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Fantasías vecinales (1)

Alejandro 1 La calurosa tarde de principios de verano ya había empezado a declinar, y su mujer y los niños ya hacía media hora que se habían marchado al pueblo para pasar el fin de semana con la madre de Marta, su bella esposa. Alejandro…

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Alejandro 1

La calurosa tarde de principios de verano ya había empezado a declinar, y su mujer y los niños ya hacía media hora que se habían marchado al pueblo para pasar el fin de semana con la madre de Marta, su bella esposa.

Alejandro había conseguido escaquearse del suplicio de pasar el fin de semana en casa de su suegra con la excusa de hacer algunas chapuzas en casa, y Marta, sabedora de lo que le incomodaba quedarse en casa de su madre, y deseosa de que, por fin, montase el armario que habían comprado para la terraza, estuvo encantada de dejarle el fin de semana de Rodríguez.

Así que, al fin solo, Alejandro decidió bajar a la piscina a hacer unos largos, ya que, desde la terraza de la planta inferior del dúplex en que vivían, vio que parecía no haber nadie y podría nadar a gusto, lo que es una de las grandes ventajas de vivir en una comunidad pequeña en la que casi todos los vecinos son mayores.

Al llegar a la piscina comprobó que no estaba totalmente vacía. Tumbadas en el césped, juntas y fuera del alcance de visión desde la terraza de casa, estaban dos de sus vecinas de la otra escalera del portal: Verónica y Sara.

Verónica era una joven de apenas treinta años, que trabajaba a media jornada en una conocida cadena de supermercados, y que llevaba cerca de un año viviendo de alquiler en la comunidad de vecinos junto a su marido, Javier, vigilante en una empresa de seguridad. Y Sara era una estudiante de veintiún años, la hija de los vecinos del piso de debajo de Verónica, el orgullo de los dueños de la frutería del barrio. Ambas se habían hecho muy amigas, a pesar de la diferencia de edad entre ellas, y era frecuente verlas juntas en las zonas comunes de la comunidad.

Estaban tumbadas boca arriba, con los ojos cerrados para aprovechar los últimos rayos de sol directo de la tarde, por lo que no se percataron de la presencia de Alejandro. Éste, aprovechando la oportunidad que nunca se le brindaba de estar solo, avanzó hacia ellas lentamente para poder echar un buen vistazo a Verónica. Desde que la nueva inquilina había llegado a la comunidad, a Alejandro no se le había pasado por alto su atractivo, pero nunca había podido detenerse más de un segundo en observarla para que Marta no se percatase de ello.

La trabajadora del súper era objetivamente guapa, con un fino rostro de pómulos altos y labios carnosos, sensualmente perfilados y sugerentes, labios para besar y ser besados. Aunque en ese momento Alejandro no podía apreciarlo, sabía que sus almendrados ojos, de pícara mirada, eran muy oscuros, brillantes y seductores. Su cabello, de un lustroso color negro, era liso, y solía llevarlo cortado a media melena, curvándose hacia la barbilla para enmarcar las facciones de su ovalado rostro. Pero el hombre casado ya había podido apreciar esos detalles en sus breves vistazos, por lo que en ese momento aprovechó para escanear ese lozano cuerpo que casi siempre veía cubierto con el uniforme del supermercado en el que trabajaba. Su piel se apreciaba suave y tersa, ya muy broceada a pesar de ser principios de verano, y se mostraba en todo su esplendor apenas cubierta por un escueto bikini rosa, de estrecho tanga y pequeños triángulos para apenas cubrir pudorosamente ese par de poderosos pechos que, a pesar de encontrarse tumbada boca arriba, se veían como exuberantes montañas. Aunque aquella no fuera la mejor perspectiva para apreciar su belleza, Alejandro estaba seguro de que eran las mejores tetas que había visto nunca: voluminosas, de forma perfectamente redondeada y firmes a pesar de su tamaño. Casi seguro que no eran naturales, pero vaya par de preciosidades eran, y en el escaneo visual, daban paso a un abdomen liso, de estrecha cintura, que destacaba aún más al ensancharse más abajo en sus generosas caderas, las cuales se fundían con unos potentes muslos en piernas de longitud menos generosa que el resto de sus atributos. A ojo del ingeniero que la contemplaba, la chica debía medir poco más de metro sesenta.

Sin duda, Verónica no destacaba por su estatura, pero tenía una hermosa silueta de violonchelo, un violonchelo que Alejandro, en ese momento, no pudo evitar desear afinar, lo que se tradujo en un aumento de riego sanguíneo hacia su entrepierna.

«Joder, ¡qué buena está! —se dijo el hombre internamente—. ¡Me la ha puesto morcillona!»

Tratando de que la sensación no fuera a más, echó un vistazo a Sara, buscando un efecto inhibidor al observar a la niña que había visto crecer desde que ésta tenía once años. Sin embargo, la posible solución, fue más bien contraproducente. Alejandro no había visto mucho a la chica en los últimos tres años, desde que ésta había empezado la Universidad, excepto los fines de semana y en breves encuentros en la comunidad. Para él siempre había sido la niña mona que jugaba en el patio, y esa era la imagen que siempre tenía de ella cuando se la encontraba. Pero en aquella ocasión, viéndola tumbada tomando el sol, la imagen predefinida se hizo añicos. Sara se había convertido en toda una mujer, mantenía ciertos rasgos aniñados, como una nariz pequeña cubierta con algunas pecas, pero su belleza se había acentuado en feminidad al alcanzar la veintena. Sus mejillas habían perdido la redondez, hundiéndose ligeramente para afilar su rostro con unos pómulos más marcados y una barbilla más fina. Sus sonrosados labios habían ganado volumen, y se apreciaban como pétalos florales en una coqueta boquita de piñón. A ciencia cierta, aunque ahora no pudiera apreciarlos, Alejandro sabía que sus grandes y redondos ojos eran dos faros de un exótico color ambarino, a juego con su rizada melena de color castaño claro. Llevaba un bañador en dos piezas de distintos colores: azul para el sujetador de copas redondeadas y escotadas, y blanco para el culotte de la parte baja. Sin duda, el atuendo de baño era más recatado que el de su amiga, pero no por eso menos excitante, pues el cuerpo de Sara se había desarrollado para mostrarse esbelto y tonificado, de lozana piel ligeramente bronceada y con algunos bonitos lunares. Toda su figura estaba perfectamente proporcionada. A pesar de estar tumbada, sus pechos se apreciaban de un tamaño medio-grande, en su máximo esplendor de juvenil turgencia, de deliciosa forma redondeada para poder ser abarcados por unas manos masculinas más bien grandes, como las de Alejandro. En el plano vientre, se marcaban ligeramente sus músculos abdominales, y su sinuosa cintura no se apreciaba tan marcada como la de su amiga, al ser de constitución más atlética, pero inequívocamente invitaba a ser tomada por ella. Sus caderas, iban en clara proporción con sus pechos, suficientemente anchas para ser dos buenos asideros en una cabalgada, y perfectas para abrazar con sus firmes y tersos muslos de largas piernas, una cintura como la del hombre que en aquel momento la observaba con renovada vista. El ojo del ingeniero, en este caso, calculó una estatura de metro setenta y cinco.

«Joder, ¡cómo se ha puesto la niña! —gritó internamente, tratando de controlar el principio de erección que ya tenía.»

Apenas cuatro pasos le separaban ya de las dos bellas vecinas, así que se aseguró de colocar estratégicamente la toalla que llevaba en la mano para que cubriese el notable abultamiento de su entrepierna.

— Buenas tardes —saludó cuando pasó ante ellas para rodear la piscina y dirigirse al lado opuesto, en el que ya daba la sombra.

— Buenas tardes —contestaron ambas mecánicamente, sin abrir los ojos.

Sin embargo, Sara debió reconocer su voz, porque cuando ya estaba a punto de pasar de largo, se incorporó para sentarse abriendo sus ambarinos ojos.

— ¡Ah! Eres tú, Alejandro —dijo, deteniendo el paso de éste.

Como un resorte, Verónica también se levantó al escuchar el nombre, con tal ímpetu que sus voluptuosos pechos botaron deliciosamente, y Alejandro tuvo que sujetar bien la toalla al detenerse ante ellas, sin haber perdido detalle del efecto de la inercia y de cómo a pesar de la fuerza de gravedad, esas maravillas se mantenían firmes.

— ¿Qué tal? —le preguntó jovialmente la treintañera—. ¡Qué raro verte sin la Marta y los niños!

— Eh, sí, es verdad… Es que se han ido el fin de semana al pueblo de mi suegra, y me han dejado aquí solo.

Las dos mujeres intercambiaron una rápida mirada.

— ¡Qué pena! —se lamentó Sara—, con lo que me gusta jugar en la piscina con ese par de trastos que tienes por hijos.

— Ya, eso me ha dicho Marta —contestó Alejandro, puesto que la que solía bajar más asiduamente a la piscina con los niños era su esposa—. Pero bueno, así tampoco os dan la lata…

— ¡Qué va! —repuso la joven—, ¡me encantan los niños! Ya se lo he dicho alguna vez a Marta. Si los fines de semana, o ahora en verano, lo necesitáis, yo me puedo quedar con ellos sin ningún problema.

— Gracias, Sarita, eres un encanto.

— Sara, Alejandro, que ya no soy ninguna niña —objetó con un ligero sonrojo.

— Claro, perdona, salta a la vista —contestó éste sin pensarlo y provocando un mayor enrojecimiento de la joven—. Pues Sara, tú llámame Álex, que Alejandro me hace mayor…

Las dos mujeres rieron con él.

— Bueno, Álex —intervino Verónica—, entonces… Éste fin de semana a disfrutar, ¿no? —preguntó con un guiño.

— Je, je, je —rio con complicidad—, se hará lo que se pueda. De momento, voy a aprovechar para hacer unos largos. ¡Hasta ahora!

Se alejó de ellas rodeando la piscina para extender la toalla a la sombra, justo enfrente, y tras quitarse la camiseta, tuvo que volver a desfilar ante las dos vecinas para dirigirse a la ducha, observando que ya habían vuelto a tumbarse, ésta vez boca abajo, mientras hablaban entre ellas en cuchicheos. Al volver a pasar ante las dos mujeres, les sonrió, le devolvieron sendas radiantes sonrisas, y no pudo evitar echar un rápido vistazo a sus culos expuestos al sol.

«¡Joder, vaya dos aparcamientos para bicicletas! —exclamó internamente ante la visión del rotundo trasero de Verónica, de grandes y redondeadas nalgas de tersa piel bronceada entre las que se perdía el hilo rosa del tanga; así como el prieto culito con forma de corazón de Sara, envuelto en el inmaculado culotte blanco, que no hacía sino resaltar la consistencia y forma de unos glúteos bien tonificados.»

La sangre volvió a fluir hacia su zona baja, y tuvo que apresurarse para meterse bajo el frío chorro de la ducha.

«Si estuviera aquí Marta, se habría dado cuenta y me habría llamado salido —pensaba mientras el agua rebajaba la calentura—. Pero, joder, uno no es de piedra… Y seguro que cuando se durmieran los niños, bien que me lo recordaría para que le diera lo suyo.»

Hizo una buena sesión de natación en la piscina, el agua no estaba nada fría, y tenerla para él solo era un auténtico lujo, por lo que disfrutó del ejercicio con su mente prácticamente en blanco. Sólo al salir, volvió a ser consciente de la compañía, pues la escalerilla estaba justo delante de donde permanecían tumbadas boca abajo las dos vecinas, quienes avisadas por el crujir de la escalerilla, se alzaron sobre los codos para observarle mientras ascendía despreocupadamente los cuatro peldaños.

Alejandro siempre había tenido éxito entre las féminas, y no pocas habían sido sus conquistas de joven, antes de conocer a Marta y enamorarse de ella, con el consiguiente noviazgo y boda diez años atrás. En el momento presente, a sus cuarenta y tres años, su atractivo no había mermado, sino evolucionado, convirtiéndole en un madurito más que interesante. Conservaba todo su pelo moreno, aunque había sido salpicado por algunas hebras plateadas que le daban un aspecto más experimentado y magnético, y su cara, de nariz recta, sonrisa seductora y mandíbula bien marcada, había sido adornada con algunas pequeñas marcas de expresión que habían curtido su rostro, potenciando aún más ese erotismo de la experiencia. Además, y puesto que se había hartado de afeitarse todos los días, solía llevar barba de dos o tres días, lo que reforzaba su imagen varonil. Sus ojos eran de un color marrón verdoso, y en ellos se traslucía el brillo de la inteligencia que unos admiraban, otros envidiaban y a algunas derretía, como a Marta y un par de compañeras de trabajo. Y en cuanto al resto de su físico, siempre se había cuidado comiendo sano y haciendo ejercicio con asiduidad, por lo que, aunque no tenía ningún músculo especialmente prominente, su cuerpo atlético se mostraba firme y compacto, con la musculatura definida en su justa medida a lo largo de metro ochenta y cinco de hombre bien plantado.

Al subir el segundo peldaño de la escalerilla, Alejandro se percató de que Verónica se había desabrochado la parte superior del bikini para tomar el sol, para que éste no le dejase marca en la espalda. Sus exuberantes pechos caían libres apoyándose sobre la toalla, formando un prieto escote que hasta un eunuco habría devorado con la mirada. Y la perspectiva del escote de la más joven tampoco bajaba el listón, con ese par de lozanas manzanas bien sujetas por el bikini para formar un canalillo de lo más sugerente. Solo el choque térmico al salir del agua, evitó que se le pusiera la polla dura al instante.

— Está buena, ¿verdad? —le preguntó Sara sin quitarle un ojo de encima cuando se plantó ante ellas en toda su estatura.

— ¿Cómo? —dijo ruborizado Alejandro, observando cómo los ojos de las dos mujeres recorrían su anatomía de arriba abajo, deteniéndose en el bañador.

Instintivamente, el hombre echó un vistazo hacia abajo, seguro de que no había llegado a tener una erección que lo avergonzara. Y, efectivamente, comprobó que no había sido así. Sin embargo, observó azorado cómo el bañador rojo que había decidido estrenar ese día, al estar empapado, se pegaba a su piel de modo que apenas dejaba nada a la imaginación sobre lo que tenía debajo. Sin pensarlo, agarró el tejido y le dio una sacudida para que entrase aire y se le despegase de la piel.

Sus vecinas intercambiaron miradas y amplias sonrisas, pero no hicieron ningún comentario que le pudiera avergonzar más aún.

— El agua, quería decir —cortó el tenso silencio Sara—, que está buena, nada fría…

— Eh… ¡Ah, sí, claro! —contestó el hombre, sintiendo una mezcla de pudor y orgullo porque esas dos preciosidades se hubiesen quedado mirándole el paquete—. Voy a quitarme el cloro, ¡hasta ahora!

Se alejó de ellas todo lo rápido que pudo, aunque tratando de aparentar que no estaba huyendo, y se metió bajo la ducha de agua fría frotándose el cabello y la piel, sin dejar de observar cómo las amigas hablaban y reían en voz baja, lanzándole miradas traviesas. Al acabar, ésta vez se aseguró de despegarse el bañador de la piel antes de volver a pasar ante ellas.

Verónica había vuelto a atarse el bikini, y ambas se habían sentado sin dejar de cuchichear entre risitas.

— ¿Vosotras no os bañáis? —no pudo evitar preguntarles.

— Ya no —contestó Verónica—, nos dimos un baño nada más bajar, y bueno, somos más de sol que de agua.

— Ya se ve… Tú ya has cogido el color para todo el verano.

— Sí, ¡ja, ja, ja! Es que creo que me favorece, ¿no? —le preguntó con una caída de pestañas.

— Estás estupenda. Bueno, y tú también, Sara…

— Gracias, caballero —contestó ella al halago con otra caída de pestañas—. Yo no me bronceo tanto porque mi piel es más clarita, pero bueno, ya voy cogiendo el tono.

— Entonces tenemos una piel parecida, solo que a mí me cuesta coger color porque no me gusta ponerme al sol. Total, que no termino de broncearme hasta que casi acaba el verano, ja, ja, ja.

— Tampoco te hace falta, yo siempre te he visto muy bien así.

— Totalmente de acuerdo —intervino Verónica—. Además, al juntarse las pieles, el contraste mola mucho…

«Joder, ¿será consciente de lo que acaba de decir? —se cuestionó Alejandro—. Parece que esta chica siempre suelta las cosas así, sin pensarlo. Es tan directa… Tal vez sea una cuestión de educación.»

— Gracias, chicas, sois muy amables… Bueno, yo me voy a mi sombrita a secarme.

Ya desde su toalla, y escudado en las gafas de sol que ocultaban su mirada, Alejandro no pudo quitar el ojo a sus dos vecinas, que no paraban de hablar y reír entre ellas lanzándole miraditas. El que estuviera casado no quería decir que no le gustaran otras mujeres y, la verdad, habría que estar ciego para no querer dar un buen repaso a aquellas dos, y más después de haberse sorprendido con el descubrimiento de cómo la pequeña Sara se había convertido en una mujer más que apetecible; por lo que aprovechó el único tiempo de soledad que se le había brindado para llenarse la vista con esos cuerpos semidesnudos, puesto que en cuanto volvieran Marta y los niños, no tendría ojos para más.

A los quince minutos, observó que las chicas recogían las cosas y se ponían sendos pareos para cubrirse de cintura para abajo, con objeto de mantener cierto decoro al salir del recinto de la piscina para acceder al portal. Pero en lugar de despedirse desde lejos y marcharse, tomaron el camino opuesto para dirigirse a él.

— Álex —comenzó Verónica con una amplia sonrisa—, vamos a subir a mi casa a tomar algo, y como te han dejado solito —las dos amigas pusieron un cómico gesto de tristeza—, hemos pensado que podrías venirte con nosotras.

— Gracias, no os preocupéis, estoy bien —declinó él, sorprendido por la propuesta.

— Venga, hombre, ¡no seas seta! —le provocó Sara—. Para una vez que estás solo, aprovecha y diviértete un rato haciendo vida social…

— ¡Eso, eso! —reafirmó Verónica—. En diez meses que llevo viviendo aquí, casi nunca hemos hablado, podríamos conocernos un poco, ¿no te parece? Y con unos mojitos es más fácil…

— Eres muy amable Vero, pero no creo que tengamos mucho en común —trató de excusarse—. Para vosotras estoy un poco pasado, y solo con chicas…

— ¡Anda ya! —protestó la morena—. ¡Pero si se ve que estás hecho un chaval!, y la Sara dice que eres muy enrollado… Si es porque somos mujeres y crees que cotorreamos sin parar, tienes razón —rio—, pero seguro que lo pasas bien y, además, luego vendrá el Javi…

— Venga, va —terminó accediendo, arrollado por la frescura y naturalidad de la empleada del súper—. La verdad es que tampoco tengo nada mejor que hacer. «Cuando se lo cuente a Marta, va a alucinar, relacionándome con la choni del vecindario, su marido segurata y la niña de los verduleros —pensó, lleno de prejuicios.»

Cuando llegaron al piso de Verónica, no sin dejar de admirar el tremendo culazo de ésta y el perfecto culito de Sara envueltos en los pareos al subir por las escaleras, Alejandro se reafirmó en sus prejuicios al evidenciarse la diferencia de poder adquisitivo de la joven pareja con respecto al de Marta y el suyo. Los «nuevos», vivían de alquiler en el ático, mientras que el ingeniero y la ejecutiva de una empresa de tecnología eran propietarios del dúplex de la otra escalera, formado por el propio ático y el piso más grande de abajo.

Nada más abrir la puerta, una bochornosa bocanada de aire caliente les dio en el rostro, por lo que era evidente que Verónica y Javier no podían permitirse instalar aire acondicionado.

Pasaron directamente al salón, donde la inquilina encendió un ventilador.

— ¡Uf, qué calor hace aquí! —evidenció—. Ya que nosotras estamos más fresquitas en bikini, ¿por qué no te quitas la camiseta, Álex? Así estarás más a gusto y no tendré que pasar vergüenza por no tener aire acondicionado… —añadió con un tono casi suplicante.

Sin poder poner una buena objeción, abrumado por el calor y derretido por el tono de sutil gemido de Verónica, acompañado de morritos y ojazos prácticamente negros (hasta ese momento nunca la había tenido tan cerca para corroborar su color), Alejandro accedió al ruego con un intercambio de radiantes sonrisas de las dos amigas.

— Ponte cómodo —le propuso la anfitriona ofreciéndole el sofá para sentarse—, como si estuvieras en tu casa. Sara. ¿me ayudas en la cocina a preparar los mojitos?

Adaptándose al calor, gracias al efecto del ventilador sobre su torso desnudo, Alejandro se sentó en el sofá mientras las dos féminas se afanaban en la cocina entre cuchicheos y risas.

«Supongo que en qué gastarse el dinero es cuestión de prioridades de cada uno —pensó el invitado observando el salón de decoración minimalista, con excepción de una televisión de más de cincuenta pulgadas y una consola de videojuegos de última generación.»

— ¡Aquí llegan los mojitos! —exclamó cantarina Verónica con un vaso en cada mano.

Sara, con su vaso, pasó ante el cuarentañero con un vuelo de pareo y se sentó a su izquierda, y su amiga, directamente, se sentó a su derecha, de modo que Alejandro quedó entre ambas, sintiéndose un poco cohibido por no saber hacia cuál de las dos jóvenes mirar.

Acercándose a él, casi cortándole el aliento por la invasión de su espacio personal con ese par de preciosidades pectorales apenas cubiertas por el bikini, Verónica le ofreció su bebida, pero cuando éste fue a cogerla de su mano, ella dio un leve respingo, y todo el contenido del vaso se vertió sobre su nuevo bañador rojo.

— ¡Joder! —gritó Alejandro dando un salto del sofá al empapársele el bañador y sentir el frío líquido con hielo picado en la piel.

— ¡Tía, que torpe eres! —le espetó Sara a la morena, con una amplia sonrisa cuando Alejandro se giró hacia ellas, en pie y chorreando, con cara de incredulidad.

— ¡Uy! —contestó la aludida con una sonrisa más amplia aún—, ¡mira cómo le he puesto!

— Mmmm, sí… Te lo dije, me debes diez euros.

— Sí, tenías razón. Era real… ¡Menudo paquetón!

Alejandro sintió una punzada en su zona baja, quedándose sin palabras y observando cómo las dos mujeres intercambiaban sonrisas cómplices y miradas de picardía que se entretenían en su entrepierna.

— No irás a quedarte así, ¿no? —le preguntó quien había provocado ese desaguisado—. ¡Quítate el bañador, hombre!

— Pero… —intentó decir él, aún desconcertado y con el riego sanguíneo fluyendo hacia su miembro palpitante.

— ¡Sí, venga, quítatelo! —animó también Sara, desplazándose hacia su derecha para sentarse junto a su amiga—. Tienes que estar muy incómodo…

— Pero… ¿Cómo voy a quedarme desnudo delante de vosotras? —preguntó Alejandro—. Tu marido va a venir, y como me encuentre así… —le argumentó a la morena.

— El Javi tiene turno de noche —contestó ésta con una breve carcajada al revelar su pequeña manipulación—. Vendrá, pero no hasta mañana…. Anda, quítatelo… —rogó, juntando sus brazos para apretar sus pechos y ofrecerle una gloriosa vista de ellos—. Está claro que no tienes nada de lo que avergonzarte…

— ¡Uf, ni mucho menos! —añadió la más joven—. Y tampoco es que dejes nada a la imaginación ahora mismo… —confirmó, realizando el mismo gesto que su amiga para que el escote de su bikini se alzase, mostrándose más exuberante.

— Está bien —terminó accediendo él, con el juicio nublado ante el poderío pectoral de las dos bellezas ofreciéndosele como en un escaparate de golosinas.

Tirando de la cinturilla del bañador, se lo despegó de la piel y lo deslizó hacia abajo para que cayera a sus pies. Encontrándose liberada de la restricción de la prenda empapada, su polla, dura ya como una roca, saltó como un resorte apuntando a las dos mujeres, que profirieron un «¡oh!» de sorpresa y admiración al unísono.

— Joder… —susurró Verónica mordiéndose el labio inferior—. Ahora entiendo por qué la Marta está siempre tan sonriente... ¡Qué bien follada la tienes que tener con ese pedazo de polla!

Alejandro era perfectamente consciente de que era un hombre bien dotado, pero, aun así, no pudo evitar sentir una oleada de orgullo ante el comentario.

— Umm… sí —reafirmó Sara con un sugerente medio gemido y su mirada de ámbar fija en el maduro aparato masculino—. ¡Cómo se lo tiene que pasar tu mujer con una polla así de grande y gorda!

La excitación de Alejandro estaba en máximos históricos. La situación era demencial: en pie y desnudo ante dos preciosas mujeres mucho más jóvenes que él, sentadas a escasos centímetros de su enhiesto miembro mientras lo alababan con miradas incendiadas de deseo.

— Y descapullada… Como a la Vero le gustan más las pollas —prosiguió ésta refiriéndose a sí misma en tercera persona—. ¡Y la Vero quiere comerse esta polla!

— Joder, Vero… Eso no… —se negó el cuarentañero sin convicción alguna—. No puedo… Soy un hombre casado… Si se entera Marta…

Alejandro nunca le había sido infiel a su esposa, y aunque oportunidades no le habían faltado, siempre se había quedado en un simple coqueteo y jugueteo morboso con alguna fémina deseosa de sus atenciones, nada más. Pero esa situación, traspasaba cualquier límite racional, y él no tenía madera de santo.

— Marta no tiene por qué enterarse de nada —intervino Sara guiñándole un ojo con infinita picardía—. La única testigo soy yo, y mis labios están sellados…

— ¡Pero los míos no! —le interrumpió su amiga.

Decidida y descarada, segura de sí misma y de que tenía a ese apetecible madurito ya rendido, Verónica acercó rápidamente su agraciado rostro a la entrepierna de Alejandro y depositó sus suaves labios sobre el hinchado glande, succionándolo para introducirse mansamente la dura verga en la boca, deslizándola sobre su jugosa lengua hacia el cálido interior mientras sus carrillos se amoldaban a su grosor.

— Diossss… —clamó el hombre entre dientes, gozando sorprendido e inmóvil del goloso ataque de la vecinita.

La treintañera se introdujo el grueso falo hasta que alcanzó su garganta, y clavó sus almendrados ojos de oscura mirada en los incrédulos ojos incandescentes del agraciado, degustando con la lengua el pétreo músculo para, acto seguido, sacárselo lentamente de la boca con sus carnosos labios acariciando todo su contorno, hasta liberarlo con un húmedo beso en el frenillo.

— Oooohhh… —gimió el macho.

— Qué grande y gorda —confirmó la empleada del súper tras calibrarla oralmente, tomándola con su mano derecha y sujetándola por la base para seguir apuntando a sus labios—. Está riquísima, y además sabe a mojito —añadió con un aleteo de pestañas con el que dirigió la mirada a su amiga.

— A ver… —pidió la jovencita.

— Sara, tú no… —trató de oponerse Alejandro, sin fuerza de voluntad, con sus firmes piernas aun temblando por el buen hacer de la morena.

La estudiante le miró con una cara de vicio que le dejó paralizado, y con el rabo aún más tieso si eso hubiera sido posible, y reclinándose hacia él, posó su dulce boquita de rosados labios sobre el violáceo glande mientras la mano de Verónica se lo ofrecía. Lo besó con ganas, acariciándolo con sus pétalos y acogiéndolo entre ellos, degustándolo con la punta de su húmeda lengüita y, finalmente, introduciéndoselo en la boca.

Alejandro volvió a suspirar, embargado por el placer que sentía en su acerada barra de carne profanando la juvenil boca de esa vecinita que acababa de revelarse a él como una excitante mujer. Sintiendo la calidez y suavidad oral en toda la porción de polla que la chica había conseguido engullir, pudo observar cómo la ambarina mirada no había perdido el contacto visual con la suya y, mientras tanto, Verónica también observaba mordiéndose el labio mientras su mano libre acariciaba la espalda arqueada de su amiga.

Sara se sacó lentamente el falo, degustando cada milímetro, y terminando con un sonoro beso.

— Jooodeeer… —dijo el cuarentañero extasiado, contemplando cómo las dos mujeres desanudaban sus pareos para quedarse nuevamente en bikini para él, mirándole con caras de lascivia.

— Sí que sabe un poco a mojito —le confirmó la veinteañera a la otra—, aunque, sobre todo, sabe a polla… A una polla que siempre he querido comerme…

— Lo sé, nena, pero ya sabes que hay que compartir —contestó Verónica con picardía—. Y yo la he pillado primero, ¿verdad, Álex?

— S—Sí… —tartamudeó este.

Clavándole sus oscuros ojos hasta taladrarle el cerebro con lujuria, la morena volvió engullir una buena porción de carne, salivándola con giros de lengua y un ligero sube y baja de labios por el tronco.

— Uf, Vero, ¡cómo me gusta eso! —aprobó el beneficiario, ya totalmente entregado a ella.

Sin embargo, la joven de rizado cabello se había tomado a pies juntillas lo de compartir, por lo que mientras su amiga mamaba suavemente, ella le acariciaba las tetazas con una mano y, con la otra, agarraba a Alejandro por el culo para comenzar a recorrer toda su región inguinal con la lengua y succionantes besos.

El ingeniero se sentía en el cielo, disfrutando de esas dos bocas que jamás habría imaginado que le comerían, y llenándose los ojos con las caras de viciosas que las dos ponían dándole placer, mientras sus excitantes cuerpos se contoneaban regalándole el espectáculo de sus redondas nalgas meneándose sobre el sofá.

— Tía, se me hace la boca agua —anunció Verónica tras dar una buena sorbida a la verga—. ¡Qué suerte que «La pija» nos lo haya dejado tan a huevo!

— ¿«La pija»? —preguntó Alejandro desde las alturas, recuperando el aliento.

— Tu mujer —aclaró—. Como va siempre vestida en plan… marcas caras, tan bien peinada y maquillada, y tan mona, la llamamos «La pija». No te molestará, ¿no?

— Ummm… no… —contestó entre dientes al sentir cómo Sara había aprovechado la oportunidad para tomar el relevo con su polla y darle una glotona chupada.

— Claro, no tiene por qué molestarte, ni a ella —prosiguió—. Es más un halago… Ya me gustaría a mí ir siempre tan elegante y guapa como la Marta…

En honor a la verdad, Alejandro no pudo prestar ninguna atención a la explicación. Sara le estaba dando unas profundas chupadas, con auténtica gula, que le estaban succionando hasta el cerebro.

Enseguida, Verónica se dejó de cháchara para comenzar a lamerle el escroto y chuparle los huevos a conciencia mientras Sara subía y bajaba por el tronco de la polla con sus labios, saboreando a conciencia el grueso músculo que le llenaba la boca.

Alejandro estaba en la gloria, nunca había estado con dos mujeres, y esas dos que le estaban regalando sus mejores atenciones eran deliciosas y golosas, por lo que aparte de dejarse llevar, no podía dejar de observar cómo estaban disfrutando de él.

Los labios de la morena ascendieron por el ensalivado falo mientras los de la de rizada cabellera succionaban el grueso glande, y fueron a su encuentro para rozarse suavemente con la amoratada cabeza entre ellos. Un excitante intercambio de húmedos besos y caricias linguales tuvo lugar entre las dos bellezas, con la verga en medio para pasar de una boca a la otra volviendo loco a su dueño. Ya no podría aguantar más, eso era demasiado para cualquiera.

— Me voy a correr —anunció apretando los dientes.

Verónica le miró con cara de auténtica loba, y se hizo con el dominio del cetro metiéndoselo en la boca para succionarlo sin compasión, provocando un terremoto en el cuerpo del hombre mientras Sara se apartaba ligeramente para dejarle hacer a su amiga y tomar aliento.

Con la polla palpitando, Alejandro sintió que estallaba con una potente erupción de semen en la boca de la treintañera, inundándosela con su hirviente elixir.

— ¡Oooooooh! —exclamó en pleno éxtasis.

La empleada del súper recibió el regalo con entusiasmo, dejando que la leche de hombre le llenara la boca con su calidez y sabor a macho, deslizando el convulsionante glande sobre su lengua y liberando la opresión de sus labios para que su amiga pudiera observar cómo ese morboso madurito se estaba descargando en ella.

Entre gemidos de satisfacción, Alejandro siguió eyaculando, observando cómo la excitación acumulada se licuaba en abundantes chorros que chocaban contra el paladar de la excitante morena para caer sobre su lengua, anegándole la boca y resbalando densamente, llegando a caer sobre sus exuberantes tetazas, que había cogido con ambas manos para elevarlas y recibir en ellas cuanta crema no podía retener.

— Uf, ¡qué corridón! —observó Sara con fascinación.

Cuando las descargas terminaron, Verónica envolvió la cabeza de la verga con sus labios y se la volvió a comer, tragándose lo que había conseguido retener, y succionando para obtener hasta la última gota de néctar y dejar el sable limpio.

— ¡Dios, qué rico! —exclamó una vez concluida su excelente labor oral—. ¡Y mira cómo me ha puesto, tía! —añadió, girándose hacia su amiga y mostrándole sus tetazas cubiertas con goterones de semen—. Todavía está calentita…

Satisfecho, y aún no creyéndose lo que acababa de pasar, Alejandro contempló cómo la preciosa veinteañera, con gesto de puro vicio, se lanzó a besar las tetas de su amiga, lamiendo y recogiendo todo resto de blanco líquido mientras le soltaba la parte superior del bikini para liberar a esas dos maravillas de la naturaleza.

Esas tetas eran una auténtica locura, voluminosas, redondas, completamente bronceadas, «Seguro que toma el sol en pelotas en la azotea particular —pensó Alejandro»; con unos pezones oscuros y erizados como pitones de morlaco, que Sara no dudó en atrapar con sus rosados labios y succionar arrancándole gemidos a su dueña.

Aquello era el colmo, una fantasía, una escena para guardar siempre en el recuerdo, por lo que a pesar de que la erección ya había bajado, la verga aún se mantenía morcillona.

Verónica se recostó en el sofá, no sin antes soltar, también, el bikini de aquella que le estaba comiendo las tetas embadurnadas en leche. Ésta, subió por los pechos, aplastando los suyos sobre ellos, poniendo pezón contra pezón, para acabar alcanzándole la boca y comenzar un lento y jugoso duelo de labios y lenguas compartiendo lo que quedaba de la corrida del hombre.

Alejandro sabía que debía irse de allí y comenzar a batallar con los remordimientos, pero estaba absorto contemplando la escena, y no podía dejar de mirar cómo el culito de Sara se alzaba y meneaba ante él mientras las dos ninfas se devoraban mutuamente. Era un trasero con forma de corazón, de redondeadas nalgas bien prietas en el culotte que las envolvía, el cual, se había subido un poco, y también marcaba unos excitantes labios hinchados entre los muslos de la joven. El aparato del hombre recobró el vigor, endureciéndose y alzándose hasta llegar a tocar la blanca prenda que le quedaba a la muchacha.

— Mmmm… —gimió ésta al sentir el roce en su trasero.

— Venga, Álex, ¿a qué esperas? —le incitó Verónica mirándole con lujuria—. ¡Fóllala!

Las femeninas manos de uñas pintadas en negro, subrayaron la invitación bajando la prenda de su amiga para darle al hombre la gloriosa visión de ese terso culo expuesto, y ese húmedo coñito dispuesto.

En acto reflejo, las manos del cuarentañero tomaron las ligeramente bronceadas nalgas de la veinteañera (evidenciando que en otras ocasiones tomaba el sol usando tanga), y las acariciaron constatando su excitante forma y consistencia.

— Umm… sí —aprobó la joven—. Fóllame, Álex, no sabes las ganas que te tengo desde siempre…

Por un momento, la cordura volvió a él, recordándole que aquella era la hija de sus vecinos, a la que había visto crecer, y que tras doce años de absoluta fidelidad a Marta, ya había cedido a la tentación más allá de una mera fantasía.

— Joder, no debo… —susurró.

— ¿No irás a dejarnos así? —le reprochó Verónica—. La Sara está chorreando, y a mí me ha puesto cachonda perdida comerme tu polla…

— Sí, venga, Álex —añadió la chica con un tono que denotaba su excitación—. Necesito que me folles… No tienes que preocuparte por nada, me tomo la píldora…

Echó hacia atrás sus caderas, y la varonil herramienta entró en contacto con su lubricado sexo, siendo besada por unos lampiños y congestionados labios mayores que se abrieron como una flor.

Alejandro perdió el poco control que le quedaba de sí mismo y, aferrando con firmeza el redondo trasero de la joven, empujó con su propia cadera para que su polla se abriese paso entre los pliegues de piel, introduciendo toda la cabeza en la estrecha gruta y penetrándola con la suavidad de la abundante lubricación de ella.

— Uummm… —gimieron ambos al unísono.

Ese juvenil coño estaba encharcado y caliente como el horno de un panadero, una maravilla que se dilataba abrazando con fuerza todo el viril músculo que lo invadía, tirando de él para que llegase más adentro, lo cual, el macho no dudó en satisfacer empujando más con la cadera hasta que su pubis alcanzó las redondeces de los exquisitos glúteos en tensión.

Los dos volvieron a gemir en sintonía.

— Diosss, ¡qué bueno! —informó Sara a Verónica, quien permanecía reclinada sobre el sofá, observando con gesto lascivo la escena mientras aún sentía el aliento de su amiga en sus endurecidos pezones.

— Pues gózalo —le contestó la anfitriona, tomando su delicado rostro entre las manos para darle un tórrido beso con el que saboreó sus suaves labios e invadió su boca con la juguetona lengua sin apartar su oscura mirada de Alejandro.

Éste disfrutaba de las contracciones interiores del ansioso sexo de la joven, viendo cómo la morena, con sus tetazas al aire y los pezones como para rayar cristal, le miraba a él con fuego en sus almendrados ojos mientras devoraba la boca de su amiga.

Hacía doce años que no penetraba a una mujer que no fuera Marta, y la sensación era increíblemente placentera, placentera y morbosa por lo prohibido. Ya que había hecho añicos su, hasta entonces, intachable fidelidad, sin duda, esa era la mejor manera de hacerlo, y aprovecharía la oportunidad que se le había brindado para recrearse y disfrutar cuanto pudiese. Follarse a Sara, una preciosa joven de veintiún años con un cuerpo tan deseable, era un logro que cualquier hombre querría conseguir.

Sus manos masajearon las hermosas nalgas de la receptora de su hombría, calibrando su juvenil tonicidad; acariciaron cálidamente su fina cintura, deleitándose con su curvatura; recorrieron su espalda desde las lumbares hasta la nuca, provocándole a ella un placentero escalofrío que él sintió con un delicioso apretón en su polla, y alcanzaron sus turgentes pechos, que sopesó y amasó suavemente, constatando que se amoldaban a sus grandes manos con el tamaño justo para cubrirlos.

Durante todo el proceso de descubrimiento de esa maravillosa anatomía, realizó un lento y suave movimiento pélvico, sacando y metiendo su miembro apenas dos o tres centímetros, hasta que su pubis rozaba las redondas nalgas, permitiendo que la chica disfrutase adaptándose a su tamaño con gemidos ahogados en la boca de su cómplice de travesuras.

Verónica, con un último beso, se separó de Sara y se levantó para dirigirse hacia Alejandro, lo que la estudiante aprovechó para acomodarse mejor a cuatro sobre el sofá.

— Uuuuuhhh… —aulló agudamente—. Así, mejor… Dame más, Álex… Fóllame, Álex…

Éste, sintiendo cómo la estrecha gruta inundada de cálidos jugos tiraba más de él, tuvo que detener el suave bombeo, porque la otra mujer, con sus senos botando al acercarse a él, le agarró con una mano de un glúteo en tensión, y con la otra le tomó por la nuca obligándolo a agacharse para que sus sensuales labios alcanzasen los de él. Le dio un jugoso beso, con esos carnosos y perfilados labios que eran una invitación al pecado, y le lamió con la punta de su traviesa lengua, provocándole para que Alejandro le introdujera la suya en la boca con un erótico intercambio de salivas y caricias linguales.

— Joder, qué rico… —le susurró, mordiéndose el labio inferior—. Pero ahora empotra a la Sara y después será mi turno —sentenció, rodeándole para abrazarle por detrás, aplastando el exuberante busto contra su espalda mientras las cálidas manos acariciaban sus pectorales y abdominales.

El cuarentañero no lo dudó un momento, sintiendo cómo la lujuriosa treintañera se frotaba contra su espalda y culo, y memorizaba las formas de su torso con las yemas de sus dedos, volvió a tomar a la veinteañera de las caderas, y la embistió golpeando su culo y almeja con la pelvis, aplastando las consistentes nalgas, y envainándole todo su sable para hacerla gritar de sorpresa y placer:

— ¡Aaaaaahhhh!, ¡hasta el fondoooohhh…!

Todo su cuerpo se estremeció con el repentino aumento de placer, y Alejandro estuvo seguro de que ya podía darle como él sabía, por lo que empezó a meterle la polla bien a fondo, golpeándole la grupa sin compasión mientras ella jadeaba enloquecida:

— ¡Ah!, ¡ah!, ¡ah, sí, Álex!, sí, sí, sííííííííí….

La chica estaba tan cachonda con todo lo ocurrido, que enseguida alcanzó un poderoso orgasmo que le hizo temblar entre agudos gemidos.

— ¡Qué empotrador estás hecho!, ¡lo sabía! —comentó Verónica liberando su abrazo y volviendo a acercarse a Sara para contemplar su bello rostro en pleno éxtasis.

Sin embargo, a pesar de que su propio placer ya había alcanzado elevados niveles, Alejandro aún tenía aguante para hacerle saber a esa chica lo que era follar con un hombre maduro que no se deja ir enseguida. Por lo que siguió dándole con fuerza, más y más, meciendo toda su linda anatomía a su antojo, palmoteando con su pelvis el exquisito culo, dándole duro, muy duro, matándola de gusto por haberle tentado hasta conseguir que le pusiera los cuernos a su esposa.

El hombre observó cómo Verónica, con los pezones a punto de salir disparados y el tanga rosa visiblemente mojado, trató de interactuar con su amiga, y después con él, pero el ritmo de ambos era tan violento, y Alejandro estaba ya tan concentrado, tanto en su placer como en el de su sometida, que a la morena no le quedó más que quitarse el tanga mostrando su lampiño y bronceado coño, sentarse en el sofá, y disfrutar del espectáculo mientras jugueteaba con su endurecido clítoris.

Sara sollozaba y gemía sin consuelo, con sus tetas balanceándose al ritmo de las embestidas del macho, quien estaba gozando de meterle toda la polla a fondo y de cómo el voraz coñito se la estrangulaba mientras fluía por su interior con abundante lubricación, a la vez que sus pelotas golpeaban la entrada de la ardiente gruta.

Las manos del hombre subieron por la anatomía de la joven, y Alejandro la sujetó por los hombros obligándola a arquearse hacia arriba para hacerle sentir la penetración aún más profunda. Y ella no pudo soportarlo más, alcanzó otro poderoso orgasmo que la dejó sin aliento, con todo su cuerpo convulsionando con la polla ensartada en sus carnes y violentas contracciones de sus músculos internos; las cuales catapultaron al empotrador al éxtasis, quien sintiendo que estaba a punto, desenfundó la verga del babeante coño y la instaló entre esas dos rocas fluviales que la estudiante tenía por culo, deslizándola a lo largo de ellas con la facilidad de la lubricación impregnada, para terminar explotando en una efervescente corrida que le hizo gruñir mientras los blancos chorretones pintaban las nalgas y baja espalda de su montura.

Con la máxima satisfacción alcanzada, Alejandro contempló cómo la chica había acabado doblada con su arrebolado rostro sobre el sofá.

— ¡Qué polvazo, Álex! —le dijo, tomando la corrida de su culo para lamerla de la palma de la mano—. Incluso mejor de lo que imaginaba…

— Te has convertido en una mujer muy excitante —contestó él, sintiendo cómo el sudor de su piel se enfriaba por efecto del ventilador que permanecía encendido, aliviando en parte el sofocante calor de una atmósfera cargada de olor a sexo—. Me has vuelto loco… —concluyó, derrumbándose a su lado en el sofá.

— ¡A quien habéis vuelto loca es a la Vero! —interrumpió la propia mencionada—. ¡Qué espectáculo! Sara, ahora eres tú quien me debe a mí diez euros.

Alejandro miró a la sensual hembra que estaba sentada al otro lado del mueble, desnuda, con una mano apretando una de sus majestuosas tetas sin poder abarcarla, y la otra acariciando la perla de una bronceada ostra que rezumaba cálido fluido femenino.

— ¿Cómo? —preguntó confundido y excitado ante la magnífica visión, aunque su miembro no pudiera levantarse en ese momento.

Sara gateó hacia él, y le dio un profundo beso lleno de suave lengua y delicados labios que al hombre le supieron a manjar de dioses.

— Cuando estábamos en la piscina —le susurró—, después de la apuesta sobre tu paquete que yo he ganado —prosiguió, remarcando sus palabras con una cuidadosa caricia de polla y pelotas—, Vero se apostó veinte euros a que ella podía provocar que me follaras hoy… Y está claro que ha ganado.

— Joder, qué cachondas sois… Creo que hemos ganado los tres…

Aún frotándole la perezosa verga, y no permitiendo que se aletargara por completo, Sara volvió a darle un tórrido beso con el que sintió su lengua casi en la garganta.

«Dios, jamás habría imaginado que me deseara así. Como se dé cuenta Marta… Los tíos somos muy torpes para eso, pero ellas tienen un sexto sentido».

— ¿Me ayudas a darle un adelanto de mi deuda? —le insinuó sin dejar de acariciarle.

Acto seguido, tomó una de sus manos y la llevó hasta alcanzar uno de los moldeables pechos de Verónica, quien, encantada de volver a ser el centro de atención, se aproximó más a ellos y sustituyó la mano de Sara por una de negras uñas proporcionando cálidas caricias a la entrepierna del hombre.

Alejandro amasó ese majestuoso seno que, incluso para su mano de buen tamaño, era imposible de abarcar, haciendo suspirar a la morena mientras la de cabello rizado comenzaba a comerle la boca.

Aunque todavía era pronto para que su miembro respondiera completamente, las caricias de la anfitriona eran expertas, y los melones que ya manoseaba sin restricciones, eran las tetas más perfectas y excitantes que el ingeniero había tenido nunca entre sus dedos.

«Ni las preciosas peras de Sara, ni la buena delantera de Marta, son rivales para el poderío de Vero —pensaba, disfrutando de su esponjosidad mientras observaba cómo sus dos tentaciones intercambiaban saliva—. ¡Qué tetazas, por Dios!».

— Te gustan, ¿eh? —le susurró sensualmente la exuberante empleada del súper, aprovechando el respiro que su amiga le daba al bajarse del sofá para colocarse entre sus muslos—. Ya me he dado cuenta en la piscina de cómo me mirabas las lolas…

— Uf, me encantan —confesó él—. Nadie podría evitar admirarlas…

— Lo sé, ja, ja, ja… Uummm… —acabó gimiendo al sentir los labios de Sara succionándole el clítoris.

Su cara de placer fue una de las cosas más eróticas que Alejandro había visto jamás. La sensualidad se quedaba corta para Verónica, esa treintañera desprendía sexualidad por los poros, y habría sido toda una estrella del cine para adultos si la vida le hubiera llevado por otros derroteros.

Sin dejar de sentir cómo la experta mano femenina seguía masajeándole la polla y los huevos para que la sangre fluyera poniéndosela morcillona, el ingeniero colaboró al placer de su particular pornostar masajeando con dedicación sus pechos, acariciando sus erizados pezones, mientras la estudiante la hacía gemir más y más con la cara enterrada en su coño.

«Debería irme de aquí, ahora que están entretenidas entre ellas —se dijo—. Todo esto ha ido demasiado lejos… Joder, le he puesto los cuernos a Marta…» «Una vez llegado hasta aquí, ¿qué mismo da? —le replicó otra voz interna—. Mientras ella no se entere: ojos que no ven, corazón que no siente. El daño ya está hecho, y no tiene remedio, lo único que puedes hacer es aprovechar el momento y saborearlo. Lo tienes en bandeja de plata. Sáciate de esos divinos melones, recréate en cómo se retuerce con la comida de coño que le está haciendo el otro bomboncito, disfruta de la paja que te está haciendo, y en cuanto vuelvas a tener la polla como un roble, fóllatela como ella misma te ha pedido antes que hagas.»

Argumentos aceptados, fin del debate interno. La rúbrica del contrato se hizo efectiva con el engrosamiento, endurecimiento y alzado de su rabo, que la morena ya empuñaba con ganas subiendo y bajando la mano.

Verónica, con las mejillas sonrojadas, jadeaba y boqueaba como un pez fuera del agua mientras Sara la llevaba al delirio, y clavó su oscura mirada en la herramienta que sujetaba, al constatar su renovada firmeza.

— Diossss… Tienes la polla como un poste… Joder, me corro, Sara, ¡me corroooohhhh…!

Su cuerpo se arqueó, y Alejandro soltó su pecho al ver cómo esas mamas se alzaban gloriosamente para que su dueña llevase sus propias manos a ellas, estrujándoselas. Durante unos oníricos segundos, se mantuvo en éxtasis, con su amiga libando el néctar de su licuada flor, hasta que todo su bronceado cuerpo se relajó con un último y profundo suspiro.

Sonriente, y con los labios brillantes, Sara salió de entre los muslos de su amiga, pasando a colocarse entre las piernas del hombre y agarrando su duro cetro con decisión.

— Y ahora tú —sentenció, bajando la cabeza hasta besar el glande y comenzar a acariciarlo con sus labios y lengua, produciendo unos deliciosos sonidos húmedos.

El cuarentañero se dejó hacer encantado, viendo cómo la preciosa chica disfrutaba del balano como si fuera una piruleta, empuñándola con ganas y clavando su ambarina mirada en la del macho para dejarlo absorto.

— ¡Eh, no seas glotona! —le reprochó Verónica cuando hubo recuperado el aliento—. La polla me toca ahora a mí, ¿a que sí, campeón? —añadió, girándose hacia Alejandro y tomando su labio inferior para succionárselo y mordérselo suavemente.

— Claro, claro —confirmó él, pareciéndole increíble que esas dos diosas se lo estuvieran disputando.

Sara se retiró poniéndose en pie, y Verónica pasó por encima del él para colocarse a horcajadas con sus rodillas a ambos lados de las caderas masculinas. En esa posición, sus voluptuosidades se presentaron ante el rostro de Alejandro como dos enormes flanes dispuestos a ser devorados, y no dudó en hacerlo. La sujetó por su sinuosa cintura de violonchelo y tomó su pecho izquierdo con la boca, acariciando el puntiagudo pezón moreno con la lengua mientras atrapaba cuanto volumen era capaz de abarcar.

Complacida, emitiendo un suspiro de aprobación, Verónica echó su cabeza hacia atrás, dejándose hacer, alzando sus senos en todo su esplendor, ofreciéndole a ese experto madurito el banquete de su vida. Y éste comió con gula, amamantándose con voracidad, ejercitando la mandíbula a la vez que succionaba cuanta globosa carne le entraba en la boca, masajeando su esponjosidad con los labios, degustando el sabor de su piel, exprimiendo los hipersensibles pezones y lamiéndolos mientras sus manos pasaban a sopesar el calibre de los divinos frutos, estrujando el que la ávida boca no engullía en el momento.

— Oohh, Álex… eso es, son todas para ti… Me encanta que me coman las tetas… Ummm, así…

La receptora de tales atenciones estaba en la gloria, y enseguida empezó a gotear cálido flujo sobre la entrepierna de su depredador, lo cual no escapó a la atenta mirada de Sara, que decidió intervenir para seguir agradeciendo a su amiga la oportunidad que le había dado. Besó sus suplicantes y suaves labios, e introdujo su mano entre las piernas de ambos, agarrando el aparato masculino para colocarlo perfectamente vertical mientras seguía degustando la juguetona lengua de la ardiente hembra, invitándola a bajar su cuerpo lentamente.

Con la polla bien sujeta por aquella a la que un rato antes había dado bien duro con ella, Alejandro sintió cómo su glande entraba en contacto con los mojados labios vaginales de la morbosa vecinita, abrazándolo y envolviéndolo con su calidez para regalarle la maravillosa sensación de cómo iba entrando en ese lascivo cuerpo. La potente verga fue abriéndose paso por el húmedo sexo femenino mientras lo ensartaba, y éste lo engulló lentamente, hasta que la mano de Sara soltó la presa y se lo tragó de golpe, quedando Verónica completamente abierta de piernas sobre él.

— ¡Qué gustazoooo…! —clamó completamente empalada.

El ingeniero también disfrutó de la súbita y profunda penetración. Aunque el coño de Verónica no era tan estrecho como el de Sara, era una delicia de suavidad, lubricación y calor abrasador, por lo que no pudo refrenarse, y agarrándola de su rotundo culo, la deslizó hacia arriba sobre la barra de carne, dejándola caer nuevamente con un rebote de bamboleantes pechos que a cualquiera enloquecería.

— Diossss… qué gorda la tienes, Álex —le susurró conteniendo un gemido—. ¡Cómo me gusta tu polla, Dios! ¡Fóllame, fóllame, fóllame…!

Ella misma comenzó a balancear sus caderas, restregando sus empitonados pezones contra los labios del macho que la llenaba, y él agarró sus grandes nalgas, atenazándolas con los dedos, para darle empujones pélvicos que acompañaron el baile de ella sobre su verga, potenciando el placer de ambos, haciendo que la lanza saliera y entrara fluidamente con un acuoso sonido que delataba que Verónica se estaba derritiendo por dentro.

Sara, viéndose sin opción en ese momento, al igual que hizo la anfitriona cuando era su turno, se sentó a disfrutar del espectáculo jugueteando con su botoncito del placer.

Alejandro estaba gozando de lo lindo con el vigoroso polvo, sus manos recorrían el voluptuoso cuerpazo de una hembra lujuriosa que cabalgaba sobre él pidiéndole más y más entre jadeos, exprimiendo con poderosos músculos vaginales su dura estaca, ofreciéndole sus increíbles tetas para que se las comiera con hambre atrasada, haciendo su coño chapotear con cada profunda penetración… En otras circunstancias, no habría tardado en llenarla de hirviente leche, pero su cómoda postura, los años de experiencia y las dos corridas ya disfrutadas, le permitían saborear cada sube y baja de la morena sin un precipitado eruptivo final.

Sin embargo, ella, tras unos minutos de máxima carga sexual, alcanzó el clímax gimiendo sin control, prolongando el sube y baja por la mortal barrena que le horadaba las entrañas, intensificando aún más la catarsis, hasta que el terremoto que sacudió todo su febril cuerpo terminó de disiparse. En ese momento, cogió el rostro de Alejandro entre sus manos y besó sus labios casi con dulzura, pero él le metió la lengua con ganas, volviendo a excitarla sobremanera con ese húmedo músculo retorciéndose en su boca.

— Sigues teniendo la polla dura y quieres follarme más, ¿eh? —le susurró entre jadeos, sintiendo la enhiesta verga dentro de ella.

— Ummm… Sí, Vero, puedo y quiero follarte bien follada…

En ese momento, Sara decidió intervenir cogiendo a Verónica por la cintura, atenazando su rotundo pecho izquierdo con la otra mano para succionar su labio inferior y fundirse ambas en una erótica danza de lenguas enredándose entre sus bocas, ante las narices de un Alejandro que seguía con su dura polla dentro del cuerpazo de la morena.

Sin dejar de acariciar a su amiga, la joven se volvió hacia él, y le introdujo su juguetona lengua en la boca para besarlo con lujuria, a lo que la empleada del súper respondió metiéndole la mano entre los muslos para satisfacerla, y uniendo sus labios al delicioso ósculo para alternar intercambio de salivas entre los tres.

El hombre se encontraba sumido en la más increíble fantasía que jamás habría podido tener, atrapado por los lozanos cuerpos de esas dos ninfas que parecían no querer dejar nada de él, degustando sus suaves labios y húmedas lenguas mientras los poderosos músculos internos de la que le aprisionaba entre sus muslos seguía estrangulando su virilidad.

El ímpetu de Sara, jadeando en la boca de los acoplados por el placer que los dedos de su amiga le estaban dando, fue empujándolos hacia un lado hasta que, finalmente, el ingeniero acabó tumbado con la vecina encima. Ésta se incorporó hasta colocarse en posición perpendicular a él, clavándose en lo más profundo de sus entrañas la rígida lanza, y regalándole un profundo gemido de satisfacción a la vez que, situada detrás de ella, las delicadas manos de su amiga le exprimían apasionadamente los sensibles pechos.

— Mmmm… —expresó su satisfacción la empalada—. Así la siento aún más…

Alejandro la tomó por la sinuosa cintura, y elevó su cadera incrustándole, aún más, su miembro en el ardiente interior de la bronceada anatomía.

— Diossss… Pero qué gustazo, Álex… Vas a hacer que me corra otra vez…

El cuarentañero la sonrió dispuesto a complacerla, gozando él mismo para terminar inundándole las entrañas con la cálida nueva oleada de máxima excitación que ya bullía en su entrepierna. Sin embargo, la estudiante no estaba dispuesta a quedarse atrás, por lo que, tras darle un beso a su compañera de travesuras, se subió a horcajadas sobre el rostro del hombre, dándole una esplendorosa perspectiva de su juvenil anatomía desde abajo, y poniéndole al alcance de la boca su depilada vulva de hinchados labios y lubricado brillo.

— Cómeme, Álex —le suplicó con la voz cargada de excitación—. Estoy muy cachonda y quiero correrme en tu boca…

Aunque hubiera querido negarse, cosa que Alejandro no hizo porque deseaba comerse ese suculento manjar, tampoco habría podido porque, al momento, el precioso cuerpo de Sara descendió hasta plantarle el mojado coño en la boca. Su aroma a hembra le saturó el olfato, y el salado gusto de su excitación se coló a través de sus labios para incitarle a la gula, por lo que, sin perder de vista las empitonadas tetas de la joven que, casi ingrávidas, ofrecían una espectacular nueva perspectiva de su redondez y turgencia, el hombre aprisionado agarró su perfecto culo, abrió la boca, y lamió toda la almeja deleitándose con su sabor hasta alcanzar su perla con la punta de la lengua.

Un profundo suspiro escapó de la garganta de la estudiante, y el ingeniero no dudó un instante en lamerle suavemente el duro clítoris, arriba y abajo, trazando círculos en él con la puntita de la lengua, provocándole dulces gemidos, mientras él ahogaba los propios al sentir cómo Verónica se mecía lánguidamente hacia delante y detrás con su estaca profundamente insertada en sus entrañas.

La chica acompañó las caricias linguales meciendo sus caderas, restregándole la jugosa papaya por la boca y la barbilla, suspirando y disfrutando de la avidez de la lengua del hombre que ya apenas podía aguantar la, cada vez, más intensa cabalgada que la empleada del súper se estaba dando con su polla.

— Uf, nena, nos lo estamos follando las dos… —dijo la morenaza entre sugerentes gemidos.

— Mmm… sí. Nunca me lo habría imaginado… ¡Es flipante…!

Alejandro observó cómo las manos de la morena aparecían en su limitado campo de visión, acariciando los dulces pechos de su amiga y frotándoselos desde atrás.

— Ummmm… —gimió la doblemente atendida—, estoy a punto de correrme otra vez…

Él también estaba a punto, todo aquello era demasiado a pesar de su aguante, y la voracidad del coño de Verónica ya le estaba matando, por lo que, ante el anuncio de la más joven, tomó su clítoris entre los labios y comenzó a succionarlo con ganas.

— ¡Ah, ah, ah, ah….! —gritó ella extasiada.

En poco tiempo de experto masaje pectoral de su amiga y ávidas succiones de pepita del madurito, Sara prorrumpió en un intenso orgasmo que le hizo aullar como una loba siberiana en noche de luna llena, derramando entre espasmos su cálido zumo en la boca y cara de su devorador, quien degustó su máxima excitación hasta el último instante, cuando ella, ya completamente relajada, liberó el candado que le había hecho con los muslos para levantarse del sofá.

Ante la sonrojada y brillante cara de Alejandro, volvió a aparecer la excitante visión de las tetazas de Verónica meciéndose con el vaivén de su pelvis manejando la dura verga como si fuera el joystick de una antigua máquina de videojuegos. Jadeaba mirándole con puro fuego en los ojos, expresión de lujuria desenfrenada, mechones de negro cabello pegados a su frente, y gotas de sudor recorriendo su bronceada piel para que sus voluptuosas gracias adquirieran un brillo enloquecedor.

«¡Joder, qué diosa! ¡Joder, joder, jodeeeer…!».

El macho, enfebrecido, alcanzó las espectaculares mamas danzarinas con sus manos, las atenazó calibrando su consistencia, y comenzó a dar golpes de cadera acompañando los movimientos de Verónica, lanzándola al galope en una intensa cabalgada con la que se volvió loca subiendo y bajando por la barra de carne que la taladraba, bañándola en fluidos con la respiración entrecortada.

— Me revienta… me revienta… me revienta… —anunciaba la amazona en interjecciones.

Alejandro sintió la erupción naciendo en las raíces de su miembro, con oleadas sísmicas que impulsaban explosivamente la ígnea lava hacia el interior de la gruta que le engullía, y se corrió gloriosamente dentro de su vecina, apretando los dientes y cuanto volumen mamario podían abarcar sus manos, elevando la cadera y sintiendo con un escalofrío que se vaciaba completamente dentro de aquella hembra. Y ella gritó en un clímax compartido, dejándose llevar por ese buscado nuevo orgasmo, al sentir cómo el macho la llenaba repentinamente con su ardiente leche entre gruñidos animales.

Sudorosa, satisfecha y sonriente, le descabalgó y se unió a su amiga tomando los mojitos olvidados y que no se habían derramado «accidentalmente».

— ¿Un mojito? —le ofreció a su montura con picardía.

— Gracias, pero no —contestó Alejandro incorporándose y cogiendo su bañador—. El que se me ha caído encima ya va a dejarme una buena resaca…

— Pero ha merecido la pena, ¿no? —preguntó Sara abrazando a su compañera por la cintura.

— Joder, sí... —contestó el cuarentañero comprobando que su prenda ya estaba seca, poniéndosela precipitadamente junto con la camiseta—. Ha sido alucinante… sois alucinantes… Pero tengo que irme…

— Bueno, pues que descanses, campeón, que te lo has ganado —concedió Verónica con tono juguetón—. Ya sabes dónde volver a probarlo, si puedes…

No queriendo prolongar más el momento que empezaba a resultarle incómodo, Alejandro cogió rápidamente el resto de sus cosas y se despidió de las dos mujeres con un simple «Nos vemos», dejándolas allí entre risas cómplices mientras se refrescaban con sus bebidas.

Al llegar a su casa, se dirigió directamente a la cocina y cogió la primera bebida fría que encontró. Estaba tan sediento, que en un par de tragos apuró un litro entero de zumo de piña. Fue entonces, ya refrescado y en soledad, cuando los remordimientos afloraron desde su conciencia, cayendo sobre él como una losa para atormentarle por haber pasado una ardiente tarde-noche con sus vecinas.