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Fantasías vecinales (3)

Sara 1 Sara se había pasado la mañana del sábado ayudando a su madre a limpiar la casa a fondo y hacer la comida, aunque su cabeza no había dejado de repasar una y otra vez la noche anterior. Había sido una de las mejores experiencias de…

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Sara 1

Sara se había pasado la mañana del sábado ayudando a su madre a limpiar la casa a fondo y hacer la comida, aunque su cabeza no había dejado de repasar una y otra vez la noche anterior. Había sido una de las mejores experiencias de su joven vida. De la forma más inesperada, y como una irrefrenable catarata que rompe contra las rocas, había conseguido cumplir una de sus mayores fantasías desde la adolescencia: acostarse con ese vecino madurito que tanto la ponía. ¡Y había sido alucinante!

Jamás habría imaginado que podría cumplirla, conociéndole desde niña y sabiendo que era un hombre formal, educado, felizmente casado, padre, y más de veinte años mayor que ella. Pero todo eso, aparte de que siempre le había parecido que el tío estaba realmente bueno, precisamente le ponía más, le daba muchísimo morbo, y muchas veces había imaginado una situación en que la pillaba a solas y le enseñaba lo que era un verdadero hombre maduro, pues siempre había sentido atracción por tíos mayores que ella, más que por los niñatos de su edad. ¡Y se había hecho realidad! No exactamente como ella había fantaseado, sino de un modo aún más loco y excitante, gracias a su vecina y amiga Verónica.

Desde que la había conocido, su vecina había dado una nueva vuelta de rosca a su mundo. Sara siempre había sido muy extrovertida, y Verónica era un torbellino de frescura y sociabilidad, por lo que enseguida se habían hecho amigas a pesar de los casi diez años que se llevaban.

La nueva amiga vivía justo encima de ella, y pasaba mucho tiempo sola debido a que, por turnos de trabajo de ambos, no coincidía mucho en horarios con su marido Javier, por lo que era frecuente que la invitara a su casa para tomar algo y charlar, cogiendo confianza enseguida, como si se conocieran de toda la vida, pues Sara era madura para su edad, y Verónica era más bien lo contrario.

Y fruto de esas tardes de confianza y confidencias, y de unos cuantos mojitos un sábado por la noche, surgió el cumplimiento de la más oculta fantasía de Sara, la que nunca había confesado a ninguna de sus otras amigas, puesto que con ellas había compartido la del vecino maduro, aprobada por todas cuantas le habían visto y confirmado que ellas también fantaseaban con un vecino así, aunque no lo tuvieran. Pero la fantasía de estar con una mujer, era su mayor secreto y no veía a quién confesárselo, pues estaba segura de que le gustaban los tíos y, de hecho, solo había estado con tíos, pero notaba que podía apreciar la belleza femenina de un modo no únicamente objetivo y, por así decirlo, inocente, sino como algo realmente atractivo para ella, algo excitante y sexual. Cuando miraba a su vecino, no solo le miraba a él, sino también a su encantadora mujer. Y no solo porque admirase su carrera y aparente éxito profesional y personal, su estilo y elegancia, haciéndola desear ser como ella en un futuro, sino también porque se sentía físicamente atraída por esa guapa mujer rubia, de mirada color miel y cuerpo esbelto y bien cuidado.

Y algo parecido le había ocurrido con Verónica cuando la conoció, reconociendo lo guapa que era al instante, y deseando ocultamente probar las delicias de ese voluptuoso cuerpo de mujer. Por lo que, aquel sábado por la noche de dos meses atrás, los mojitos y la conversación subida de tono con su nueva amiga, la envalentonaron para lanzarse a besarla, y su vecina, inicialmente sorprendida, había correspondido el delicado beso. Después, todo fluyó con una pasmosa naturalidad, aunque para ambas fuera la primera vez en intimar de aquel modo con otra mujer. Y se divirtieron y disfrutaron del descubrimiento de aquellos placeres, durante toda la noche, hasta que el alba les anunció que el marido de Verónica no tardaría en volver de su turno nocturno. Y aquella excitante y maravillosa experiencia se había repetido en una segunda ocasión, y en una tercera, buscada por ambas, como lo iba a haber sido el día anterior al presente, cuando Alejandro se les había presentado como un regalo del cielo para compartir el juego con ellas.

«Todavía no me lo puedo creer —pensaba después de comer, viendo una película con sus padres—. ¡Ayer me comí la polla de Álex!, ¡y qué polla más flipante! Y cómo me folló, a cuatro, dándome duro como me gusta… Dios, ¡cómo me corrí! Y con Vero… ¡uf!»

El calor se le subió más de la cuenta, y tuvo que dejar la película con sus padres, alegando que le estaba aburriendo y prefería bajar a la piscina a darse un baño y tomar el sol, aunque fuera sola, ya que sabía que a Verónica le había tocado trabajar esa mañana, y a esas horas, seguro que estaba echándose una siesta con su marido. Aun así, le envió un mensaje para hacerle saber que iba a estar en la piscina, aunque comprobó que no lo leía, corroborando su teoría de la siesta.

«¿Y si quien baja a la piscina es Álex? ¡Uf! Los dos solos, en la zona apartada de la vista de las terrazas…»

Pero sabía que eso era imposible, primero porque pocas veces el cuarentañero bajaba a la piscina, y más teniendo en cuenta cómo había acabado la cosa el día anterior, y segundo, porque cualquier otro vecino podría bajar a la piscina y encontrarse con un espectáculo de escándalo público y destrucción matrimonial.

Se puso un bikini negro, de pequeña tanguita perdiéndose entre las redondeces de su firme culito veinteañero, y parte superior más sugerente que el día anterior, con la justa sujeción para sus juveniles pechos de tamaño medio—grande, que se erguían desafiando a la gravedad, y capaz de cubrir la región media de cada mama, atándose al cuello, pero dejando un amplio escote y permitiendo ver la redondez de cada seno en los laterales.

«¿Quién sabe?, lo mismo baja, y aunque no pueda hacer nada con él ahí, me encantaría que me mirase y se le marcase el paquete bien grande al verme, ummm…»

Se dio un refrescante baño que bajó su libido y le permitió alejarse de los lujuriosos pensamientos que llevaban todo el día atormentándola. Además, al final, había llegado a la conclusión de que lo ocurrido el día anterior había sido una oportunidad única en la vida, algo que recordaría para siempre y que nunca más podría volver a producirse, puesto que Alejandro era un hombre felizmente casado, y nada menos que con «La pija». ¿Para qué poner en riesgo una vida perfecta, con una mujer perfecta, por una aventura con una chica que en lo único que podía competir con la ejecutiva era en juventud?

Mientras tomaba el sol, para su decepción pues aún albergaba una mínima esperanza de encuentro, vio cómo quien acudía al recinto eran otros vecinos. Tres parejas de la edad de sus padres, más allá de la cincuentena, a las que saludó amablemente mientras se situaban al lado opuesto con sillas de camping.

El sol era agradable, y le hacía sentir relajada, pero no podía evitar aburrirse. Le parecía que faltaba una eternidad hasta la hora en que había quedado con sus amigas de la universidad para salir de fiesta. Seguramente, esa noche acabaría liándose con algún tío que estuviera lo suficientemente bueno como para pasar por alto que no fuera del rango de edad que a ella le apetecía más, pero al menos lo pasaría bien.

«Un par de polvos en su coche o en su piso para quitarme el calentón, y a otra cosa.»

Por fin, el sonido de un mensaje en su móvil la sacó del aburrimiento. «Ya bajamos», le había escrito Verónica.

Efectivamente, a los diez minutos, aparecieron su vecina preferida y su marido, que se instalaron junto a ella.

— ¡Hola, guapa! —le saludó su amiga jovialmente—. ¿Aburrida? Siento no haber bajado antes, pero ya sabes, «la siesta…» —añadió realizando un gesto obsceno que solo los tres pudieron ver, uniendo su índice y pulgar de la mano izquierda en un círculo e introduciendo en él un dedo de la otra mano.

— «La siesta…» ¡ja, ja, ja! —rio Javier.

— Ya veo, ya, lo bien que os lo pasáis, parejita —comentó Sara riendo también con la ocurrencia.

— Voy a darme un baño —anunció Javier—, que después de «la siesta» y la noche de curro, seguro que me resucita.

En cuanto el vigilante de seguridad las dejó a solas, las dos mujeres aprovecharon para hablar entre ellas en un tono que nadie más pudiera escuchar.

— ¿Qué tal estás, tía? —le preguntó Verónica—. ¿Aún flipando con lo bien que nos salió el plan de ayer?

— Calla, calla, que me pongo mala —contestó Sara haciendo un indisimulado repaso visual de los bonitos pechos de su amiga, cuyo poderío era ensalzado por el bañador verde de una pieza que había elegido para ese día, y que envolvía toda su voluptuosidad salvo por una abertura ovalada en el centro, a modo de escote, que mostraba un canalillo enloquecedoramente apretado—. No he podido quitármelo de la cabeza en todo el día… Vas muy tapadita, ¿no?

— Bueno, lo justo —repuso la morena—. Es que el Javi se ha emocionado, y me ha dejado las lolas todo coloradas. Como llevábamos seis días sin echar un polvo…

— Bueno, seis días él, ¡ja, ja, ja!

— ¡Ja, ja, ja! ¡Qué bicha estás hecha! Y eso que no sabes lo de ésta mañana.

— ¿Lo de ésta mañana? —repitió interrogativamente la estudiante—. ¡Pero si tenías que currar y Javi ya estaba en casa! Me estás tomando el pelo.

— Sí, tenía que currar, pero antes me he pasado a desayunar por casa del Álex —contestó la amiga con picardía.

— Noooo… ¿en serio? —Sara no podía salir de su incredulidad—. ¿Has ido a su casa y te lo has tirado otra vez?

— Bueno, tirármelo, lo que se dice tirármelo, no. No había tiempo. Pero sí que he desayunado una buena porra con muuuucha leche calentita.

— Vaya, ¡qué guarrona estás hecha! ¿Te has presentado en su casa en plan: «Hola, Álex, te voy a comer la polla antes de ir a trabajar»?

— Sí, más o menos, y te aseguro que lo hemos disfrutado los dos. ¡Le he dejado seco!

— Uf, tía, ¡eres la caña! Flipo contigo —aseguró la joven sintiendo que le volvía toda la calentura.

— Ya sabes, la Vero es LA VERO, y tenía que aprovechar el único momento que iba a tener para disfrutar esa polla antes de que vuelva «La pija» a reclamarla, ¿no?

— Ya, claro, pero tampoco hay que hacer sangre con ella, ¿no? —dudó Sara con un poco de envidia—. Marta será muy pija, y todo eso, pero es buena tía.

— Que está buena, querrás decir, que ya me he dado cuenta de que también le tienes echado el ojo —reveló su perspicaz amiga.

Por un momento, la joven se sonrojó.

— Bueno, no desviemos el tema. —Se sobrepuso—. A lo que me refiero es que tampoco se merece que su marido se la pegue más de una vez. Lo de ayer fue un asalto en toda regla, y por cómo se negaba al principio, estoy segura de que nunca le había puesto los cuernos.

— Vale, vale, ahí te doy la razón —concedió Verónica—. La Marta no se lo merece, pero tía, es que es injusto que tenga a ese tío para ella sola. Las pollas así son para disfrutarlas, y todas deberíamos tener la oportunidad, así que yo, ésta mañana, solo he tomado la mía. Y tú deberías hacer lo mismo, como cuando me entraste aquel día, y mira qué bien lo pasamos juntas. Y, además, te digo una cosa que sé por maridos o novios de otras…

— A ver, deslúmbrame con tu sabiduría de la vida —se interesó la estudiante, ya convencida por los locos argumentos de su amiga.

— Los tíos así son como las botellas de champán: permanecen fríos, hasta que se les agita un poco y se abren. Entonces se calientan y ya no se pueden volver a cerrar nunca más. Te aseguro que el vecinito, ahora que lo ha catado, repetirá. Y si no es conmigo, o contigo, será con otra.

— ¡Guau! Me has dejado loca, en plan: ésta tía es la puta ama —se maravilló Sara—. Entonces, por lo que dices, yo también debería aprovechar que no está su mujer.

— ¡Pues claro que sí! Hazle una visita esta noche, ya que yo ya no puedo, y te aseguro que en cuanto te vea, va a querer follarte hasta que no puedas ni caminar.

— ¿Tú crees?

— Estoy segura —confirmó Verónica acariciándole un brazo—. Mírate, eres un bombonazo que hasta a mí, que me gusta más una polla que a un tonto un caramelo, y que nunca me había interesado en las mujeres, me has pasado al divertido lado oscuro.

— Ja, ja, ja —rio la joven halagada—. Pero eso es porque tú tienes la libido por las nubes.

— Uy, qué forma más fina de llamarme guarra…

Las dos se rieron a carcajadas, observando cómo Javier seguía metido en el agua.

— Por cierto —retomó el tema Sara, comprobando que nadie más podía escuchar la conversación—. Aparte de lo de los cuernos de «La pija», que me has convencido, también están los de Javi, ¿no? Ésta mañana se los has afilado a sabiendas de que hoy te tocaba con él.

— Bueno, chica —contestó su amiga encogiéndose de hombros—, como tú misma has dicho, tengo la libido por las nubes, y desde que amanece, apetece. Al Javi le tengo bien servido, y con el calentón que me dura desde esta mañana, y las ganas que me tenía, acabamos de follar como hace tiempo. Y esta noche volveremos a follar, seguro, al fresco en la azotea.

— Buf, visto así… —concedió Sara—. Pero es que tú eres reincidente poniéndole las astas.

— Joder, tía, tampoco es eso —se defendió—. Ya sabes que me casé demasiado joven, más de lo que tú eres ahora, y que me perdí algunas cosas que ahora echo en falta. No es que me guste ponerle la cornamenta al Javi, ya sabes que le quiero a mi manera, y que, sin contar lo del vecino, solo han sido un par de polvos rápidos, borracha, y en baños de discoteca.

Sara hizo un gesto con las manos evidenciando que estaba ante ella, de bonito cuerpo presente.

— Bueno, eso no cuenta, contigo son juegos de «amiguis», ¿no? —argumentó Vero.

— Sí, claro, juegos de «amiguis» que no cuentan, y un par de calentones de discoteca que vamos a decir que son deslices de borrachera, no te lo discuto. Pero, tía, lo del vecino es más serio, que ayer fuimos como lobas a por él, y que ésta mañana has ido expresamente a buscarlo… Yo, por lo que has dicho antes, puedo tener la conciencia tranquila, pero, perdona que te lo diga, Vero, eso son unos cuernos como Dios manda sobre la cabeza de tu marido.

— Bueno, vale, tienes razón… Pero ojos que no ven, corazón que no siente. Además, no me extrañaría que el Javi también se haya tirado a alguna por ahí. Tiene muchos turnos de noche… Pero, vamos, que mientras yo no lo pille en pleno puteo, prefiero no pensarlo. En casa todo sigue igual, y ni tan mal.

— Pues nada que objetar, entonces. Si tu conciencia está tranquila, imagínate la mía. Y ésta noche me planto en casa del vecino, ¡ea! —sentenció Sara poniendo sus brazos en jarras y alzando la barbilla con un gesto altanero.

En ese momento, salió Javier del agua y se unió a ellas, por lo que la conversación quedó zanjada con la afirmación de la joven.

Horas después, tras darse una ducha, Sara se preparó para la que podría ser su noche. Eligió un tanga negro, de hilo, minúsculo, cuyas tiras no se marcarían en los elásticos leggins efecto piel, también negros, en los que enfundó sus esbeltas piernas y firme culito. Y como prenda superior, prescindiendo del sujetador, ya que sus orgullosas tetas mantenían su redonda forma con la turgencia de su juventud, eligió un top de color blanco con un corazón estampado en el centro, ajustándose a la parte superior de su busto, pero quedando suelto en la parte baja tras envolver sus globosas formas. Y para rematar, se calzó con unos zapatos negros, de tacón alto, que estilizaban aún más sus firmes piernas y realzaban sus nalgas.

Dejándose la castaña cabellera rizada suelta, cayendo sin exceso de volumen sobre sus hombros, se observó en el espejo de su dormitorio.

«¡Estás tremenda! —se dijo, observando cómo los leggins le marcaban unos increíblemente atractivos muslos con un pequeño hueco entre ellos en su parte más alta, y un excitante culo redondo, respingón y brillante por el efecto piel.» Con el ombligo al aire, su plano vientre y curvilíneo talle se mostraban tersos en una cintura que se estrechaba hasta llegar al borde inferior del top, que con un ligero vuelo permitiría verle los senos si se los mirasen desde abajo, y que se estrechaba ajustándose a las globosas formas de sus pechos, provocando que el corazón del medio se viera expandido por la presión de éstos.

«Uuuff… yo misma me follaría —pensó, sintiendo cómo se le erizaban los pezones y éstos se marcaban en la prenda a ambos lados del corazón—. Aunque Álex no esté en casa y pierda mi oportunidad, voy a poder elegir entre un montón de tíos que me entren esta noche para sustituirle.»

Cogió el pequeño bolso para llevar el móvil, la cartera, llaves y poco más, y se despidió de sus padres recordándoles que había quedado con las amigas de la universidad.

Para no encontrarse en la embarazosa situación de llamar al timbre del madurito y no obtener respuesta, se le ocurrió bajar directamente al garaje para comprobar si su coche estaba dentro. Si era así, casi seguro que estaba en casa a esas horas.

Al llegar al garaje, para su interno alborozo, encontró el Toyota C-HR de Alejandro perfectamente aparcado en su plaza, por lo que cogió el móvil y escribió un mensaje en el grupo de amigas: «Siento avisar tan tarde, chicas, pero me ha surgido un plan de última hora con un tío. Ya os contaré. Besis.»

Taconeando, volvió a subir al portal, y enfiló con decisión la escalera opuesta a la de su casa. Cuando llegó al penúltimo piso, respiró hondo y tocó el timbre de la puerta A, la que daba acceso al único dúplex de la pequeña comunidad.

— Hola, vecino —saludó cuando Alejandro abrió la puerta—, ¿puedes darme un poco de leche?

El cuarentañero, visiblemente impresionado en el rápido escáner visual que le hizo, fue rápido de reflejos para que nadie pudiera ser testigo de esa sospechosa visita.

— Claro, pasa —contestó franqueándole el paso diligentemente y cerrando la puerta tras ella—. ¿Pero qué haces, Sara? —le preguntó en cuanto estuvieron en la intimidad de su recibidor—. Si alguien te ve así llamando a mi puerta…

— ¿Así, cómo? —se hizo la inocente, poniendo los brazos en jarras, con sus manos sobre sus caderas ladeadas sensualmente.

Alejandro resopló recorriendo la juvenil y hermosa anatomía de su vecina, espectacularmente realzada con el sensual look con que se había presentado en su casa.

— Joder, Sara… —consiguió decir tragando saliva y notando cómo el bóxer de licra ya empezaba a apretarle más de la cuenta—. Así de… guapa…

— ¿Te parece que estoy guapa? —preguntó ella con tono meloso, levantando sus brazos sobre la cabeza, en una pose de ballet, y dando un lento giro completo sobre sus tacones para que el hombre pudiera apreciar en todo su esplendor cómo los leggins enfundaban sus largas piernas y se ajustaban a la redondez de sus nalgas como un brillante guante de piel.

Al volver a enfrentarle, con los pechos aún alzados y el top ligeramente levantado para mostrar la parte baja de ellos, clavó su ambarina mirada en la entrepierna de su objeto de deseo. La entallada camiseta roja que llevaba no ocultaba el tremendo abultamiento de un magnífico paquete que el pantalón corto no podía retener, denotando la erección que le había provocado con tan solo mostrarle cómo se había ataviado para él.

Volvió a bajar los brazos para devolver las manos a las caderas, sintiendo los duros pezones marcándose inequívocamente a ambos lados del corazón del top, y se mordió el labio inferior al constatar su efecto en el atractivo y viril hombre maduro que la contemplaba.

— Estás espectacular —contestó Alejandro, rindiéndose a la evidencia y soslayando cualquier atisbo de batalla interior—. Si lo que querías es un poco de leche… te la vas a llevar toda.

«Los tíos así son como las botellas de champán —escuchó Sara la voz de Verónica en su mente—. En cuanto te vea, va a querer follarte hasta que no puedas ni caminar.»

El hombre avanzó hacia ella, inundando su olfato con su varonil olor, y la tomó firmemente por su cintura, haciéndole sentir el calor de sus manos en la sensible piel desnuda, como tantas veces había ocurrido en sus fantasías de adolescencia.

La humedad se hizo presente en la vulva de la estudiante, que rodeó el cuello del ingeniero con sus brazos, entregándose a él, uniendo su plana pelvis a la abultadísima región pélvica del macho, dejando sus pezones a punto de rozarle el fuerte torso, y los labios a solo un suspiro de distancia de los suyos, gracias a que los estilizados tacones habían igualado sus estaturas.

— ¿Me vas a dar toda tu leche? —le susurró—. Pero Vero me ha dicho que ya se la diste a ella ésta mañana… —le provocó, sintiendo cómo sus grandes manos acariciaban su cintura y bajaban por detrás para recorrer suavemente el brillante tejido que enfundaba su prieto culo.

— ¿Eso te ha dicho? Hay que ver lo cachondas que sois —adujo haciéndole sentir la formidable dureza de su paquete mientras apretaba sus nalgas y le hacía estremecer—. Se llevó una buena ración, pero han pasado muchas horas, y con lo buena que estás, tengo para darte lo que mereces, y más...

La boca masculina se fundió con la femenina, acoplándose a sus hipersensibles labios, e introdujo la lengua a través de ellos para alcanzar la suya y besarla con profunda lujuria.

Sara disfrutó de los varoniles labios y juguetona lengua, succionándola con sus pétalos y enredando su húmedo músculo con el de él, mientras sus cuerpos se apretaban más entre sí, con sus moldeables tetas aplastándose contra la dureza del pecho masculino, y su sexo frotándose contra el excitante abultamiento que lo presionaba.

Con la respiración de ambos acelerada, Alejandro se separó de ella y, tomándola de la mano, la invitó a pasar al salón.

La joven observó que éste era muy parecido al de sus padres, espacioso, con una zona para los sofás con una mesa baja y un mueble para la televisión, y una zona de comedor con una amplia mesa y sillas de madera noble acompañadas de un gran aparador, frente al cual, a diferencia de la casa de sus padres, se encontraba una escalera de peldaños al aire que colgaban del techo, conduciendo a la planta superior de la que carecían sus progenitores, ya que, en su caso, arriba se encontraba el ático independiente en el que vivían Verónica y Javier.

— Una casa preciosa —observó, dejando el bolso sobre la mesa baja.

— Preciosa eres tú —dijo el propietario, tirando de ella para volver a tomarla entre sus brazos y meterle apasionadamente la lengua.

En el sitio, se besaron fogosamente recorriéndose con las manos, intercambiando saliva y excitación, fundidos en un abrazo que a Sara derretía con el continuo roce de sus pezones contra el fuerte torso, la dureza de la virilidad incrustándose contra su pubis a la vez que le masajeaba el inflamado clítoris, y el excelso magreo de sus macizos glúteos. Hasta que su mano derecha ascendió por su anatomía, colándose entre ambos para palpar su pecho izquierdo y empezar a masajearlo con experta devoción.

La estudiante echó la cabeza hacia atrás, soltando un suave gemido de aprobación, y se dejó hacer, ofreciéndole sus tetas para que ambas manos calibraran su volumen y turgencia a través del top que no podía retenerlas y evidenciaba sus pezones como puntiagudos abultamientos en su voluptuosa forma.

El anfitrión demostró su experiencia en el trato de las zonas erógenas, acariciándole y masajeándole los senos con esas grandes manos que los cubrían casi por completo, haciéndole gozar de su gusto por ellos mientras la chica se excitaba aún más. Y no dejaba de mirarla fijamente, con los verdosos ojos iluminados con la visión de su juvenil anatomía sensualmente ataviada para él, hasta que la soltó dando un paso atrás para volver a verla mejor.

— ¡Pero qué buena estás, Sara! —exclamó—. Me parece increíble no haberme dado cuenta antes… Como ya casi nunca te veo… Y ahora estás aquí para mí, vestida tan sexy… Joder, ¡cómo te quedan ese top y esos leggins!

— Entonces, ¿te gustan? —volvió a exhibirse ella, con la prenda superior ya recogida hasta la altura de los pezones por el masaje, mostrando la redondeada parte baja de sus pechos—. Me he puesto así para ti, aunque el top ya me incomoda…

Se quitó la elástica tela, dejando libres sus lozanas mamas, que dieron un ligero rebote al sacarse la prenda por la cabeza, mostrando abiertamente esos erizados pezones rosados que apuntaban al causante de su estado.

— ¡Buf! —resopló el hombre—. Así estás aún mejor. Qué buen par de tetas tienes…

— Bueno —repuso ella sonriendo y llevándose las manos a ellas para alzarlas y acariciárselas—, no son tan grandes como las de Vero, pero no están mal, ¿no?

— Joder, son del tamaño perfecto, son preciosas, como toda tú.

— ¿Y te gusta cómo me quedan los leggins?, ¿me hacen buen culo? —preguntó con picardía, dándose la vuelta y arqueando ligeramente las lumbares para que el madurito tuviera una buena panorámica.

— Uf, Sara. Ese tipo de leggins son mi perdición, y a ti te quedan… Dios, ¡qué piernas! Y tienes el mejor culo que he visto nunca…

Alejandro dio un paso hacia ella, y acarició su trasero con ambas manos, recorriendo toda su redondez en el liso y suave tejido brillante, apretando los firmes glúteos hasta que pegó su enorme paquete contra ellos mientras sus manos ascendían recorriendo la sinuosa cintura, alcanzando los moldeables pechos que, ahora desnudos, le deleitaron con su aterciopelado tacto y juvenil consistencia. Besó su esbelto cuello, inhalando su aroma, provocándole un delicioso escalofrío, y sus labios lo recorrieron hasta que ella giró su cabeza tomándole de la nuca con una mano y uniendo sus golosos labios a los de él.

La dureza presionando su culo mientras le acariciaba las tetas, elevó un peldaño más la excitación de Sara, que devoró la boca del macho y terminó dándose la vuelta para, prácticamente, arrancarle la camiseta y sentir el calor de su piel en los pezones.

— Cómo me pones, Álex —susurró—. Siempre me has parecido tan atractivo y sexy… Pero, además, desde que he comprobado que tienes esto… —añadió, bajando su mano para palpar toda la pétrea verga sobre la ropa, recorriendo su longitud y grosor para deleitarse con su forma y tamaño— Uf, necesito volver a probar tu polla…

Con facilidad, metió sus delicadas manos por la elástica cintura de las prendas del hombre, y acariciando sus caderas y robustos muslos, se las bajó para liberar ese objeto de deseo que se presentó ante ella duro y grueso como un poste, con su cabeza de brillante piel rosada y violácea apuntándola directamente.

— Uuuufff, qué polla tan gorda tienes, Álex. —La recorrió con las yemas de sus dedos—. Tengo que ver si me cabe en la boca…

— Claro que sí, preciosa —contestó él con una lasciva sonrisa—, tú me la has puesto así…

La joven bajó poniéndose en cuclillas y, sujetando el grueso tronco con la mano derecha, colocó la orgullosa lanza frente a su rostro, redibujado con lujuriosa gula, apuntando a su boca. Sus brillantes ojos de ámbar miraron, casi suplicantes, al madurito que la volvía loca, y éste, metiendo los dedos entre su sedosa cabellera rizada, la tomó por la nuca y la acercó hasta que el glande incidió en sus rosados labios y éstos se abrieron amoldándose al contorno de la suave testa a medida que se introducía en su boca.

Sara sintió cómo el abotargado glande llenaba su cavidad bucal acariciándole la lengua con su sabor a macho, mientras el tronco se deslizaba suavemente por sus labios, lubricados con saliva, y le obligaba a abrir bien la mandíbula para que pudiera seguir entrando. Toda la boca se le llenó de la polla de Álex, enloqueciéndola, mojándole el tanga y poniéndole los pezones al punto de dolor de pura excitación. Le costaba respirar con toda esa palpitante, rígida y caliente carne llenándole hasta el velo del paladar, pero la terrible excitación le concedía la capacidad de superar cualquier inconveniente, y siguió tragando hasta notar que llegaba a sus tragaderas y alcanzaba su máxima profundidad sin sentirse agobiada.

«¡Flipo con esta maravilla de pollón! —discurría por su mente mientras echaba la cabeza hacia atrás para chuparlo con deleite—. ¡Me lo ha metido hasta la garganta y aún me falta un buen trozo por tragar! Pero lo mejor es lo gorda que es, casi me desencaja la mandíbula, ¡y me encanta! Uumm, cómo me va a abrir el coño…»

Escuchando los profundos suspiros del hombre, que observaba cómo su miembro era golosamente devorado, la guapa estudiante mamó la polla lentamente, en dedicado sube y baja de labios masajeando el músculo y sorbiendo saliva mientras lo acariciaba con la lengua en el interior, recreándose en darle profundos chupetones a la sensible cabeza con la deliciosa sensación de estrangular su cuello con los carnosos labios, hasta que la irrefrenable excitación le hizo insoportable la necesidad de que su coño fuera invadido por esa herramienta de placer.

Sara se puso en pie, recorriendo con la lengua los marcados abdominales y el compacto pecho del hombre para volver a pegarse a él como una lapa y darle un tórrido beso de ávida lengua.

Alejandro la tomó por la cintura, y presionó su durísima hombría contra el abdomen de ella mientras sus manos volvían a agarrarla del culo con incontenible pasión, memorizando toda su forma con el tacto a la vez que despegaba la negra piel sintética de la suave piel de la joven.

El experimentado cuarentañero comenzó a bajarle los leggins, desenvolviendo las tersas nalgas y descubriendo el pequeño triángulo del tanga a la vez que le besaba el cuello y succionaba uno de los erizados pezones.

La estudiante gimió, y ayudó a su anfitrión a desenvolver sus firmes muslos a la vez que bajaba de los tacones para terminar de sacarse la ajustada prenda por los pies, dando un paso atrás. Y sin perder el contacto visual con su hombre, que la contemplaba exhibiendo con orgullo su mortal estaca alzada, se deslizó por las piernas el húmedo tanga para mostrarse a él en el esplendor de su juvenil desnudez.

— Eres un bellezón, Sara —escuchó de la pecaminosa boca de su espectador—. Mira cómo me tienes —evidenció enmarcando su torre Eiffel con las palmas de las manos—. Tengo que follarte como mereces, y no voy a parar hasta que no me tenga en pie…

— Eso es lo que he venido a buscar. Fóllame, Álex, fóllame como tú sabes… Enséñame lo que es un hombre de verdad.

El macho volvió a atacarla, cogiéndola de la cintura con una mano y del culo con la otra mientras su lengua irrumpía inquieta en su boca y sus ansiosos labios devoraban sus delicados pétalos, y Sara se entregó al impetuoso ósculo sintiendo el calor de la piel contra la piel.

El atractivo vecino tomó su muslo izquierdo, llevándolo sobre su cintura a la vez que frotaba la tiesa verga contra su babeante coño, manejándola con facilidad, como si realizaran una danza, mientras la acerada barra le ponía el clítoris a punto de explotar; seguidamente, atenazó con decisión su nalga a la vez que flexionaba las rodillas, encontrando la colocación perfecta y el ángulo adecuado para que el glande taladrase los labios vaginales y se introdujera, con su delicioso grosor, en la estrecha gruta.

— Umm, sí, Álex…

Éste se estiró, cogiéndole también la otra nalga, y ella se sintió ingrávida, levantándosele el pie que le quedaba en el suelo para acabar llevando su muslo hasta la cintura del macho, con lo que él tiró de su redondo culo hacia sí y la polla la ensartó hasta hacerla gritar.

— ¡Aaaahhhh…!

El terremoto sacudió su anatomía, y Sara se corrió al momento por la magnífica sensación y toda la excitación acumulada, apretando con sus músculos vaginales al grueso invasor que tan rápidamente la había llevado al delirio. Pero en cuanto la descarga terminó, su cuerpo no se relajó, siguió en tensión con ese rígido poste dilatando sus entrañas, por lo que casi alcanza un segundo orgasmo consecutivo cuando el hombre la movió sobre su pelvis para follarla en pie.

Sintiendo el exquisito placer de la vertical penetración, la joven colaboró haciendo fuerza con los brazos sobre los hombros del empalador y con las piernas sujetas por sus manos sobre las caderas, y jadeándole en el rostro, se deslizó cuanto pudo, arriba y abajo, por la erecta lanza bañada en sus fluidos. Hasta que, de repente, se percató de que su hombre la había llevado hasta la mesa del comedor y la depositaba encima, dándole un empujón pélvico que le arrancó otro grito de disfrute.

— Así puedo follarte mejor —le susurró al oído, haciéndola estremecer.

Sintió la polla más adentro, dilatándole maravillosamente su estrecha gruta, y el golpe del pubis masculino contra sus congestionados labios vaginales, se propagó como ondas sísmicas por todo su cuerpo.

Alejandro la besó atrapando sus labios suplicantes e invadiéndole la boca con su lengua, mientras ella seguía rodeando su cuello con los brazos. Y aprovechando la libertad de movimientos al no tener que cargar con ella, y la idónea altura que proporcionaba la mesa, el embravecido semental le dio una nueva embestida que le hizo sentir todo el miembro masculino friccionándose en su interior como una lubricada barra de acero al rojo vivo abriéndola en canal.

Sara sintió que se iba, la sensación era enloquecedora. Aunque tomaba la píldora anticonceptiva por razones hormonales, hasta la noche anterior nunca le habían metido una polla sin condón. Alejandro había sido el primero, y eso le había hecho correrse enseguida, como ya estaba a punto de volver a pasarle, pues la sensación de penetración era mucho más intensa, y el grosor de la virilidad de ese macho aún la potenciaba más.

«Dios, ¡cómo la siento! Me quema, me mata…»

Con un par más de embestidas, la joven no pudo aguantar más, y explotó en un magnífico orgasmo que sacudió toda su anatomía, arqueándole la espalda y obligándole a echar los brazos hacia atrás para apoyarse con las manos en la mesa mientras profería un profundo gemido.

— Uuummmmmmm…

Experimentó el éxtasis hasta su cenit, y en su declive, la libido se mantuvo elevada al seguir sintiendo la tiesa herramienta en su interior, a la vez que Alejandro se inclinaba sobre ella y le comía las tetas con devoción, succionándole los erizados pezones y masajeando con su boca las turgentes redondeces de su busto.

Las grandes manos ascendieron por sus muslos, y llegaron hasta su culo apoyado en la mesa, tirando de él para volver a darle con ganas un empujón que la hizo jadear. Y así, regalándole una excitante y experta comida de pechos, su vecino siguió follándola, elevando nuevamente la excitación con cada ardiente metida y golpeo vaginal.

Su coño estaba encharcado, y el chapoteo de la anaconda deslizándose en su interior le llegaba a los oídos a pesar de sus propios gemidos, y la hizo gozar durante unos minutos de continuo bombeo con el que confirmó que el sexy madurito sabía follarla como nunca habían hecho.

«Gracias, Vero, gracias por ayudarme a dar el salto y cumplir mi fantasía —rezaba mentalmente, experimentando el delicioso placer—. ¡Me está follando el macizo de mi vecino mayor!, y es buenííííísimo…»

Su fantasía detuvo el bombeo por un momento para darle un tórrido beso e invitarla, empujándola con delicadeza, a tumbarse sobre la mesa. En cuanto lo hizo, su coño se elevó ligeramente al apoyar toda la redondez de sus nalgas sobre la superficie, proporcionándole una nueva perspectiva de placer, y observó cómo al hombre unido a ella se le iluminaba el rostro ante la visión de su cuerpo desnudo sobre el tablero de madera noble, con su herramienta aún metida en él.

«Le gusto de verdad… uf…»

Las cálidas manos recorrieron su anatomía, acariciando sus excitados pechos, el suave abdomen, la sinuosa cintura, y las firmes caderas, hasta que un par de dedos recorrieron la sensible piel de su pubis para alcanzar la vulva, atravesada con rígida carne, y dar un desquiciante masaje al erecto clítoris.

— ¡Oh, Dios!, ¡oh, joder! Álex…

— Sí, preciosa, joderte bien es lo que voy a hacerte —dijo él, mordiéndose el labio.

Volvió a tomarla por la estrecha cintura y la desplazó sobre la superficie tirando de ella, ensartándola de modo que el nuevo ángulo de penetración le hizo sentir que la polla se le clavaba en su matriz a la vez que una palmada resonaba con el choque se sus lampiños pubis.

Él gruño, y ella gimió con fuerza, y entonces comenzó a manejarla a su antojo, moviéndola adelante y atrás sobre la mesa a la vez que la empotraba con golpes de cadera, reventándola con enloquecedores pollazos y golpes pélvicos.

La folló salvajemente, sacándole la verga casi por completo y volviendo a hundirla hasta el fondo sin compasión, restregando sus nalgas por la barnizada madera noble, dominándola sin remedio, volviéndola loca de placer con la sensación del glande incrustándose en sus entrañas, el ardiente restregar interno, la exigente dilatación y el poderoso golpeteo de su vulva y culo con el lampiño pubis masculino.

Tratando de respirar entre gemidos de gozo, Sara volvía a estar a punto del orgasmo, sintiendo que todo su cuerpo estaba en combustión a pesar del aire acondicionado que refrescaba toda la casa. Y ya no tardó en alcanzarlo, cuando tras un tiempo de enérgica follada, Alejandro gruñó corriéndose dentro de ella, lo que hizo que la estudiante también alcanzase el nirvana con electrizantes sensaciones recorriendo cada una de sus fibras nerviosas.

No era la primera vez que un tío se corría con la polla metida en su coño, pero sí la primera que uno lo hacía sin barrera, por lo que a la joven le resultó insoportable el placer de sentir el fuego seminal eyectándose en sus entrañas, escaldando su cueva e inundándola con una excelsa sensación de líquido propagándose en su interior como una hirviente fuga hidráulica en el centro de su feminidad.

Su orgasmo fue apoteósico, y la dejó sin aliento hasta que el formidable macho retiró su arma, dejándole una mezcla de sensación de vacío, al sacar esa buena porción de carne, y a la vez de plenitud, con la cálida y abundante leche en su interior.

Alejandro cogió su bóxer de licra del suelo y empaquetó su decadente virilidad ante los ojos de la chica, que no dejó de estudiar su anatomía para grabársela en el cerebro y poder recurrir a su recuerdo cuando quisiera autosatisfacerse en soledad. Después, tomo el pequeño tanga, y tras inhalar profundamente su aroma a hembra, se lo ofreció a su dueña.

— Tal vez quieras irte —le dijo con un rastro de pena—, ahora que te llevas toda la leche que has venido a buscar…

— ¿Estás loco? —rebatió ella—. Me ha encantado, y me has dicho que me follarías hasta que no te tengas en pie —añadió la estudiante cubriéndose el sexo con el tanga—. Y por lo que veo, aún te mantienes bien. Aunque claro, sí ya estás cansado porque eres mayor…

— Ja, ja, ja… No hace falta que me provoques. Aunque tenga edad como para ser tu padre, ya sabes que puedo darte más, y quiero hacerlo, pero los dos necesitamos un respiro.

— Claro —contestó ella resuelta, acercándose a él y dándole un apasionado beso—. Habrá que reponer líquidos.

El anfitrión sonrió, y le ofreció el sofá para sentarse mientras iba a la cocina a buscar unas cervezas frías.

Bebieron y se refrescaron disfrutando del aire acondicionado, hablando de banalidades para las que la diferencia de edad no era un inconveniente, mientras el madurito no dejaba de observarla con admiración e incredulidad de estar compartiendo una cerveza con una joven belleza a la que acababa de echar un polvo glorioso, y que desnuda seguía acariciándole la pierna y la ingle, aunque aún fuera pronto para una eréctil respuesta.

— Así que los leggins efecto piel son tu perdición —le soltó Sara tras un breve silencio—. Tu mujer también los usa a veces, que me he fijado.

— Sí, creo que son la prenda más sexy que existe. En mujeres como tú, realzan las bonitas formas, mostrando sin mostrar realmente. Cuando Marta se los pone, hay polvo asegurado, como acaba de pasar ahora…

— Entonces, cuando vea a tu mujer con ellos, sabré que te la acabas de follar o que vas a follártela —dedujo la joven con una pícara sonrisa—. Ummm, eso es muy morboso…

— Sí, o las dos cosas… Pero no hablemos de ella —contestó él mostrando incomodidad.

— Claro —dijo ella inmediatamente, temiendo que hubiera podido arruinar la noche—. ¿Quieres que vuelva a ponerme los leggins para ti? —se le ocurrió para revertir la situación.

— ¡Hum!, eso estaría bien. Con este culo y piernas que tienes… —verbalizó el ingeniero acariciándole los muslos.

Sin dudarlo, Sara se levantó, cogió la prenda, y se enfundó en ella lentamente, balanceando con cada movimiento sus pechos libres, hasta exhibirse ante él con una sensual pose.

— ¿Así te gusta? —preguntó.

— Uf, Sara, estás tremenda —contestó el hombre evidenciándose que su bóxer comenzaba a oprimirle de nuevo.

La chica hizo varios pases para él, de frente, de lado, por detrás, permitiendo que su vecino se recrease con la contemplación de su agraciado cuerpo, ensalzándose sus caderas, firmes muslos y respingonas nalgas con el brillo de la prenda ajustada a sus formas como un guante de látex.

La entrepierna de Alejandro se percibía cada vez más abultada, y la improvisada modelo no dudó en echar más leña al fuego, poniéndose a escasos centímetros de su rostro, de espaldas con las piernas abiertas, arqueando las lumbares y después doblándose por la cintura para regalarle una explícita perspectiva de su culo con forma de negro corazón, marcándose los abultados labios en su entrepierna.

Al instante, sintió las grandes manos sobre sus nalgas, recorriendo toda su forma y haciéndola suspirar, pero una música interrumpió el momento, y Sara vio sobre la mesa baja la pantalla del móvil de Alejandro encendida con el nombre de Marta, lo que le hizo apartarse a un lado.

— Joder, es una videollamada de mi mujer —informó el anfitrión cogiendo el teléfono—. Tengo que contestar.

La joven se sentó en el sofá, apartándose lo suficiente para no salir en el encuadre del móvil, y Alejandro descolgó la llamada poniendo el aparato ante su cara.

— ¡Hola, cariño! —se escuchó la voz de Marta—. ¿Qué andas haciendo?

— Nada —contestó al instante el ingeniero—. Aquí, tomando una cervecita tranquilamente. ¿Cómo es que me llamas ahora, si ya hemos hablado esta tarde?

— Bueno, en realidad has hablado más con los niños, y te echo de menos… Ahora quiero una conversación de adultos.

— Yo también te echo de menos —contestó él bajando la voz—, pero ahora ya no son horas para conversaciones complicadas, ¿no?

Sara observó cómo la entrepierna del hombre, a pesar de marcar un atractivo paquete, había vuelto a bajar su imponencia.

— Creo que no me he explicado… Quería decir que, ahora que los niños y mi madre ya están dormidos, te echo mucho, mucho de menos —la voz de Marta tomó un cariz sensual—, y quiero que tengamos una conversación de adultos, haciendo cositas de adultos…

«¡Toma ya! —pensó Sara con incredulidad.»

— ¡Ah, joder! —se sorprendió el hombre—. Es que me has pillado un poco frío…

— Bueno, puedo calentarte enseguida. Yo estoy muy caliente… —la voz de Marta era casi un gemido increíblemente erótico—. Aunque yo sólo pueda verte en el móvil, tú puedes poner la llamada en la tele para que me veas bien.

Alejandro intercambió una fugaz mirada con Sara.

— Pero… —dijo el ingeniero, tratando de buscar una excusa convincente para evitar la exposición de su esposa ante la vecina—. En el móvil te veo bien…

— Venga, no seas tonto y aprovecha que tú puedes verme mejor que yo a ti…

Sin ocurrírsele nada que poder objetar sin que resultase extraño, Alejandro accedió, encendiendo la televisión y conectando su dispositivo a ella para que Marta apareciese en la gran pantalla con máxima resolución.

— Ahora sí me ves como si estuviera ahí, ¿no?

— Como si estuvieras aquí… —confirmó el hombre con otro fugaz intercambio de miradas con la estudiante.

Sara, al fin, dejó de ser testigo únicamente auditivo y pudo contemplar a Marta sin que ella la viera, puesto que la cámara de Alejandro seguía siendo el móvil, y éste solo le enfocaba a él.

En la televisión se veía un primer plano del rostro de la ejecutiva con una pared blanca detrás. A pesar de no llevar ni una pizca del maquillaje con el que Sara casi siempre la veía, su vecina estaba guapa, con sus altos pómulos coloreados por el calor, los sensuales labios rosados humedecidos con saliva, los expresivos ojos color miel brillantes y enmarcados por largas pestañas negras, y su ondulada melena dorada suelta.

La estudiante nunca la había visto tan de cerca como para poder apreciar con tanto detenimiento cada uno de sus rasgos, y a pesar de que la ausencia de maquillaje denotaba alguna marca dejada por la edad, a la joven le pareció de una admirable belleza madura en la que, en ese momento, se mezclaban su natural dulzura y una expresión traviesa.

— Como te decía —prosiguió Marta—, te echo mucho, mucho de menos.

Alejó la cámara de su rostro, de modo que se la pudiera ver de cintura para arriba, sentada en una cama y apoyada sobre la almohada y el cabecero. Llevaba un ligero vestido de tirantes, y su mano derecha acarició el cuello y el escote a la vez que pronunciaba las palabras, colándose por la parte superior.

— Echo de menos tus manos…

Los finos dedos de mujer apartaron a ambos lados los tirantes del vestido, y éste se deslizó dejando al descubierto sus bonitos pechos, pues no llevaba sujetador. Sara apreció que parecían de un tamaño similar a los suyos, generosos y redondeados, aunque con más forma de lágrima que los suyos por el efecto del tiempo, y con unos pezones marrón claro, de areolas con mayor diámetro que las propias, ya completamente erizados.

«Uf, ¡qué tetas más bonitas tiene “La pija”! —pensó la espectadora—. Y eso que ha tenido dos críos… Ojalá mantenga yo unas tetas así a su edad…»

La mano acarició suavemente los pechos, recorriendo toda su clara piel de forma globosa, mientras se mordía el labio inferior.

La joven intercambió una rápida mirada con Alejandro, que había alejado un poco el móvil para que su esposa pudiera ver su torso desnudo, y al bajar la vista, comprobó que el paquete había vuelto a aumentar de tamaño, viéndose el bóxer en tensión con la erección que lo presionaba.

Sara, tan excitada como la pareja, no pudo evitar que su mano fuera al atractivo paquete, acariciándolo con descaro ante la sorpresa y aceptación muda del beneficiado, que no podía apartar la vista de cómo su esposa se acariciaba los pechos con deleite para él.

— Echo de menos que me acaricies así las tetas, como tú sabes —dijo Marta—. Uff… Me pone muchísimo cuando me las estrujas —continuó, apretándolas con fuerza, alzándolas para mostrar un excitante canalillo, y pellizcándose los agudos pezones.

— Joder, cariño —dijo el ingeniero—, sí que me estás calentando... Me encantan tus tetazas. Me encanta estrujarlas y comérmelas enteras…

«No me extraña —contestó mentalmente Sara—. A mí también me gustaría comérmelas enteras.»

— Enséñame cómo te caliento —ordenó la ejecutiva—, que me vuelve loca…

Alejandro le tocó el dorso de la mano, y la joven entendió al instante que debía retirarla de su entrepierna.

— Mira cómo me ponéis tú y tus tetas —repuso el hombre, bajando con el móvil por sus abdominales para enfocar su abultadísima prenda inferior.

— Nene, qué paquetón más rico —contestó la rubia, pasándose eróticamente la lengua por los carnosos labios—. Estoy muy cachonda, Álex…

El marido volvió a subir el encuadre del móvil para enfocarse la cara, y su muda acompañante aprovechó para volver a coger el atractivo paquete con ganas.

— A ver lo cachonda que estás.

La imagen de la televisión dio un giro, y por unos instantes solo se vio el techo mientras se oía cómo la esposa se movía deshaciéndose de la ropa que le quedaba, momento que Sara aprovechó para meter su mano bajo el bóxer de licra y empuñar con decisión la dura polla que tanto le gustaba, tomando simultáneamente la mano libre del adúltero y llevándola a uno de sus pechos desnudos para que él lo acariciara a la par.

En la pantalla grande volvió a aparecer el rostro de Marta. La excitación se manifestaba con brillo en sus ojos de miel, rubor en sus mejillas y marcados pómulos, y un ligero aumento de volumen y enrojecimiento de sus labios, además de una lasciva expresión de loba. Estaba preciosa.

— Mira cómo estoy, dispuesta a que me folles. —La cámara fue recorriendo su cuidado cuerpo de delicada piel clara, mostrando los bonitos pechos con sus pezones como pitones, un vientre con una ligera barriguita delatora de la maternidad, pero enmarcada en una cintura que se mantenía sensualmente curvilínea, unas anchas caderas y un pubis totalmente inmaculado, en el que unos abultados labios mayores se abrían con sus dedos, mostrando los rosados y brillantes labios menores con el hinchado clítoris asomando por encima.

— Estoy jugosita —se escuchó.

— Joder, ¡qué buena estás, cariño! —exclamó su marido, lanzando una mirada de reojo a quien empuñaba su verga masajeándola arriba y abajo—. Esa almeja está para que me la coma.

Sara sonrió pronunciando un «Está para comérsela» sin emitir sonido alguno, y apretó aún más la polla, pajeando con destreza al afortunado macho que disfrutaba de las imágenes y palabras de su mujer mientras gozaba de las atenciones de su vecinita, estrujándole a la vez una juvenil y turgente teta.

— Ummm, sí cariño, cómeme el coño —se escuchó la voz de la esposa mientras se veía cómo los dedos exploraban la raja, introduciéndose dos de ellos para moverlos lentamente dentro y fuera.

Las falanges embadurnadas de brillante flujo salieron, y fueron directamente al encuentro del congestionado clítoris, presionándolo y acariciándolo con movimientos circulares.

— Mmm… —gimió—, qué rico me comes, cariño… Enséñame tu polla para que me la meta en la boca.

Al oír esto, Sara se apartó para salir del encuadre de la cámara, permitiendo que Alejandro se sacara el bóxer y le ofreciera una gloriosa vista del contundente obelisco a su esposa.

— ¿Esto es lo que quieres? —ofreció el hombre—, ¿quieres chupármela y que te llene la boca de polla?

— ¡Joder, sí! —contestó Marta, volviendo a enfocarse el rostro y los pechos sin dejar de masturbarse—. Me encanta tu pollón, quiero comérmelo entero…

«¡Yo también!», exclamó mentalmente la estudiante.

En cuanto su vecino volvió a enfocarse la cara y el pecho para seguir intercambiando sexo verbal con su mujer, Sara se deslizó bajo el brazo de su anfitrión para meterse la erecta verga en su boquita.

— Ufff… —resopló con gusto y sorpresa Alejandro—. Siento tus labios y lengua mamando como me gusta…

— Ummm, eso es, cariño —se escuchó a la rubia entre gemidos—. Te estoy chupando la polla mientras me comes el coño, y no voy a parar hasta que me hagas correrme en tu boca y tú te corras en la mía…

Sara se sintió más espoleada aún. Ya no podía ver a la atractiva madurita, pero escuchar su sensual voz entre gemidos mientras el delicioso falo de su marido le llenaba la boca, le resultó el colmo del morbo, haciéndola chupar con más ímpetu y arrancando gruñidos al macho.

Durante unos enloquecedores minutos que empaparon su ropa interior, disfrutó del increíble polvo dialéctico que estaban echando sus vecinos contemplando mutuamente sus expresiones de placer, mientras ella se comía la deliciosa polla con gula y el marido le masajeaba con fuerza el culo y la vulva por encima de los leggins, utilizando la mano que supuestamente debía estar estrangulando su verga al ritmo marcado por la esposa.

La boca se le hacía agua saboreando el duro miembro viril, esculpido en roca, caliente y vibrante mientras lo recorría con los labios y la lengua ensalivándolo, succionándolo con gula a la vez que sentía el relieve de la corona y las gruesas venas que lo alimentaban, engulléndolo hasta la profundidad que su garganta le permitía sin ahogarse, con el glande incidiendo en la campanilla.

— Me mata cómo me estás comiendo el coño… —escuchaba a la rubia mientras ella seguía mamando con desesperación— Me vuelve loca tu gorda polla follándome la boca…

— Estoy succionándote la pepita —contestaba él—, y estoy estrujándote ese culo que me pone bruto y por el que voy a meterte la polla hasta al fondo…

«¡Por favor, sí!», exclamó Sara para sus adentros, desquiciada de excitación.

— Oooh… sí, a cuatro patas y hasta el fondo… —confirmó Marta en un susurro— Me voy a correr, Álex… Córrete conmigo —ordenó entre gemidos—. Córrete en mi boca, en mi cara, en mis tetas… riégame con tu leche caliente…

Los gemidos de la ejecutiva se convirtieron en jadeos, y el ingeniero gruñó con ella, haciéndole notar a la estudiante cómo el falo palpitaba dentro de su boca, hasta que escuchó cómo la esposa alcanzaba su ansiado orgasmo y sintió cómo la verga escupía un borbotón de hirviente semen contra su paladar, enlechándole la cavidad bucal e inundándole con su sabor a macho.

Sin dejar de chupar, Sara degustó y tragó el fruto de la máxima excitación masculina mientras nuevas oleadas de fuego seminal le regaban la lengua y se deslizaban hacia su garganta, satisfaciendo sus instintos de hembra hambrienta hasta conseguir la última gota del premio al trabajo verbal y visual de la esposa, y la excelencia de sus artes orales.

Aún paladeando el final de la corrida antes de tragarla para no dejar rastro, la joven se deslizó a un lado y observó la pantalla de televisión, en la que Marta, bellísima tras el orgasmo disfrutado, se mostraba relajada chupándose los dedos.

Alejandro la miró un instante de reojo, y aún con la respiración agitada, se despidió con cariñosas palabras de su esposa, excusándose por tener que ir a limpiarse.

— Que descanses —contestó la rubia—, que mañana ya será de verdad. Te quiero.

— Dios, ¡qué morbazo! —exclamó Sara en cuanto se cortó la llamada—. Estoy chorreando, ¡y vaya corridón me has dado! —añadió, poniéndose a horcajadas sobre su vecino.

— Joder, sí, Sara —contestó el maduro acariciándola las prietas nalgas enfundadas en negro—. Pero ha sido muy peligroso… No se ha dado cuenta porque se le iban los ojos, pero ha habido un par de veces que se te ha visto el pelo en la parte baja de la pantalla.

— Y eso ha sido aún más morboso, ¿a que sí?

Alejandro ya no pudo contestar, ella estaba tan cachonda, que enseguida atacó sus labios y le besó con lujuria, reactivando su excitación para que pudiera calmarle la calentura que le quemaba las entrañas.

Le ofreció sus pechos, poniéndoselos al alcance de la boca, y él no dudó en tomarlos con las manos estrujándolos a la vez que los lamía y succionaba, poniéndole los pezones como proyectiles a punto de salir disparados.

Se puso de pie en el sofá, sobre él, y el madurito le hizo disfrutar de cómo, con manos de alfarero, se recreaba acariciando sus muslos, caderas y culo envueltos en la sensual prenda que tanto le gustaba mientras ella se dejaba hacer apoyando las manos en la pared de detrás para mantener el equilibrio.

Sara disfrutó de las caricias contoneándose para él, hasta que el hombre tomó la prenda por la cintura y la bajó ceremoniosamente, desenvolviendo la joven anatomía inferior para que ella terminara sacándose los leggins por los pies.

Tenía el escueto tanga adherido a la piel, completamente impregnado con su lubricación, y Alejandro pegó su nariz a él inhalando profundamente el aroma a hembra excitada para, acto seguido, apartarlo a un lado con los dedos y lamer los sonrosados y abultados labios, sujetándola firmemente de las redondas nalgas con ambas manos.

— Uuuuuffff… —suspiró la incandescente chica.

Sintió cómo el vivaz músculo se colaba en su rajita, recorriéndola de abajo a arriba, y viceversa, arrancándole nuevos suspiros.

— Mmm… sí, Álex, cómeme el coño como has dicho que se lo comes a tu mujer…

La boca se acopló a su vulva, y la húmeda lengua lamió la entrada al febril cuerpo con toda su superficie para, después, afilarse e introducirse hasta donde pudo alcanzar, retorciéndose en su interior como una culebrilla que le arrancó carcajadas con el delicioso cosquilleo que le produjo.

Los dedos atenazaban sus glúteos, comprimiéndolos con una maravillosa presión, y tomaron las tiras del tanga para sacarlo de entre ellos y acabar deslizándolo por los firmes muslos, dándole un leve respiro, hasta que cayó por su propio peso y el macho volvió a libar el néctar de la flor femenina que se licuaba por él.

Apoyada con las manos en la pared, con el rostro mirando hacia el techo y los ojos cerrados, concentrándose en las deliciosas sensaciones, Sara gozó del saber hacer de su amante, quien demostró su experiencia en el arte del cunnilingus prolongando su placer, manteniendo su combustión interna, haciéndola chorrear y, en cierto modo, sufrir por no arrancarle el orgasmo que la liberaría de tanta carga sexual.

El inquieto apéndice dejó de contorsionarse en su interior y, acompañado de suaves caricias de los labios, ascendió hasta el inflamado clítoris, dándole toquecitos con la punta que volvieron loca a la chica. Lo acarició arriba y abajo, suavemente al principio, y más enérgicamente después, haciéndolo vibrar con el húmedo músculo endurecido, frotándoselo de forma frenética, y alternando con movimientos laterales y circulares sobre él.

— ¡Oh, Dios, Álex! Eso me mata, no puedo soportarlo… Estoy a punto de explotar —informó la joven entre jadeos.

Su agonía siguió prolongándose, con la lengua haciendo auténticas diabluras con su perla, y sintió que las piernas le flojeaban, pero su devorador la sujetaba con firmeza por el culo y la mantenía en un preorgasmo ya desquiciante.

— Ah, ah, ah, ah…

Su coño lloraba zumo de hembra, los pezones le dolían, y la piel le ardía, obligándole a suplicar un remate para tan agónico placer.

— Necesito correrme, Álex, ¡lo necesitooo….!

Su exquisito torturador atendió a su ruego y, apretándole más las nalgas con las manos, tomó el endurecido clítoris con los labios y lo succionó con fuerza, una y otra vez, hasta que Sara explotó en una catarsis que puso en tensión cada músculo de su cuerpo, al borde de la ruptura, convirtiendo cada fibra en una señal de placer recorriendo toda su anatomía, dejándola sin aliento mientras las descargas eléctricas le ponían la piel de gallina y su coño se convertía en la supernova desencadenante del sexual cataclismo.

El hombre, degustando su cálido zumo mientras la sujetaba del culo, impidió que cayera hacia atrás por el brutal arqueamiento de su espalda y la posterior debilidad de piernas, dejándola derrumbarse sin brusquedad para acabar sentada sobre sus muslos, con las rodillas dobladas y las manos sobre sus hombros.

— Joder —consiguió decir al recuperar el aliento y abrir los ojos, encontrándose con el atractivo rostro de su amante ante ella—, ¡ha sido brutal!

Le besó apasionadamente, saboreando su propio coño en esa boca que le había hecho alcanzar el nirvana, y se hizo a un lado para poder descansar en el sofá, no sin antes observar cómo la polla que hacía ya un rato que se había comido, volvía a mostrar un principio de erección.

— Eres una delicia, Sara —le dijo Alejandro, acariciando su rostro, su cuello, y alcanzando uno de sus pechos—. Podría pasarme la noche comiéndote.

— ¡Uf!, haciéndolo así, me deshidratarías… Estoy sedienta, y ya veo que vuelves a tener fuerza para darme más —contestó, fijando sus ojos de ámbar en el monolito que ya se erguía en la entrepierna del hombre—. ¿Te importaría traerme un poco de agua?

Su anfitrión accedió yendo a la cocina para llevarse las cervezas que ya se habían calentado y traer el líquido elemento, demorándose unos momentos que a ella le permitieron reponerse del sofoco, y tras los cuales volvió con una jarra llena y un vaso que le ofreció, quedándose ante ella de pie, desnudo, exhibiendo su fibrosa anatomía de madurito deportista, marcando abdominales y ese otro atractivo músculo que, a pesar de haberse relajado por la pausa de refrigerio, se mantenía grueso, mostrando su rosa-violáceo balano circuncidado brillante. Y empezó a volver a alzarse al contemplar cómo Sara, también completamente desnuda, bebía dos vasos seguidos de agua, relamiéndose eróticamente los rosados labios cuando acabó el segundo.

— ¿Mejor? —preguntó el cuarentañero tomando el vaso de su mano y depositándolo en la mesa.

— Sí, como nueva, con los líquidos repuestos y dispuesta para lo que quieras —contestó, acariciándose un pezón que enseguida se puso duro mientras miraba intensamente a los ojos del madurito.

— ¿Para lo que quiera? —cuestionó él dando un paso para situarse entre sus piernas.

— Para lo que quieras —sentenció ella, echándose hacia delante y tomando con su mano el miembro viril, acariciándolo y sintiendo cómo terminaba de crecer en su mano para volver a convertirse en ese rígido y poderoso cetro al que ya deseaba volver a sucumbir.

— Vamos al dormitorio —le ofreció, invitándola a levantarse con la mano.

Sara tomó su mano y, en cuanto se puso en pie, ambos se fundieron en un apasionado beso en el que sus sexos se frotaron mutuamente, reiniciando la excitación de la joven y la humedad en su entrepierna.

Se dirigieron a la escalera, y el anfitrión le cedió el paso para que ella subiera primero, balanceando sus caderas ante su mirada, pero en cuanto alcanzó el cuarto escalón, las manos masculinas detuvieron su avance, agarrando sus nalgas con pasión.

— Joder, qué culo tienes, Sara —escuchó, a la vez que el hombre se situaba sólo un peldaño tras ella y le hacía sentir toda la longitud de su tremenda erección entre los glúteos.

La diferencia de altura entre los escalones era perfecta para sentir toda la pétrea polla frotándose contra sus redondas y macizas posaderas, lo que hizo que su excitación volviera a dispararse. Y siguió aumentando cuando las cálidas manos acariciaron su cintura, recorriendo todo su talle, y ascendieron hasta cubrir sus pechos, que fueron agasajados con suaves caricias circulares que le pusieron los pezones como picahielos.

Poniendo la barbilla sobre su hombro derecho y apartando la rizada melena castaña con el rostro, Alejandro la incitó a ladear la cabeza, y comenzó a recorrer su cuello con los labios, produciéndole escalofríos de puro gusto.

— Sigue subiendo —le ordenó con un susurro al oído.

Despegándose de él, la joven ascendió tres peldaños más, llegando a ver la planta superior a través de la barandilla. Consistía en un enorme dormitorio que ocupaba toda la superficie que en el ático de su amiga Verónica sería el salón-comedor y la cocina americana. En el centro, contra una pared, había una gran cama king size, bordeada por sendas mesillas de noche y un baúl descalzador, todo de maderas nobles, al igual que las dos cómodas repletas de cajones, un gran armario, y un precioso espejo de cuerpo entero. Al lado de la pared de la cama, había una puerta que, indudablemente, conducía a la azotea particular, y en la pared de la derecha, se veían dos puertas más: la del cuarto de baño y la de una segunda estancia que Sara solo podía intuir desde su posición, pero que sabía que no podían ser los dormitorios de los niños porque estaban en la planta de abajo.

No pudo descubrir qué había en esa otra habitación, porque en cuanto subió un escalón más, el ingeniero volvió a darle alcance, poniéndole la durísima verga en el culo y cogiéndole las tetas con fuerza, masajeándoselas con fervor mientras besaba profundamente la zona de la yugular.

Una de las manos bajó por su vientre, y sintió cómo las yemas de sus dedos se colaban en su vulva y recorrían la rajita, arrancándole suspiros.

— Vuelves a estar empapada —le susurró, succionándole el lóbulo de la oreja y colando su aliento con un cosquilleo en el oído.

— Sí… Porque me pones cachonda perdida… —confirmó ella, separando sus muslos para dejarle maniobrar a placer.

Los dedos, mojados con su femenino zumo, acariciaron el clítoris, que volvía a estar hinchado e hipersensible, y la joven gimió extasiada. Después, sintió cómo la dureza se separaba de sus nalgas y los dedos abandonaban su botoncito del placer, pero no tuvo tiempo de añorar ninguna de las deliciosas sensaciones, pues se estremeció al notar cómo el grueso glande recorría toda la raja de su culo, de arriba abajo, para acabar colándose entre sus muslos y restregarse contra su jugoso coñito.

— Ooohh, Álex, qué perra me pones —dijo, meciendo sus caderas adelante y atrás para besar toda la longitud de la polla con sus labios vaginales.

Una mano atenazó su nalga izquierda, y la otra recorrió su espalda ejerciendo una ligera presión en las lumbares, incitándole a arquearlas y doblarse por la cintura, hasta que tuvo que apoyar sus manos tres escalones por encima.

La mano abandonó su espalda, y cuando giró la cara para ver al atractivo maduro, vio cómo éste sujetaba su estaca colocando el balano a las puertas de su coño, y lo enfilaba introduciéndoselo con fluidez, dilatando la estrechez de su gruta para adaptarse al exigente grosor de esa magnífica polla que estimulaba cada rincón de su interior.

— Uummm —gimió la penetrada, gozando de cómo sus músculos abrazaban al invasor amoldándose a él como un guante a medida que avanzaba hacia su matriz, hasta que topó con ella y sintió la pelvis del semental chocando contra sus nalgas.

Cuando se sintió llena, toda su espalda se curvó, con su vagina contrayéndose alrededor de la durísima barra de carne que la ensartaba, y su culito se alzó, siendo sujetado con ambas manos por su amante para montarla a placer.

Alejandro empezó a bombear suavemente, arrastrando la verga por sus entrañas, dentro y fuera, permitiéndola disfrutar con tranquilidad de cómo la corona del glande constituía una exquisita arista lubricada que recorría su interior acariciando cálidamente las paredes del voraz coño.

Con sus pechos meciéndose al ritmo marcado por el hombre, Sara suspiraba de complacencia, viendo a través de los escalones la planta baja de la vivienda, pero con la mente totalmente nublada por el placer, envuelta en un sueño erótico del que nunca querría despertar.

Las manos masculinas oprimían sus glúteos, los masajeaban, y ascendían por su espalda recorriendo sus curvas, llegando a atrapar sus balanceantes tetas, mientras seguía penetrándola sin descanso, golpeando suavemente su retaguardia a la vez que recorría todo el volumen de sus pechos.

Aparte de sus propios suspiros, la estudiante podía escuchar la rítmica respiración del macho y el acuoso sonido de sus sexos encajando una y otra vez, estimulándola también auditivamente, y animándola a mecerse hacia delante y atrás acompañando la deliciosa y tranquila follada que el experimentado madurito le estaba brindando.

— Pero qué buena estás, Sara —escuchó la varonil voz, a la vez que las manos volvían a recorrer su anatomía memorizándola con el tacto—. Además de guapa, tienes un cuerpo precioso, y me encanta follarte….

— Nunca me habían follado así —confesó ella entre suspiros—, con esta deliciosa calma… y en una escalera. Te siento muy dentro de mí, y disfruto de cada penetración como si fuera la primera. Me gusta mucho, Álex…

— Es una gozada disfrutar contigo así, pero ya no voy a poder seguir conteniéndome. Me pones tan bruto y me aprietas tanto, que voy a tener que darte más duro…

Las manos se detuvieron en sus caderas, aferrándolas con decisión.

— Dios, sí, me vuelve loca que me des duro… ¡Oh! —La exclamación escapó de su garganta al sentir intensamente cómo el sable se enfundaba en su cuerpo con fuerza, dilatándola repentinamente por dentro, incrustándose la punta en la boca de su matriz, la pelvis azotándole las nalgas sonoramente, y las pelotas rebotando contra sus abultados labios abiertos al máximo. Brutalmente placentero.

Alejandro comenzó a martillearla de ese modo, con energía, a ritmo pausado pero contundente, y la joven tuvo que agarrarse al borde de madera del peldaño que le servía de apoyo.

— ¡Ah!, ¡ah¡, ¡ah!... —Escuchaba sus propias interjecciones acompañadas del restallar del pubis masculino en su culo.

— ¿Así es como te gusta? —preguntó el toro bravo, denotando la excitación en su voz.

— ¡Ah!... Sí, joder, así me flipa… ¡Sí...! ¡Sí...! ¡Sí…!

Todo su cuerpo era sacudido con las embestidas, siendo cada azote un aderezo a cada dura penetración; dentro y fuera, hacia delante y hacia atrás, pollazo a pollazo durante unos oníricos minutos, con la verga reventándola por dentro y estimulando cada centímetro cuadrado de su interior; aguantando a duras penas las potentes arremetidas, agarrada al escalón y sujeta por las caderas.

De pronto, un respiro. Alejandro detuvo el bombeo y se desenvainó de su cuerpo. Y entonces, Sara, sintió con un exquisito estremecimiento que le puso los pezones al rojo cómo la gruesa cabeza de la polla, embadurnada con su flujo, se abría paso entre sus nalgas explorando el canal de arriba abajo, presionando ligeramente su pequeño orificio, para después continuar el recorrido y terminar penetrando, nuevamente, su empapada vulva con un buen empujón que la ensartó entera.

Estaba a punto de alcanzar el orgasmo, y su amante la mantuvo en ese desquiciante estado, volviendo a darle duro y a buen ritmo. Pero la descarga no terminaba de llegar, haciéndola disfrutar de un prolongado polvo en el que el macho daba buena cuenta de su capacidad y resistencia, a pesar de la excitación, tras las corridas anteriores.

Por un instante, dejó de sentir la mano derecha en su cadera, y con los rizos pegados a la frente y las mejillas arreboladas, volvió su rostro para mirar a su jinete. Alejandro estaba chupándose el pulgar y, con una sonrisa, detuvo el bombeo con toda su polla dentro, apoyó la palma de su mano en la parte alta de su culo, y metió el lubricado dedo a través del relajado esfínter del agujerito trasero.

— ¡Uuuuuhhh…! —aulló la chica con la deliciosa sensación.

El orgasmo se disparó arqueándole más la espalda, y el provocador lo intensificó aún más volviendo a martillearla a pollazos que la llevaron al delirio mientras el dedo seguía metido en su culo, hasta el fondo, y moviéndose con las embestidas.

Fue una catarsis larga, profunda, devastadora, con los nudillos en blanco por la fuerza ejercida sujetándose al escalón; hasta que su cuerpo se relajó, el dedo abandonó su ano, y su amante la agarró por los pechos, levantándola para besarla con su acerada lanza aún medio metida en el chorreante coño.

— Me ha encantado… me has reventado —le confesó entre sus brazos—. Y sigues teniéndola dura…

— Hace un rato me dijiste que estabas dispuesta a lo que quiera, y lo que quiero ahora mismo no ha hecho más que empezar. Sube.

Intrigada y experimentando una nueva excitación, la joven obedeció, desacoplándose y subiendo los siete escalones que le quedaban para llegar a la planta superior. Desde el borde de la escalera, ya pudo observar que la otra estancia parecía una especie de despacho, aunque también se veían algunos armarios empotrados al fondo.

El anfitrión la guio hacia la gran cama, pero la detuvo ante el espejo de cuerpo entero, poniéndola ante él para que observara las delicias de su propia anatomía, abrazándola y acariciándola él desde atrás.

— ¿Alguna vez te has visto a ti misma comiéndote una polla? —le preguntó.

— No —respondió desconcertada.

— Pues ahora tienes la oportunidad, y te va a encantar —aseguró Alejandro, girando y situando a los dos de perfil ante el espejo.

«¿Hará esto con su mujer? —se preguntó la chica—. ¿Por eso dice que me va a encantar, porque a ella le encanta? Leggins efecto piel, sexcasting y verse con la polla en la boca… Jamás habría imaginado que “La pija” fuera tan cachonda. Aunque, claro, teniendo esto en casa…. —concluyó, contemplando a su amante desnudo con su atractivo miembro recubierto con el producto de su propio orgasmo.»

Con esos pensamientos, y observando el rostro del hombre que la miraba con picardía, Sara se acuclilló, tomó la verga con su mano derecha, y llevó sus labios hasta el brillante y violáceo glande, tornando con ello su vista hacia el espejo. Se observó a sí misma, de perfil, con las mejillas sonrojadas y una polla, que en el reflejo y en comparación con su cara le pareció enorme, atravesando sus rosados pétalos, más voluminosos por la excitación, metiéndose lentamente en su boca mientras la soltaba con la mano para contemplar mejor su calibre.

Le resultó increíblemente excitante ver cómo su bonita cara adaptaba su mandíbula al grosor que se introducía en su cavidad bucal, y cómo sus labios se deslizaban por la piel de ese músculo que parecía atravesarle la cabeza desapareciendo parcialmente en su rostro.

«Joder, sí qué es morboso —se decía, saboreando el gusto a coño con el que estaba aderezado el manjar—. Y se ve increíblemente grande en comparación conmigo —pensó cuando el glande se asomó a su garganta y ya no pudo tragar más, observando la porción de carne que no conseguía engullir—. Otra imagen para recordar cuando esté a solas».

Mamó suavemente, con la vista fija en el reflejo, y percibió como los pezones volvían a ponérsele duros, sintiendo que su vagina volvía a lubricar.

— A que te gusta —le dijo el instigador a aquel acto.

— Uhum… —confirmó con la boca llena de dura polla.

En un par de ocasiones, con Verónica, se había sentido maravillosamente guarra, y el día anterior, y esa misma noche con Alejandro, se había sentido deliciosamente puta. Pero en ese momento, viéndose a sí misma comiéndose el pollón, se vio putísima, una hembra insaciable, una auténtica devoradora de hombres; y le encantó, haciéndola succionar con más fuerza para arrancar suspiros al hombre.

— Para, preciosa, que si sigues así, te voy a llenar la boca de leche —dijo Alejandro, tirando levemente de sus rizos y sacándole el miembro de entre los labios—, y creo que ya sería la última de hoy…

La estudiante se incorporó, y le besó regalándole el sabor de su lengua y labios condimentados con su jugo de hembra y alguna gota de néctar masculino.

— Gracias por regalarme tu experiencia —le susurró.

— Gracias a ti por presentarte aquí y convertir una noche aburrida en una fantasía… Ahora sigue siendo buena alumna y súbete a la cama, a cuatro.

Con una sonrisa y aleteo de pestañas, Sara accedió a la petición, quedando al borde de la cama con su redondo culo y húmeda concha expuestos al cuarentañero, quien acarició las divinas posaderas sujetándolas. Y cuando la joven esperaba a ser nuevamente penetrada, lo que sintió fue la lengua lamiendo su rajita, recorriendo después el perineo, para terminar colándose entre sus cachetes separados por las manos, hasta acariciar la sensible piel de su agujerito trasero, que seguía relajado por la excitación, y dilatado por el efecto del pulgar que anteriormente lo había profanado.

— Uyuyuyyy… —se le escapó al sentir un húmedo y delicioso cosquilleo en su ano.

El audaz apéndice lamió la suave piel, arrancándole gemiditos y sorprendiéndole con la agradable sensación de la saliva mojándola. Se la extendió por todo el aro y, entonces, el vivaz músculo se afiló introduciendo su punta por el agujero, retorciéndose en él y embadurnándolo aún más.

— Oh, joder, qué ricooohh… Nunca me habían comido el culooohhh…

La lengua siguió regalándole un magnífico cosquilleo, difícil de soportar de puro placentero, y simultáneamente percibió cómo dos dedos entraban en su coño y se lo follaban con suavidad, extrayendo sus juguitos.

— Uuufff… Álex… ¿qué me haces…?

Las sensaciones eran increíbles, pura delicia y novedad, y la estudiante disfrutó de renovadas oleadas de excitación que discurrieron por todo su cuerpo.

Los dedos abandonaron su ya encharcado sexo, y la lengua fue sustituida por uno de ellos, que penetró su agujero trasero con lúbrica facilidad, hasta el fondo, dándole más placer, lo que hizo que sus codos se apoyaran sobre el lecho, combándole más la espalda, y abriéndose más sus nalgas.

El dedo realizó movimientos circulares en su interior, proporcionándole una agradable sensación de calor a la vez que su esfínter se dilataba más, y ante el éxito conseguido, salió de su culo para que el segundo dedo lo acompañara, introduciéndosele los dos, con algo de dificultad al principio, pero suavemente después por la mezcla de salida y flujo vaginal aplicado.

— Álex… —susurró jadeando— ¿Qué me hacesss…?

Los dos dedos le follaron lentamente por atrás, convirtiendo la inicial incomodidad en agradable sensación, y se movieron en su interior, extendiendo lubricación y dilatando la entrada.

— ¿Alguna vez te han dado por el culo, Sara? —interrogó la grave voz.

— No, ummm…

— Pues tienes un culo que merece ser bien follado, y parece que ya lo tienes bastante preparado…

— Ufff, eso es porque he hecho mis experimentos… —consiguió decir, rememorando las veces que se había introducido un dedo, o dos, o cuando había decidido ir más allá cogiendo algún pepino de la frutería de sus padres para ponerle un condón y meterse un trozo, probando cada vez con hortalizas algo mayores.

— Estás dispuesta para lo que quiera, has dicho… Y lo que quiero es estrenar el mejor culo que he visto en mi vida.

— Sí, Álex —contestó ella loca de excitación— fóllame por el culo, que me tienes chorreando…

— Claro que sí, preciosa. Iré con cuidado, y verás cómo lo disfrutas.

Los dedos salieron, y sintió la enhiesta vara, pero no entre sus nalgas, sino en su coño, que fue penetrado de una vez, a fondo, arrancándole un grito de sorpresa y placer.

Después, la acerada barra desalojó su vagina y el macho se subió a la cama, poniéndose de rodillas tras la ofrecida joven para volver a apuntar con su arma. Ahora sí, se abrió paso por sus glúteos, resbalando entre ellos con el fluido tomado y el ya aplicado con dedos y lengua. La cabezota incidió contra su agujero, y éste, relajado y ya dilatado por el trabajo anterior, se adaptó como un anillo a la punta, resultando la sensación cálida y placentera.

El glande fue abriéndose paso, exigiendo más dilatación que a Sara le resultó algo incómoda, pero que a medida que se abría más, el leve escozor desaparecía siendo sustituido por un calor más que agradable.

— Uffff —resoplaron ambos al unísono.

En unos momentos, la cabeza quedó introducida en su culo y, tanto por la sensación, como por lo que ello implicaba, la excitación de la joven alcanzó una nueva cota.

— Qué rico, Sara, y cómo me aprietas… —dijo Alejandro entre dientes—. Y las vistas que me regalas, buf… —volvió a resoplar, tomándole una mano y llevándosela hacia atrás para que agarrara la rígida lanza que se insertaba entre sus cachetes—. Ahora vamos poco a poco para que lo disfrutes, controlando tú hasta dónde puedo metértela.

La estudiante empuñó la verga, y sintió cómo el hombre empujaba suavemente, introduciendo un poco más del rígido músculo resbalando por su interior, intensificando la sensación de calor hasta que ella lo detuvo, utilizando su mano como tope, para tomar el aire que le faltaba por la poderosa sensación.

— Así, preciosa, tómate el tiempo que necesites —fue aleccionada—. Tienes un culo exquisito, y no quiero rompértelo nada más empezar.

Mientras una mano la sujetaba de la cadera, la otra se coló entre sus muslos y comenzó a acariciarle el clítoris, exacerbando la sensación de placer que se extendió por todo su cuerpo, lo que la animó a permitir un mayor avance.

— Uuuff… —suspiró la sodomizada—. Me está gustando tener tu polla metida en el culo…

Liberó la presión ejercida sobre el viril músculo, y éste avanzó un poco más por su interior, dilatándoselo y proporcionándole una inédita sensación placentera que se unía a la de las caricias en su perla, estimulándola para no interrumpir la lenta penetración, que bien lubricada, se estaba dando con más facilidad de lo que había imaginado.

«Aunque sin saber que sería para él, ya me había preparado para esto porque deseaba probarlo, y está siendo mejor de lo que esperaba… Sabe cómo hacerlo, ¡y qué gustito! ¡Mi vecino me está dando por el culo y me encanta!».

Escuchaba la respiración contenida del hombre, y sentía cómo las entrañas se le iban llenando con la permisividad de su mano, mientras la anaconda seguía explorando el angosto conducto, dilatándolo aún más a medida que su ano comenzaba a engullir la parte más gruesa.

El frotamiento de su botoncito, las contracciones de su coño, el calor trasero, la sensación de estar siendo llenada, y la propia lujuria mental, la tenían en plena combustión; por lo que cuando quiso darse cuenta, ya solo su mano abierta, aplastada entre sus nalgas y la pelvis masculina, impedía la penetración total.

Retiró la mano, y a la vez que los últimos centímetros de durísima y gruesa polla se metían en su culo, Sara sintió la piel del pubis de Alejandro pegándose a sus nalgas, empujándolas y oprimiéndolas hasta aplastar su consistencia con la penetración más profunda que la joven jamás había experimentado.

— Uuuuuuuhhhh… —aulló extasiada por la sensación de estar completamente empalada.

— Ummm… Te la he metido entera —confirmó el macho, desquiciando su mente con el morbo de lo conseguido.

Sin dejar de arrancarle gemidos con los dedos manejándole el clítoris, el experimentado cuarentañero le sacó una parte de su pértiga, regalándole una placentera sensación de alivio que inmediatamente se transformó en puro gusto de fuego cuando volvió a metérsela.

Sin prisa, realizó varias veces la misma maniobra, follándole el culo poco a poco, permitiéndole adaptarse a la gruesa polla que le estaba endosando por detrás, a fondo, muy a fondo; mientras seguía masturbándola, proporcionándole un placer hasta entonces desconocido, profundo y salvaje, que la tenía con los codos y antebrazos sobre la cama a la vez que toda su espalda se arqueaba y levantaba la cabeza jadeando, tratando de atrapar el aire que escapaba de su garganta con cada suave, pero decidido, empujón.

— ¿Te gusta? —escuchó la grave voz masculina.

— Mmmm… sí, mucho... Quiero mmmás…

— Tienes un culo increíble, Sara, y me está matando —añadió Alejandro con la voz quebrada por la excitación—. Ya no voy a poder seguir conteniéndome… Tengo que darte bien...

— Mmm, sí…

Un excitante azote con la mano que había estado masajeándole el clítoris fue el pistoletazo de salido para que el toro bravo la agarrase firmemente por las caderas y empezara a meterle la polla con fuerza, aumentando la velocidad, golpeando sus nalgas con la pelvis y los labios vaginales con las pelotas.

«¡Oh, Dios mío!»

La embistió sin compasión, metiéndole todo su acero al rojo por el culo, con golpes secos que hacían vibrar sus carnes, perforándola hasta el fondo para hacerla sentir que todo su cuerpo era una ajustada funda para la pétrea polla, y enloqueciéndola con el más primitivo gozo que en su joven vida había experimentado.

Alejandro bufaba por el placer y el esfuerzo, y no hacía sino seguir aumentando el ritmo de las enculadas, ebrio de excitación por lo que sentía y por la excelsa imagen de ese esplendoroso y curvilíneo cuerpo veinteañero siendo sometido con sus furiosas arremetidas, consiguiendo arrancarle agudos gritos que denotaban que ella también gozaba, y eso aún le espoleaba más.

El atlético maduro hizo gala de su condición física, experiencia y aguante durante unas demoledoras embestidas más que convirtieron la primera experiencia anal completa de la joven en una gesta que le puso los ojos en blanco, despegándola de la realidad.

La cabalgada ya era un auténtico galope, y Sara deliraba entre gritos sintiendo cómo los dedos atenazaban sus caderas, cómo sus tetas se zarandeaban, cómo sus nalgas eran martilleadas, su coño peloteado, y sus entrañas perforadas, con el orgasmo edificándose en su interior como una monumental pirámide egipcia a punto de ser coronada.

El semental la taladró aún con más fuerza, empujándola hasta que sus brazos flaquearon y tuvo que apoyar el rostro en el mancillado lecho matrimonial.

— ¡Ooohhh…! —le escuchó gritar con un gruñido.

El hirviente líquido seminal se derramó en sus entrañas y el apocalipsis sexual se desató en su interior, con un devastador orgasmo que la derritió por dentro fundiendo cada fibra para convertirla en una señal de absoluto placer, sacudiendo todo su cuerpo con la más intensa y profunda sensación de satisfacción que una hembra puede experimentar, haciéndole perder la cabeza mientras el macho le daba los últimos empellones que inyectaban lava en lo más profundo de su ser.

Sara se derrumbó sobre la cama, totalmente ida, flotando en una niebla de delirantes sensaciones, con el causante de las mismas sobre su espalda. Y agotada, tratando de recuperar el ritmo respiratorio, ni siquiera fue consciente de cuándo su amante se desacopló, pues con la total relajación posterior al exigente polvo que había destruido todos sus límites, se sumió en un profundo y reparador sueño.

Cuando despertó, los primeros rayos de sol entraban por las ventanas, y se encontró abrazada al cuerpo desnudo y aún inconsciente de ese hombre que había deshilachado sus fantasías para hacerlas realidad.

Con sumo cuidado de no despertarle, se separó de él para levantarse, y contempló por última vez su atractivamente madura desnudez, sintiendo un cosquilleo en su interior. Bajó por la escalera sonriendo al reconocer el escalón al que se había agarrado mientras su vecino la hacía correrse ahí mismo, y recogió sus pertenencias del salón, vistiéndose mientras rememoraba cada detalle de la magnífica noche vivida.

«Me ha dado sexo guarro, sexo apasionado, sexo increíble, sexo delicado, sexo duro, sexo salvaje… Me ha dado cuanto quiero y necesito, y más…»

Al coger el bolso, vio una pequeña libreta y un bolígrafo junto al teléfono fijo y el router. Sin pensarlo, escribió su número de teléfono, añadiendo un «Me encantaría repetir», y arrancó la hoja dejándola bien visible sobre la mesa baja del salón.

«Creo que estoy empezando a enamorarme», fue su último pensamiento al salir del único dúplex de la pequeña comunidad.

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