Fantasías vecinales (2)
El uniforme del supermercado es solo una fachada; bajo él, Verónica esconde un deseo insaciable por su vecino. Cuando la puerta se cierra, la discreción se rompe y la curiosidad se transforma en una devoción carnal que pone a prueba los límites de su matrimonio.
Verónica 1
Cuando su marido la despertó para que se levantara para ir a trabajar y acostarse él tras un turno nocturno de vigilancia, Verónica maldijo su mala suerte por tener que currar en sábado, especialmente después de la divertida tarde—noche de viernes que había pasado.
Iba bien de tiempo, Javier la había despertado a las 7:30 y no empezaba en el súper hasta las 9:00, por lo que se dio una tranquila ducha recordando cuanto había ocurrido el día anterior. Había sido divertido, excitante, salvaje, y muy satisfactorio. Hasta entonces, fuera de su matrimonio, sólo había tenido un par de polvos rápidos con un par de tíos en los baños de alguna discoteca cuando había salido con sus amigas, sin contar las tres o cuatro veces que se había liado con su vecina, y nueva mejor amiga, Sara. Pero eso no lo contaba como aventura extramatrimonial, sino solo como un divertido juego entre amigas del que su marido no tenía por qué estar al tanto.
«Lo de anoche lo superó todo —pensaba, enjabonándose los pechos suavemente—. Nunca me había tirado a un madurito buenorro, y nunca me habría imaginado que lo haría compartiéndolo con Sara… ¡Fue la hostia!»
Recordaba cómo, estando en la piscina con su amiga, su vecino se había acercado a saludarlas y había podido recrearse en observarle con detenimiento, ya que estaba libre de la compañía de su encantadora esposa y simpáticos niños.
Desde que lo viera por primera vez, unos diez meses atrás, siempre le había resultado atractivo, con un buen físico y ese aire de madurez tan sexy… El tío estaba bueno, era elegante, y esos modales tan educados y apariencia de seguridad, a Verónica le ponían aún más. Estaba segura de que, tras esa intachable fachada, se encontraba un auténtico empotrador. Tenía el físico para ello, y más de una vez se lo había imaginado poniendo a cuatro a su guapa y elegante mujercita para hacerla gritar como una perra.
«Y no me equivocaba, el Álex folla como un toro bravo. ¡Cómo se lo tiene que pasar “La pija” con él! Y encima con esa polla gorda… ummm… Seguro que la Marta se la come todas las mañanas. Por muy princesa que parezca, levantarse todas las mañanas con eso al lado la tiene que poner muy burra...»
La semilla de una idea se implantó en su cerebro.
A pesar de que la ducha se la estaba dando con agua prácticamente fría debido al calor que ya empezaba a hacer esa mañana, Verónica no podía evitar seguir calentándose con sus pensamientos y el recuerdo de lo vivido. Había sido tan excitante ver cómo a su vecino se le marcaba un insospechado paquetón al salir de la piscina… Tan divertido comentarlo con Sara, que siempre había tenido fantasías con él… Tan entretenido planear cómo llevárselo a casa aprovechando que estaba solo para que su amiga pudiera tener la oportunidad de cumplir alguna de sus fantasías… Tan loco dejarse llevar por la situación para acabar siendo ella la primera en dar el paso para compartirlo… Y, sobre todo, tan delicioso comérselo enterito y follárselo con el increíble aderezo de hacerlo con su nueva mejor amiga…
«Uf, nunca había hecho un trío. ¡Y, joder, cómo me moló! Aunque también estaría bien catarlo yo sola…»
La idea sembrada en su cabeza echó raíces, y tomó la decisión de hacer una rica travesura. Antes de entrar a trabajar no tendría mucho tiempo, pero sí el suficiente para darse un capricho si sólo se tomaba un café.
Terminó de ducharse y de darse la loción corporal, y se puso el tanga y un sujetador blanco que no se transparentase en la camisa del trabajo, pero pensando en su travesura, lo eligió escotado. Y, finalmente, se puso el aburrido uniforme del súper: pantalón liso gris oscuro, y camisa de rayas verdes abotonada hasta el cuello.
Se tomó un café para terminar de espabilarse, y terminó de arreglarse en el baño dándose un poco de maquillaje y rojo tenue de labios. Consultó el reloj: las ocho y media, le quedaba tiempo para llevar a cabo su plan antes de sacar el coche del garaje e ir al súper.
Echó un último vistazo al dormitorio, donde Javier ya llevaba un buen rato roncando, cogió el bolso, y salió de casa con la intención de bajar hasta el último piso y cambiar de escalera para volver a subir.
— Buenos días, Álex —dijo con una sonrisa de oreja a oreja cuando éste le abrió la puerta—. Tengo que ir a currar, ¿pero puedo pasar un momento?
— Sí, claro —contestó éste sorprendido, vestido únicamente con el pantalón corto que usaba para dormir—. Pensé que serías algún mensajero trayendo algo que habría pedido Marta.
Verónica escaneó al hombre de la cabeza a los pies. Le gustaba lo que veía: ese atractivo y varonil rostro con barba de tres días; un torso desnudo bien definido, con pectorales y abdominales marcados, pero no prominentes, y ese liviano pantalón corto negro que no podía ocultar a su inquisitiva mirada un abultamiento en la entrepierna, permitiendo intuir la buena dotación de su dueño, aunque en ese momento estuviera con la guardia baja. La travesura que había maquinado y la había llevado hasta ahí, no hizo más que reafirmarse en su cerebro.
La pícara treintañera dio un paso hacia el interior y cerró la puerta tras de sí.
— Supongo que quieres hablar de lo que pasó ayer —cortó Alejandro el breve, pero intenso silencio—. Fue una locura…
— Sí, una locura genial —confirmó ella, poniendo en marcha su plan.
Ante la atenta mirada del cuarentañero, sin dejar de sonreírle, desabrochó lentamente el botón superior de la camisa del uniforme, abriéndola ligeramente. Los ojos del hombre se fijaron aún más en la zona, con el aliento contenido y, Verónica, alentada por el interés despertado, realizó la misma operación con el segundo botón, irguiendo la espalda para que la prenda se abriese aún más mostrando el bronceado balcón de su poderío pectoral. Al instante, percibió cómo se pronunciaba el abultamiento de la entrepierna del macho que no podía apartar la mirada.
«Ya eres mío —se dijo la envalentonada mujer—. ¡Éstas dos nunca fallan!»
— ¿Qué haces? —preguntó él, visiblemente turbado.
— Nada, ¿tú qué crees? —contestó pasando al tercer botón.
La camisa de rayas verdes, que tan poco le gustaba, se abrió hasta el borde superior del sujetador, mostrando un infartante escote en el que el generoso busto de la empleada del súper ofreció su mejor vista al incrédulo espectador, quien, con un resoplido, no pudo evitar una tremenda erección que convirtió su pantalón en una tienda de campaña.
— Joder, Vero… —acertó a decir con un nuevo resoplido—. Lo de ayer fue un error… Mi mujer… tu marido…
— Ellos no están aquí mirándome las tetas con la polla dura —le interrumpió, acariciando la atrayente robustez que levantaba la tela del pantalón.
— Pero… pero… ¿no te ibas a trabajar?
—Sí, claro —contestó resuelta, tomando la goma para el pelo que lleva en la muñeca derecha y alzando los brazos hacia su cabeza.
Sus pechos se alzaron gloriosamente, ofreciendo su exuberancia y turgencia en una panorámica que habría podido derretir un iceberg. Y Alejandro contempló pasmado cómo se apartaba los negros cabellos del rostro para recoger su melena en una coleta.
— Pero no he desayunado… —añadió acercándose más a él y poniendo las manos en sus caderas.
A ella misma le calentaba ver cómo ese apetecible madurito no le quitaba el ojo del improvisado escote desde las alturas. El día anterior, por las circunstancias, no le había resultado tan patente la diferencia de estatura, pero ahora, ambos de pie en la distancia corta, comprobó que le sacaba más de una cabeza, y eso la atraía aún más.
—…y veo que tú quieres darme el desayuno —concluyó con tono meloso.
Sin perder detalle de cómo el hombre la miraba con ojos lujuriosos y gesto de sorpresa, Verónica tomó la cinturilla del pantalón y el bóxer y las fue deslizando hacia abajo a la vez que descendía, quedando de rodillas ante la imponente erección del macho.
«Ahora sí que estamos a la altura perfecta. ¡Joder, qué pollón y qué ganas de comérmelo!»
El viril músculo, tieso como una estaca, tenía el glande completamente descubierto, detalle que a ella le encantaba, y tenía forma redondeada y ligeramente lanceolada, con su piel tersa y un brillante tono rojizo y violáceo de lo más atrayente. Esa cabezota, con unos marcados bordes que pedían a gritos ser enroscados con sus labios, daba paso a un cuello de fina piel lisa que volvía a ensancharse para formar un grueso tronco, con una atractiva curvatura hacia arriba, y cuya generosa longitud era más que sugerente para sus femeninos ojos y recalentada mente.
«Es como la recordaba… Una buena polla dura solo para la Vero. Seguro que es más gorda que la del Javi, y más larga, aunque no demasiado, lo justo para ponerme burrísima».
Sin duda, Alejandro estaba bien dotado, no con una de esas monstruosidades que se ven en algunos vídeos, pero sí con una herramienta por encima de la media que a la sexy uniformada y su amiga había vuelto locas el día anterior.
«Ésta no se me perdería entre las tetas si le hiciera una cubana…»
El vigoroso tronco estaba recorrido por poderosas venas enloquecedoramente marcadas, surtiéndolo de cálida sangre para ponerlo como una roca apuntando hacia arriba, con la soberbia de señalar a Verónica como culpable de su estado. Y toda la zona estaba pulcramente libre de vello, enfatizando la percepción de pollón que a la hambrienta hembra ya hacía salivar, mostrando unos testículos colgando como frutas maduras en una lampiña bolsa que invitaba a ser lamida.
«Como tienen pasta, seguro que “La pija” le ha pedido que se haga el láser para comerle la polla como una reina. ¡Pero quien lo va a disfrutar ahora es la Vero!»
Su mano derecha tomó la enhiesta vara con firmeza, y sin apartar sus oscuros ojos del desencajado rostro del hombre, sacó la lengua y recorrió con su punta desde las pelotas hasta la testa, dejando un rastro de saliva en toda su longitud y terminando en el ciego ojo para degustar su salado gusto.
El hombre se dejó hacer, completamente dominado por un placentero escalofrío.
Verónica humedeció sus labios y dirigió el violáceo balano hacia ellos, incidiendo en su jugosidad y empujando con la cabeza para que se los abriera friccionando entre los carnosos pétalos.
— Umm… —oyó gemir al macho que la miraba desde las alturas.
La mujer amoldó la suave cerradura de su boca al contorno de la testa de la verga, y disfrutó del cosquilleo que ésta le produjo al penetrar y quedar atornillada a su boca, con sus labios rodeando la corona y bajando el escalón para estrangular el cuello mientras la punta de su lengua lamía la tersa piel.
— Ummm… —gimió nuevamente el macho.
Disfrutando del momento y el triunfo de llevarse semejante trofeo, la morena siguió metiéndose el falo en la boca, salivando de puro gusto al sentir cómo le ocupaba toda la cavidad con carne, deslizándose sobre su lengua y acariciándole el paladar hasta tocarle la garganta.
Ya estaba húmeda, pero cuando constató que el sable ya le llegaba hasta su primer límite, pero aún sujetaba un buen trozo del grueso tronco con la mano, se mojó aún más, al igual que le había pasado el día anterior.
— Ooooohhh… —recibió como regalo en los oídos.
«Es la polla más grande que me he comido nunca… Dios, ¡cómo me gusta! Y hoy la tengo solo para mí…»
Sin perder el contacto visual con la excitante cara del hombre convertido en puro vicio, realizó el recorrido inverso, succionando para que toda su boca se adaptase al durísimo músculo y su lengua pudiera apreciar las sinuosidades de las gruesas venas. La hizo salir lentamente, embadurnada de saliva, y se la sacó con un sonoro y jugoso beso que arrancó otro gemido al sometido caballero.
— ¡Qué pedazo de porra más rica! —le dijo con un tono de voz gravemente sensual—. Y seguro que tiene muuucha leche, ¿a que sí?
— Joder, Vero —consiguió decir él con un resoplido—, ayer me dejasteis seco, pero acabas de ponerme los huevos en ebullición.
— Ah, ¿sí?
Continuó dándole jugosos besos en el cipote, recorriéndolo completamente con la suavidad de sus labios, bajando por el firme cuerpo hasta la base y depositando más besos en el pubis y las ingles. Tomó un testículo para metérselo con dulzura en la boca y chuparlo escuchando los placenteros gruñidos del hombre, y después chupó el otro.
— Joder, sí, ¡me has puesto los cojones a reventar! —exclamó el educado ingeniero fuera de sí.
Lamiendo con toda la lengua la longitud de vibrante carne que le llevó nuevamente al sensible glande, Verónica degustó la piel hasta hallar una traslúcida gota de aceitosa consistencia en su punta, y no dudó en tomarla extendiéndola por sus labios y formando un hilo con ella, hasta que acabó tomándola con la lengua para probar su salado sabor.
— Entonces sí vas a darme un buen desayuno, ¿no? —preguntó con picardía, invitándole a que tomase él la iniciativa por un momento—. Me lo he ganado…
El cuarentañero recogió el guante sin atisbo de duda, había sucumbido, estaba sometido a ella, en su poder, y sólo haría lo que ella misma deseaba, y a por lo que había ido allí. Cogió el rostro de la golosa hembra con ambas manos, ella se colocó la punta del rabo en los labios, y tiró de la cabeza de la felatriz, empujando con la cadera para penetrarle la boca.
— Te lo has ganado, Vero, y te la vas a comer toda —anunció entre dientes.
Excitada al máximo, la empleada del súper se aferró a los pétreos glúteos del macho, y disfrutó del arrebato de la profanación oral, controlando la respiración al llenársele la boca de gruesa polla que alcanzó su garganta.
«Así, toro bravo, fóllame la boca hasta que quiera volver a controlarte. Voy a hacerte la mamada de tu vida para que te acuerdes siempre de la Vero…»
Gozando del momento y de sus propios pensamientos, Verónica sintió cómo su vecino deslizaba hacia atrás su lanza para volver a llenarle la boca de carne, incidiendo en su garganta con la testa, obligándola a regular la respiración por la nariz, y repitiendo nuevamente el movimiento de saca y mete en la ensalivada y cálida cavidad. La receptora de tan apetitoso banquete, se recreó palpando los férreos músculos traseros del hombre, que apretaba deliciosamente el culo a la vez que la follaba con un suave vaivén, como ella deseaba que hiciera.
«¡Dios, qué bueno!, pero voy a tener que volver a tomar el mando. No tengo mucho tiempo para saborearte como quiero, y ésta puede ser mi última oportunidad. Mañana volverá la suertuda de tu mujer, y volverás a ser solo para ella… Pero cuando estés con esa pijita tan guapa y elegante, con este pollón metido en su boquita, no podrás evitar acordarte de la flipante mamada que te hizo la Vero…»
Su mano derecha se deslizó del prieto glúteo a la bolsa escrotal, empuñándola suavemente, pero con firmeza, cuando la pelvis se deslizó hacia atrás, lo que hizo que Alejandro soltase su rostro y ella pudiera sacarse el babeado cetro.
Cruzaron incendiarias miradas mientras ella le masajeaba los huevos y él jadeaba, y le sonrió un instante antes de volver a llevarse la polla a la boca con la otra mano, hipnotizándole con la mirada.
Devoró la herramienta poco a poco, repasando su forma con los sensibles labios, succionando y degustando el sabor de la piel y su suavidad, su pétrea dureza, su grosor y tamaño que engullía hasta la mitad, el aroma a macho y gel de ducha, y el regalo auditivo de sus suspiros al ser depredado con gula.
— Uuufff, Vero, cómo la chupassss… uuuffff…
«Lo sé, campeón, porque me encanta… Vas a flipar, porque estoy cachondísima.»
Verónica siguió chupando la deliciosa verga, succionándola con las ganas que tenía desde que la catara el día anterior, acariciándola en el interior de su boca con la lengua, haciéndola entrar y salir con un rítmico movimiento cervical, mamando y salivando encantada, y coqueteando con explorar sus tragaderas más allá de lo hasta el momento alcanzado. Estaba disfrutando tanto, o más, que ese trofeo que jamás habría imaginado conseguir. El morbo de disfrutar de su vecino superaba cualquier otra cosa.
«Si hace dos días me dicen que me iba comer al vecino buenorro… Un madurito sexy, varonil, educado, con buen curro, pasta, mujer pibonazo, padre de dos críos y una polla que flipas… Era inalcanzable para mí, y mira cómo lo tengo ahora, derritiéndose en mi boca…»
Tras varias ricas chupadas, que el hombre disfrutó entre ahogados gruñidos, Verónica se sacó el acerado y caliente músculo de la boca, y comprobó en su reloj, de reojo, que aún tenía tiempo de recrearse unos minutos más antes de salir corriendo para el trabajo.
— Me encanta tu polla, Álex —le dijo, volviendo a recorrer su longitud con la lengua hacia abajo, a la vez que su mano izquierda acariciaba su húmedo coño por encima de los grises pantalones del uniforme—. Es tan gorda y están tan dura… Casi no me cabe en la boca.
— Uf, Vero, eres tú quien me la ha puesto así… Eres muy buena…
— Lo sé —sentenció, besando los hinchados cojones y toda la base del falo, apoyándolo en su rostro y comprobando, al hacerlo, que le llegaba desde los labios hasta más arriba del nacimiento de su negra cabellera.
Sin dejar de acariciarse la entrepierna, recorrió lateralmente con sus hipersensiblizados pétalos toda la longitud viril, calibrando su grosor, y nuevamente alcanzó el glande, donde encontró una nueva gota con sabor a macho excitado. Besó la parte baja de tersa y más violácea piel de esa preciosa cabeza, y lamió con avidez el frenillo, delineando con la punta de la lengua el suave borde con forma de punta de flecha.
— Dios, Vero, vuelve a comértela, que me estás matando…
— ¿Quieres que me la trague entera? —le propuso, chupeteando el congestionado balano que derramaba más saladas lágrimas.
— Jooodeeeerrr… —recibió como única confirmación.
Con la mano derecha sujetó bien la estaca, posicionándola en el ángulo correcto, y lentamente volvió a metérsela en la boca, hiperexcitándose según se le iba llenando de palpitante carne arrastrándose sobre su jugosa lengua. Reguló la respiración nasal, y cuando la punta alcanzó su garganta, siguió engullendo lentamente, sintiendo cómo ésta se dilataba envolviendo al grueso invasor, deglutiéndolo con espasmos musculares controlados para no tener una arcada, y siguió tragando, escuchando los satisfactorios y sorprendidos bufidos del macho, hasta que tuvo que apartar la mano para aferrarse al tenso culo de su devorado, y su nariz y labios incidieron contra el varonil pubis.
Su coño se licuó, y comenzó a realizar contracciones como las de su garganta al sentir la satisfacción de haber podido tragarse un calibre de gruesa polla dura superior al que acostumbraba.
«Uummm, qué pollón… y lo tengo todo dentro… uummm… ¡cómo me pone!»
Aceleró el ritmo de su mano izquierda acariciándose el clítoris por encima de la ropa, y realizó unas cuantas tragadas profundas, escuchando los chasquidos de deglución de su garganta llena de carne y saliva.
— Aaaahhh… —escuchó a Alejandro, que agarró su cabeza como queriendo sujetarse—, nunca me la habían comido así… Vero, eres la mejor… Me voy a correeer…
Ella también estaba ya a punto, nunca había deseado tanto tragarse una verga entera, pero tanta glotonería ya era insostenible, por lo que tuvo que sacarse la herramienta relajando su garganta, y hacerla emerger completamente de entre sus labios para tomar una buena bocanada de aire.
La polla estaba hinchadísima, con sus gruesas venas palpitantes, algo amoratada y bañada en saliva, con un brillo enloquecedor. Jamás había visto algo más excitante e incitante al pecado en su vida.
«Quiero mi premio final —se dijo—, que se me corra en la boca y correrme con él…»
Alejandro había vuelto a soltarle la cabeza, y resollaba ruborizado mirándola desde arriba, deleitándose al observar cómo de los carnosos labios de la empleada del súper, corrían regueros de saliva que habían llegado a gotear sobre su voluptuoso escote. Y ella, con un continuo y marcado sube y baja de pechos debido a la respiración acelerada, le devolvía la mirada con la que estaba segura que era su mejor cara de guarra, porque así era como se sentía.
Clavó ligeramente las uñas en el prieto glúteo del macho, incitándole a volver a llevar la lanza hacia sus labios, y se la comió sin más miramientos, succionándola y friccionándola con sus lubricados pétalos, acariciándola con la inquieta lengua a medida que salía y entraba de la boca desde la corona de la cabeza, hasta poco más de la mitad del tronco, produciendo una sonora sinfonía de chasquidos líquidos que ahogaban sus propios gemidos de disfrute.
Y mamó, y mamó, gozando de su masturbación mientras se comía esa espectacular polla y disfrutaba del aguante de un madurito al que ya estaba a punto de rematar.
— Vero, voy a correrme… uf, Vero…
«Yo también, dámelo todo.»
Siguió chupando con ganas, dentro y fuera, sorbiendo saliva, estrangulando el cuello y el tronco de la verga con sus esponjosos labios, rodeando el glande con su inquieta lengua, y llenándose la cálida boca de carne hasta rozarle la garganta.
— Vero, me corro…ummm… me corro… ¡me corroooh…! —gruñó el macho.
La hambrienta sintió el potente palpitar del convulso músculo sobre su lengua.
«Hum, sí, aquí viene, y yo me voy a ir con él.»
Se colocó el glande a medio recorrido, entre la lengua y el paladar, apretándose el coño con la mano mientras succionaba con fuerza, y la cálida explosión líquida no se hizo esperar, inundando repentinamente toda su cavidad bucal y provocando que su propio sexo ardiese y se contrajera para alcanzar el orgasmo.
— Ooooooohhh…
— Mmmmmm…
Temblando por su propia catarsis recorriéndole el cuerpo, Verónica tragó la densa leche que con tanto ahínco se había ganado, sintiendo cómo se deslizaba por su agradecida garganta mientras su sabor a macho le saturaba el gusto. Y al tragar, en pleno propio éxtasis, siguió chupando con ganas.
Un nuevo chorro hirviente se estrelló contra su paladar, envolviendo toda la porción de polla que tenía dentro de la boca con cálida leche mientras seguía moviéndose en su interior, lubricándose y extendiendo el sabor del elixir por las papilas de la orgásmica morena, a la vez que el balano le hacía tragarla.
Sin duda, el cuarentañero había tenido tiempo de reponerse durante la noche, y tenía razón al decir que le había puesto los huevos en ebullición, porque aún tenía munición para darle, ya que un nuevo chorretón de semen se eyectó contra su paladar, regalándole otra abundante degustación de ese elixir que, incluso, a Verónica le pareció más dulce que cuando lo había probado la noche anterior.
Terminando su propio terremoto interno, estranguló con los labios la rígida barra de acero que se derretía en su boca, y ésta continuó ofreciéndole impetuosas erupciones de lava seminal entre gruñidos masculinos, hasta que su abundancia declinó languideciendo su explosividad, y le permitió sacarse la verga de la boca sin acabar con la cara embadurnada de lechoso líquido, lo cual habría sido muy divertido, pero poco conveniente para ir a trabajar.
Saboreó el sorprendentemente dulce néctar que aún tenía en la boca, «¿qué habrá comido?», observando fascinada cómo de la violácea testa de la preciosa polla aún manaban sin fuerza algunos borbotones de denso y blanco fluido. Rodeó con la suavidad de sus rojos pétalos la agonizante cabeza, y la introdujo en la calidez de su boca lo justo para que reposara sobre la lengua, que con movimientos adelante y atrás, acarició el frenillo recogiendo las últimas muestras de gloriosa corrida.
Al fin, la efervescencia terminó, y la treintañera soltó su presa, mirando a Alejandro, que la observaba tomando profundas bocanadas de aire.
«Sé que a los tíos os encanta esto —le dijo mentalmente». Y abrió la boca para mostrarle la leche que había mamado y aún no había tragado. La paladeó con su mejor gesto de satisfacción, y terminó de tragársela para acabar sacando la lengua totalmente limpia.
— Umm, ¡deliciosa! —dijo abrochándose los botones de la camisa.
Le había dejado sin palabras, y le encantaba. Estaba segura de que jamás olvidaría ese momento.
Se levantó con las rodillas doloridas y sensación húmeda en el coño, pero lo primero no tardaría en pasársele, «y sarna con gusto no pica», y para lo segundo, en cuanto llegase al curro, con cambiarse el salvaslip en el baño, listo.
— Gracias por darme este rico y buen desayuno —dijo poniéndose de puntillas para darle un beso en los labios.
— Gra—gracias a ti…
— Bueno, me voy volando —dijo con una sonrisa de oreja a oreja, comprobando que apenas le quedaban diez minutos para sacar el coche y llegar al súper—, que no llego a currar. ¡Hasta luego, guapo!
Y sin más entretenimiento, salió por la puerta y bajó rápidamente por la escalera, sacando del bolso un pañuelo para limpiarse la comisura de los labios y la barbilla. Ya en el coche, se miró bien en el espejo del parasol, comprobando que no quedaba en su rostro ningún resto de saliva, o alguna gota de otro líquido que hubiera escapado a su control.
Por suerte, siendo sábado antes de las nueve de la mañana, apenas había tráfico, así que llegó a tiempo al supermercado para entrar en el baño, cambiarse el salvaslip, recolocarse el uniforme, y deshacerse la coleta para dejar su negra melena suelta, como le gustaba más.
Justo a tiempo, llegó junto a su compañera y amiga Raquel para comprobar que a ambas les tocaba turno de caja.
— Joder, tía, he llegado por los pelos —le susurró acercándose más a ella—. Menos mal que no había tráfico, que, si no, a dar explicaciones a la encargada.
— Ya, claro, y a ver cómo se lo explicas, ¿no? —contestó la compañera con suspicacia y una sonrisa pícara.
«¡Ostras! ¿Y ésta cómo lo sabe?».
— ¿A qué te refieres, tía?, ¿cómo explico el qué? ¿A qué viene esa sonrisa? —preguntó en tono más bajo aún.
— Pues eso —contestó la otra cajera en el mismo tono confidencial—, que a ver cómo le habrías explicado a la encargada que llegabas tarde porque te estabas dando un homenaje con Javi…
«Joder, ¿me habrá salpicado Álex el pelo y no me he lo he visto?»
— ¿Por qué dices eso, loca?
— Anda, no lo niegues y cómete un chicle —respondió casi inaudiblemente—, que no veas cómo te huele el aliento a polla, ¡ja, ja, ja!
«¡Tierra, trágame! Si encima supiera que no era la polla de mi marido…»
— Uf, ¡qué vergüenza!
— Tranquila, chica, más bien la envidia que me das. Ojalá hubiera empezado yo así el día… Anda, toma el chicle y vamos a currar, que solo imaginarlo ya me pongo mala…
Verónica aceptó el chicle de su compañera, y con los deliciosos recuerdos del desayuno, comenzó su jornada de trabajo.
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