierdo, y lo amasó sin ningún pudor, clavándole la incandescente mirada oscura en sus brillantes ojos de miel—. ¿Les diste el pecho a tus dos niños?

— Hum, sí… —contestó, disfrutando de cómo la delicada mano femenina le masajeaba el pecho como lo haría su marido, quien observaba absorto sin decir nada.

Marta sintió cómo se humedecía, nunca le había excitado así una mujer, pero Verónica desprendía sexualidad por los poros, lo había hecho durante toda la noche, y aunque la ejecutiva no había sabido reconocerlo, había estado seduciéndola con gestos, palabras y actos para llegar a ese momento, en el que le hizo desear cosas que sólo habían pasado en sus más oscuras y locas fantasías.

— Pues es una maravilla cómo se mantienen estas preciosidades. —La otra mano abordó su otro pecho, y el erótico masaje la hizo suspirar, poniéndole los pezones como para rayar cristal.

La morena estaba reclinada sobre ella, y una de las manos se dirigió al escote, delineándolo de arriba abajo para acabar colándose a través de él. Con una cálida caricia, también superó la barrera del sujetador, bajando la fina lencería para aferrar un pecho desnudo exprimiendo el erecto pezón, y la rubia cerró los ojos gimiendo de puro placer.

Cuando volvió a abrirlos, se encontró con el atractivo rostro de Verónica a tan solo un par de centímetros del suyo, y al instante, sintió sus rojos labios sobre los suyos, dándole un dulce beso que sacudió toda su anatomía. Esos labios eran carnosos, suaves y jugosos, como una fresa en su punto óptimo de maduración.

Se separó un momento, y pudo echar un vistazo a su marido, que seguía mirando con los ojos incendiados de excitación y una sonrisa lasciva dibujada en su varonil rostro.

«No se escandaliza, no se niega, le excita que me toque y me bese una mujer…»

Sin dejar de sentir cómo su pecho era placenteramente amasado, volvió nuevamente la cara a esa fémina que le abría las puertas de un nuevo mundo, y los labios rojo pasión volvieron a posarse en los magenta, sintiendo con una excitación que aumentó la humedad de su coñito, cómo la punta de la lengua de Verónica acariciaba sus pétalos. Y lo disfrutó, permitiendo que el húmedo músculo se colara en su boca dándole a probar su saliva en la propia lengua.

Las cabezas se ladearon, acoplándose los coloridos labios sin dejar de rozarse, y las lenguas se acariciaron en el interior de las bocas, enredándose entre ellas con una danza lenta y sabrosa que a Marta le hizo olvidar cuanto le rodeaba. En ese momento, para ella, solo existían esos deliciosos labios, esa suave lengua, esa mano que le oprimía las tetas bajo el vestido… Estaba completamente entregada a la nueva experiencia.

«Alguna vez había fantaseado con estar con otra mujer, por curiosidad. Pero solo había sido eso, una fantasía puntual… Y ahora se está cumpliendo, y es tan rico…»

Las expertas manos de su improvisada amante abrieron el vestido por el escote, recorriéndolo suavemente y descubriendo los hombros para acabar mostrando la delicada lencería negra del sujetador, en el que se transparentaban los puntiagudos pezones.

— Mmm, elegante y sexy —comentó Verónica, abandonando los labios magenta y observando la prenda que sugerentemente envolvía los abultados pechos, los cuales tomó y sopesó mientras recorría el cuello de la rubia con sus pétalos de fuego.

Marta, disfrutando de las femeninas atenciones que ya le desabrochaban el sujetador, giró la cabeza hacia su marido que, mudo y con una mano sujetando su ya descomunal paquete, contemplaba a las dos mujeres con la lujuria dibujada en sus facciones.

— Cariño, estoy muy cachonda —evidenció denotando culpabilidad y con la respiración acelerada.

— Lo sé, preciosa —confirmó él—. Yo también estoy muy cachondo. Disfrútalo…

La morena, animada por lo que acababa de escuchar, se deshizo del sujetador dándoselo al hombre y volviendo a atacar los suplicantes labios femeninos a la vez que una mano apretaba pasionalmente una teta y la otra se colaba por la raja de la falda de la rubia, acariciándole cálidamente un muslo hasta llegar a la íntima prenda femenina que ya se había humedecido por ella.

La ejecutiva gimió de gusto en la boca de la empleada del súper al notar cómo sus dedos acariciaban la lencería, apartándola para que las yemas recorrieran los húmedos labios vaginales, produciéndole un escalofrío cuando hallaron el inflamado clítoris y lo acariciaron.

Los labios de fresa volvieron a dejarle respirar, bajando por su cuello y pecho hasta tomar un hipersensible pezón, que succionaron exquisitamente arrancando un gemido mayor. Y se comieron la mama con gula, enloqueciendo a la cuarentañera con su jugosidad femenina, estimulando toda la globosa teta como si tratara de metérsela entera en la boca, pasando a la otra del mismo modo mientras las hábiles manos cogían el tanga tirando de él para quitárselo; a lo que Marta colaboró instintivamente, alzando momentáneamente su culo para que Verónica deslizase hacia abajo la prenda que terminó a sus pies.

— Eres una diosa, y voy a comerte enterita… —le dijo tras volver a explorarle la boca con su traviesa lengua y carnosos labios rojos.

— Ufff, ¿sí? —preguntó la rubia, muerta de excitación, volviendo de nuevo el rostro hacia su expectante marido.

— Álex —se dirigió al hombre la morena—, voy a comerle el coño a tu mujer. Te parece bien, ¿verdad?

No hubo respuesta verbal, el cuarentañero se puso en pie, evidenciando su imponente paquete ante la cara de su esposa, y ésta pudo acariciarlo en toda su magnitud para corroborar el estado de máxima excitación de su hombre.

— Somos brujas. Le hemos levantado la polla y se la hemos puesto gordísima sin tocarle —confirmó ella—. Vero…

La anfitriona pasó la mano por la abultada entrepierna masculina, y aunque se mordió el labio inferior denotando cuánto la atraía, contuvo el impulso de lanzarse a ella para arrodillarse entre las piernas de quien consideraba que debía ser la beneficiaria de su lujuria en ese momento. Con una seductora sonrisa para ambos, y última mirada incandescente de sus oscuros ojos egipcios, metió su cabeza entre los firmes muslos femeninos, y besó toda la tersa y pálida piel del pubis, las ingles, y el monte de venus.

— Uuuh… —aulló quedamente Marta.

«¡Me va a comer el coño una tía! Y yo quiero que lo haga, y mi marido también… ¡Qué loco y excitante! —se decía, sintiendo los delicados labios femeninos cercando su intimidad—. Nunca había estado tan cachonda, de este modo… Vero es tan… No sabría cómo definirlo: ¿sensual?, ¿seductora?, ¿estimulante…? Joder, cómo me está poniendo y, ¡uf!, ¡cómo tiene el pollón Álex! —terminó gritando por dentro al bajar la cremallera de su marido, desabrochar el botón y contemplar el hipnótico paquete a punto de reventar el bóxer, con la rosado-violácea cabeza asomando por la cinturilla.»

— ¡Ooohh…! —Salió de sus pensamientos cuando sintió la atrevida lengua de su nueva amiga colándose entre sus pliegues, con sus labios pegándose a su vulva para besarla como había hecho anteriormente en su boca.

El húmedo apéndice se introdujo en su coño retorciéndose como la cola de una lagartija, con los esponjosos y suaves labios femeninos acompañando el movimiento con caricias, perfectamente acoplados a la mojada gruta, mientras las delicadas manos de su amante le recorrían los muslos y acababan metiéndose bajo ella para agarrarle el culo pasionalmente.

Marta se sorprendió de la pericia y gula de la treintañera, que le proporcionaba oleadas de placer degustando su coño con deleite, follándolo con la lengua, besándolo, chupándolo y succionándolo a la vez que le clavaba los dedos en las nalgas, haciéndola jadear con el rostro acalorado y los desnudos pechos con sus pezones a punto de salir disparados de pura excitación.

En ese febril estado, observó la brillante cabellera negra moviéndose entre sus muslos, recordándole que quien la estaba matando de gusto era una mujer, una bella mujer que levantó la vista atravesándola con su intensa mirada de ojos oscuros a la vez que le lamía toda la vulva para llegar al congestionado clítoris, ensalivándolo y haciéndolo vibrar para que la rubia se estremeciese complacida. Y se concentró en el sensible órgano, volviendo a apartar la mirada para atacarlo con toda la lujuria de su inquieta lengua.

— Uf, Vero, ¡qué boquita tienes…! Me derrites… —dijo la ejecutiva, viendo cómo su marido no podía contenerse más, deshaciéndose del calzado y todas las prendas inferiores para mostrar su verga como un obelisco que le apuntaba acusadoramente a través de la abertura inferior de la camisa.

— Y tú tienes que derretirme a mí, preciosa —aseveró Alejandro, subiendo al sofá y plantándole la gruesa cabeza de su verga en los sensuales labios magenta.

«Comerme la polla de mi marido mientras una tía me está comiendo el coño… ¡Dios, sí! —se dijo la rubia, empuñando la durísima barra de carne que ya comenzaba a penetrar entre sus perfilados pétalos de rosa.

Sintiendo cómo su anfitriona le ponía la pepita al rojo vivo, Marta alcanzó un nuevo nivel cuando el hinchado y duro músculo de su esposo le llenó la boca deslizándose entre sus labios y sobre su lengua, dándole el salado gusto de la lubricación masculina, midiendo su capacidad para engullirla hasta que el glande le llegó a la campanilla, incrustándose momentáneamente en la garganta, y retirándose lentamente para dejarle respirar.

— ¡Dios! —gritó, desquiciada de gula y lujuria, con la boca y el coño haciéndosele agua.

Con ganas, volvió a atrapar el balano con los labios y lo chupeteó con movimientos circulares, ofreciéndole su carnosidad y humedad. Pero el exquisito trabajito oral que le estaba regalando la empleada del súper no le permitía andarse con sutilezas para prolongar el momento, por lo que, con ansia, se metió la deliciosa polla en la boca y la chupó sin medida, succionando como un aspirador, recorriendo el tronco con los labios, haciendo fuerza, y con la lengua presionando el frenillo.

Mamó como una puta viciosa, porque en ese momento se sentía una auténtica puta viciosa «¡Y me encanta!», transmitiendo a su marido el increíble placer y loca excitación que estaba experimentando. Y mamando, y mamando, engullendo vorazmente la gorda y palpitante polla que apenas le dejaba respirar, sentía que estaba a punto de correrse, y que iba a hacerlo en la boca de Verónica, quien le chupaba el clítoris como si fuera una pequeña verga, estimulándolo al límite para llevarla al éxtasis.

— ¡Mmmmmmm…! —gritó con la boca llena de carne caliente cuando la mujer le arrancó el orgasmo, transmitiéndole la incontenible vibración a su marido.

Alcanzó la liberación rápida pero intensamente, gozando de cómo Verónica degustaba su corrida sin dejar de besar su coño, con la jugosidad de esos labios rojo pasión provocándole espasmos por todo el cuerpo; mientras ella seguía chupando la polla de Alejandro con mayor voracidad, llevándole a él también al borde de la locura entre gruñidos, succionándole con el orgásmico arrebato como si quisiera extraer el veneno de una rígida serpiente que ya palpitaba en su boca.

Y cuando su amante femenina se alzó de entre sus muslos habiendo libado todo su néctar, su amante masculino explotó gruñendo de gusto entre dientes.

El cálido torrente de semen se estrelló contra su paladar, inundándole la boca de blanco líquido que rezumó de entre sus labios magenta y el cuello de la gruesa verga que los atravesaba, y lo tragó sintiéndolo deslizarse densamente por su garganta a la vez que liberaba a la convulsionante anaconda de su prisión bucal. Pero esa no era más que la primera entrega del efervescente orgasmo masculino, puesto que en cuanto el violáceo glande salió con un húmedo sonido de entre los labios, volvió a eyacular sobre ellos, difuminando su atractivo color con un abundante borbotón de lechoso elixir que los embadurnó, colándose parte entre ellos, y escurriendo por las comisuras hacia la barbilla.

Marta saboreó el nuevo jugo masculino que entró en su boca, y la abrió aún más, sacando la lengua para acariciar el frenillo y recibir las últimas hirvientes descargas chocando contra su labio superior y paladar, manando finalmente sobre su lengua mientras terminaba de ordeñar a su macho estrangulando el grueso tronco con la mano.

La mujer observó cómo Alejandro, ya vaciado y satisfecho, bajaba del sofá y se sentaba junto a ella, contemplando cómo aún paladeaba la leche que se había acumulado en su boca mientras regueros fluían de sus labios para terminar goteando sobre sus pechos. Y volvió el rostro hacia Verónica, quien contemplando lo mismo que el hombre, se acercó de nuevo a ella, y comenzó a besarle las tetas con dulzura, recorriéndolas con sus pecaminosos labios de fuego y tomando los goterones de máxima excitación masculina que las adornaban; ascendiendo para chupar la barbilla con sus carnosos pétalos, lamer suavemente el magenta mancillado, e introducir su inquieta lengua en la boca con un erótico beso de femeninas lenguas acariciándose y compartiendo fluidos.

«Ufff… sabe a puro sexo —se dijo la ejecutiva—. Sabe a coño, mi propio coño que ella ha derretido… Y al semen de Álex que ha comido de mis tetas y ahora saborea en mi boca… Y sus labios, son tan suaves… Y su lengua… ufff… ¡Cómo me pone otra vez!»

Se besaron con lujuria, y Marta fue consciente de que ya no se limitaba a acompañar la excitante danza oral de su nueva amiga, sino que ella misma tomaba la iniciativa devorando esos labios y lengua que volvían a incendiarla con el morbo añadido de su delicadeza y feminidad.

Sus manos también habían cobrado vida propia, y con resolución y desparpajo dejaron a un lado cualquier tabú para agarrar los voluminosos pechos de Verónica, acariciándolos y apretándolos a través de la fina y elástica tela del vestido que aún los cubría.

«Joder, me encantan sus tetas, son tan bonitas… Es tan excitante tocarlas y apretujarlas… Me gustaría comérmelas…»

La empleada del súper era una amante hábil, enseguida se deshizo del elegante vestido negro que había quedado recogido en la cintura de la ejecutiva, dejándola completamente desnuda, sin dejar de compartir su jugosa lengua con ella, a la vez que su mano derecha se introducía entre sus muslos y le frotaba los abultados labios vaginales y el clítoris.

— Vamos al dormitorio —le dijo su anfitriona, separándose y poniéndose en pie para tomarla de la mano y tirar de ella.

— ¿Y Álex? —preguntó ella, volviendo a ser consciente de la presencia de su marido en ese demencial sueño.

— También, claro —confirmó Verónica con una sonrisa—. Seguro que le gustará mirar, a todos los tíos les gusta ver a dos mujeres guapas jugando. Y después… lo que queráis.

— ¿Lo que queramos? —preguntó Marta sin entender, mientras entraban al dormitorio con su esposo siguiendo sus pasos en silencio.

— Tu maridito también está muy bueno, y si los dos queréis, entre los tres será todo más divertido —aseveró, deteniéndose ante la cama y volviendo a enfrentarse a ella.

La habitación era como el despacho-vestidor que ellos tenían en su casa, solo que en el ático de los vecinos era el único dormitorio, en el que aparte del armario empotrado que constituía una de las paredes, tan solo se encontraban la cama de matrimonio con un par de mesitas de noche, un enorme cuadro representando París sobre el cabecero, y un perchero del que colgaban algunas prendas.

— Llegados a este punto… —susurró la rubia, viendo cómo la morena se desenfundaba el prieto vestido para ella. «Ufff… nunca me había puesto tan cachonda la perspectiva de ver a otra mujer desnuda.»— Supongo que lo justo sería que Álex interviniera, ¿no? Bueno, si a él le apetece, claro…

— ¿Te apetece, Álex? —le preguntó Verónica por encima del hombro de la cuarentañera— ¿Nos follamos entre los dos a tu preciosa mujercita?

— En cuanto esté a punto —contestó éste, acercándose a su mujer por detrás y acariciándole las erizadas tetas mientras ella contemplaba, hipnotizada, cómo la sensual vecina exhibía su completa desnudez tras quitarse la única prenda que la había cubierto, evidenciando que no llevaba ropa interior.

«Es preciosa —se sorprendió pensando Marta—, ¡qué cuerpazo! La deseo…»

La deseada no se hizo de rogar, y aprovechando que aún calzaba los tacones y plataformas que le dejaban a la misma altura que su invitada, se acercó a ella tomándola por la estilizada cintura. Alejandro liberó los pechos de su esposa, y las rotundas tetas de la morena se aplastaron contra las de la rubia mientras sus labios volvían a encontrarse y la sabrosa lengua volvía a invadirle la boca.

La excitación de Marta aumentó exponencialmente con el lujurioso beso. La sensación de los esponjosos senos de la anfitriona aplastando los suyos era nueva e increíblemente placentera, masajeándose mutuamente con un roce de pezones absolutamente enloquecedor. Y sus pubis también se unieron, permitiéndole sentir en su propio y húmedo coño la calidez y lubricación de quien ya la había hecho suya para entregarse a cualquier placer lésbico que surgiese.

Las manos de su amante descendieron recorriendo su talle y caderas, y enseguida las sintió acariciando sus nalgas para clavar sus dedos en ellos, comprobando su madura consistencia, provocando que sus mojados sexos se fusionaran aún más y sus inflamados clítoris pudieran frotarse el uno contra el otro, estimulándose mutuamente con un acompasado contoneo de cadera de ambas féminas, propagando el placer por sus libidinosos cuerpos y haciéndolas gemir dulcemente en la boca de su oponente, con sus labios fusionados y las lenguas enredadas.

Para la ejecutiva, todo aquello era una ocasional fantasía en momentos de máxima calentura, algo oscuro, prohibido y morboso que jamás se habría atrevido a probar. Pero allí estaba, rompiendo todos sus esquemas con el beneplácito de su marido, superando su propia imaginación, descubriendo las delicias del sexo con otra mujer, y deseando llegar a más.

«La fruta prohibida es la más deliciosa —le decía una voz interna—, sáciate de su jugo…»

Sus manos ascendieron por la bronceada y sedosa piel de Verónica, y tomaron sus gloriosas tetas para estrujarlas con el inédito gusto que acababa de desarrollar por esos voluptuosos atributos femeninos.

— ¡Cómete mis tetas, Marta! —exclamó la treintañera echando hacia atrás la cabeza—. Me tienes chorreando…

La cuarentañera se llenó la boca de moldeable carne, succionando cuanto le cabía, y la morena, extasiada, tiró de su cabeza para acabar las dos sobre la cama. Siguió comiéndose las deliciosas tetazas, con un hambre que ni ella misma sabía que tenía, y mamó sus pezones con sus carnosos labios magenta para ponerlos al rojo vivo.

— Dios, ¡qué maravilla! —escuchó tras de sí la voz de Alejandro—. Eso es, cariño, cómetela entera…

Verónica se deslizó por la cama hacia arriba, haciendo que los labios de Marta recorriesen todo su abdomen hasta llegar al pubis, enfrentando su empapada vulva al rostro de su amante.

— Vamos, preciosa, mira cómo me tienes… —aleccionó pellizcándose los agudos pezones—. Cómeme el coño, Marta, está jugoso para ti…

El olor a sexo femenino saturó su pituitaria, despertando en ella instintos y apetitos insospechados. La vulva de su nueva amiga le resultó inusitadamente atractiva, con su abultado monte de venus completamente rasurado y bronceado, como el resto de su cuerpo; los gruesos labios entreabiertos, brillantes por la lubricación, y el rosado clítoris asomando entre ellos, erguido para recibir atención. Se le antojó como un exótico manjar que nunca habría imaginado que tendría la oportunidad de degustar.

«¿Voy a comerme un coño? —se preguntó internamente—. Joder, sí, ella me lo ha comido a mí, y ha sido… Uufff, estoy tan cachonda…»

A cuatro sobre la atractiva desnudez de su vecina, sus codos se apoyaron en la cama, su mano izquierda atenazó la bronceada cadera, y la izquierda acarició la jugosa almeja de abajo arriba, pasando los dedos por la raja para colarse entre los labios y embadurnarse de zumo femenino a la vez que sus yemas presionaban el endurecido botón, arrancando un profundo suspiro a la treintañera.

— Uuuuhhh, Marta…

Llevó los dedos a su boca, y chupó el salado fluido con que se habían embadurnado. Su sabor era intenso, muy similar al propio e increíblemente estimulante, por lo que bajó su rostro y sus labios magenta besaron los hinchados labios vaginales produciendo un evocador sonido que fue acompañado de un gemido de Verónica. Sin dejar de besar la almeja, regalándole toda la carnosidad de sus labios, sacó la lengua y la introdujo en la grieta, deslizándola arriba y abajo, degustando con mayor intensidad su salado gusto.

— Ooooh, Marta, qué bien lo hacesss…

— Joder, ¡cómo habéis vuelto a ponerme! —escuchó la voz de su marido, quien contemplaba tras ella la escena, con una espectacular vista del culo alzado y el mojado coñito entreabierto de la cuarentañera, y su espalda arqueándose para que la rubia cabellera depositara sus bucles sobre los tersos muslos y el pubis de la morena, mientras ésta masajeaba sus tetazas y gemía mordiéndose el rojo labio inferior, con sus oscuros ojos irradiando fuego al mirar hacia su entrepierna y alzar la vista para mirarle a él con la lascivia dibujada en su rostro.

— ¡Fóllala! —ordenó la ardiente vecina tras un profundo gemido.

Los dedos de Marta habían abierto más los labios vaginales, y su lengua se había introducido más en el coño, lamiendo y retorciéndose en él, con toda la boca acoplada y succionando a la vez, comiéndoselo con mayor apetito al descubrir que, cuanto más probaba, más le gustaba, y los gemidos de su anfitriona no hacían sino animarla aún más.

Chupando con auténtica gula, descubriendo la anatomía más íntima de Verónica con la lengua para rematar cada lamida en el clítoris, excitándole tanto el hacerlo que su propio zumo escurría por la cara interna de sus muslos, la ejecutiva sintió las manos de Alejandro cogiéndole el culo con firmeza, y al instante, la gruesa polla de su marido incidió en su lacrimoso coño abriéndoselo e introduciéndose en él hasta el fondo, con un palmeo de la pelvis masculina en sus nalgas.

— ¡Aaaaaaaahhh! —gritó de intenso placer.

Fue una penetración sorpresiva, potente, profunda, una auténtica gozada. La verga le entró como una espada al rojo hundiéndose en la nieve, con la facilidad de encontrar su vagina licuada y distendida por la suma excitación de estar dándose un prohibido banquete con su vecina.

— Dios, cómo estás, cariño —afirmó Alejandro entre dientes—. Sí que te está gustando comerte un coño, ¿eh?

— Uumm, sí —contestó, girando el rostro para ver la masculina anatomía en tensión contra su culo—. Tanto como a ti te está gustando que lo haga. Tienes la polla gordísima y me la has clavado hasta el fondo…

— Joder, pareja —intervino Verónica mirándolos a ambos con gesto lascivo—, ¡vais a volverme loca! Marta, no dejes de comerme, que lo haces muy bien y ya me tienes a punto. Quiero correrme en tu boca viendo cómo te folla tu hombre…

— Eres una auténtica pervertida, Vero —le dijo el ingeniero con una sonrisa— Y vamos a complacerte, ¿verdad, cariño? —Empujó con la cadera clavando más su duro estoque a la vez que con una mano bajaba la cabeza de su esposa hasta volver a ponerle la boca sobre el coño de la vecina.

Marta se sintió sometida, maravillosamente sometida y puta, muy puta, más que nunca, y le encantó la sensación. Se afianzó con los codos en la cama y volvió a besar el anhelante coño, metiendo su lengua en él y arrastrándola para comenzar a lamer el suave clítoris con ganas.

La polla se deslizó en su interior, haciéndole sentir intensamente cómo salía y volvía a entrar dilatándola y dándole un gusto que con su nivel de excitación era casi imposible de soportar. Y empezó a gemir, de forma inevitable a pesar de tener la boca acoplada al coño de Verónica, transmitiendo a ésta la vibración de su propio placer por las arremetidas que le estaba dando su macho, que la partía por dentro mientras ella succionaba con fuerza el clítoris y le daba toques con la lengua. Y a la vez, a sus oídos llegaba el sonido de sus glúteos palmeados una y otra vez por la pelvis masculina, y los agonizantes gemidos femeninos de la hembra que se derretía con su gula.

Penetración a penetración —firmes, potentes, duras clavándose en sus entrañas— y chupada a chupada —jugosas, suaves, afiladoras de la perla con potente succión—, Marta sintió que no podía más, iba a explotar ya. Pero Verónica se adelantó, y entre agudos gemidos desaforados, se corrió en su boca, dándole el cálido y delicioso jugo de la máxima excitación femenina para que lo libase directamente de la fuente, y le encantó. Y la espoleó para que su propio orgasmo le hiciera despegarse del coño y arquear toda la espalda con un aullido, mientras su hombre la sujetaba por las caderas con su tremenda polla llenándole las entrañas de palpitante carne.

Con los labios y toda la barbilla mojados, miró a Verónica, y ésta se levantó para besarla, degustando su propio orgasmo en la boca de aquella a quien había conseguido seducir.

— Ha sido una delicia, Marta —le susurró—. No hay mejor comida de coño que la que te hace otra tía, ¿verdad?

— Sí… —confesó tras un instante de duda— Ummm… —La polla de su marido salió de su interior dejándole un vacío—. Pero él se ha quedado a medias —añadió, sentándose junto a su nueva amiga especial y observando la brillante verga de su esposo, rígida como un poste—, y después de esto…

— Me gustaría chupársela. —Los oscuros ojos de Verónica también se dirigieron al hombre, sonriéndole con picardía—. Tu maridito tiene un buen pollón… ¡Qué suerte tienes, cabrona!

— ¿Tú crees? —Se le escapó una carcajada. —Sí, no puedo quejarme… ¿De verdad quieres chupársela?

— Uf, pues claro, ¡me encanta chupar pollas! Y, tía, la Vero no tiene la suerte que tienes tú de tener una así todos los días. —Intercambió una enigmática mirada de complicidad con el hombre—. ¡Quiero comerme la polla de tu maridito!

— ¿Tú quieres? —le preguntó a su esposo, sabiendo de antemano la respuesta.

— Joder, mirad cómo me tenéis… Cualquier tío querría que Vero le chupara la polla…

No hizo falta más confirmación, la morena se acercó al cuarentañero sentándose al borde de la cama, y la rubia la acompañó situándose a su lado, ambas frente al imponente monolito de cabeza violácea y brillante por el jugo que había extraído del coño de su mujer.

— Espero hacerlo bien… —dijo en última instancia la hambrienta.

Conteniendo la respiración, puesto que nunca se había imaginado a su esposo con otra mujer, Marta observó en primera línea cómo Verónica empuñaba el grueso tronco, sin poder abarcarlo, y acercaba los rojos labios al glande hasta que lo tomó con ellos besándolo. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero no apartó la mirada, sino que siguió viendo cómo, lentamente, los carnosos labios de su vecina rodeaban la cabeza de la polla y ésta desaparecía en el interior de su boca, avanzando hasta que más de la mitad del grueso músculo se introdujo en el agraciado rostro de la empleada del súper.

El hombre resopló, y la ejecutiva resopló con él. La imagen de esa treintañera metiéndose en la boca la polla de su marido, su polla de uso exclusivo desde hacía doce años, lejos de resultarle incómoda, la excitó sobremanera. «Joder, ¡qué morbazo!»

Con un evocador sonido de succión, hundiéndosele los carrillos y resaltando sus altos pómulos, la morena se sacó el instrumento hasta que volvió a emerger completamente de entre sus rojos pétalos, habiendo dejado un ligero tono rojizo en la piel de la pétrea vara que a Marta le pareció increíblemente erótico. «Uf, hasta que su carmín sea de los que dejan marca me pone cachonda.»

— Tía, me encanta la polla de tu marido, no me extrañaría que te pasaras todo el día chupándosela. Es grande, me llena la boca…

— Bueno, todo el día… —sólo acertó a decir.

— Me voy a comer toda la polla de tu marido, y quiero que tu maridito se corra en mi boca, ¿te parece bien?

— Sí… —solo acertó a decir, loca de excitación. «No hace más que repetirme que es mi marido, ¡y eso aún me pone más!»

Verónica volvió a rodear el balano con sus sensuales labios y, mirando fijamente a Marta, volvió a meterse la verga en la boca hasta que le alcanzó la garganta, gimiendo como quien prueba por primera vez un exquisito manjar. Y comenzó a mamar lentamente, deslizando el grueso tronco entre sus rojos pétalos, dentro y fuera, coloreándolo tenuemente y cubriéndolo con su saliva, haciendo dedicadas succiones que hundían sus carrillos y arrancaban suspiros al hombre.

— Oooh, joder, qué ricooohh… —Alejandro tampoco perdía detalle del buen hacer de la vecinita golosa.

Hipnotizada por la escena pornográfica que estaba contemplando en vivo y en primera línea, Marta sintió cómo la mano libre de la felatriz se colaba entre sus muslos y le acariciaba el húmedo coño, sin dejar de chupar, abriéndose paso entre sus pliegues para introducirle dos dedos y hacerle gemir de gusto, acompañando el ritmo de la mamada a su marido con un delicioso mete y saca dactilar.

— Uuuff, Vero, así nos matas a los dos...

— Uhum —confirmó la morena con la boca llena de macho.

La ejecutiva decidió corresponder el gesto, y metió su mano entre los bronceados muslos hasta alcanzar el cálido coño de su nueva amiga. Estaba empapado, y con suma facilidad le introdujo dos dedos, curvándolos y metiéndolos enteros, sintiendo cómo la gruta estaba completamente encharcada y su suave interior le apretaba las falanges. La morena ronroneó como una gata en celo.

— Así, preciosa —le animó, sacándose por un momento el cetro—. Vamos a follarnos la una a la otra mientras ves cómo dejo seco a tu maridito…

La mano de Alejandro tomó el rostro de la empleada del súper, y con un movimiento de cadera le penetró de nuevo los labios, a lo que ella respondió ladeando la cabeza, mostrándole a Marta cómo en su carrillo derecho aparecía un enorme bulto con la forma del glande, moviéndose hacia dentro y frotándose contra el suave interior.

A la cuarentañera, esa imagen le resultó en cierto modo grotesca, pero a la vez, inconcebiblemente excitante, y los dedos de la treintañera ensalzaron esa sensación, penetrándole hábilmente con ahínco mientras chupaba la polla emitiendo evocadores sonidos de succión. Y Marta, gozando de las sensaciones y el morboso espectáculo, le correspondió moviendo sus dedos dentro de ella con mayor intensidad, siguiendo la reacción en cadena para que Verónica chupara la polla con mayor voracidad, moviendo la cabeza atrás y adelante, engullendo la dura carne hasta que solo una pequeña porción quedaba sin ser devorada.

«Uf, con qué ganas chupa, se la traga más que yo y, sin dejar de follarme a mí. —No dejaba de sorprenderse la ejecutiva, exacerbándose su excitación.»

En poco tiempo de contemplación de la ansiosa mamada de su vecina a su esposo, y de la mutua follada digital, Marta sentía que estaba llegando al punto volver a correrse, y por lo que notaba en el abrasador coño de su amiga, ésta también estaba a punto; por no mencionar a Alejandro, cuyo rostro estaba desencajado por el placer, sin poder apartar la vista de ambas. Y de pronto, ocurrió lo que desencadenó la apoteosis: escuchando intensos sonidos de deglución, la cuarentañera admiró cómo el bello rostro de la empleada del súper se acercaba al pubis del ingeniero hasta que toda la polla desapareció en su boca, siendo tragada por completo, con los carnosos labios alcanzando los huevos. Y así se mantuvo unos segundos, en los que pareció detenerse el tiempo mientras observaba cómo la garganta de la tragasables se movía exprimiendo al invasor. «¡Pero qué pedazo de puta!, ¡me va a dejar sin hombre!»

Con una intensísima succión recorriendo toda la longitud de la verga, Verónica la liberó tomando aire, dejándola embadurnada de saliva que también escurría de la comisura de sus labios y confluía en su barbilla, y miró a Marta con una cómplice sonrisa cargada de perversión.

— Joder, ¡me corro! —gritó fuera de sí Alejandro.

La morena se lanzó nuevamente a la enhiesta vara y, en el momento justo, atrapó el glande con los labios para volver a chuparlo.

— Ooooh, ooooh, oooohh… —gimió el hombre, con los ojos cerrados y el rostro vuelto hacia el techo.

La rubia vio cómo la polla de su esposo vibraba entre los rojos labios de Verónica, a la vez que éstos la chupaban y exprimían con un leve movimiento adelante y atrás, mientras la mano izquierda agarraba y masajeaba los huevos. También sintió cómo el coño de su amiga tiraba de sus dedos, contrayéndose en torno a ellos del mismo modo que la boca estrangulaba el falo, y fue consciente de que su propio sexo hacía lo mismo con los dedos femeninos insertos en él.

A punto de estallar en un intenso orgasmo, Marta asistió con fascinación al espectáculo de su marido corriéndose dentro de la boca de su vecina entre agonizantes gruñidos, hasta que ésta le extrajo todo su elixir y, al fin, el violáceo y colorado balano volvió a emerger dejando un chorretón blanco en los labios. Éstos acudieron raudos al encuentro de los de color magenta, y la cuarentañera se vio sorprendida por la lengua de la treintañera penetrándolos para que, en cuanto abrió la boca, se le inundara de cálido y abundante semen. «¡Dios!, ¡no ha tragado nada para darme la leche de mi propio hombre! Uuuummmm…»

El orgasmo sacudió todo su cuerpo, en demencial sincronía con el orgasmo de Verónica a la vez que se besaban apasionadamente, compartiendo el denso néctar masculino entre las dos bocas, paladeándolo con un lésbico combate de lenguas y jugosas caricias de labios hasta que las dos hembras quedaron saciadas.

La anfitriona de aquella increíble noche le sacó los dedos del coño y se los chupó, y Marta, aventajada alumna, imitó el gesto para volver a probar el gusto del orgasmo femenino tras haber saboreado el masculino.

Se hizo un onírico silencio, y fue la propia Marta quien lo rompió verbalizando un deseo:

— Necesito un cigarrito…

Los tres arrancaron a reír y, finalmente, tras volver al salón para vestirse y adecentarse en el baño, la pareja prefirió marcharse para no prolongar el momento más de la cuenta, dejándolo en un estado de satisfacción compartida. Aunque antes, bajo palabra, acordaron dejar todo aquello entre ellos y en esa noche, por las posibles repercusiones que podría tener para los dos matrimonios implicados si llegase a otros oídos.

En silencio, y como flotando en una nube, la pareja salió del ático, pero cuando bajaron al portal para tomar su escalera, Marta prefirió salir a fumarse el cigarrillo que hacía rato le apetecía.

— ¿Estás bien? —le preguntó Alejandro, observando cómo exhalaba el humo plácidamente.

— Muy bien. Complacida, satisfecha… aunque confusa. ¿Y tú?

— También. Ha sido una locura, pero tan excitante… Verte con otra mujer y participar de ello ha sido una fantasía hecha realidad… Me ha encantado, y creo que tú también has disfrutado mucho, ¿no?

— Uf, nunca habría imaginado que tanto, pero… Joder, ¡es que me he acostado con una mujer! —exclamó bajando el tono a apenas un susurro—. Comprenderás que es algo que tengo que asimilar… ¿Y tú no has sentido celos? —Marta sopló, inconscientemente y con suavidad, el humo del cigarrillo hacia él.

— Claro, claro… ¿Y celos yo? Ninguno. —Alejandro la tomó por la cintura y la besó apasionadamente, apretando su tremendo paquete contra ella para hacerle sentir que volvía a endurecerse—. Ha sido lo más excitante de mi vida, y mira cómo sigues poniéndome… ¿Te has puesto tú celosa cuando me la estaba chupando ella?

— La verdad es que no. —Se apartó ligeramente de él constatando con la mano lo que había sentido en el pubis, y dio una última calada al cigarrillo—. En realidad, me ha puesto súper cachonda… Pero ya te digo que tengo que asimilarlo con más calma. Será mejor que dejemos ésta conversación aquí y subamos con los niños. Ya lo hablaremos en frío…

— Por supuesto, cariño —confirmó él, observando cómo su bella esposa apagaba bien el cigarrillo y lo tiraba a la papelera—. Pero que sepas que eres una diosa, y hasta otras mujeres se percatan de ello.

— Adulador —dijo Marta sonriendo—. Tú lo que quieres es que volvamos a montárnoslo con otra tía… Anda, vamos para casa, y que no se te ocurra acercarte a Vero si yo no estoy presente. «¡Es una loba!»

Cogidos de la mano, subieron a casa, donde Sara les esperaba viendo el final de una película mientras los niños estaban profundamente dormidos en sus habitaciones.

Marta insistió en pagarle por su labor de canguro, pero la chica se negó rotundamente, aludiendo a que lo había hecho encantada y que ella también lo había pasado bien.

— Quizá en otra ocasión —añadió—, si necesitáis que vuelva a quedarme con ellos. Ahora, con que me invites a un café cualquier día, me doy por satisfecha.

Alejandro se despidió rápidamente de la joven, yendo a echar un vistazo a los dormitorios, y Marta percibió la mirada que la chica le echaba. «Vaya, pues sí parece que le gusta mi maridito.»

Ella la acompañó a la puerta, y Sara se despidió dándole dos besos que sintió muy cálidos y pausados en sus mejillas, haciéndosele especialmente notable la suavidad de los juveniles labios, lo que le produjo un cosquilleo interno. «Joder, lo de esta noche me ha afectado —pensó, observando antes de cerrar la puerta y con una renovada mirada cómo la joven se daba la vuelta y tomaba las escaleras del portal—. Necesito dormir y que baje mi nivel hormonal para aclarar mis ideas. Mañana tendré una charla importante con Álex…»

Continúa en